El amor

 

 

 

Es algo que falta. Es una cuestión de amor. Hay que cultivar lo que amamos y cuidarlo con mimo, porque eso es lo que a cada cual nos da un sentido en este bosque de complejidades en el que deambulamos más o menos perdidos. Hablo del amor en general, el amor en su sentido más amplio. El amor hacia las sábanas que te rodean cada mañana. Hacia la cuchara que remueve tu desayuno. Hacia esos semáforos que mantienen el orden en las calles. Por decir algo.

El amor se extiende en un plano muy amplio. Podríamos enumerar una amplia gama de amores, pero vamos a quedarnos con lo útil. Más bien, vamos a utilizar bien al amor. ¿Quién quiere amores que salen despavoridos o que te acuchillan por la espalda? En una sociedad en la que la masa, de la cual me quiero separar como el aceite del agua, no sabe ya a qué bando atacar porque todos los bandos parecen ser el mismo. El amor está a falta de atenciones y cuidados. Está a falta de usuarios que prefieren fingir que lo conocen a través de las redes, a través de la pura apariencia.

Ya no puede saberse a dónde hay que acudir en busca del amor. Nunca se sabe si todavía queda alguna máscara que quitar, si todavía hay algún filtro entre lo observado y quien mira. La edad de la adulteración es un producto de este supertecnológico siglo. La pureza de una relación nunca podrá volver a ser genuina. Estamos contaminados por las pantallas. Pantallas que hacen de pseudopsicólogo barato, que solo nos escupen lo que queremos ver y apartan lo que no.

 

“Estamos contaminados por las pantallas. Pantallas que hacen de pseudopsicólogo barato, que solo nos escupen lo que queremos ver y apartan lo que no.”


Ya son muchas las personas de este mundo que no lo han conocido sin una pantalla entre las manos. El mundo es ahora rectangular y para siempre, y el amor se ha quedado dentro de tales rectángulos, adaptándose a esta recortada forma, cortando sus amorfas alas. Ya no hay sorpresas. La distancia ha muerto. Lo original estalló de pura originalidad y se quedó al nivel de lo banal. Estamos en la era de la repetición, de la copia, de la copia de la copia. El momento en el que el arte ha desaparecido, precisamente por poder estar en todos los sitios.

El amor ahora se ve en 1920×1080 píxeles, posando para la cámara y con tres filtros para maquillarlo. Aunque, al amor no se lo cargaron las pantallas ni internet. El amor a veces no es conocido por uno ni siquiera para sí mismo. Hablo del amor propio. Su ausencia condena a los que nunca se preocuparán de buscarlo y más aún a los que lo han encontrado y no pueden compartirlo.

La falta de amor propio es la minusvalía de este siglo. Consiste en el desconocimiento de uno mismo y la ausencia de preocupación por solventarlo. Consiste en una falta de consideración para sí mismo y para la propia integridad del ser humano. Consiste en una autonegación de la propia dignidad, valor que cualquier persona debería preocuparse por cultivar y respetar, tanto la suya como la ajena. Sin amor propio no se puede proyectar un amor claro hacia nada ni nadie.

“La falta de amor propio es la minusvalía de este siglo.”


Solo con saber que ahora la vida se reduce a mirar a través de rectángulos llenos de letras, imágenes y sonidos, y que estos rectángulos no son libros, me hace tener la certeza de que estamos muy al principio en la historia de la evolución intelectual del ser humano.

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Diego Carrera Martín Escrito por el Oct 26 2017. Archivado bajo Actualidad, Vida. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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