ARQUÍMEDES EN LA HISTORIA DE LA CULTURA (4)

Genio e ingenio al servicio de la ciencia y la técnica (3)

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Arquímedes y la defensa de Siracusa

► «Arquímedes es el científico que ha llegado a la más alta cima de la abstracción, y, según Plutarco, la muerte le acechaba, en uno de sus momentos de éxtasis».

— Francisco VERA. Arquímedes (en Científicos griegos). Aguilar, Madrid, 1970, pág. 11.

► « […] Hombre completo y ciudadano ejemplar, Arquímedes es el primero que en la Historia de la Técnica puede recibir el título de ingeniero en la acepción actual de esta profesión, y como matemático en general y geómetra en particular, su nombre está en las cimas más altas».

—  Francisco VERA. Breve Historia de la Geometría. Losada. Buenos Aires. 1963. Cap. IV. Pag.64

Siracusa era en tiempos de Arquímedes una fortaleza magníficamente fortificada, que ya en el pasado le había permitido resistir los asedios de los atenienses y los cartagineses. Cuando muere el rey Hierón, en el 215 a.C., le sucede un sobrino adolescente, y se producen luchas intestinas –que liquidan a la familia real proclamándose la República– entre facciones partidarias de Roma o de Cartago (en 218 a.C., se había iniciado la segunda guerra púnica), prevaleciendo al final la alianza con Aníbal.

Los romanos que habían sido humillados por los cartagineses en Trebia (218), Trasimeno (217) y sobre todo en Cannas (216), pasarán a la ofensiva; detienen el avance enemigo en Capua y envían un ejército y una flota contra Siracusa que, al mando del cónsul Marcelo, iniciarán un largo asedio. Y es aquí donde interviene, con las oportunas concesiones a la fantasía épica de la época, el increíble despliegue de la ingeniería militar diseñada por Arquímedes: construcciones a base de palancas, poleas, catapultas, ruedas dentadas, sogas, garfios, manos de hierro, etc., que lanzaban ingentes cantidades de piedras de enorme tamaño a gran distancia hundiendo las naves, así como proyectiles menores destinados a los soldados que atacaban; sometían al enemigo a un bombardeo permanente de miles de flechas y elevaban en el aire por la proa a los barcos romanos cual objetos ingrávidos que empezaban a girar a ritmo de vértigo y en caída libre se destrozaban contra las aguas o se despeñaban contra las rocas y se hundían en el mar, mientras parte de la desgraciada soldadesca intentaba saltar estrepitosamente. Todo un dantesco espectáculo que convirtió el asedio de Siracusa en una espantosa secuencia de pánico y horror para los asaltantes romanos que pensaban que luchaban contra fuerzas sobrenaturales invisibles en un impresionante teatro de operaciones militares, dirigidas por un anciano que puso su imaginación y su ingenio prodigiosos en el diseño de unas máquinas –que constituían toda la defensa de la ciudad–, al servicio de la independencia de su patria, consiguiendo que Marco Marcelo ordenara la retirada tanto de la flota como del ejército de tierra romanos.

Los romanos llegaron a creer que luchaban contra dioses invisibles o legendarios gigantes de cien manos. Marcelo llama a Arquímedes «Briareo de la Geometría» aludiendo a un gigante provisto de cien brazos de una leyenda griega; no soporta la ignominiosa huida de las sambucas –formaciones de asalto que utilizaban los romanos para escalar las murallas de las ciudades asediadas–; se siente insignificante ante los pétreos obuses de una artillería que deja ínfimos a los héroes de la Mitología; y considerando ya vanos y quiméricos todos los intentos de ataque directo durante cerca de ocho meses, suspende la acción armada y se acoge al tiempo que puedan soportar los siracusanos el bloqueo por tierra y por mar, como único aliado. De esta forma Arquímedes mantuvo invicta –de momento– a Siracusa en el campo y en el mar.

Con más dosis de romanticismo y fabulación fantasiosa sobre los vicisitudes que hubo de padecer la tierra que vio nacer al más ilustre de los sicilianos que valor propiamente histórico y científico tanto  Polibio, Tito Livio y Plutarco no escatiman imaginación épica y exageración hiperbólica en la descripción del sorprendente despliegue de artilugios militares utilizados por el sabio siracusano para desbaratar la acción militar de los soldados romanos de Marcelo.

Toda una impresionante respuesta bélica de la tecnología militar diseñada por Arquímedes es descrita por Polibio [Historias VIII 3–7], quien al ser tan sólo de una generación posterior a Arquímedes tal vez conoció los hechos por testimonios próximos; Tito Livio [Ab urbe condita, XXIV.34 y XXV.31] que al inspirarse en Polibio escribe el relato más antiguo de la muerte de Arquímedes; y sobre todo Plutarco [Vida de Marcelo XV, XVI, XVII], quien un siglo más tarde de los sucesos, acentúa los tintes laudatorios sobre el sabio siracusano con todo lujo de detalles. Según Plutarco, Arquímedes tuvo en jaque al poderoso ejército romano, siendo el artífice y el alma de la defensa de Siracusa, ya que la ciudad se valía exclusivamente de sus ingenios, tanto para defenderse como para atacar.

 

La épica muerte de Arquímedes

La muerte de Arquímedes, como un episodio fabuloso más de su vida, ha sido descrita por  numerosos historiadores y literatos (Plutarco, Valerio Máximo, Tito Livio, Silio Itálico, Giorgio Valla, Zonarás, Tzetzes, Cicerón, etc.) siempre rodeada de una atmósfera novelesca épica. Mientras duraba el cerco romano sobre Siracusa, Marcelo conquistó gran parte de Sicilia. Las conversaciones entre sitiadores y sitiados para la liberación de un rehén, permitió a Marcelo acercarse a la ciudad y observar que sus formidables defensas tenían un punto débil. Marcelo que era un sagaz estratega, esperó un momento propicio, cuando los siracusanos celebraban las fiestas en honor de Artemisa, pródigas en ebriedad y disipación, para penetrar en las defensas de la ciudad. Los sitiados, que no estaban en condiciones de organizar la resistencia, se dieron a la fuga, y así en el 212 a.C. Siracusa fue conquistada, perdiendo su secular y gloriosa independencia.

Se sabe que Marcelo, mientras era exaltado y glorificado por sus soldados, manifestó llanto y dolor ante la previsible ruina que amenazaba el saqueo de la ciudad, que el general romano no podría impedir, ya que sus soldados estaban exasperados después de tres años de asedio. Pero lo que más afligió a Marcelo fue la desgraciada muerte de Arquímedes, a manos de un soldado romano, a pesar de haber dado órdenes para que se respetara su vida. En su sincera condolencia Marcelo discriminó al soldado ejecutor como un sacrílego y buscó a los familiares de Arquímedes para poder honrarles. Veamos el relato de Plutarco (Marcelo, XIX):

► « […] Lo que principalmente afligió a Marcelo [tras la conquista de Siracusa] fue lo que ocurrió con Arquímedes: hallábase éste casualmente entregado al examen de cierta figura matemática, y fijos en ella su ánimo y su vista, no sintió la invasión de los romanos ni la toma de la ciudad. Presentósele repentinamente un soldado, dándole orden de que le siguiera a casa de Marcelo; pero él no quiso antes de resolver el problema y llevarlo hasta la demostración; con lo que, irritado el soldado, desenvainó la espada y le dio muerte. Otros dicen que ya el romano se le presentó con la espada desenvainada en actitud de matarle, y que al verle le rogó y suplicó se esperara un poco, para no dejar imperfecto y oscuro lo que estaba investigando; de lo que el soldado no hizo caso y le pasó con la espada. Todavía hay acerca de esto otra relación, diciéndose que Arquímedes llevaba a Marcelo algunos instrumentos matemáticos, como cuadrantes, esferas y ángulos, con los que manifestaba a la vista la magnitud del sol, y que dando con él los soldados, como creyesen que dentro llevaba oro, le mataron. Fuese como fuese, lo que no puede dudarse es que Marcelo lo sintió mucho, que al soldado que le mató de su propia mano le mandó retirarse de su presencia como abominable, y que habiendo hecho buscar a sus deudos, los trató con el mayor respeto y distinción».

Una versión ligeramente distinta es la de Valerio Máximo (Facta et dicta memorabilia, VIII, 7,7):

►«Marcelo, dueño finalmente de Siracusa, no ignoraba que habían sido las máquinas de ese geómetra las que habían demorado tanto tiempo la victoria. Sin embargo, lleno de admiración por ese genio extraordinario, dio orden de conservarle la vida, siendo para él de tanta gloria la conservación de Arquímedes como la toma de Siracusa. Pero mientras Arquímedes con la vista y la atención fijas en el suelo trazaba figuras, un soldado que había penetrado en la casa para saquearla, levantó sobre él su espada preguntándole quien era. Arquímedes, totalmente dedicado al problema cuya solución buscaba, no atinó a decirle su nombre, sino que mostrándole con las manos las líneas dibujadas sobre la arena, le dijo: “Por favor, no borres eso”. Y el soldado, viendo en esta respuesta un insulto al poder de los vencedores, le cortó la cabeza; y la sangre de Arquímedes se confundió con la labor de su ciencia.».

Otras narraciones de la muerte de Arquímedes son más sucintas. Según Tito Livio, Arquímedes fue asesinado por un soldado que no le reconoció; Silio Itálico afirma que Arquímedes «fue muerto por un soldado que ignoraba su identidad, mientras meditaba sobre unas formas geométricas dibujadas en al arena, en nada alterado su ánimo en medio de tan inmensa destrucción». Giorgio Valla sostiene que Arquímedes le dijo al soldado que le amenazaba: «la cabeza sí, pero no el dibujo», queriendo manifestar que le diera muerte, pero que no destruyera lo que había dibujado. Zonarás ofrece una versión similar. Para Tzetzes, Arquímedes no advirtió quien era aquel que le obligaba a acompañarle mientras él estaba dedicado a trazar una figura mecánica, por lo que le rogó que se alejase de ella. Pero al volverse y ver que se trataba de un soldado romano comenzó a gritar: «Que alguien me dé una de mis máquinas». Entonces, el soldado romano, reconociendo al defensor genial de Siracusa, contraviniendo la orden de Marcelo, lo mató inmediatamente, por lo que más tarde sería ajusticiado.

La capacidad abstractiva de Arquímedes, absorto siempre en sus especulaciones geométricas, le inhibió la atención sobre el evento más dramático que vivió su patria en toda su historia. Cualquiera que sea la versión auténtica, todos los historiadores coinciden en que Marcelo quería proteger a Arquímedes, es decir que la admiración del militar hacia el sabio, convertía la hostilidad que debía tener hacia su enemigo principal en magnanimidad. Así desapareció el más grande de todos los sabios del mundo antiguo, víctima, como muchos, de la violencia que trae los desastres de la guerra.

La muerte –en acto de servicio geométrico para la posteridad– del más egregio geómetra griego, inerme –a sus 75 años– ante la furia de un militar romano, hizo pronunciar a Whitehead aquellas célebres palabras [E.Bell: Les grands mathématiciens., Payot, París,1950, Cap.II, p.45]:

► «Ningún romano ha perdido su vida por estar absorbido en la contemplación de una figura geométrica».

La biografía histórica y la literatura ha descrito la figura de Arquímedes como el paradigma del científico ingeniero de la antigüedad, que pone su genio y su ingenio, como técnico, al servicio del patriotismo que exige la difícil situación política y militar de su tierra, con una actuación épica que alcanza a dar la vida por la patria. Tal vez por esto la Historia del Arte ha sido muy generosa con Arquímedes al tomar su figura y su historia personal, en particular sus últimos momentos, como tema artístico en los más diversos estilos, lo que se refleja en la abundante iconografía arquimediana. Aquí tal  vez las dos imágenes de Arquímedes más alejadas en el tiempo (la anterior del Mosaico procedente de Pompeya y la última posterior que situamos más abajo)

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