“ANORA”: LA FÁBULA VACÍA QUE LE ROBÓ LA GLORIA A LA SUSTANCIA Y A DEMI MOORE

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Hoy me he animado a ver Anora. Dos interminables horas de metraje. Hasta mi marido, que es capaz de tragarse enterita una de Marvel doblada al polaco, ha preferido irse a lavar el coche. “Avísame cuando pase algo”, me dijo. No hizo falta.

Imagen aportada por la autora del textop

Hay películas que se ganan su sitio en la historia y otras que se lo roban. Anora, la ganadora del Oscar a Mejor Película este año, pertenece con descaro a la segunda categoría. Premiada por una Academia cada vez más empeñada en parecer interesante en lugar de serlo, Anora se alzó con el oro mientras La Sustancia, un ejercicio fílmico de potencia visual, precisión temática y riesgo emocional, quedó relegada al aplauso de los que aún creen en el cine como arte, no como declaración de intenciones.

La victoria de Anora no fue solo una injusticia estética, sino también un despropósito moral: le arrebató el premio a Mejor Actriz a una Demi Moore renacida, poderosa, desnuda (no solo de ropa, sino también de artificio) en su mejor papel en décadas. Un robo descarado, institucionalizado, INJUSTO.

Anora es una mezcla de nada: una historia absurda sobre una bailarina (pongamos prostituta) que se casa con el hijo tonto de un oligarca ruso. Y digo tonto porque, honestamente, no tiene ni media neurona: va dando tumbos como si la vida fuera un videoclip. Dan ganas de pegarle todo el tiempo.

Los matones parecen sacados de un sketch de Mr. Bean, los diálogos flotan sin peso, y todo se sostiene con esa falsa pátina de “realismo indie” que confunde lo soso con lo profundo. Para rematar, se nos intenta vender la prostitución como si fuera una historia de amor con luces de neón y redención poética. No cuela.

La dirección de Sean Baker, autor de Red Rocket y The Florida Project, se ha consolidado como el equivalente fílmico del “mira cuánto sufren los pobres pero qué bien lo encuadro todo”. En Anora, su cámara vuelve a moverse con ese voyeurismo de boutique que tanto seduce a festivales y académicos deseosos de lavarse la conciencia. Todo está perfectamente calculado para parecer auténtico. Pero no lo es.

No hay riesgo formal, no hay evolución dramática real, no hay conflicto que no esté predigerido. Solo el eterno plano secuencia que parece decirnos: “mira qué realismo, qué crudeza, qué compromiso”. Pero, al final, Anora es lo que pasa cuando el envoltorio importa más que el contenido. Una mierda.

El desaire a La Sustancia

La Sustancia no solo fue mejor película: fue cine. Arriesgada, incómoda, tan ambiciosa como lúcida, desplegaba una alegoría política y humana envuelta en género, sin pedir permiso para incomodar. Barroca, sí, a veces excesiva. Pero viva. Tenía ideas, músculo, rabia. Y tenía a Demi Moore, en una interpretación que debería estudiarse en todas las escuelas de cine como ejemplo de entrega sin red.

Demi Moore: una lección que no quisieron aprender

La actriz que durante décadas fue tratada como un símbolo estético más que artístico, demostró con La Sustancia que siempre fue mucho más. Su transformación no fue solo física: fue espiritual, narrativa, política. Moore no solo entregó el cuerpo, se dejó el alma, la piel y hasta los huesos. En algunos momentos, me dejó sin aliento, como si alguien me hubiera dado un golpe seco en el pecho. Una interpretación que era puro temblor, rabia contenida y fragilidad al borde del abismo. Wow, la escena donde se desmaquilla los labios frente al espejo… esa mirada vacía, ese gesto diminuto cargado de significado, fue como ver cómo se borra una identidad con cada pasada de algodón. Brutal.

Y sin embargo, la Academia prefirió premiar a una joven actriz de mirada perdida, cuyas líneas murmuradas se confundían con el ruido de fondo de una historia insustancial. No es su culpa. Ella cobró por hacerlo. Nosotros pagamos por verlo.

Anora: el triunfo de la mediocridad con brillo

Lo más triste no es que Anora haya ganado. Lo verdaderamente trágico es que esa victoria se convierta en estándar. Que se repita la fórmula: bajo presupuesto, sensibilidad sociológica light, estética semi-documental, y una supuesta mirada “comprometida” que apenas raspa la superficie de las cosas.

Anora no es una película mala. Es peor: es una película mediocre a la que se le ha dado el prestigio que corresponde a las valientes.

Un Oscar que será olvido

Dudo que en diez años alguien vuelva a ver Anora. Pero La Sustancia será de esas películas que los cinéfilos recomiendan con la frase: “No entiendo cómo no ganó el Oscar aquel año”.

Y sobre Demi Moore, solo diré esto: brilló tanto que oscureció la decisión de la Academia. Su ausencia en el podio no disminuye su trabajo. Lo magnifica.

Este año, la Academia no premió la mejor película, ni la mejor interpretación. Premió su propia necesidad de parecer moderna y sensible. Lo que olvidó es que el cine no necesita parecer nada. Solo necesita ser verdad.

Y La Sustancia lo era.

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