Estimados hijos de puta

Estimados hijos de puta:
Lo cual, así dicho, puede llamar a equivocarse, por lo que aclaro sin demora y en primer término. Estimado no en su acepción afectiva y amistosa, no, si no de convicción, es decir que estimo, que estoy convencido, que no son ustedes unos presuntos, si no unos hijos de puta de los pies a la cabeza, sin paliativos, componendas o beneficio de duda alguno.

Habrá quién les aplique el calificativo, benigno, equívoco, de pirómanos, pero yo ese prefiero reservarlo para aquellos que tienen una enfermedad que les lleva a la necesidad compulsiva de prender fuego, pero no es el caso. Yo no sé qué necesidad compulsiva les guía a ustedes en sus actos y por tanto, y a la espera de un término científico que disimule algo su miseria moral, permítanme que les llame simplemente hijos de puta, la gente me va a entender.

Aclaremos, también, que el usted que empleo en esta misiva sin franqueo no es de respeto, como algunos poco avisados podrían suponer, sino que es tal la aversión, el asco, que sus actos me producen, tal la necesidad de separarme de ustedes, incluso como especie, que el único término que me aleja para nombrarles es este que siempre marca distancias.

Pero a lo que íbamos, ustedes a destruir y yo a explicarles el porqué de mi carta.

Ayer, por motivos familiares, tuve que desplazarme a mi ciudad de origen, a Orense. Llegando a Puebla de Sanabria, ya se apreciaba en el ambiente una cierta bruma, inconsistente, leve, que le confería al paisaje un halo de irrealidad. Esa inconsistencia fue revirtiendo en consistencia según descontaba kilómetros hacia mi destino hasta que, pasado el túnel de La Canda,  esa bruma se convirtió en un denso y odorífero humo que traía a nuestra pituitaria el olor de la vileza y a nuestras gargantas el sabor acre y picante del fuego que quema indiscriminadamente.

El sol, ese fuego que preside nuestros días, era una bola perfectamente perfilada de color rojo vergüenza por lo que estaba viendo desde sus alturas. Rojo vergüenza, rojo rubor, que a menudo se ocultaba para no seguir viendo tras la capa espesa de humo que enmascaraba el paisaje. El monte, el campo, componían un damero infernal de casillas verde vida, cada vez mas escasas según avanzábamos en nuestro camino, y negro hollín, negro miseria, negro muerte, jalonadas por esqueletos de lo que hasta hacía no mucho, tal como atestiguaban sus restos aún humeantes, habían sido árboles. No llegamos a ver ningún fuego, la densidad del humo en algunos momentos apenas dejaba ver lo necesario para poder continuar el camino. Bueno, por eso o por la poética sensación de que incluso el fuego se avergonzaba de lo que le estaban obligando a hacer y se escondía tras su propia humareda.

La sensación opresiva, la inevitable idea de que las puertas del averno estaban apenas unos metros más adelante en todas las direcciones, solo contribuía a lacerar el alma, de la que los ojos son a veces espejo pero en este caso ventana, aún más. Un alma que se condolía viendo en negro esa laderas que en breve deberían de reventar en los amarillos de la mimosa, del toxo, de la xesta. En esas laderas frondosas de pino, de castaño, de salgueiro, y de eucalipto, maldita sea, también de eucalipto. De ese eucalipto invasor e invasivo que tanta responsabilidad tiene en favorecer sus planes y hacer de los fuegos esa orgía de devastación que tan adecuada parece ser para sus planes.

Claro, que esa es otra. ¿Cuáles son los planes de unos hijos de puta? ¿qué fines persiguen? No lo sé. Bueno, seamos sinceros, depende del nivel del hijo de puta del que hablemos, porque hay niveles. El de los que las autoridades acabarán cogiendo, porque los acabarán cogiendo, el fin de los hijos de puta pringados que plantan los fuegos es el de cobrar los aproximadamente cincuenta euros por foco que les paguen. Ya el fin de los hijos de puta de siguiente nivel, el de los expertos que planifican y coordinan para hacer el mayor daño posible, y que supongo que también será económico, me resulta más difícil de imaginar. Pero el que me resulta absolutamente inimaginable, por procaz, por inhumano, por miserable, es el de los hijos de puta mayores, esos que nunca cogerán y que son los que parten el bacalao, los capos del fuego.

“Pero el que me resulta absolutamente inimaginable, por procaz, por inhumano, por miserable, es el de los hijos de puta mayores, esos que nunca cogerán y que son los que parten el bacalao, los capos del fuego.”

Hay quienes ya les llaman terroristas, pero al menos el terrorista tiene la excusa de pensar que tiene una motivación moral, religiosa o política para cometer sus aberraciones, y esa excusa los hace humanos, lamentablemente humanos, pero humanos. No es su caso. Seguramente serán ustedes morfologicamente, biologicamente, constitucionalmente humanos, pero moralmente ustedes perteneces a otra especie, a la de los hijos de puta.

En fín, no me voy a alargar más, entre otras cosas porque esta carta solo está escrita para poder vaciar el dolor que siento por mi tierra, por sus gentes, por sus seres hasta hace una horas vivos y hoy abrasados por su miseria. Pero en ningún caso porque piense que los hijos de puta tengan oídos o entendimiento suficiente para entender de lo que hablo, ni mucho menos tenga la esperanza de que puedan sentirse aludidos.

Deseándoles, en la convicción de que nunca será suficiente, el mayor de los sufrimientos, se despide sin el más mínimo atisbo de sentimiento de empatía.

Rafael López Villar

En Orense a 17 de noviembre del 2017

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Rafael López Villar Escrito por el Oct 17 2017. Archivado bajo Actualidad, Nacional. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

4 Comentarios por “Estimados hijos de puta”

  1. Arcadio

    Totalmente de acuerdo… las cosas muy claras

  2. Montse

    Comparto absolutamente el dolor de nuestros compatriotas gallegos. El espanto que han vivido estos días no sólo me ha conmovido y entristecido profundamente sino que ha provocado una gran impotencia e indignación, similar a la que pueda haber sentido el autor de este artículo.
    No dejo de preguntarme, ¿pero a qué clase de especie pertenecen estos seres tan miserables? Una cosa es segura, humanos no son.
    Es un crimen perpetrado no sólo contra el pueblo gallego, también contra todo el país.
    Destruir la vida y el medio ambiente merece ser castigado con la máxima severidad.
    Mi total apoyo y afecto están con Galicia

    • Rafael

      Es un bulo. No se puede contruir en terrenos quemados hasta pasados 30 años, salvo que sea de interes publico, en cuyo caso deberia de pasar por el parlamento.

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