
Es difícil en un ámbito emponzoñado, como es el panorama político español, sin desmerecer el mundial, pensar que las soluciones a los problemas más enconados suelen ser las más evidentes, las más lógicas, las que tienen como componente principal, y seguramente ese es el problema, la buena voluntad.

Podría coger cualquier diario del quiosco, cualquier página al azar, cualquier párrafo, para comprobar que mi reflexión se ajusta a un realidad trufada de “relatos”, malas voluntades, mediocridades, y un absoluto desprecio por el bien común, la democracia, o la justicia, pero lo que hoy me ocupa, a mí, y a la totalidad de los medios de comunicación, es la mal llamada “Ley de Nietos” que tantos ríos de tinta está haciendo correr, y que tantas sandeces está obligando a decir a los reyes de la sandez, nuestros políticos, o, por ser más exactos, esos personajillos mediocres, egoístas, chupones y con escaso sentido de la vergüenza, que se dedican a la política porque seguramente fuera de ella no tendrían ningún recorrido laboral.
Me acuerdo, y eso que hace tiempo, de las primeras elecciones democráticas en España. Me acuerdo de la emoción, de las ilusiones, de aquella sensación cercana a las famosas mariposas del enamoramiento. Me acuerdo, me acuerdo, como recuerdo la sensación de hastío, de rechazo con la que fui a votar en blanco en las últimas. La degradación política debería de ser objeto de denuncia y procesamiento de los responsables.
Me acuerdo del 15 de mayo del 2011, de las ilusiones renovadas, del soplo de aire fresco que supuso, de la sorpresa de ver a la gente movilizada, pero solo un rato, solo el tiempo imprescindible para que los aprovechados del momento, esos que llamaban casta a los demás, y hoy son incluso más casta que la casta anterior, se apoderaran de las ilusiones para montarse en el machito y diseñar su vida a costa de los demás, de los otra vez desengañados.
En fin, menos recuerdos, y más realidad, y la realidad es tan lamentable, tan degradada y degradante, que las manos se niegan a llegar al momento de describirla.
Cuando se produjeron las primeras elecciones en Galicia, yo quise, como gallego militante, como gallego consciente y sintiente, votar, y hacerme corresponsable de lo que sucediera en mi patria interior, pero no pude. No estaba empadronado en ningún lugar de aquella comunidad, y por tanto la ley electoral no me daba ninguna opción. Entonces, con gran desencanto, entré en contacto con el concepto de las circunscripciones electorales, esos territorios que sirven entre otras cosas, para hurtarle su representatividad a los ciudadanos.
Curiosamente, ese concepto tan perverso, tan contrario a la igualdad, tan interesadamente manejado, podría ser la solución evidente para el problema de la representatividad trastocada que podría deberse a la “Ley de Nietos”. Solo pueden votar aquellos que estén empadronados en alguna de las circunscripciones que votan, no asignados, no inscritos, no repartidos, simplemente empadronados.
Me parece lógico que todo descendiente de españoles que se sienta, y quiera, ser español pueda conseguirlo, y más cuando las circunstancias políticas, económicas y sociales hicieron que algunos de nuestros ancestros tuvieran que hacer la maleta, normalmente solo una, y medio vacía, para buscarse la vida por el mundo, por ese mundo que hoy nos devuelve parte de la población perdida años ha. No solo me parece lógico, corrijo, me parece justo.
Pero lo que no me parece justo, lo que no me parece lógico, es que esas personas que ni han vivido nunca en España, ni tienen intención de hacerlo, puedan, e insisto en el puedan, porque nadie sabe a priori lo que harán, condicionar nuestro derecho a decidir cómo queremos organizar nuestra convivencia, porque se supone que para eso están las elecciones, aunque los políticos ignores sistemáticamente esa posibilidad, votando en un país en el que solo figurarán nominalmente.
No entiendo, y supongo que solo obedece a intereses políticos amparados en discursos de generosidad y justicia que nada tienen que ver con el fondo oculto, que esas ciudadanías sean concedidas con todos los derechos, ya que en ningún momento se exige que adquieran todas las obligaciones, y por tanto es una concesión asimétrica, injusta para con los ciudadanos efectivos del país. Veamos algunos de los derechos que se conceden:
- Derecho a residir y a trabajar en España. Me parece que es el derecho fundamental y por tanto indiscutible.
- Derecho a la doble nacionalidad. Sin renunciar a la anterior, como es lógico y natural.
- Derechos políticos. Se supone que pueden votar, o presentarse a las elecciones, y eso no me parece lógico. ¿Con qué criterio pueden opinar sobre nuestra forma de convivir personas que nunca han convivido con nosotros, ni tiene otro criterio sobre la situación que el que se ha formado por terceros? ¿Con qué derecho ético pueden influir en una convivencia a la que no pertenecen?
- Cobertura sanitaria. Independientemente de la solidaridad, de la caridad, de cualquier virtud ética y moral que se invoque para promover la empatía, el hecho cierto es que esa sanidad se sostiene con el dinero de los contribuyentes, de los que residen y trabajan en el país, incluso de aquellos que por incapacidad política, lo hacen alegalmente, y que tiene los suficientes problemas actualmente, listas de espera por falta de médicos, costo sanitario, saturación de los hospitales referencia, principalmente, como para no preocuparse por la incidencia que puede tener una incorporación masiva, sin control, ni contraprestaciones, en el sistema, y en el día a día de los ciudadanos que sí lo sostienen.
Y esto, ¿cómo podría solucionarse? Pues, es una idea, creando un territorio, con su circunscripción electoral, para aquellos que se acojan a la “ley de nietos”, en vez de desperdigarlos por motivos emocionales, o de conveniencia, por todos los territorios españoles. A esa circunscripción, si hay verdadero empeño en que voten, se le puede asignar un representante, o más de uno, aunque no lo entendería, que saldría del resultado de la votación entre los acogidos a la ley. Incluso el candidato debería de ser un representante de esa circunscripción, o sea, alguien que se haya acogido a esa ley.
Creo que esto solucionaría el problema ético, moral, de conceder la nacionalidad a los descendientes españoles en el exilio, o la emigración, y solventar el derecho político sin conculcar la voluntad de los habitantes reales del país. Incluso solucionaría el tema sanitario, ya que los inscritos en esa circunscripción podrán tener acceso al sistema sanitario mediante autorización individual, que sería lo lógico, y realmente solidario, en ambos sentidos, porque a veces, solo a veces, y por conveniencia del que invoca, parece que la solidaridad solo funciona en un sentido, el que conviene, pero la solidaridad no existe si no se ejerce por las dos partes.
En definitiva, que, como decía al principio, las soluciones justas existen, y son, habitualmente, más sencillas que las que se adoptan por intereses de partes. Yo abogo por la Circunscripción de Nietos, y nadie saldría perjudicado. O sea, una solución.





