CARTAS SIN FRANQUEO (CCV)- ¿DISCUSIÓN O DEBATE?

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Me preguntaba ayer, hablando con unos amigos, a propósito del libro de Schopenhauer, “El Arte de Tener Razón”, cuya lectura recomiendo encarecidamente a políticos, cuñados, abogados, inspectores de hacienda, y otros detentadores de la razón sin fisuras, que una gran parte de la culpa en la percepción de la degradación de este país, es la ausencia sistemática, pertinaz, y excesivamente larga, de la ausencia de debate público, incluso de la ausencia de debate popular, seguramente provocado por la primera.

El fanatismo imperante, el populismo que todo lo está manchando, la radicalización de los partidos liberales, autores de discursos donde son más importantes el ingenio para insultar, la descalificación del contrario, la conversión dialéctica del rival en enemigo, que el interés público, hace que el debate sea imposible.

Sin duda el espacio parlamentario, el que debería de ser, tiene como objetivo el debate público, con dos fines fundamentales, y olvidados, que son el verdadero sustento de la democracia como sistema que busca el bienestar popular y el progreso del país que lo ha elegido, que son: el control de quién detenta el gobierno, el debate sobre las medidas tomadas, o a tomar, y la información de esas medidas al verdadero sujeto de ellas, los ciudadanos. Pero hoy en día ninguna de esas opciones se da, ninguna de esas opciones se cumple, y no se cumple por la absoluta carencia de debate, por la suplantación del debate constructivo por la discusión ciega, sorda, inclemente.

Pero, ¿cuál es la diferencia entre un debate y una discusión? Para míhay una fundamental, en el debate se respeta el turno del contrario, y se responde a su argumentación, en la discusión lo único importante es no escuchar al contrario, argumentar cosas diferentes, o que soslayan el tema del debate, y, si es posible acallar al contrario mediante las voces, las descalificaciones, o cualquier otro medio que se nos ocurra. Lo importante es lograr acallar al contario, tener “razón” aunque no sea verdad.

Schopenhauer, en el libro mencionado en el primer párrafo, ofrece una visión magnífica, cargada de ironía, sobre los ardides que debe de seguir cualquier orador cuyo único objetivo sea derrotar al oponente sin parase en defender la verdad, o la utilidad de su posición, para lo cual ofrece treinta y siete estratagemas dialécticas, más una definitiva, desesperada, que es en sí misma una derrota, y que dice: “Cuando se advierte que el adversario es superior y se tienen las de perder, se procede ofensiva, grosera y ultrajantemente; es decir, se pasa del objeto de la discusión (puesto que ahí se ha perdido la partida) a la persona del adversario, a la que se ataca de cualquier manera”.

Y yo creo, basta con ver cualquier debate en el congreso, cualquier mitin, cualquier entrevista, para comprobar que nuestros políticos leen poco, o leen mal, o lo que leen solo les vale parcialmente, porque todos ellos prescinden de las treinta y siete estratagemas dialécticas constructivas, dialogantes, que nos propone Schopenhauer en su obra, y aplican directamente la estratagema final, la destructiva, la que se debe aplicar cuando uno no tiene ninguna posibilidad de tener razón, lo que me lleva a pensar que saben que no tienen razón ni en sus formas, ni en sus palabras, ni en sus objetivos.

La conclusión es terrible: nuestro políticos solo están interesados en tener razón, en tener el poder, en disponer de los recursos públicos para sus propios fines (algunos les llaman ideologías), sin importarles los medios, la verdad, o el interés general

¿Todos? Los remito al diario de sesiones. Todos.

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