Es curioso observar como los debates de actualidad, desprovistos de la carga ideológica que a los partidos les interesa, se quedan en viejos debates que cada vez que interesa se reactivan. Y hablo, ya que a la actualidad nos referimos, de la polémica absurda, esquizofrénica, descentrada, del uso de ropajes que ocultan la cara, parcial, o totalmente, por parte de personas que practican ciertas religiones, llevando el debate de un tema civil, a un componente religioso e ideológico que, analizado con un mínimo de rigor, no debiera de existir.

España, según reza la constitución, y recuerdan con permanente machaconería ciertas facciones políticas, es un estado laico, y por tanto no puede ser amparada legalmente ninguna costumbre, manifestación, o conducta de índole religiosa, pero, según nos dice la experiencia, eso solo parece aplicable, según las facciones políticas referidas, cuando hablamos de la religión católica, ni siquiera de las cristianas, sólo de la católica, de tal manera que existe una percepción de una persecución religiosa que nada tiene que ver con la legislación en vigor, y se centra en un enfrentamiento entre una religión, y unas determinadas ideologías.
En España, tanto el artículo Real Decreto 1553/2005, como a Ley Orgánica 4/2015 de Protección de la Seguridad Ciudadana establecen y regulan el deber de identificación de cualquier ciudadano ante el requerimiento de cualquier miembro de las fuerzas de seguridad. Sin excepciones, sin abusos, cuando esas fuerzas tengan un motivo para identificar a esa persona. Pero ¿cómo puede identificarse a alguien que oculta su rostro? ¿puede alguien, por motivos religiosos, o de cualquier otra índole, negarse a esa identificación? No, a la primera, y no a la segunda.
Claro que este es un debate viejo en España, es un debate que ya costó un levantamiento popular allá por 1776, reinando Carlos III, siendo su ministro principal el marqués de Esquilache, cuya intención de recortar capas y alas de sombrero para evitar que entre el embozo y la amplitud del tocado fuera imposible la identificación de las personas, en bien de la seguridad y la modernización de la sociedad, aunque había más motivos, incurrió en el furor del pueblo, y provocó una revuelta que le costó el destierro al ínclito ministro.
Y es que ciertas costumbre son anacrónicas aquí, y ahora, por mucho que haya una tradición, sea religiosa, o social, que intente justificarla, y me da lo mismo que hablemos del tocado y velo de las musulmanas, curiosamente solo de ellas, como de la toca que algunas monjas, cada vez menos, utilizan. Yo no puedo olvidar, a este respecto, que cuando era niño las mujeres tenían que entrar en la iglesia con la cabeza, y los brazos cubiertos. Y no quiero pensar en la reacción que ciertas facciones, las mismas que ahora defienden el uso del velo, y del burka, habrían tenido si eso siguiera en vigor.
Recuerdo que, sin abandonar el tema, que en 1973 la Editorial Bruguera, en su emblemática colección en la que reeditaba en castellano la recopilaciones de Fantasy & Science Fiction, y concretamente en el número 7, incluía un relato escrito en 1926 por el multipremiado Booth Tarkington, titulado “Las Veladas Feministas de la Atlántida”, que incidía en la problemática de como el uso del velo por parte de las mujeres es el detonante último del final del continente perdido. No, no es que yo esté de acuerdo con el desarrollo del relato, ni siquiera con la evidente posición del autor respecto al feminismo, pero sí que sitúa históricamente el debate, y aunque extremista, como todo extremo nos permite adivinar que entre un extremo, y el contrario, seguramente podríamos encontrar lo razonable, el relato pone sobre la mesa un debate que ahora consideramos actualidad.
El uso de máscaras, veladuras, maquillajes y otros artificios para ocultar, disimular, o embellecer los rasgos de las personas, son abundantes a lo largo de la historia. La fiesta de los carnavales, el uso social de la bauta y la moretta en la Venecia del XVII y el XVIII, las máscaras tribales para ritos e invocaciones, entre los dramaturgos, los velos usados por las monjas de clausura, los antifaces cortesanos para ocultar identidades galantes, la historia está llena de ocultaciones y disimulos. Siempre en ámbitos concretos, para usos determinados, pero casi nunca para ocultar la identidad de la persona. Sea con ánimo galante, misterioso, festivo o simplemente incógnito, la ocultación ocasional del rostro es una constante en la historia de la humanidad.
Pero si la ocultación de los rasgos faciales ha sido una constante social no es menos cierto que también es una constante en el mundo del delito. No hay película de atracadores sin máscara, no hay villano, sea real o ficticio, que no oculte, o intente disimular sus facciones para alcanzar una impunidad que la sociedad siempre pretende impedir. Y en eso es en lo que estamos.
Cuando hablamos del burka, mejor ni mencionar el burkini, incluso cuando hablamos, del hiyab, del chador, del hiyab, del jilbab, o del Khimar, estamos hablando de prendas femeninas, utilizadas com motivo de una práctica religiosa, pero con un tufillo machista que se convierte fácilmente en una peste clara a falta de libertad y patriarcado.

No, no es que de repente me haya convertido en un furibundo feminista, entre otras cosas porque soy un convencido desde siempre de la igualdad absoluta, en derechos y deberes, entre el hombre y la mujer, es que me indigna ver a las mujeres musulmanas, sobre todo en días de calor, abrumadas por ropajes poco confortable, mientras los hombres, se supone que también musulmanes, que las acompañan, van en pantalón corto y camiseta de tirantes.
En una sociedad laica, las prácticas religiosas se efectúan en el entorno privado, o en los recintos sagrados de esas religiones, pudiendo, en ocasiones excepcionales, sobre todo festivas, y con los permisos correspondientes, compartir celebraciones a nivel público. Sin que la intransigencia de alguna de las partes pueda imponerse al sentir general, cosa que, también con cierta frecuencia, sucede.
Pero lo que nunca puede admitirse en un estado laico, es que una práctica religiosa conculque una ley vigente, y se argumente ese motivo como excepción de comportamiento, y el burka, en público, es contario a la ley española, y por tanto inadmisible, como inadmisible es el fariseísmo de cierta izquierda, que defiende el feminismo más radical y el laicismo, autorizando una prenda ilegal, claramente machista, argumentando motivos exclusivamente religiosos.
A mí, esto, me rechina, y me da igual la argumentación que se utilice. El burka, voy a soslayar las demás prendas, aunque no las olvide, me parece machista, me parece religioso, y no me parece, por que lo es, absolutamente ilegal en espacios públicos. Creo que no hay mucho más que decir.




