ACTITUDES INFANTILES

 

Hay actitudes que en el momento de nombrarlas rememoran tiempos infantiles, y no precisamente con nostalgia o complacencia, aunque el tiempo haya podido suavizar o permitido cambiar el enfoque sobre la situación.

Solemos asociar estos momentos a la falta de madurez, a la falta de capacidad de comunicación o, incluso, a un déficit de la posibilidad de razonar con el entorno.

Basta casi cualquier suceso, a veces nimio, casi siempre nimio, inconsistente, inesperado, para que el niño, o la niña, seamos políticamente correctos, se enfrasque en un berrinche, pataleta o perra, de esas que hacen época, provocan la desesperación de los padres y la resignada impaciencia de los circundantes.

El infante, casi siempre infante, y no digo infanta precisamente para seguir siendo políticamente correcto, requiere, de los adultos que lo rodean, algo que estos están decididos a no otorgarle, puede ser un objeto, una actividad o una atención, que, por circunstancias, las que sean, esos adultos consideran que no pueden, no deben o no quieren concederle, y se produce, a veces sin previo aviso, a veces gradualmente, la explosión emocional cuya única finalidad es rendir por agotamiento o exasperación a los osados denegantes.

El berrinche, pataleta, perra, barraquera, se desencadena, normalmente, con llantos sonoros, con sonido que arranca en la garganta y la raspa, con volumen insospechado, gestos evidentes de rechazo hacia la persona que lo ha provocado y, casi siempre, profundos hipidos. Puede, suele, estar acompañado por actitudes de bloqueo emocional y físico y no tiene más final posible, ni finalidad, que el agotamiento del demandante o la rendición del solicitado.

Es cierto que en inmaduros infantes estas actitudes me producen una cierta ternura, sobre todo si yo no soy actor del suceso y, además, no me afecta de ninguna otra forma, pero también es cierto que esa cierta ternura se va transformando en cabreo sordo o en indignación manifiesta según el sujeto empecinado va teniendo cierta madurez o resulta parecer un adulto con toda la barba, incluso si se la afeita o carece de ella.

Cuando los niños se encaprichan con un juguete, o se aferran a una situación, o demandan con insistencia una respuesta, lo hacen con la escasa capacidad de razonamiento que sus pocos años, y por tanto corta experiencia, les provee. Pueden faltar palabras, capacidad de expresar ideas más complejas o carecer de la habilidad social necesaria para presentar una solicitud razonada y convincente. El niño quiere algo y suple todas esas posibilidades adultas con una expresividad emocional que busca, sin ser perfectamente consciente de ello, el chantaje.

Cuando el niño va creciendo, cuando ya es adulto, se supone que ya ha debido de llenar esas carencias y que el incurrir en esas actitudes, actitudes que suelen sustituir el llanto por insultos o descalificaciones hacia el que no cede a su voluntad, suele denotar una incapacidad de reconocer los derechos de los demás, una intolerancia hacia las creencias ajenas o, y tal vez sea lo más lamentable, una soberbia que está por encima del bien y del mal.

En estos casos el individuo desea ser creido, valorado, ensalzado, tener razón, por encima de su credibilidad, utilidad social, valor o consideración, y no para en recursos para intentar lograrlo. Muchas veces a sabiendas de su falta de verdad, en demanda de una honorabilidad no merecida, o exigiendo posicionamientos a su favor que él mismo no habría tenido ni permitido hacia los demás.

Pero no nos desviemos del tema, este es un comentario sobre actitudes infantiles, y el infantilismo de ciertos adultos, sean políticos o lo parezcan, nada tiene que ver con mis palabras, y si no me creen me monto aquí mismo una pataleta de órdago. ¡Ea¡

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