Ὄρνιθες

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Cuando Arrendajo Telmo entró en el bar y pidió agua y una ración de rana seca, supe que aquel viejo pájaro quería algo.

 

De un par de saltos se colocó junto a mí en la barra y con su robusta ala derecha, me propinó un masculino toque, mezcla de amistad y enfado.

-Tómate algo, Simón, que invita la casa ¿No es así, Uluador?

Ululador asintió con la cabeza sin decir nada. Nunca había sido un gran conversador, pero desde la muerte de Pico Zapato, directamente había enmudecido por completo.

– Eres muy amable, Arrendajo, pero no quiero nada, gracias. En realidad, ni siquiera sé por qué estoy aquí.

– Sí, sí que lo sabes, Mirlo Simón, y no hagas que me cabree más. Estas aquí porque yo te he hecho venir, estás aquí porque tú trabajas para mí, estás aquí porque de toda esta patulea mugrienta y piojosa, sólo tú sabes lo que hay detrás de los árboles de piedra.

– ¿Para qué quieres saberlo Arrendajo? No es un sitio agradable, te lo aseguro. Pico Zapato está muerto por ese fuego que arde ahora mismo debajo de tus plumas; él también lo tenía. Y ahora mira donde está, sirviendo de pasto a unos gusanos sin nombre en un lugar impronunciable.

– ¡Queréis cerrar el pico de una puta vez! ¡Dejad de hablar de Pico Zapato! Él era un buen ave y sólo quería vivir tranquilamente. Era mi amigo, él era el amor.

Los redondos ojos de ululador se llenaron de lágrimas.

– Hasta que llegaste tú Mirlo Simón, con esas alocadas historias de la existencia de un mundo más allá de éste, más allá de los árboles de piedra, más allá de todo ¡Los cojones!

– Ese mundo es real, Ululador. Yo nací en él, ya os lo he contado. Pico Zapato también era mi amigo. Él fue el primero que comprendió que ese lugar es la respuesta a un sinfín de preguntas. Échame la culpa de su muerte si quieres, Ululador, tal vez la tenga.

Ululador se enjugó las lágrimas.

-Idos a la mierda: Tú, Mirlo Simón y el puto Arrendajo Telmo. En mi local ya no sois bien recibidos. Buscaos otro sitio para dar por culo a los buenos pájaros.

Mirlo Simón se acercó a Ululador y le miró a los ojos fijamente.

– Aquí no hay más sitios, amigo y tampoco hay más pájaros aparte de nosotros tres ¿Es que no te has dado cuenta?

– Sí, claro. Y entonces ¿Ésos que tenemos enfrente, quiénes son?

– Somos nosotros, Ululador ¿Nunca te has percatado de que siempre repiten nuestros movimientos? Haz la prueba.

– Ya la hago yo, Ulula, ya la hago yo.

Arrendajo Telmo se acercó temeroso hacia aquellos otros tres pájaros. Uno de ellos, muy similar a él, iba poco a poco acercándose, mientras los otros dos, permanecían más atrás con un semblante entre serio y desconsolado.

Cuando A.T. se colocó a menos de un centímetro de su réplica, abrió las alas en señal de saludo, y en el mismo instante el otro hizo lo mismo. Esta escena se repitió al menos treinta veces.

– ¡Mirlo, Ululador! No sé muy bien quién es éste que se parece tanto a mí, pero es evidente que nos caemos muy bien ¡Acercaos a los otros dos!

– Yo me quedo aquí, ya tengo bastante con que no te reconozcas a ti mismo. Ve tú si quieres, Ululador.

– No, me quedo contigo. Si lo que dices es cierto, y parece que así es ¿Dónde estamos, Simón?

– No lo sé, Ulula, no lo sé. Tengo pocos recuerdos del exterior y los que conservo no son buenos. Tal vez hayamos muerto y estemos en el paraíso o, tal vez, en el infierno. Aquí siempre hay agua y comida en abundancia y siempre gozamos de buena salud, pero estamos solos.

– ¿Crees en Dios, Mirlo Simón?

En la parte de atrás del acristalado muro especular, un niño de unos seis años contempla asombrado el recinto de las aves autóctonas.

– Papi ¿Porqué ese pájaro está pegado a la pared y no deja de mover sus alas?

– Supongo, Javi, que los pájaros llevan muy mal la falta de libertad. Se habrá vuelto loco, creo yo. Pobrecillo.

– ¿Y los dos del fondo que apenas se mueven?

– Pues lo mismo, hijo, locos. Anda, vamos a la siguiente sala, que hay un Pico Zapato africano. Es enorme, te gustará.

– ¿Que si creo en Dios, Ululador? No sabría qué decirte. Supongo que sí, al menos a veces. Otras, por el contrario, pienso que no hay nada, que el Gran Ave que nunca toca el suelo, no es más que el invento de unos viejos buitres que comieron más carne putrefacta de la que debían. Aunque una cosa tengo clara: En este lugar que nos contiene, aparte de nosotros tres, no hay nada.

– ¡Arrendajo, deja de hacer el gilipollas y ven con nosotros!

En la sala contigua, Pico Zapato también sabe que aquel gran pájaro tan semejante a él es el mismo. Y pegado a su propia imagen, mirándose fijamente con esos penetrantes ojos amarillos, no deja de preguntarse en la ignota razón de su execrable y moribunda existencia.

 

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