BALCONES FLORIDOS

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No debe ser muy dificultoso adivinar, por parte del personal lector (así me ahorro los ‘sexismos’, o como se diga) que estoy harto aburrido. Pero es que, desencantado de todo lo que me rodea.

De ahí que hoy sí tenga ganas de escribir algo distinto a lo que ‘todo el mundo con ‘ínfulas de escritor-a’ suele escribir; a veces a diario. Y sólo  se quedan en eso…en pura pretensión de que así se les considere. Podría hablar mogollón del tema, pero no es el tema…no es el tema. Al menos hoy.

Aquí me tienen. Delante del un ‘Portátil computer’ tipo Window 10 – que es un verdadero suplicio para un servidor con tanta actualización que hacen sin permiso, borrándome ficheros que no logro después encontrar-, en lugar de mi “MacBook”que no me hace tantas barbaridades- éste sólo lo uso para cuestiones del oficio, francamente -. Delante de él y esperando que mi coco quiera pensar, porque está extremadamente gandul y cabreado a tutiplen.

Resumiendo, estoy de vacaciones. Yo creo que merecidas; las he partido en tres partes. Para no empalagarme de ellas, supongo.

Como gracias al salero y cordura de los que parten todo bacalao – fuere  éste de Noruega o de ‘La Felipa’ (es un pueblo cercano dónde dicen que se come de rechupete) – o séase, los políticos y subalternos ampliamente votados – y por tanto- mandamases de lo que les venga en gana, pues han “cerrado” las fronteras de mi pueblo y mi comunidad – autónoma ella donde las haya – y no puedo salir de paseo por dónde me apetezca y antoje.

So pena que me arriesgue a que, cada dos por tres, me pare un guripa controlador y me pida sin contemplaciones y en tono más que arrogante, la documentación del vehículo y la mía propia, el libro de familia, certificado de antecedentes penales, tarjeta de mis clubs favoritos, y otras mandangas más – que pueden pedirla, oiga…o eso se creen -. Y no me arriesgo, no. No por canguelo, no. Sino porque tendría que llevar pegado en mi sutil mejilla izquierda , con celo de los chinos – mi tarjeta de autorización al pendoneo y deambulación bien educados. Y eso me pondría más cabreado, todavía; si eso fuera posible, que `para mí que no.

El viernes pasado, sin más lejos de irme, fue día de rebote superlativo en el lugar donde tengo a bien (o a mal) hacer mi diario currele. Que lo contaré algún día, porque estas actitudes no suelen tener fin gracias a los mencionados mandamases y sus subalternos, pero no hoy. Mañana como dice un cómico cuyo nombre no recuerdo ni me apetece buscar.

Hoy, y debido a mi confinamiento con otras comunidades autónomas limítrofes , así como con países vecinos – no me mola viajar más de los tres mil – (¡Ay, Lisboa! preciosa , antigua y señorial…como  vas a echar en falta mis caminatas por tu casco viejo; y  el ‘Cafe Martinho Da Arcada’ con Paulo a la cabeza, trayéndome sin preguntar, mi acostumbrado café sólo, corto y con sacarina) pues he pensado en descubrir pueblos de mi pueblo que me son totalmente desconocidos.

Ya me he hecho una lista de los mismos. Son de ida y vuelta en el mismo día.

Cuando voy a pueblos de por aquí – no confundir con ciudades ni metrópolis, perdonen la petulancia – me complace harto el patear sus calles, valorar de un vistazo sus Iglesias, ver las tabernas más o menos limpias donde pueda engullir un buen pan con chorizo a la brasa (asumiendo que me puede dar cáncer de no sé qué según la infalible OMS). Solee, llueva o truene, me lo pateo.

Pero, lo que más disfruto y selecciono, es la visión de los balcones de sus casas.

Desconozco el porqué, pero a estas edades me ha dado por las flores y la jardinería en general. Me subliman los balcones plagados de plantas y flores…me encantan.

Yo lo haría en el mío, pero soy nefasto en escoger las flores y plantas más apropiadas según en la estación que estemos. Ahora es otoño, o eso creo; que con tanto cambio de hora suelo andar medio tarado por lo menos durante veinte o treinta días.

Es – la jardinería – una vocación tardía. Lo sé. Pero no sé ni papa de ella.

Tengo una amiga virtual – que debe ser una delicia – que se llama Marisol Sotos-  quien según tengo entendido, es una experta en tales menesteres.

Yo le preguntaría al respecto, pero me da mucho pudor y recato pedirle que me dé algunas lecciones. O algunos consejos, que es para lo único que yo serviría. Pero, me da sofoco el pedirlo.

Si mi balcón estuviese petado de bellas flores y plantas, le haría cientos de fotos y se las enviaría a otra maravillosa amiga llamada Ana Fernández, con una nota que dijese “Simplemente me gustaron”.

Del pueblo de mi pueblo que acabo de llegar, no puedo decir que tenga balcones floridos. Si me apuran, ni balcones. O yo no los he visto, que podría ser.

Pensando, pensando, me da a mí que esta vocación tardía me viene de mis infantiles recuerdos de la abuela Angeles, que tenía nuestros balcones hechos un verdadero primor.

Si. Definitivamente me viene de mi abuela Ángeles. ¿De  quién si no podría venirme tal tardía vocación?

En fin. Seguiré pateando pueblos y viendo sus balcones, iglesias y ayuntamientos. Suelen estar todos en la plaza mayor. El único sitio dónde no suelo perderme a pesar del GPS.

¡Ah! Y esperando que termine éste transporte infinito e interminable de cov-2 (pare que si no lo escribo, reviento) y me dejen francas las fronteras de todo el mundo.

Incluida Lisboa, ni decir tiene. Que para eso me había ya reservado hotel en el Bairro Alto de Lisboa, cuyo nombre no diré por si me encuentro a algunos de ustedes y tengo que estar de cháchara cortés.

Que mis deseos sólo son de soledad sin fronteras en estos momentos. Cubriéndome de piedras añosas, de tabernas con olor a fritanga y, sobre todo…de balcones floridos. Si, de balcones muy floridos mientras el ama los riega con coplas de la Piquer, sin necesidad de soportar a “mi” amado Mozart.

Eso quiero ahora.

 

 

 

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