Cuando las empresas concesionarias ven defraudada de forma estrepitosa, su confianza en lograr pingües beneficios, ¿quién paga los desperfectos? No siempre rige el principio lógico de 'riesgo y ventura' del contratista. Ante la perplejidad de los ciudadanos, serios pagos suelen caer en sus espaldas, y no solo sobre los consumidores. ¿Qué aspectos jurídicos fallaron? ¿Qué daños producidos fueron responsabilidad del concesionario, por su imprudencia? ¿Se hicieron de modo honrado y riguroso los análisis de mercado y las previsiones de coste-beneficio?
El miserable criminal que nos ocupa estaría, de entrada, entre los tipos 1, 2 y 5. Perdió el tabú moral que impide matar y es capaz de justificar su matanza. Ha deshumanizado a sus víctimas y se autoriza a ser violento con ellas. ¿Cómo germina la semilla del odio, cómo se hacen y declaran enemigos acérrimos, a muerte?
Neruda escribió que “la poesía se resiente a menudo del ruido de las cucharillas de café, de los pasos de la gente que entra y sale, de la risotada a destiempo”. Veamos, para acabar, una divertida anécdota. Hablando de erratas decía que son las caries de los renglones. El asunto es que una edición pirata de su ‘Crepusculario’, puso en vez de ‘besos, lecho y pan’, ‘besos, leche y pan’. “Muchas veces vi traducida a otros idiomas la erratísima y ese milk me costaba lágrimas”. Desde entonces, perseguía las erratas con podadora, insecticida y escopeta.
El historiador leridano Julián Companys, ya fallecido, escribió en 1998 un librito del que bien se puede decir que es imprescindible para orientarse en la realidad del periodismo histórico: ‘La prensa amarilla norteamericana en 1898’. El magnate William Hearst se hizo con el New York Journal y lo comparó con el World, del húngaro Joseph Pulitzer para superar su línea sensacionalista y agresiva. Hearst fichó al dibujante del World de la tira cómica ‘The yellow kid’ (El chico de amarillo). Pulitzer no se resignó y contrató a otro dibujante que hiciera una tira igual. De ahí procede el nombre de prensa amarilla.
Melchor entendía que se pudiera morir por unas ideas, pero nunca que se matara por ellas. Tenía entonces 43 años de edad y, a causa de su militancia libertaria, había pasado ya treinta veces por la cárcel.
En 1952, el escritor barcelonés Luis Romero obtuvo el premio Nadal con ‘La noria’, donde discurren las veinticuatro horas de un día cualquiera, vivido por unos personajes que habitaban en la Ciudad Condal. “En la ciudad se ha abierto un paréntesis y otra vez las gentes se preparan para lanzarse a la vida”. Al finalizar esta novela, que se acaba de reeditar, el autor destapa su esencia: “Las gentes tejerán otra vez sus vidas, sus trabajos, sus deseos, sus amores, sus odios, sus problemas (…) esta historia se repite con escasas variantes desde hace siglos”. Nada nuevo bajo el sol, pero dejando el trazo personal de un artista que sabe captar la realidad personal de mil y un conciudadanos.
Enfrentado con su padre, severísimo y de ideas absolutistas, el vallisoletano José Zorrilla frecuentó desde muy joven los ambientes bohemios de Madrid. Aún no había cumplido 20 años de edad, cuando su intervención en el funeral de Larra, recitando un poema, despertó la admiración y el reconocimiento de Espronceda.
Espronceda asociaba la igualdad con "la emancipación de las clases productoras, hasta ahora miserables siervos de una aristocracia tan inútil como ilegítima. Ella es sola la fianza de la Libertad, así como la fraternidad es el símbolo de su fuerza". Por esto: "sea su primer grito el de fraternidad para que el triunfo de la Libertad sea cierto".
Espronceda asociaba la igualdad con "la emancipación de las clases productoras, hasta ahora miserables siervos de una aristocracia tan inútil como ilegítima. Ella es sola la fianza de la Libertad, así como la fraternidad es el símbolo de su fuerza". Por esto: "sea su primer grito el de fraternidad para que el triunfo de la Libertad sea cierto".
Enfrentado con su padre, severísimo y de ideas absolutistas, el vallisoletano José Zorrilla frecuentó desde muy joven los ambientes bohemios de Madrid. Aún no había cumplido 20 años de edad, cuando su intervención en el funeral de Larra, recitando un poema, despertó la admiración y el reconocimiento de Espronceda.
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