El infierno del Gulag (1ª parte)

Un genio literario nacido en 1.918 tras la Revolución Rusa

Durante el invierno de 1.945 un convoy militar ruso conducía a unos prisioneros desde Osterode, en el frente, hasta el cuartel general de contraespionaje en Brodnica. Aquellos hombres se veían forzados a caminar bajo una temperatura glacial para salvar los setenta kilómetros que separaban a una ciudad de la otra.

En el grupo se encontraba un alemán, no hablaba ruso, acarreaba con esfuerzo una maleta precintada, pesada, la cual también ayudaban a transportar de forma voluntaria el resto de los hombres. El insólito equipaje cargado de correspondencia pertenecía al único oficial entre los arrestados, el recientemente condecorado y ascendido capitán Aleksandr Solzhenitsyn, quien caminaba consternado hacia un destino incierto sin conocer todavía los motivos del arresto.

Al rememorar aquel lúgubre instante, el 9 de febrero de 1.945, sintió la punzada de una profunda humillación. Había sido requerida su presencia en el cuartel de inmediato. En el despacho, el general de brigada Trovkin le esperaba junto con un grupo de oficiales y un conocido comisario político. El general le exigió que entregase el revólver sin ofrecerle explicaciones, seguidamente dos de los oficiales se acercaron, le arrancaron del uniforme las charreteras, de la gorra la estrella, le quitaron el cinturón y cogiéndole de ambos brazos le llevaron detenido. Ante el estupor que le produjo solo fue capaz de preguntar ¿Yo? ¿Por qué?.

Pasó un primer día encerrado, totalmente desconcertado, afrontándolo con absoluta desolación. Forzosamente tenía que existir un error. Se aferró a ese pensamiento. Las palabras que escuchó de otros presos no fueron precisamente de alivio. Le explicaron las tácticas engañosas utilizadas por los interrogadores, le hablaron de amenazas, palizas y torturas. Le condenarían a diez años, era la tarifa para todos los detenidos, inocentes o culpables, soldados o delincuentes, daba lo mismo. La inocencia se ignoraba. El sistema no cometía errores. Pero, ¿de qué se le acusaba? ¿Qué crimen execrable había cometido para estar en semejante situación?

Desde Brodnica, días después, el 20 de febrero, le trasladaron a la temida prisión de Lubyanca. En el despacho del capitán Ezepov, cuya mesa se encontraba bajo un inmenso retrato de Stalin, le informaron que de acuerdo al artículo 58, párrafo 10, se le acusaba de ser el fundador de una organización hostil al gobierno. Lo que poseían eran copias de la correspondencia privada que había mantenido con su esposa Natalya y con sus mejores amigos de la universidad, Nikolai, Kirill y Lidia. Las cartas contenían algunas críticas veladas a la política de Stalin, hechas desde la intimidad y desde una ingenua libertad de expresión. Los estalinistas lo utilizaron para construir una flagrante acusación, diciendo que era una siniestra conspiración a fin de derrocar al régimen soviético.

Aquellas misivas de índole privado, interferidas por un gobierno totalitario, resultaron ser el espantoso crimen del que se le acusó y se le condenó a cumplir ocho años de prisión en campos de trabajos forzados.

Aún retumbaba en sus oídos, persistente, machacón, el eco de las fatídicas palabras pronunciadas por los oficiales, cuyo significado partió su vida en dos al decir ‘queda usted detenido’, ahora se sumaba una sentencia maquiavélica, no era una pesadilla, ni un mal sueño del que pudiera despertar, era real. Ocho años de su vida en prisión. ¡Tamaña injusticia! ¿Por qué? Tal vez había ocurrido un cataclismo pues el mundo entero se derrumbó desapareciendo estrepitosamente bajo sus pies.

“Aquellas misivas de índole privado, interferidas por un gobierno totalitario, resultaron ser el espantoso crimen del que se le acusó y se le condenó a cumplir ocho años de prisión en campos de trabajos forzados”.

 

Continuaron con la investigación largo tiempo, los interrogatorios se sucedían incesantemente día tras día, durante los cuales se esforzaba por no incriminar a ningún inocente más en aquel proceso. Tenían su correspondencia privada y en función de sus pensamientos le condenaron. ¿Qué más querían? Mientras Natalya lloraba la ausencia de noticias sobre su esposo, creyéndole muerto o desaparecido en el frente, él languidecía en el gulag, hasta el mes de junio en el que la investigación se dio por concluida.

Cuando le llevaron a la cárcel de Krasnaya Presnya se encontró un ambiente de bulliciosa actividad. Allí experimentó un salvaje bautismo. Al entrar en la celda, una habitación de tamaño mediano con capacidad para unas cuarenta personas, vio que estaba abarrotada, cien presos hacinados ocupaban todas las literas y solo había espacio debajo de ellas, sobre las baldosas del sucio y desgastado suelo. Aquellos hombres no eran soldados, ni presos políticos, sino criminales endurecidos cuyo comportamiento distaba mucho de ser siquiera civilizado. No le quedó más remedio que dormir junto al cubo de la letrina, encima de paja podrida, soportar el hedor y tragar las gachas que les servían. En la penumbra escuchó crujidos entre las literas, pensó que eran los ratones que andaban libremente de un sitio a otro, igual que las cucarachas campando a sus anchas, pero en aquella ocasión se trataba de unos mozuelos a la búsqueda de algún mendrugo olvidado en algún roído jergón o de algún paquete recién llegado, como el que le había enviado su esposa al conocer su destino y que impunemente le birlaron. En agosto el hedor era insoportable, el calor obligaba a yacer a los hombres desnudos y sudorosos, aguantando estoicamente las picaduras nocturnales de chinches y mosquitos.

A mediados de agosto le volvieron a trasladar a otro penal llamado Novy Ierusalim, ‘Nueva Jerusalén’. Se trataba de un edificio de un antiguo monasterio del mismo nombre. Durante el traslado les ordenaron ir tumbados para no ser vistos por las gentes que se agolpaban en las calles portando numerosas banderas, celebrando el día de la victoria final sobre Japón. La II Guerra Mundial había finalizado. El ambiente era festivo. Solzhenitsyn recordó que solamente cuatro años antes, recién conseguida su licenciatura en la Universidad de Matemáticas y Física, había llegado de Rostov con un sinfín de proyectos y sueños a la capital, un futuro que se había esfumado. El tiempo transcurrido se le antojó una eternidad. Muchos de los presos que acompañaban a Aleksandr contaron los terribles sufrimientos que habían padecido en los campos de exterminio nazis y que a su regreso los estalinistas les detuvieron por considerarles ‘contaminantes y peligrosos para el sistema’. Al llegar a Nueva Jerusalén también tuvieron que soportar los gritos de impávido desprecio que les dirigieron. ¡Los fascistas han llegado! Triste ironía. Cada vez que entraba en un nuevo gulag, Solzhenitsyn, asistía en un primer momento a las lacónicas y habituales preguntas. ¿Apellido? ¿Año de nacimiento? ¿Nombre de pila y patronímico? Les daba la consabida respuesta, aunque interiormente era una muy distinta. ¿Mi nombre? ¡Soy el

Peregrino de las estrellas! Tienen firmemente apresado mi cuerpo, pero mi alma está más allá de su alcance.

Los rumores de una amnistía comenzaron a circular haciendo concebir falsas esperanzas a los presos políticos y a sus familiares ya que solo fue aplicada a delincuentes habituales y presos comunes. De los demás se esperaba que trabajasen todavía más para compensar la ausencia de los amnistiados y le pusieron a trabajar en la excavación de pozos de arcilla, donde tuvo que realizar un esfuerzo sobrehumano si quería alcanzar siquiera la mitad de la producción exigida. Aquello resultó agobiante en extremo, deprimente. Lo describió literalmente en su obra cumbre, Archipiélago Gulag.

El brillante alumno, de solo veintiséis años, ingenuo idealista convencido de las bondades marxistas-lenilistas comenzó a percibir desde un prisma diferente aquella realidad perversa, infrahumana, la verdadera cara política que ejercían los estalinistas con el pueblo. Y en medio de aquel voraz infierno, pletórico de brutalidad, de extremada crueldad y miseria humana, sufrió la crucifixión que ayudaría a elevar su espíritu por encima de las penurias, comenzando en él una profunda transformación, en un examen de introspección afrontó y se cuestionó lo superfluo de su incondicional ateísmo, fue recuperando la fe de su infancia y las antiguas tradiciones de su amada tierra, resurgiendo como un Ave Fénix hermoso e impoluto de sus cenizas.

 

“El brillante alumno, de solo veintiséis años, ingenuo idealista convencido de las bondades marxistas-lenilistas comenzó a percibir desde un prisma diferente aquella realidad perversa, infrahumana, la verdadera cara política que ejercían los estalinistas con el pueblo.”

Los campos de trabajos forzados se extendieron por Rusia ocultándolos a los ojos indiscretos de los occidentales, ajenos a las violaciones de los derechos humanos que se cometían a cada minuto en los gulag, quienes quedaban cegados por la magistral manipulación y la hipocresía descarada de la que hacía gala Stalin, de quien Aleksandr diría posteriormente, que era el mismísimo diablo en persona. Las detenciones se sucedían y miles, millones de rusos, fueron confinados, destruidas sus vidas, esclavizados tras los muros vergonzosos e infames de las cárceles, bien pertrechadas y escondidas ante el resto del mundo, que formaban el ‘Archipiélago Gulag’.

Continuará…

Montserrat Prieto
Solo soy alguien que nunca dejará de soñar con un mundo mejor. Que hace del aprendizaje una constante de su vida. Amante y defensora de la salud medioambiental, de los Derechos Humanos y de la Justicia. Escritora de cuentos y relatos

Montserrat Prieto Escrito por el Ago 15 2017. Archivado bajo Actualidad, Cultura. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

1 Comentario por “El infierno del Gulag (1ª parte)”

  1. Mayte Ingelmo

    Magistral y espeluznante relato sobre la barbarie de los regímenes totalitarios , que en nombre del pueblo y disfrazados de salvadores , lo masacracran.

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