CARTAS SIN FRANQUEO (CCXIV)- UNA IZQUIERDA REACCIONARIA

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Estoy bastante harto, en realidad hasta los mismísimos, de que para ser considerado de izquierdas, sobre todo para las personas que sí se consideran a sí mismas de izquierdas, hay que estar alineado con alguno de los partidos que tienen, para mí de forma absolutamente inmerecida, etiqueta de izquierda, y encima progresista, cuando su forma de actuación es de una rancia y castrante aplicación de discursos, normas, y comportamientos decimonónicos.

Esta izquierda de salón, más preocupada de su mensaje antiderechista, que de crear una alternativa ilusionante para los que la necesitan, esta izquierda dentro de un sistema poco interesado en el bien individual de los ciudadanos, esta izquierda más obsesionada con revivir fantasmas que justifiquen su existencia actual, que con buscar futuros que la hagan deseable, es, al fin y a la postre, la mayor responsable del auge de ideologías reaccionarias que florecen al albur de la desilusión que su incapacidad para encontrar soluciones reales a problemas cotidianos acaba generando.

Una izquierda que se asoma permanentemente al populismo, que adolece de una falta de mensaje constructivo, que incurre sin recato en la ética comparativa, que elude la autocrítica y emite mensajes confusos e inconsistentes respecto a políticas  que interesan a la opinión pública, que transmite tics autócratas, y que reclama la defensa de la democracia mientras elude la separación de poderes, o la exigencia ética, o que pacta con fuerzas reaccionarias de todo signo, solo puede esperar el rechazo de aquellos que dice defender, y que no están sometidos a la esclavitud de la ideología.

Vista desde mi perspectiva, no puede ser considerada como una izquierda real, si no como un movimiento populista que se apropia de mensajes sin contenido, que se posiciona en localismos contrarios al universalismo de la izquierda, y que con su mediocridad empobrece, enfrenta y desilusiona.

Centrándome solo en España, esta izquierda ha hecho más profunda la brecha social con sus recetas trasnochadas, usa instrumentos y promociona leyes que rozan la ideología más retrógrada, se niega a someterse a un plebiscito popular aunque sabe, o porque sabe, que la mayoría de la opinión pública está en contra de sus decisiones, y vive y gobierna de espaldas a la realidad cotidiana de las personas que dice defender, basándose en datos macroeconómicos que solo favorecen a las grandes empresas, y por ende a las grandes fortunas. ¿Dónde está el progresismo?

  • Yo no puedo aceptar un gobierno, una ideología, que sube el salario mínimo de los trabajadores, y al mismo tiempo sube los impuestos que gravan ese salario, de tal forma que el trabajador cobra menos, o lo mismo, que antes de la subida, y que esa subida solo favorece el furor recaudatorio del gobierno.
  • Yo no puedo aceptar a un gobierno, una ideología, que cuando dice ver que los trabajadores necesitan una liquidez mayor, en vez de revisar los impuestos de los que él es responsable, busca como detraer ese dinero del beneficio de las empresas, sin reparar en si es una gran empresa, con beneficios fiscales especiales, con beneficios record cada año, o es un autónomo asfixiado por una política recaudatoria asfixiante, por una burocracia castrante, y por unas obligaciones administrativas que le impiden desarrollar adecuadamente su propia actividad
  • Yo no puedo aceptar un gobierno, una ideología, que cuando promueve una ley social, no la dota económicamente desde unos presupuestos que ni intenta presentar desde hace años, y busca esa dotación gravando a los contratadores, que, inevitablemente, repercutirán esa merma de beneficios sobre los usuarios, con lo que, metidos en un bucle absolutamente empobrecedor, el ciudadano de a pie, al que teóricamente se pretendía favorecer, acaba viendo como se encarece su día a día, como se empobrece, y la brecha social que lo separa de los más favorecidos, que lo son más con la medida, crece hasta hacerse un abismo insondable, infranqueable.
  • Yo no puedo aceptar un gobierno, una ideología, que cuando habla de distribuir la riqueza, que debe de ser uno de los objetivos fundamentales de un gobierno progresista, lo hace desde la ridícula posición de utilizar el sistema de impuestos que lo único que consigue es empobrecer a los más pobres, destruir la clase media, y beneficiar a los más ricos, en vez de buscar nuevos sistemas de distribución de riqueza generada que puedan beneficiar directamente a los que más lo necesitan, sin pretender, siempre de forma ineficaz, en detraer la riqueza de los que la tienen. Por ejemplo, tomando medidas para que los grandes beneficios queden congelados durante unos años y redistribuyendo ese superávit de beneficios para lograr una mayor liquidez de los que más lo necesiten y, por ende, suturar parte de la brecha económica.
  • Yo no puedo aceptar un gobierno, una ideología, que grava a los pobres, a los que tienen salarios mínimos, a los pensionistas, permitiendo que artículos de lujo tengan el mismo tipo impositivo que productos de necesidad cotidiana, básica.
  • Yo no puedo aceptar un gobierno, una ideología, que desmiente con actos sus mensajes, que hurta la democracia con sus acciones, que soslaya sus responsabilidades con soflamas populistas, que hace del enfrentamiento una herramienta, que traiciona a los trabajadores, que renuncia al universalismo pactando con nacionalismos, que pervierte el concepto de progresismo pactando con partidos de derecha radical, que abandona a los inmigrantes con su falta de legislación mientras dice necesitarlos, y permite una vida condenada a la clandestinidad y la economía sumergida, que niega la libertad individual, que subvierte los valores, que vive de espaldas a los problemas de la calle, y cuyo único mensaje es la alabanza a sus propios defectos. La frase “Hacer de necesidad, virtud”, en su aplicación política, tal como la aplica el gobierno, es de una perversión democrática difícil de asumir.
  • Yo no puedo aceptar un gobierno, una ideología, que cuando sus administrados, o pretendidamente administrados, aunque en realidad sean tratados como rehenes, denuncian un problema que no es capaz de gestionar, por pactos, por ideología, por populismo, se limita a negar su existencia y decir que es una mentira inventada por la oposición. Podemos hablar de la inmigración ilegal, podemos hablar de ocupación, podemos hablar de guetos que generan delincuencia por falta de oportunidades, podemos hablar de riesgo de pobreza creciente en un estado que se declara macroeconómicamente floreciente, podemos hablar de jubilaciones denegadas, o inciertas, podemos hablar de machismo en su estructura cuando se declara feminista, podemos hablar de planes de educación más preocupados del adoctrinamiento ideológico que de la formación de los ciudadanos. Y podemos seguir hablando de doble imposición oculta, de sobredimensionamiento administrativo, de falta de libertad individual, de enchufismo, de deuda pública disparatada, de inconsistencia legislativa, de inseguridad jurídica, de amiguismo, de nepotismo, de voluntad de adoctrinamiento social, de mediocridad, de inseguridad…

Pero tal vez no merezca la pena hablar mucho más, denunciar lo que se vive día a día, llamar la atención sobre un movimiento político, ideológico, fanático, que se llama de izquierda, usurpando un lugar, unos valores, unas esperanzas, al que no le importa traicionar lo que predica porque en realidad su labor es evitar que una auténtica izquierda progresista, ilusionante, incómoda para el sistema, sea una opción para la sociedad.

Una opción política que reivindique una sociedad justa, una administración al servicio de los ciudadanos, una acción política basada en los auténticos valores, un sistema educativo preocupado del futuro de sus educandos, una legislación acorde con los problemas reales de los ciudadanos, que premie el mérito sin permitir brechas sociales, que promueva la creación de riqueza sin que ello la lleve a constituir clases irreconciliables, que reconozca la propiedad privada sin permitir la acaparación, que huya de los tics populistas y se preocupe de dar mensajes claros, constructivos, éticos.

Y si al leer esto se le viene a la cabeza la palabra utopía, si cuando la palabra libertad, el concepto libertario, le parece algo que aparece en los libros, si considera que más vale malo conocido que bueno por conocer, es que usted tiene lo que se merece. Siga hablando de fascistas sin mirar hacia sí mismo, siga hablando de derechas sin reconocerse, siga votando a los suyos porque los otros son peores. Siga disfrutando del mundo que está ayudando a construir, y echándole la culpa a los otros, que son los mismos, usted mismo. Siga encastillado en su izquierda rancia y decepcionante, reaccionaria.

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