CARTAS SIN FRANQUEO (CIX)- ANTES O DESPUÉS

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Me preguntabas por mi opinión sobre las elecciones, supongo que te referías a mi opinión sobre su resultado, y me he tomado unos días para contestarte, porque lo importante de las elecciones no son los resultados en sí mismos, si no sus consecuencias, y, para apreciarlas, hacen falta algo más de un par de días, y que las verdaderas reacciones vayan dando la cara.

En ese aspecto, a pesar de que a toro pasado mucha gente parece ser que lo tenía claro, he de reconocer que la reacción del aún presidente del gobierno, me sorprendió. Tampoco es raro, yo no sé de política, al menos yo no sé nada del aspecto político de la política, y mis opiniones y juicios no vienen construidos desde una perspectiva ideológica, o desde una perspectiva intelectual. Lo que yo puedo intuir nace de mi convivencia día a día con trabajadores, con empresarios sin capital, y con una serie de personas reales que, como yo, ignoran las grandes cuestiones para navegar, sople el viento que sople, con la necesidad de sobrepasar el día de hoy para poder llegar a sobrepasar el día de mañana. Con personas para las que los conceptos ideológicos de igualdad, justicia, solidaridad y tantas otras grandes cuestiones, les resultan antipáticas cuando le salen de un bolsillo que no retiene lo suficiente para aplicárselas a sí mismo, y a su familia, después de que el estado les pida lo que no contiene. De esa política sí que entiendo; ese mundo sí que me resulta conocido, reconocible, cotidiano. De esa incertidumbre que desvela las noches, que nubla los días, que juega malabares con los números de una contabilidad que no da más de sí, mientras oye como algunos iluminados hablan de ricos, de subir impuestos que ellos no pagan, ni lo ricos tampoco, de solidaridad con colectivos improductivos, mientras sumen en la indigencia a los que sí pretenden ser productivos, de esa sí que entiendo.

Opinar sobre política, hoy en día, en España, es un lujo que solo está al alcance de los forofos (militantes), de los subvencionados, de los activistas, o de los que viven de ella por acción, por información, e, incluso, por omisión. En definitiva, por ejercer alguna profesión, o ninguna, que saque sus réditos del trabajo ajeno, o, lo que es lo mismo, cuya dedicación esté directamente ligada a la política.

¿Qué esta opinión te parece cínica? Entonces es que no me he explicado bien; me he quedado corto. La sensación de abandono, de desánimo, de fatalidad, la desmoralización ante el furor recaudatorio, indiscriminado, autista, inmisericorde de la actual administración, debe de dibujar una clase media trabajadora incapaz de enfrentarse a una voracidad que, aparte de dañina, aparte de mentirosa y prepotente, sume en la deuda y la ruina a miles de familias atrapadas entre esa deuda que se ha generado, donde antes había algo de beneficio,  y la imposibilidad de abandonar una actividad que no tiene alternativa, ni salida. Pero, para percatarse de la verdadera dimensión de la catástrofe, hay que vivirla, y eso no sucede desde la poltrona política, no sucede desde la poltrona informativa, no sucede desde el sillón orejero, con cascos insonorizantes, del militante, del adepto, del adicto, no sucede desde el sofá de lujo de los verdaderos ricos, o de los grandes empresarios del sistema, ni desde la silla de enea de los subvencionados, estómagos naturalmente agradecidos, y en muchos casos, cuyo único proyecto de vida es la subvención, una forma miserable de proyecto, equivalente a los que aspiran a vivir de las rentas, por el eje contrario de la economía; esos, unos y otros, que en castellano antiguo se dice que pretenden vivir del cuento, a costa de los demás, sean esos demás, indiferentemente, conciudadanos, o antepasados.

Pero me he desviado del tema, o no. Tal vez deduzcas de mi exposición, y por una vez estarás en lo cierto, que mi posición es absolutamente contraria al gobierno actual, no a sus siglas, no a sus enunciados, si no a sus actos, a sus mentiras, a lo que dicen representar pero traicionan con sus planteamientos, negando, con ello, la oportunidad durante algunos años a una verdadera opción progresista, que pueda arreglar lo que cada vez tiene más difícil arreglo, una legalidad que se aproxime a la justicia, un sistema económico que busque soluciones para paliar la brecha socio-económica, que ya es sima, una igualdad basada en la convivencia y la convicción y no en la represión o en la censura, una libertad que no sea solo para los cercanos, y huya de esa obsesión, esa aberración, que es el pensamiento único, una educación comprometida con los valores universales, y no con los sesgados de la camarilla en el poder.

Claro que, a estas alturas, ya no sé si me preguntabas por mi opinión después de la elecciones pasadas, o antes de las próximas; tan próximas que llamaría anexas. Y, en esa disquisición, tampoco tengo claro que lo que he expresado sea una opinión sobre el después de las municipales, o el antes de las generales, suponiendo que, gracias a la ineficacia de un gobernante a la deriva desde hace ya tiempo, sumido en escándalos de espionaje, mal que bien acallados, en pactos contra natura que denunció hasta que empezó a practicarlos, en una carrera por conservar el poder a costa de lo que fuera, hiciera el daño que hiciera, en una sordera narcisista y prepotente, alimentada por la cla de palmeros, seguidistas, dependientes y forofos, que produce repugnancia en cada comparecencia, haya una diferencia apreciable entre unas y otras.

No estoy hablando, y quién así lo entienda es porque está ya referenciado en párrafos anteriores, de izquierdas y derechas, de partidos o ideologías, ni siquiera de inclinaciones o convicciones, estoy hablando de una camarilla de mediocres presididos, dirigidos, encabezados, por un personaje funesto, nefando, nefasto.

Posiblemente esta degradación de la izquierda provenga de esa costumbre importada de las primarias, en las que basta con ser el que diga lo que la mayoría quiere escuchar, cuatro frases sin trastienda que levanten las pasiones de los que prefieren aplaudir a pensar, de los que prefieren los qués, los fáciles qués, a los cómos, a los complejos y trabajosos cómos. Basta con llegar a un congreso, hablar mal de los ricos, decir alguna simpleza sobre las grandes corporaciones, apuntar cuatro barbaridades recaudatorias, y siempre habrá una mayoría dispuesta a aplaudir hasta que el aplausómetro otorgue la victoria al candidato menos idóneo. Repasa un poquito los últimos personajes salidos de esas primarias y asómbrate de su capacidad intelectual, ideológica y de gestión. “Pa mear y no echar gota”.

Así que, intentando retomar tu pregunta, lo confieso, espero que pierda ese monstruo amorfo, dañino e irreconocible que dice ser la izquierda, pero que desde luego en nada se parece a la izquierda que en algún momento me pareció un peldaño para lograr una sociedad mejor, y que hoy, sus siglas, la usurpación de ellas, me parecen un abismo hacia un mundo gris y lamentable, autoritario, intolerante, rancio e insufrible.

Ya sé que, desde el simplismo ideológico y forofo de una gran parte de la militancia, querer que pierda la izquierda es lo mismo que querer que gane la derecha. No, de hecho, como ya he dicho muchas veces, yo voto en blanco, porque ninguna de las opciones que se presentan me representa, pero esto solo es inteligible para aquellos capaces de un pensamiento crítico, de una postura de libre pensamiento capaz de sobrepasar dogmatismos y seguidismos.

He de reconocer, lo reconozco, que si hoy tuviera que, obligatoriamente, depositar una papeleta válida, esta sería, con toda probabilidad, de una derecha moderada, porque esa derecha ha aprendido, en estos años, a desarrollar unas actitudes sociales que están más cerca de mi ideario libertario que las  opciones radicales de una pretendida izquierda desnortada y más obsesionada con el pasado que con el futuro, más preocupada de los grandes ideales que dan votos, que de los problemas cotidianos que su incapacidad de gestión provoca, incapaz de presentar una alternativa económica que no pase por la laminación de la clases media-baja y media-media.

Apunto algunas incongruencias en las que me baso:

  • Todos los nacionalismos excluyentes, se llamen como se llamen, se amparen en lo que se amparen, son supremacistas, separatistas y reaccionarios, o sea, de extrema derecha.
  • Todas las ideologías que amparan y promueven la supremacía de las minorías sobre la mayoría, son profundamente antidemocráticas, se vistan cómo se vistan. La democracia es el gobierno de la mayoría sobre la minoría, pero de la mayoría real, no de una mayoría construida sobre intereses y conveniencias. La mayoría nunca puede ser un intercambio de renuncias, si no una suma de convicciones.
  • Todas las mentiras, se les llame como se les llame, obedezcan a los motivos que obedezcan, son reaccionarias. No se puede gobernar de espaldas, contra los que votan, a base de contarles que lo que sucede no es lo que sucede. Para eso están los magos, y la “manciocracia” no es un sistema, hoy por hoy, homologable.
  • Los sistemas garantistas se basan en una continuidad social que no puede ser puesta en entredicho por la coyuntura de las siglas que gobiernen. Las leyes e iniciativas propulsadas contra una parte de la sociedad que buscará su derogación en la alternativa, son, simplemente, artificios populistas que agreden la evolución de la sociedad.

Y hasta aquí voy a leer, a escribir hoy, sobre este tema. Creo que me he explayado lo suficiente para que te hagas una idea de cuál es mi opinión sobre las elecciones, las anteriores y las posteriores. Sobre el antes y el después de unas y de otras.

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