Es habitual pensar que los grandes cambios sociales, económicos, o políticos, se producen de una forma abrupta, revolucionaria, catastrófica, pero la verdad es que ese tipo de cambios tan abruptos, solo son válidos para aquellos que necesitan hacerse con el poder para provocar el cambio, sin embargo, si el cambio viene desde un poder ya establecido, que son los realmente duraderos, los más peligrosos, se producirá de forma apenas perceptible, gota a gota, sin un rictus o una señal, más que la de, cuando ya es demasiado tarde, encontrarse que alguien ha cambiado la sociedad a su capricho con la colaboración de nuestra inopia. Le decía Escrutopo, ese diablo prodigioso de C.S. Lewis, a su sobrino Orugario: «El camino más seguro al infierno es gradual: una pendiente suave, sin giros bruscos, sin hitos, sin señales.»

Resulta muy conveniente, si uno quiere estar al tanto de cómo el infierno prepara el futuro, sin descuidar el presente, y hablo, como es casi evidente, de este infierno social en el que habitamos, de este infierno económico en el que nos debatimos, de este infierno ético, más bien herético desde la perspectiva de unos valores correctamente aplicados, en el que nos enfangamos, leer con calma al enemigo, leer con atención a ese diablo que adoctrina, con el mimo del que domina la materia, a su sobrino, mientras nos muestra descarnadamente, lo que día a día podemos contemplar, a nada que seamos capaces de sacar la cabeza del lodazal que es nuestro hábitat cotidiano, a nuestro alrededor, al leer en las publicaciones de los medios de adoctrinamiento, al escuchar como sus enseñanzas se lanzan como soflamas en las emisoras de consignas y pensamientos pre digeridos.
Esta persistente convivencia con las mentiras y contra mentiras, en las que la verdad es solo un concepto difuso, prescindible, maleable, que todas las mentiras reclaman para sí, creando una nueva mentira, es un instrumento fundamental para desarmar cualquier resistencia válida a un plan perfectamente diseñado en el infierno en el que se administra el mundo, en el que cohabitan los ignotos dueños de los designios del mundo, que manejan con mano oculta, pericia secular y determinación inconmovible. Si ignoramos cuál es la verdad, si no somos capaces de distinguirla de las mentiras, no olvidemos que mentiras hay muchas, pero solo hay una verdad, si no podemos reclamarla, ni siquiera identificarla, ¿qué posibilidad tenemos de oponernos al torrente que día a día consumimos con fruición, con suicida delectación, de mentiras de parte creadas específicamente para nosotros?, ¿contra los otros?, sin olvidar que esos otros no son más que los nosotros de las otras mentiras.
Pero en realidad, para un ciudadano, esa clase en extinción, a la que se le ha robado políticamente hasta el nombre, educado, atento, y acostumbrado a pesar por sí mismo, que para eso debe de servir la educación, identificar la mentira es bastante sencillo, la mentira siempre se presenta como absoluta, como indiscutible, como incuestionable. Cada vez que alguien me asalta ofreciéndome una verdad inamovible, sé que me miente. Como me miente, con absoluto descaro e interés, aquel que me ofrece un ideario cerrado, plagado de recovecos retóricos y mazmorras para el librepensamiento. Y eso, perfectamente estudiado, planificado, y ejecutado con el primor de un encaje de bolillos, son las ideologías.
¡Ah!, sí, es verdad, para aquellos incapaces de desarrollar un pensamiento propio, un librepensamiento, que sea pensamiento y libre, las ideologías son la trampa con la que el poder (como en la famosa viñeta de Ramón, en Hermano Lobo) se sustituye a sí mismo y va minando los valores individuales, en nombre de unos valores colectivos que cercena con sus leyes.
Hay quién se escandaliza cuando se dice que la derecha y la izquierda son la misma cosa, con diferente discurso. Hombre, que son la misma cosa lo demuestra el abismo social que crea la izquierda, en nombre de sus valores, y el abismo social que crea la derecha, en nombre de sus paraísos. Al final, miseria para los de abajo, y enriquecimiento para los que ya estaban arriba.
Pero no seamos injustos, es verdad que tanto la derecha como la izquierda tienden a anular la clase media, molesta y siempre dispuesta a seguir peleando, siempre hablando de valores, y de libertad, pero el objetivo final difiere en ambos. La derecha necesita una clase medio media, compuesta fundamentalmente de consumidores, que luche por abrirse paso hasta la clase rica, no la poderosa, no confundamos, y que sea el motor de su sociedad. Ciudadanos no, consumidores, sí. Y mientras, la izquierda sueña con integrar esa misma clase media con la clase trabajadora, con una clase con pensamiento único, dócil, a la que fácilmente podríamos llamar, contribuyentes, porque ese es el motor que necesita para mover un estado gobernado desde una élite política que ignore cualquier libertad, o pensamiento independciente.
¡Vaya!, ya estamos otra vez en la distopía. La derecha para Huxley, la izquierda para Orwell. Y luego, como a veces se les ve mucho el plumero, piensen en Corea del Norte, en Venezuela, en EEUU, o en Israel, por mencionar a algunos, se inventan sistema híbridos como China.
Las ideologías son cuerpos cerrados de consignas para crear la división, evitar el pensamiento libre y adoctrinar a las clases abandonadas, perfectamente balanceadas para crear fanatismo, permitir las manos libres de los que las manejan, y guiar la evolución social hacia un modelo final, ya marcado hace años, puede que siglos. Eso sí, gracias a ellas podemos elegir con que mentira nos aproximamos a nuestra distopía.
Da igual la mentira que nos cuenten, el disfraz que usen, los objetivos que proclamen: si hay una élite política, es izquierda, si hay una élite económica, es derecha, y alternando, probando y como quién no quiere la coas, como si un juego de “El Escondite Inglés”, se tratara, cuando queramos reaccionar, lo mismo ya no quedan posibilidades.
Y usted, que lo ha leído ¿Qué distopía vota usted?





