CARTAS SIN FRANQUEO (CCVII)- ENTRE PILLOS ANDA EL JUEGO

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No siempre la realidad supera a la ficción, pero cuando lo hace, lo hace a conciencia, lo hace con inquina, con alevosía, con inequívoca voluntad de hacerlo a lo grande. Y aunque no siempre está claro si fue antes el huevo o la gallina, en este caso tengo claro que primero fue la indignación, la incapacidad para rebelarse ante el sistemático latrocinio, ante el desahogo sistemático, ante el abuso pertinaz y descarado que de nuestros bolsillos hace la administración, y luego fue la idea de hacer un recorrido puntual por los malos de ficción.

Y aquí, en este punto de repaso de los malos de ficción, que pudiera identificar con personajes reales de la administración pública, empecé a darme cuenta de que no todos los malos roban, me refiero a los de ficción, claro, los reales casi todos, por no decir todos, y que había malos, malos, de verdad, como los Hermanos Malasombra, o la Bruja Avería, y que de estos, en nuestros entes administrativos, también puede haber, pero más en ventanilla, o atención al ciudadano, que en puestos de decisión. En los puestos de decisión, ministros, directores generales, asesores varios, concejales de grandes ayuntamientos y toda una fauna que se dedican al esquilmado de los ciudadanos, eso que ellos llaman recaudación, los malos son, por supuesto, de verdad, pero son malos especializados en el robo a manos llenas.

Y, quisiera aclararlo, cuando hablo de robar no hablo necesariamente de llevárselo crudo, me basta con ese furor recaudatorio que pretende justificarse con una inversión en servicios que no se aprecia por ningún lado, porque una cosa es tener dinero, acapararlo, aunque no sea de nadie (Oh¡ milagro), y otra es saber cómo, y en qué usarlo, porque para esto, aparte de una capacidad insana para el mal, hace falta algo de inteligencia que yo, personalmente, le niego a los mediocres que nos administran.

Los primeros que se me vienen a la cabeza son los Golfos Apandadores, esos perros de barba mal afeitada, con pinta de gamberros patibularios, que aspiran permanente, y fracasadamente, a la inabarcable fortuna del Tío Gilito, pero que, su mismo aspecto lo confirma, carecen de la categoría para ser otra cosa que comisionistas, que enchufados, que favorecidos por los que, detentando un poder conferido para administrar los bienes de los ciudadanos, se dedican al reparto de esos bienes entre ellos, y los Golfos Apandadores que los cortejan y rodean. Los hay de todo pelaje, y condición, pero tienen como característica común su afán desmedido por el dinero, su falta de escrúpulos, y un innegable tufillo a personajillo de segunda fila, a hortera con contactos, a profesional del pelotazo.

Descartados los Golfos, los siguientes que me vinieron a la cabeza fueron los Hermanos Dalton, Joe, William, Jack y Averell, por orden de edad, y por orden inverso de estatura. Podríamos identificar a Averell, el más joven, el más alto, y el más tonto, con los directores generales de esto y aquello, siempre que esto, y aquello, muevan dinero. Y podríamos ir subiendo en el escalafón, en la escala fraternal, y nos encontraríamos con Willian, con los asesores, presidenciales o ministeriales, a los concejales de grandes y medianas urbes, a los consejeros autonómicos , que usan su facilidad sus contactos derivados del cargo para distraer unos dineros por aquí, unas prebendas por allá, unos beneficios inmobiliarios por acullá. Y sin abandonar el hilo, en el extremo de la escala, está Joe, el mayor y más bajito, el líder, los ministros y presidentes de comunidad que reparten el dinero de los presupuestos, y en muchos casos no pueden evitar que algo se quede entre las uñas. En este caso, el de los Hermanos Dalton, hay una clara semejanza, por oposición, es verdad, ya que unos empiezan sus historias en la cárcel, mientras que los otros suelen acabar las suyas en ella, sin olvidar que la pelea entre hermanos es una característica común a ambos bandos, o bandas.

Habrá quién a estas alturas se pregunte qué hay de los cuarenta ladrones, aquellos a los que Alí Babá les robó hasta la cueva, y no es que me haya olvidado, no, es que son tantos, tan diversos, dispersos e innombrables, que nos los he nombrado. Son todos aquellos que se organizan para robar, que forman trama para evitar que nada que les pase cerca lo haga sin dejar algún pequeño rastro en sus infinitos bolsillos. Estoy hablando de empresarios, de comisionistas, de golfos de toda calaña, entre los que no se puede obviar a los que, cargados de inocencia no reflexionada, cometen pequeños latrocinios, imperceptibles sustracciones en sus puestos de trabajo, de trabajo público, por supuesto. Hablo de aquellos que con su indiferencia laboral hacia las consecuencias de su trabajo, permiten injusticias que lastran economías familiares, que tramitan ruinas evitables. Hablo de todos aquellos que contribuyen a la miseria del país, aunque su robo apenas sea perceptible.

Foto de mahdi rezaei en Unsplash

Y una vez repasada esta nómina, vistas estas equivalencias, me queda un regustillo de ausencia, una sensación de que los ladrones de guante blanco, los que ocupan la cúspide de la trama, los que se van siempre con el botín y sin castigo, me faltan. Me faltan los Arsenio Lupin, los Arthur Raffles, los Charles Litton, a los que no puedo ponerles ni nombre, ni cargo, ni oficio, ni beneficio, en defensa propia, pero que a todos se nos vienen a la mente.

Ya lo dice el dicho, entre pillos nada el juego.

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