A ESOS LECTORES QUE NUNCA ME LEERAN

 

Más de una vez me he preguntado para qué escribo, si mis horas frente al ordenador, si me guerra contra la pantalla intentando sacar lo que tengo dentro, no son más que una perdida de tiempo o una manera de ocuparlo, pero siendo franco, no escribo para que me lean, aunque esta es la finalidad de todo escritor, comunicar, entretener, generar crítica, y eso no se puede conseguir si no hay lectores. Esta es la frustración del escritor, el preguntarse cuánta gente te leerá, a cuánta le interesará lo que trato de expresar.

Soy consciente que basta hacerse un nombre, un hueco en este difícil mundo de la escritura, para que todos los editores te abran la puerta de sus despachos y te sirvan en bandeja una editorial para difundir tu trabajo. Un nombre que algunos han conseguido a base del esfuerzo y la tenacidad y, sobre todo, por un trabajo bien hecho, otros porque como dice el refrán “si tienes padrino te bautizas” y, sino, pues a seguir con esta vocación que nos lleva teclear, sin tiempo, sin medida, solamente por un deseo incontrolable de desnudar tu alma, tus conocimientos, tu saber o entender de las cosas, de la vida, de la actualidad, del mundo, del arte… Por eso escribo, porque igual que el que necesita la droga para encontrarse bien, yo necesito, transmitir lo que tengo dentro. Esa es mi droga.

Desgraciadamente, cada vez son menos las personas que leen, estamos acostumbrados a la inmediatez, a la rapidez de las redes sociales, a obtener un mensaje manifestado en pocas palabras, en pocas líneas, me atrevería a decir, incluso en un titular con una foto, tal vez manipulada para que actúe de cebo, es suficiente para atraer la atención, formándose el obtuso lector una idea errónea o parcial del mensaje que con osadía se permite criticar con la merma mental que ello supone.

Es una pena que en los centros de enseñanza no se hagan talleres de lectura, inoculando a los niños la magia de la lectura, la comprensión de los textos, de las palabras, la atracción hacia los libros, esos libros impresos en papel, que al abrirlos liberan no sólo el olor a la tinta impresa sino también un mundo en ellos encerrados destinado a que el lector descubra, se sumerja, a veces como observador, otras para convertirse en protagonista de sus historias o hazañas. Tan sólo análisis sintácticos y morfológicos, que no están mal para aprender a construir frases, o comentarios de textos fríos, sin crítica, sin comprensión, que no ayudan a atraer a lector.

Un día en el pueblo antiguo de Isla, en Cantabria descubrí un almacén de libros usados: “el almacén de los libros perdidos”, y cuando penetré en su interior un mundo maravilloso colmó mi espíritu, si bien sucumbí a la tristeza de no poder abarcar tanta magia allí encerrada, de saber que como libros usados que eran, algún día formaron parte de la vida de alguien y que ahora habían sido castigados a permanecer en la oscuridad de un almacén, llenos de polvo en una estantería, con la esperanza de que alguien los adquiera. Los libros deberían estar en nuestras manos, formando parte de la calidez de nuestras vidas de nuestros hogares. O, tan solo pasando de mano en mano, de ser leídos en una cadena sin fin.

Es un auténtico placer el leer, un mundo catalizado por su autor se abre ante el lector, pero que quien penetra en él pude imaginarse de una manera diferente por muy realista que sea la descripción. Incluso en la fría lectura de una noticia, en la crítica u opinión periodística; nuestro ideario, nuestra filosofía de entender el mundo, intervienen en ese momento produciéndose una catarsis de emociones, de confrontación de ideas, que merece la pena.

Un amigo me dijo hace no mucho tiempo que prefería ver una buena película a leer un buen libro. Evidentemente para gustos están hechos los colores y, por supuesto, es un auténtico placer ver buen cine, pero, aún a pesar de eso, sin desmerecer este arte, todo lo contrario, ensalzándolo, el mundo de la lectura da la oportunidad al lector de pasar por su filtro, por su imaginación, por su mente, por su razón, el mundo que el autor le transmite, imaginarse el ambiente, respirarlo, sentirlo, incluso tocarlo. Además, detrás de una buena película, incluso de una programa de televisión o de radio, están los guionistas, esas personas ocultas que sólo aparecen en un reparto en el que nadie repara, sin los cuales los actores estarían mudos, no existirían las palabras por ellos pronunciadas, no existiría argumento ni historia que contar.

Por eso escribo, sin compararme, sin pretensiones, solamente con el deseo de ser leído por alguien, me da lo mismo uno que mil o que un millón, ojalá. Sólo con el deseo que quien lo haga sienta algo, aunque nada más sea el deseo de criticarme, pero sobre todo que vaya más allá de la literalidad de mis palabras impresas, porque todo lo que se escribe tiene un alma que quien la capta es un afortunado, igual que lo soy yo ahora.

Sin lectura no habría confrontación de ideas, pensamientos que dan vida a la vida, razonamientos que ayudan a razonar, transmisión del conocimiento, de la ciencia, del arte. Los libros son el cofre de la existencia, imprescindibles para la evolución del ser humano. Sin ello, no habría pensamiento crítico.

No hay nada más bello que una sucesión de palabras, de frases buscando un sentimiento. Marcadas por el espíritu de quien las ha escrito. Un mensaje cargado de vida. No hay nada más bello que sentir que en algún sitio habrá alguien que le interese lo que escribes, que te esté leyendo con la misma ilusión con la que yo ahora escribo. Una trascendencia en el tiempo y en el espacio que nos une por un momento.

A ese alguien le doy las gracias. A ese alguien al que tal vez nunca conoceré, pero que en un momento ha sentido la magia de la lectura, la simbiosis conmigo, con el mensaje que partiendo de mi alma ha conseguido mover los dedos de mi mano para que ahora tú lo leas, porque para ti iba destinado.

Y, a los que no me leéis, perdonadme por no saberos transmitir la ilusión de mi trabajo. Seguiré intentándolo.

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