CAMINOS OBLICUOS I. EL HOMBRE DEL BOSQUE

0
26020
107

El encuentro

Se había vuelto a perder en un bosque. Sabía que no era bueno adentrarse en ninguno después del anochecer, pero lo había vuelto a hacer. Quizás porque no tenía otra solución. Tenía prisa por llegar a Santiago.

Pese a la oscuridad, seguía avanzando con la luz de la luna llena. No sabía si estaba dando vueltas, aunque creía que no, porque siempre tenía la estrella polar a la derecha. De repente olió a comida y humo. Se dirigió hacia la dirección de la que venía el aire. Al poco rato escuchó el crepitar de una hoguera y, poco después, vio la luz que desprendía.

Se acercó al claro del bosque en el que estaba la hoguera, pero no había nadie, solo el fuego y, junto a él, un conejo a medio asar. Se acercó un poco y oyó la voz:

—Date la vuelta que te vea.

Al girarse vio a un hombre fuerte y con aspecto hosco. Llevaba ropa vieja pero no demasiado rota y su aspecto, aunque desaliñado, no era muy sucio. El hombre del bosque, al verle en detalle, cambió de tono

—¿Qué hacéis vos por aquí a estas horas?

—Estoy buscando el monasterio que hay al otro lado del bosque, pero se me ha hecho tarde y no sé si me he perdido.

—¿Sois un clérigo?

—No exactamente —dijo intentando ocultar su mentira.

—Os queda un buen trecho, esta noche no llegáis. ¿Para qué vais al monasterio?

—Voy a Santiago y me coge de camino. No llevo cosas de valor.

—No os preocupéis, no soy un ladrón, de esos hay muchos por aquí, pero yo no lo soy. ¿Para qué vais a Santiago?

—Hace algo menos de cien años encontraron allí la tumba de uno de los apóstoles de Jesús y quiero conocer el lugar.

—Os podéis quedar a cenar y dormir aquí. Mañana os indico el camino.

—Te lo agradezco mucho, el conejo huele muy bien. ¿Cuál es tu nombre?

—Mendo.

—Yo me llamo Jimeno. ¿A qué te dedicas?

—Soy cazador.

—Y ¿a qué señor sirves?

—Me sirvo a mí. Creo que los de fuera del bosque dicen que cazo donde no debo.

—¿Y no lo haces?

—¿Queréis cenar caliente o seguir andando solo?

—Disculpa, tienes razón, me ofreces cena y te increpo.

Cenaron charlando del bosque, de los animales y de otras cosas. Sin mucho ánimo, los dos estaban cansados. Cuando terminaron de cenar Mendo le indicó a Jimeno un sitio para dormir y él se tumbó un poco apartado.

A Mendo le sorprendió que Jimeno fuera capaz de dormirse sin ningún miedo en un bosque que no conocía y con un desconocido cerca. ¿Cómo podía alguien tener tanta tranquilidad? Era algo que él no había sentido nunca. Desde que podía recordar su vida había estado rodeada de temores, siempre alerta por lo que pudieran hacerle o pasarle. Esa noche tampoco durmió demasiado, pero no por sus miedos habituales, sino por nuevas dudas que le surgían.

Jimeno pensaba en el motivo real de su viaje: en la duda que llevaba meses consumiéndole. No sabía cómo resolverla. Ir a Santiago podía darle una respuesta o ser solo otra forma de retrasarla.

 

Mendo se despertó temprano. Se giró y vio que Jimeno seguía durmiendo. Le despertó, «Está amaneciendo, es mejor que os levantéis ya».

Jimeno tardó unos segundos en recordar dónde estaba. Desayunaron en silencio y recogieron sus cosas. Cuando terminaron Mendo dijo:

—Os acompaño al Monasterio.

—No es necesario, indícame el camino y voy yo.

—Tengo que ir hacia esa zona, solo me tengo que desviar un poco —mintió Mendo. En realidad no tenía que ir en esa dirección, pero algo le empujaba a estar con Jimeno.

—Así sea, pero no puedo pagarte por la ayuda.

—No os he pedido dinero, creo —dijo enfadado.

—Tienes razón, disculpa. Vamos entonces.

Después de un rato Jimeno se sintió incómodo y empezó a hablar:

—Ayer estabas más hablador. ¿Te arrepientes de haberte comprometido a acompañarme hasta la linde del bosque?

—No. Si prometo algo, lo hago. Es que voy pensando en lo que vos dijisteis ayer.

—¿Sobre qué? Hablamos de muchas cosas.

—De lo de ir a Santiago. ¿Os puedo hacer una pregunta?

—Claro.

—¿En qué año estamos y qué es eso de la tumba del apóstol?

—Estamos en el 910. En el 813 un ermitaño llamado Pelayo vio unas luminarias en el cielo. El obispo Teodomiro acudió al sitio y, después de tres días de ayuno, descubrió la tumba de uno de los apóstoles de Jesús, Santiago. Desde entonces algunas personas peregrinan a Santiago para ver la tumba. Los habrás visto, ¿no?

—Sí, he visto pasar a monjes, pero he permanecido escondido.

Mendo se quedó pensativo un rato. Después dijo:

—Me gustaría ir con vos.

—¿Venir conmigo? ¿Por qué?

—Esta noche no he podido dormir. Quiero salir de este bosque. Hasta que os conocí no lo había pensado. Necesito salir. No quiero morir aquí a manos de hombres de armas, asesinado por bandidos o despedazado por un animal. Vos sois la oportunidad para ver si hay otra forma de vida para mí.

Esa frase conmovió a Jimeno, encontrarse a alguien dispuesto a dejarlo todo era difícil, él lo sabía por experiencia propia. Y que fuera un furtivo que vivía en un bosque y con una cultura muy básica le parecía algo poco común. Se paró y miró a Mendo a los ojos.

—Esa razón es la más poderosa que puedes tener. Seremos compañeros.

Se abrazaron con torpeza y, sin decir nada, continuaron andando.

Cuando vieron el Monasterio, Mendo dijo que era mejor que él esperara fuera:

—No sé si seré bien recibido por los monjes.

—¿Les has hecho algo malo?

—No directamente, aunque el bosque en el que cazo es del monasterio.

—Entonces es mejor que no vengas conmigo. Yo tengo que entrar a rezar y a preguntar algunas cosas del camino. ¿Cómo nos encontramos cuando salga?

—Simplemente seguid el camino que va a Santiago, yo os estaré esperando.

El grupo

Al día siguiente, cuando la mañana clareaba, Mendo vio llegar a lo lejos por el camino a Jimeno. Para su sorpresa iba acompañado de un clérigo, así que decidió esperar escondido. Cuando estaban a su altura Mendo preguntó:

—¿Quién es ese que va con vos?

—Un monje que nos va a acompañar a Santiago.

—¿Por qué? —en la voz de Mendo había enojo y preocupación.

—Sal que te veamos y te lo cuento.

A los pocos segundos apareció Mendo. El monje y él se miraron fijamente, llenos de desconfianza. Jimeno sabía que la situación iba a ser tensa y no dejó pasar tiempo:

—Mendo, te presento a Ero. Ero, te presento a Mendo —dijo secamente—. Por diferentes motivos los dos me vais a acompañar a Santiago. Imagino que a ninguno de los dos os hace mucha ilusión la compañía del otro, pero no os queda más remedio que aceptar que vamos a continuar los tres. O ir por vuestra cuenta a Santiago.

—¿Sabes que es un cazador furtivo?

—Quizás lo sea, pero eso no tiene nada que ver con el viaje.

—Podría robarnos.

—Mira Ero. Yo confío en Mendo y va a venir conmigo. Te repito que si no quieres venir puedes darte la vuelta o ir por tu cuenta.

Mendo sintió una gran gratitud hacia Jimeno. No le hacía ninguna gracia compartir el viaje con un monje, pero no se atrevió a decir nada.

—Sigamos —dijo Jimeno.

Iban andando en silencio. No había camino, apenas algunas señales de sendas que no se sabía si estaban hechas por animales o personas. Mendo iba el primero, caminando seguro. Jimeno le seguía observando todo con atención.

Cuando empezó a anochecer Jimeno dijo:

—Vamos a dormir por aquí.

—¿Por qué no seguimos hasta las villas? —dijo Ero—. Calculo que quedará una legua.

—Porque hace buena noche, aquí debajo hay un bosque que parece abrigado y hemos andado desde el amanecer, nos merecemos un descanso.

—Pero en una villa dormiremos en camas y con comida caliente —Ero estaba enfadado.

—Sí, pero vamos a dormir aquí. Mendo, cuando lleguemos al bosque que hay ahí busca un sitio para descansar, a poder ser que tenga una fuente o un río.

Cuando entraron en el bosque Mendo se desvió por una vereda y, al poco rato, se paró junto a un arroyo.

—Un buen sitio, nos quedamos aquí —dijo Jimeno—. Mendo, busca algo de leña para la lumbre. Ero y yo cogemos agua y preparamos la cena.

Cuando Mendo se alejó, Ero, con aire enfadado, se acercó a Jimeno.

—¿Nos hemos quedado aquí por Mendo?

—Sí. Este viaje lo hacemos los tres juntos. Nos separaremos solo cuando sea imprescindible. Así son las cosas.

—No sé por qué significa tanto ese hombre. ¿Te ha amenazado? ¿Le tienes miedo?

—No, no —dijo Jimeno con una sonrisa de comprensión y dulzura—. Me pidió venir conmigo sin nada a cambio y eso me hizo saber que merece la oportunidad. Dios sabrá los motivos. Ahora prepara las cosas para cenar.

Mendo volvió y empezó a encender el fuego. Jimeno y Ero fueron a lavarse al río. Cuando volvieron Mendo se había apartado un poco y tenía preparada algo de carne seca para cenar. Jimeno le dijo:

—Acércate y toma de lo que hemos traído nosotros. Hay queso y pan, si no los tomamos pronto se estropearán.

A Mendo no se le escapó la mueca de enfado de Ero.

—No es necesario, estoy acostumbrado a comer esto —dijo Mendo.

—Os lo voy a repetir por última vez —dijo Jimeno—. Somos un grupo que, dentro de lo posible, vamos a estar todo el tiempo juntos. Compartiendo lo que tengamos y ayudándonos. Esas son mis condiciones. Si alguno no está dispuesto, que mañana se marche en la dirección que quiera. Ahora ven y cena con nosotros.

Mendo se acercó, compartieron la cena en silencio y se fueron a dormir.

Jimeno recordó lo incómodo que se había sentido en el monasterio. El abad era un hombre viejo, observador e inteligente. Le había hecho muchas preguntas, casi todas ellas relacionadas con la fe que Jimeno sentía. Incluso se había ofrecido para confesarle. Era como si hubiera leído las dudas que le atormentaban. La propuesta que el abad le había hecho de que Ero fuera con él no le había gustado, pero el motivo era encomiable: Ero llevaba una carta secreta al obispo Sisnando I y una Biblia copiada en Samos, pidiendo protección frente al obispo de Lugo.

Pero no paraba de pensar en el aviso y las instrucciones que le había dado su abad: «No me fio de Jimeno. Hay algo de lo que cuenta que no es cierto. Vigílale. Si hay algo raro con él, denúncialo en Santiago».

El viaje ya no era de uno. Y eso lo cambiaba todo. Y, sin saberlo, habían puesto el pie en un camino que habría de probarlos.

 

 

El camino continúa en «El peso del camino».

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí