AMEBAS

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A las seis y tres minutos de la mañana, Emeterio el hombre vacío por fuera, espera sentado a un dolor de espalda, a que un desconocido le pregunte la razón por la cual tiene tan mala cara.

El andén izquierdo de la línea diez de metro, hierve de sangre joven que regresa de mala gana a sus camas mal hechas y Emeterio, desde el andén derecho, mira sus caras, su carne dura, el olor a vida que supuran; imagina sus cuerdas vocales vibrando hacia él con las bocas de lamprea abiertas, gritando:

-Emeterio ¿Por qué tienes tan mala cara?

Y él les respondería complacido.

Les contaría que no folla desde hace tres años, que es un cincuentón que tiene por único amigo a una cría de elefante que vive pegada a un cartel de la estación de Cuatro Vientos, que de tantas letras, se ha quedado  ciego para seguir viviendo entre pájaros.

Carmen es puta y escuálida de nacimiento. Acaba de chuparle la polla a un baboso necrosado de cintura para arriba y no se encuentra muy bien. Se ha tomado un par de caramelos Halls “Frozen smile”, pero ni por esas se puede quitar, ni el sabor a semen añejo ni el pelo rizado que se le ha quedado a vivir entre los dientes.

Al entrar en el Metro y dejarse llevar por un mar de escaleras mecánicas, Carmen se pregunta si alguien se dará cuenta de la mala cara que tiene, de la mierda de vida que lleva, del diente picado que por falta de ganas, le está devorando la sonrisa.

Emeterio sale del cieno al escuchar un ruido de tacones a su izquierda. Es una mujer muy delgada, de cabello rubio y lacio y con un enorme bolso negro de polipiel que podría albergar varios universos. Tiene muy mala cara.

Carmen ha doblado la derecha al solitario andén. Al fondo, en el penúltimo banco, un hombre posa en silencio para una foto que saldrá  borrosa. Es un hombre alto, algo entrado en carnes y con pinta de no ser mala persona. Eso sí, tiene muy mala cara.

Y guiada por un extraño instinto maternal, Carmen, aumenta las revoluciones de sus tacones, llega hasta Emeterio y se sienta junto a él.

– Buenos días.

– Buenos días -responde Emeterio mirando de reojo a la que tiene al lado.

– Tiene usted muy mala cara, señor ¿Le pasa algo?

Emeterio pone ojos de luna y levanta la vista a la celestial bóveda del Metro, dando gracias a las catenarias por haberle concedido tan alta gracia.

– No nada especial, no se preocupe, muchas gracias.

– ¿Quiere un Halls “Frozen Smile”? Son muy fuertes. Tenga coja dos; uno para ahora y otro para luego. Yo los uso mucho ¿Sabe? Por cuestiones profesionales.

– Gracias.

Emeterio desenvuelve uno de los caramelos y se lo mete en la boca. El otro se lo guarda en el bolsillo del abrigo.

-Usted tampoco tiene muy buena cara que digamos ¿Se encuentra bien, señorita?

– Bueno, he tenido días mejores -responde Carmen sonriendo al ver que, por fin, alguien se ha fijado en su tristeza.

– Espere, un instante, no cierre la boca, por favor.

Emeterio saca de su bolsillo un palillo redondo y lo extrae del plástico en el que vive.

– Será sólo un momento. Usted estese quieta.

– ¡Pero qué va a hacer hombre de Dios!

– Tranquila.

Después de unos segundos de trabajo sobre la dentadura de Carmen, Emeterio, coge con los dedos algo que el palillo ha liberado de entre los dientes de la mujer.

– ¡Listo! Mire, mire lo que tenía enganchado y bien enganchado.

Carmen tira los ojos entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha de Emeterio y contempla abochornada un larguísimo y negro pelo rizado.

-¡Ay, por Dios!

A Carmen le ha venido a la garganta todo el recuerdo de la última felación del día.

– No se preocupe, señorita; a todo el mundo se le ha enganchado alguna vez un pelo entre los dientes.  Lo malo es que, si no se sacan, pueden infectar las encías, vamos, como las espinas de pescado, pero ahora ya lo tiene fuera, respire tranquila ¿Lo tiramos?

– Se lo ruego…

– Emeterio, me llamo Emeterio ¿Y usted, señorita?

– Carmen -responde tímidamente

– Pues un placer, Carmen. Encantado de conocerte.

– Lo mismo digo Emiterio.

-Es Emeterio, pero si le gusta más Emiterio, a mí me vale.

Carmen sonríe como hace tiempo que no lo hacía; y es que al hombre que tiene enfrente,  le brillan los ojos cuando la mira, lo mismo que a un novio con ganas del primer beso.

Son las seis y dieciocho minutos . El primer convoy del Metro aparece en la estación con ese sonido chirriante que siempre le precede, como si algo le doliera.

Las puertas se abren, pero Carmen y Emeterio siguen sentados en el metálico banco que les arrulla sin decir nada.

Hace tres minutos que el tren se ha ido.

Carmen rompe el silencio.

– Emiterio: ¿Usted prona o supina?

– Hombre, yo supino sobre muchas cosas; sobre política, sobre deporte, sobre cine…

Ante tal respuesta, Carmen, sorprendida, ríe a carcajadas y Emeterio, por fin, comienza a llenarse por fuera.

Abajo, en el suelo, entre los zapatos Beige de tacón de Carmen y las botas de ante de Emeterio, un pelo negro, largo y rizado sueña con la boca que una vez, le liberó del oscuro mundo que existía en el interior de unos prietos calzoncillos de color turquesa.

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