CAMINO DE LETRAS

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Me faltaba una carta por encontrar. La última de las 21 cartas que mi padre escondió, todas en un país e idioma diferente. Un camino de letras y de vida.

Imagen aprotada por el autor del texto

Recuerdo perfectamente cómo empezó todo. El día de mi cincuenta cumpleaños recibí un sobre muy grande. Lo abrí y vi que había otro con una frase: “Para Natalia”. Mi madre, la loca iluminada. La intriga me hizo llevárselo inmediatamente para ver lo que contenía, en cuanto lo vio le brillaron los ojos.

Rasgó el sobre y vimos que dentro había una carta y otro sobre más pequeño. Mi madre leyó la carta muy despacio. Por breve que era parecía imposible que tardara más de medio minuto en leerla, pero tardó mucho más. Quizás la leyó más de una vez. Mi madre lloraba y suspiraba. Pero callaba.

Yo no sabía qué hacer. ¿Debía acercarme a mi madre? ¿Abrazarla? ¿Preguntarle qué pasaba? Algo me decía que no debía hacerlo, que tenía que esperar. Después de un rato interminable mi madre levantó los ojos y me dijo «Tienes una carta de tu padre, sigue teniendo la mala letra de siempre». Me dio un abrazo profundo, de los que sólo puede darle una madre a un hijo, me entregó el sobre grande y me dijo «Creo que es mejor que esto lo leas en otro sitio. Te quiero mucho, más tarde hablamos». Se marchó a su habitación arrastrando los pies.

Salí de la casa desconcertado, sin atreverme a abrir el sobre, pensando en lo poco que sabía de mi padre. Ideas vagas de lo que mi madre me había contado de pequeño. Estuvieron muy enamorados, fueron muy felices. Mi padre era un ser especial, muchos le tomaban por loco, pero no lo era. La vida les separó. Imagino que alguien más racional hubiera querido saber más. Pero yo era un niño de esos que no dejan de soñar. Me hice mayor sin darle importancia.

Casi sin darme cuenta llegué al minúsculo parque en el que tanto había jugado de pequeño con mi padre, los columpios estaban viejos y el único banco en el que te podías sentar tenía bastante óxido.

Pero yo estaba cansado, me senté y abrí la carta con emoción y ansiedad. Era breve, se notaba que se había escrito con mucho esfuerzo para que fuera legible:

Paco, sé que soy un padre ausente. Debajo del columpio oxidado hay una de las 21 cartas que te contarán todo. Puedes elegir seguir con tu vida sin conocer la verdad o leerla, pero si la lees no volverás a ser el mismo. No sé si tengo derecho a ponerte en esta encrucijada, pero debo intentarlo. Desde la distancia siempre te he querido. 

Sin firma. Aunque nada tenía sentido miré debajo del columpio y descubrí una bolsa plastificada con una carta dentro, la abrí y me encontré con la misma caligrafía. Pequeña, oblicua y difícil de seguir, con renglones que nunca eran rectos. Comenzaba contando una leyenda Celta, después mi padre me decía que había dedicado su vida a buscar un objeto que quería compartir conmigo y me daba instrucciones para encontrar la siguiente carta. Debía ir al Panteón en Roma.

Cuando me recuperé de la sorpresa volví a casa de mi madre para que me contara algo más sobre mi padre, pero no me contó mucho. Era un hombre enamorado de la vida que, de repente, entró en una época oscura de tristeza. Mi madre no lograba que saliera de ese estado apático y de pesadumbre. Tras unas semanas sumido en una profunda pena un día le dijo a mi madre «Siempre te he querido, pero hay un objeto del que no te puedo hablar que me llama, no seré feliz si no lo recupero. Me voy. Si lo encuentro volveré». Y se fue de su vida para siempre dejándole una gran cantidad de dinero. Mi madre nunca volvió a saber nada de él hasta la carta que yo le llevé ese día. No podía contarme nada más sobre mi padre ni sobre las misteriosas cartas «Era un loco maravilloso y, en la distancia, nos quería».

En los siguientes días dudé si debía seguir las cartas de mi padre o continuar con mi plácida vida resuelta por la acomodada situación en la que nos dejó. Yo no era un aventurero, era un hombre tranquilo habituado a disfrutar de viajes organizados y volcado en la cultura. La belleza de los libros, la música, la arquitectura y la pintura llenaban mi vida, una vida sin sobresaltos. No necesitaba nada más. No veía la razón por la que tuviera que cambiar esa forma de vida por una simple carta.

Pero esa carta me contaba una historia y una promesa de cambio a la que no podía dejar de darle vueltas “nunca volverás a ser el mismo”. Quizás había algo que me pudiera hacer más feliz. Tras muchas cavilaciones decidí que, por buscar una carta, no iba a pasar nada. Organicé un viaje a Roma para buscar la siguiente carta en uno de los lugares más maravillosos que había conocido: El Panteón. Estar allí me daba paz, situarme bajo el agujero de la bóveda en un día lluvioso me llenaba de emoción.

Encontré esa carta en la que mi padre me contaba una historia y me indicaba el lugar en el que debía buscar la siguiente. Una tras otra me abrieron un mundo desconocido. En los meses siguientes viajé por los cinco continentes a sitios que nunca imaginé que pudiera conocer. En Varanasi, sentado a orillas del Ganges, una carta me habló del tiempo y de la reencarnación. En Petra encontré el sobre dentro de un nicho funerario tallado en roca rosa, y leí algo sobre la vida que solo se entiende rodeado de muerte. En Turuñuelo, ante el yacimiento tartésico más importante descubierto en décadas, mi padre me explicaba la fascinación que sentía por esa civilización que desapareció de golpe sin que nadie supiera por qué. En Tulum, la carta hablaba de la importancia de las guías y los faros para quienes navegan sin rumbo. Y en Alejandría, frente al mar donde ardió la mayor biblioteca de la Antigüedad, la carta trataba del dolor insoportable por el conocimiento que se pierde para siempre.

Todas las cartas tenían una estructura similar, comenzaban con un pequeño cuento, luego hablaban de algo sobre el objeto que mi padre buscaba y terminaban con un acertijo que me guiaban a la siguiente. Cada vez los acertijos eran más difíciles y los destinos más especiales.

Es difícil resumir lo que aprendí en esos meses. De lo que menos fue de mi padre, hablaba poco de él y lo que iba conociendo era más lo que imaginaba que lo que él contaba: Viajaba como un aventurero, con una vieja mochila de piel, un sombrero de ala ancha y unas botas de cuero roídas. Sin lujos, integrándose con la gente de los diferentes países a los que iba, escuchando los cuentos que escuchaba y que guardaba como si fueran un tesoro y buscando un objeto que se le escapaba y del que contaba poco.

No fue fácil llegar al destino de la última carta. Había llegado de madrugada a una isla perdida a la que llegaban un par de barcos al mes para llevar víveres. No estaban acostumbrados a ver europeos y la comunicación con ellos era difícil. Aunque eran amables, tenía la impresión de que ocultaban algo. Era una sensación fuerte, estaba seguro de que había algo que no me contaban. Cuando caía la noche un hombre me ofreció llevarme a otra isla al día siguiente y me dejó dormir en la choza en la que vivía. Estaba hecha con palmeras entre las que entraba la suave brisa que venía del mar. Me ofreció pescado para cenar, una cena que hicimos en silencio, yo sumido en mis pensamientos y él observándome.

Me despertó cuando todavía era de noche. Apenas había dormido, estaba demasiado nervioso pensando en el contenido de esa última carta. Como en todas la anteriores, la presencia de mi padre era palpable, pero allí sentía que tenía mucha más fuerza.

Me ofreció para desayunar unos trozos de fruta y salimos a la playa. La barca era un conjunto de palos con una vela hecha de ramas de palmera. Mi anfitrión la empujó para meterla en el mar. Después de remar un poco sentí como una suave brisa nos llevaba hacia el oeste. Los reflejos del amanecer en el mar y en el verde de las islas que salpicaban el horizonte generaban un ambiente embriagador, cuando el sol estaba alto llegamos a una cala de arena fina sin ningún rastro humano. El pescador embarrancó la barca, me dio unos trozos de pescado salado y, con gestos, me indicó el principio de una vereda oculta en la maleza. En cuanto comencé a andar empujó la barca y se fue.

El camino que me mostró no había sido usado en mucho tiempo. La marcha era muy lenta, continuamente tenía que apartar la vegetación y, en algunos momentos, me perdía y tenía que volver hacia atrás. Estaba cansado y me apetecía parar, pero la ilusión por leer la última carta me empujaba a seguir.

De repente apareció ante mí un espectáculo increíble. Un pequeño prado pegado a un acantilado en el que la última luz del día marcaba un camino sobre el mar hacia un sol al que le quedaba poco para desaparecer. Supe que ese era el sitio.

Debajo de un pequeño monolito descubrí la última carta.

Me senté al borde del acantilado disfrutando del increíble mar azul a mis pies y  la abrí. Como siempre tenía una caligrafía difícil de entender y sin encabezado.

 

Dicen que en esta isla hubo un famoso hechicero que te concedía un deseo si le llevabas algo que nunca hubiera visto. Un día llegó un viajero, un hombre extraño de sucio aspecto y mirada cansada. El mago lo recibió con hospitalidad y le dijo que descansara. El peregrino comió con hambre y tranquilidad, observando la impresionante naturaleza en silencio. Después se tumbó y durmió muchas horas. Cuando despertó se sentó frente al adivino y, con cuidado, extrajo una piedra negra y brillante. El hechicero la cogió y se sorprendió con lo mucho que pesaba, nunca había visto nada igual y le preguntó al viajero por su origen. El viajero le explicó que la piedra cayó del cielo una noche de luna nueva dejando un reguero de fuego en el cielo. El adivino quedó impresionado y le preguntó al peregrino cuál era su deseo. Le contestó que quería el objeto que le diera la felicidad eterna. El mago le dijo que la felicidad eterna se adquiría tras cuatro años y que tenía una única condición: ser capaz de compartirla con un desconocido que estuviera dispuesto a luchar por encontrarla.

Si estás leyendo esta carta me has regalado esa felicidad. Muchas gracias. Disfruta de este momento y busca alguien con quien quieras compartirla.

Tuve la sensación de que me estaban observando, giré la cabeza y vi, entre la maleza, a una persona vieja, pero con aspecto ágil. La luz del atardecer daba unos tonos naranjas sobre la jungla que la hacían mágica.

«¿A qué has venido?» me preguntó. Cogí de dentro de mi zurrón el hatillo con las cartas, puse esa última junto a las demás y se las entregué. «A por el objeto de la felicidad» contesté aturdido.

«Gracias por el regalo» dijo guardándose las cartas. Me pidió que le contara los sitios en los que había estado, lo que había vivido y lo que sentí en cada lugar. Mientras hablaba con él sentí que me transportaba, que volvía a cada uno de esos sitios y que en ellos había más comunión con mi padre. Y quizás no solo con mi padre, sino con algo más amplio.

Cuando terminé el anciano se levantó, me dio un abrazo y me dijo «El objeto es un propósito. Vivirás con salud más de ciento veinte años. Vagarás por el mundo, disfrutarás de cada momento y alcanzarás la sabiduría que siempre has ansiado. Debes encontrar a alguien a quien de verdad quieras y mostrarle el camino. Cuando esa persona llegue aquí alcanzarás la felicidad eterna».

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