CARTAS SIN FRANQUEO (CI)- LA SABIDURÍA

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Me recordabas esa frase tan manida y que me pone los pelos de punta cuando la oigo en boca de quién la dice solo para aplicársela a sí mismo: “rectificar es de sabios”. Está clara cuál es la intención, el mensaje implícito en ella, pero ni así voy a comprártela.

fotocomposición plazabierta.com

Está claro que el que rectifica hace un ejercicio de humildad, o de falsa modestia, que puede considerarse, la humildad, cercana a la sabiduría, pero lo único que podemos considerar de sabios es no equivocarse. O, lo que es lo mismo, los sabios solo existen en el mundo de lo conceptual, porque solo en ese irreal mundo puede considerarse posible su ejercicio. Los sabios no son de este mundo.

Al menos así deberíamos de tenerlo en cuenta si creemos que los sabios son aquellos que son capaces de dar respuestas, sin pararnos a pensar que las respuestas no son más que una consecuencia inevitable de la pregunta, y que, por tanto, la verdadera sabiduría está en saber que pregunta hacerse en cada momento, para cada cuestión.

Las respuestas, las sobrevaloradas respuestas, incluso las respuestas a una misma pregunta, son variables, y, normalmente, están sujetas, efectivamente, a rectificación, ya que han variado las circunstancias y experiencias de quién las ha expuesto anteriormente, pero su mismo cuestionamiento, su misma efímera vocación, las presenta como algo circunstancial y que poco tiene que ver con la sabiduría.

Puede ser la respuesta a una cuestión trascendental, o a una cotidiana, que no por la importancia, siempre relativa, del tema planteado la respuesta tendrá mayores visos de sabiduría.

No importa si me pregunto sobre la eternidad, o sobre las variables que influyen en el precio del pan. No importa si concluyo la existencia, o inexistencia de dios, o si, simplemente, llego a la conclusión de que el clima es una variable apreciable en el coste de las materias primas, esas respuestas corresponden a mi limitada capacidad de ver más allá de lo que me rodea, más allá de lo que ha forjado mi pensamiento, más allá de lo cotidiano, incluido lo cotidiano trascendente.

No, rectificar no es de sabios, rectificar con sinceridad es de honestos, rectificar es de humildes, rectificar es esa capacidad, casi desconocida hoy por hoy en ciertos ámbitos, que garantiza la buena fe de quién lo hace. Pero rectificar es algo que está entre las capacidades de cualquiera, incluso del más torpe, aunque suele ser habitualmente este, el más torpe, el menos proclive a hacerlo. Y no estoy pensando en nadie. O sí, seguramente sí. Y seguramente a esto se refiere la frase a la que hacíamos mención.

fotocomposición plazabierta.com

Claro que entonces, este enfoque sobre la sabiduría, nos llevaría a plantearnos en qué lugar quedan aquellos a los que siempre hemos considerado sabios ¿Qué pasa con los grandes filósofos, con los científicos, con todos aquellos que han contribuido al progreso de la humanidad con su pensamiento, con sus ideas, con sus respuestas?

Basta con fijarse un poco en el desarrollo de su necesidad de saber y comprobar que su mayor mérito fue el de hacerse la pregunta correcta, para llegar a la respuesta que más caminos abre; los grandes pensadores son aquellos capaces de hacerse la pregunta adecuada, plantear una respuesta plausible, pertinente, constructiva, y encontrar en esa respuesta la siguiente pregunta que los acerque a ellos, y al resto de la humanidad, a un conocimiento que, aunque  finalmente resulte inalcanzable, en el camino de esa búsqueda, de ese permanente cuestionamiento, los esfuerzos por alcanzar la respuesta final siembra su discurrir de pequeños hallazgos que tiene la vocación de componer el mosaico final de la sabiduría.

Cuando estamos juntos, querido amigo, y charlamos, como tantas veces, tiendes a decirme que admiras mi capacidad para darte respuestas diferentes a las habituales, como si eso tuviera algún mérito, pero yo no lo veo. Mis respuestas, que pueden ser brillantes o estúpidas, no me dan otro mérito que el de hilvanar una secuencia de ideas depositadas en mi mente por mis lecturas, por las personas que han coincidido conmigo en algún momento, por mis experiencias, y lograr una conclusión más o menos lógica. Lo brillante de nuestra relación es tu capacidad para plantearme preguntas que me obligan a dar respuestas, a poner en marcha una maquinaria que sin esas preguntas nunca llegaría a esas respuestas.

Sí, claro, a veces me sorprendo preguntando a mi interior, como si fuera un banco de datos, como si fuera un ente ajeno, que tal vez lo sea, por cuestiones que suscitan mi interés. Al fin y al cabo, cuando me siento a escribir, nunca tengo muy clara cuál va a ser la respuesta que las letras me devuelvan, y llego a sorprenderme a mí mismo.

Tal vez, ahora que lo pienso, sea esa misma extrañeza, sobre la autoría de las conclusiones a las que puedo llegar, la que me haga plantearme la importancia de las respuestas y poner en cuestión su vinculación con la sabiduría.

Se me ocurre, que no hay sabiduría sin una adquisición previa de conocimiento, sin un periodo inicial, iniciático, de adquisición de datos y experiencias, eso que pomposamente llamamos educación. Basta con fijarse un poco en el empeño pertinaz de transmitir las respuestas halladas por pensadores anteriores, en cualquier ámbito, en el científico, en el filosófico, en el social, mientras se ejerce una tutela feroz, castrante, sobre la posibilidad de cuestionarse todo pensamiento anterior mediante nuevas preguntas, mediante caminos inexplorados por los que preguntarse para llegar a respuestas diferentes. Transmitimos lo logrado como verdades inmutables, y alejamos de la sabiduría, por falta de sabiduría en los docentes, a posibles candidatos que acaban conformándose con la imposición de la impostura, con la suplantación que el conocimiento hace de la sabiduría, con la dictadura de las respuestas que ya no necesitan de las preguntas.

Al final, querido amigo, da lo mismo si se hace de forma individual, o de forma colegiada, lo único que importa es saber que la sabiduría, en definitiva, es la capacidad de hacerse preguntas nuevas, o cuyo planteamiento sea novedoso, para llegar a respuestas diferentes que nos abran camino hacia otras preguntas, sin pretender, en ningún momento, que ni las preguntas, ni las respuestas, tengan ninguna posibilidad de ser la Pregunta, o la Respuesta.

Así que, aunque rectifique mi impresión final sobre la frase cuestionada en principio, que la rectifico, no considero que sea más sabio unos cuantos renglones después. Simplemente he aplicado lo expuesto y rectifico la mirada con la que siempre me he planteado esa frase, tan usada, como tantas otras que se supone que contienen un mensaje profundo, oportuno, enriquecedor, como muleta de mediocres, de inmovilistas y de soberbios en busca de un rayo que ilumine, de cara a los demás, una humildad que nunca han sentido.

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