
¿Puede una palabra, su simple pronunciación, transformar el mundo alrededor de una persona? ¿Puede ser tan grande su poder que nada sea igual después de pronunciada? Y no estoy hablando de hechizos, no estoy hablando de sortilegios, no estoy hablando de fórmulas ancestrales que muevan mundos, ni de invocaciones oscuras a poderes innombrables. No. Estoy hablando de simples, sencillas, cotidianas palabras, que, efectivamente, pueden hacer con su simple sonido que la realidad se trastoque, que la certeza se vuelva incertidumbre, que la tranquilidad desaparezca.

Ni siquiera tiene que ser una palabra complicada, ni siquiera tiene que ser difícil de pronunciar, ni siquiera tiene que resultar impactante. Pueden bastar dos silabas, puede bastar su susurro, puede bastar con su simple lectura en un papel sin pretensiones. La fuerza está en la palabra en sí misma, en su significado, en sus posibles consecuencias, en su fama.
Este poder no lo ha tenido una sola palabra a lo largo de la historia, aunque sí es verdad que la fuente de su poder es siempre la misma aunque el sonido sea diferente. Son palabras malditas ante las que la sociedad, los individuos, se sienten inermes. Nombres de enfermedades a las que cuesta vencer y que son causa de millones de muertos. Hace siglos fue la peste, hoy es el cáncer, y comparte, aunque es más temida por su desarrollo que por su letalidad, la demencia.
Es cierto que entre ellas hay otros nombres asociados a la muerte, asociados a las plagas y las pandemias, pero son circunstanciales, son temporalmente locales, su nombre deja de sonar apenas han empezado a coger fuerza. Tifus, COVID, gripe, SIDA. Hay otras temibles por su desarrollo: ELA, Demencia, y un montón de dolencias extrañas, difíciles de diagnosticar, y sin tratamientos eficaces: la fibrosis quística, la progeria de Hutchinson-Gilford y diversas mucopolisacaridosis, entre otras.
Hace un par de semanas a mí han diagnosticado un cáncer, esa enfermedad maldita cuya sola mención hace que tu mundo se tambalee, cuya sola mención hace que muchos a tu alrededor pongan cara de conmiseración, y tono plañidero, y ante los cuales te sientes prematuramente desahuciado. Y entonces, inevitablemente, empiezas a contar todas las personas de alrededor que han perdido seres queridos por esa causa, y empiezas a elaborar una suerte de marcador de un partido siniestro entre supervivientes y muertos, y, sin saber por qué, empiezas a contar los muertos como tantos dobles. Y el mundo adquiere un color entre gris fatalidad, marrón susto y amarillo miedo.
El impacto de la noticia es inevitable. La preocupación durante las pruebas diagnósticas para medir el alcance de los daños, y la posibilidad de tratamiento, es inevitable. La extraña sensación de mirarte y pensar cómo puedo estar enfermo, si me siento totalmente sano, es inevitable. El que la cabeza se empeñe en enumerar las esperanzas, y a continuación las fatalidades, es inevitable. Es inevitable la preocupación, es inevitable el temor, pero también tienen que ser inevitables la esperanza, la determinación, le decisión de seguir adelante. Esto no solo tiene que ser inevitable, tiene que ser determinante.
El día que te dan el diagnóstico, no es el último día de tu vida, pero lo terrible, lo que no conseguimos asumir, lo que nos causa esa desazón, es que de alguna manera, en los peores casos, pone una fecha más o menos previsible a la muerte. Y amenaza el dolor, el sufrimiento de tratamientos lacerantemente agresivos, una mirada fatalista a lo pendiente, a los seres queridos que puedes abandonar, a los proyectos de futuro que tal vez hayas adelantado, y ahora se ven comprometidos.
Como si todo eso no fuera lo mismo, pero inconscientemente, cada día de nuestra vida.
Cuantos sanos, sin diagnóstico que se lo anticipe, sin síntomas que lo avisen, van a morir a lo largo del proceso de tu enfermedad, cuando aparentemente ibas a sobrevivirte. Lo doloroso no es la muerte, es que te avise, es que se asome a la esquina y te diga, voy.
Así que en un ejercicio de inconsciencia, en el que tampoco puedo estar seguro que pueda perseverar hasta el final, he decidido:
- Vivir mientras esté vivo, y la enfermedad no me lo impida
- Apartar de mi lado a cualquiera que muestre lástima, o una excesiva condolencia
- Apartar de mi lado a quienes mi trato pueda hacerles revivir dolores pasados.
- No abandonar ni un solo proyecto, ni imponerme plazos para realizarlos
- Disfrutar de lo que me rodea como si no hubiera un mañana.
- Evitar a aquellos que se ofrecen de palabra, pero se olvidan de las obras.
En definitiva, no alterar ni una sola de mis costumbres, de mis querencias, de mis desapegos, de mis manías, de mis filias, ni de mis fobias. O sea, seguir siendo yo mientras se pueda. Me derrotará la vida, pero no pienso en darle el poder a una palabra.






Genial el escrito, admirable tu actitud, me encanta. Un abrazo
Una buena actitud. Quién dijo miedo.?