Siempre he sentido que el mar no es solo un horizonte de agua, sino un espejo donde se dibujan nuestras memorias, nuestras fragilidades, nuestras pequeñas conquistas. En estos días recientes, más que buscar descanso, me he dejado tocar por lo que veía: cuerpos diversos, gestos anónimos, silencios llenos de ternura y de fuerza. Estas líneas son mi manera de caminar, una vez más, por esa orilla donde cada uno, sin saberlo, deja su huella en la arena y en los ojos de los demás.

Las vacaciones siempre han sido, para mí, un tiempo casi mágico: el abandono momentáneo de un largo periodo lleno de obligaciones, horarios apretados, tareas a veces tediosas que, durante la infancia y la adolescencia, llegaban a sentirse como puras rutinas.
Las vacaciones eran el alivio esperado: la posibilidad de soltar lastres y entregarme a lo que durante “el curso” quedaba vedado. Jugar con los amigos sin reloj, leer por placer, pasar semanas en el pueblo de mis abuelos y, cuando ellos faltaron, asistir a los campamentos juveniles de mi época (años sesenta), de los que guardo un recuerdo intacto. Quizá tuve suerte: jamás me sentí allí condicionado por ideologías o “comidas de coco”. Y no lo digo solo por mí: cada vez que he hablado de ello con personas de mi edad que vivieron aquellos mismos campamentos, nadie ha mencionado haber vivido influencia alguna de ese tipo. En cambio, todos evocamos aprendizajes en valores que hoy echo de menos: amistad, lealtad, tolerancia, responsabilidad, colaboración, entrega, generosidad, altruismo, ideales, espíritu de servicio…
No conocí el mar ni pisé una playa hasta pasados los quince años. Pero nunca lo sentí como una carencia. En mi entorno familiar, lo nuestro era el río del pueblo, con sus días largos bajo el sol, o las piscinas de la ciudad, donde recalábamos de diez de la mañana a diez de la noche. A mediodía aparecían nuestros padres, cargando canastas de mimbre (aún no existían las neveras portátiles) con filetes empanados, pisto, gazpacho… Platos sencillos que hoy me parecen tesoros.
Aun así, siempre me han gustado, por breves que fueran, esas vacaciones junto al mar. Tal vez por ser hombre de “tierra adentro”, de secano, la contemplación de esa extensión inmensa de agua que se funde con el cielo me llena de una paz especial. Pasear sintiendo el roce tibio de la arena, el último pálpito de la ola que se rinde, tenderme al sol dejando que penetre por cada poro: todo eso ha sido siempre para mí un descanso profundo.
Hace apenas unos días regresé de unas vacaciones así, tras años sin poder disfrutarlas. Han sido días de sol, playa, compañía, largas charlas, silencios contemplativos, lecturas… y, sobre todo, de observación. Quizá la edad —ya no cumpliré los 75— me ha permitido vivirlo desde otra perspectiva. Además del agua y la arena, me he recreado en mirar a quienes me rodeaban, especialmente a quienes paseaban por la orilla.
Me impresionó esa mezcla de uniformidad y diversidad. Cuerpos tatuados hasta lo inverosímil, delgados que despertaban ganas de invitar a un bocadillo, obesos que desafiaban su propio peso, pieles que iban desde el blanco más delicado hasta el bronce intensamente trabajado por el sol, cada una contando su propio verano. Hombres atléticos de gimnasio, mujeres de una belleza serena que rivalizaba con la Venus de Milo. Y, junto a ellos, cuerpos deteriorados, sostenidos en bastones, en muletas, asistidos por familiares.
Uno de estos últimos me conmovió profundamente. Un hombre de unos 60 o 65 años, con el cuerpo encorvado como una alcayata, avanzaba trabajosamente con ayuda de un bastón, las chanclas en la otra mano. Para mi asombro, se metió en el agua, avanzó hasta que el mar le cubrió el pecho y, allí, mecido por las olas, parecía dejarse llevar, renunciando por momentos al frágil apoyo de sus pies y su bastón. Cuando decidió salir, lo hizo con la misma calma con la que había entrado. Le miré largamente, preguntándome si, en su lugar, yo habría tenido su gallardía y resolución. Me rendí ante su fortaleza.
Por primera vez en mi vida, he visto también a muchos niños y adolescentes con discapacidades graves disfrutando de la playa. Y me llamó la atención —para bien— que en muchos casos eran los padres quienes, durante horas, jugaban con ellos, construían castillos de arena, los acompañaban al agua. Imaginé que quizás las madres, a menudo las principales cuidadoras, aprovechaban esos días para regalarse algo de tiempo propio, mientras los padres se entregaban, por fin, a acariciar sin prisa a esos hijos preciosos, inocentes, delicados.
La protección factor 50 evitó que el sol se viniera conmigo pegado a la piel. Pero no hubo protector que me impidiera volver impregnado de otra luz: la que dejan el mar, la compañía, la contemplación atenta de lo humano. Esa que no abrasa, pero calienta por dentro.






