LA REINA DE LOS ICENOS

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Boudica, la reina de los icenos – Los Enemigos de Roma
Corría el año 55 a.C., el gran general Cayo Julio César organizaba una expedición con más de 80 navíos y un ejército de soldados con la intención de invadir Britania. Motivado por sus ansias de poder dirigió su flota hacia las costas inglesas atravesando el Canal de la Mancha.

El genial estratega estaba convencido de que sería fácil reducir a aquellos bárbaros insulares, así les llamaban, carentes de formación militar. Con esta invasión pretendía conseguir varios objetivos, evitar que siguieran prestando ayuda a los celtas de la Galia, apoderarse de sus riquezas en oro y piedras preciosas y ampliar los dominios del Imperio Romano. El éxito obtenido por sus legionarios fue relativo, aunque lograron dispersar a las tribus circundantes se encontraron con muchas de sus naves inutilizadas, sin áncoras ni rastro de jarcias para seguir navegando, un desastre que minó el ánimo de su ejército al no disponer de apresto para su reparación, viéndose forzados a desistir en su empeño.

Un año después volvió a armar a sus legiones para una segunda invasión y sabiendo que los britanos eran unos adversarios difíciles de vencer, fue bien pertrechado de hombres y aprovisionado con suficientes víveres. Hubo de enfrentarse a la tribu más poderosa de todas las que ocupaban la isla, cuyos territorios abarcaban las regiones de Suffolk, Essex y parte del río Támesis, los llamados Trinovantes. El nombre, compuesto de los prefijos célticos tri y novio, significa: ‘El pueblo más vigoroso’. Julio César, que disponía de mejor armamento, los venció y les utilizó como botín de guerra obligándoles a rendirle tributos.

Cuenta la historia que alrededor del año 30 d.C., nació Boudicca, en el seno de una familia de aristócratas icenos, en la región del Anglia del Este, la zona más oriental de Gran Bretaña. Parecía predestinada desde su nacimiento a convertirse en una heroína, protagonizando uno de los episodios épicos y determinantes de la historia de los celtas insulares, incluso su nombre celta es emblemático, significa Victoria.

La primera vez que los legionarios del emperador Claudio, emulando las gestas de su antecesor Julio César, llegaron a las islas, Boudicca, era solamente una niña. Siendo muy joven contrajo matrimonio con Prasutagus, el rey de los Icenos, cuya tribu habitaba en la zona actual de Norfolk, lo que la convirtió en reina de pleno derecho. De esta unión nacieron dos hijas. Con el fin de evitar la guerra y de ser conquistados durante la invasión, el rey, alcanzó un acuerdo con los romanos, pudiendo así mantener la independencia del pueblo, aún a costa de firmar el estatuto de alianza por el que pagaba tributos.

Cuando aconteció la muerte de Prasutagus, alrededor del año 61, sus hijas debían heredar el reino junto con sus riquezas. Los celtas contemplaban una igualdad entre mujeres y hombres, pero esta ley testamentaria fue ignorada por la codicia sin límites del procurador Cato Deciano, quien se apropió de todas las posesiones del monarca fallecido usurpando la soberanía del pueblo, además de infligirles un trato despótico y violento al mandar sofocar las protestas. Las tierras y los bienes fueron confiscados, los nobles tratados como esclavos, sus tropas desencadenaron una extremada violencia saqueando o quemando aldeas, matando a quienes se resistían y tomando esclavos como pago a una presunta deuda, lo cual provocó la indignación de los Icenos. La avaricia de Deciano, unida a la falta absoluta de moral, fue la causa que posteriormente originaría una confrontación de memorable epopeya entre britanos y romanos.

Boudicca intervino entonces decidiendo llevar en persona la disconformidad de sus súbditos ante el procurador. Era una mujer considerada de gran inteligencia, belleza, de singular y fuerte carácter, de complexión robusta, alta, de voz grave y melena rojiza que le llegaba más allá de la cadera. Su figura estaba ornamentada con una túnica de bellos colores, una fíbula sujetaba el largo manto y un torque de oro la adornaba rodeando su cuello, dignificándola, mostrando su estirpe y el prestigio de los Icenos contenido en su persona.

Con la intención de debatir la querella en son de paz y como muestra de buena voluntad, se hizo acompañar de sus jóvenes hijas y algunos consejeros de su corte. Se desplazaron para ello en un carro hasta el campamento del romano. Al conocer por sus soldados la inminente llegada del comité, Deciano, mandó detenerles a la entrada del campamento y dar muerte a los acompañantes. Boudicca fue despojada del manto que la cubría, rasgaron su túnica dejando al descubierto la espalda, rodearon sus brazos con una maroma, la ataron seguidamente a un poste y chasqueando el látigo comenzaron a golpearla salvajemente. Hicieron lo mismo con sus hijas, también las azotaron, después los soldados por turnos las violaron uno detrás de otro, mientras obligaban a Boudicca a mirar las infames y desgarradoras escenas agarrándola brutalmente de los cabellos. La humillación y vergüenza de lo que hicieron a su persona debió ser nimio comparado con la tortura de ver mancillada la doncellez de sus inocentes hijas. Cuando los irracionales legionarios del Áquila terminaron, soltaron las cuerdas que la sujetaban al poste derribándola sobre la tierra y dejándola abandonada, haciendo alarde de su insolencia se burlaron cruelmente de ella. Las doncellas se encontraban exánimes sobre el suelo cual despojo humano, destrozadas. Boudicca las ayudó a incorporarse e instándolas a hacer un esfuerzo para levantarse, quizá en un intento por recuperar la honra que les había sido arrebatada, las hizo subir al carro que aun permanecía en las lindes del campamento. La indomable madre dirigió el carruaje con determinación llevándolas como estaban, semidesnudas y exhaustas, hasta la tribu.
«… fue despojada del manto que la cubría, rasgaron su túnica dejando al descubierto la espalda, rodearon sus brazos con una maroma, la ataron seguidamente a un poste y chasqueando el látigo comenzaron a golpearla salvajemente.»


Los romanos no imaginaron las consecuencias de aquel inhumano ultraje, hecho que debió inflamar de una furia incontenible a la reina rebelde, resultando ser el detonante de una guerra sin cuartel. Al verlas y conocer lo ocurrido, una cólera infinita pareció apoderarse de los Icenos y bastó para levantarse en armas clamando venganza contra sus invasores. La noticia del agravio se difundió y los habitantes de otras tribus se unieron, llegando a constituir el mayor contingente de guerreros celtas, se cree que fueron muchos más de 120.000. Los Trinovantes se sumaron de inmediato retomando el protagonismo que desde los tiempos de Julio César habían perdido. Eligieron a Boudicca como su líder. Siguiendo su tradición en las batallas y a fin de parecer más fieros, se pintaron de verdinegro con el zumo de gualda. Unos en carros, otros a caballo, con lanzas, arcos y flechas, totalmente exaltados y dispuestos, cabalgaron sin descanso comandados por Boudicca regando la tierra por la que pasaban con la sangre de sus opresores y verdugos. El espíritu independiente, orgulloso y heroico de los celtas se hizo imparable ante la ignominia sufrida.
Dirigieron sus pasos a la capital de los Trinovantes, Camulodunum (en la actual Colchester) convertida en un asentamiento de soldados y sometida bajo su yugo. En dicha ciudad habían construido un templo dedicado al emperador Claudio a expensas de sus legítimos pobladores. Los furibundos britanos hicieron la entrada en la ciudad prendiéndole fuego y desatando una masacre. Todos sus enemigos cayeron derrotados y exterminados, siendo pasados a cuchillo, ahorcados, crucificados, quemados o empalados con pinchos ardientes. Los hombres enviados por Deciano para reforzar la defensa de la ciudad, y los de la Legión IX Hispana, compuesta por otros 2.500 soldados y comandados por Quinto Petilio, fueron aniquilados en los caminos. Verulamium también quedó arrasada. Seguidamente, el gigantesco ejército se encaminó hacia Londinium (actual Londres). Algunos dignatarios, entre ellos Cato Deciano, se apresuraron a huir. Cayo Suetonio Paulino, el gobernador de Britania, se encontraba en el sur sofocando revueltas cuando fue requerido para defender la ciudad, al llegar consideró que era imposible y se retiró abandonándola a su suerte, a pesar de los ruegos de sus habitantes, prefirió sacrificarlos para salvar al resto de los soldados romanos en Britania. Los celtas sublevados llegaron y mataron a todos los que se habían quedado.

La batalla final en Watling Street

Sus tácticas en la guerra resultaban imprevisibles, muy diferentes a las de los legionarios. Desafiaban a sus contrincantes comenzando por desorientarles y confundirles con cánticos incomprensibles, se movían sobre sus caballos haciéndoles brincar, los sobrecogedores sonidos que emitían los cuernos se entremezclaban con un ronco y penetrante ulular, ejercían un martilleo metálico, cadencioso, golpeando las armas contra los escudos ‘in crescendo’, cuando el estruendo alcanzaba el apogeo corrían en una frenética algarada al encuentro de sus adversarios, a la vez que lanzaban dardos y flechas desde los carros. Aquella actitud retadora producía tanto pavor como admiración en los romanos, quienes vivían este espectáculo como una pesadilla a la que debían sobreponerse.

Suetonio era un militar experimentado donde los hubiere y puso en marcha las tácticas aprendidas. Se ubicaron en un terreno donde no podían ser flanqueados, rebasados ni emboscados. Sus legiones disciplinadas formaron varias filas, cargados con sus escudos que les cubrían todo el cuerpo, lanzas y espadas. Cuando la infantería britana avanzó las formaciones romanas atacaron con una lluvia de lanzas que logró diezmar las primeras líneas. Una fila de soldados iba sustituyendo a la de adelante y volvían a la carga, así sucesivamente, consiguiendo sembrar la dispersión entre sus enemigos, que retrocedieron y cayeron formando una avalancha humana. La masacre fue enorme, más de 40.000 britanos murieron aquel día aplastados. Los romanos avanzaron implacables y durante horas se dedicaron a rematar a los heridos sin distinción ni piedad, ya fueran mujeres, niños o ancianos, hicieron bastantes prisioneros, muchos otros consiguieron escapar. Jamás fueron encontrados entre los muertos los cuerpos de Boudicca ni de sus hijas, que también combatieron ferozmente junto a ella.

Antes de ser vencida por las legiones de Suetonio la reina de los Icenos había aniquilado a más de 80.000 romanos y destruido tres de los asentamientos más importantes. En Watling Street ganaron sus enemigos, a pesar de estar en minoría numérica, porque disponían de mejor armamento y experiencia militar. Resulta chocante que hasta el tiránico Nerón, que gobernaba entonces, dijera que se les había dado un castigo demasiado severo a los valientes britanos.

En la era victoriana la figura de la reina indomable fue laureada y adquirió proporciones legendarias. Un buque de guerra se bautizó con su nombre: HMS Boadicea. Alfred Lord Tennyson, el poeta más distinguido de la época, escribió un poema en honor a ‘Boadicea’ o ‘Boudicca’, considerando a la reina Victoria como su epónima. Thomas Thornycroft creó un monumento de bronce, un carro de guerra adornado de guadañas al estilo del Imperio Persa, dedicado a la reina de los Icenos y a sus hijas, financiado por el príncipe Alberto de Sajonia- Coburgo-Gotha. Lo ubicaron cerca del puente de Westminster, sede del Parlamento Británico, Londres, en 1905. Dos versos del poema rezan en la estatua dedicada a ella: ‘Regiones que el César nunca conoció, tus herederos dominarán’.

Este relato está inspirado en textos de Plinio el Viejo y Dion Casio.

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