ALIMENTAR AL DRAGÓN

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Si te cruzas conmigo te haré daño y sufrirás. Física y mentalmente. Me odiarás por ello, pero no tengo más remedio que cumplir con mi obligación, lo siento. Es posible que pienses que tengo alternativas y que puedo parar, que podría dejarlo y no dañar a más chicas, pero no es tan fácil. No cuando mi deber es alimentar al dragón. Con la certeza de que, si no queda satisfecho, lo sufriremos mis hermanas y yo. El dragón, mi padre.

Imagen aportada por el autor del texto

No es fácil recordar exactamente cuándo comenzó todo, hace demasiado tiempo de eso. Lo que nunca olvidaré es cómo pasó. Era un día de invierno, la noche anterior había nevado mucho y las nubes habían bajado para dejar una niebla seca y fría. No recuerdo por qué llegué a casa a una hora que mi padre no me esperaba o quizás daba igual si sabía que iba a llegar. Era algo que tenía que pasar antes o después. Porque yo sabía que él estaba mal, muy mal. Desde hacía demasiado tiempo.

Apenas recordaba a ese padre alegre con el que había crecido. Ese padre que siempre tenía ganas de jugar con nosotras, rebosante de imaginación y de alegría. El padre soñado por cualquier niña. Un padre que se inventaba planes e historias de la nada para hacernos la infancia feliz. Un padre al que todas mis amigas adoraban.

Un padre que desapareció una noche leyendo la carta de despedida de mi madre. Nunca supimos lo que decía la carta, nunca la compartió con nosotras. En la cena de ese día, con los ojos rojos del llanto nos dijo:

—Mamá se ha ido y no va a volver. Ahora sólo estamos nosotros cuatro.

Mis hermanas y yo no supimos qué decir, seguimos cenando en silencio, recogimos la mesa, le dimos un beso a mi padre y nos fuimos a la cama a esperar a que viniera a contarnos el cuento de cada día. Pero aquella noche no vino. Ni la siguiente. No volvió más.

Fue cuestión de tiempo que la tristeza continua en la que estaba hundido pasara a convertirse en violencia. Nuestros esfuerzos por recuperar al padre maravilloso cada vez eran más contraproducentes. Al principio hacía algún esfuerzo por agradecernos nuestras pretensiones de recuperar la alegría que siempre habíamos tenido. Poco a poco esa dejadez dejó paso a gritos cuando intentábamos que se riera. Finalmente lo dejamos por imposible y nos sumimos en un entorno de tristeza y silencio que se hizo dueño de la casa.

Veíamos como se degradaba sin poder hacer nada. Pasaron meses hasta que, después de unos días en los que no salió de casa porque decía que se encontraba mal, nos confesó que lo habían echado del trabajo. Nos explicó que les iba a denunciar por despido improcedente y que iba a montar un negocio por su cuenta porque tenía muchos ahorros. Nunca volvió a hablar del tema y no nos atrevimos a preguntar. Según crecía su barba y su desaliño lo hacía su ira.

Así que el día en el que muerta de frío, con las botas mojadas y la niebla metida en los huesos entré en casa y escuché a mi padre gritar y a mi hermana llorar no me sorprendí. Me dirigí al piso de arriba despacio, tenía miedo a lo que me iba a encontrar porque, en lo más profundo de mi ser, sabía lo que iba a ver. Según subía los gritos eran más fuertes y los chillidos de mi hermana más desesperados. Al llegar al primer rellano empecé a oír también los golpes. Bofetadas secas a las que seguía el ruido del cuerpo de mi hermana al caer al suelo. La puerta estaba entreabierta, me acerqué y la empujé para abrirla del todo. No sé si mi padre lo intuyó, me vio reflejada o me oyó. Lo vi girarse con cara desencajada y los ojos inyectados en sangre. No era una mirada de odio, era de dolor.

—Tu hermana se ha empeñado en desobedecer y aquí las reglas las marco yo. Vais a aprender quién manda en esta casa. Bienvenida, te toca —dijo.

No fui capaz de moverme.

—Acércate.

A mí no me golpeó en la cara, nunca lo hizo. Necesitaba que alguna de nosotras pudiera salir a la calle y me tocó a mí. Mis hermanas se quedaron encerradas, no han vuelto a salir de la casa.

No sé si mi padre lo tenía preparado o la desesperación le llevó a decidirlo sobre la marcha. El caso es que logró que nadie se pudiera dar cuenta de lo que pasaba. De puertas para fuera todos creyeron que mis hermanas se habían ido a vivir con mi madre y a mí me convenció de que, si le denunciaba o me iba, mis hermanas iban a morir. Para una niña de menos de quince años esa amenaza era más que suficiente. Nunca dudé de que si le denunciaba cumpliría su promesa ni tampoco pensé en buscar una solución para que dejara de torturarnos.

No recuerdo el tiempo que estuvimos en esa vorágine de sufrimiento y dolor. Debieron ser varios años porque recuerdo haber cambiado de curso y de amigas.

Una de las obsesiones de mi padre era que tuviera amigas. Las más posibles. Estaba totalmente obsesionado con eso. Me decía que debía aparentar ser una chica normal, incluso popular. Yo no entendía por qué.

Cada vez que, al salir de casa, cerraba la puerta de casa recorría el pequeño camino de la parcela muy despacio. Recordando que, cuando cerrara la cancela, debía olvidar lo que pasaba dentro para convertirme en una chica de apariencia normal. El sufrimiento que me suponía aparentar ser una chica alegre era más fuerte que el dolor físico que me producían sus golpes.

Una dinámica de vida de la que no intentaba escapar. No veía ninguna posibilidad de cambiar lo que mi padre nos hacía y sabía que no podía abandonar a mis hermanas. Estaba en un estado de aceptación del que no podía salir. Pensaba que las cosas no podían ir a peor, pero me equivoqué.

Al volver a casa uno de los días mi padre estaba de buen humor, era la primera vez que lo veía así en años y tuve la esperanza de que todo se iba a arreglar. Una ilusión que duró poco. Mi padre me dijo que me sentara frente a él y se quedó sonriendo un rato. No sabía lo que tenía que hacer ni lo que esperaba de mí. Cuando más tiempo pasaba más miedo me daba esa sonrisa. Después de un rato habló.

—Necesitamos cambiar las cosas. Estoy aburrido. A partir de ahora me vas a traer chicas para que me divierta.

Y pasó a explicarme un plan tan meditado como demencial: Si quería que mis hermanas y yo dejáramos de sufrir debía traerle otras chicas que nos sustituyeran. Salí corriendo de la cocina y me tumbé a llorar en la cama. Deseé poder abrazar a mis hermanas, pero hacía años que mi padre no me dejaba entrar en la habitación en las que las tenía encerradas.

No estaba dispuesta a sacrificar la vida de chicas para mejorar la nuestras, eso estaba fuera de mi capacidad. Podía seguir con ese sufrimiento, pero no podía cargar con culpa. No dormí casi nada esa noche, la pasé en un estado semi febril con sueños breves de los que me despertaba temblando. Cuando empezaba a amanecer mi padre entró en la habitación.

—Si no traes otras chicas vuestro sufrimiento se va a intensificar mucho, no sabes cuánto. Pero si lo logras podrás estar tiempo con tus hermanas. Tienes una semana.

Yo había aceptado el dolor. Pero no sabía cuánto más podían sufrir mis hermanas. No podía hablar con ellas, ignoraba lo que pasaba cuando él entraba y cerraba la puerta de sus celdas, sólo oía los golpes y los llantos, prefería no imaginar lo que pasaba en esas habitaciones, pero no quería que continuara esa tortura. El dragón quería más y yo se lo di.

 

 

Llevo años así. Dándole de comer. Buscando chicas a las que seduzco, a las que convierto en mis amigas o mis parejas, mostrando por fuera un encantador Doctor Jekyll que oculta al peor Hyde que te puedas imaginar. Chicas a las que llevo a la cueva del dragón como una ofrenda que nos permita vivir con tranquilidad unos días o unas semanas, dependiendo de lo que le duren vivas.

Chicas que entran en mi casa con una frescura y alegría desbordantes, con luminosidad en sus miradas y felicidad en sus risas. Y que, después de unos minutos, descubren el auténtico horror.

Sé que lo que hago está mal. Que debería parar. Cada vez que entrego a una chica al dragón me hago más daño. Pero no lo puedo evitar. Si me ves y me identificas huye. Si no lo haces sufrirás. El que avisa no es traidor.

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