CARTAS SIN FRANQUEO (CCI)- DEL AMOR Y LA AMISTAD

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Nunca he tenido muy claro si el amor es una suerte de amistad especial, o la amistad es un amor con recortes, y cada vez lo tengo menos claro cuando veo el maltrato que ambos sentimientos reciben en el día a día, en lo cotidiano, por parte de quienes quieren definir lo indefinible, lo inaprensible, lo emocional. Claro que, puestos a confundir, y para enredar un poco más la madeja, hay quién pretende que el amor sea una especie de enamoramiento permanente, una especie de banquete de perdices sin tregua, ni límite

Y, curiosamente, el factor que según la mayoría de la gente establece la frontera entre el amor y la amistad, parece ser el sexo, parece ser ese acto corporal que el adoctrinamiento moral que hemos sufrido identifica como parte consustancial del amor. De tal forma que solo hay amor si hay sexo, y solo puede haber sexo si hay amor. Craso error. Doble y grosero error. Castrante error que solo obedece a una moral reproductiva.

Sin duda, y sería lo ideal, encontrar una persona con la que desarrolles una amistad sin fisuras, una convivencia sin desgaste, sientas un enamoramiento recurrente, y cuya compenetración sexual sea plenamente satisfactoria para ambos es el gran objetivo.

Sin duda sería lo ideal, pero dudo que tal perfección se haya dado nunca a lo largo de la historia, y mucho menos que crear esa expectativa como forma de evaluar la felicidad, o la viabilidad de una pareja, no sea insano, no sea un anticipo a un fracaso anunciado.

De todas formas el mal manejo de estos conceptos se debe fundamentalmente a un uso sin cuidado de los términos que los nombran, mal manejo al que no son ajenos los literatos (poetas, novelistas, guionistas, autores teatrales…), ni los creadores de moral, ni todos aquellos que, sea por el motivo que sea, los usan para sus propios intereses, generando en la sociedad una confusión debida a la necesidad de contar, de imponer, de manejar, cuando lo imprescindible es sentir, es experimentar, es vivir.

La expresión coloquial de “confundir churras con merinas” (“churras con meninas” según la nueva incultura), es perfectamente aplicable a esta cuestión, que, si analizamos con cuidado, solo obedece a una confusión lingüística que, implantada de forma cultural en la sociedad, se ha convertido en una suerte de paradigma que obstaculiza, que traba, que emponzoña, las relaciones entre personas que creen considerarse libres, pero que están lastradas por una confusión moral, semántica, emocional que coarta las posibilidades de relación con los otros, sobre todo, y en el caso mayoritario de la heterosexualidad, con los que son del otro sexo.

Pero podemos intentar poner las palabras en su justo término, desprendiéndolas de sus envoltorios morales y culturales, para intentar comprobar todo lo dicho anteriormente, y, sobre todo, sus consecuencias.

Creo que para todo el mundo está claro que el deseo es una reacción química que prepara al cuerpo para la práctica del sexo, así como el enamoramiento es una emoción temporal que suele crear ansiedad por la cercanía del otro, deseo, y una empatía que evoluciona con el tiempo y durará lo suficiente hasta que se convierta en sentimiento, o fracase.

El sexo, su práctica, ya que no es emoción, ni deseo, ni amor, ni enamoramiento, aunque pueda asociarse a todas ellas, es un acto físico, que tiene como objetivo, al menos moralmente hablando, la reproducción, y como culmen, como recompensa, el placer. Es verdad que últimamente el objetivo y la recompensa van asociados como algo único, pero eso es algo que solo sucede desde hace relativamente poco. Esa práctica solo requiere el acuerdo de quién, o quienes lo practican, y una cierta habilidad en su ejecución para que ese placer pueda culminar en el orgasmo como meta deseable. Podríamos entrar ahora en el campo de los matices, hablando de perversiones, de conductas, de alicientes, o de dinero, pero no corresponde a lo que estamos tratando. Podríamos hablar de las conocidas disciplinas orientales para un mayor control del deseo, y del placer, pero tampoco toca esta vez hablar de posturas, de puntos, o de caricias.

Y nos quedan los sentimientos. Nos quedan esas emociones más tiempo a las que llamamos sentimientos, y que tendemos a diferenciar por la práctica del sexo, a pesar de que hay amigos que practican sexo, sin que el amor, el sentimiento convencional de amor, exista entre ellos, como hay parejas, o sea personas con supuesta vinculación por amor, cuya práctica del sexo es residual, o simplemente inexistente.

Si yo fuera un absoluto iconoclasta, diría que el amor es una amistad con contrato, compromiso de permanencia, y derecho al sexo, que, aunque no lo diga, lo pienso, pero, para ser más políticamente correcto, diré que el amor es una amistad con proyecto de convivencia. Mejor, ¿no?

Y ¿qué pasa con el amor cuando el proyecto deja de tener sentido?, ¿qué pasa con el amor cuando la convivencia no es el objetivo?, ¿qué pasa con el amor cuando sus parámetros convencionales dejan de estar en vigor? Por edad, por enfermedad, porque el deseo existe, existe el enamoramiento, pero no se desea el contrato. Por tantas y tantas circunstancias en las que el transcurso de la vida marca una falta de continuidad, por cuestiones laborales, por diferencias de distintos tipos que hacen que el proyecto común sea intermitente. ¿De qué hablaríamos entonces?, ¿de amistad?, ¿de amor?

No. Desde mi percepción, desde mi limitada experiencia, quién marca el sexo como frontera entre la amistad y el amor, se equivoca, y equivoca a quienes están a su alrededor. Quienes ven el sexo como una exclusiva perteneciente a un solo sentimiento, o se engañan, o van a vivir una experiencia sujeta a una convicción que puede derrumbarse en cualquier momento.

Yo no sabría decir, aunque mis sentimientos son claros, cuando se puede llamar amor, o cuando se puede llamar amistad, pero sí sé cuando siento amor por una persona, y cuando siento amistad, y el sexo no es una cuestión importante en la diferencia, o, al menos, no es una cuestión a plantear de inicio. Lo sentimientos se consolidan, o fracasan, con el transcurso del tiempo, pero el deseo es una emoción que surge en un momento determinado sin pararse a preguntar si hay, o no, proyecto, y se deja fluir, y se consuma, o se cercena, se censura.

Yo sé, tengo claro, lo que elijo. Espero que usted, también.

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