ALL I WANT FOR CHRISTMAS

0
31938
87

Encender la radio había sido un error, algo insólito en alguien que no cometía ninguno. Su trabajo exigía máxima pulcritud y él era el mejor; sin embargo, años de labrarse una reputación excepcional se podían ir al traste por un mínimo fallo y escuchar ese villancico lo había sido. No se podía quitar el estribillo de la cabeza.

Las instrucciones que le habían dado eran perfectas; concisas, pero con posibilidad de aplicar su creatividad para ejecutarlas, especialmente si conllevaban dolor. «Lenta agonía y muerte». Un regalo.

Levantó la mirada y vio la luz de la luna reflejada en las crestas de las olas. Recordó su triste infancia sólo iluminada por los pocos momentos de cariño junto a su madre.
El movimiento en el fondo de la lancha le sacó de sus divagaciones. La víctima era una pobre furcia que había cometido el error de pensar que podía robar a la organización. Y eso se pagaba caro, mucho más de lo que ella había podido imaginar.

El vaivén de las olas le recordó la imagen de su madre meciéndole con cariño un día de enfermedad, mientras escuchaban un villancico acurrucados delante del árbol. «Todo lo que quiero por Navidad es que seas feliz» le había susurrado con amor. No tenía que haber encendido la radio. Maldita Carey y maldito estribillo.

Imagen aportada por el autor del texto

Se forzó a apartar el recuerdo. Echó agua a la chica en el rostro, necesitaba que estuviera despierta para que sintiera el miedo y el suplicio. Para cuando la encontraran nadie podría saber cuánto había sufrido, pero él hacía su trabajo a conciencia y cumplía las instrucciones escrupulosamente así que quería que ella padeciese un fuerte tormento.

Su madre lo único que quería era que él fuera feliz. Estaba obsesionada porque fuera buena persona, era una suerte que hubiera muerto antes de ver en lo que se había convertido. Hacía años que no pensaba en eso. Maldito estribillo.

El agua fría había surtido efecto, la chica se había despertado. Le iluminó la cara con la linterna y vio el miedo en sus ojos. Eran bonitos y ella muy sexi, lástima que tuviera que morir con dolor. Pensó en los años en los que no había pruebas de ADN, en ese caso el sufrimiento de la chica hubiera incluido violación. La imagen le excitó, pero se la quitó rápidamente de la cabeza. No podía cometer un segundo error. Sacó las herramientas de la mochila y se dispuso a terminar el trabajo.

Pensó en lo que quería por Navidad y de la vida. Hacía años que no reflexionaba sobre ese tema. Tiempos de vorágine, dolor y destrucción sin sentimientos. Ejecutando órdenes. Consumiendo una vida que basculaba entre generar tormento y obtener placer. Sin ningún sueño ni pensar en nada más allá de lo que podía deparar el día siguiente.

Le mostró a la chica las tenazas y la sierra para que entendiera lo que iba a pasar, asegurándose de que la luz le iluminaba el rostro para que ella viera la sonrisa de locura en su cara y sintiera más terror. Las convulsiones le hicieron saborear el triunfo de saber que estaba logrando su objetivo, el miedo la estaba llevando al borde de la locura.

Algo no iba bien, el gesto de sadismo no había sido natural, lo había forzado y eso le contrarió. Llevaba años disfrutando de ese tipo de trabajos, era una máquina de hacer sufrir sin ningún tipo de empatía ni de piedad. Y ese día había algo distinto. Maldito estribillo.

La chica se había golpeado la cabeza en su inútil intento de zafarse de las ataduras y volvía a estar semi-inconsciente. Miró el reloj, las dos de la mañana, tenía que acabar pronto.

Necesitaba una hora de sufrimiento, deshacerse del cuerpo, llevar el bote a la playa, quemarlo y desaparecer. Le echó más agua en la cara para que se despertara de nuevo.

Su madre lo único que quería era que él fuera feliz. Y, a su manera, lo era. Quizás no compartía la forma de ser felices de la mayoría de las personas, pero eso no importaba.

Disfrutaba de su trabajo y de la vida lujosa que le reportaba. No necesitaba más, o quizás sí. Maldito estribillo.

Los ojos de la chica mostraban el pánico que sentía. Se preguntó qué querría ella por Navidad. Seguro que hacía unas horas soñaba con disfrutar del mucho dinero que había robado a la organización. En ese momento sólo querría vivir, o incluso morir sin sufrimiento. Intentó pensar en las docenas de personas a las que había quitado sus anhelos e ilusiones, a las que les había robado todo lo que querían. Era imposible recordarlas a todas.

Estaba entrando en un ámbito extraño para él, el de los sentimientos. Tenía la certeza de que debía abandonar las divagaciones y centrarse en su misión, pero era incapaz de hacerlo. Lo que quería su madre para él no era esa vida y, de repente, eso le pareció importante. A fin de cuentas, era la única persona que le había querido.

Logró escapar de esos pensamientos y volvió a su misión. Encendió de nuevo la linterna.

Los ojos de la chica ya no imploraban misericordia ni transmitían miedo sino determinación. Había jugado sus cartas y había perdido, estaba dispuesta a pagar por haberlo intentado.

Sacó su revolver, quitó el seguro y, mientras tarareaba el villancico, se metió el cañón en la boca. Maldito estribillo.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí