Tengo la extraña sensación, en realidad la desagradable certeza, de que la política actual me está robando la capacidad de debatir con mis propias palabras, de plantearme problemas y posibles soluciones desde la incertidumbre de las palabras a usar, y la certidumbre de que la duda procede de un relato perverso, pervertido, ideologizado hasta la castración de la libertad de expresión.

No puedo desarrollar determinados temas sin acabar sintiéndome a mí mismo sospechoso, porque la propia temática secuestra la libertad ante el miedo, ante la posibilidad, ante la certeza, de que cualquier aportación fuera de los cánones ideológicos en conflicto, esos mismos que imponen su propio relato de una irrealidad palmaria sobre ese tema concreto, se abalancen sobre mi intento aún antes de que mis palabras lleguen a ser pronunciadas. De la posibilidad de que sean tomadas en cuenta, ya es mejor ni hablar.
Y no es tanto que no tenga claro lo que pienso sobre la inmigración, por experiencia propia, o sobre el racismo, con la misma experiencia, la mía, o sobre el multiculturalismo, o sobre la ocupación, o sobre el feminismo y el acoso sexual, es que el simple hecho de intentar debatir sobre cualquiera de estos temas, y alguno más, el empleo, los impuestos, la situación económica, el acoso a los autónomos, la desigualdad social, y tantos más, me lleva a presumir que cualquier aportación por mi parte a una búsqueda de solución, a una denuncia de la situación actual, a una alternativa a los relatos ideológicos más pendientes de erigir esos temas en banderas, que en solucionarlos, me va a llevar a una discusión de sordera profunda, a una incapacidad de comunicación con determinados interlocutores, y a una descalificación personal, como argumento final, que habla más de la incapacidad del interlocutor para escuchar, de su desinterés real por el tema, o de su dogmatismo inquebrantable, y en cualquiera de los casos a un desgaste inútil, castrante, demoledor, de la búsqueda de una realidad hurtada que el hombre de a pie vive día a día, que a un diálogo constructivo.
Estamos en tiempos preelectorales, casi electorales, aunque tenga la extraña, la desazonante sensación, de que ya no existen otros tiempos, lo que parece exacerbar, si ello fuera posible, aún más el dogmatismo, el fanatismo, la radicalización de los discursos, instalados en una sordera respecto al oponente, a una ignorancia culpable respecto a aquellos a los que se pretende pedir el voto, y a un desprecio absoluto de la realidad cotidiana. No importan la verdad, la razón, el interés general, o la obligación ética de servir a los demás, lo único que importa es detentar el poder, es construir un relato que preserve mi posición en el poder, sea central, autonómico, europeo, o de liderazgo mundial. Importan las palabras en detrimento de los hechos, importan las ideologías en detrimento de las ideas, importan los dirigentes aunque sea de espaldas a los electores.
No importa la posibilidad de aportar una idea, una solución, un enfoque diferente de los problemas, no importa el texto, no importan los medios, solo importa en qué posición ideológica se sitúa al que intenta ofrecerla. Ni siquiera importa si es verdad, o no, que pertenece a la ideología a la que los frentistas lo asignan, solo importa si coincide que la ideología de quién tendría que escucharla, o no, y si es que no, todo lo demás es indiferente.
Y en esta situación, ante esta perspectiva, es inevitable que la civilización descosa un poco más unas costuras ya bastante evidentes, y que los valores que se supone que se defienden, sean entregados en aras de unos populismos a los que solo les sirve el discurso, el titular, el anuncio de medidas que parecen necesarias, sin especificar cómo se van a soportar esas medidas, o que consecuencias reales tiene su implantación, o si esa implantación afecta a otros derechos tan válidos como el que se pretende potenciar. Porque el bienestar general, la idoneidad de las actuaciones, depende mucho más de cómo, de ese cómo que no suelen explicarnos, que del qué, de ese qué que habitualmente nos colocan como triunfo.
Ignorar las opiniones ajenas, simplemente porque son ajenas, no conduce a otra caso que a la mediocridad, al populismo, y finalmente a un fracaso inevitable. Nadie posee la verdad absoluta, pero las ideologías, la mitad de las veces, ni siquiera poseen una verdad sostenible, salvo para dogmáticos y fanáticos.
Por eso, a veces, es tan difícil expresar las ideas con la confianza, con la rotundidad, con la firmeza que el propio convencimiento requiere, aunque ese convencimiento sea erróneo, aunque un debate constructivo me llegara a demostrar que mi argumentación es falsa, que mi idea, no es viable, que mi verdad es mentira.
Si tú me dices algo, te machaco, aunque dentro de diez días yo diga lo mismo. Ese es el mundo que construimos, ese es el mundo que legamos, ese es el mundo en el que los valores fundamentales están en decadencia, y son puestos en cuestión en nombre de esos mismos valores.




