¿Amigos?

 

La amistad es tan importante que se dicen que, quien tiene un amigo tiene un tesoro. Refrán que pondera el valor de la amistad por encima de cualquier bien material, y desde luego en las necesidades verdaderas podemos encontrar más fácilmente ayuda en un amigo que en cualquier posesión.

Resulta obvio que la amistad juega un importante papel en nuestra vidas, puesto que todo el mundo necesita vivir y tener vínculos de afecto y confianza, debido a que amistad implica una satisfacción psicológica mutua caracterizada por la comprensión de los sentimientos y pensamientos de ambas personas.

La amistad significa entendimiento mutuo, afecto, respeto, comprensión, empatía. Los amigos disfrutan de la compañía mutua y se muestran leales los unos con los otros, hasta el  punto de mostrar altruismo. Sus gustos o ideas pueden  ser similares, y suponer un punto de encuentro entre ellos. De un amigo también se dice que es aquel que no está sólo cuando las cosas van bien, sino también en momentos de dificultad.

Un verdadero amigo es ese que está más cerca que un hermano, si cabe,  pero además es permanente, tenaz y constante en su lealtad y amistad, esta ahí siempre que los necesitamos o acude a nuestra ayuda cuando nos ve angustiados…, y nos aconseja con honestidad. Sin embargo quienes se autodenominan amigos y sólo buscan satisfacer determinados intereses o determinadas necesidades afectivas, no son verdaderos amigos, tratándose de una relación con fecha de caducidad.

Ya el filósofo griego Aristóteles diferenció tres tipos de amistad. La primera es la amistad de utilidad, la segunda sería la amistad accidental y la tercera sería la “verdadera” amistad.

“Un verdadero amigo es ese que está más cerca que un hermano, si cabe,  pero además es permanente, tenaz y constante en su lealtad y amistad, esta ahí siempre que los necesitamos o acude a nuestra ayuda cuando nos ve angustiados…, y nos aconseja con honestidad”


En la amistad de utilidad, común entre los adultos. En ella existe una involucración entre dos o más personas, no por afecto, sino porque les reporta algún beneficio. Además, no suele dar origen a una relación permanente o duradera debido a que la relación se rompe cuando el beneficio o beneficios que reporta, se agotan.

En la amistad accidental, el elemento fundamental es el placer que reporta, por ello viene siendo las más común entre los jóvenes en cuanto que es aquella que surge de las relaciones procedentes del uso del ocio, formando parte de la misma también la que surge en las relaciones puramente sexuales. Igualmente, no suele tratarse de una relación duradera, terminando cuando cambia el gusto de alguno o algunos de lo sujetos que participan en ella, también por  la edad, la madurez emocional, etc..

La última, es la que verdaderamente encarna la verdadera amistad, aquella cuyo origen parte de la palabra amor. A diferencia de las otras dos, ésta si da paso a una relación duradera que suelo durar toda la vida. Podríamos decir que a ella se llega siempre que las personas dentro de la relación tienen un cierto nivel de bondad, incluso de abnegación en pro de su supervivencia.

Sin embargo, el materialismo y el individualismo de nuestros días hace que las relaciones de amistad sean cada vez más endebles, además de fraguarse muchas veces con elementos tan débiles que hace que los pilares que la sustentan pueden desmoronarse en cualquier momento, tal es el caso de los foros on line para encontrar amigos que, si bien pueden constituir una ayuda para conocer a personas que también buscan conocer a otras, sin embargo la verdadera amistad surge del trato personal, poco a poco; no es como el amor, propiamente dicho, que a veces surge a primera vista, lo que se denomina el flechazo.

También, hoy día las personas, sobre todo los más jóvenes se preocupan más por tener amigos que, en vez de centrarse en ser un amigo, un amigo que sabe perdonar, incluso, los defectos y fallos de sus amigos; intentando minimizarlos e incuso restarle importancia. El amor duele, la amistad también.

Los años, a sabiendas que no estamos ante una ciencia exacta, ni siquiera ante una ciencia, terminan aconsejando que, aunque hayan pasado por tu vida amigos que te han traicionado, merece la pena seguir confiando en el resto de tus amigos y en los que están por llegar. Aunque, esto no significa  que confiemos en todos nuestros “amigos,” porque algunos, no lo son. Cuídate de ellos, los conoceras por unos rasgos que los delatan:

1º. El/la que siempre quiere ser mejor que tú. Es aquel que no se alegrará de tus éxitos ni te felicitará por ellos. Este tipo de “amistad” o mejor dicho de mala amistad tiene su origen en la naturaleza competitiva y en la inseguridad.

2º. El/la que siempre tienen problemas. Los plañideros, los que siempre están llorando en tu hombro, desganados y que se vienen abajo enseguida.

3º. El/la que siempre te quiere hacer sentir culpable. Son los que continuamente cuestionan o reprochan tus acciones. Actúan así porque la mayoría de las veces no tienen vida propia. Son personas que no quieren ni están dispuestos a comprender tus necesidades.

4º. El/la que siempre va sin dinero en los bolsillos porque no pasa por una buena situación económica que le permita hacer frente a sus necesidades básicas, pero sin hacer nada por cambiar la situación o compensar tu esfuerzo de alguna manera.

5º. El/la que siempre está cotilleando, incluso acciones que ellas mismas protagonizaron en el pasado. Suelen ser personas carentes de personalidad y de la necesidad de hacer el bien.

6º. El/la que siempre está ocupado/a. Nunca tiene tiempo para sus amigos, no sólo para compartir el tiempo de ocio común, por lo que mucho menos cuando se le necesita.

7º. El/la que siempre está para lo bueno, pero no para lo malo. Son capaces de pasar varios días enteros contigo sin dormir si de lo que se trata es estar de fiesta, pero que huyen o no se les encuentra cuando de lo que se trata es socorrer a un amigo o prestarle su asistencia.

8º. El/la que siempre quiere quedar bien. Los “bien queda”, son los que nunca se comprometen con nada, ni siquiera cuando se trata de sacar la cara por ti, ni tampoco cuando se trata de recibir de ellos una crítica, consejo u orientación.

9º. El/la que siempre busca obtener algún beneficio. Son los interesados, están contigo porque le puede reportar algún beneficio.

10º. En/la que siempre está preguntando sobre tu vida pero son totalmente herméticos sobre la suya, o siempre cuentan los detalle que más les favorece o le permiten quedar por encima de ti.

Por supuesto que existen más conductas, dependiendo muchas de ellas de la casuística para destapar a aquellos amigos que no lo son tanto. Pero si piensas abandonar la amistad por una mala experiencia piensa que el mal es necesario para que la verdadera amistad surja.

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

¿Soberbio yo?

Suele ser muy frecuente que cuando alguien cuestiona una faceta de tú vida, la respuesta sea responder de forma airada, aún sabiendo que nuestro interlocutor tiene algo de razón, o toda. No nos gusta oír críticas que nos afectan y menos que nos las digan en nuestras narices

Hay personas que no necesitan la aprobación o desaprobación de los demás para actuar porque se consideran autosuficientes, de manera que no aceptan ni siquiera un consejo y menos la ayuda de los demás, incluso en aquellos momentos en los que se encuentran más débiles y perdidos.

También existen personas que se creen superiores a los demás, bien porque han alcanzado el éxito buscado, no sólo en su vida profesional  sino también en la personal y, por tanto con el derecho de pisotear a los que considera están por debajo de él o de ella. El gran problema surge cuando esa superioridad es moral, es decir, cuando alguien se cree con el sacrosanto derecho de corregir y dar lecciones a los demás con esa soberbia espiritual de quien se cree que está en el camino correcto.

No existe un título de moralidad, ni siquiera como Disciplina filosófica que estudia el comportamiento humano en cuanto al bien y el mal y, menos aún, como aquel conjunto de costumbres y normas que se consideran buenas para dirigir o juzgar el comportamiento de las personas en una comunidad.

El bien y el mal existe, el algo evidente, igual que existen personas buenas y malas, pero quienes somos nosotros para atribuirnos el derecho a juzgar a los demás, ni siquiera aquellos que están o se consideran moralmente superiores. El bien se vive y se practica. Teorizar es muy fácil.

Sólo así nos convertiremos en verdaderos referentes para los demás, pero no para nuestro prurito personal, sino desde la humildad y la generosidad de quien abre las puertas de su vida para compartirla con los demás. No solo de nuestras vivencias, sino también de nuestros aprendizajes desde la postura que todos somos aprendices de la vida.

Debemos tener en cuenta que todo el mundo tiene algo siempre que enseñarnos y, por esta razón, debemos aceptar sus críticas siempre y cuando lo hagan, por supuesto desde la educación y el respeto, con el objeto de mostrarnos, que no imponernos desde una ética o creencia, un camino diferente para mejorar y no para presumir de su bondades o de superioridad moral  o cualquier otra cualidad, porque eso lamentablemente los convierte en seres soberbios.

“Sólo así nos convertiremos en verdaderos referentes para los demás, pero no para nuestro prurito personal, sino desde la humildad y la generosidad de quien abre las puertas de su vida para compartirla con los demás”

Acordaros de aquello que dijo el Rey Salomón: “Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; Mas con los humildes está la sabiduría”, (proverbio 11.2).

Aún a pesar de lo muy molesto que son los soberbios, por su petulancia, por el eco de sus palabras dichas para ser escucharlas por el mismo, recreándose en su discurso, sintiéndose  el mismísimo Cícerón; pensad por encima de todo que son seres inseguros, por ello infelices, como la misma inseguridad que aquellos que tienen la auto estima por el suelo. Por ello, no merece la pena enfrentarse a ellos  y menos cuestionarlos o ridiculizarlos públicamente porque con su estado de enajenación egocéntrica le llevará a utilizar la artillería pesada contra ti intentando destruirte para seguir en la cúspide de su pequeño mundo, solo el que puede controlar.

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

En busca de la felicidad perdida

Nos pasamos la vida queriendo ser mejores que los demás. Nada más tenemos que ir a las redes sociales para comprobar que allí todos y todas, o al menos una gran mayoría cuelgan sus mejores fotos, incluso alguna retocada por photoshop o algún otro editor de imagen para aparecer con menos arrugas, más pelo, menos tripa, abdominales marcadas, pechos turgente y algún que otro complemento que pone de manifiesto que estamos a la última.  Colgamos los videos y fotos de un fin de semana o de unas vacaciones idílicas, del nacimiento y crecimiento de nuestros hijos, de sus primeros días de escuela, de la imposición de bandas en todos los grados de la enseñanza -antes sólo se hacía en la universidad cuando terminabas la diplomatura y licenciatura imitando a las universidades americanas.

Al menos una gran mayoría colgamos toda la vida en nuestro pefil, pero olvidamos de forma intencionada, poner aquellas otras imágenes menos bonitas, es más, ni siquiera hacemos una foto de aquellas partes de nuestras vida que no son tan vistosas, y es lógico, nadie quiere recordar los malos momentos. En definitiva damos una imagen de nuestra vidas que no es la real y percibimos también una imagen de los demás que no se corresponde con su realidad o vida diaria.

Por otra parte, los medios nos abren una ventana al exterior que tampoco se corresponde con la realidad, siendo maquilladas con caras muy distintas según donde quieran poner el énfasis para aumentar el nivel de audiencia o de lectores a través de un sensacionalismo que, en ocasiones da vergüenza o causan indignación por no poner el límite en lo que es la privacidad de las personas o su derecho al honor.

Sin embargo esos mismos medios que ponen la cara exitosa se olvidan de transmitir los valores para alcanzar ese éxito, como el trabajo, el esfuerzo, la perseverancia, pero también el respecto a quienes son nuestros competidores más directos, de manera que nuestros resortes estén lo más lejos posible de una competencia desleal.  Además casi siempre nos ofrecen, o bien  la mejor cara del éxito, o por el contrario la parte o el lado más negativo, extrapolando conductas o manifestaciones donde solamente los editores buscan el morbo de la noticia.

Y, el resultado de todo este coctel es una sociedad insatisfecha, frustrada, sin Norte ni Sur, sin Este, ni Oeste, porque la realidad muestra que el éxito pocas veces es el resultado de un golpe de suerte, sino todo lo contrario; hay que currárselo y de forma muy dura porque cada vez la competencia es mayor y, desgraciadamente, también fuera del respeto debido. Así, ante tal insatisfacción algunos buscan en el consumismo la forma de compensarla, otros en falsos dioses o falsas religiones sectarias que les apartan del mundo real, de su familia y amigos, basándose en nuevas filosofías que no son más que un popurrí de conceptos trasnochados a los que se les ha dado una nueva mano de pintura sin ni siquiera haberse hecho un tratamiento antióxido previamente, con lo cual sólo tienes que rascar un poco para darte cuenta que detrás de esa nueva cara todo esta oxidado y manipulado. Entonces, ¿en qué creemos?.

“… el resultado de todo este coctel es una sociedad insatisfecha, frustrada, sin Norte ni Sur, ni Este, ni Oeste, porque la realidad muestra que el éxito pocas veces es el resultado de un golpe de suerte, sino todo lo contrario; hay que currárselo y de forma muy dura porque cada vez la competencia es mayor y, desgraciadamente, también fuera del respeto debido.”


Los seres humanos, al menos en estas sociedades que llamamos avanzadas o modernas, aunque en realidad son todo lo contrario por repetirse los mismos errores que en el pasado,  donde la cultura y la información fidedigna está al alcance de nuestras manos, sólo tenemos que hacer un breve paréntesis para buscarla. Podríamos decir,  que si no la buscamos es porque no queremos, porque una mente lasa es lo que tiene, la comodidad de no pensar por nuestra cuenta, de no cuestionarnos las cosas, de quedarnos con lo primero que leemos en no se que sitio de internet o en un libro de autoayuda.

Además, esa imitación del éxito de los demás, también por desgracia se queda la mayoría de las veces en el aspecto exterior o material, en lo superfluo, como una mejor posición social, una abultada cuenta corriente, un mejor chalet, una segunda vivienda en la playa, un mejor coche de alta gama; son los resortes  habituales que nos mueven a un cambio. En otras palabras, buscamos la felicidad en cosas tan materiales que, cuando las logramos, vuelve a sorprendernos la misma o parecida insatisfacción de antes.

Y, es que la felicidad no siempre hay que buscarla fuera, porque aparte de tener una predisposición a este estado vital haciendo las cosas de manera que podamos alcanzar el éxito soñado, tenemos que ahondar en nosotros mismos para analizar realmente lo que estamos buscando y si lo estamos haciendo de manera correcta; pero sobre todo si lo que tenemos en nuestra cabeza como ideal de vida nos hará plenamente felices, o si la idea de felicidad que nos hemos forjado en nuestra cabeza es alcanzable o no.

Claro, que para hacer esto hay que tener cierto sosiego, cierta paz interior de la que una gran mayoría carecemos porque estamos acostumbrado a vivir en un mundo con un ritmo vertiginoso. Es por ello que tenemos que intentar cada día buscar ese remanso de paz y pensar si estamos haciendo lo correcto, si estamos viviendo de acuerdo con nuestras posibilidades, si hemos elegido el camino adecuado, si vimos como buenas personas intentando hacer la vida más agradable a los demás, de manera integra y con la mayor dignidad posible.

Algunos pensarán que esto es propio de monjes o personas que han entregado su vida a Dios, de persona que buscan la santidad, de santones y beatas. No, no es necesario consagrar nuestra vida si no tenemos vocación para ello. Se trata simplemente de conseguir un mundo mejor y para ello tenemos que intentar ser nosotros mejores cada día. Me atrevería a decir que si los seres humanos fomentásemos entre nosotros cierta fraternidad todo iría mejor.

Si queremos alcanzar las estrellas, tenemos que convertirnos en una de ellas, empezando a generar con nuestra vida recta y honesta la luz que ilumine a los demás para que puedan ver que lo que hace más feliz al ser humano es más que una vida llena de éxitos en lo material, sino el trabajo constante por ser cada día mejor persona, mejor ser humano. Se trata de conseguir un mundo mejor poniendo cada dia nuestra pequeña aportación.

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Las panaceas

Quizá las y los más jóvenes  no hayan vivido la botica de la abuela, pues los que ya tenemos cierta edad, algunos de mis colegas ya son abuelos, ya  hemos perdido la destreza de aprender de la naturaleza.

Permítanme que rememore a aquellas abuelas nacidas en la primera treintena del siglo pasado, sobre todo aquellas nacidas en núcleos rurales, de como tenían un montón de tarros, algunos pocos de cristal y el resto de cerámica o barro, llenos de hierbas, cada una un remedio para una dolencia.

Hay una que sigo recordando de manera especial por lo curioso y hasta simpático de su nombre, me refiero al  “Gordolobo”, que servía para los catarros, bronquitis, dolor de garganta…, vías respiratorias en general, y a la que yo ponía como etiqueta la imagen que su nombre literalmente representaba. Quizá también la recuerde porque era la que más utilizaba mi abuela conmigo, pero de entre todas las hierbas también me acuerdo, aunque no de su nombre, una que era la panacea para todo, creo, sino recuerdo mal, que era una mezcla de varias.

Insisto, hemos perdido la destreza de saber leer y aprender de la naturaleza, ahora si queremos un remedio natural nos vamos a nuestro herbolario de confianza y pagamos lo que nos pidan por esa hierba que necesitamos porque la tienen que traer de no se que pueblo del Nepal. No sabemos estar ni disfrutar de la naturaleza y menos saber coger lo que nos ofrece para nuestro bienestar pero, aún peor, en vez de devolverle el favor la castigamos abusando de sus recursos. Pues bien, igual que ocurre con las panaceas que algunos buscamos en la fitoterapia, sucede con la vida en general.

No se a quien se le atribuye una frase que dice: “nos pasamos media vida pensando en el pasado y la otra media planificando el futuro y nos olvidamos de vivir el presente”. Así somos los seres humanos, lamentándonos de lo que deberíamos haber hecho en el pasado o de lo que pudimos hacer mejor, de nuestros errores, de nuestros desaciertos o añorando esos momentos felices, presumiendo de lo que fuimos para nuestra vanagloria, no para servicio de los demás. Pero, aún peor, es la otra tarea que ocupa la otra media vida restante, la planificación de todo o casi todo lo que nos rodea sin darnos cuenta que ni siquiera tenemos la certeza de si viviremos en la próxima media hora. Eso por poner un espacio suficientemente amplio, dejando, como así es,  la muerte súbita a una minoría.

Que trabajo y esfuerzo perdido que agotamiento en tener todo controlado. De acuerdo que debe existir un mínimo control de las cosas, no todo se puede dejar al arbitrio del futuro, al movimiento de los astros o a lo que “Dios quiera”, pero de ahí a querer controlarlo todo hay un paso significante, además de ser una labor, no tanto heroica como imposible. Como igualmente lo es buscar una panacea a todos nuestros problemas, a nuestra existencia, algo que nos de la felicidad o al menos una paz interior.

 

“Que trabajo y esfuerzo perdido que agotamiento en tener todo controlado. De acuerdo que debe existir un mínimo control de las cosas, no todo se puede dejar al arbitrio del futuro, al movimiento de los astros o a lo que “Dios quiera””

Por desgracia para ellos, hay muchas personas que funcionan de esta manera, buscando la felicidad, no solo en casas o puertas ajenas, sino también en sospechosos estilos de vida, pseudociencias, pseudoreligiones, o simplemente ciencias o religiones, cuando la mayoría de las veces la solución la tienen a su alcance y no se dan cuenta.

Posiblemente si esto lo firmase un doctor en psicología, como algún colaborador habitual de este medio, ustedes le otorgarían un mayor grado de solvencia respecto a lo que se esta analizando o se pretende analizar que es nuestra propia felicidad, y le prestarían más atención y hacen muy bien. Pero un servidor que no es doctor de nada, ni pretende serlo, solo  un simple aprendiz de los demás, he aprendido de la subjetividad de la felicidad.

Cierto también es que salvo que se trate de una simple opinión, y aún así, es necesario documentarte antes de hablar de algo, tanto para someterlo a una crítica positiva como a una mordaz. Pero en este caso no es así, no necesito fundamentar nada porque respeto “absolutamente” la libertad del individuo y dentro de esa libertad la opción de elegir el camino o los caminos que considere más adecuados a lo largo de su vida.

También sería que cualquiera de nosotros intentásemos influir en la decisión de los demás en la elección de su modo de vida. Solo decidles, que cuidado con los charlatanes, algunos con título oficial, colegiados y con consulta abierta al público, que les prometen panaceas para solucionarles su vida o para encontrar esa  pretendida felicidad. Insisto, los años me dan la confianza de poderles contar que en momentos de auténtica desesperación he intentando buscar cualquier remedio, y la mayoría por no decir todas,  me he equivocado. Hay que ser muy concienzudos cuando se trata de nuestra salud, incluida la mental o emocional.

¿Qué es la felicidad?. Creo no equivocarme si afirmo que casi todos y todas nos hemos hecho esta pregunta alguna vez. Además de las definiciones tan respetables que cada uno de nosotros o nosotras podríamos dar, aparte de los numerosos ensayos y estudios filosóficos, psicológicos, antropólogos, teológicos y todas aquellas ciencias o creencias que tratan de la conducta humana o la tocan aunque sea de soslayo, incluso de la divina, creo coincidir con la mayoría, que la consideran como un estado, no como una imposición, tratándose además de un estado efímero. Algunos con un sentido más poético que el mío lo definen como “un estado, un fluir, un instante que nos regala la vida en su nombre, en cualquier momento y en cualquier circunstancia”.

Puede parecer raro que alguien encuentra la felicidad en el cumplimiento de ciertas obligaciones, como en el desarrollo de su trabajo habitual; otros y otras la encuentran en sus obras sociales, de caridad o de servicio a los demás pero las hay también quienes la buscan en la paz de su espíritu, en la soledad, disfrutando de un bello atardecer o de un cielo lleno de estrellas. Cada uno hacemos lo que podemos para administrar nuestras emociones intentando alargar esos momentos lo máximo posible, lo cual en muchas ocasiones, tanto estirar hace que se rompa y pierda la magia que la dota de ese alma que la hace exclusiva y diferente. Aunque el verdadero problema es cuando entramos en la insatisfacción de lo que hacemos muchas veces al haber convertido en rutina lo que en día fue un remanso colmado de felicidad

Permítaseme que traiga a cuento una frase del novelista ruso Leon Tolstoi, que dice:“Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo”. Es verdad, es algo tan fácil como vivir, pero viviendo lo bueno y lo malo, no intentando medicar nuestros sentimientos o emociones, no utilizándolas nunca para obtener el consuelo de los demás la lastima o buscando la solución en ellos, sino todo lo contrario, asumiendo y aprendiendo tanto de lo bueno como de lo malo, siendo benévolo con los errores cometidos en el pasado, pero sobre todo teniendo en cuenta otra frase ajena, en este caso del polifacético Jean-Paul Sartre, filósofo, escritor, novelista, dramaturgo, activista político, biógrafo y crítico literario francés, que asegura que la “Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace”.

Pero también, siendo consciente que el día tiene veinticuatro horas y que dentro de ese tiempo debemos poner en orden nuestra actividad dando prioridad a lo que realmente sea más apremiante y necesario y así en línea descendente. Con ello nos daremos cuenta que determinadas menudencias nos quitan demasiado tiempo pensando como resolverlas cuando ni siquiera han llegado a convertirse en un problema que solucionar y teniendo en cuenta, además, que dentro de ese tiempo debemos dejar un tiempo de reposo para nuestro cuerpo y espíritu pero también para disfrutar de aquello que nos gusta.

No sirve para nada globalizar nuestros problemas, sino solo para enquistar nuestras emociones y no salir de ahí.

“… siendo consciente que el día tiene veinticuatro horas, y que dentro de esas horas debemos poner en orden nuestra actividad dando prioridad a lo que realmente sea más apremiante y necesario y así en línea descendente, con ello nos daremos cuenta que determinadas menudencias nos quitan demasiado tiempo pensando como resolverlas cuando ni siquiera han llegado a convertirse en un problema que solucionar”

Ahora bien, si hay algo que realmente da la felicidad es intentar ser mejores cada día, viviendo el día de hoy como si realmente fuese el último que nos tocase vivir, puliendo nuestra existencia en este vertiginoso ir y venir de emociones, limando los errores cometidos, no solo en busca de nuestra felicidad sino también de los demás. Y tengan en cuenta que las panaceas no existen, no pierdan más tiempo en buscarlas, ni intentando hablar con los nomos que hay debajo del árbol de su jardín. Si necesita un profesional, búsquelo, pero uno de verdad, déjense de esoterismos, estrellas y dioses del Olimpo, o de no se sabe que falsas creencias e ideologías de iluminados.

 

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Ideologías. ¿Qué es eso?

 

Escucha
Reconozco que, sobre  lo que más me gustaría escribir seria de aquellas historias o aprendizajes obtenidos en mi vida diaria en la convivencia con los demás. Pero, ¿a quien va a importar esto?. Es por ello que al final he terminado haciendo de critico político, ni mejor ni peor que la de cualquier critica que puedan hacer  ustedes; eso sí, procurando, con datos objetivos, que es lo que dificultad esta tarea, donde la imparcialidad es un elemento que suma; reconozco que aveces de muy difícil cumplimiento.

 

Sin embargo, hoy quiero ser más intrépido y quizá a riesgo de que alguien se sienta tentando a abandonar esta lectura, por pensar que nada puede aportarle mi cualidad observadora del comportamiento humano, es el mejor momento para hacerlo pero quizá cambie de opinión si le prevengo de que aquí recojo lo aprendido de los más sabios del mundo, de nuestros ancianos.

Cada día más, quizá porque los años pasan por mi sin darme cuenta, encuentro en mi camino a personas mayores, algunos en el cenit de su vida, que necesitan seguir reafirmando su posición social o aquella cualidad que les hace sentirse superiores a los demás pero también  los hay quienes te abren su corazón ante la soledad en la que se encuentran como modo de agradecimiento a tu compañía, quizá porque eres el único que le escuchas en mucho tiempo.

Es preferible aprender desde una postura de humildad de tu maestro que desde una actitud soberbia o ególatra por eso me quedo con los segundos. Aquellos que demuestran con su experiencia de años, pero sobre todo con su honestidad y rectitud, independientemente de títulos o diplomas, que son maestros de la vida, pero abiertos o dispuestos a aprender de los demás.

Es cierto que me recreo en comentarios políticos sobre asuntos que nos afectan en nuestra vida cotidiana, como una forma de contar la actualidad política bajo un ojo crítico, quizá porque resulta demasiado fácil ridiculizar o al menos, evidenciar sus testas empapadas de gomina o con coleta al aire y  empanadas de no se que ego político de salva-patrias.

Pero hoy me apetece, mejor dicho necesito huir de todo lo que huela a esta casta cada día más alejada de la ciudadanía, me da lo mismo  la derecha que los situados en esa neo-izquierda llena de dogmatismos excluyentes. Ambos cargados de una gran soberbia política, disfrazada en los de las camisas de grandes almacenes y/o rastas en el pelo, con cierto coleguismo hasta que le tocas las narices con tu opinión diferente.

Dicho lo anterior, desde mi postura, siempre de observador itinerante, intentaré compatibilizar la critica política con la de observador de la conducta humana desde una visión lo más objetiva posible, aunque, a veces resulte imposible ante la indignación por determinadas conductas, por ello intentaré ser mero conductor de dichos aprendizajes.

Quizá los años me permitan en algún momento transmitir mi propia experiencia, o hacer énfasis en determinados aspectos que me han servido para dar respuesta en ciertos momentos complicados de mi transitar por este mundo, muy pequeño si lo comparo con el universo de  todos los demás juntos. Pero siempre, bajo la condición de que más sabe el diablo por viejo que por diablo, porque no soy ni pretendo ser maestro de nada, máxime cuando cada día me doy cuenta que no se nada y que todo de lo que creía saber, poco en relación con lo que puedo aprender y tengo la ocasión de aprender si tengo los ojos abiertos y los oídos prestos a escuchar.

“… máxime cuando cada día me doy cuenta que no se nada y que todo de lo que creía saber, poco en relación con lo que puedo aprender y tengo la ocasión de aprender si tengo los ojos abiertos y los oídos prestos a escuchar.”

El motivo de mi determinación -no se por cuanto tiempo-, de huir de la política, se debe a una experiencia que tuve hace unos días, en el que dos amigos, uno votante de PP y el otro de Podemos, esperando mi llegada en una cafetería, les encontré en  una acalorada conversación, más bien discusión con tintes de un final poco halagüeño para ambos, donde ambos estaban diciendo lo mismo, pero desde posturas o ideologías políticas totalmente contrarias pero que, a pesar de los muchos decibelios de sus voces, no es que, no solamente no se escuchaban, sino que ni siquiera se oían por lo vano del esfuerzo que supone esta última acción. Es la primera vez que los veía así, siempre se habían aguantado con un gran estoicismo.

Mi actitud, ante la vergüenza por el entorno del alto volumen de la discusión y por ciertos desafíos desde el que se cree superior en sus ideas, fue poner orden, aunque me hubiese apetecido meter baza, cosa que no pude hacer porque una persona de cierta edad como para considerarlo anciano, intervino en la discusión, con voz pausada y cierta sonrisa en los labios.

También es cierto que la cosa no daba para más, pues como he dicho, ambos estaban en un círculo vicioso de demostrar algo que no forma parte, según dijo el anciano, de ningún proyecto político de cualquiera de los partidos con representación parlamentaria, consistente en que quien no cumpla con sus promesas electorales lo que tiene que hacer es marcharse a su casa por inútil, es decir dimitir, aspecto al que, al final, se reduce la discusión.

Tras una breve pausa, quizá para coger aire, añadió el anciano,  “ambos desde posiciones diferentes perseguís el mismo objetivo, mejorar a los ciudadanos, y estáis convencidos de hacerlo pero desde ideologías contrarias, que ni los mismos políticos que las venden, las comprarían en un futuro, porque sus actuaciones son como fuegos fatuos por la descomposición, manipulación o prostitución de dichas ideologías, demostrando a donde nos han llevado las ideologías de izquierdas o de derechas, tomando en consideración la alternancia en el poder entre la pseudo-izquierda del PSOE y la pseudo-centro-derecha del PP”.

Aquella acertada intervención, del anciano consiguió, realmente, amansar a las fieras políticas de mis amigos y desde la postura de arbitro de la que se había envestido, intentó hacerles ver la estupidez de su discusión, no porque ambos tuviesen o no razón, sino porque las formas son muy importantes a la hora de discutir y “no estoy hablando de ese “buenismo“”, dijo, “de quien persigue solo quedar bien con todo el mundo, sino porque hemos de reconocer que todo el mundo, en algunas ocasiones nos hemos sentido portadores de determinadas ideologías que en principio no conocemos en profundidad y que por lo tanto defendemos sin saber de lo que estamos hablando pero, sobre todo, porque la hemos adaptado a nuestro tiempo desde una moral de situación que deja mucho que desear si lo que pretende es mejorar la sociedad, sobre todo cuando se nos pide cierto grado de implicación y compromiso que demuestre nuestra auténtica solidaridad“.

Finalmente, concluyó quien se había convertido hoy en un maestro de vida: “en vuestro pretendido diálogo ha fallado no solo el mensaje sino también el canal, es decir, vosotros mismos porque no estabais en una actitud receptiva del mensaje del otro, sino en una postura de confrontación violenta“.

Se marchó el anciano y me quede pensativo, igual que mis amigos durante un rato de absoluto silencio, como sintiendo una mezcla de vergüenza ante la lección recibida, de que somos la mayoría de los seres humanos, incluso los que se consideran superiores desde su púlpito o a píe de calle. Unos seres humanos emocionalmente muy primitivos, soberbios, incapaces de practicar la dialéctica desde  la exposición y confrontación de razonamientos y no de dogmas o incluso de ideologías, que no estamos dispuestos a respetar. Por ello, también aprendí, que en este mundo de dogmas, me quedo mejor con las ideas.

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.