CARTAS SIN FRANQUEO (CCXX)- REFLEXIONES SOBRE LA IA. ¿ÉTICA, O SUPERVIVENCIA?

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Veo con zozobra, con casi desesperación, como mentes despiertas, fundamentales para crear una barrera ética contra un avance distópico en la utilización de la IA, están más pendientes de reivindicar glorias, supuestas glorias, científicas que en alinearse en el bando de la mesura, en el bando de los que estamos preocupados por la deriva que las mentes comerciales, tecnopolíticas, elitistas, están diseñando para instalarse en un poder  de corte totalitario, muy ajeno a los valores democráticos que el mundo necesita, y hablo de valores democráticos reales, y no a los endebles principios de la democracia actual, tan separada de la clásica en la que pretende basarse.

Imagen generada por IA

Si hasta ahora el debate sobre las capacidades, o discapacidades, de la ética se podían enmarcar en planos puramente teóricos -semánticos, filosóficos, o técnicos, por ejemplo-, la ambición de algunos, los que siempre manejan el cotarro –elites sociales y tecnológicas-, y el ciego entusiasmo suicida de otros de cuya preparación y capacidad científica nadie puede dudar, pero que usan esa capacidad, y ese entusiasmo, desarmando a la sociedad de una barrera de prudencia que en este momento sería imprescindible, obligan a trasladar este debate a un plano ético que, aunque prematuro en la parte teórica, empieza a ser inevitable en la práctica.

Olvidan estas élites de preparación científica, afortunadamente no todos sus componentes, pero aún así demasiados, que la capacitación científica de la mayoría de la población oscila entre el desconocimiento total, y otro aún mayor, que es el conocimiento científico a través de las redes, y de los titulares de los periódicos. Y olvidan, y este olvido es aún peor, que la ciencia debe trabajar, ser útil a la sociedad, y no al contrario. Que la ciencia no es una diosa a la que rendir culto, si no una herramienta social que debe de buscar el progreso de la sociedad, su bienestar, su dominio del entorno y su conocimiento, y por tanto debe de ser cuestionada en su evolución, y en su aplicación.

Y cada vez que la ciencia se ha olvidado de cual debe de ser su papel real en el mundo, cada vez que los entusiastas científicos han olvidado su compromiso con la sociedad, se ha producido alguna aberración ética como la bomba atómica, la clonación de células humanas, los medicamentos con secuelas, o, ahora, la utilización de la IA como para jugar a los dioses de un Olimpo cutre y dañino.

Es verdad que la ciencia no tiene la culpa de que sus descubrimientos sean mal utilizados, pero si lo es de divulgar mensajes sin filtro, de desarrollar aplicaciones lesivas, o de permitir, cuando no buscar, la aplicación militar antes que la social. La muerte, el poder,  el engaño, antes que el beneficio colectivo. Pero si la ciencia no tiene la culpa, los científicos, los cientifistas que olvidan en que saco caen sus entusiasmos y comentarios, sí la tienen.

Llevamos ya algunos años debatiendo sobre si la IA, y me resigno a la utilización de esas siglas a costa de ser comprendido, es una Inteligencia, o ni siquiera es una inteligencia, advirtiendo del tremendo riesgo que la aberración semántica hace correr a una población cada vez menos preparada, cada vez menos crítica, cada vez más entregada a los bulos, a las verdades a medias, a las redes sociales, que ha hecho ya, ya con muertos, de esa denominación una verdad de fe a la que se entregan convirtiendo a los programas, a las herramientas, en parejas sentimentales, en consejeros infalibles, en psiquiatras, médicos, asesores financieros, o informadores incuestionables.

Sí, ya ha habido suicidios, ya ha habido aberraciones sociales, bodas, y hasta herencias, mientras los entusiastas científicos siguen trasladando su mensaje sin filtros a una sociedad no preparada para discriminarlo, para entenderlo, para aceptarlo sin caer en el más aberrante de los sinsentidos.

Pero, ya llegados a este punto, ya enfrentados a la incontinencia entusiástica de las élites científicas, a su incapacidad para poner freno a sus “inocentes” mensajes sobre las capacidades aún cuestionable de la IA, ignorando los groseros errores, soslayando las consecuencias funestas, habría que ponerlos ante un dilema para el que la sociedad aún no está preparada, ni falta que le haría, de momento, si ellos no insistieran en su empecinamiento: la inteligencia ¿puede existir sin que exista la vida? Y, si es así, y la IA es una inteligencia ¿debemos de considerar a las máquinas que usan  (si es una inteligencia debe de decirse que poseen) esa IA como seres vivos?

Hay suficientes autores, suficiente bibliografía sobre el tema, para que yo no me meta en esta cuestión salvo para expresar mi convicción de que no hay inteligencia si no hay vida, de que son dos conceptos que no pueden separarse, y que incluso las vidas más elementales tienen alguna suerte de inteligencia. Solo la vida puede reclamar la inteligencia.

Y si solo los seres vivos tienen esa capacidad, y la IA es una inteligencia, como los entusiastas difunden, defienden, promueven, tal vez haya que empezar a ir pensando en desarrollar los derechos de las máquinas, cuestión no ajena a la ciencia ficción, y empezar a legislar, porque los derechos solo pueden adquirirse a través de las obligaciones, de las responsabilidades, y empezar a constituir juzgados, y a construir penales, para máquinas responsables de delitos cometidos contra los humanos: inducción al suicidio, colaborador necesario en estafas y engaños, atentados contra la intimidad y la fama.

Véase el disparate.

La sociedad necesita, hoy por hoy, reflexiones equilibradas, verdades contrastadas, y una formación que las élites políticas y económicas no están dispuestas a permitir. Ya solo nos faltaba que el entusiasmo científico de algunos nos lleve a volcar sobre la sociedad verdades y debates que aún no están ni lejos de ser importantes, asumibles, ciertos.

Y si alguien quiere vender ciencia para calmar sus entusiasmos, o sus ansias de preponderancia, sus ansias de poder, o de riqueza, o todas ellas juntas, que se sepa que no es inocente, que adquiere la corresponsabilidad en el daño que sus entusiasmos pueda inducir.

La IA no es una inteligencia, no lo es para mí, no lo es para muchos desarrolladores y científicos, pero parece ser que para algunos de sus defensores si lo es, sin importar otra cosa que la gloria científica. Y en este caso, pienso que los que sobrepasan los límites de la prudencia, de la mesura, en su afán de contagiar su entusiasmo, parecen carecer de cierta inteligencia emocional, y social.

Al final, desgraciadamente, es una cuestión de ética, que algunos se empeñan en convertir, ya, en una cuestión de supervivencia del hombre.

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