Si hay algo más miserable que la pobreza es la posibilidad de que los pobres sean ricos. Sí, ya sé, aparentemente es un contrasentido. Bueno, en realidad es un contrasentido lamentable, en principio, y en cualquier otra circunstancia, pero, al parecer, es la situación actual de muchos españoles, pobres como ratas en un país rebosante de dinero. En un país que presume, al menos oficialmente, de poderío económico.

Y esto, ¿Cómo puede ser? Pues, para que les voy a mentir, yo tampoco lo sé, pero sí sé que la realidad económica familiar no comparte la abundancia macroeconómica con la que el gobierno nos bombardea en sus comparecencias. Sí sé que el riesgo de exclusión social ha crecido, que las familias que pueden disfrutar unas vacaciones ha disminuido, que el número de familias que disponen de un dinero extra para hacer frente a imprevistos es menor, que la pobreza infantil ha subido cuatro puntos desde hace unos pocos años para aquí, aunque, eso sí, la recaudación fiscal se mueve en máximos históricos, que, al parecer, es el indicador de una economía admirable, imparable, patéticamente injusta.
No sé que pensaran ustedes, pero a mí, que el país sea rico, si no puedo llegar a fin de mes, si no puedo garantizar una alimentación conveniente a mis hijos, si necesito siete sueldos para poder sobrevivir, si los impuestos me gravan independientemente de cuáles sean mis ingresos reales, o si mi salario no cubre las mínimas necesidades vitales, no me sirve de nada.
Suele decirse, y es comprobable, que no hay nada más caro que ser pobre, y si los bancos lo ratifican con sus comisiones e intereses, la administración lo sanciona. El que no puede pagar a tiempo, el que no puede pagar, sea a tiempo, o no, el que pasa por apuros, es ferozmente rematado por la administración y los bancos, que no solo acaban con él, si no que en ese descabello se mantiene la deuda, por si osara algún día intentar levantar cabeza. Tal ignominia es cotidiana, asumida, aceptada.
La inclemente persecución fiscal de la pequeña empresa, de la microempresa, por parte de la administración, que no solo la vacía impositivamente, si no que la persigue hasta el exterminio, sanciones, intereses, nula colaboración, imposibilidad de negociación, cuando esa persecución deviene en imposibles cumplimientos, es parte del gran problema, porque la economía española se basa en los autónomos, en esos osados inconscientes que llaman emprendedores.
Los pequeños empresarios españoles, en estos tiempos que corren, me recuerdan a los legionarios de los comics de “Asterix y Obelix”. Esos legionarios que, tras una paliza recibida de los “empocionados” galos, puestos hasta las trancas de poción mágica que garantiza la desigualdad absoluta, dicen aquella emblemática frase: “Hazte legionario, te dicen, verás mundo, te dicen…”. Hazte empresario en España, te dicen, te harás rico te dicen…
Pero no, no te harás rico. Y no solo no es que no te hagas rico, es que la administración te perseguirá con saña para quitarte hasta lo que tenías antes. Es que la administración te señalará como insolidario, como sospechoso de fraudes y desmanes, como explotador impenitente y peligroso, mientras te obliga a ser su recaudador a tiempo completo, eso sí, sin sueldo, pagando. Mientras te obliga a conocer una legislación que los abogados necesitan años para poder dominar. Mientras te obliga a ser el financiador de cualquier ocurrencia que un ministro que no ha trabajado en su vida, que no tiene otra vida laboral que sus presencias en sindicatos y parlamentos, tenga para mayor gloria política, sin importarles si esa nueva ocurrencia va a suponer un cataclismo en cuentas de explotación de empresas ya asfixiadas por las ocurrencias administrativas, o si la repercusión supondrá un nuevo encarecimiento en el coste de la vida de los ciudadanos con menor poder adquisitivo.
Lo único que importa es el titular en los informativos, el prurito de haber logrado un hito social, aunque sea acosta de empobrecer a cientos de miles de ciudadanos que, desagradecidos ellos, ven como su calidad de vida se empobrece, y sus perspectivas de presente y de futuro se colorean de un negro impenetrable.
Parafraseando a Celaya, maldigo la economía concebida como un lujo populista por políticos sin conocimientos, ni conciencia. La maldigo desde la experiencia de haberlo sufrido en las propias carnes. La maldigo desde la experiencia diaria de los comedores sociales, de las calles atestadas de sin techo, desde las estadísticas amañadas para encubrir el desempleo, desde las declaraciones rimbombantes de políticos de tres al cuarto, desde la angustia familiar de los que no ven como cubrir sus necesidades básicas, mientras se encubre, se ampara, se disimula a los que se lo llevan crudo desde puestos de confianza, desde puestos públicos, desde lugares privilegiados. La maldigo desde los beneficios inmoralmente desmesurados de las grandes empresas favorecidas por beneficios fiscales que empobrecen a las pequeñas. La maldigo desde las intolerables declaraciones de recaudaciones desorbitadas, que empobrecen, que arruinan, a los microempresarios. La maldigo desde un sistema que lamina a la clase media, convirtiéndola en clase desesperada.
Sí, ciertamente, pobre pobre rico, pobre empobrecida clase media que, tal como Mazarino le explicó a Colbert, hace ya de esto más de 350 años: “Entre los ricos y los pobres hay una gran cantidad de gente, tipos que trabajan soñando con llegar algún día a enriquecerse y temiendo llegar a pobres. Es a esos a los que debemos gravar con más impuestos, cada vez más, siempre más, porque cuanto más les robemos más trabajarán para compensar lo que les quitamos”, sigue padeciendo el saqueo impenitente de la administración, la apropiación inmisericorde y fanática del fruto de su trabajo por parte de parásitos sociales afiliados a estructuras de poder. Y, a día de hoy, la política está llena de Mazarinos.
Seguramente no hay concepto más artero, manipulable e injusto que los impuestos. Seguramente todas las épocas han tenido ladrones en la administración púbica, en algunas incluso peores que ahora (es una suposición), pero yo no lo he visto, yo no he tenido que convivir con ello, y pensar cada día, al levantarme, al salir a la calle, al ver las noticias: “Pobre, pobre rico”.





