ALGO ANDA MAL

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Sobre las cuatro y media de la tarde, hoy, miércoles nueve de noviembre de 2022, bajaba en el ascensor con mi bicicleta, junto a Sara. Ella se dirigía al taller, a trabajar; yo al tatami de la uni, a la clase de aikido de los miércoles. He retrasado un poco a Sara porque, al ir a salir a la calle, el pavimento se hallaba mojado; había llovido. He ascendido raudo y veloz por las escaleras hasta el cuarto piso, escalando los escalones, valga la redundancia, de tres en tres.

Tras despedirnos he emprendido marcha, bici en trasero. A escasos minutos de mi destino, mientras frenaba al llegar a un cruce en el que el semáforo me comunicaba que me tocaba esperar, he presenciado la siguiente escena:

Un hombre y una mujer, ambos notablemente jóvenes, paseaban juntos, cogidos de la mano. Ella, por alguna razón, se ha parado en seco. Por descontado, desconozco cual es el tipo de relación que los une y la circunstancia de la jornada que los presentaba allí en esos mismos instantes. El hombre, necesariamente, se ha visto forzado a detener su avance, pues su compañera acababa de anclar sus pies sobre la acera, sin ninguna intención aparente de despegarlos. De la nada, el hombre le ha dado un tirón bastante fuerte: seguían cogidos de la mano —más bien, él mantenía agarrada la mano de ella—. Seguidamente y sin pensárselo dos veces, él le ha soltado una bofetada a ella. No le ha girado la cara, no ha sido lo suficientemente dura como para poder decir que le ha hecho verdadero daño (físico); sin embargo, ha sido una bofetada en toda regla: directa, sin rodeos, eficaz. La mujer ha roto a llorar de inmediato. Él ha reanudado su camino, tirando del brazo de ella, insensible al estado de ánimo deplorable de ella, que lo seguía entre berreos y sollozos. Nadie en toda la calle ha dado señales de haberse percatado de nada; yo observaba la escena directamente desde el carril bici, inmóvil, ausente quizá. Finalmente, han girado una esquina y han desaparecido de mi vista, mi semáforo se ha vuelto del color de la clorofila y la gente que pateaba las calles a nuestro alrededor ha seguido ocupada con sus erráticas andanzas.

istockphoto

Obviamente, la escena, a nivel inmediato, me ha generado algún impulso que otro que, por razones desconocidas, he refrenado, limitándome a protagonizar un papel de observador, de testigo, de cómplice tal vez. A posteriori, entonces, sendas cuestiones han revoloteado por el interior de mi testa, tal y como lo están haciendo ahora mismo. ¿Por qué no he actuado del modo en el que mi organismo, en primera instancia, me impulsaba? ¿Por qué no me he acercado a cantarle las cuarenta al hombre que había agredido a la mujer que lo acompañaba? ¿Por qué no le he gritado desde la distancia, diciéndole que esas no son maneras de tratar ni a su amiga ni a nadie? ¿Por qué no he ido a girarle la cara yo mismo, tomándome la justicia a la romana y por mi propia cuenta?

Quizá la razón principal por la cual, eventualmente, he decidido no intervenir es porque la mujer en realidad era un crío de un par de años de edad, como mucho, y el hombre era su madre. Otra razón pueda ser ese fenómeno psicosocial llamado ‘efecto del espectador’ por el cual, cuando alguien sufre en público (e.g., lo están robando, está siendo agredido —como ha sido el caso—, etc), nadie lo ayuda. Otra más pueda deberse al hecho de que me he quedado un poco en shock por dos cosas. La primera: que nadie se haya percatado más que yo de lo sucedido en plena calle o, posiblemente, que nadie haya hecho ostensible que se ha percatado —cosa que no me extrañaría en absoluto—. La segunda: el rostro de la madre durante el suceso, el cual, a mi insuficiente parecer, reflejaba dos emociones. Una de ellas, la que, en apariencia, se dibujaba en su cara más levemente, era la molestia, el fastidio, supongo que generado por el incordio que le tocaba sufrir, no encontrando más remedio que el de elevar en el aire a su prole, indiferente a sus delicadas articulaciones, y abofetearlo de ipsofacto para que despabilase, sin mediar palabra alguna con él, sin tratar de entender, comprender o empatizar con su hijo, quien estaría sufriendo una rabieta o simplemente cansado. La otra emoción, fija en su rostro en todo momento, era la de la impasibilidad, la frivolidad, la normalidad, la indiferencia incluso.

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P.D: dos calles después me he cruzado también con otra madre y su hijo, de unos cinco años de edad. Tan solo el crío llevaba mascarilla en toda la avenida, al puto aire libre. Nadie más llevaba bozal puesto. ¿Quién cojones no se ha dado aún cuenta de que algo anda mal?

2 COMENTARIOS

  1. Este artículo me ha encantado por su contenido y por su “sorpresa”…
    Lo del ” bozal ” me ha parecido, asimismo, fantástico (yo también le he llamado bozal obligatorio desde el principio)

    • Gracias Catalina por tu honesto comentario, ¡es de agradecer! La “sorpresa” es el pastel y lo del bozal su guinda, bastante agria ya a estas alturas. Abrazos y gracias de nuevo.

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