El diván de mi vecina

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Jorge Luis Ballart – Diván para Vincent van Gogh

Mi vecina debe tener un curriculum impresionante, sabe de todo y cuando hablo con ella siempre sienta cátedra, así que he decido darle vacaciones si quiero que mi autoestima no termine por los suelos. Y, buscando sustituir el tiempo que dedicaba a tan ilustre persona me refugié en las redes sociales sociales con la intención de buscar aquí y allá información que reforzara mis conocimientos, lo que hizo que me encontrase con un montón de personas iguales a mi vecina o, aún peor, porque también estaban muy cabreados.

¿Seré un tonto en un mundo de sabios?, me pregunté. Y no encontrando respuesta decidí plegarme a mi mundo interior buscando, al menos, reforzar mi espíritu  con la paz necesaria para equilibrar tanto desasosiego  causado por mi ignorancia.

Pero, incapaz de administrar mis emociones por tanta frustración, decidí ponerme en manos de un terapeuta y buscando en las páginas amarillas on line, decidí llamar a uno que en su anuncio prometía solucionar una larga lista de patologías mentales y emocionales. Me citó a su consulta al día siguiente.

 

” no encontrando respuesta decidí plegarme a mi mundo interior buscando, al menos, reforzar mi espíritu  con la paz necesaria para equilibrar tanto desasosiego  causado por mi ignorancia.”

Acudí a su despacho que, paradójicamente, estaba en una calle denominada “los sabios”, y me encontré a un hombre trajeado con corbata de unos cincuenta y muchos años, muy estirado y con una voz tan solemne que parecía escucharse cada una de las palabras que salían por su boca. Dejándome hablar de mi vida transcurrió una hora y media, tiempo más que suficiente para desnudar mis más de cuarenta años. Creo que, menos mi nacimiento del cual no logro acordarme, le conté todo. Pagué noventa euros, el precio por la primera consulta en la que él nada más hizo que divagar  al inicio sobre lo divino y lo humano, así como sobre las carencias de la mayoría de los individuos para saber administrar sus emociones. Lo llamó falta algo así como inteligencia emocional.

Durante casi tres meses, dos veces por semana acudí a su consulta a sesenta euros cada una, más las botella de agua que me compraba en el quiosco de abajo de su despacho para lograr combatir la sequedad de boca que mis narrativas me dejaban a lo largo de una hora en la que no paraba de hablar, con la ansiedad de no dejarme nada en el tintero, ante lo cual él sólo respondía con palabras sueltas tales como “continúa”, “interesante”, “bien”, siempre mirándome por encima de sus gafas redondas; y en momentos de más generosidad con preguntas tales como ¿y que hiciste?, ¿por qué actuaste así?, ¿cómo te sentiste?…

Después de tanto tiempo y haciendo cuentas de lo que me había gastado en el tratamiento, empecé a preguntarme sobre la eficacia del mismo, y sobre si no me compensaba más desahogarme con un amigo o con el cura de mi parroquia, aunque este último lo descarté ante la vergüenza de no haber pisado la iglesia desde mi confirmación, pero también porque los santones nunca me han gustado. Claro que, mi amigo, el único en el que puedo confiar ya tiene bastante con solucionar los problemas de su familia de tres hijos en edad de pavo y una mujer doce años más joven que él. Así que, encontrándome al igual que al inicio  después de una terapia  de la que no he logrado adivinar en qué consiste, empecé a rebobinar.

Llamé a la puerta de mi vecina y como si no hubiese transcurrido el tiempo, empezamos a hablar; bueno, empezó y siguió hablando ella desde el púlpito que siempre lo había hecho. Sin embargo, la historia no se repitió pues algo en mi cabeza, como un clic o un replicar de dedos, hizo que me viese  en la consulta de mi caro terapeuta; pero invirtiendo los papeles, yo era el que escuchaba y ella la que hablaba.

Empecé a darme cuenta de sus carencias al adoptar un juicio crítico  ante unos razonamientos que, lejos de ser verdades absolutas no eran más que un castillo de naipes construido sobre generalidades y falsas ideologías propias de una moral acomodaticia y sobre una visión de la realidades tergiversadas por los medios y la influencia de las redes sociales.

Pero, sobre todo, de lo que me di cuenta es que yo era mi mejor terapeuta y que, podía ser tont pero no tanto como muchos que hablando de todo no saben de nada.

Feliciano Morales

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

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Feliciano Morales Escrito por el Jul 7 2017. Archivado bajo Actualidad, El divan de mi vecina. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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