ANALIZANDO EL FUTURO.        

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Está tan claro, para mí, que el mundo cambia de rumbo, como lo estuvo para aquellos que vivieron  en los años cuarenta del siglo pasado. Lo único que se me escapa, al igual que debió escapárseles a la mayoría de personas que fueron protagonistas de la historia de la segunda mitad del siglo XX, es hacia dónde nos movemos. ¿Serán nuestros nuevos pasos los de quienes no saben qué camino llevan, porque andan a ciegas; responderán a un plan debidamente orquestado en el que las grandes masas se muevan como ejércitos o rebaños que siguen una guía; o, por el contrario, nos dirigimos a una gran revolución de escalas inimaginables; y si esta revolución se produce, quienes la liderarán y por qué?

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Es muy difícil saber el cómo, el cuándo y el porqué del curso de los acontecimientos históricos en el momento presente, sobre todo hablando a escalas globales como es el caso de nuestra época, en la que el estornudo de un banco Estadounidense puede suponer una neumonía para la economía europea. De todas formas estas cuestiones que me preocupan tendrán respuesta dentro de unos veinticinco o treinta años a lo más tardar y quizás entonces esté todavía viva para contarlo y reflexionar sobre ello.

De mi futura reflexión, si es que acontece, no sé que conclusiones obtendré ; pero casi me atrevería a apostar que diría algo así como: “Y para esto tanto; al final todo sigue igual, ganan siempre los mismos”.

Aún teniendo en cuenta lo anterior el mundo se mueve y debe seguir moviéndose, apostando por hacerlo cada vez más justo y mejor.

Aunque nuevas tecnologías nos amenacen, haciéndonos pensar que podría suceder el que unos llegaran a tener una vida casi eterna y otros se murieran de hambre o  fuesen meros esclavos con una existencia de Yogurt que llevase impresa su fecha de caducidad, no me da miedo el futuro, porque tengo mucha fe en la esencia de la especie humana y estoy convencida de que el ser humano seguirá buscando más y más territorios estelares para sus postreras conquistas. Me planteo, asimismo, si mutaremos como especie y llegaremos a ser unos andróginos casi artificiales o puede que hasta del todo artificiales, no sé si de carne y huesos de laboratorio o de cualquier otro material más resistente. Dicen los científicos que la nanotecnología será capaz de crearlo casi todo. Al fin y al cabo en las profundidades más remotas de la materia parece ser que sólo somos información, con lo cual cuando al fin descubramos todos los códigos de todas las materias, estaremos preparados para dar el verdadero “salto cuántico” y nunca mejor dicho.

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Hacernos y fabricarnos a nosotros mismos es algo que me seduce y me preocupa a la vez, como a cualquiera; por un lado, qué bueno jugar a ser dioses y elegir cuánto queremos que midan nuestros hijos, el color de sus ojos, su coeficiente intelectual……; qué bueno todo eso, qué bueno mutar, aunque sea artificialmente, en una especie que roce la perfección; pero me planteo una sola pregunta: ¿la libertad de decidir qué hago con mis genes o con mi cuerpo es algo que debe corresponderme a mí, como en el caso de las mujeres que deciden abortar, o es algo que debo dejar a la Madre Naturaleza, estoy por encima de ella, y si estoy por encima de ella, con qué derecho cuento, quién me da ese derecho, me lo otorgo yo, y quién soy yo para otorgármelo? Una de mis respuestas es yo soy la dueña de mi propia existencia y tengo derecho a hacer de mi cuerpo lo que crea conveniente y a crear con él, o con sus células, lo que yo considere bueno. Otra de mis respuestas es, no tengo ningún derecho a decidir matar a un huésped que habita en mi casa aunque haya entrado en ella sin mi permiso, no tengo ningún derecho a obligar a esa persona a que coma a mi mesa algo que quizás  no le guste aunque a mí me guste mucho.

Cuando me planteo sinceramente qué derechos tengo, cuando reflexiono sobre quién es el artífice de mi reflexión, me doy cuenta de que mi parte consciente poco tiene que decir al respecto; lo que quiero expresar es que me percato de que por mucho que quiera darme, a mí misma, explicaciones éticas o morales, siempre acabo viendo las dos caras de la moneda y no consigo llegar a conclusiones absolutas; es por esto, que no me fío de la objetividad de mis planteamientos en materia de ética o moral y siempre acudo, para tener la seguridad de no equivocarme, a mis impresiones más primarias, a mis emociones, a esa parte de mí que conecta con esa otra parte esencial que me configura y que habla a través de mis intestinos, de mi estómago y de los latidos de mi corazón, para hacerme saber si estoy en lo cierto o si me equivoco.

Cuando pregunto a mi estómago suele ser bastante  claro, si no me duele al adoptar una postura ética o moral es porque está digiriendo perfectamente la idea; cuando le pregunto a mis hombros y mi espalda y éstos se muestran relajados y sin dolor es que la postura adoptada es no sólo buena sino además la mejor de todas las posibles; en cuanto a mi corazón este músculo maravilloso sí que habla un lenguaje simple, conciso y sin reservas o dobleces, ya que fijándome en la frecuencia de sus latidos y en la fuerza de los mismos, me está inyectando o restando energía, siendo en el primer caso la postura adoptada correcta y en el segundo errónea. Parece muy simple mi disertación y además de simple simplista; pero dentro de todo lo que digo, se esconde una gran verdad que me enseñaron hace muchos años y es esta: “El cuerpo tiene su propio lenguaje y siempre que nos habla es para decirnos cosas muy importantes” . Por tanto si el cuerpo ha sido creado por la Madre Naturaleza, quién soy yo para ignorar su sabiduría, quién soy yo para ponerme por montera el Plan Establecido y pensar que la libertad se encuentra en los designios de mi entendimiento y no en los dictados de la verdadera Razón que todo lo gobierna.

Siempre quise saber en qué consistía ser libre y nunca me he sentido más libre que cuando me he rendido y he silenciado a la “loca de la casa teresiana”  comenzando a escuchar mi cuerpo, para a través de él dejar que se comunicara conmigo la sabiduría que todos llevamos dentro.

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Nunca quise engullir las cosas porque sí, sin reflexionar primero sobre su veracidad, y nunca podré hacerlo; sólo que ahora, con los años, he aprendido que la veracidad de las cosas no se puede medir sólo con la mente, sino sobre todo escuchado el latido del corazón, el ruido de las tripas, el dolor de estómago y la rigidez de los músculos de la espalda. Es entonces y sólo entonces cuando cuento con todos los elementos que me componen para globalmente poder determinar sobre el valor de verdad o falsedad de cualquier cuestión.

Toda esta ristra de ideas, espero que conexas, comenzaba con aquello de: hacia dónde nos dirigimos, por qué, cómo y quienes nos conducen….mi conclusión es: no lo sé, sólo sé que, lleguemos donde lleguemos, lo haremos como especie que sabe escuchar los latidos de su gran corazón, y cuando digo gran corazón, me refiero al corazón compartido de la especie entera, vista como cuerpo único y cierto, del que yo y vosotros mis congéneres sólo somos simples células que laten en esa pulsión que hace que demos “giros copernicanos” o lleguemos a dar “saltos cuánticos” . Nos salvaremos de una u otra forma, salvando lo esencial que nos compone, salvando nuestra impronta, nuestro sello, nuestra libre razón a pesar de que nos haya sido impuesta. Es una contradicción, lo sé; pero la vida, toda ella, lo es a nuestros ojos.

Soy una célula que late con todas las demás y como todas las demás puedo dejar de hacerlo en el momento en que me dé la gana, puedo dejar de respirar al mismo compás que las otras, y decidir por mi cuenta que me importan un bledo el resto de mis congéneres. Puedo convertirme en célula maligna y tumorosa; porque tengo libre albedrío; pero yo no quiero sólo libre albedrío, quiero además verdadera libertad, aquella que algún día me dará el conocimiento absoluto cuando me sumerja en el liquido primordial sin restricciones, ni traumas, rindiéndome a lo insondable.

 

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