El abandono social

abandono social

Entre la vorágine de las grandes noticias nacionales e internacionales se cuelan, solo a veces, pequeñas reseñas escabrosas que nos deberían de dar el pulso del día a día, ese que la calle se toma de vez en cuando en las cuitas del vecino o del conocido.

Nuestra cabeza sigue desbocada las falcatruadas de los políticos de todo pelo  en su carrera por conseguir un mundo peor sin percatarnos, la mayoría de las veces, de que ese mundo peor ya lo están viviendo algunas personas a nuestro alrededor. Nuestros jóvenes sometidos a una degradación del mercado laboral agravada por las políticas económicas y las tendencias mundiales viven en un permanente sobresalto sobre su futuro sin que nadie les explique, con una cierta solvencia que en esta cuestión, y hasta que se resuelvan ciertos conflictos entre la decencia y el interés, cualquier tiempo pasado fue mejor. ¡qué digo¡, mucho mejor. Leí hace años un relato en el que trabajar costaba dinero en una sociedad del ocio que buscaba desesperadamente en que utilizar un tiempo que se le hacía excesivamente largo. Y no estamos tan lejos.

Pero no solo nuestros jóvenes son víctimas de los tiempos que corren y los gobiernos que dicen gobernar, y gobiernan para ellos, sus representados y sus intereses, no. Casi todos los colectivos que adolecen de debilidad y son incapaces de organizarse, casi todos los colectivos que no son ideológicamente rentables, o saben ejercer una presión social imprescindible para significarse, son abandonados de forma inmisericorde.

Y entre todos esos colectivos el peor tratado, el más abandonado, el que menos atención recibe porque es tan visible que se hace invisible, es el de nuestros mayores. Sus necesidades no mueven votos, ni páginas de los periódicos salvo que protagonicen una noticia macabra, ni son capaces de saltar al mundo de la presión que no dominan, cuando tienen aún la vitalidad y recursos necesarios para intentarlo, que no son muchas veces.

Saltaba hace unos días la noticia de una mujer de 83 años que mataba a su hijo, discapacitado, ciego y sordomudo, e intentaba luego suicidarse ella. Es difícil leer la noticia sin conmoverse. ¿Qué tremenda soledad, qué desesperación, qué infinito amor pudieron llevar a esa mujer a lo que hizo? Según sus declaraciones no quería que sus otros hijos tuvieran que soportar la carga que ella había llevado durante sesenta y cuatro años. No quería que su hijo discapacitado sufriera una falta de cuidados que solo ella se sentía capaz de darle.

No quiero imaginarme el dolor que esos otros hijos, ni siquiera el sentimiento interno de no haber logrado que su madre sintiera su calor, su cercanía, su compromiso. Los hijos, la sociedad entera, estamos tan ocupados con nuestras vidas que a veces nos falta el tiempo imprescindible para demostrarle nuestro amor a los que nos rodean, ese amor a veces oculto tras la prisa, o la mala contestación o el enfado del que realmente los destinatarios somos nosotros mismos aunque lo paguemos con ellos. Estamos tan absortos en nuestra vida, en nuestra prisa, en nuestro ir y venir de ocupaciones irrenunciables que nos faltan esos cinco minutos de amor hacia quienes nos necesitan.

Nuestro mayores sufren en muchos casos solos, con soledad económica, qué duda cabe, pero también con soledad emocional. Acostumbramos, justamente, a demandar del gobierno, de los políticos en general, una mayor justicia social, en dinero y en prestaciones, que evite esa soledad rayana en la miseria que la deficiencia de las pensiones y la racanería de los presupuestos hace evidente para quienes nos preocupamos de mirar hacia ellos. Pero existe también la miseria emocional de los que los rodeamos, de las familias cercanas en parentesco pero alejadas en presencia, de los amigos que se van volviendo escasos y perdiendo presencia por carencias físicas o lejanías ciudadanas.

“Nuestro mayores sufren en muchos casos solos, con soledad económica, qué duda cabe, pero también con soledad emocional (…) “

Y la soledad se va haciendo más densa, y la soledad con problemas se va haciendo más absorbente, y la soledad con dificultades económicas se va haciendo un muro insalvable que se va comiendo las energías y el raciocinio de los que padecen esas soledades.

Ahora los pensionistas salen a reivindicar un más que justo, un solidario e imprescindible, empujón a las pensiones que en el momento actual más parecen una dádiva dada mirando al vacío que un derecho adquirido por personas que han trabajado para poder tener derecho a él. Pensiones miserables y contrarias a toda justicia social, que encima pagan impuestos, que contrastan, debería ser vergonzosamente pero no lo es, con los sueldos vitalicios, las prebendas sociales y los beneficios de toda índole de los que se surten los políticos de turno.

Pero, como se dice en el campo, el agua del cielo no quita riego. Bien está enmendar toda esa injusticia, toda esa debacle administrativa, toda esa insolidaridad social que esta sociedad mantiene respecto a sus mayores, pero ¿qué tal si empezamos por evitar la soledad? ¿el abandono? ¿el desapego? Intentemos mirar a nuestros mayores con la mitad de la ternura que empleamos en mirar a nuestros niños o a nuestras mascotas y habremos conseguido, casi como por ensalmo, colaborar a hacer este mundo un poco mejor, un poco más justo, un mundo más digno en el que vivir y envejecer. Y está en nuestra mano, en la de todos y en la cada uno.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

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Rafael López Villar Escrito por el Mar 4 2018. Archivado bajo Actualidad, Vida. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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