ACEPTAR LO QUE NO DEPENDE DE UNO

0
46942
Imagen aportada por el autor del texto
104

 

Abril de 1965. Tenía entonces catorce años. Formaba parte de una selección de gimnastas del Instituto donde estudiaba y habíamos viajado a Madrid para participar en los XVII Juegos Escolares Nacionales. Era mi primera visita a la capital.

Imagen aportada por el autor del texto

La segunda mañana la tuvimos libre, con una única condición: debíamos estar a la una en la Plaza de España para regresar en autobús a Cuatro Vientos, donde nos alojábamos en unas instalaciones aeronáuticas.

Aproveché la mañana para visitar a unos familiares. Me entretuve más de lo debido y, cuando tomé el metro para acudir al punto de encuentro, ya presentía que no llegaría a tiempo.

Cada parada me parecía interminable. Y cuando el tren se ponía de nuevo en marcha, me agarraba a una de las barras metálicas y empujaba con todas mis fuerzas, como si con ello pudiera ayudar al vagón a avanzar más deprisa.

Pero, naturalmente, mis esfuerzos no sirvieron de nada.

Llegué tarde. Perdí el autobús. Y lo que debía haber sido un regreso sencillo se convirtió en una pequeña odisea para alcanzar, por mis propios medios, el lugar de destino.

Por entonces, nombres como Zenón, Epicteto o Marco Aurelio no formaban parte de mis lecturas. Sin embargo, aquella experiencia me dejó una intuición que, con los años, he recordado muchas veces: frente a lo que no depende de nosotros, solo caben dos actitudes posibles: aceptar… o rebelarse inútilmente contra lo imposible.

Con el tiempo, esa intuición ha ido tomando forma.

En la vida hay situaciones que están bajo nuestro control: nuestras decisiones, nuestras respuestas, la forma en que afrontamos lo que ocurre. Pero hay otras —muchas más de las que nos gustaría— que escapan completamente a nuestra capacidad de intervención.

El paso del tiempo. La reacción de los demás. Determinados acontecimientos. Las circunstancias que no hemos elegido.

Y, sin embargo, tendemos a actuar como aquel muchacho en el metro.

Empujamos lo que no puede acelerarse. Nos resistimos a lo que no va a cambiar. Nos irritamos ante lo inevitable, como si la intensidad de nuestro esfuerzo pudiera alterar el curso de las cosas.

No es así.

Y, además, ese esfuerzo inútil tiene un coste.

Genera frustración, desgasta, introduce una tensión innecesaria y, en ocasiones, nos impide ver con claridad lo único que sí está en nuestra mano: cómo responder ante lo que sucede.

Aceptar no significa resignarse.

No es pasividad, ni abandono, ni falta de voluntad. Aceptar es reconocer con lucidez el límite entre lo que depende de uno y lo que no. Es dejar de invertir energía en lo inmodificable para dirigirla hacia aquello que sí puede transformarse.

Porque, incluso en las situaciones más condicionadas, siempre queda un margen. El de la actitud. El de la interpretación. El de la respuesta.

No podemos decidir que el tren vaya más rápido, pero sí podemos decidir cómo vivir el hecho de que no lo haga.

No podemos evitar determinadas circunstancias, pero sí podemos elegir si las afrontamos con serenidad o con resistencia estéril.

Esta distinción, aparentemente sencilla, no lo es tanto en la práctica.

Exige atención. Exige entrenamiento. Exige, en cierto modo, una disciplina interior que permita detener el impulso inmediato de oponerse a lo que no puede cambiarse.

Y, sobre todo, exige humildad.

La de reconocer que no todo está en nuestras manos. Que no somos dueños del tiempo, ni de los acontecimientos, ni de las decisiones ajenas. Que hay una parte de la vida que no se controla, sino que se atraviesa.

A lo largo de los años he vuelto muchas veces a aquella escena en el metro de Madrid.

No por su importancia —que fue escasa—, sino por lo que contenía en forma de símbolo. Aquel gesto de empujar el vagón, inútil pero lleno de intención, resume bien una tendencia muy humana: la de querer forzar la realidad para que se ajuste a nuestros deseos.

Quizá la verdadera madurez consista en otra cosa.

En distinguir con claridad lo que depende de nosotros de lo que no. En actuar con determinación en lo primero y en aceptar con serenidad lo segundo. En no confundir la acción con la obstinación ni la aceptación con la renuncia.

Porque, en el fondo, aceptar lo que no depende de uno no limita la libertad.

La orienta.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí