«Mi año ha sido malo, tirando a muy malo», digo, y a la vez pienso que ha pasado un poco lo que en todos los anteriores. Fallecimientos que trastocan y te dejan tiritando, personas que se quedan un año más y ya van cincuenta y tantos y otras, que simplemente se marchan, esas son las que ya venían de origen con fecha de caducidad.

A parte de esa cotidianidad en la que se han convertido ya las muertes y las enfermedades, todo lo demás ha sido normal.
La familia bien, gracias. El trabajo no me puedo quejar y mis personas, aguantándome. El cuerpo tirando hacia abajo, cada día un poquito más y de dolores, pues ahí ando.
Un año de pocas juergas ni tan siquiera de medio pelo, alguna comida con amigos que ya terminan con una taza de rooibos en lugar de con un whisky como ocurría antes. A las cinco cada uno a su casa, los hijos, las parejas o el aburrimiento abstemio de estos tiempos de segunda mano.
Tampoco he asistido a muchos eventos, ni conciertos, ni teatros ni cines. Un par de ellos de cada, no suman los dedos de las dos manos, para algunos serán muchos, pero para mí, eso, comparando, es poco menos que nada.
En cambio, por no decir que todo ha disminuido, tengo que añadir las horas vividas en el sofá, en un año más que las de toda mi vida juntas. Tengo el techo roído de tanto masticarlo. Y no digo nada sobre pensar ni de sobrepensar, ahí sí que he dedicado horas, hasta las de la noche, las que antes le correspondían al insomnio y en el mejor de los casos a los sueños, las ocupan todo tipo de pesadillas. Parece ser que ahora pego (guantazos y patadas) a quien tengo a mi lado, hablo dormida y la mandíbula se me encaja como un engranaje al que le falta aceite.
Quizás el año haya sido a ratos, como la calidad del tiempo y la que no ha tenido buena predisposición he sido yo. «Tal vez sea indigestión por acumulación» me escucho decir, y una respuesta me llega de nuevo: «Bueno, te recuerdo que has publicado un libro que te hacía mucha ilusión, por cierto. Y no olvides lo mejor, según se cierre el 2025 llamará a la puerta del 2026 un bebé. ¿Cuántos años hace que no hay un niño cerca de ti?»
Sonrío, es verdad. La ilusión llegará volando en las alas de una cigüeña, en forma de regalo de Reyes, será volver, por primera vez en mucho tiempo, a creer, a volver a la infancia, cuando abría los paquetes que dormían bajo el árbol, aunque esta vez no los desenvuelva yo.
«¿Ves?» insiste. Yo ya no respondo, aunque sigue hablando, mi cabeza es así, nunca da la callada por respuesta, «el año pasado no ha sido tan terrible como lo pintamos y el venidero nos trae un pan bajo el brazo». No soporto cuando se intenta hacer la graciosa, así que, me tumbo en el sofá a intentar vivir en paz lo quede hasta fin de año.




