El diván de mi vecina. Sálvame

De la vecina de enfrente no se puede prescindir por mucho que su carácter sea incompatible con el de uno, no sólo porque al enemigo hay que tenerlo cerca, incluso más cerca que a los propios amigos, conforme dijo Michael Corleone en la película “El Padrino II”, para de esta forma poder controlar sus movimientos y sorprenderle antes de que sea él quien nos sorprenda a nosotros con acciones que nos pueden perjudicar.

Aunque en este caso mi vecina no es un enemigo declarado o sin declarar, pero si un poquito peligrosa en cuento a sus prejuicios en contra de los que no pensamos como ella, más que todo porque su encasillamiento hacia las personas no responden a la realidad sino a la respuesta de su pequeño mundo mental e ideológico, donde la tolerancia no es su principal característica.

Además, la vecina de enfrente te puede sacar de vez en cuando de algún atolladero doméstico, como darte un poco de sal cuando se nos ha olvidado reponer la nuestra, dejarle una copia de las llaves para poder entrar en nuestro domicilio en el supuesto de olivarnos las nuestras en su interior o para que te recoja el correo cuando nos vamos de vacaciones, entre otros muchos supuestos. Éste fue el caso que ha dado pie a la historia que trato de contarles esta vez, en concreto el haberme quedado sin azúcar para un postre que estaba preparando para una cena doméstica con unos amigos.

Tal necesidad, me hizo apresurarme al domicilio de mi vecina con un vaso en la mano para que pudiera darme un poco de tan preciado elemento para los golosos como yo. Tras tocar el timbre no tardó mucho en abrirme la puerta, casi diría que estaba esperándome detrás ella, quizá porque su curiosidad al cerrar la mía, le hubiese llevado a echar un vistazo por la mirilla, aunque no puedo asegurarlo a diferencia de otras veces que había notado el ruido de la pequeña chapa que cubre esta óptica antirrobo y cotilla.

Como siempre, entre personas educadas los buenos días intercambiados de ambos fue seguido de la pregunta de ella, obvia tras percatarse del vaso que llevaba en mi mano como si estuviese pidiendo limosna: “¿que vecino, necesitas sal?”. “no vecina, necesito azúcar para endulzarme un poco la vida”, respondí; lo cual dio pie a que ella, dentro de su sarcasmo habitual añadiese: “¿Tan mal te van las cosas, vecino?.

Pude percatarme de su intención como siempre de estimular mi ego, motivo por el cual, dentro del autocontrol que estaba empezando a dominar tras la convivencia con mi vecina, la respondí con bastante sosiego en comparación a esas otras veces que consigue sacarme de mis casillas: “no vecina, las cosas me van estupendamente, sólo que tengo una cena con unos amigos esta noche, y me he quedado sin azúcar para el postre que estaba dispuesto a prepar”.

De repente, encontrándome sumido en este interrogatorio de tercer grado que suele ser costumbre en los encuentros con mi vecina, mi móvil empezó a sonar, comprobando en la pantalla que era la llamada de la pareja que había invitado a la cena, por lo que me vino el presentimiento que el compromiso no iba a poder hacerse realidad. Así fue, Nacho me llamaba para decirme que, inexplicablemente, Marta, su novia se encontraba indispuesta, motivo por el cual no podrían asistir a la cena, por lo que, tras pedirme mil y una disculpas, me pidió, asimismo,  pospusiésemos el encuentro para otro día en su casa.

Quitando importancia a la situación antes de colgar el teléfono, mi vecina con su vista de lince y oído de serpiente se percató del plantón que me acababan de dar por lo que no tardó en iniciar un nuevo interrogatorio: “qué ha pasado, vecino, ¿te han dado plantón?”, “así es”, respondí, “parece ser que una situación de fuerza mayor nos obliga a suspender la cena”, añadí.

Entonces qué plan tienes para esta noche”, me preguntó, de nuevo; “pues comerme lo que he guisado, yo solo, entre esta noche y mañana”. ¿Para qué se me ocurriría ser tan sincero, o más bien tonto?, pues conociendo las salidas de mi vecina más me hubiese valido decir cualquier otra cosa que me hubiese alejado de mi hogar, pero sobre todo del suyo. “¿Por qué no traes la cena aquí a mi casa y te acompaño?, yo pongo el vino y hago el postre”, me propuso. La verdad es que no me apetecía absolutamente nada, pero negarme a la propuesta hubiese resultado descortés por mi parte, así que acepté al no encontrar otra salida.

Me invitó a tomar asiento en el diván de siempre, que ya parece más mío que suyo, ofreciéndome un café mientras preparaba la parte de la cena a la que se había comprometido. Acepté el café con la condición de que ella también se tomase otro, “vale”, dijo ella, “pero, acompáñame a la cocina”, concluyó.

Sustituyendo el diván por un taburete de cocina, tuvimos una conversión intrascendental para lo que, habitualmente, suelen ser las conversaciones que tenemos, centrándonos tras hablar del tiempo en recetas de cocina, sobre todo de repostería y postres que es lo que peor se me da, por lo que aproveché bolígrafo en mano a tomar determinadas notas.

No tardó más de media hora en hacer una tarta de manzana, aprovechando el tiempo en el que ella ponía la mesa en ir buscar la cena que yo tenía preparada a mi casa. Tras hacer dos viajes de ida y vuelta entre domicilios, por fin nos dispusimos a cenar, elogiando ella durante el ágape mi buena mano con la cocina, lo cual agradecí enormemente como recompensa a mi trabajo, aunque para mi cocinar no supone ningún esfuerzo.

Empezando el delicioso postre que ella había hecho, que tampoco tardé mucho en valorar muy positivamente –les recuerdo que soy enormemente goloso-, se levantó de la mesa para encender la televisión, tras preguntarme si me importaba. La verdad es que no me gusta ver la tele mientras como, sobre todo cuando lo hago en compañía pues considero más interesante una conversación que el oír un ruido de fondo, pues salvo algún programa interesante, es para lo que uso este electrodoméstico, para meter ruido.

Pero, peor no podía ser la propuesta, habida cuenta que el canal seleccionado por ella lo tengo vetado en mi televisor,  por el chismorreo que llena las tardes entre semana y las noche del sábado. Creo que habrán adivinado a que cadena me refiero, así como el programa en cuestión cuya única diferencia entre ambas franjas horarias es la cursi expresión de “Deluxe” ulterior a su nombre diario, “Sálvame”, no sé si como petición de ayuda para quienes no soportamos este tipo de prensa más que amarilla, carente de todo tipo de ética; o porque quienes en él intervienen, algunos que se consideran periodistas, hunden en la miseria a personajes o personajillos que, aunque participan por su rentabilidad en él, deben ser salvados de la gran cantidad de mierda que arrojan sobre ellos, haciendo juicios de valor que quien ejerce el periodismo debería abstenerse de hacer, porque su única obligación es mostrar unos hechos dejando al espectador o lector, en su caso, que sea quien juzgue lo que se le expone.

“porque quienes en él intervienen, algunos que se consideran periodistas, hunden en la miseria a personajes o personajillos que, aunque participan por su rentabilidad en él, deben ser salvados de la gran cantidad de mierda que arrojan sobre ellos, haciendo juicios de valor que quien ejerce el periodismo debería abstenerse de hacer”


Ahora bien, si dichos “periodistas” de pacotilla deben ser criticados, peor son los que se atribuyen dicha profesión sin serlo, y no me refiero al título universitario que los habilita como tales, pues algunos no siéndolo, su conducta y profesionalidad, pero sobre todo su decencia, les hacen  más merecedores del mismo que a los que me he referido antes. Citar nombres sobra, porque todos, absolutamente todos los que participan en él como colaboradores, amén de la propia dirección, no pueden ser más pendencieros.

Sin embargo, hay una persona que, a la que a tales calificativos hay que añadirle otros como el de ignorante, en el sentido de carecer no sólo de conocimientos de cultura básica, sino de expresión verbal, exigencia mínima para alguien que pretende comunicar algo, pero sobre todo por la osadía y resentimiento con el que actúa, bautizada como la “princesa del pueblo”, cuando el calificativo que más le pegaría sería el de “princesa de las chonis”; además de esperpéntica y grosera, sobre todo cuando cuenta las cosas porque le “salen del…”, como ella misma dice.

Esta vez mi vecina coincidió conmigo, claro que no hablábamos de política, sino de determinados seres de la especie humana que han hecho de su vida y de la de los suyos un espectáculo -durante bastante tiempo de una menor-, sólo por venganza hacia el padre de ésta, primer amor de su vida por el que no fue correspondida, y que, aunque se lo pueda merecer no tiene sentido después de tanto tiempo, salvo que se haya convertido en una patología de su retorcida psicología. Creo que ya habrán adivinado a quien me refiero, ya que su nombre prefiero no pronunciar.

Aunque nuestro juicio negativo, el de mi vecina y el mío, sobre ella, pensamos que no podría empeorar, sin embargo, en este tercer o cuarto programa que estaba viendo por imposición, igual que los anteriores, aunque aquellos en alguna sobremesa en compañía de alguien con mucho interés en verlo; el colmo de los colmos o la falta de escrúpulos de esta mujer presa de la infamia del programa que la ha llevado al estrellato de la inmoralidad, predicable también respecto de sus fans y tele espectadores que sustentan este circo televisivo, creo que ha alcanzado su zenit al hacer un espectáculo de la enfermedad de la actual mujer de aquel, quien presa de una situación de enajenación mental, conforme relato de tan abominable princesa, intentó buscar en ella cierto cobijo a sus fantasmas psicológicos.

Queridos “belenistas” esta es vuestro ídolo, una fracasada del amor, porque ella es incapaz de querer a nadie más que a ella misma y de olvidar al torero, haciendo sangre de todo lo que rodea, incluso a su actual mujer enferma.

Ojala que su actual “el Miguel” no tenga que sufrir el precio de la fama y la perniciosa actitud de esta mujer.

Eso sí, prometo no volver a ver este programa, ni siquiera por dar satisfacción a aquellas amigas que, como mi vecina, me hicieron verlo en anteriores ocasiones cediendo al chantaje de su compañía; entre otras cosas porque no quiero volver a ser cómplice de la falta de escrúpulos de una cadena televisiva que siempre ha buscado el espectáculo en las flaquezas y desgracias del ser humano.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Feliciano Morales Escrito por el Sep 10 2017. Archivado bajo Actualidad, El divan de mi vecina. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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