Cuando escucha cerrarse la puerta a su espalda siente como esta se le parte en un escalofrío. Tal vez no estuviera preparada para darle esa sorpresa, pero había llegado hasta allí, lo había planeado al milímetro y ya no podía o no quería echarse atrás.

Tiene aproximadamente una hora hasta que él aparezca, le ha dicho que era mejor quedar allí directamente, así entrarían por separado, aunque en realidad eso no le había preocupado, solo quería preparar el escenario tal y como había sobrevivido en su cabeza durante siglos.
Se ha duchado antes de salir de casa, está limpia y, aun así, decide volver a lavarse en el bidet. Es raro encontrar uno en los hoteles de ahora, piensa si ya las personas no se lavan sus partes íntimas antes de tener relaciones sexuales.
Su cuerpo se deshoja de ropa mientras se mira al espejo. Ha adelgazado, se ha hecho un peeling corporal y su cuerpo reluce como una luciérnaga. Apenas va maquillada, solo le falta pintarse los labios, tal y como a él le gusta. Se sujeta los pechos con ambas manos alzándolos ligeramente, sus hombros, como un resorte, hacen lo mismo, salvo que ellos se excusan: «¿¡Qué se le va a hacer!? No se puede pedir más».
Se gira y observa las hondonadas repartidas por toda la superficie del culo y de los muslos, parece que sus dedos ya se han clavado allí, sonríe, es un modo optimista de observar la celulitis, cambia su cuerpo añejo por otro ya explorado fuera de los límites de la imaginación.
Saca las medias de una bolsa, sí, él reitera que prefiere la ausencia de artificios, el algodón a los encajes y las bragas, casi infantiles, al tanga de «hilo dental», pero ella necesita la reafirmación de verse frente al espejo como una mujer deseada y deseosa; atractiva, seductora y sensual. Sabe, porque ella cree que sabe, que la mirará como ella quiere que la vea y se sorprenderá cuando la encuentre preparada y abierta, entregada a todo aquello que él ha demandado durante tanto tiempo.
Lo que en la imaginación de él es blanco en la de ella es negro, es complicado coincidir en los submundos, a pesar que los de ellos se hayan entrecruzado muchas veces.
Mira la hora en el móvil, apenas un cuarto de hora los separa. Un cuarto de hora, seis años y cuatro meses. Se siente disfrazada, pero guapa. Lleva un liguero, la primera vez en su vida que utiliza unas gomas con cinturilla para sujetar unas medias. La primera vez que lleva un tanga de encaje con una ranura en el centro, la primera vez que los pezones asoman por un sujetador que simula un balcón. Demasiadas primeras veces acumuladas en una primera vez.
Guarda el pintalabios en el neceser, se mira, remira y relame los labios, «parezco una puta», piensa y hace una mueca parecida a una sonrisa que se hunde entre las arrugas de los ojos.
Diez minutos quedan, le había hecho prometerla que no llegaría ni un minuto antes ni uno después de la hora.
Con los grilletes que ha sacado del fondo de la maleta en una mano y el teléfono en la otra se tumba en la cama, aguanta la respiración, parte por los nervios parte por esconder la poca tripa que le queda. Amarra la muñeca izquierda a uno de los barrotes del cabecero, y deja el móvil a su lado después de comprobar que no hay mensajes nuevos.
Dos minutos antes de las cinco de la tarde consigue quedar enganchada a la cama escogida para ser su prisionera, piensa, también, en el inconveniente de no poder acceder al teléfono, pero le tranquilizan unos pasos que oye por el pasillo y en ese instante, su corazón hace compás de seguiriyas con el clítoris.
Él entrará con su tarjeta, así también lo habían convenido, se la darían en el registro en recepción.
Los pasos dejan de escucharse, han pasado de largo, unos segundos después se oye la apertura de una habitación que no es la suya.
La cabeza oscila entre la puerta y la pantalla del teléfono donde ve transcurrir los minutos.
Comienza a pensar que ya no ocurrirá lo del poema de Federico García Lorca cuando pasan las y veinte, que no lucharán la paloma y el leopardo…
Se mira desde arriba, desde fuera, hasta sentada en la butaca vacía situada en una esquina de la habitación. Se ve borrosa y desvencijada, disfrazada, como una muñeca de trapo a la que acaban de violar. Su «yo» de la silla se ríe y la señala con el dedo. El rímel le quema como lava por la cara, recoge con la lengua los restos de pintura y se extiende el carmín por la cara intentando desbloquear el teléfono con la boca. No lo consigue y parpadean las 20:00, siente la vejiga a punto de estallar y la tripa que hace unas horas era casi plana ahora forma una montaña que se desborda por la cinturilla de las bragas y cuelga como una lengua por encima del liguero.
Ni un sonido que le indique que al menos le ha escrito para decirle que no va a ir.La sobresalta el ruido de la puerta y abre los ojos pensando que es él, no sabe qué hora es ni recuerda haberse quedado dormida, ni siquiera reconoce a qué se debe la humedad caliente que recorre la cama.
Ve entrar en la habitación a un señor muy trajeado con dos policías, parece ser que temían que le hubiera pasado algo al no contestar el teléfono fijo de la habitación, un vecino se ha quejado de la letanía a voz en grito de una mujer que recitaba:
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!
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