CARTAS SIN FRANQUEO (CCX)- EL POSITIVISMO ELECTORAL

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Tal vez sea hora de empezar a educar nosotros a quienes pretenden educarnos en un sistema en el que los valores que deberíamos de defender son permanentemente atacados, nuestras libertades recortadas, por nuestro bien, claro, y nuestros derechos simplemente ignorados. Un sistema en el que prima el relato sobre cualquier otra verdad contrastable, y en el que lograr tener razón es más importante que defender lo justo.

Lograr contarle la verdad a la Verdad, y obligarla a rectificar su esencia, es, al parecer, el objetivo último de todo político que se precie. Eso que en cualquier otro momento de la historia se llamó mentir, ahora se llama relato, o triunfo sobre los demás, o habilidad política.

La desvergüenza llega, en este terreno, y desgraciadamente en otros, a tener dos relatos opuestos y defendidos al mismo tiempo dependiendo de que el momento, o las circunstancias sobre las que se aplica, les sean desfavorables, o favorables. La desfachatez de presentar la mentira como cambio de opinión, ya no es un motivo de vergüenza y escarnio, si no marchamo de habilidad pública.

Y ante esta situación intolerable, nociva, que socaba cualquier tipo de estado de derecho, cualquier asomo de estado de opinión verificable, nuestra obligación, ya que somos en definitiva los culpables únicos de la situación, es retomar la decencia, la razón, la justicia, y el bien público, sustentados por derechos y libertades irrenunciables, y reclamar una vuelta a una sociedad colaborativa, a una sociedad libre e igualitaria irrenunciable.

Yo, a partir de este momento, voy a empezar a practicar el positivismo electoral, y si tengo que seguir votando en blanco, lo seguiré haciendo como medio educativo que haga evidente mi disconformidad con los que se presentan, a los que percibo como no idóneos para representarme, ya que ni sus palabras, ni sus actos, ni siquiera la forma en la que enfocan los problemas que yo identifico como tales, coinciden con la forma en la que yo considero que pueden tener solución las cuitas que persiguen al ciudadano de a pie, a mi.

Es verdad que el votar en blanco puede parecer inútil, soy consciente, pero me niego a seguir votando a la contra, a votar como castigo hacia alguno de los candidatos, porque ese voto a la contra es en principio uno de los orígenes de la insostenible situación actual de frentismo, populismo y mediocridad que hacen que nuestra sociedad se debata entre la impunidad, el asombro y el fanatismo. Pero si esto es verdad, y lo es, planteémonos un futuro en el que el voto en blanco fuera mayoritario, eso originaría una carencia de representatividad en las cámaras que debería de provocar reacciones entre los políticos, y en la calle.

Pero hablaba, y es el objeto de estas letras, del positivismo electoral, de la firme decisión de solo votar a un candidato que me diga que es lo que piensa hacer, y, sobre todo, cómo lo va a hacer, con qué recursos, detraídos de donde, en qué orden de prelación de las necesidades urgentes sitúa su actuación, y me ofrezca una transparencia de datos, y oratoria suficiente. Nada más. Y nada menos.

Así que, siguiendo una lógica elemental, haré un ejercicio de ciudadanía, y descartaré de forma radical, a cualquier candidato que:

  • Para responder una pregunta clara y concisa, conteste de forma ininteligible, o conteste otra cosa que le favorezca
  • Denigre el programa de las otras formaciones políticas.
  • Comente con desprecio, personal, o políticamente, de otro candidato, o entre en su vida personal.
  • Use la ética comparativa para soslayar responsabilidades.
  • Hable de macroeconomía sin mencionar la economía doméstica.
  • Enmascare, tergiverse, o mienta sobre datos concretos y verificables, sobre todo si esos datos tienen que ver con otra opción electoral.
  • Y, en definitiva, pretenda tomarme el pelo, y se crea que puede conseguirlo, o que voy a tolerarlo.

Y no estoy intentando decir que si cumple todo esto ya tenga mi voto, simplemente que, si han logrado pasar estos filtros, a partir de ahí miraré con calma cuales son las propuestas positivas que la opción me presenta.

Hagamos una democracia real, practiquemos el positivismo electoral por nuestro propio bien, y eliminemos de nuestra representación a los mediocres, a los folloneros, a los fanáticos y a todos aquellos que viven de enfangar la vida política. Sobre todo si pretenden hacerlo «por nuestro bien».

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