CABALLOS DE TROYA

Pasa la vida, intermitente siempre y se acumula el tiempo en cada sonrisa, en cada lagrima, mientras los recuerdos se vuelven lejanos y las experiencias nos trasladan cada vez con más frecuencia a un deja vu brumoso, intemporal que condiciona la toma de decisiones.

La intermitencia asociada a la perfección de la naturaleza. Los cuatro elementos, aire, tierra, agua y fuego nunca permanecen estables, nuestro propio organismo establece un ritmo, una gráfica intermitente y cuando la gráfica es plana sobreviene la muerte y por esa intermitencia navegan los afectos, las necedades y los impulsos.

Por eso la creatividad, el amor, los impulsos, la felicidad y cualquier atributo que nos distinga de lo inerte buscarán constantemente el equilibrio para romper el instante y conducirnos hacía lo armonía desde los infinitos momentos de los que están compuestos una vida. Nada permanece para que podamos corregirlo, siempre serán secuencias distintas, tiempos distintos, afectos distintos; nada volverá a ser igual un segundo después, solo cuando rompemos la intermitencia y se descompone la armonía con el universo, solo entonces deja de existir el después.

El tiempo y la vida; nunca el ser humano fue dueño del tiempo y cada vez más estamos dejando de ser dueños de nuestra vida. Sobrevivimos comprimiendo cada vez más las vivencias y sometiendo el equilibrio con la naturaleza a un proceso irreversible. Hemos monetarizado el tiempo, le hemos asignado un valor y está ruptura con la comunidad natural nos lleva cada vez más a robotizar no solo la vida laboral sino también los momentos, los placeres y la felicidad.

Las cuatro estaciones son cada vez más irreconocibles, las materias primas navegan entre continentes y en cualquier época del año, los hogares se transforman en oficinas virtuales y las tiendas de barrio, las librerías y los cines ceden ante los comercios de tecnología o de productos manufacturados en países antaño remotos y exóticos. Acostumbrados a la inmediatez y a la comodidad del escaparate virtual priorizamos lo superfluo sobre lo necesario.

Inmersos en el bucle del consumismo ya nada nos llama la atención, estamos perdiendo la capacidad de sorprendernos, de asombrarnos, estamos perdiendo la inocencia. Percibimos las emociones pero cada vez nos cuesta más trabajo identificarlas, asociarlas a un estado que no sea el virtual. La complejidad tecnológica ha acabado con la las realidades a las que nos transportaban el olor de las viejas librerías, la lectura de un poema, el tacto de las hojas de un libro, los sentidos han emigrado al espacio virtual y no han dejado un rastro de retorno. A lo largo de este proceso los caballos de Troya nos han ido colonizando, la dictadura de los algoritmos ha fragmentado nuestra seguridad y nuestras fortalezas han ido cediendo.

Priorizamos en función del instante y obviamos el antes y el después de ese instante y por lo tanto alteramos las secuencias que conforman cada momento, la sincronía entre lo perecedero y lo vital. Estamos inmerso en un ciclo que tiende a sustituir la metafísica por la física, la ciencia sobre el saber humanístico y siendo cierto que la filosofia tiende a describir la realidad y la ciencia aspira a transformarla, no es menos cierto que es necesario recuperar el diálogo entre ambas disciplinas, tal cómo expone el filósofo García Bacca en su obra Pasado, presente y porvenir de grandes nombre” y de esta forma preservar el saber humano.

 

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