CARTAS SIN FRANQUEO (CCXVIII)-JUZGA TÚ, QUE A MÍ ME DA LA RISA

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Dice el dicho, uno de esos que con frecuencia cito, “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, y en esta España mía, en esta España nuestra, se acumulan las aplicaciones del tal dicho, sobre todo a niveles de oficialidad, o de institucionalidad, porque, al fin y al cabo, el futbol es una institucionalidad. Aunque si el dicho es exacto, podemos tirar de redicho, y seguiremos acertando: “Dime a quién atacas, y te a quién quisieras dominar”

 

Dicho lo cual, también me permito apuntar que en este país, ese mismo que cantaba Cecilia, hay una profesión que siempre deja descontenta a la mitad de las partes que atiende, como mínimo, aunque puede llegar a lograr un desacuerdo rayano en el 100X100 de la población atendida. Y estoy hablando de jueces, árbitros y mediadores, pero sobre todo de árbitros, de plena actualidad, y de jueces, de no menos actualidad.

Aunque, como casi todo quisque, tengo mis colores favoritos cuando hablamos de fútbol, de casi cualquier deporte, no es menos cierto que no es un tema que mueva, o condicione, especialmente mi vida, lo cual no impide que siga con cierta asiduidad el tema, incluso con una cierta inclinación a sentirme perjudicado cuando las decisiones son contra mis colores, o contra mi campeón. Lo confieso, soy humano.

Pero una cosa es que seamos humanos, al menos en apariencia, y otra cosa es que pueda aceptarse la ferocidad de los poderosos para que cualquier conflicto sea favorable a sus intereses, y estoy hablando de fútbol, pero no menos del gobierno. Y en este último caso la situación que se comenta me parece más grave, si me afecta, si afecta a mi vida y a las instituciones que deben de regular una mínima calidad democrática, que es la que se supone que de momento tenemos. Perdónenme mi evidente incredulidad, y que solo use el término democrático desde el punto de vista de ustedes.

Me parece escandaloso que los clubes más poderosos de este país, incluidos los actores que no se consideran parte de él, y que son sistemáticamente, e históricamente, favorecidos por el sistema, se permitan cuestionar la imparcialidad de los árbitros que habitualmente los favorecen a ellos, basta con tirar de hemeroteca, y se les permita crear órganos de intoxicación, las televisiones de club, cuyo principal objetivo es presionar y pervertir la competición. Me parece escandaloso que llamen a rebato a sus huestes fanáticas, creo que se conocen como hinchas, con cada acción que ellos, y solo ellos, invocando una justicia que habitualmente les es negada a los demás en sus enfrentamientos con ellos, consideran perjudicial para sus intereses. Me parece escandaloso. Pero sucede cada vez que pierden, cada vez que alguien les aplica el mismo reglamento que a los demás, gritan, presionan, y faltan al respeto a los que habitualmente son sus víctimas. A veces, válgame dios, llegan a invocar cuestiones políticas. Me parece escandaloso.

Pero no es menos escandaloso que un ministro, en el ejercicio de sus funciones, en un lugar público, político, ponga en cuestión el funcionamiento de una institución que es su obligación regular, y además, en una pingareta éticamente impresentable, lo haga invocando un derecho que no le asiste cuando habla como ministro. Escandaloso.

Se supone que el ministro Bolaños, Notario Mayor del Reino, y Ministro de Justicia, en realidad de legalidad porque como el mismo se encarga de demostrar la justicia ni está, ni se le permite estar, se permite el lujo de criticar la institución a la que se supone debe de regular y potenciar, sumiéndola en la duda y el descrédito en una defensa cuestionable de personas cercanas a él, y no utilizando las  normas y los recursos de los que se supone que cualquier ciudadano puede y debe de disponer en una disputa, si no invocando un derecho fundamental de los ciudadanos, que él, justo, no puede utilizar, cayendo en un trilerismo político que lo descalifica como ciudadno, como político, y, especialmente como ministro del tema.

Un Ministro de Justicia no puede permitirse el lujo, bueno, no debe, claramente poder, puede, de criticar la administración de la justicia que el mismo debe de garantizar en el ejercicio de su cargo, y si considera que no funciona correctamente está en posición, y en posesión de los instrumentos y oportunidades, para corregir mediante leyes ese mal funcionamiento, pero lo que jamás puede es desprestigiar, criticar sin actuar, poner bajo sospecha un poder fundamental, en su independencia, para la calidad democrática.

Pero mucho menos puede hacerlo invocando el derecho ciudadano de la libertad de expresión, y no puede hacerlo porque si tiene acceso en un momento dado a dar su opinión no oficial, cosa dudosa siendo un representante de la oficialidad, utilizando los medios, el poder de convocatoria, las oportunidades y la capacidad de difusión que le otorgan su puesto como ministro.

Esto es trilerismo político, esto es abuso de poder, esto es de una falta de ética que exigiría la dimisión inmediata por falta de compromiso democrático de quién perpetra la tal aberración, suponiendo que en la política actual haya el más mínimo atisbo de ética pública, política.

Así que parafraseando un conocido, y anónimo, lema político, podríamos concluir que en cuanto a juzgar en este país: “juzga tú, que a mí me la risa”.

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