
Manejamos frases, manejamos palabras, y la mayor parte de las veces evitamos pensar en la posible trascendencia del mensaje cotidiano, en la importancia que esas frases, que esas palabras, toman en el momento en el que las circunstancias vitales las colocan en el camino de un significado no reflexionado. Vivimos en un semi estado de inconsciencia, vivimos en un mundo en el que el problema siempre puede derivarse hacia otros, vivimos en el mundo del chivo expiatorio, sea el gobierno, sea un responsable exterior, o sea cualquiera que piense distinto a nosotros. Vivimos inocentes en un universo lleno de culpables, a nuestra disposición para evitar que podamos ejercer el acto de la responsabilidad sobre nuestros actos.

Y esto, esta irresponsabilidad, nos permite seguir cohabitando un mundo en el que la degradación es la ley de nuestro día a día, nuestra constante vital siempre accesible para la queja, para la protesta, por supuesto protesta sin acción, y para poder encogernos de hombros mientras comentamos lo mal que lo hacen los otros.
Y si los otros lo hacen mal, ¿Qué culpa podemos tener nosotros? ¿Qué podríamos hacer para cambiar las cosas? Bastante tenemos con sobrevivir a los disparates que hacen los que deberían hacerlo bien, bastante tenemos con expresar con vehemencia, por supuesto de salón, nuestra preocupación por lo que acontece.
Pero a veces, la vida se niega a jugar a tu complacencia y agita tu placentera cotidianeidad, tu mundo feliz, tu somática y alienada trayectoria, cogiéndote por las solapas y susurrando en tu oído: “¿Susto, o muerte?
Sí, sí, ya sé que la frase, la disyuntiva, tiene un origen humorístico que en nada se parece a lo que pretendo apuntar en esta reflexión, pero también es verdad que la frase ha trascendido y se ha instalado en el imaginario popular, tomando significados que nunca se habrían sospechado en su origen. Desde la sanidad a la lotería, desde la hacienda pública al pandemonio político, aunque en este último parece más adecuado el “truco o trato” que nuestra disyuntiva en cuestión.
Y no siempre se puede elegir, no siempre la vida nos permite decidir entre alternativas, no siempre, no todo el mundo, se encuentra en situación de asustarse o morir. No, no siempre, casi nunca, en realidad.
Yo he pasado últimamente, con demasiada frecuencia para mi gusto, por el trance de no poder elegir entre susto y muerte, de encontrarme en callejones sin salida opcional que me permitieran ejercer mi voluntad, en el plano médico, en el plano económico, en el plano social, en el plano afectivo, en el plano judicial, y en todos ellos he tenido que armarme de voluntarismo y enfrentar el problema, a veces con el susto en el cuerpo, a veces desde situaciones simplemente desesperadas.
¿Susto, o muerte? Puede parecernos una formula relativamente reciente de enfrentarnos a las disyuntivas graves que la vida nos va lanzando a los pies mientras intentamos transitar su camino, pero esa disyuntiva ya está reflejada en distintas expresiones populares, seculares, que hablan de cómo enfrentar los avatares que nos vayan acechando.
“Del mal el menos”, decían nuestros mayores, antes de que nuestro idioma se entregara a una globalización siempre enriquecedora, pero muchas veces olvidadiza. Traducido a nuestra frase de cabecera, elige siempre susto, si al final viene muerte, al menos tú no lo habrás elegido.
También existen frases de origen lúdico, nacidas entre naipes, dados, ficha de dominó y otras disciplinas de ambientes tabernarios, aunque hayan sido pulidas en salones y clubs elegantes. “En la duda la más menuda”, dice la versión fina que nos lleva, ante la necesidad de elegir naipe a jugar, descarte, ficha, o figura de los dados, aquella cuyo impacto sea menor en el juego posterior, aunque en los ambientes más aguerridos y barriobajeros la expresión se transforma en un: “En la duda la más cojonuda”, que no cambia el sentido de la expresión, pero lo redondea fonéticamente.
Desgraciadamente, y no importa cuantas frases haya, hay personas que siempre eligen muerte a la vuelta de cada esquina, que se ponen “la venda antes de tener la herida”, y que malgastan la vida y la felicidad, incluso el patrimonio, en vendar heridas que nunca llegan a existir. ¡¡¡Que desperdicio!!! Y ya no hablemos de esas personas que se asoman al desinformado terror de las redes sociales y las páginas desinformativas, donde la muerte no solo es inevitable, lo que suele venderse es la muerte con sufrimientos sin cuento para los hipocondríacos.
Yo ya llevo bastantes sustos, y alguna que otra muerte circunstancial, y aquí sigo. Así que, si me quiere hacer caso, elija siempre del mal el menos, y si las cosas se ponen peor, la vida dura hasta un instante antes de que nos elijan muerte. No hay por qué regalarle ni un solo minuto de agonía.





