CARTAS SIN FRANQUEO (CLVII). EL IMPERIO DE LOS MEDIOCRES

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Dice el dicho que no se debe de escupir hacia arriba, porque seguramente te salpica. Tomo nota, y confieso que hoy tengo la sensación de que estoy escribiendo hacia arriba, o sea, que inevitablemente lo que diga va a salpicarme, pero ya es hora de decir en alto lo que todos pensamos en un volumen íntimo, de cuerdas vocales para adentro.

Solemos decir, es evidente, que la política es, en general, el imperio de los mediocres, pero no es el único territorio en el que los mediocres medran y prosperan. En realidad solo sería, la política, digo, la división de honor de la mediocridad nacional. Pero como en el chiste del concurso de tontos, en el que el más tonto solo gana el segundo premio, por tonto, en el mundo de la mediocridad, de la mediocridad con ínfulas, naturalmente, la mayoría de los mediocres, incluidos los más selectos,  se quedan en la segunda división, por mediocres.

Seguro que muchos de ustedes ya han adivinado  de que quiero hablar, sobre lo que quiero escribir hacia arriba, con la consciencia plena de que puede salpicarme. Sí, es verdad, hoy quiero explayarme sobre ese recóndito amparo de mediocridades sin proyección que son las comunidades de vecinos. En realidad, las comunidades, asociaciones y estructuras de cualquier tipo en las que los mediocres impenitentes anhelan una reivindicación vital que no han podido alcanzar en ningún otro ámbito de la vida, y que buscan con desesperación en estos entornos secundarios, sin lustre, ni verdadero prestigio, de los que huyen la mayoría de las personas, y en las que retratan, con toda la crueldad, sus carencias y frustraciones, sus capacidades de medio pelo.

Claro, no hablo de esas personas cabales que ejercen una función necesaria el tiempo justo, imprescindible, para solucionar problemas para los que considera que está preparado, y cuando quedan resueltos, saluda y se va. Tampoco pretendo hablar de aquellos que señalados por un turno ciego  asumen mejor, o peor, su suerte, o mala suerte, y recorren su periodo designado con la dignidad del resignado, o con la indiferencia del que no se siente corcernido.

No, de ninguno de ellos hablo, si no de esos que se presentan como salvadores de su entorno, y aún teniendo en contra a la mayoría de ese entorno, incluida su indiferencia, insisten en encadenar periodo tras periodo y acaban actuando como reyezuelos déspotas de aquellos a los que, en buena ley, deberían de respetar y escuchar.

Gentes que, desde su atalaya a la altura de un sótano, se creen con la perspectiva suficiente para decidir por todos, para imponer sus criterios simplemente porque fueron elegidos en la confianza, o en la buscada confianza, de que esa persona se preocuparía de la necesidad general, pero que acaba haciendo de su pequeño papel, instrumento para sus cuitas y rencores personales. Mediocres que pasean sus dominios en carroza imaginaria, tan imaginaria como su inteligencia, tan imaginaria como su utilidad para el prójimo.

Suelen considerar que su palabra es la ley, y que basta con el respaldo de una votación, casi siempre dirigida, para imponer su ignorancia legislativa sobre las leyes vigentes. Personas carentes, en general, de otra ética que la de la propia satisfacción, otro bien común que el que dicta su propio bien, ni de otro afán de servicio que no sea el de servirse, y que además acaban sintiéndose agredidos cuando alguien los enfrenta a su incapacidad, o a su mala fe.

Pero no por mucho describirlos voy a descubrir lo que ya todos, en sus propios entornos, habrán descubierto, excepto estos personajes que inmersos en una autoestima suicida, son incapaces de identificarse a sí mismos. Ni por mucho señalarlos voy a evitar que sigan esparciendo su inutilidad por los ámbitos en los que se muevan, porque disponen de tiempo, disponen de la capacidad de engañarse y engañarnos, y dispone de una pseudoética que les permite acometer las mayores barbaridades con la “conciencia” en estado de revista.

Pero decía al principio que esto me iba a salpicar, y es cierto. Llevo varios, bastantes, demasiados, siendo presidente de una comunidad en quiebra, y en manos de un administrador sinvergüenza al que tuve que echar mediante procedimientos judiciales, tres años después, tres años que tardó la justicia en darnos la razón, y contra el que la comunidad, tiene varios procedimientos más en marcha. Creo que ya son ocho años, largos, intensos y agridulces, y ocho años son excesivos para cualquiera, para evitar empezar a verte como imprescindible o caer en la tentación de confundir tus criterios con los criterios de la comunidad, que son los que deben de valer, y escribo esta palabras, esta propia salpicadura, por dos motivos diferentes: el primero porque acabo de enterar me de que un presidente de una comunidad a la que pertenezco, ha decidido imponerle a los vecinos algo que los vecinos se han negado a corroborar, a pesar de lo que no piensa rectificar en tanto en cuanto sea el presidente (¿el señor presidente?) y la segunda para que mi propio escrito me recuerde que mi única función es representar a aquellos que me han elegido, e intentar exponer las situaciones con la documentación suficiente, transparencia y claridad necesarias para que puedan tomar sus propias decisiones.

Es verdad, una vez más los impagables dichos, que el hábito no hace al monje, pero nadie ha dicho, no se han atrevido, que los hábitos no hagan al abad. Lo hacen, lo hacen.

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