Pues sí. Debió de ser allá por los años setenta cuando yo descubrí, por casualidad, en un quiosco, una novelita del tipo de las de Bruguera, de las de vaqueros, de las de amores, de las de ciencia ficción, pero que no se ajustaba a la estética general de la editorial catalana. La novelita con unos dibujos diferentes y los amarillos predominando en las portadas, anunciaba la “Saga de los Aznar”, y el título de aquella entrega era “Los Hombres Grises”. La compré, por supuesto, y las siguientes, y las siguientes reediciones.

He de reconocer que también influyó en la compra el nombre del autor, George H. White, que de alguna manera me recordaba a mi admirado H.G. Wells. Bueno, de alguna manera o, supongo, de una manera perfectamente estudiada. El caso es que G.H. White, que luego averigüé que era el seudónimo de Pascual Enguídanos, valenciano, puso a mis disposición una saga de aventuras de más de cincuenta novelas en las que las familias Aznar, Valera, y Balmes, vivían, a lo largo de varias generaciones, aventuras sin cuento a lo largo y ancho de un espacio lleno de amenazas, aventuras, e inventos sin cuento.
Encuadrada, sin ningún género de dudas, en el clásico estilo de la opera espacial, la “Saga de los Aznar”, fue descubriendo, a lo largo de los capítulos, razas asombrosas, como los hombres de silicio, y descubrimientos “científicos”. La “dedona”, sustancia que por su dureza le permite formar corazas impenetrables, y que gracias a su comportamiento magnético cuando se le aplica electricidad, se convierte en una alternativa a los motores tradicionales. Los rayos Z, que son los únicos capaces de penetrar la dedona. La miniaturización que resuelve el problema de disponibilidad de espacio en los transportes de material bélico. Cójase una nave, se miniaturiza el armamento, incluso otras naves, se estiba, se transporta, y cuando se necesita, se devuelve a su tamaño original. Los “autoplanetas”, mundos de tamaño semejante a la luna que surcan, tripulados, el espacio, permitiendo una vida normal a los tripulantes, y más, mucho más encaminado todo ello a mantener una sensación de sorpresa permanente, y de aventura sin límites.
Pero en el volumen número once, titulado “Guerra de Autómatas”, Pascual Enguídanos, George H. White, nos cuenta una batalla que, con las limitaciones que la realidad impone a la fantasía, los periódicos nos cuentan todos los días.
En el enfrentamiento entre la armada sideral terrestre, y la flota invasora nahumita, ambos bandos ponen en lid cientos de miles de torpedos autómatas, naves “pilotadas por cerebros electrónicos” que buscan las naves enemigas, e intentan eludir sus torpedos, convirtiendo la batalla en una, y vuelvo a citar literalmente, “guerra de autómatas”.
En Ucrania, y en diversos frentes, pero sobre todo en Ucrania, los episodios bélicos protagonizados por cientos de drones, han empezado a ser un elemento fundamental en el desarrollo de la guerra, y cada vez que lo leo, no puedo evitar acordarme de la “Guerra de los Autómatas” de George H. White, o de Don Pascual Enguídanos, que tanto monta.
Pero también, en una aventura posterior, se mencionan naves que manejan enjambres de drones, de una forma parecida a como se empiezan a describir ciertas habilidades que se prevén para los aviones de sexta generación, actualmente en desarrollo. Es cierto que si hablamos de enjambres es inevitable recordar los insectores de las novelas de Orson Scott Card, pero, para los españoles de una cierta edad, y aficionados a la ciencia ficción, el primero es el nuestro, Don Pascual.
Hay quién piensa que una guerra entre máquinas, sin seres humanos que intervengan o mueran, sería una guerra menos cruenta, sin embargo un famoso escritor, creo que fue Asimov, pero no lo recuerdo exactamente, ya advirtió que tal guerra no solo sería una guerra interminable, ya que solo dependería de la capacidad de reposición de los contendientes, si no que a la larga no solo sería más cruenta que una guerra convencional, si no que podría llegar a ser causa de exterminio de la raza humana por el agotamiento de recursos, de materias primas, de alimentos, de servicios y de productos de primera necesidad.
Sí, esta guerra ya nos la han contado, no solo “La Saga de los Aznar”, también los “Terminator”, y algunas otras obras de anticipación a las que nadie parece hacer caso. La muerte de seres humanos es la desgracia principal de una guerra, pero no la única. El empobrecimiento de las gentes, la desaparición de derechos y libertades, y la falta de recursos básicos para la preservación de la civilización, de la vida, son peligros que no deberíamos de olvidar. Y a eso nos conduciría inevitablemente una «guerra de autómatas».




