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¿Podemos cambiar el mundo?

Hace unos días, cayendo en el desánimo empecé a pensar que todo el esfuerzo que hacemos quienes queremos un mundo mejor cae en saco roto. Así lo manifesté a un grupo de amigos tras preguntarles el porqué en este mundo, tanto a nivel de quienes nos dirigen como a nivel individual, no imperaba un sentimiento y un actuar más humanista; entendiendo por humanismo, en un sentido amplio, el valorar al ser humano y a la condición humana, ligado a actitudes como la generosidad, la compasión por lo menos favorecidos o más necesitados, así como la valoración de los atributos y las relaciones humanas.

En cuanto a su significado estimológico, la palabra como tal se compone de la humānus, que significa ‘humano’, e -ισμός (-ismós), raíz griega que hace referencia a doctrinas, sistemas, escuelas o movimientos, de manera que en este sentido podríamos referirnos a un movimiento intelectual desarrollado en Europa durante los siglos XIV y XV que, rompiendo las tradiciones escolásticas medievales y exaltando en su totalidad las cualidades propias de la naturaleza humana, pretendía descubrir al hombre y dar un sentido racional a la vida tomando como maestros a los clásicos griegos y latinos, cuyas obras redescubrió y estudió.

Así, partiendo del sentido amplio en principio aludido ligado al  desánimo en el que me encontraba manifesté mi deseo de querer vivir en otro planeta distinto al nuestro que me permitirá protegerme de él, de nosotros mismos, uno de los amigos se refirió a un concepto que podría curar mi misantropía pasajera al considerar la incapacidad de los seres humanos de hacer un mundo mejor,  siendo tal concepto el transhumanismo, definido por José Luis Cordeiro[1] como un “movimiento cultural e intelectual que afirma la posibilidad y la necesidad de mejorar la condición humana, basándose en el uso de la razón aplicada bajo un marco ético sustentado en los derechos humanos y en los ideales de la Ilustración y el Humanismo.” El transhumanismo (www.TransHumanismo.org) representa una visión positiva del futuro de la humanidad.

Hoy día, tecnologías como ingeniería genética, clonación terapéutica, infotecnología, robótica, así como otras tecnologías que se encuentran en sus fases de implementación como la nanotecnología, la inteligencia artificial y la colonización espacial, forman parte del ámbito de discusión transhumanista. Discusión que impone considerar los riesgos y beneficios de estas nuevas tecnologías con el fin último de desarrollar estrategias y políticas que permitan a las sociedades e individuos navegar por las nuevas aguas que tenemos por delante.

Los transhumanistas esperan ansiosamente el día en el que el Homo sapiens sea sustituido por un modelo mejor, más inteligente y en mejores condiciones en el que dichas tecnologías pueden influir, de ahí que se explore su uso adecuado.

Ahora bien, quedarnos en este concepto como sustitutivo de la voluntad humana -de ahí la discusión de los transhumanistas-, me parece cuando menos arriesgado, siendo por ello que, sin negar la importancia de la tecnología y de la inteligencia artificial como una posibilidad de cambio favorable, sería demasiado escaso sino nos damos cuenta que el poder de cambiar las cosas está solamente en nuestras manos, no sólo en cuanto al desarrollo tecnológico, sino en la capacidad de influencia con nuestro actuar en los demás.

“Los transhumanistas esperan ansiosamente el día en el que el Homo sapiens sea sustituido por un modelo mejor, más inteligente y en mejores condiciones en el que dichas tecnologías pueden influir, de ahí que se explore su uso adecuado.”

Sin embargo, entiendo que esta capacidad de influencia no debemos planteárnosla a nivel global o  como redentor de la condición humana, porque de ahí podría venir el desánimo personal referido al principio, sino que se trata de algo más intimista o más reducido, es decir, en el cambio de uno mismo para intentar cambiar con nuestro ejemplo y/o conducta a los más próximos.

Quizá, se entienda mejor lo dicho formulando una simple pregunta: ¿intentamos cambiar en nosotros mismos lo que criticamos en los demás?. Criticamos, entre otras cosas, la falta de una política humanista no basada solamente en el poder del capital que, también tiene su relativa importancia, porque dentro del proceso productivo es necesario tanto al factor humano o mano de obra como la inversión o capital necesario para que un negocio pueda establecerse y funcionar, ahora bien, debería tratarse también una economía más igualitaria, donde los empleados formasen parte del activo de la empresa, en cuanto que, una mejor preparación y estímulo basado en la promoción profesional. Pero, recuerdo un hechor real que también me comentaba un amigo de cómo habiendo dado la oportunidad a los trabajadores de su empresa de formar parte de ella  como socios industriales,  una vez se sintieron “jefitos” empezaron a arruinar a la empresa con actitudes que iban desde la falta de rendimiento hasta apropiarse de los propios clientes para montar otro negocio al margen, lo que ocasionó la ruina total de quien les dio la oportunidad de ser algo más que un simple trabajador.

Otra actitud muy frecuente es criticar la corrupción política, pero, ¿somos nosotros lo suficientemente íntegros para para hacer esta crítica, o por el contrario somos de los que si podemos defraudar a la hacienda pública lo hacemos? o ¿ayudamos a quien lo necesita sin escudarnos que para eso esta el sistema público de asistencia social?. En definitiva, con un pequeño granito de arena unido a otros muchos podría hacerse una gran montaña, podría conseguirse un gran cambio, pero, ¿estamos dispuestos a hacerlo?. Que cada cual se responda a si mismo.

Lo cierto, es que nuestra actitud negativa la escudamos en la actitud del mismo signo de los demás con reflexiones tan infantiles y falaces como “si roban millones de euros los políticos corruptos o los banqueros por qué no vamos a hacerlo nosotros”, valga como ejemplo actuaciones reales tales como: “hágame usted una factura sin el IVA” o “¿le puedo pagar esto o aquello en dinero negro?”

Como dijo Gandhi: “si quieres cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo“. Quizá se éste el mejor punto de partida para lograr ese transhumanismo tan necesario para cambiar el mundo.

[1] Ingeniero Mecánico por el Massachusetts Institute of Technology (MIT), Máster en Administración de Empresas por INSEAD y se ha formado en Economía Internacional y Política Comparada en la Universidad de Georgetown.

Además de sus actividades en la World Future Society y la Singularity University, es Investigador del Institute of Developing Economies (IDE – JETRO) en Tokio, director de la Single Global Currency Association (SGCA) y de la Lifeboat Foundation, cofundador de la Internet Society (Venezuela), consejero del Center for Responsible Nanotechnology, miembro del Comité Académico del Centro para la Divulgación del Conocimiento Económico y de la World Futures Studies Federation (WFSF) así como asesor de la Asociación Venezolana de Ejecutivos (AVE) y de varias compañías y organismos internacionales.

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Campaña #MeMad

 

 

La campaña #MeMad en Twitter fue promovida por el lingüista y activista por la diversidad mental Hugo Rovira de Saralegui para agrupar en esta etiqueta testimonios sobre el estigma, la discriminación, la violencia, la exclusión, la segregación y la invisibilidad de las personas con sufrimiento psíquico, locas y locos y a las activistas de los colectivos en primera persona como Flipas-GAM y el Orgullo Loco, a fin de que sean visibilizados en los medios de comunicación y concienciar a la sociedad.

Las condiciones laborales de nuestro colectivo son complicadas y precarias, incluso teniendo la discapacidad. Muchas de nosotras no podemos acceder al campo laboral, tenemos que sobrevivir con escuetas pensiones que nos condenan a riesgo de pobreza.

La asociación que los medios de comunicación establecen entre “enfermedad mental” y peligrosidad y violencia no hacen más que aumentar el estigma, siendo además excusa para las medidas coercitivas que se aplican en la práctica psiquiatra.

En los ingresos psiquiátricos se vulneran nuestros derechos tanto humanos como constitucionales. Exigimos el fin de los ingresos involuntarios, la sobremedicación y el uso de contenciones mecánicas.(Prácticas que el Relator de la ONU considera tortura en su informe de 2017.)

Denunciamos también un sistema en el que la precariedad, el paro. las abusivas condiciones laborales, el individualismo y la explotación generan cada vez más sufrimiento psíquico, además de suicidios en la población.

Cualquier persona es vulnerable de sufrir problemas de salud mental y de necesitar los servicios de salud mental, así que esta lucha es de todas.

Algunos de los testimonios recogidos describen situaciones como:

En el día de la salud mental nos representan familiares y asociaciones, pero nunca se tiene en cuenta nuestro sufrimiento psíquico, que es el que visibilizamos con esta iniciativa.

El sufrimiento va desde una depresión, querer verte más delgada, problemas familiares o del entorno a los propios del estigma.

Si queremos trabajar en muchos sitios tenemos que mentir para poder conseguir el trabajo, aún teniendo discapacidad, pues está mal visto.

La sociedad piensa de nosotros que somos violentos, por las películas de miedo y los medios de comunicación, cuando la realidad es que la mayoría somos víctimas de la sociedad.

En cuanto a los ingresos psiquiátricos, van policías a tu casa que, aún sin hacer nada, te inmovilizan y te hacen daño.”

Por llegar tarde a comer, por no querer comer, o por cualquier otra cosa te castigan atándote de pies, manos y abdomen, lo cual dificulta respirar y ya ha causado varias muertes“.

Te dan pastillas y te sobremedican, sin explicarte qué estás tomando, y si pides explicaciones amenazan con pinchártelas“.

Un pasillo estrecho para pasear donde pasar las horas, una tele para toda una planta donde a menudo ponen temas insustanciales. Y, sino estás muy drogado por la medicación, 4 libros que te duran dos días.

Eso a lo mejor de los casos, porque sino funciona pasan al electroshock, descargas eléctricas en el cerebro con las que pierdes memoria hasta con la conversación que estás teniendo.

Todo esto vulnera los derechos humanos y por supuesto, causan traumas, hasta el punto de no querer ir a urgencias cuando te encuentras mal.

Los condicionantes socio-económicos como el paro, la precariedad y la exclusión social son graves escollos para nuestro bienestar. Muchas son las personas cronificadas a causa de no poder afrontarlos. Lo cual contribuye y es catalizador de todo el maltrato y la estigmatización del sufrimiento psíquico.

Por no hablar de la contención química de emociones y deseos, hasta la falta de apetito sexual.

Es por esto que desde Flipas Gam, El Orgullo Loco y Activament, lanzamos propuestas como grupos de apoyo mutuo, arteterapia o el activismo en salud mental.

Colectivo #MeMad

La vuelta a la cruda realidad

Adiós vacaciones. Ya se terminaron esos días de no tener hora para irse a la cama y lo mismo para levantarse. No importa que las sábanas se nos peguen. No hay prisa, sólo los estresados para coger sitio en primera línea de  playa donde instalar su sombrilla a o para hacer alguna excursión. Para algunos, una gran mayoría, el final del verano ha llegado y con ello la vuelta al trabajo y dentro de poco la vuelta al cole de los pequeños.

 

Empieza de nuevo la rutina y con ello la angustia de tener que vivir para trabajar. Según los expertos el periodo de adaptación al trabajo puede durar hasta dos semanas, lo que denominan estrés postvacacional y que sin duda influye en la productividad, aunque el problema realmente surge cuando ese estado de desánimo se alarga y dura más de ese tiempo.

Son muchas y muy variadas las medidas para combatir esta vuelta a la rutina laboral, tales como:

1.- La primera medida es tomarse las cosas con calma. Uno de los motivos por los que la vuelta al trabajo se nos pone cuesta arriba es encontrarnos de nuevo con una vida programada, lo cual no es malo, pues ello nos permitirá organizarnos nuestro tiempo de trabajo y de ocio, no dejando de hacer aquellas cosas que nos gustan y que nos permiten ocupar nuestro tiempo libre, aunque nada más sea descansar de la rutina.

Lo mismo en cuanto al trabajo. Es aconsejable que perdamos algunas horas de la mañana de nuestra primera jornada laboral tras el regreso, o incluso toda, para organizar el trabajo, ya que seguramente el disfrute de nuestras vacaciones ha hecho que éste se acumule. En este caso es importante establecer un orden de prioridades respecto a la importancia de los asuntos o tareas a desempeñar, no intentando, obviamente sacar en un día o varios lo que ha estado esperando durante el tiempo que han durado nuestras vacaciones.

Si la organización de nuestro trabajo no depende de nosotros sino de terceras personas o jefes, no queda más que asumir los tiempos según nos los marcan. En este caso la actitud con la que se asume el trabajo es muy importante. Una gran mayoría pensamos que somos unos desgraciados por tener que hacer todos los días lo mismo para poder sobrevivir, cuando la realidad es todo lo contrario, somos unos privilegiados por tener trabajo en un país  con una tasa de desempleo tan alta.

La vuelta al trabajo, en ningún caso debemos permitir que se convierta en un problema global que anule el resto de sensaciones positivas que podemos tener a lo largo del día. Si fuese así, quizá no sea la vuelta al trabajo la que tenga la culpa de tu “depresión postvacacional”, sino que lo normal es que haya un problema de fondo en  nuestro ámbito o esfera laboral sin resolver, como por ejemplo no estar a gusto con el trabajo que tenemos.

En el caso indicado, lo cierto es que se suman dos problemas, uno la vuelta al trabajo tras las vacaciones y el otro la inadaptabilidad al trabajo que, inevitablemente van a influir en nuestro estado de ánimo. No se puede negar lo que es evidente, estamos ante dos factores negativos, pero igual que en todo, es importante ejercitar  nuestra inteligencia emocional y poner un orden en las soluciones, de manera que, no podemos pretender solucionar en unos días lo que llevamos, quizá años sin solucionar, como sería, siguiendo con el ejemplo la citada inadaptabilidad, por lo que vamos a positivizar en la medida de lo posible esta vuelta al trabajo, tomándonos las cosas con calma en la medida indicada.

 

“… es importante ejercitar  nuestra inteligencia emocional y poner un orden en las soluciones, de manera que, no podemos pretender solucionar en unos días lo que llevamos, quizá años sin solucionar…”

2.- Otra medida es marcarnos objetivos nuevos o retomar los que en algún momento nos marcamos y que debido a la rutina dejamos aparcados. Si nos remontamos a los inicios de nuestra demanda laboral todos teníamos unas metas en cuanto al desempeño del trabajo se refiere. Evidentemente, lo norma es que nos ofertemos en un mercado laborar de acuerdo con nuestra aptitud para su desempeño, lo cual dependerá de muchos factores, pero sobre todo de la formación previa, de manera que cuando se nos brinda la oportunidad de trabajar el siguiente objetivo es la promoción profesional o lo que es lo mismo el ascenso en ese mismo trabajo o en otro diferente teniendo en cuenta la experiencia adquirida en el primero.

Sin  embargo, la rutina, el exceso de trabajo y otros factores que han absorbido nuestra atención y gran parte de nuestra energía, nos han podido obligar a que el objetivo de la promoción profesional fuese aparcado o pasase a un segundo, tercero o cuarto lugar. Pues bien, quizá ahora sea el momento de plantearse de nuevo este objetivo.

Y, si no fuese la promoción profesional el objetivo principal, retomemos los que podamos hacer efectivos y recuperar nuestra ilusión en el trabajo en la medida de lo posible, pensemos en ellos, démonos un tiempo de reflexión para ver como los podemos llevarlos a efecto, como puede ser asistir a unos curso de formación profesional.

Si no tenemos objetivos, ni metas, ni nada por el estilo dentro de nuestro trabajo, quizá nos sirva en  pensar que al menos ese trabajo nos esta sirviendo para obtener unos ingresos de los que dependen unos proyectos de vida que nos hemos marcado, por lo que sería bueno que en este retorno al trabajo retomemos la ilusión de empezar a desarrollar dichos proyectos.

3.- Es muy importante que, a partir de este momento empecemos a trabajar en una terapia para desarrollar tu inteligencia emocional, sobre todo en el aspecto de buscar aquello que nos puede hacer feliz. Se trata de compensar el efecto negativo con uno positivo, acción-reacción, de manera que, si la vuelta al trabajo supone para nosotros un trauma, busquemos en nuestro interior aquello que delimite la obligación laboral con otros aspectos de nuestra vida que fomentan nuestro desarrollo como personas y que nos hacen ser y estar felices.

A modo de ejemplo, muchas personas, han adoptado el papel en el trabajo de sumisos a los jefes, intentando ser buen compañero y no buscar problemas; papel que en modo alguno les está haciendo felices ante un abuso de autoridad o explotación por parte de los jefes, la existencia de malos compañeros o no luchar por aquellos derechos laborales que les corresponde. Pues, quizá sería este momento de la vuelta al trabajo para empezar a plantearnos esas pequeñas cosas que no nos gustan de nosotros mismos en nuestra vida laboral, de manera que este retorno al trabajo sea un antes y un después, un punto y aparte. Eso sí, nuestra inteligencia emocional tiene que valorar las consecuencias de nuestros actos, por lo que debemos buscar la compensación en lo que podemos ganar o podemos perder.

“… muchas personas, han adoptado el papel en el trabajo de sumisos a los jefes, intentando ser buen compañero y no buscar problemas; papel que en modo alguno les está haciendo felices ante un abuso de autoridad o explotación por parte de los jefes, la existencia de malos compañeros o no luchar por aquellos derechos laborales que les corresponde.

Es muy importante que esta terapia se haga con un auténtico profesional en psicología alejándonos de los muchos gurús, padres espirituales, canalizadores de energía, sectas u otros elementos similares, que te prometen arreglarte la vida en dos días y lo único que consigue es desbaratártela.

4.- Por último, quizá sea el momento de empezar a practicar alguna técnica que nos ayude a relajarnos, siendo una muy utilizada en los últimos tiempos el mindfulness o atención plena que consiste en tomar conciencia del momento presente. Es vivir aquí y ahora. A través de la atención plena en el momento presente las personas que lo práctican quedan libres de enredarte en el pasado y preocuparte por el futuro, alcanzándose con ello la paz mentan y, por lo tanto, un estado de relajación.

Son muchas más las medidas que se podrían enunciar, pero en realidad de lo que se trata es de que tomemos conciencia que la vuelta al trabajo no es tan mala como para convertirla en una auténtica tragedia. Pensemos que forma parte de nuestra vida y que como tal tiene sus cosas negativas y sus cosas positivas, de lo que se trata es de potenciar las últimas. Busca en tu interior como hacerlo seguro que encontraras más de un recurso para hacerlo y sentirte mejor.

 

 

 

 

 

Amparo Perianes

Escribidora de las pasiones. Me gusta más el fondo que el envoltorio de las personas. Filóloga inglesa.

Tempus fugit

Si no recuerdo mal, se atribuye a Virgilio la expresión tempus fugit recogida en su poema “Georgicas”, dentro de la siguiente frase  ‘Sed fugit interea fugit irreparabile tempus’  haciendo referencia de esta manera a la insustituilidad del tiempo. 

El tiempo se escapa. Esto me lo decía recientemente hace unos días un querido amigo,  más que eso, un hermano, con lo que ello supone, para lo bueno y para lo malo, para que habré sacado la lengua a paseo…, en respuesta a mi felicitación por su cumpleaños, a lo que le respondí algo así como “habrá que atarlo”.

Hoy es muy cumpleaños e inevitablemente empecé a darle vueltas a la frasecita en cuestión, cosa que se las trae porque su fin siempre es el mismo: la muerte.

Sí…, amigas y amigos, el tiempo pasa, y a partir de que superas el medio siglo de edad, con mayor rapidez que antes, podríamos decir que “el tiempo vuela” y te das cuenta de que tus padres, si tienes la suerte de tener a los dos, ya son unos ancianos y tu y yo unos carrozas que, aunque conservemos un espíritu joven -yo quizá demasiado-, cuando nos miramos al espejo -salvo que alguno se haya hecho algún arreglito para estirar un poco la piel-; el pelo, si lo conservamos, esta manchado de canas si es que no se ha vuelto totalmente blanco; la piel se nos descuelga por algún sitio que en otro, nos salen más pelos en los orificios de las narices, las cejas y la barba también se nos vuelven canosas. Es cuando te das cuenta que tempus fugit.

Pero no todas las cosas son negativas, si por negativo entendemos hacerse viejo, por lo que prefiero ver la película desde otra perspectiva que me haga más feliz. Perspectiva que no es otra que el darse cuenta de la suerte que tenemos de estar vivos y medianamente sanos, ya que es raro pasando cierta edad que no te levantes sin que te duela alguna parte del cuerpo -será por aquello de que “de los cuarenta para arriba no te mojes la barriga”-, y aunque somos conscientes de que esta vida puede tener más de “puta” que de otra cosa, permitid gritar que ¡¡¡ Bendita putada !!!, pues durante este trayecto te he conocido a ti o he conectado contigo, quien sabe si a través de este escrito; he visto salir el sol todos los días por oriente y ocultarse por occidente; he amado… Y lo mejor de todo sigo amando, sigo vivo.

El final no me importa y, aunque siempre es el mismo por mucho que cambiemos la óptica con la que se mire,  incluso  utilizando los cristales de colores “guays” con los que todo se ve estupendo. Tengo asumida la muerte que no el dolor con el que quizá llegue al final de mis días, la tengo asumida igual que la vida, pero no me quiero morir. Me da mucha pena quienes sí lo quieren, porque tiene que ser tan grande su desgracia o su desequilibrio para no ver los dos lados de la vida, que me gustaría gritarles: “yo también estuve un día como tú, hundido, pero de todo se sale, el tiempo igual que pasa, cura ciertas heridas, y si no las cura tenemos que aprender a vivir con ellas con la mayor dignidad posible”, aunque también entiendo a aquellos que en uso de su libertad prefieren usar el otro camino.

“Tengo asumida la muerte que no el dolor con el que quizá llegue al final de mis días, la tengo asumida igual que la vida, pero no me quiero morir. Me da mucha pena quienes sí lo quieren, porque tiene que ser tan grande su desgracia o su desequilibrio para no ver los dos lados de la vida.

Repito: “el final nada me importa”, es algo que está ahí,  aunque cuanto más lejos mejor. Y no me importa porque mientras esté vivo tengo el deber de ser feliz y hacer todo lo posible para que los demás, sobre todo a los que están más cerca o a mi lado, también lo sean. Un deber que incumplimos muchas veces por enfrascarnos en aspectos que no son más que circunstancias cuya eventualidad convertimos en la mayoría de las ocasiones en conductor de sentimientos negativos o en eje de nuestra vida aunque sea en un breve espacio de tiempo, quizá muchas veces fruto de nuestra soberbia de no darnos cuenta de nuestra propias limitaciones, o por no tener la suficiente inteligencia emocional como para darle el lugar que le corresponde en una escala de prioridades. Al final el planteamiento es muy fácil: hay dos caminos, uno que me llevará a sentirme mal por el análisis que he hecho de la circunstancia en cuestión o sentirme bien o menos mal. De nosotros depende que elijamos el que más nos conviene en el intento de darle una solución evitando que lo que es circunstancial en ocasiones se enquiste y nos pueda jorobar la mañana, la tarde, la noche y, en definitiva, la existencia.

Sí, el tiempo se fuga, se escapa y no lo podemos atar, pero el cofre que guarda el tesoro de mi vida, con más cosas de hojalata que de oro y plata, están los conocimientos y  la experiencia que he adquirido durante a la vida, lo que en cierto modo me ayuda vivir. ¿Os acordáis de aquel refrán que dice: sabe el diablo más por viejo que por diablo”?. Durante la vida aprendes a vivir, no cabe duda, y sino algo va mal.

Estoy vivo… y eso es todo,  estoy en etapa de mi vida en la que todavía puedo hacer muchas cosas, quiero hacerlas. Pero, sobre todo, quiero sentirme vivo, porque de que me sirve estarlo si no lo siento. Lo importante es vivirlo y sentirlo, con sus cosas buenas y sus cosas malas.

No tenemos que hacer las cosas por demostrar a los demás que sabemos hacerlo o que somos mejores. Tenemos que hacerlas porque de ello depende nuestra propia existencia; sí, no exagero. Todo tiene un orden, y cuando no lo tiene surge el caos, por eso siempre tenemos que despejar en la ecuación de nuestea vida la incógnita que nos ayude a mantener ese orden. No es tarde para nada. No es tarde para hacer lo que nunca hiciste. No te machaques en pensar que has perdido el tiempo, porque habiéndolo vivido ya es motivo suficiente como para estar agradecido o agradecida a la vida. Empieza a tallar el destino de tu vida y líbrate de todas esas cargas que te tiran hacia abajo, solucionándolas o pasando de ellas, lo que más te convenga. Pero sobre todo una cosa muy importante, no odies porque el odio es una losa en el corazón y quizá, la persona a la que odias sea más digna de lástima, o pasar de él o de ella, si a tu vida no aportan nada. Déjate  de quejarte, no te comportes como las plañideras.  Grita, quiero vivir y vivir con amor, el que tú eres capaz de dar, sin esperar recibir nada a cambio. Te garantizo que cuando das amor es raro no recibirlo, al menos sentirás la satisfacción de hacer lo que debes.

Sí, amigo mío, tempus fugit, y como no lo puedo detener, ni atar, ni sujetar, es importante plantearnos como vivirlo, pero poco tengo yo a vos que enseñaros sino todo lo contrario, aprender.

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

¿Amigos?

 

La amistad es tan importante que se dicen que, quien tiene un amigo tiene un tesoro. Refrán que pondera el valor de la amistad por encima de cualquier bien material, y desde luego en las necesidades verdaderas podemos encontrar más fácilmente ayuda en un amigo que en cualquier posesión.

Resulta obvio que la amistad juega un importante papel en nuestra vidas, puesto que todo el mundo necesita vivir y tener vínculos de afecto y confianza, debido a que amistad implica una satisfacción psicológica mutua caracterizada por la comprensión de los sentimientos y pensamientos de ambas personas.

La amistad significa entendimiento mutuo, afecto, respeto, comprensión, empatía. Los amigos disfrutan de la compañía mutua y se muestran leales los unos con los otros, hasta el  punto de mostrar altruismo. Sus gustos o ideas pueden  ser similares, y suponer un punto de encuentro entre ellos. De un amigo también se dice que es aquel que no está sólo cuando las cosas van bien, sino también en momentos de dificultad.

Un verdadero amigo es ese que está más cerca que un hermano, si cabe,  pero además es permanente, tenaz y constante en su lealtad y amistad, esta ahí siempre que los necesitamos o acude a nuestra ayuda cuando nos ve angustiados…, y nos aconseja con honestidad. Sin embargo quienes se autodenominan amigos y sólo buscan satisfacer determinados intereses o determinadas necesidades afectivas, no son verdaderos amigos, tratándose de una relación con fecha de caducidad.

Ya el filósofo griego Aristóteles diferenció tres tipos de amistad. La primera es la amistad de utilidad, la segunda sería la amistad accidental y la tercera sería la “verdadera” amistad.

“Un verdadero amigo es ese que está más cerca que un hermano, si cabe,  pero además es permanente, tenaz y constante en su lealtad y amistad, esta ahí siempre que los necesitamos o acude a nuestra ayuda cuando nos ve angustiados…, y nos aconseja con honestidad”


En la amistad de utilidad, común entre los adultos. En ella existe una involucración entre dos o más personas, no por afecto, sino porque les reporta algún beneficio. Además, no suele dar origen a una relación permanente o duradera debido a que la relación se rompe cuando el beneficio o beneficios que reporta, se agotan.

En la amistad accidental, el elemento fundamental es el placer que reporta, por ello viene siendo las más común entre los jóvenes en cuanto que es aquella que surge de las relaciones procedentes del uso del ocio, formando parte de la misma también la que surge en las relaciones puramente sexuales. Igualmente, no suele tratarse de una relación duradera, terminando cuando cambia el gusto de alguno o algunos de lo sujetos que participan en ella, también por  la edad, la madurez emocional, etc..

La última, es la que verdaderamente encarna la verdadera amistad, aquella cuyo origen parte de la palabra amor. A diferencia de las otras dos, ésta si da paso a una relación duradera que suelo durar toda la vida. Podríamos decir que a ella se llega siempre que las personas dentro de la relación tienen un cierto nivel de bondad, incluso de abnegación en pro de su supervivencia.

Sin embargo, el materialismo y el individualismo de nuestros días hace que las relaciones de amistad sean cada vez más endebles, además de fraguarse muchas veces con elementos tan débiles que hace que los pilares que la sustentan pueden desmoronarse en cualquier momento, tal es el caso de los foros on line para encontrar amigos que, si bien pueden constituir una ayuda para conocer a personas que también buscan conocer a otras, sin embargo la verdadera amistad surge del trato personal, poco a poco; no es como el amor, propiamente dicho, que a veces surge a primera vista, lo que se denomina el flechazo.

También, hoy día las personas, sobre todo los más jóvenes se preocupan más por tener amigos que, en vez de centrarse en ser un amigo, un amigo que sabe perdonar, incluso, los defectos y fallos de sus amigos; intentando minimizarlos e incuso restarle importancia. El amor duele, la amistad también.

Los años, a sabiendas que no estamos ante una ciencia exacta, ni siquiera ante una ciencia, terminan aconsejando que, aunque hayan pasado por tu vida amigos que te han traicionado, merece la pena seguir confiando en el resto de tus amigos y en los que están por llegar. Aunque, esto no significa  que confiemos en todos nuestros “amigos,” porque algunos, no lo son. Cuídate de ellos, los conoceras por unos rasgos que los delatan:

1º. El/la que siempre quiere ser mejor que tú. Es aquel que no se alegrará de tus éxitos ni te felicitará por ellos. Este tipo de “amistad” o mejor dicho de mala amistad tiene su origen en la naturaleza competitiva y en la inseguridad.

2º. El/la que siempre tienen problemas. Los plañideros, los que siempre están llorando en tu hombro, desganados y que se vienen abajo enseguida.

3º. El/la que siempre te quiere hacer sentir culpable. Son los que continuamente cuestionan o reprochan tus acciones. Actúan así porque la mayoría de las veces no tienen vida propia. Son personas que no quieren ni están dispuestos a comprender tus necesidades.

4º. El/la que siempre va sin dinero en los bolsillos porque no pasa por una buena situación económica que le permita hacer frente a sus necesidades básicas, pero sin hacer nada por cambiar la situación o compensar tu esfuerzo de alguna manera.

5º. El/la que siempre está cotilleando, incluso acciones que ellas mismas protagonizaron en el pasado. Suelen ser personas carentes de personalidad y de la necesidad de hacer el bien.

6º. El/la que siempre está ocupado/a. Nunca tiene tiempo para sus amigos, no sólo para compartir el tiempo de ocio común, por lo que mucho menos cuando se le necesita.

7º. El/la que siempre está para lo bueno, pero no para lo malo. Son capaces de pasar varios días enteros contigo sin dormir si de lo que se trata es estar de fiesta, pero que huyen o no se les encuentra cuando de lo que se trata es socorrer a un amigo o prestarle su asistencia.

8º. El/la que siempre quiere quedar bien. Los “bien queda”, son los que nunca se comprometen con nada, ni siquiera cuando se trata de sacar la cara por ti, ni tampoco cuando se trata de recibir de ellos una crítica, consejo u orientación.

9º. El/la que siempre busca obtener algún beneficio. Son los interesados, están contigo porque le puede reportar algún beneficio.

10º. En/la que siempre está preguntando sobre tu vida pero son totalmente herméticos sobre la suya, o siempre cuentan los detalle que más les favorece o le permiten quedar por encima de ti.

Por supuesto que existen más conductas, dependiendo muchas de ellas de la casuística para destapar a aquellos amigos que no lo son tanto. Pero si piensas abandonar la amistad por una mala experiencia piensa que el mal es necesario para que la verdadera amistad surja.

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

¿Soberbio yo?

Suele ser muy frecuente que cuando alguien cuestiona una faceta de tú vida, la respuesta sea responder de forma airada, aún sabiendo que nuestro interlocutor tiene algo de razón, o toda. No nos gusta oír críticas que nos afectan y menos que nos las digan en nuestras narices

Hay personas que no necesitan la aprobación o desaprobación de los demás para actuar porque se consideran autosuficientes, de manera que no aceptan ni siquiera un consejo y menos la ayuda de los demás, incluso en aquellos momentos en los que se encuentran más débiles y perdidos.

También existen personas que se creen superiores a los demás, bien porque han alcanzado el éxito buscado, no sólo en su vida profesional  sino también en la personal y, por tanto con el derecho de pisotear a los que considera están por debajo de él o de ella. El gran problema surge cuando esa superioridad es moral, es decir, cuando alguien se cree con el sacrosanto derecho de corregir y dar lecciones a los demás con esa soberbia espiritual de quien se cree que está en el camino correcto.

No existe un título de moralidad, ni siquiera como Disciplina filosófica que estudia el comportamiento humano en cuanto al bien y el mal y, menos aún, como aquel conjunto de costumbres y normas que se consideran buenas para dirigir o juzgar el comportamiento de las personas en una comunidad.

El bien y el mal existe, el algo evidente, igual que existen personas buenas y malas, pero quienes somos nosotros para atribuirnos el derecho a juzgar a los demás, ni siquiera aquellos que están o se consideran moralmente superiores. El bien se vive y se practica. Teorizar es muy fácil.

Sólo así nos convertiremos en verdaderos referentes para los demás, pero no para nuestro prurito personal, sino desde la humildad y la generosidad de quien abre las puertas de su vida para compartirla con los demás. No solo de nuestras vivencias, sino también de nuestros aprendizajes desde la postura que todos somos aprendices de la vida.

Debemos tener en cuenta que todo el mundo tiene algo siempre que enseñarnos y, por esta razón, debemos aceptar sus críticas siempre y cuando lo hagan, por supuesto desde la educación y el respeto, con el objeto de mostrarnos, que no imponernos desde una ética o creencia, un camino diferente para mejorar y no para presumir de su bondades o de superioridad moral  o cualquier otra cualidad, porque eso lamentablemente los convierte en seres soberbios.

“Sólo así nos convertiremos en verdaderos referentes para los demás, pero no para nuestro prurito personal, sino desde la humildad y la generosidad de quien abre las puertas de su vida para compartirla con los demás”

Acordaros de aquello que dijo el Rey Salomón: “Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; Mas con los humildes está la sabiduría”, (proverbio 11.2).

Aún a pesar de lo muy molesto que son los soberbios, por su petulancia, por el eco de sus palabras dichas para ser escucharlas por el mismo, recreándose en su discurso, sintiéndose  el mismísimo Cícerón; pensad por encima de todo que son seres inseguros, por ello infelices, como la misma inseguridad que aquellos que tienen la auto estima por el suelo. Por ello, no merece la pena enfrentarse a ellos  y menos cuestionarlos o ridiculizarlos públicamente porque con su estado de enajenación egocéntrica le llevará a utilizar la artillería pesada contra ti intentando destruirte para seguir en la cúspide de su pequeño mundo, solo el que puede controlar.

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

En busca de la felicidad perdida

Nos pasamos la vida queriendo ser mejores que los demás. Nada más tenemos que ir a las redes sociales para comprobar que allí todos y todas, o al menos una gran mayoría cuelgan sus mejores fotos, incluso alguna retocada por photoshop o algún otro editor de imagen para aparecer con menos arrugas, más pelo, menos tripa, abdominales marcadas, pechos turgente y algún que otro complemento que pone de manifiesto que estamos a la última.  Colgamos los videos y fotos de un fin de semana o de unas vacaciones idílicas, del nacimiento y crecimiento de nuestros hijos, de sus primeros días de escuela, de la imposición de bandas en todos los grados de la enseñanza -antes sólo se hacía en la universidad cuando terminabas la diplomatura y licenciatura imitando a las universidades americanas.

Al menos una gran mayoría colgamos toda la vida en nuestro pefil, pero olvidamos de forma intencionada, poner aquellas otras imágenes menos bonitas, es más, ni siquiera hacemos una foto de aquellas partes de nuestras vida que no son tan vistosas, y es lógico, nadie quiere recordar los malos momentos. En definitiva damos una imagen de nuestra vidas que no es la real y percibimos también una imagen de los demás que no se corresponde con su realidad o vida diaria.

Por otra parte, los medios nos abren una ventana al exterior que tampoco se corresponde con la realidad, siendo maquilladas con caras muy distintas según donde quieran poner el énfasis para aumentar el nivel de audiencia o de lectores a través de un sensacionalismo que, en ocasiones da vergüenza o causan indignación por no poner el límite en lo que es la privacidad de las personas o su derecho al honor.

Sin embargo esos mismos medios que ponen la cara exitosa se olvidan de transmitir los valores para alcanzar ese éxito, como el trabajo, el esfuerzo, la perseverancia, pero también el respecto a quienes son nuestros competidores más directos, de manera que nuestros resortes estén lo más lejos posible de una competencia desleal.  Además casi siempre nos ofrecen, o bien  la mejor cara del éxito, o por el contrario la parte o el lado más negativo, extrapolando conductas o manifestaciones donde solamente los editores buscan el morbo de la noticia.

Y, el resultado de todo este coctel es una sociedad insatisfecha, frustrada, sin Norte ni Sur, sin Este, ni Oeste, porque la realidad muestra que el éxito pocas veces es el resultado de un golpe de suerte, sino todo lo contrario; hay que currárselo y de forma muy dura porque cada vez la competencia es mayor y, desgraciadamente, también fuera del respeto debido. Así, ante tal insatisfacción algunos buscan en el consumismo la forma de compensarla, otros en falsos dioses o falsas religiones sectarias que les apartan del mundo real, de su familia y amigos, basándose en nuevas filosofías que no son más que un popurrí de conceptos trasnochados a los que se les ha dado una nueva mano de pintura sin ni siquiera haberse hecho un tratamiento antióxido previamente, con lo cual sólo tienes que rascar un poco para darte cuenta que detrás de esa nueva cara todo esta oxidado y manipulado. Entonces, ¿en qué creemos?.

“… el resultado de todo este coctel es una sociedad insatisfecha, frustrada, sin Norte ni Sur, ni Este, ni Oeste, porque la realidad muestra que el éxito pocas veces es el resultado de un golpe de suerte, sino todo lo contrario; hay que currárselo y de forma muy dura porque cada vez la competencia es mayor y, desgraciadamente, también fuera del respeto debido.”


Los seres humanos, al menos en estas sociedades que llamamos avanzadas o modernas, aunque en realidad son todo lo contrario por repetirse los mismos errores que en el pasado,  donde la cultura y la información fidedigna está al alcance de nuestras manos, sólo tenemos que hacer un breve paréntesis para buscarla. Podríamos decir,  que si no la buscamos es porque no queremos, porque una mente lasa es lo que tiene, la comodidad de no pensar por nuestra cuenta, de no cuestionarnos las cosas, de quedarnos con lo primero que leemos en no se que sitio de internet o en un libro de autoayuda.

Además, esa imitación del éxito de los demás, también por desgracia se queda la mayoría de las veces en el aspecto exterior o material, en lo superfluo, como una mejor posición social, una abultada cuenta corriente, un mejor chalet, una segunda vivienda en la playa, un mejor coche de alta gama; son los resortes  habituales que nos mueven a un cambio. En otras palabras, buscamos la felicidad en cosas tan materiales que, cuando las logramos, vuelve a sorprendernos la misma o parecida insatisfacción de antes.

Y, es que la felicidad no siempre hay que buscarla fuera, porque aparte de tener una predisposición a este estado vital haciendo las cosas de manera que podamos alcanzar el éxito soñado, tenemos que ahondar en nosotros mismos para analizar realmente lo que estamos buscando y si lo estamos haciendo de manera correcta; pero sobre todo si lo que tenemos en nuestra cabeza como ideal de vida nos hará plenamente felices, o si la idea de felicidad que nos hemos forjado en nuestra cabeza es alcanzable o no.

Claro, que para hacer esto hay que tener cierto sosiego, cierta paz interior de la que una gran mayoría carecemos porque estamos acostumbrado a vivir en un mundo con un ritmo vertiginoso. Es por ello que tenemos que intentar cada día buscar ese remanso de paz y pensar si estamos haciendo lo correcto, si estamos viviendo de acuerdo con nuestras posibilidades, si hemos elegido el camino adecuado, si vimos como buenas personas intentando hacer la vida más agradable a los demás, de manera integra y con la mayor dignidad posible.

Algunos pensarán que esto es propio de monjes o personas que han entregado su vida a Dios, de persona que buscan la santidad, de santones y beatas. No, no es necesario consagrar nuestra vida si no tenemos vocación para ello. Se trata simplemente de conseguir un mundo mejor y para ello tenemos que intentar ser nosotros mejores cada día. Me atrevería a decir que si los seres humanos fomentásemos entre nosotros cierta fraternidad todo iría mejor.

Si queremos alcanzar las estrellas, tenemos que convertirnos en una de ellas, empezando a generar con nuestra vida recta y honesta la luz que ilumine a los demás para que puedan ver que lo que hace más feliz al ser humano es más que una vida llena de éxitos en lo material, sino el trabajo constante por ser cada día mejor persona, mejor ser humano. Se trata de conseguir un mundo mejor poniendo cada dia nuestra pequeña aportación.

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Las panaceas

Quizá las y los más jóvenes  no hayan vivido la botica de la abuela, pues los que ya tenemos cierta edad, algunos de mis colegas ya son abuelos, ya  hemos perdido la destreza de aprender de la naturaleza.

Permítanme que rememore a aquellas abuelas nacidas en la primera treintena del siglo pasado, sobre todo aquellas nacidas en núcleos rurales, de como tenían un montón de tarros, algunos pocos de cristal y el resto de cerámica o barro, llenos de hierbas, cada una un remedio para una dolencia.

Hay una que sigo recordando de manera especial por lo curioso y hasta simpático de su nombre, me refiero al  “Gordolobo”, que servía para los catarros, bronquitis, dolor de garganta…, vías respiratorias en general, y a la que yo ponía como etiqueta la imagen que su nombre literalmente representaba. Quizá también la recuerde porque era la que más utilizaba mi abuela conmigo, pero de entre todas las hierbas también me acuerdo, aunque no de su nombre, una que era la panacea para todo, creo, sino recuerdo mal, que era una mezcla de varias.

Insisto, hemos perdido la destreza de saber leer y aprender de la naturaleza, ahora si queremos un remedio natural nos vamos a nuestro herbolario de confianza y pagamos lo que nos pidan por esa hierba que necesitamos porque la tienen que traer de no se que pueblo del Nepal. No sabemos estar ni disfrutar de la naturaleza y menos saber coger lo que nos ofrece para nuestro bienestar pero, aún peor, en vez de devolverle el favor la castigamos abusando de sus recursos. Pues bien, igual que ocurre con las panaceas que algunos buscamos en la fitoterapia, sucede con la vida en general.

No se a quien se le atribuye una frase que dice: “nos pasamos media vida pensando en el pasado y la otra media planificando el futuro y nos olvidamos de vivir el presente”. Así somos los seres humanos, lamentándonos de lo que deberíamos haber hecho en el pasado o de lo que pudimos hacer mejor, de nuestros errores, de nuestros desaciertos o añorando esos momentos felices, presumiendo de lo que fuimos para nuestra vanagloria, no para servicio de los demás. Pero, aún peor, es la otra tarea que ocupa la otra media vida restante, la planificación de todo o casi todo lo que nos rodea sin darnos cuenta que ni siquiera tenemos la certeza de si viviremos en la próxima media hora. Eso por poner un espacio suficientemente amplio, dejando, como así es,  la muerte súbita a una minoría.

Que trabajo y esfuerzo perdido que agotamiento en tener todo controlado. De acuerdo que debe existir un mínimo control de las cosas, no todo se puede dejar al arbitrio del futuro, al movimiento de los astros o a lo que “Dios quiera”, pero de ahí a querer controlarlo todo hay un paso significante, además de ser una labor, no tanto heroica como imposible. Como igualmente lo es buscar una panacea a todos nuestros problemas, a nuestra existencia, algo que nos de la felicidad o al menos una paz interior.

 

“Que trabajo y esfuerzo perdido que agotamiento en tener todo controlado. De acuerdo que debe existir un mínimo control de las cosas, no todo se puede dejar al arbitrio del futuro, al movimiento de los astros o a lo que “Dios quiera””

Por desgracia para ellos, hay muchas personas que funcionan de esta manera, buscando la felicidad, no solo en casas o puertas ajenas, sino también en sospechosos estilos de vida, pseudociencias, pseudoreligiones, o simplemente ciencias o religiones, cuando la mayoría de las veces la solución la tienen a su alcance y no se dan cuenta.

Posiblemente si esto lo firmase un doctor en psicología, como algún colaborador habitual de este medio, ustedes le otorgarían un mayor grado de solvencia respecto a lo que se esta analizando o se pretende analizar que es nuestra propia felicidad, y le prestarían más atención y hacen muy bien. Pero un servidor que no es doctor de nada, ni pretende serlo, solo  un simple aprendiz de los demás, he aprendido de la subjetividad de la felicidad.

Cierto también es que salvo que se trate de una simple opinión, y aún así, es necesario documentarte antes de hablar de algo, tanto para someterlo a una crítica positiva como a una mordaz. Pero en este caso no es así, no necesito fundamentar nada porque respeto “absolutamente” la libertad del individuo y dentro de esa libertad la opción de elegir el camino o los caminos que considere más adecuados a lo largo de su vida.

También sería que cualquiera de nosotros intentásemos influir en la decisión de los demás en la elección de su modo de vida. Solo decidles, que cuidado con los charlatanes, algunos con título oficial, colegiados y con consulta abierta al público, que les prometen panaceas para solucionarles su vida o para encontrar esa  pretendida felicidad. Insisto, los años me dan la confianza de poderles contar que en momentos de auténtica desesperación he intentando buscar cualquier remedio, y la mayoría por no decir todas,  me he equivocado. Hay que ser muy concienzudos cuando se trata de nuestra salud, incluida la mental o emocional.

¿Qué es la felicidad?. Creo no equivocarme si afirmo que casi todos y todas nos hemos hecho esta pregunta alguna vez. Además de las definiciones tan respetables que cada uno de nosotros o nosotras podríamos dar, aparte de los numerosos ensayos y estudios filosóficos, psicológicos, antropólogos, teológicos y todas aquellas ciencias o creencias que tratan de la conducta humana o la tocan aunque sea de soslayo, incluso de la divina, creo coincidir con la mayoría, que la consideran como un estado, no como una imposición, tratándose además de un estado efímero. Algunos con un sentido más poético que el mío lo definen como “un estado, un fluir, un instante que nos regala la vida en su nombre, en cualquier momento y en cualquier circunstancia”.

Puede parecer raro que alguien encuentra la felicidad en el cumplimiento de ciertas obligaciones, como en el desarrollo de su trabajo habitual; otros y otras la encuentran en sus obras sociales, de caridad o de servicio a los demás pero las hay también quienes la buscan en la paz de su espíritu, en la soledad, disfrutando de un bello atardecer o de un cielo lleno de estrellas. Cada uno hacemos lo que podemos para administrar nuestras emociones intentando alargar esos momentos lo máximo posible, lo cual en muchas ocasiones, tanto estirar hace que se rompa y pierda la magia que la dota de ese alma que la hace exclusiva y diferente. Aunque el verdadero problema es cuando entramos en la insatisfacción de lo que hacemos muchas veces al haber convertido en rutina lo que en día fue un remanso colmado de felicidad

Permítaseme que traiga a cuento una frase del novelista ruso Leon Tolstoi, que dice:“Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo”. Es verdad, es algo tan fácil como vivir, pero viviendo lo bueno y lo malo, no intentando medicar nuestros sentimientos o emociones, no utilizándolas nunca para obtener el consuelo de los demás la lastima o buscando la solución en ellos, sino todo lo contrario, asumiendo y aprendiendo tanto de lo bueno como de lo malo, siendo benévolo con los errores cometidos en el pasado, pero sobre todo teniendo en cuenta otra frase ajena, en este caso del polifacético Jean-Paul Sartre, filósofo, escritor, novelista, dramaturgo, activista político, biógrafo y crítico literario francés, que asegura que la “Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace”.

Pero también, siendo consciente que el día tiene veinticuatro horas y que dentro de ese tiempo debemos poner en orden nuestra actividad dando prioridad a lo que realmente sea más apremiante y necesario y así en línea descendente. Con ello nos daremos cuenta que determinadas menudencias nos quitan demasiado tiempo pensando como resolverlas cuando ni siquiera han llegado a convertirse en un problema que solucionar y teniendo en cuenta, además, que dentro de ese tiempo debemos dejar un tiempo de reposo para nuestro cuerpo y espíritu pero también para disfrutar de aquello que nos gusta.

No sirve para nada globalizar nuestros problemas, sino solo para enquistar nuestras emociones y no salir de ahí.

“… siendo consciente que el día tiene veinticuatro horas, y que dentro de esas horas debemos poner en orden nuestra actividad dando prioridad a lo que realmente sea más apremiante y necesario y así en línea descendente, con ello nos daremos cuenta que determinadas menudencias nos quitan demasiado tiempo pensando como resolverlas cuando ni siquiera han llegado a convertirse en un problema que solucionar”

Ahora bien, si hay algo que realmente da la felicidad es intentar ser mejores cada día, viviendo el día de hoy como si realmente fuese el último que nos tocase vivir, puliendo nuestra existencia en este vertiginoso ir y venir de emociones, limando los errores cometidos, no solo en busca de nuestra felicidad sino también de los demás. Y tengan en cuenta que las panaceas no existen, no pierdan más tiempo en buscarlas, ni intentando hablar con los nomos que hay debajo del árbol de su jardín. Si necesita un profesional, búsquelo, pero uno de verdad, déjense de esoterismos, estrellas y dioses del Olimpo, o de no se sabe que falsas creencias e ideologías de iluminados.

 

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Ideologías. ¿Qué es eso?

 

Escucha
Reconozco que, sobre  lo que más me gustaría escribir seria de aquellas historias o aprendizajes obtenidos en mi vida diaria en la convivencia con los demás. Pero, ¿a quien va a importar esto?. Es por ello que al final he terminado haciendo de critico político, ni mejor ni peor que la de cualquier critica que puedan hacer  ustedes; eso sí, procurando, con datos objetivos, que es lo que dificultad esta tarea, donde la imparcialidad es un elemento que suma; reconozco que aveces de muy difícil cumplimiento.

 

Sin embargo, hoy quiero ser más intrépido y quizá a riesgo de que alguien se sienta tentando a abandonar esta lectura, por pensar que nada puede aportarle mi cualidad observadora del comportamiento humano, es el mejor momento para hacerlo pero quizá cambie de opinión si le prevengo de que aquí recojo lo aprendido de los más sabios del mundo, de nuestros ancianos.

Cada día más, quizá porque los años pasan por mi sin darme cuenta, encuentro en mi camino a personas mayores, algunos en el cenit de su vida, que necesitan seguir reafirmando su posición social o aquella cualidad que les hace sentirse superiores a los demás pero también  los hay quienes te abren su corazón ante la soledad en la que se encuentran como modo de agradecimiento a tu compañía, quizá porque eres el único que le escuchas en mucho tiempo.

Es preferible aprender desde una postura de humildad de tu maestro que desde una actitud soberbia o ególatra por eso me quedo con los segundos. Aquellos que demuestran con su experiencia de años, pero sobre todo con su honestidad y rectitud, independientemente de títulos o diplomas, que son maestros de la vida, pero abiertos o dispuestos a aprender de los demás.

Es cierto que me recreo en comentarios políticos sobre asuntos que nos afectan en nuestra vida cotidiana, como una forma de contar la actualidad política bajo un ojo crítico, quizá porque resulta demasiado fácil ridiculizar o al menos, evidenciar sus testas empapadas de gomina o con coleta al aire y  empanadas de no se que ego político de salva-patrias.

Pero hoy me apetece, mejor dicho necesito huir de todo lo que huela a esta casta cada día más alejada de la ciudadanía, me da lo mismo  la derecha que los situados en esa neo-izquierda llena de dogmatismos excluyentes. Ambos cargados de una gran soberbia política, disfrazada en los de las camisas de grandes almacenes y/o rastas en el pelo, con cierto coleguismo hasta que le tocas las narices con tu opinión diferente.

Dicho lo anterior, desde mi postura, siempre de observador itinerante, intentaré compatibilizar la critica política con la de observador de la conducta humana desde una visión lo más objetiva posible, aunque, a veces resulte imposible ante la indignación por determinadas conductas, por ello intentaré ser mero conductor de dichos aprendizajes.

Quizá los años me permitan en algún momento transmitir mi propia experiencia, o hacer énfasis en determinados aspectos que me han servido para dar respuesta en ciertos momentos complicados de mi transitar por este mundo, muy pequeño si lo comparo con el universo de  todos los demás juntos. Pero siempre, bajo la condición de que más sabe el diablo por viejo que por diablo, porque no soy ni pretendo ser maestro de nada, máxime cuando cada día me doy cuenta que no se nada y que todo de lo que creía saber, poco en relación con lo que puedo aprender y tengo la ocasión de aprender si tengo los ojos abiertos y los oídos prestos a escuchar.

“… máxime cuando cada día me doy cuenta que no se nada y que todo de lo que creía saber, poco en relación con lo que puedo aprender y tengo la ocasión de aprender si tengo los ojos abiertos y los oídos prestos a escuchar.”

El motivo de mi determinación -no se por cuanto tiempo-, de huir de la política, se debe a una experiencia que tuve hace unos días, en el que dos amigos, uno votante de PP y el otro de Podemos, esperando mi llegada en una cafetería, les encontré en  una acalorada conversación, más bien discusión con tintes de un final poco halagüeño para ambos, donde ambos estaban diciendo lo mismo, pero desde posturas o ideologías políticas totalmente contrarias pero que, a pesar de los muchos decibelios de sus voces, no es que, no solamente no se escuchaban, sino que ni siquiera se oían por lo vano del esfuerzo que supone esta última acción. Es la primera vez que los veía así, siempre se habían aguantado con un gran estoicismo.

Mi actitud, ante la vergüenza por el entorno del alto volumen de la discusión y por ciertos desafíos desde el que se cree superior en sus ideas, fue poner orden, aunque me hubiese apetecido meter baza, cosa que no pude hacer porque una persona de cierta edad como para considerarlo anciano, intervino en la discusión, con voz pausada y cierta sonrisa en los labios.

También es cierto que la cosa no daba para más, pues como he dicho, ambos estaban en un círculo vicioso de demostrar algo que no forma parte, según dijo el anciano, de ningún proyecto político de cualquiera de los partidos con representación parlamentaria, consistente en que quien no cumpla con sus promesas electorales lo que tiene que hacer es marcharse a su casa por inútil, es decir dimitir, aspecto al que, al final, se reduce la discusión.

Tras una breve pausa, quizá para coger aire, añadió el anciano,  “ambos desde posiciones diferentes perseguís el mismo objetivo, mejorar a los ciudadanos, y estáis convencidos de hacerlo pero desde ideologías contrarias, que ni los mismos políticos que las venden, las comprarían en un futuro, porque sus actuaciones son como fuegos fatuos por la descomposición, manipulación o prostitución de dichas ideologías, demostrando a donde nos han llevado las ideologías de izquierdas o de derechas, tomando en consideración la alternancia en el poder entre la pseudo-izquierda del PSOE y la pseudo-centro-derecha del PP”.

Aquella acertada intervención, del anciano consiguió, realmente, amansar a las fieras políticas de mis amigos y desde la postura de arbitro de la que se había envestido, intentó hacerles ver la estupidez de su discusión, no porque ambos tuviesen o no razón, sino porque las formas son muy importantes a la hora de discutir y “no estoy hablando de ese “buenismo“”, dijo, “de quien persigue solo quedar bien con todo el mundo, sino porque hemos de reconocer que todo el mundo, en algunas ocasiones nos hemos sentido portadores de determinadas ideologías que en principio no conocemos en profundidad y que por lo tanto defendemos sin saber de lo que estamos hablando pero, sobre todo, porque la hemos adaptado a nuestro tiempo desde una moral de situación que deja mucho que desear si lo que pretende es mejorar la sociedad, sobre todo cuando se nos pide cierto grado de implicación y compromiso que demuestre nuestra auténtica solidaridad“.

Finalmente, concluyó quien se había convertido hoy en un maestro de vida: “en vuestro pretendido diálogo ha fallado no solo el mensaje sino también el canal, es decir, vosotros mismos porque no estabais en una actitud receptiva del mensaje del otro, sino en una postura de confrontación violenta“.

Se marchó el anciano y me quede pensativo, igual que mis amigos durante un rato de absoluto silencio, como sintiendo una mezcla de vergüenza ante la lección recibida, de que somos la mayoría de los seres humanos, incluso los que se consideran superiores desde su púlpito o a píe de calle. Unos seres humanos emocionalmente muy primitivos, soberbios, incapaces de practicar la dialéctica desde  la exposición y confrontación de razonamientos y no de dogmas o incluso de ideologías, que no estamos dispuestos a respetar. Por ello, también aprendí, que en este mundo de dogmas, me quedo mejor con las ideas.

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El vacío existencial

 

Existencialismo

No se si ustedes se dan cuenta que la humanidad, hombres y mujeres, solo saben hacer lo que les mandan, convirtiéndose en esclavos de forma tácita de lo que les rodea, y no me refiero solo al materialismo, que allá cada uno y cada una con lo que consume y de los bienes de los que se rodea, así como el uso que hacen de ellos, y de su posible dependencia. No, me estoy refiriendo a  algo superior, algo que envuelve a las personas en una mísera existencial que acaba de convertirse en su propio pozo.

Cada día, cuando suena el despertador entre las síes y media y siete de la mañana y apenas hemos despegado los párpados, en ese momento que la luz del día nos  hace daño porque nuestro cerebro todavía sigue coqueteando con Morfeo, empezamos a comportarnos como autómatas, con la misma rutina de todos los días.

Nos aseamos, vestimos y desayunamos de forma precipitada, sin otro pensamiento que el agobio de otro día de trabajo, apoderándose de nosotros un magma de sensaciones entre las que destaca una  fuerza que nos tira hacia abajo y que nos roba la energía, haciéndonos sentir más cansados que cuando nos acostamos; lo cual nos obliga a sobreponernos a la situación con un heroico ejercicio de responsabilidad en mor de nuestra propia subsistencia. Es entonces, cuando nos acordamos de aquel familiar, amigo o conocido que en apariencia parece llevar una vida mejor que la nuestra porque la suerte le ha sonreído, o quizá no, pero que  siempre se muestran satisfechos con lo que hacen o al menos dan esa apariencia.

El mismo ejercicio de heroísmo tenemos que hacer para sobrepasar el umbral de la puerta de nuestra oficina, fábrica o puñetero lugar donde dejamos más de la mitad de nuestras vidas, a veces rodeados de compañeros que solo lo son en el nombre, que hacen más difícil nuestro trabajo. Nos encontramos con el trepa-pelota insoportable, que hace suyos nuestros méritos, con el pesado que nos cuenta durante toda la mañana los chistes de un repertorio que nunca se acaba, con el plañidero que nos llora al hombro contándonos lo mal que le va la vida. Menos mal que siempre hay alguno o alguna que tira de nosotros como un buen compañero, o compañera dispuesto a ayudarnos o socorrernos cuando el trabajo no sale como esperamos,  sin pedírselo, y que siempre está ahí.

A media mañana, cuando hemos entrado en agujas, es decir, hemos empezado a empatizar -no siempre es así-, con nuestro trabajo, habiendo pasado al olvido el difícil trago del despertar, un pequeño refrigerio parece devolvernos las fuerzas que empiezan a flaquear de nuevo, algunas veces acompañado de algún compañero o compañera, empieza el momento  de despellejar a aquel que no está presente y que nos está jorobando la mañana. Aunque a veces, nos entregamos a una causa superior como es la de criticar al político de turno e intentar arreglar el mundo con una postura inflexible, con los mismos argumentos que siempre y no dispuestos a ceder ni un ápice frente a quienes piensan distinto, incluyendo al camarero que día tras día soporta nuestra petulancia pensando en el negocio. Eso sin contar el peor día de la semana, los lunes, donde este momento de aparente descanso se convierte en una batalla campal hablando de los partidos de fútbol del día anterior, en la cual sí participa el citado camarero, siendo la única intención de los presentes, incluidos aquellos que acabamos de ver por primera vez en la barra del bar, de fastidiar al contrario cuando nuestro equipo nos ha favorecido con su resultado.

Repuestas las fuerzas, racaneando, volvemos al trabajo y a la misma rutina, añadiendo en este caso un nuevo ingrediente que no estaba presente antes, o al menos no se había dejado ver el pelo hasta este momento, que es el jefe. Ese que siempre nos hecha la bronca, no porque hagamos mal nuestro trabajo, sino porque él es así, un insoportable autoritario y bocazas que nos hace suponer que quien manda en casa no es él, siendo esa, quizá, su frustración de tan histriónico comportamiento.

En momentos aislados, cuando aquel no esta presente, volvemos a sacar los mismos temas que durante el descanso, distracción que en cierto modo, hace más liviano el trabajo, hasta que el reloj de nuestro estómago nos dice que se va aproximando la hora de la comida, ansiando que el reloj vaya más deprisa para volver a nuestra casa a reponer fuerzas con la comida que hicimos la noche anterior y que compartiremos con nuestra familia, eso sí, habiendo recogido previamente a los niños en el cole, comprado el pan, y haber puesto la mesa.

Apenas hemos recogido la mesa y puesto el lavavajillas, buscamos nuestro sillón, el más cómodo de la casa, para cerrar ojos durante al menos media hora, con el objeto de reponer las pilas gastadas durante la mañana, prohibiendo que nadie nos moleste, pero que nadie cumple. De nuevo, la vuelta al trabajo con los misma rutina que durante la mañana, aunque en este turno quizá peor, pues llevamos la agenda llena de encargos para hacer a la salida del trabajo, entre los que se encuentra llevar a los niños a clases particulares de las asignaturas que no lleva bien en el cole, amen de otras actividades como el deporte, el conservatorio y no se cuantas actividades más, exigiéndoles ser los mejores porque queremos super-niños de los que presumir ante nuestros vecinos y amigos.

La vuetla al hogar, en la tarde-noche, apenas con fuerzas para preparar la cena y comida del día siguiente, es el único tiempo que compartimos con los nuestros. Intentamos que los niños terminen sus deberes, haciendo nosotros la mitad. Al final terminamos en el mismo sillón que al medio día para ver la tele después de un buen rato haciendo zapping, imponiendo a los demás lo que queremos ver y que no vemos, consecuencia de las cabezadas fruto del cansancio.

Después de llevar a los niños a su habitación, casi dormidos, compartimos con nuestra pareja el sofá, viendo las imágenes discurrir ante nosotros sin apenas enterarnos, hasta que  la extenuación nos lleva a la cama, donde después de un beso más o menos cariñoso, nos damos la vuelta cada uno para un lado diferente.

Esta es la rutina de nuestras vidas, apenas rota por los deseados fines de semana que, en algunos casos, el ocio se reduce a reponer  las fuerzas perdidas durante la semana para así poder afrontar la que viene. Solo las vacaciones, divididas en tres turnos por imposición del jefe, nos permite disfrutar un poco más de nuestro ocio; eso quienes puedan desconectar del trabajo.

Así que, llega un momento, cuando los niños se hacen mayores y empiezan a manejarse por si mismos, alumbrando en nuestro cabello las primeras canas, que nos planteamos a qué se ha reducido y sigue reduciéndose nuestra existencia.  Llega ese momento existencialista del nido vacío, en el que parece que nuestra vida no tiene sentido.

Preguntas como ¿qué hemos hecho mal?, ¿qué puede hacerme feliz?, ¿en qué tengo cambiar?, en el mejor de los casos y con la ayuda de un psicólogo hace que nos planteemos un cambio en nuestras vidas.  Otros y otras, ni siquiera se plantean nada, siguen viviendo sumidos en la misma rutina y en la misma inercia, siendo esclavos de una existencia que no les llena, hasta que un día, adiós, todo termina.

En definitiva, pasamos por nuestra propia vida de visita, dejando que los acontecimientos y que los demás, marquen nuestra vida, a veces mediante mensajes más o menos subliminales que nos imponen de forma marquetizada desde los medios de comunicación o mediante dogmas o falsas ideologías y religiones;  basando la felicidad en una soberbia espiritual o en tener más que los demás o llegar más alto, intentando alcanzar un mejor status a base de una competitividad férrea que no nos da tregua.

“… pasamos por nuestra propia vida de visita, dejando que los acontecimientos y que los demás, marquen nuestra vida, a veces mediante mensajes más menos subliminales que nos imponen de forma marquetizada”

Es cierto que vivimos en un mundo vertiginoso, pero está en nosotros levantar el pie del acelerador  y plantearnos que es lo que queremos hacer con nuestras vidas y cómo lo vamos a conseguir. También está en aceptarnos como somos y de saber recibir y superar los envites que nos da la vida, no dejándonos machacar por los errores cometidos, sino teniendo una visión más amplia de nuestra propia existencia que nos haga salir de nosotros mismos, de nuestro egocentrismo, y llenarnos de las cosas buenas que nos rodean y de las cuales no nos damos cuenta. Es importante que todos nos observemos desde fuera, con los pies puestos en la tierra pero también con la perspectiva suficiente de que no solo lo material da la felicidad. Únicamente, si logramos ver lo sublime de nuestra existencia como parte de un todo, no buscando solamente y de forma desesperada una sensación placentera y efímera que nos llene en determinados momentos, sino transformando nuestra existencia, viviendo con plenitud el presente, quedándonos solamente con lo aprendido del pasado y pensando en el futuro como fruto de un trabajo continuo que vaya moldeando la piedra en bruto que somos todos, hasta conseguir unas aristas lo más perfectas posibles que nos conviertan en el  sillar de una construcción más amplia que es la del mundo que nos rodea.

Solo así, conseguiremos un desarrollo integral de nuestra propia vida y existencia. Saliendo de nosotros y llenándonos de las cosas buenas de los demás, de todo cuanto nos rodea y se nos da sin pedirlo, de la vida, de una existencia superior. Solo así desde esta generosidad y fraternidad con el resto de la humanidad podemos ser mejores y más felices, no quedándonos en nuestra mísera y pequeña existencia, porque así solo seremos una piedra imperfecta más sin ningún destino, sin ninguna perspectiva, nada más que el de subsistir  y estar al arbitrio de una inercia que nos llevará al vacío existencial. En ti, en mi, está el lograrlo. Detente, detengámonos y empecemos el cambio antes de que sea tarde.

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El día del orgullo

 

Un año más estamos inmersos en la celebración del “Día del Orgullo Gay”, que a mí, personalmente, me epata. No, no empiecen ya a fusilarme, no me epata la fiesta, ni la celebración, lo que me epata como humilde artesano de la palabra es el nombre. ¿Puede llamarse algo de una forma más inadecuada?, no, es muy difícil.

Partamos de que a mí la sexualidad, en cualquiera de sus múltiples facetas, me parece un hecho natural, como me parece que la heterosexualidad es el hecho normal, de norma, dentro de la sexualidad reproductiva que  ha sido la dominante durante toda la historia de la humanidad. La necesidad imperiosa de reproducirse para perpetuarse era una fuerza que imponía unos criterios, unos roles, que pasados a la vida cotidiana marcaban unos papeles que naturalmente, de naturales, se acogían y aceptaban. Que esos roles se enquistaran en la sociedad y dieran lugar a conceptos morales que fueron transformándose en conductas sociales que etiquetaban como antisociales o condenables las tendencias que chocaban con ese fin reproductivo, ha sido una consecuencia indeseable de ciertas instituciones que se erigieron en garantes únicos de la verdad y la perpetuación de la raza, estableciendo unas normas rígidas e indeseables en este momento de la historia.

Pero a día de hoy la sexualidad, cada vez más y en consonancia con una sociedad decadente, ha tomado un sesgo en el que el fin fundamental ya no es la reproducción, si no el placer. Y en esa visión lúdica del sexo, en esa búsqueda del placer y la satisfacción, todos los caminos son transitables. Cada uno, cada individuo, debe de merecer el respeto absoluto de la sociedad con la que convive. Cada hombre o mujer, en su intimidad personal, tiene derecho a explorar su plenitud sexual sin sentirse amenazado o menoscabado en sus derechos.

Pero igual que se reclaman los derechos que todos, al menos todos los que queremos una sociedad libre, debemos de apoyar hay que comprometerse a ser consecuentes con las obligaciones que todo derecho acarrea. Una persona que se escandaliza viendo besarse a dos personas del mismo sexo no tiene por qué ser necesariamente homófoba o cualquier otra lindeza semejante. Puede ser, existen, que a esa persona le molesten, por su formación, por sus convicciones, las expresiones públicas de afecto. Puede sucederle, incluso, por educación, a alguien que sea homosexual. No olvidemos, que lo olvidamos, que no hace aún cincuenta años que por besarse en público se multaba a las parejas. Doy fe personal de ello.

Si en vez de insultar, calificar o descalificar, como se quiera, al incomodado, simplemente lo evitamos restringiendo nuestra efusividad pública, que no nuestra sexualidad, acomodando nuestra libertad a la ajena habremos conseguido dos objetivos en uno: dejar sin argumentos a alguien que ya no los tenía y evitar, en el mejor de los casos, la radicalización de una persona que se siente menoscabada en su libertad, sin meternos en si ese sentimiento es válido o no.

Pero, desgraciadamente, esa no es la tendencia. La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas, más impermeables, más odiosas e irreconciliables. Y eso no lleva a sitio alguno, al menos no a ningún sitio confortable y tolerante.

“La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas”

Decir amén a cualquier proposición o iniciativa que emane de algunos colectivos es la única posición aceptada en ciertos entornos sociales. Su dogmatismo y falta de rigor crítico llegan a hacer incómoda su defensa. Tanto que llegas a plantearte, cuando alguien coincide con ellos, si lo hace por convicción, por estética social o en defensa propia. Niegan a los demás la libertad que exigen para sí mismos, niegan a los demás el respeto que consideran merecer ellos, niegan a la sociedad la tolerancia de la que denuncian adolecer.

Pero me he desviado. No es de sexualidad de lo que yo pretendía hablar, no. Yo pretendía hacer un análisis del nombre de una nueva fiesta. De la inadecuada denominación de unos actos lúdicos que la sociedad acoge y cuyo tema y fin es participar a la sociedad la necesidad de normalización de la homosexualidad. De hacer visible, tal vez de una forma excesiva, la reivindicación social de un colectivo natural. Yo pretendía hacer una crítica léxica partiendo de que nadie es perfecto, estamos de acuerdo, pero que de ahí a rayar la imperfección hay un trecho.

Pero vayamos por partes, como el destripador:

  1. Día. Empieza por llamarse día cuando dura una semana, y esta es, al fin y al cabo, la menor de las incongruencias que la incongruencia oficial, la mediocridad institucional o la grandilocuencia del grupo o ente nominante, ha podido cometer.
  2. Nada que objetar al uso de esta apocope de la conjunción y el artículo. Perfectamente usado
  3. ¿Orgullo? Dice el DRAE: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Hombre, yo puedo estar satisfecho, puedo estar encantado, de tener una cierta característica natural, que, si lo es, natural digo, viene implícita en mis genes, en mi equipación básica humana y no supone, por consiguiente, ningún logro personal del que enorgullecerme. Sentirse orgulloso de lo que uno es, alto, bajo, gordo, listo, homosexual o rubio, y no de lo que uno logra es una falla moral de un calibre considerable. Quizás en vez de orgullo deberíamos llamarle exaltación, me parecería mucho más adecuado porque lo que pretendemos es poner en valor, hacer visible, reivindicar.
  4. Gay…, ¿gay? G, a, y, gay… (intercálese aquí un chasqueado de lengua, como si paladeáramos). Gay. Del inglés: “Dicho de una persona, especialmente de un hombre: homosexual”. No me llena, se me queda corto, restrictivo, marcando fronteras en vez de quitarlas, casi frentista si lo cogemos en el conjunto del nombre.

No, definitivamente no me gusta el nombre. Es más, me resulta inadecuado. Porque, vamos a ver, ¿se pretende reivindicar una libertad general o solo la de unos cuantos? ¿No hay más colectivos sexuales discriminados o, incluso ilegalizados? Si, los hay. No olvidemos a los que quieren practicar la poligamia, a las que quieren practicar la poliandria. ¿Por qué ellos no pueden? ¿Por qué nadie se preocupa de su libertad? No es diferente de la libertad para practicar otras opciones sexuales y sin embargo la ley los persigue.

Puestos a reivindicar, y es a lo que estamos puestos, yo establecería la “Fiesta de exaltación por la libertad sexual” y entonces estaríamos todos metidos, incluso los de las sexualidades inconfesables, los de las fantasías perversas, los Grey y compañía, que haberlos haylos.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Una riqueza inapreciable (1ª parte)

abeja recolectora

Corrían tiempos complicados en la vida de la ‘Colmena ’, situada en los límites de una vasta hacienda a la que llamaban ‘Hierbabuena’.

Aquellos días, sin embargo, estaban siendo especialmente mágicos ya que en sintonía con la recién estrenada primavera, en una explosión de colores y fragancias, sus laboriosas e infatigables habitantes celebraban con expectación la inminente llegada de un aluvión de nacimientos. Suponía un extraordinario acontecimiento en la comunidad, indudablemente.

Unos meses antes…

A finales de verano y principios de otoño se habían llevado a cabo las habituales reformas dentro de la Colmena, dejándola en unas condiciones de aséptica seguridad.

abejas pecoreadoras

No resultaba en absoluto una tarea fácil, más bien se trataba de una compleja hazaña y llevarla a cabo exigía que cada obrera tuviera asignado un determinado cometido. Con ese propósito las abejas pecoreadoras recorrieron los bosques cercanos en busca del elixir que formaba parte esencial de su habitáculo. Tan apreciado y excepcional remedio no era otro que el Propóleo, para encontrarlo tuvieron que desplazarse cerca de 12 kilómetros, hallándolo en los cogollos y en las yemas de diversas especies de árboles, tales como encinas, pinos, álamos, castaños o avellanos, entre otros.

Delicadas y pacientes, pues el proceso podría dilatarse entre 30 y 60 minutos dependiendo de la temperatura del ambiente, procedieron a recolectar aquella sustancia resinosa. El trabajo se hacía excesivamente duro, necesitaban ayudarse de la segregación producida en sus mandíbulas (gracias al ácido 10-hidroxi-2- decenoico que contienen), para ablandar el propóleo. Una vez logrado lo trituraron y lo almacenaron, con el apoyo de una de sus patas delanteras, en el cestillo que tienen en la parte posterior del mismo lado, repitiendo la operación con el otro lado. Si alguna se cansaba debido a la larga distancia recorrida o por haber completado la carga siempre encontraría una compañera dispuesta a sustituirla.

Alegres y ufanas con su mercancía regresaron a la Colmena dirigiéndose al lugar donde debía utilizarse. Sus compañeras las obreras propolizadoras acudieron prestas, colaborando en la descarga y procediendo a amasarla con cera y con secreciones propias. Después se afanaron en cerrar todas las aberturas o grietas con el fin de evitar que pudiera penetrar el aire o el frío del cercano invierno. Revisaron concienzudamente cualquier cavidad o resquicio dejando perfectamente barnizados y sellados los paneles, además, la entrada principal (piquera) fue reducida considerablemente. Una vez bien aislada y consolidada en su interior aumentaba la resistencia, quedando protegida contra parásitos o epidemias gracias a la acción fungicida y bactericida del propóleo que actúa como un antibiótico natural. Fueron capaces de realizar tan laborioso e increíble trabajo durante horas interminables hasta haberlo concluido.

De esa forma a quien pretendiera hacer uso del pillaje se le quitarían las ganas y si, a pesar de todas las precauciones, algún temerario se aventuraba a traspasar el umbral, no le permitirían ir más allá. La intrusión encendería la voz de alarma y ante el riesgo de amenaza acudirían todas en tropel defendiendo a su comunidad y éste no tardaría en quedar fuera de combate.

No en vano se enfrentaban constantemente a una variedad de depredadores que las acechaban, desde los abejarucos, alcaudones o vencejos hasta el ave de presa pernis, al que le encantan las larvas y no duda en atacar los nidos, sin olvidar al tejón de la miel o a las avispas que son como lobos para las abejas.

El ciclo siguió su curso, de los huevos salieron las larvas que pasaron por varias mudas y finalmente se convirtieron en pupas. Durante aquellos meses las incansables obreras nutrieron a las larvas con las proteínas del polen recolectado, mezclado previamente con agua.

nacimiento abejas

Y ¡Por fin! Había llegado el momento de asistir a aquel maravilloso espectáculo. Nacieron primero los machos y a continuación las hembras (haplodiploidia). El alborozo se expandió por la Colmena al llenarse de renovada vida. Las viejas habitantes dieron la bienvenida a las recién llegadas y al quedar vacías las celdas las abejas nodrizas repitieron la esterilización barnizándolas con el propóleo, dispuestas a recibir los nuevos huevos de la reina.

De entre todas nació una tierna abejita descendiente directa de la bondadosa, alegre e inolvidable abeja Maya. Tenía los mismos pelos (setas) de un tono intenso, suave, plumoso y muy ramificado. Unos candorosos y grandes ojos compuestos ocupaban gran parte de su cabeza y en medio se distinguían con claridad los ocelos en perfecto desarrollo, lo cual la capacitaba para poder determinar la intensidad de la luz. En el abdomen los segmentos estaban bien modificados terminando en un fino y largo aguijón. También las patas iban provistas de los cestos (escopas) para transportar el polen. La llamaron Capellita porque les recordaba a una luminosa estrella de un color amarillo brillante cuyo nombre es Capella, a la que contemplaban entre admiradas y extasiadas desde su Colmena en las noches despejadas.

“De entre todas nació una tierna abejita descendiente directa de la bondadosa, alegre e inolvidable abeja Maya. Tenía los mismos pelos (setas) de un tono intenso, suave, plumoso y muy ramificado.”

 

Pasó el tiempo y todas crecieron al unísono. Recibieron las primeras lecciones de vida con alguna clase de anatomía. Descubrieron que los peines existentes en sus patas delanteras servían para limpiar las antenas, que a través de éstas podían percibir los movimientos del aire y ello les permitía escuchar sonidos de baja frecuencia, la función de una lengua compuesta por varias partes (proboscis) para poder libar el néctar y que sus piezas bucales estaban diseñadas para chupar y masticar. Esta asignatura fundamental fue superada, ahora había llegado ya el momento de comenzar a batir las alas y salir de la Colmena a inspeccionar el mundo exterior.

Continuará…

Montserrat Prieto

Solo soy alguien que nunca dejará de soñar con un mundo mejor. Que hace del aprendizaje una constante de su vida. Amante y defensora de la salud medioambiental, de los Derechos Humanos y de la Justicia. Escritora de cuentos y relatos

El día del Alzheimer

salud mental

enfermedades salud mental

Hola papá:

Hace unas fechas fue el día mundial del Alzheimer y todos los actos y zarabandas se centraron en esa terrible enfermedad. En esa enfermedad que yo llamaría colectiva porque aunque el que sufre la enfermedad, el enfermo, es uno, los que la padecen, los pacientes, son tantos como personas allegadas lo atienden. Claro, que qué te voy a contar que no estemos viviendo.

Tal vez esta carta debería, podría, haber sido escrita en fecha tan significativa en vez de esperar este tiempo, pero no ha sido así. Y no ha sido así a propósito, con toda la intención del mundo, como protesta consciente y sentida.

Parece ser, así se desprende de ciertas convocatorias y actitudes, que el Alzheimer es una enfermedad de grado superior, una especie de élite de las enfermedades neurológicas, y que el resto de demencias, las que no tienen nombre específico porque no las ha estudiado un doctor con nombre y renombre, son de rango inferior, o, simplemente, no se las nombra.

Así que, papá, te has extraviado por el camino equivocado. Algo así como si te hubieras extraviado dos veces. Si no fuera tan patético, tan lastimoso, tan cruel, te pediría que volvieras para extraviarte por el camino correcto.

“el resto de demencias, las que no tienen nombre específico porque no las ha estudiado un doctor con nombre y renombre, son de rango inferior, o, simplemente, no se las nombra.”

Aunque a estas alturas que te vengan a ti con esas historias. A ti, que llevas ya un tiempo más allá de pompas y nombres, más allá de cuitas y pesares que no sean los inherentes y diarios de no permitirte languidecer en paz, sin el sufrimiento pertinaz que los episodios de limpieza y alimentación te producen y que son los únicos nexos que te obligan a conectarte con un mundo, con unas costumbres, que hace tiempo ya que abandonaste.

En fin, papá, que no te preocupes. Que nosotros, tus pacientes asociados, te vamos a cuidar, vamos a velar por tu limitada vida hasta donde las fuerzas nos acompañen y la voluntad nos guíe, o incluso más allá. Sin importarnos el nombre o la importancia social que este pueda deparar. Sin importarnos un ardite que tu enfermedad sea de primera o segunda categoría, porque tú eres, para nosotros, EL ENFERMO. Si, así, en mayúsculas.

Un beso, papá, volátil, efímero, cariñoso, con la esperanza de que consiga abrirse camino hasta donde tú puedas percibirlo.

Hasta luego, papá, adiós

El 90 cumpleaños

 

 

 

 

 

 

 

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Otra comedia nacional, la gastronomía

pollo tratado

comida industrial

La dilapidación  del patrimonio cultural de nuestro país, en ciertas áreas, está rozando el límite de lo irrecuperable y, en breves años, será patéticamente irreversible.

La absoluta dejación de los poderes públicos, el desinterés general de lo popular y los intereses espúreos de empresas del sector está abocando a la gastronomía popular española, posiblemente la más rica, variada e imaginativa del mundo, a su desmantelamiento por olvido, por dejación, por imposición del interés de otros países menos afortunados que nos llevan a su ignorancia y, posiblemente, su posterior apropiación.

Hemos entregado los canales de distribución, lo que se llama la comercialización, a empresas de países fronterizos empeñadas en imponer sus productos, muchas veces de menor calidad, en nuestros canales de comercialización y llevarse los nuestros a otros lugares donde son más apreciados y sin duda más valorados.

Por eso, y no por otro motivo,  comemos tomates de madera, naranjas insulsas, quesos de masilla, ¿miel? China y pescado africano. Por eso, y por algún otro motivo, nuestras angulas, nuestro atún y nuestras mejores frutas y hortalizas debemos de ir a buscarlas, a comerlas,  a Japón, a Francia o a la Conchinchina.

Y ¿la gente que  hace? Pues comer lo malo y quejarse, resignadamente, de lo malo y lo caro que está todo. Y ¿Lo público que hace? Favorecer a los amigos mediante normas y leyes que penalizan al pequeño productor, al artesano, que intenta salir de la mediocridad general y buscar canales alternativos, imaginativos, directos al consumidor. Y, supongo, llegado el momento compartir los beneficios de las medidas tomadas por “el bien y la salud” de aquellos en cuyo nombre gobiernan y por cuyo interés  deberían de velar.

 

“Y ¿la gente que  hace? Pues comer lo malo y quejarse, resignadamente, de lo malo y lo caro que está todo. Y ¿Lo público que hace? Favorecer a los amigos mediante normas y leyes que penalizan al pequeño productor, al artesano”

Como resultas de todo ello España se está convirtiendo en el paraíso de la comida basura industrial, sintética, insana.

La miel española se almacena sin comercialización posible mientras  se importan barcos y barcos de un producto meloso procedente del país  asiático que se etiqueta como miel pero que dudo que pasase los controles mínimos de identidad. Los quesos asturianos, cántabros gallegos, manchegos, andaluces, castellanos, son suplantados en las tiendas por masillas industriales de sabor indefinido mientras se promocionan, también debido a la estupidez nacional, quesos franceses, holandeses, suizos  o italianos que tienen mucho que envidiar a los nuestros. Eso sí, si uno quiere tener un cierto prestigio “gastronomil” tiene que saber muchos nombres en francés y manejar una billetera de un cierto calibre para asegurar su presencia en los locales que los pagados críticos gastronómicos de prestigio recomiendan.

Por eso nuestros jóvenes llenan sus noches de licores de hierbas alemanes, industriales, llenos de química, mientras a los pequeños artesanos gallegos productores de aguardientes de calidad, de tradición, absolutamente naturales, el estado los destroza con multas impagables y que deberían considerarse vergonzosas, injustas, abusivas, malintencionadas.

Por eso, seguramente, y por muchas  cosas más de carácter innombrable, ya no nos acordamos de cuál era el sabor de la España de nuestros abuelos, a que sabe un queso auténtico, que aspecto tiene un  pescado fresco, o cual es la época de consumo de ningún producto, porque, oh maravilla¡, los productos del campo, del mar, los frescos, los de  verdad, tienen una época óptima de consumo, unos tiempos óptimos de maduración o engorde, una ventana concreta para alcanzar su momento idóneo para el consumo.

Y si todo lo anterior es ya, de por sí, desmoralizante, la degradación, el olvido, la dejación oficial sobre la protección del patrimonio gastronómico-cultural que nuestra historia nos ha legado, raya en lo delictivo.

¿Cómo es posible asistir a la ignominia de ver como cualquier local para guiris se apropia, pervierte y degrada los platos más emblemáticos de nuestra tradición? ¿Cómo podemos asistir impasibles al engaño sistemático y sistematizado que las cartas de la mayoría de locales de nuestra geografía sobre el origen, el nombre o la edad de lo que nos ofrecen? ¿De dónde salen todos los  corderos lechales que a diario se asan en nuestra geografía? ¿De qué extraña raza son  con casi un metro de alzada en algunos casos y fuera de época de parición? ¿Cuántos españoles, incluidos los valencianos, han logrado comer una paella valenciana? No, no arroz al horno, no arroz en paella, no esos pastiches precocinados con marca que ofrecen  en locales para turistas. No, auténtica paella valenciana. Pocos, muy pocos.

¿Qué extraño proceso psicológico han sufrido esos pescados expuestos en los establecimientos comercializadores con la etiqueta de frescos del día de la lonja de da igual donde, de ojos hundidos, agallas descoloridas y piel mortecina, cuando no sin cabeza  ni piel, que parecen deprimidos y me deprimen a mí  al contemplarlos?

¿Cuántos de los que están leyendo esto han comido chanquetes? No, eso que le han dicho que son chanquetes, no, los  de verdad, los que se compran a escondidas y hay que pagar con cheque porque no hay suelto suficiente. Eso que usted ha comido son unos insípidos peces asiáticos para incautos. El chanquete, el auténtico, está prohibido, y es prácticamente imposible de conseguir salvo que tengas algún amigo pescador o con un amigo pescador. Eso que le han ofrecido con maneras de mafioso de telefilm no es chanquete, es un bodrio engañabobos en este mercado en el que todo vale.

¿Hasta cuándo vamos a asistir impertérritos al cierre de tabernas, casas de comidas, pequeños negocios familiares de restauración, sustituidos, suplantados, ahogados, por franquicias de dudosa calidad, de dudosa  intención, de perversión sistemática del producto y de su elaboración?

¿Cuántos de los que esto leen saben, incluidos los gallegos, cual es la  diferencia entre el pulpo a’feira, que nos sirven, y el pulpo a la gallega que  nos ofrecen? Sí, hombre, si, son  distintos,  y no, hombre, no, la diferencia no son los cachelos, ni siquiera las patatas cocidas a las que los “listos” de rigor llaman cachelos sin saber de qué están hablando. La diferencia es que se preparan de diferente manera, con distinta técnica.

¿Para cuándo, estúpida pregunta, el mínimo interés necesario para promulgar una ley de etiquetado clara, convincente, que facilite una ley de protección de las gastronomía tradicional española y de sus consumidores? Y si fuera necesario, que no lo dudo, una suerte de cuerpo de inspección de su cumplimiento.

Sí, claro, yo también lo veo. Yo también estoy viendo los ojillos brillantes del técnico fiscal de turno. Pero yo no hablo de eso,  no estoy hablando de una ley recaudatoria y de una licencia más para el amiguismo y el mangoneo. Yo intentaba proponer una ley de preservación y pureza. Ahí es ná. Aunque sea imitando iniciativas parecidas que ya funcionan en Francia. Porque la imitación de los que quieren y  no tienen se nos da mejor que salvar lo  que tenemos y ellos quieren.

Acordémonos de  que llamamos consomés a los consumados, patés los ajos, los cocinados no los cultivados, y mayonesa a la  mahonesa, por poner solo algunos ejemplos. Bendito país. País S.A. Celtiberia Show en su máxima expresión.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La obesidad es contagiosa

obesidad y hábitos alimenticios

la obesidad

Dicen que eres la suma de las 5 personas con las que pasas más tiempo. Los últimos estudios parecen indicar que esto es especialmente cierto si lo aplicamos a la obesidad. Se suele atacar el problema del sobrepeso desde el prisma de la nutrición y el ejercicio pero los factores sociales y psicológicos tienen mucho más peso del que creemos.

En los últimos 30 años, como sociedad, hemos ido aumentando de peso. Este aumento no responde a características genéticas y el hecho de que se produzca a través de todos los entornos y niveles sociales desafía la explicación puramente ambiental. Algunos investigadores han planteado la posibilidad de que la obesidad se comporte como una enfermedad contagiosa, como si de un resfriado común se tratase que se extiende lentamente por toda la sociedad, este planteamiento arroja algún resultado curioso.

En nuestro día a día distinguimos distintos círculos sociales. Desde los más allegados como nuestra pareja con la que convivimos o los amigos cercanos a los más “lejanos” como compañeros de trabajo, conocidos, incluso la gente con la que, sencillamente tratamos en nuestro día a día. Al parecer todos ellos podrían tener una influencia en nuestro peso.

Como es lógico, los más cercanos son los que más influencia ejercen. Si nuestra pareja es obesa nuestra posibilidad de ser obesos aumenta un 57%, la cercanía favorece el “contagio”. Las amistades también tienen un fuerte impacto, un solo amigo cercano obeso aumenta un 20% nuestras posibilidades de sobrepeso.

Por contra los círculos más “alejados” ejercen un menor impacto, aunque también notable. Por cada conocido obeso nuestras posibilidades aumentarían 0,5% hasta llegar a cinco personas de nuestro entorno con obesidad, una vez superado ese umbral nuestras posibilidades de ser obesos se duplican.

Un efecto curioso es que el sexo del círculo social es importante para la aplicación de estos datos. Las relaciones sociales con individuos de sexo distinto tienen menos impacto que las del mismo sexo. Así un grupo de amistades o pareja del mismo sexo tienen más impacto en nuestras posibilidades de padecer sobrepeso que amistades de distinto sexo.

Obviamente estos datos se apoyan en análisis puramente estadísticos, aunque han sido confirmados por  otras investigaciones que arrojan resultados similares como esta o esta extensa revisión del tema, nos ayudan a comprender tendencias.

Lo que subyace en estos estudios son los hábitos. No se trata de que nos “contagiemos” de la obesidad como una enfermedad ordinaria pero los hábitos de vida sí son contagiosos, como humanos aprendemos y nos relacionamos por imitación. Un individuo tiende a imitar los gestos y costumbres de aquellas personas con las que se lleva bien, es nuestra forma de encajar en el grupo.

Esta estrategia de “pertenencia” al grupo se lleva rápidamente a la comida, cena con una persona que coma de manera abundante y es muy posible que acabes comiendo más de la cuenta. Esta imitación va más allá, estar expuestos a un bombardeo de imágenes, sea de personas obesas, demasiado delgadas o excesivamente musculadas moldea nuestra percepción de nuestro propio cuerpo. Esto es un factor clave ampliamente estudiado en el tratamiento de trastornos alimenticios.

¿Como podemos atajar este problema? Si hablamos de obesidad será clave cambiar nuestros hábitos alimenticios y de ejercicio pero somos seres sociales, dependemos de la cohesión del grupo para sobrevivir y, siendo realistas, cambiar de “conocidos” no es ni viable ni deseable. Esto convierte el cambio en un continuo nadar contra corriente, es una de las razones que explican el fracaso de las dietas. Hay que ser totalmente consciente de que el apoyo de nuestro entorno es algo clave.

Al emprender esta tarea nos vamos a encontrar en nuestro entorno con distintas “resistencias”. Desde el miedo al cambio escogido (“esa dieta es demasiado extrema” / “¿no estás haciendo demasiado ejercicio?”), al temor de perderte como miembro del grupo si cambias, o el ver sus propias decisiones erróneas reflejadas en la persona que realiza un cambio de hábitos.

“Si hablamos de obesidad será clave cambiar nuestros hábitos alimenticios y de ejercicio pero somos seres sociales, dependemos de la cohesión del grupo para sobrevivir y, siendo realistas, cambiar de “conocidos” no es ni viable ni deseable”

Ser consciente de esta dinámica puedes ser la mejor arma posible para combatirla. No intentes forzar los cambios que has adoptado en tu entorno, en su lugar explica tus elecciones sin imponerlas y respetando las elecciones de los demás. No intentes coaccionarlos para adoptar tu modo de vida, mantén siempre presente las razones por las que realizas los cambios e intenta buscar opciones, alternativas y soluciones de compromiso para cada situación.

Es difícil pero, en el lado positivo, estas dinámicas funcionan en las dos direcciones. Con esfuerzo y tesón te puedes convertir en una fuerza de cambio positivo que, como un virus, se extienda por tu entorno y les dé soporte para realizar elecciones que les beneficiarán en el futuro.

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Nicolas Delmonte

Entrenador personal, artista marcial y profesor de Yoga, apasionado del movimiento en general. Actualmente trabajo en el Centro de Yoga Prem (Tres Cantos) y en mi proyecto personal, Mov3 (www.mov3.es).

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