En defensa de los valores

“Todos, todos me miran al pasar, menos lo  ciegos, es natural” y mi sensación actual es que estoy rodeado de ciegos, de los peores ciegos que  existen, los que no quieren ver.

Al parecer esta ceguera que se ha apoderado de la sociedad de unos años a esta parte, pero que aún debería de ser reversible, se desarrolla de una forma insidiosa, paulatina, casi voluntaria, de tal forma que el ciego lo acaba siendo por su propia determinación.

Empieza viendo solo la realidad que le rodea con un solo ojo, el que le marca su ideología, mientras cierra el otro cada vez con más fuerza hasta que, víctima de la misma inoperancia, del sistemático olvido de la función se desconecta definitivamente y  produce una ceguera parcial en el individuo que a partir de ese momento no tendrá más opción que seguir mirando sesgado.

Aunque esta pérdida pueda parecerle a algunos irrelevante e incluso conveniente a otros, la verdad es que realmente es irreparable porque ciertos valores solo son apreciables, solo son aceptables desde una perspectiva de visión dual. Esos valores dañados, olvidados, perdida la perspectiva son además los valores fundamentales que todo hombre de bien debería de defender por encima de sus propias y parciales convicciones: La Justicia, la Verdad, la Solidaridad, la Libertad y el Respeto.

Ninguno de estos valores es defendible si el individuo se empeña en mirar con un solo ojo y olvida que hay siempre, siempre, otra perspectiva de cualquier suceso o problema que es, como mínimo, tan válida como la suya.

La Libertad que hay que defender no es la propia, es la ajena. La solidaridad que hay que practicar no es con los que nos son afines, si no con los que nos son ajenos. La Justicia que hay que lograr no es la que dicta lo que yo creo si no la que preserva la inocencia en su máxima posibilidad. La Verdad que tenemos que buscar no es la que hace a unos mejores que a otros si no la que nos permita ser  a todos iguales. El respeto que tenemos que sentir, no el que practicamos, si no el que nos tiene que salir de dentro, el que nos permite escuchar las ideas de los demás, aunque sean contrarias a las nuestras, con la misma ecuanimidad y atención, o mayor según el grado de perfeccionamiento, con la que ellos deberán de escuchar las nuestras.

“El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.”

El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.

No puedo evitar cada vez que me asomo a las redes sociales sorprenderme de la bajeza que practican sectariamente personas que en la vida real, en el encuentro físico me parecen personas inteligentes y razonables.

Supongo que el anonimato, aunque sea nominal, del ordenador, el no estar físicamente sosteniendo lo dicho hace que muchas personas, insisto inteligentes, aparentemente ecuánimes, comprometidas con los valores, entren en una atroz carrera por decir la burrada más ocurrente, la patochada más soez e innecesaria, la barbaridad más insostenible, la irrespetuosidad más miope sobre los más diversos temas y personas, sin darse cuenta que lo mayores reos de sus disparates son ellos mismos y su credibilidad.

No dudo, en realidad estoy convencido, de que como los avaros de los cuentos su única satisfacción será frotarse las manos mientras recuentan los me gusta y los comentarios huecos y lisonjeros que responden a sus palabras.

Yo, que pretendo seguir siendo yo y para eso necesito que los demás sigan siendo los demás, todos, sin excepción, me declaro reo de mis palabras, sean escritas orales, firmadas o sin firma, porque mi único interés es la preservación y perfeccionamiento de los valores individuales fundamentales. Verdad, Justicia, Solidridad, Respeto  y como consecuencia Libertad.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Rafael López Villar Escrito por el Mar 9 2017. Archivado bajo Actualidad, Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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