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El diván de mi vecina. Ave María Purísima

Los contrastes de mi vecina cada vez me sorprenden más. De feminista recalcitrante de hace sólo una semana a católica beata. Y no es que me parezca mal o me moleste este último papel que ha asumido, porque, como no puede ser de otra manera cada uno es libre de pensar lo que le dé la realísima gana, aunque hay muchos y muchas que la tolerancia que piden para los demás no va con ellos. Éste es el caso de mi vecina.

Nunca he manifestado abiertamente mi sentido o creencias religiosas porque pienso que eso forma parte de mi intimidad, claro está, salvo a las personas más cercanas a mi y, discúlpenme si sigo manteniendo esta postura, creo que lo entenderán. Pero mi vecina no lo entiende, es más, con ella, con la que no suelo tener muchas reservas –no se si a partir de este momento seguiré con esta misma actitud-, porque ha llegado a tacharme de “rojo ateo”, simplemente porque le he manifestado que no entiendo esos contrastes que evidencian sus creencias, aparte, claro está, de las contradicciones que manifiestan. Ahora bien, si de lo que se trata es de tener una moral acomodaticia cogiendo lo que le parece de cada cosa, entonces no tengo más que decir.

La cuestión es que mi vecina que no suele pisar la iglesia salvo en ocasiones que así lo exijan por eso de que hay que mantener una compostura social o apariencia ante los demás, dígase, en entierros, bautizos, bodas y demás ceremonias en las que hay que cumplir con las personas más próximas; hace unos días que la vi entrar en la parroquia del barrio, motivo por el que mi lado femenino de curiosidad insaciable cuando no entiendo bien ciertos comportamientos, decidí seguirla y, medio a escondidas.

Penetré también en el templo, quedándome en los último bancos en actitud de recogimiento pero sin perderla ojo, mientras ella avanzó a las primeras filas, y tras santiguarse, se puso de rodillas tapándose la cara con las dos manos. Nunca he entendido porque hay que taparse la cara para entrar en trance con el más allá.

En dicha actitud permaneció un buen rato, o al menos eso me pareció a mi, porque el tiempo se me hizo un pelín largo, hasta que la final volviéndose a santiguar, se incorporó y dirigiéndose a una capilla que hay en un extremo, introdujo varias monedas en un portavelas moderno, en el que, en función de las monedas que iba metiendo se iban encendiendo las lucecitas de  las velas de plástico, alzando a continuación la vista a la imagen de un Cristo crucificado que siempre, desde niño, me había dado un poco de miedo por lo ténebre del lugar y por el sufrimiento que transmitía su cuerpo lleno de girones y sangre, y cuyos ojos medio entornados y con semblante rígido parecen obsérvate con una mezcla entre benevolencia y clemencia.

Tras haber hecho el trueque, me imagino, de yo te doy a cambio de que tú me des -interpretación que siempre he dado a este mercantilismo eclesiástico-, volvió de nuevo a santiguarse, por tercera vez, a la vez que abandonaba dicha capilla dirigiéndose a la salida.

Me apresuré a salir antes que ella para que no me pudiese ver, sentándome a continuación en uno de los bancos del parque próximo al templo por el que era obligatorio pasar, disimulando con el móvil en la mano, como si estuviese mandando un mensaje a alguien, con el objeto de hacerme el encontradizo con ella y averiguar su repentina actitud tan beata.

Así fue, mi vecina se percató de mi presencia y se dirigió al banco en el que fingía descansar aparentando de no enterarme de nada de lo que sucedía a mi alrededor, y tras el intercambio obligado de saludos, le manifesté que no me había percatado de su presencia en la zona, a lo que me respondió que no es que estuviera ya en el parque, sino que venía de la parroquia de hacer unas gestiones. “¿Gestiones?”, le pregunte, expresión que parecía corroborar esa forma mía de ver la oración llena de peticiones interminables a cambio de una cuantas monedas; manifestándole con cierta sorna, “hija parece que vienes de una gestoría en vez de una iglesia”. Broma que no aguantó y que le llevó a juzgarme de la manera que he indicado antes. “Vecina, no te pongas así”, añadí intentando apaciguar la situación.

Más calmada, tras unos segundos de silencio tenso, me respondió aunque con cierto desaire: “sí, gestiones”, las mismas que hacéis vosotros para jorobar a una institución como ésta que tanto bien hace a la sociedad. “¿Nosotros?” la interpelé con cierto asombro. “Si vosotros, los de la izquierda”, contestó.

Mi buen talante se iba transformando por momentos en un cabreo que me iba carcomiendo por dentro, por lo que mi respuesta obligada fue la de pedirle que no me metiese en el mismo saco que al resto de la humanidad a la que estaba condenando a las penas del infierno por no tener ni la misma conducta ni las mismas creencias que ella, volviéndola a interpelar con una nueva pregunta: “¿y que hacemos, según tú, para jorobar a la iglesia?”. Se quedó pensativa un breve momento, mascullando la respuesta: “intentar quitarle las ayudas, exenciones y beneficios fiscales que tiene”.

“¿y que hacemos, según tú, para jorobar a la iglesia?”. Se quedó pensativa un breve momento, mascullando la respuesta: “intentar quitarle las ayudas, exenciones y beneficios fiscales que tiene”.


Mi asombro iba in crescendo por el juicio al que estaba siendo sometido, como si fuese el único culpable anticlerical del mundo. “Yo no quito nada a nadie”, le dije, añadiendo: “de todas formas, Jesucristo dijo: dar a Dios lo que es de Dios, y al Cesar lo que es del Cesar, aunque entiendo que, como institución debe sobrevivir, pero para eso está la caridad”, concluí a la vez que me despedí de mi piadosa e intolerante vecina. “Adiós vecino”, me contestó con desairé mientras abandonaba el lugar, zanjando el tema con la única frase con la que quienes no tienen razones suelen terminar sus interpelaciones: “contigo no se puede hablar”.

Y allí me quedé, como un pollo al que le quitan el cuello después de haberlo desplumado, susurrando para no crispar más los ánimo: “Ave María Purísima”. Pero ella me contesto: “sin pecado concebida”.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

De la Lógica y el sentido común (porque no todo lo que parece es)

Uno de los grandes debates que mantengo con mi mujer es sobre la unicidad de la lógica. Pero este debate parte de una falsedad patente. Lo que ella llama lógica es lo que popularmente se conoce como sentido común que no es más que un atajo en el que las certezas se sustituyen por evidencias.

Como experto en lógica informática, asignatura que enseñé durante muchos años, tengo muy claro que la lógica no solo no es única, si no que existen tantas lógicas como personas y posiblemente, aunque esta es una aseveración que precisaría un estudio exhaustivo, existen una lógica masculina y una lógica femenina que tienen un objetivo común pero que se estructuran de diferente forma.

Dirigí durante algunos años, bastantes, equipos de programadores cuya labor era el desarrollo y mantenimiento de programas a medida, allá cuando los lenguajes no eran estructurados y las bases de datos eran lo que nosotros programáramos. Una de las primeras cosas que aprendí es que ante ciertos problemas debes de escoger a una mujer o a un hombre y jamás indistintamente. Me explico, si necesito seguir la secuencia lógica de un problema para descubrir los pasos de un proceso, casi con toda seguridad, necesito a una mujer. No sé si es paciencia, intuición o capacidad mental pero los pasos que sigue una ordenación lógica les son más evidentes que a los hombres. Si lo que necesito es un proceso de depuración de una rutina para logra una mayor versatilidad o velocidad, me inclinaré por un hombre que pondrá en el empeño soluciones originales. No es un problema de capacidades, tanto unos como otras están sobradamente capacitados para resolver cualquier tipo de tarea, es una cuestión de eficacia. Tiempo y rendimiento.

Pero no nos desviemos del tema y pongamos un ejemplo. Cuando empezaba el curso siempre ponía un ejercicio que en la mayor parte de los casos duraba todo el año lectivo: diséñame un organigrama para calcular una raíz cuadrada. Puedo asegurar que ningún alumno completó con éxito total el ejercicio, porque aunque los más brillantes lograban resolver el problema principal ninguno dejaba de caer en los saltos que el sentido común dicta. Todos obviaban el principio del problema dando por sentadas ciertas convenciones que la lógica no permite.

Pongamos un ejemplo ilustrativo aunque en diferente ámbito. Los hombres, hablo de los seres humanos,  trabajamos con la legalidad que se basa en la evidencia, porque nos es inaccesible la justicia que solo puede trabajar con la inalcanzable verdad. ¿Y cuál es la diferencia entre la evidencia y la verdad? La veracidad, porque si intentamos un acercamiento a la veracidad necesitaremos hacer un juicio paralelo de cada uno de los testigos, de cada una de las pruebas, de cada circunstancia anterior y posterior al hecho juzgado. La legalidad es lenta, la justicia eterna.

Había un programa en los años 77 y 78 en TVE, esa que era de todos, que se llamaba “El Monstruo de Sanchezstein” en el que Luis Ricardo, el monstruo en cuestión, tenía que ser dirigido por los niños mediante instrucciones simples y precisas desde su lugar de reposo hasta la zona de regalos y coger uno. Sencillo, ¿no? No. Todos los niños tendían a dar instrucciones inmediatas que Luis Ricardo no entendía.

¿Y cuál es la diferencia entre la evidencia y la verdad? La veracidad, porque si intentamos un acercamiento a la veracidad necesitaremos hacer un juicio paralelo de cada uno de los testigos, de cada una de las pruebas, de cada circunstancia anterior y posterior al hecho juzgado. La legalidad es lenta, la justicia eterna.

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  • Luis Ricardo, vete hasta donde está la muñeca y cógela. – Luis Ricardo emitía un ruido característico de incomprensión y no se movía- Luis Ricardo avanza veinte pasos- decía entonces la concursante, sin medir exactamente la longitud de la zancada que podía llevar al desastre de llevarse por delante el mostrador de premios y la consiguiente eliminación.

Luis Ricardo era especialmente picajoso en los ángulos de los giros, en las distancias y en los movimientos de cercanía.

  • Luís Ricardo gira a la derecha – Y Luís Ricardo se mareaba girando hacia la derecha como un trompo- Luís Ricardo gira un poco a la izquierda – Y Luís Ricardo se quedaba bloqueado decidiendo que era un poco.
  • Luís Ricardo coge el camión – ya cuando estaba cerca y no entendía que era eso de coger el camión y hacía su ruidito de no entiendo nada- Sube el brazo hasta que yo te diga, abre la mano, estira el brazo hasta tocar el regalo y cógelo. – bueno, eso sí era ejecutable siempre y cuando el regalo fuese de un tamaño razonable para una sola mano, porque si era grande podía suceder que al intentar cogerlo solo con una, lo tirase y el concursante se fuera a casa sin premio-

Muchos de mis alumnos lograron una secuencia lógica que resolvía la raíz cuadrada de cualquier número. Tampoco es muy difícil. Todos consiguieron lo evidente, pero ninguno logro la verdad. Muchos se olvidaban de preguntar cuál era número del que queríamos calcular la raíz cuadrada. Muchos se olvidaban de comunicar el resultado una vez obtenido. Muchos parecían ignorar que existen los números periódicos puros y no incluían una salida a un bucle infinito. Pero lo que no hizo nunca ninguno fue verificar sobre qué base numérica se trabajaba. Y el resultado puede ser diferente.

A veces algo tan elemental marca la diferencia entra la evidencia y la verdad. Entre la lógica y el sentido común.

El sentido común nos dice que siempre trabajamos en base decimal, la lógica lo pregunta. El sentido común nos dice que cuando se obtiene un resultado el objetivo está cumplido, la lógica nos obliga a comunicarlo e, incluso, a verificar que la comunicación se ha efectuado. El sentido común nos hace suponer que cuando nos cansemos de sacar decimales nos pararemos, la lógica nos pregunta si ya queremos pararnos o en cuantos decimales, con que precisión, queremos obtener el cálculo. El sentido común nos dice que no se empieza a calcular hasta que no hay número sobre el que calcular, la lógica nos obliga a preguntarlo o empieza a trabajar sobre el 0.

La lógica trabaja sobre el sí y el no, sin matices que únicamente son consecuencia de una concatenación de preguntas y respuestas. El sentido común es la presunción del matiz preferido como respuesta única. La Lógica obliga a la presunción de inocencia, el sentido común invita a la presunción de culpabilidad. Y no es pequeño el matiz.

Por eso cuando discuto con mi mujer y ella me dice que algo es lógico y que solo existe una lógica yo sé que ya no existe ninguna posible discusión, es de sentido común.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Del paso de la niñez a la ausencia de ésta

«De la falta de educación durante este gran golpe que es la pérdida de la inocencia, así como de la falta de educación del resto del tiempo que vivimos, es de donde se derivan todos los demás males de la humanidad, tanto en general como en particular».

 

No corresponde a ningún momento determinado de la vida. Qué va. Tampoco surge tras ninguna vivencia traumática de la niñez, aunque sí que puede fomentarlo. La pérdida de la inocencia es más bien pareja a la adquisición de conocimientos, a la absorción de una mejor o peor educación. Dependiendo de los incontables factores que varían las formas de educación, así será como varíe la formación de la personalidad de cada individuo. Y, aunque hay algo que está tan claro como el agua cristalina, seguimos obviándolo y esperando resultados diferentes aplicando siempre el mismo método. Me refiero a que todos somos diferentes y, consecuentemente, precisamos una forma de educación particular. No nos volvamos locos, es tan simple como permitir a esa nueva personalidad floreciente ser ella misma. Es la única forma de saber lo que necesita para desarrollar todo su potencial. No se abalancen contra mí todavía, solo digo que la educación es lo más importante para una persona, para cualquier persona. Solo hay que fijarse en el mundo, en la humanidad y en su historia. Solo hay que fijarse en el porqué de las cosas y cuestionárselo. Sobre todo, dudar. Dudar de todo cuando se ve, se oye, se toca, se huele y se saborea. ¿Por qué? Porque no tenemos otra fórmula para avanzar. No, si no está basada en la duda, en la observación, en la empatía y otra vez en la duda. Dudar no tiene que consumirnos, sino que tiene que ser la base de toda reflexión constante junto a la búsqueda del porqué, y a poder ser, no de un solo porqué.

De la falta de educación durante este gran golpe que es la pérdida de la inocencia, así como de la falta de educación del resto del tiempo que vivimos, es de donde se derivan todos los demás males de la humanidad, tanto en general como en particular.

Cómo se puede explicar de otra forma que no sea por falta de educación el racismo, el machismo, la homofobia y todas las demás absurdas fobias, la indiferencia hacia el sufrimiento del prójimo, el fascismo, el nacionalismo, la falta de interés por el arte y la creatividad, la falta de sensibilidad hacia los demás seres vivos, la autodestrucción como especie, la destrucción de nuestro hogar la Tierra, la creencia en otro dios que no sea la empatía y la miseria en la que se encuentra la moral, apenas ya existente, en presencia de la nueva religión: el dinero.

Es tan abrumadora la indiferencia hacia todo esto de la mayoría de las personas que conozco que muchas veces tengo la sensación de estar viviendo en mi propio Show de Truman.

Y es que tampoco hay mucho que hacer con aquellos que son ciegos, sordos, mudos e insensibles a la falta de educación y conciencia, que lo son por voluntad propia…

¿Hay alguien ahí?

Diego Carrera Martín
Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

El diván de mi vecina.- Conversión al feminismo

Llevaba unos días oyendo ruido en el descansillo de mi escalera, entradas y salidas de personas en la vivienda de enfrente, música, risas… taconazos, algún chillido que otro, vamos, lo propio de una noche de verano a 35º grados a la sombra… – Uy… esto sobraba… lo siento-. “¿Qué pasará en la casa de mi vecina?”, me pregunté.

La respuesta la tuve al día siguiente, cuando la vi salir  de la peluquería unisex de la esquina de nuestra calle con el pelo cortado y teñido al estilo  Audrey Tautou en el film “Amelie” (2001); mi vecina se había desmelenado.

Haciendo gala más que nunca de mi buena educación –yo lo llamo hipocresía-, me acerque a mi vecina, ávido de obtener información sobre su cambio de look con esa “sana curiosidad” que tenemos los hombres, “bueno días vecina”. “Buenos días vecino”, me respondió, y siendo consciente que, por mucho que intentase llenar el tiempo con cumplidos y otras flores, se me iba a notar me impaciencia por llegar al final; decidí atajar y formular de lleno la ansiada pregunta: “¿muchas fiestas vecina, y a ninguna me has invitado?”. Ella, también deseosa de cotillear, me respondió: “he conocido a un grupo de personas jóvenes super interesantes, universitarios la mayoría, estudiantes algunos, y otros profesores”… interrumpió de repente su relato, como un frenazo a alta velocidad, no sin la estrategia que me temo, se acababa de marcar para mantener viva mi “sana curiosidad”, y que la llevo a concluir: “pásate después de comer a tomar café por mi casa y te cuento, vecino”, “vale” dije yo seguido de un “hasta luego” que ella alejándose no respondió, seguro que con el objetivo que formaba parte también de la citada estrategia, de que me quedase mirando su nuevo estilo por la espalda.

Me apresuré a comer aquel día como si así  llegará el momento de tomar el café… pero, ¿cuál era esa momento?, ¿qué hora, minutos, segundos, corresponde con el momento de tomar café?… El caso es que, terminé de comer tempranamente, por lo que decidí hacer un poco de tiempo, el suficiente para recoger el desorden de mi comida, y llamar a la puerta de su casa. “Hola vecino, acabo de terminar de comer, ahora preparo café”. Me invitó a sentarme en el diván que siempre utilizamos para nuestras tertulias más relajadas y que ella siempre utiliza a mondo de trono, no tardando en llegar con el café expreso que acaba de preparar y que había dejado la estancia con ese aroma que marcan las buenas sobremesas. Así que, le volví a formular la misma pregunta que le había formulado por la mañana acerca de las fiestas nocturnas en su casa.

 “pero, ¿cuál era esa momento?, ¿qué hora, minutos, segundos, corresponde con el momento de tomar café?…”
esa gente me ha convencido: la lucha feminista por los derechos de la mujer es la consecuencia de la respuesta de la represión machista durante siglos”. Menuda perorata me acaba de soltar la vecinita.”

 



Marcando el límite de su terreno, se apresuró a responderme “no seas exagerado, no eras fiestas, eran tertulias de almas inquietas acompañadas de una buena música, y…”; otro frenazo. Mi sana curiosidad se estaba transformando en un deseo incontenible de iniciar un interrogatorio, por lo que formulé con cierto despotismo mi primera pregunta, rompiendo el silencio tras haber dejado en suspenso su relato: “Y… ¿qué?, continúa”. “Tranquilo, te voy a contar todo, pero a su tiempo”, respondió ella, añadiendo que dichas tertulias habían sido el colofón inesperado de su participación en unas jornadas universitarias sobre los “derechos inalienables de la mujer”, que había habían concluido a mediados del pasado mes.

Muy interesante”, asentí, alargando el movimiento de balanceo, hacía atrás y hacía adelante de mi cabeza, bastante más tiempo del que duraba mi apreciación, esperando medio atontado reiniciase por tercera vez el comienzo de su relato. Ella, en vez de percatarse de mi prolongado asentimiento, se quedó absorta con su mirada perdida en el infinito, interrumpiendo, saliendo ella misma de tal estado místico que empezaba a ser molesto por su silencio prolongado, de la siguiente forma, como cuando te tiran un cubo de agua fría encima sin esperarlo. “¿Sabes lo que te digo, vecino?”, “¿qué respondí?”, casi gritando…, “esa gente me ha convencido: la lucha feminista por los derechos de la mujer es la consecuencia de la respuesta de la represión machista durante siglos”. Menuda perorata me acaba de soltar la vecinita.

Ni le quito ni le pongo nada al breve pero contundente y vehemente discursillo de mi vecina, sólo critico lo inoportuno por el momento en que lo había formulado, sin haber hecho una breve introdución de los hechos y del entorno en que tuvieron lugar, y que me hubiese permitido tomar conciencia de lo que finalmente me iba a arrojar como el que lanza una daga; pero que, como yo, al haberse visto pillada por su propia impaciencia, no tan sana como la mía, por los derroteros posicionales que pretendía con su sobremesa. Hombre y Mujer, confrontación, luchas, status quo…

Un sofoco me estaba entrando… y ahora ella si se dió cuenta: “¿Te ocurre algo, vecino?”… “¿Te molesta algo de lo que he dicho” – segunda pillada de su estrategia marcada-, la provocación.

Lo siento, me estoy empezando a sentir mal, tal vez sea algo que he comido”. Una mentira porque el daño no me lo estaba haciendo lo que había comido sino lo que trataba de digerir: mi vecina se había pasado al otro lado. “¿feminista, siendo de derechas?“.,. Me apresuré a levantarme del diván, y con la mano puesta sobre mi estómago fingiendo me apresuré a coger la salida. “Te debo una, vecina”, me apresuré a decirle antes de cerrar la puerta…  evidentemente no con el sentido de compromiso sobre una futura sobremesa en mi casa, en respuesta a su falsa cortesía. ¿A qué se debe ese ataque?, ¿acaso yo era el culpable de toda la represión que había tenido y sigue teniendo la mujer?. 

Sólo quiero concluir para los mal pensados…,  y mal pensadas, que quién usa sus derechos buscando la confrontación, están faltando a uno de los más fundamentales y elementales de los derechos humanos que es aquel que declara que “todos somos libre e iguales”.

 

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El diván de mi vecina. La gente decente.

 He decido dar un tiempo de descanso a mi alma en busca de la paz, motivo por el cual debo abstenerme de entrar al trapo como mi vecina dándole cancha para su crítica política, puesto que, ante su incapacidad de ser un poco objetiva y no siempre inclinar la balanza hacia el lado derecho; he decido ponerme moreno y tomarme unas mañanas de asueto para ir a la  piscina municipal, así también, además del bronceado, muevo un poco mis músculos entumecidos por la vida tan sedentaria que me esclaviza; y he aquí, como resulta difícil que fuese de otra manera por ser la única piscina del barrio,  me encontré con mi vecina.

Me acerque a ella para saludarla, pensando en la mala suerte de coincidir ambos, tuve que forzar mi sonrisa para que no se me notara lo que realmente pasaba por mi cabeza y tras intercambiar dos o tres palabras interesándonos el uno por el otro, me apresuré a  buscar un sitió donde estar cómodo.

Esa mañana había madrugado con el fin de coger una tumbona en la que estar cómodo, pero mi vecina se había adelantado e igual que ella un montón de padres y madres de familia con el fin de reservar no sólo la mejor parcela dentro del recinto, sino también, un montón de tumbonas para que los miembros de su familia menos madrugadores tuviesen disponible una de ellas cuando decidieran bajar a darse el chapuzón que, más que mañanero, estaría en esa franja horaria en que los relojes pasan de “am” a “pm”, o lo que es lo mismo en el momento en que suele diferenciarse la mañana de la tarde. De manera que, todo mi gozo en un pozo por no encontrar ni una sola tumbona, mientras muchas estaban vacías con una sola toalla o una mochila encima, y que cansado a preguntar sobre su posible uso recibía  la misma respuesta: “esta reservada” o “esta cogida”.

Mi vecina se había percatado de mi búsqueda infructuosa de la tumbona perdida y, de la misma manera que suele invitarme a sentarme en el diván de su casa cuando quiere hablar conmigo o meter los perros en danza para estimular mi conversación, me ofreció una de las tumbonas que, como he dicho, había reservado para  algunas de sus amigas que todavía no habían llegado. Hubo un momento de dudé siendo consciente de que estar al lado de ella lo normal es surgiese lo que yo trataba de evitar.

Como no, el tema de la semana no podía ser otro que la comparecencia de Rajoy en la Audiencia Nacional para declarar en calidad de testigo sobre el caso Güertel, eso sí, reconduciéndo la culpa a los medios de comunicación y la izquierda del país, como promotores o causantes de la misma, al sacar a relucir los trapos sucios que, en todo caso,  según ella, deberían lavarse en casa, porque la judicialización de la política lo único que hace es crispar los ánimos de la “gente decente” y estimular la confrontación social.

El invite por su parte, como es normal, causo en mi la merecida contestación en defensa de lo que consideraba justo que, no es otra cosa que, quien la haga que lo pague, y que si alguien roba, lo suyo es que sea juzgado como lo que es, como un ladrón . Y como no quería dejar nada en el tintero le pregunté a quién quería referirse cuando habla de “gente decente”. “¿Quiénes vamos a ser?”, contesto ella, parecía que en imitación al interrogatorio del día anterior al presidente del gobierno que, como buen gallego, además de sus amnesias y desvergüenzas respondía con una pregunta. “Gente como tú y como yo, como todos los que estamos aquí”, concluyó, quedando tremendamente satisfecha.

“causo en mi la merecida contestación en defensa de lo que consideraba justo que, no es otra cosa que quien la haga, que lo pague, y que si alguien roba lo suyo es que sea juzgado como lo que es, como un ladrón”


Con la soberbia que nos caracteriza a casi todos los seres humanos, a unos más que otros, por supuesto, me pregunté si realmente yo estaba entre esa misma gente decente que había ocupado todas las tumbonas de la piscina para sus amigos y familiares que todavía no habían logrado desprenderse de las sábanas; y me di cuenta que sí, que era igual que todos ellos, me terminaba de acordar que mi coche lo había aparcado entre otros dos, ocupando todo un sitio que podría haber servido para que aparcase otro más. Ahora bien,  me considero más decente que quienes presumiendo de ello sólo ven la indecencia de los demás,  y mi vecina siempre la ve en los mismos. Precisamente, no en los que son de su color.

 

 

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Cuando el lobo aúlla

Son pocas las ocasiones que he tenido en mi vida de escuchar el aullido del lobo. Cuando lo he escuchado me he estremecido inundado por la emoción y también por el miedo, el miedo a algo ancestral que anida en nuestro interior desde el origen, y que en momentos como el que relato emergen con fuerza desde lo más profundo del inconsciente colectivo.

La experiencia vivida a través del cine de terror y de los cuentos a la luz de la hoguera en mi infancia, dilatan mi imaginación buscando lo sobrenatural de un animal que ha sido objeto de persecución desde tiempos inmemoriales.

El lobo, considerado como antigua alimaña, fue perseguido hasta su casi extinción en los años setenta cuando todos lo considerábamos como una amenaza para el ganado y el campo. Tuvo que ser un chamán, un mago de la Naturaleza, el que nos demostrara que podíamos estar y vivir en un error. Félix Rodríguez de la Fuente fue el autor del milagro y compuso una bella melodía para tan noble animal, melodía que aún resuena en nuestros oídos y que nos recuerda que debemos respetar al lobo. Su vida es tan valiosa que tiene que llenarnos de orgullo saber que en nuestros bosques y campos habita un animal legendario de extremada belleza, que fue venerado en otro tiempo y en otras culturas por su fuerza, por su presencia y por su significado.

El hermano lobo existe y multiplica su población por momentos con lo que ello conlleva, por eso es tan importante que el hermano ganadero comprenda su valor ecológico, pero sin perjuicio para su ganadería. Lobos y humanos no nacieron para entenderse dicen todavía algunos viejos del lugar, pero yo creo que sí, sé que puede ser posible y que se conseguirá. Para ello, gobiernos y administraciones tienen mucho que decir y que apoyar en ambas direcciones para que ninguno salga perjudicado.

” Lobos y humanos no nacieron para entenderse dicen todavía algunos viejos del lugar, pero yo creo que sí, sé que puede ser posible y que se conseguirá. “


Las vacas en la dehesa deshojando las encinas y dándoles forma, los rebaños de ovejas pastando en el barbecho en el caluroso agosto, o las piaras de cerdo ibérico cebándose con las bellotas durante la montanera, son imágenes cargadas de belleza que nadie quiere ver desaparecer, como tampoco queremos dejar de ver a través de los prismáticos las sombras lobunas que atraviesan como un rayo los cortafuegos entre los pinares.

Siempre ha existido el ganado y siempre ha existido el lobo. En la prehistoria, su cercanía con los humanos lo convirtió en perro para nuestra futura alegría y convivencia. Con esta conversión, el perro-lobo se domesticó y el lobo se convirtió en su enemigo, pero mientras existan perros, los lobos lo van a tener más complicado con sus primos menores. Incluso se ha pensado en la presencia de burros cerca de los rebaños por su fino oído para detectar peligros, pero esto ya es otra historia.

Mientras tanto, seguiré disfrutando del aullido del lobo siempre que pueda y pensaré, como el amigo Félix, que la Naturaleza pertenece a los niños y que no podemos acabar con lo mejor que tenemos en este país: nuestra fauna y nuestro paisaje.

 

Abraham Domínguez
Soñador de nacimiento y buscador por vocación. Profesor universitario, ensayista y artista plástico por definición, mi tarea educativa y mi obra artística buscan el romanticismo perdido de otro tiempo, donde la creatividad y el ingenio dominaban el mundo.

Un mundo de hipocresía

No aguanto este mundo de hipocresía y de doble moralidad. No aguanto a quienes toda su vida es una pose ante los demás. No aguanto a los que olvidan a sus mayores. No aguanto a quienes sienta cátedra cada vez que hablan.  No aguanto a los ignorantes osados.

No aguanto a los que juzgan a los demás antes de juzgarse a si mismo. No aguanto a los que me quieren dar lecciones de moralidad. No aguanto a la familia que no quiere verme. No aguanto a los que arreglan todo con la violencia. No aguanto a los pedantes. No aguanto a los trepas. No aguanto a los falsos. No aguanto a los que me preguntan continuamente sobre mi vida y no cuentan nada sobre la suya. No aguanto a los amigos que no me aman y nunca están. No aguanto a los egoístas. No aguanto a los plañideros. No aguanto a los políticos de este país por su mediocridad. No aguanto a esta sociedad pasiva y resignada ante las injusticias sociales. No aguanto.

Podría seguir diciendo cosas que no aguanto, pero harían interminable la lista. Quizá porque me estoy haciendo mayor sin remedio, quizá porque me he dado cuenta que Dios se ha olvidado de los débiles. Quizá porque el dolor de mi cuerpo contamina mi alma.

Podría ser más positivo y alabar a quienes son y han sido más generosos  conmigo que yo con ellos, y no empeñarme en ver el lado oscuro de la vida; pero no puedo. Además, de vez en cuando conviene a los personas desahogarse, decir en voz alta lo que sienten para que los demás vean su alma, porque no quiero decir lo que pienso de ellos, quien soy yo para juzgarles, además de la mala educación de espetar en su cara lo que posiblemente no quieren oír, para qué perder el tiempo. Sólo  digo lo que siento, lo que ennegrece y oscurece mi alma.

“Podría seguir diciendo cosas que no aguanto, pero harían interminable la lista. Quizá porque me estoy haciendo mayor sin remedio, quizá porque me he dado cuenta que Dios se ha olvidado de los débiles. Quizá porque el dolor de mi cuerpo contamina mi alma.” 



Sólo quiero abandonar este mundo como lo hizo alguien que está muy dentro de mi, hasta el punto que a veces siento su presencia, su olor, su voz cuando me hablaba… “me muero, me estoy muriendo”,  me dijo agarrando mi cintura desde su lecho… Sólo quiero tener conciencia al final de mis días y poderme despedir de los que me quieren y decidles que no sufran por mi, porque son tantas las cosas buenas que me dejan que iré con ellas dejándoles parte de mi alma en las suyas… La vida y la muerte. Todo es uno. Principio y fin, alfa y omega.

No quiero que mi muerte sea lenta  y dolorosa, pero no puedo elegir. Me gustaría que alguien pudiera desconectar la maquina en ese momento y dejarme morir en paz, pero esta sociedad de doble cara, de misa de domingo, defensores de la vida no lo permiten, sin ni siquiera ponerse en la piel de quien se quiere marchar. Se consideran generosos, portadores de la voz de Dios y no son más que mediocres de la espiritualidad, soberbios espirituales, personas de moral acomodaticia, santurrones con olor a incienso, cobardes por no querer enfrentarse a la realidad terrenal. Quizá piensen que no tengo merecido el paraíso, pero me da lo mismo lo que ellos piensen porque creo que el paraíso y el infierno están en esta vida.

No te quieras poner por encima de mi porque si lo haces estarás dando muestras de tu patética existencia. Nadie hay por encima de nadie, ni por debajo… Es difícil hablar en este mundo de amor y fraternidad porque la mayoría consideran esta vida como un trueque, yo te doy y tu me das. Las  buenas y auténticas personas son aquellas que nunca piden nada y siempre dan sin esperar compensación ni reconocimiento, y por suerte en mi vía las hay, aunque muy pocas.

Dejadme vivir en paz, pensar lo que me de la gana, sentir con libertad y sin prejuicios.

α  Solo quiero vivir y morir en paz Ω

ADVERTENCIA: Este video puede herir la sensibilidad de algún hipócrita. 

 

 

 

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Noventa y un años

Cumple hoy tu cuerpo noventa y un años, papá, noventa y un años que se fueron haciendo hielo hasta congelar tú mente, hasta congelar tu tiempo. Ese tiempo que transcurre sin que pase el tiempo, ese tiempo que corre solo para los que no estamos dentro de tu mente quieta, parada en no sabemos bien que recuerdo.

El alguno de esos recuerdos que en los que te fuiste sumiendo como la arena que cae en un profundo hueco, como la arena que se traslada llevada por el viento, como la arena que se mueve sin reparar en el movimiento.

Noventa y un años, papá, aunque cuatro de ellos, los últimos, los más cernos, no tienen para almacenar su memoria ningún posible hueco. Años de tristeza, papá, de desesperanza. Años de aprender, de luchar, de intentar contener un deterioro sin conocimientos. Porque nadie sabe, aunque todos hablemos, porque nadie conoce y tú el que menos, porque nadie ve la luz ni siquiera lejos.

Cumple hoy tu cuerpo noventa y un años, papá, noventa y un años sin futuro, noventa y un años en los que lo único que sabemos cierto es que no estás aunque si te vemos, noventa y un años en los que cuantos años más cumplirá es lo único incierto.

La vida no es justa, papá, y en algunos casos, en tú caso, en el de todos los que existen sin ser, viven sin saber, perduran sin conocer, lo es aún menos.

No puedo evitar, cada vez que te miro, sentir esa piedad transida y lacerante que tu cuerpo quebrantado, ese cuerpo inerme y dependiente, me transmite. No puedo contemplar la triste existencia de un cuerpo quejumbroso, miedoso, reasumido, sin que se me rompa algo dentro. Porque siempre queda algo que romper por mucho que pase el tiempo.

Noventa y un años, papá, y debería, según las normas, felicitarte, pero no puedo. Primero porque no me escuchas, segundo porque no me entiendes, tercero porque no quiero.

No, papá, no quiero felicitarte porque la maquinaria que un día portaba a mi padre hoy sigue en funcionamiento. ¿Felicitarte? ¿Por qué? ¿Porque tu corazón late? ¿Porque tu estómago digiere? ¿Porque tus pulmones cogen aire? ¿Por qué, papa? ¿Por qué tengo que felicitarte?

“No, papá, no quiero felicitarte porque la maquinaria que un día portaba a mi padre hoy sigue en funcionamiento. ¿Felicitarte? ¿Por qué? ¿Porque tu corazón late? ¿Porque tu estómago digiere? ¿Porque tus pulmones cogen aire? ¿Por qué, papa? ¿Por qué tengo que felicitarte?”


Tal vez mi reflexión parezca cruel, tal vez lo sea, pero solo me queda una felicitación que poder desearte, que puedas descansar, que puedas llevar tu cuerpo a donde ya descanse tu mente. Sea el todo o la nada, seas tú, seas nadie o seas parte de algo que nos trasciende.

Bueno papá, el tiempo empieza a contar, en este triste universo, reducido, enfermo, inclemente, para que sean noventa y dos los años que llegue a cumplir tu cuerpo.

Aqui tienes más enlaces sobre las cartas de este autor a su padre:

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El diván de mi vecina. Mi querido Blesa.

Mi vecina tiene un gran corazón, tan grande que creo que es una de las pocas personas que se han compadecido de la muerte de Miguel Blesa.

Llegaba de mi paseo diario y me la encontré en el ascensor, y tras el saludo de cortesía me informó del suicidio del exbanquero con todo el lujo de detalles, de manera que cuando logré ver la noticia en los informativos de las diferentes cadenas de televisión no me aportaron nada nuevo, aunque tampoco era mucho lo que se podía contar: un disparo en el pecho con el arma de caza en la finca de un amigo. La gran noticia del día, contada en el ascenso a nuestras viviendas en un ascensor que parece del siglo XIV que terminó con un lamento de compasión: “pobre hombre”, concluyó, invitándome a tomar una limonada en su casa.

Me pareció un acto de humanidad sentir la muerte de tan cuestionada persona, odiada por muchos tras su gestión al frente de Bankia, por las perdidas económicas ocasionadas a sus clientes por las preferentes, observación que verbalicé; pero lejos de encontrar la respuesta que esperaba, de que una cosa es la muerte de un ser humano y otra el juicio sobre su vida o parte de ella, su respuesta fue algo así como: “estarán satisfechos los que le han vilipendiado, acosado y maltratado”.

Intenté interiorizar sus palabras con el objeto de comprenderlas, acto que no tuvo el resultado pretendido. Comprendía que el juicio paralelo al que estaba teniendo lugar en los tribunales de justicia, cuando se hace en la plaza del pueblo puede ser muy cruel y poco objetivo; pero, también comprendía la indignación de aquellos que habían perdido los ahorros de toda una vida por una pésima gestión de la que no es él, el único responsable, de manera que intentando ponerme en la piel de éstos mi indignación fue en aumento, no sólo pensando en el finado sino en su predecesor Rodrigo Rato.

Un exministro de economía y hacienda durante el gobierno de Aznar y un inspector de hacienda que llegó a subdirector general de Estudios y Coordinación del mismo ministerio, por lo tanto dos personas duchas en materia económica, que hace que constituya un agravante de la gran estafa de la que han sido sus máximos responsables. Así pues, no lograba entender a mi vecina haciendo recaer la responsabilidad de su muerte a unos ciudadanos cuya indignación estaba más que justificada.

Como es habitual en mi, meterme en charcos cuando hablo con mi vecina, en vez de callarme para no expolearla, le dije que cada uno es responsable de sus actos y que ante tan deplorable gestión era entendible el juicio social, sobre todo de estas dos personas cuya arrogancia y soberbia ha sido su principal característica al ser interpelados por los medios y en sus comparecencias en las comisiones de investigación en el Congreso, aún sabiendo el mal que habían ocasionado de forma consciente. Efectivamente, mi vecina entró en trance, mientras sus ojos iban tiñéndose de un color rojo al igual que su cara, explosionando finalmente: “más tontos fueron los inversores que compraron las preferentes, pues deberían haber si conscientes con el riesgo que asumían”.

 

“más tontos fueron los inversores que compraron las preferentes, pues deberían haber si conscientes con el riesgo que asumían”.

 

¿Se podía ser más necio que mi vecina?, ¿cómo una persona con estudios  universitarios, como ella, podía hacer una reflexión tan estúpida y carente de fundamento?. Hacerle entender a partir de este momento de confrontación absoluta, que el problema fue vender una acciones como si se tratasen de renta fija cuando no lo eran, no me iba a conducir a buen puerto, máxime cuando ella es una fiel admiradora del mentor de ambos, Don Jose María Aznar, del PP y de su gestión económica que según sus palabras había salvado al país de estar a la altura de Grecia o Portugal. Como si fuéramos muy diferente.

El caso es que me quedé sin la limonada que me ofreció, que permaneció sin tocar en la jarra donde la trajo. Ni siquiera se la pedí, aunque tengo confianza para eso y mucho más, pensando que por el tiempo transcurrido debía estar caliente, tanto o más que ella y yo. Así que decidí dar por terminada tan apasionante conversación con la disculpa que tenía que ducharme y afrontar el día que me quedaba por delante.

Abandone su casa sin poder reprimir mi indignación, y tras pasar el umbral de mi puerta me dije a mi mismo ¿debó sentir la muerte de un ser humano causante de tanto daño?, ¿me estaré deshumanizando al sacar ahora sus trapos sucios y no sentir nada?. Pasando unos días, después de leer en las redes sociales tanto insulto y divertimento a consta de una persona muerta, encontré la resuesta a tales preguntas: “sí, soy humano y como tal condeno a quien se aprovechó de los más débiles”, así que no siento su muerte, aunque, tampoco comparto tanta mofa a su costa. Una cosa es un juicio serio y otra montar un circo mediático de todo esto.

 

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Buenas tardes, papá, hasta mañana

Hola papá, cuanto tiempo. No te escribo más porque el tiempo es para mí escaso y para ti, en tu percepción, no pasa. Así que me relajo y le doy vueltas a lo que quiero decirte al tiempo que me pongo a resguardo de los que critican que te escribo demasiado, que te utilizo para sentirme mejor,  lo cual es en el fondo cierto aunque no como ellos pretenden decirlo.

Efectivamente papá, cuando te escribo me siento mejor, pero no más bueno, si no más limpio, más tranquilo, más dispuesto a seguir en las batallas cotidianas que no pertenecen a ninguna guerra. Cada vez que acabo de escribirte me siento liberado, aunque sea parcialmente, o subjetivamente, o anímicamente, de todo lo que ha quedado atrás y eso me da fuerzas para pensar en acometer ese futuro incierto, imprevisible en contenido, que nos aguarda.

Claro que para escribirte tengo que aislarme de todo lo que en el mundo general acontece y que a ti te importa un ardite. ¿Qué voy a contarte del gobierno? ¿Y de la oposición? ¿Qué te importa a ti si los recortes en políticas sociales hacen cada día más complicado atender de una forma digna a los que, como tú, vivís en otro mundo ajeno a estas preocupaciones?

¿Y qué te importa a ti el mundo irreal que se desarrolla más allá de los límites de tu sillón, de tu silla de ruedas? ¿Qué te importa a ti del mundo que para los demás es real más allá de esa paloma que se cruza en tu camino y a la que le gritas para que se aparte? Nada, no te importa nada. Te importa que te importunen para lavarte. A veces te importa que te obliguen a comer cuando no quieres. Te importa que te muevan sin reparar en que es lo que tú quieres, aunque en realidad es posible que ya no quieras nada. Que tu voluntad no vaya más allá de resistirte cuando intentan moverte o abrir la boca y tragar cuando te dan la comida.

Vivimos en mundos tan separados que yo no te puedo explicar por qué hacemos las cosas y a ti no te interesa lo más mínimo, ni puedes, entender lo que te explicamos.

Lo peor es que ahora, ya demasiado tarde, echamos  de menos aquellas historias, que nos parecían soporíferas, de tu pasado. Ahora nos damos cuenta, demasiado tarde, de aquellos momentos de repaso compulsivo a tus recuerdos que tenían que habernos puesto en alerta sobre lo que en tu interior se estaba desencadenando. De aquella necesidad vehemente de contarlo todo, continuamente, sin respiro y sin reparo.

Demasiado tarde. Ya no acuden a ti ni siquiera los recuerdos lejanos. Y si acudieran daría lo mismo porque tampoco acude a ti el lenguaje.

En fin, papá, otra carta. Otra serie de palabras, de reflexiones, que en realidad me hago a mí mismo y para sentirme mejor, más relajado.

En realidad esta carta la empecé pensando en comunicarte que ya eres bisabuelo, desde hace más de veinte días. Nora ha llegado a nuestras vidas y empieza a distinguir las formas y a mostrar su carácter. Pero, desgraciadamente, nunca llegarás a reconocerla. Nunca  sabrás que tienes una biznieta, y ella no recordará que conoció a su bisabuelo. Los extremos que en esta ocasión, y en contra del dicho, ni se tocan ni se encuentran.

“En realidad esta carta la empecé pensando en comunicarte que ya eres bisabuelo, desde hace más de veinte días. Nora ha llegado a nuestras vidas y empieza a distinguir las formas y a mostrar su carácter.”


¿Qué a quién se parece? Ya sabes, hay opiniones, aunque yo no puedo evitar cuando la veo en su cochecito con su muñeco de trapo el recordarte a ti con tu mono de juguete. La verdad es que a veces nuestra mente tiene un poso de crueldad  que aunque sea involuntaria se siente como culpable. Pero no puedo evitarlo, me recuerda.

En fin, papá, como bien decía antes, otra carta. Otro monologo cuyo principal destinatario no llegará jamás a leerlo.

Buenas tardes, papá, hasta mañana, esté ubicado donde esté en el tiempo ese mañana.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El diván de mi vecina

 

 

  • La que se avecina

Hoy ha vuelto mi vecina de sus vacaciones, apenas una semana ha estado fuera y la he echado de menos. Al final a todo aquel que se trata se le coge cariño y apego. Y más que morena yo la veo negra, no del color de piel, que también, cual lagarto que se ha puesto al sol durante horas y horas; sino, más bien, por lo que había visto.

El solárium que había utilizado para mudar su piel es la playa de Sitges, en Barcelona -para quienes no la ubiquen-, pero el motivo de la negritud era el proceso soberanista. “No te puedes imaginar lo revolucionada que esta la gente a cuenta del impresantable de Puigdemont”, me dijo nada mas preguntarle qué tal se lo había pasado.

Incrédulo acerca de la revolución que había presenciado, pues ya de todos es sabido que mi vecina es un poco histriónica, le pedí que precisará más lo que había visto para incitarla a utilizar el  adjetivo de “impresentable” atribuido al President. La respuesta fue, prácticamente la misma que su introducción: “estos independentistas se están pasando tres pueblos”, “quieren dividir España y hasta que no lo consigan no van a quedar agusto”.

De nada sirvió mi tesis acerca de la libertad de los pueblos y de su derecho a la autodeterminación. Bueno, sí… tuvieron bastante efecto mis palabras, porque si ya estaba un poco encendida, lo que acaba de decir provocó en ella una furia incontenible, de tal magnitud que su cara volvió a cambiar de color, del moreno de playa a un rojo intenso de una rabia de la que jamás había sido testigo en persona alguna. No exagero si digo que me llego a preocupar que tal estado le pudiese provocar un infarto, pues sus labios también se habían tornado de un color morado, y cuando me disponía a tranquilizarla espetó por su boca: “a ver si Cospedal cumple con su palabra y manda a las tropas a defender la indisoluble unidad de la Patria”.

Se había abierto la caja de Pandora, acompañada de  rayos y truenos incesantes que no paraban de salir de su boca y de sus ojos enramados por tanta ira, de manera que convencido que de nada iba a servir mi deseo de tranquilizarla, la deje continuar hasta que escupiera, perdón por la expresión, todo lo que llevaba dentro.

“Se había abierto la caja de Pandora, acompañada de rayos y truenos incesantes que no paraban de salir de su boca y de sus ojos enramados por tanta ira”

¿Pero, bueno, que es lo que has visto para que vengas así?, volví a preguntarla, pues todavía no acaba de entender los motivos de tanta indignación si tenemos en cuenta que el proceso de independencia de Catalunya lleva tiempo en el candelero, el suficiente para que cada cual a estas alturas se haya formado su opinión; siendo conocedor, además, de su postura “anti-todo” lo que pueda oler a izquierdas. Y, he aquí, la verdadera razón de su cabreo: ¿Te puedes creer que después de dejar allí mi dinero, me hablasen en Catalán y con cierto desprecio?. “Mujer, tampoco es para tanto, es su lengua oficial”, contesté.

Era consciente que, como siempre me pasa cuando hablo de política con mi vecina, que me acababa de meter en otro charco del que me iba a resultar difícil salir si quería continuar con mi papel de abogado del diablo, así que decidí plegarme y dejar que ella hablase, pues sea cual fuese mi postura, a favor o en contra, la de ella era otra distinta y, por lo tanto, respetable, aún a pesar de que sus argumentos no eran muy sólidos y con un evidente olor a la España “una”, “grande” y “libre” de épocas pasadas que yo no comparto. Pero, sobre todo, bajo la creencia de que si hay buena voluntad política por parte de todos pueden encontrarse posturas integradoras. Y, en algo si tenía razón de todo lo que dijo; y es que de nada sirve levantar muros, aunque no sólo por parte  de los independentistas, como ella afirmaba, excluyendo en el proceso la voz de los españoles que forman parte de su pretendida nación, sino también por parte de aquellos  españoles -incluyendo el gobierno estatal-, con insultos y amenazas veladas.

Llegados a este punto, en el que ella se encontraba más sosegada, me despedí con notable preocupación por mi parte, consciente de que la posturas integradoras en este país no son posibles;  concluyendo: “La que se avecina, vecina”.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El viento en los sauces

Sauces. Parque del Retiro (Madrid).

Cuando se habla de cambio climático parece que nos suena a algo ajeno, impertérrito y extraño, algo que no nos afecta y de lo que es mejor no creerse nada. No va con nosotros o no existe. Pasamos tan de puntillas por la vida, tan ociosamente, que es imposible conocer la realidad que nos rodea, máxime si ésta tiene que ver con factores de temperatura, cambio atmosférico, o vanos discursos políticos en esta dirección que a las tres de la tarde lo único que provocan es sueño.

 

Pero sí, el cambio climático es un hecho. Podemos comprobar en este agitado verano cómo se suceden las olas de calor, cómo diluvia después durante días bajando la temperatura veinte grados, convirtiendo el estío es una tómbola en la que predecir el futuro del tiempo se convierte en oficio de adivinos. Lo peor de todo es que nos cuentan que tenemos que acostumbrarnos, pues va a ser la tónica general que se va a establecer en este perdido mundo.

Con cuarenta y dos grados en Madrid, la aventura de salir a la calle se convierte en odisea, la odisea de llegar hasta el Retiro en epopeya, y la epopeya de conseguir un banco a la sombra en leyenda. Una vez superadas estas trabas de la administración solar y bien caída la tarde, puede que hasta sople el viento; es cálido y se filtra entre las ramas de los sauces llorones agitándolos con fuerza y personificándolos de tal manera que parecen escaparse de las novelas de Tolkien. Sus hojas y sus ramas producen música, una alegre sinfonía al atardecer que hace mucho más llevadero el asfixiante calor que sufrimos por el día. Los colores rojizos y anaranjados que el ocaso trae consigo, golpean con fuerza en las copas y en el tronco componiendo un lienzo impresionista del que Monet hubiera sacado buen partido.

 

“Con cuarenta y dos grados en Madrid, la aventura de salir a la calle se convierte en odisea, la odisea de llegar hasta el Retiro en epopeya, y la epopeya de conseguir un banco a la sombra en leyenda.”


Las temperaturas aumentan, el clima cambia y las estaciones ya no son como antaño, todo es adaptación, buenas intenciones y mejores palabras. Nuestra madre es la Naturaleza y nuestro patrimonio es el paisaje y normalmente lo olvidamos. Mientras tanto, seguiremos pasando cada vez más calor en verano. Además se prolongará hasta noviembre o diciembre coincidiendo con la Navidad, veremos la nieve en fotografías antiguas y le contaremos a nuestros hijos lo que era esquiar, patinar, o lanzarse cuesta abajo en trineo. Conoceremos el desierto de cerca, tanto que creeremos que España es parte del Sahara. Olvidaremos flores, árboles y fauna, y lo peor de todo es que nos seguirá importando un bledo.

Abraham Domínguez
Soñador de nacimiento y buscador por vocación. Profesor universitario, ensayista y artista plástico por definición, mi tarea educativa y mi obra artística buscan el romanticismo perdido de otro tiempo, donde la creatividad y el ingenio dominaban el mundo.

Paisajes del alma

A lo largo de mi vida, el paisaje se ha convertido en una parte más de mí, como puedan ser un brazo, un ojo o una pierna, y se ha anclado con tanta fuerza en mi retina que no entiendo la vida sin poder asomarme a una ventana y contemplar la naturaleza en estado puro. 

Para mí el paisaje es una forma de vida. No comprendo cómo puede haber gente en este mundo que deteste el campo y sus formas de vida, cómo puede haber personas que jamás se han detenido ante un atardecer sin emocionarse, o cómo la visión de un acantilado junto al mar, o de un bosque de pinos en alta montaña, no hayan podido crear un sentimiento de espiritualidad y hasta de eternidad en un canto místico  ante la inmensidad de lo que nos rodea.

Es cierto que juego con ventaja, pues al haberme criado en mis primeros años en un minúsculo pueblo de Castilla, es imposible que no haya formado parte de los trigales en verano, de los campos de amapolas en primavera o del hielo y la nieve inundando los montes cercanos en otoño e invierno. ¿Quién no se siente libre de este modo?

Ya a la edad de cinco años, recuerdo que mi diversión favorita en el colegio donde dábamos clase los doce alumnos de todas las edades y cursos del pueblo, era mirar por la ventana indiscreta del aula, bajo la atenta mirada de Doña María Ángeles que además de ser mi madre era también la maestra, con lo que aquello suponía, regañina incluida si la distracción se prolongaba más de treinta segundos. Pero para un niño pueden más las distracciones mundanas que las docentes.

En los tiempos de recreo y de ocio, detrás de la escuela, podía contemplarse la inmensidad de un horizonte que no tenía fin, y donde los cantos de las perdices en primavera animaban y alimentaban esa visión romántica del paisaje que a día de hoy sigo teniendo. Y es que el paisaje nos habla sin que nos demos cuenta y nos enseña a ver el mundo y sus cambios, a comprender que todo es mutable y que todo pasa y tiene su tiempo y hasta su final. Contemplando los inmensos rebaños de ovejas con los corderos nuevos, comprendías la vida y la muerte; vida con su nacimiento y muerte cuando eran vendidos para las carnicerías. Pero es que hasta las hojas de los álamos tenían una duración y acababan muriendo, eso sí, siempre de una manera más poética y hasta esperanzadora, pues sabías que lo que se llevaba el otoño la primavera volvería a traerlo. Con las cosechas de cereal y con la llegada en los años ochenta de las vacas frisonas, también conocidas como vacas lecheras, entendías que hasta de los elementos del paisaje se obtenía un beneficio económico y que todo en la naturaleza tiene un objetivo claro y muy diferente al de las grandes ciudades.

“Y es que el paisaje nos habla sin que nos demos cuenta y nos enseña a ver el mundo y sus cambios, a comprender que todo es mutable y que todo pasa y tiene su tiempo y hasta su final.”


El paisaje cambia, pero siempre es el mismo en esencia. Cuando busco una respuesta en mi vida, la solución la encuentro lejos de mi despacho, de la urbe madrileña y del asfalto. Una montaña, un bosque o la ribera de un río pueden ser los mejores maestros  del mundo; no son necesarios ni divanes, ni psicólogos, ni consejeros, el paisaje en sí es la solución; y te das cuenta de que la felicidad se encuentra en lo más sencillo, y que no hay que recorrer miles de kilómetros para ser feliz. En muchas ocasiones basta con subir a un lugar elevado, abrir bien los ojos y dejarte inundar por lo que ves, fundirte con el entorno e intentar descubrir lo que nuestros ancestros en la prehistoria solían hacer, buscando la magia y la belleza en un entorno que nos habla pero que sólo pocos son capaces de escuchar.

Abraham Domínguez
Soñador de nacimiento y buscador por vocación. Profesor universitario, ensayista y artista plástico por definición, mi tarea educativa y mi obra artística buscan el romanticismo perdido de otro tiempo, donde la creatividad y el ingenio dominaban el mundo.

Un día desalmado

Me engaño. Creo que nada me preocupa, pero es solamente otro sucio juego de mi mente. Siempre hay preocupaciones, por pequeñas que sean. Está el que me preocupe de la diferencia de intereses. Sobre todo, la diferencia de sentimientos. La diferencia de sentimientos quita el sueño.

 

Sí. Esa es una de las razones, seguro. Los sentimientos son de otro mundo, no se pueden intentar comprender. No merece la pena gastar energía en ello. Y otra vez me estoy intentando autoengañar para poder dormir tranquilo. Puta conciencia. Que me diga lo que tengo que hacer de una vez. Me aburre. Me río de las preocupaciones de los demás porque me parecen absurdas. Como si las mías tuvieran algún tipo de superioridad. Qué imbécil.

Despierto. Desayuno. Me ducho. Me visto. Voy al trabajo. Doy una cara que no tengo, trabajo tratando con personas. Teniendo que tratar bien a personas que dudo que alguna vez hayan hecho algo para merecerlo. Y seguro que cada vez serán peores. Creo que el paso del tiempo nos hace peores. Es preocupante. Así que bueno, un día más de trabajo, lleno de falsas sonrisas, falsos agradecimientos, falsos halagos. Falso todo. Igual de falso que el dinero por lo que cambio mi tiempo. Trabajo, lo llaman. Una farsa para mantenerte entretenido, para que creas que estás sirviendo para algo, que estás produciendo algo. Para impedirte pensar, al menos durante un rato a lo largo del día. Para que consigas algo que creas que tiene valor. El dinero no tiene valor. Imagina la mierda que quieren que compres con él…

Llego a casa, con el alma empapada en mierda de los demás. En mierda que la gente se guarda para repartir por doquier. Mierda que ojalá se quitara con una ducha.

la puerta. Me quito los zapatos. Me quito la sucia ropa. Me quiero quitar el cerebro. Pero no puedo, así que lo pongo a funcionar. Intento purgarlo de esa mierda que la ducha no quita. No toda, al menos. Voy hacia el frigorífico, lo abro y saco una cerveza. Me siento en el sofá. Levanto los cojines, pero no está la calma por ahí. Hoy no. Quizá mañana.

“Llego a casa, con el alma empapada en mierda de los demás. En mierda que la gente se guarda para repartir por doquier. Mierda que ojalá se quitara con una ducha.”

Abro la cerveza y doy un largo trago. El primero siempre es el mejor. Cojo el mando y enciendo la televisión. No han pasado cinco minutos y ya la he apagado. Sí, a mí también me engañaron para que comprara una. Soy un imbécil integral, igual que los demás. Nada especial, ya lo tenía asumido. Por eso me compré un ordenador. Con él creí que podría elegir lo que quisiera ver, y así es. Puedo elegir lo que quiero ver en una gama más amplia de lo que la televisión me puede ofrecer, pero es más de lo mismo. Una imbecilidad integral. También tengo un móvil, que hace lo mismo que el ordenador, pero me lo puedo meter en el bolsillo. En fin, me río. Qué le voy a hacer. Soy otra oveja más. Sigo pensando en qué puedo ver, leer, escuchar, para limpiar un poquito mi alma después de otra robótica jornada de trabajo cara al público. Música clásica. La música clásica y la cerveza siempre son una buena combinación. Creo que la calma está llamando a la puerta. Pero no, era una falsa alarma. La música clásica empieza a dejar de llenarme. Voy a por otra cerveza a la que doy otro largo trago y busco un poco de rock. Esa que me removía algo por dentro cuando todavía era joven y decía que no tenía esperanza ninguna, aunque todavía sintiera que algo podría salir bien. Estaba vacía. Siempre lo había estado. Otra cerveza. Comenzaba a sentir algo de sueño. Ese sueño que me engaña para que me vaya a la cama y después me sacude cuando ya estoy dentro para que siga pensando. Así que decido resistirme. Busco algún primer capítulo de alguna serie de las que me recomiendan. Los primeros tienen que ser buenos, no puede ser de otra manera, si los productores de la serie no quieren comerse los mocos. Lo veo con otra cerveza en la mano. Otra más. Nada, otro capítulo más que quiere decirle algo al mundo, algo esperanzador que no me convence. Termino la cerveza y me voy a la ducha. Hoy decido no escuchar música mientras me ducho. Intento ducharme despacio. Primero me jabono el cuerpo. Después la cabeza, intentando masajearme a la vez que me jabono el pelo. Intento despejar la mente. Respirar despacio. Un leve momento de paz atraviesa mi cerebro y me sorprende. No estoy acostumbrado, así que pierdo la concentración. Acabo de una vez de aclararme y salgo de la ducha para secarme, me gusta sentir la diferencia de temperatura que hay detrás de la mampara. Me tomo mi tiempo para secarme. Secarse las piernas con esta cantidad de pelo es aburrido, no acabas nunca. Me pongo ropa interior holgada, cómoda, para dormir a gusto. Pero antes voy al frigorífico a por otra cerveza y algo de comer. Como y bebo mientras leo algo, algo de alguien que he leído muchas veces. A veces creo que le comprendo. Otras muchas no. Pero me engancha. Es algo de lo que nunca te cansas. Leer algo te transporta, te eleva. Te hace dejar de sentir el suelo, la suciedad del alma, la miseria que te escupen los demás.

Me meto en la cama, quedándome con las ganas de volver a leer eso que ya he leído cientos de veces. Pero de alguna forma, me alegra saber que mañana volverá a estar ahí encima, esperándome en la estantería. Lo abriré, me recibirá con su seductor olor, con su sepulcral silencio y con esa fuerza única que hace que pueda soportar que el mundo vuelva a ensuciarme el alma mañana.

Despierto. Tras lo que parecen veintitrés millones de vueltas en la cama. Esperando el momento de volver a encontrarme con mi viejo amigo que espera en la estantería.

El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco.

Diego Carrera Martín
Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

El diván de mi vecina

¿Podemos o no podemos?

Me ha dicho mi vecina que si PODEMOS llegará a gobernar España, indudáblemente se produciría un caos donde  nos enfrentaríamos unos contra otros como en Venezuela. Vamos, poco más o menos que lo que sucedió durante la segunda República. Claro que, ¿quién osa llevar la contraria a mi vecina?, licenciada en Geografía e Historia.

Es tanta la tirria que tiene a Pablo Iglesias que cada vez que sale en la tele su casa huele a azufre. Tampoco es que le tenga mucha simpatía a Errejón, dice que por su apariencia le quedaría mejor dirigir un campamento de los Boy Scouts. Y si el que es sometido a análisis es Echeníque bordea el tema, ni para bien ni para mal opina de él, sólo alguna vez me dijo que no le entendía al hablar. Y, en cuanto a Irene Montero, es mejor ni mencionarla si no quiero ver salir por su boca sapos y culebras, es una feminista radical y una trepa que no dudaría ni un momento en llevarse por delante hasta al mismísimo Iglesias, afirmó.

Tanta equina me ha llevado a preguntarle hace unos días por los motivos, y tanta vehemencia en la respuesta parecía que estaba informada por la mismísima CIA ya que el CNI, como todo lo que huele a “made in Spain”, sería incapaz de obtener la información de la que ella dispone: “Pablo Iglesias esta puesto ahí por Maduro con el único fin de implantar un régimen estalinista, donde la revolución popular termine con el rey, los bancos y con la iglesia. Y lo peor de todo dividiendo al país cediendo al chantaje de los Catalanes y Vascos”.

“Tanta equina me ha llevado a preguntarle hace unos días por los motivos, y tanta vehemencia en la respuesta parecía que estaba informada por la mismísima CIA”


Mi cabeza se empezó a agitar de mala manera, viendo las calles inundada de protestas sociales, enfrentamientos con la policía, cocteles molotov, sirenas de ambulancias y de coches patrulla, antidisturbios, voces, quejidos, y mucha violencia. Hasta vi a las monjas perseguidas, las iglesias quemadas y el rey acompañado de su estirada mujer, la reina consorte, cogiendo un avión huyendo de España. Tuve que pasar la noche para tranquilizarme.

Claro, con la información que dispone mi vecina cualquiera se atrevía a llevarla la contraria, así que buscando argumentos en la forma de gobernar del Partido Popular con su enorme corrupción y la similitud que algunos han hecho de él con una organización criminal, aparte de su política económica neoliberal contraria a los intereses de la ciudadanía; su respuesta se convirtió en una sentencia: “El PP es un partido serio, así que no me digas bobadas. Los podemita son unos perroflautas”

Tengo que reconocer que mi vecina me tiene anonadado con tanta información, pero lejos de creerme a “píe juntillas” lo que ella me contaba, decidí preguntar a varios conocidos, economista ellos; y he aquí que fue peor que remedio que la enfermedad. Mientras unos me hablaban de un cataclismo económico con la derecha en el poder, otros auguraban lo contrario si fuese la izquierda de PODEMOS la que gobernase, ya que al PSOE lo metían en el mismo lote que al PP y C´s por su política económica en épocas pasadas. Así que, lo único que pude sacar de limpio de las explicaciones recibidas es que, dependiendo de donde viniese el viento la cosa cambiaba, de tal manera que la economía parecía una cosa más de la meteorología que de otros factores que los que hemos leído un poco a Adam Smith influyen en la macroeconomía. Dicho de otro manera, dependiendo de la ideología de quien efectuaba el análisis así era el resultado de éste.

Y, ¿ahora a quien creo yo, a mi vecina, a los economistas, al PP, a PODEMOS o al sursum corda?. Como siempre mi vecina metiéndome en líos, aunque últimamente estoy pensando que el que termina metiéndose en los charcos soy yo mismo; porque tratándose de política, y más de la política de este país, donde la democracia es un tongo, el jefe del estado un monigote muy caro y las instituciones llenas de paniaguados del PP y del PSOE, únicos que se han repartido la tarta durante cuarenta años, lo mejor es practicar la acracia, por lo menos hasta que este país madure políticamente.

Sólo a mi se me ocurre hablar de política con mi vecina.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

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