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El diván de mi vecina. Sálvame

De la vecina de enfrente no se puede prescindir por mucho que su carácter sea incompatible con el de uno, no sólo porque al enemigo hay que tenerlo cerca, incluso más cerca que a los propios amigos, conforme dijo Michael Corleone en la película “El Padrino II”, para de esta forma poder controlar sus movimientos y sorprenderle antes de que sea él quien nos sorprenda a nosotros con acciones que nos pueden perjudicar.

Aunque en este caso mi vecina no es un enemigo declarado o sin declarar, pero si un poquito peligrosa en cuento a sus prejuicios en contra de los que no pensamos como ella, más que todo porque su encasillamiento hacia las personas no responden a la realidad sino a la respuesta de su pequeño mundo mental e ideológico, donde la tolerancia no es su principal característica.

Además, la vecina de enfrente te puede sacar de vez en cuando de algún atolladero doméstico, como darte un poco de sal cuando se nos ha olvidado reponer la nuestra, dejarle una copia de las llaves para poder entrar en nuestro domicilio en el supuesto de olivarnos las nuestras en su interior o para que te recoja el correo cuando nos vamos de vacaciones, entre otros muchos supuestos. Éste fue el caso que ha dado pie a la historia que trato de contarles esta vez, en concreto el haberme quedado sin azúcar para un postre que estaba preparando para una cena doméstica con unos amigos.

Tal necesidad, me hizo apresurarme al domicilio de mi vecina con un vaso en la mano para que pudiera darme un poco de tan preciado elemento para los golosos como yo. Tras tocar el timbre no tardó mucho en abrirme la puerta, casi diría que estaba esperándome detrás ella, quizá porque su curiosidad al cerrar la mía, le hubiese llevado a echar un vistazo por la mirilla, aunque no puedo asegurarlo a diferencia de otras veces que había notado el ruido de la pequeña chapa que cubre esta óptica antirrobo y cotilla.

Como siempre, entre personas educadas los buenos días intercambiados de ambos fue seguido de la pregunta de ella, obvia tras percatarse del vaso que llevaba en mi mano como si estuviese pidiendo limosna: “¿que vecino, necesitas sal?”. “no vecina, necesito azúcar para endulzarme un poco la vida”, respondí; lo cual dio pie a que ella, dentro de su sarcasmo habitual añadiese: “¿Tan mal te van las cosas, vecino?.

Pude percatarme de su intención como siempre de estimular mi ego, motivo por el cual, dentro del autocontrol que estaba empezando a dominar tras la convivencia con mi vecina, la respondí con bastante sosiego en comparación a esas otras veces que consigue sacarme de mis casillas: “no vecina, las cosas me van estupendamente, sólo que tengo una cena con unos amigos esta noche, y me he quedado sin azúcar para el postre que estaba dispuesto a prepar”.

De repente, encontrándome sumido en este interrogatorio de tercer grado que suele ser costumbre en los encuentros con mi vecina, mi móvil empezó a sonar, comprobando en la pantalla que era la llamada de la pareja que había invitado a la cena, por lo que me vino el presentimiento que el compromiso no iba a poder hacerse realidad. Así fue, Nacho me llamaba para decirme que, inexplicablemente, Marta, su novia se encontraba indispuesta, motivo por el cual no podrían asistir a la cena, por lo que, tras pedirme mil y una disculpas, me pidió, asimismo,  pospusiésemos el encuentro para otro día en su casa.

Quitando importancia a la situación antes de colgar el teléfono, mi vecina con su vista de lince y oído de serpiente se percató del plantón que me acababan de dar por lo que no tardó en iniciar un nuevo interrogatorio: “qué ha pasado, vecino, ¿te han dado plantón?”, “así es”, respondí, “parece ser que una situación de fuerza mayor nos obliga a suspender la cena”, añadí.

Entonces qué plan tienes para esta noche”, me preguntó, de nuevo; “pues comerme lo que he guisado, yo solo, entre esta noche y mañana”. ¿Para qué se me ocurriría ser tan sincero, o más bien tonto?, pues conociendo las salidas de mi vecina más me hubiese valido decir cualquier otra cosa que me hubiese alejado de mi hogar, pero sobre todo del suyo. “¿Por qué no traes la cena aquí a mi casa y te acompaño?, yo pongo el vino y hago el postre”, me propuso. La verdad es que no me apetecía absolutamente nada, pero negarme a la propuesta hubiese resultado descortés por mi parte, así que acepté al no encontrar otra salida.

Me invitó a tomar asiento en el diván de siempre, que ya parece más mío que suyo, ofreciéndome un café mientras preparaba la parte de la cena a la que se había comprometido. Acepté el café con la condición de que ella también se tomase otro, “vale”, dijo ella, “pero, acompáñame a la cocina”, concluyó.

Sustituyendo el diván por un taburete de cocina, tuvimos una conversión intrascendental para lo que, habitualmente, suelen ser las conversaciones que tenemos, centrándonos tras hablar del tiempo en recetas de cocina, sobre todo de repostería y postres que es lo que peor se me da, por lo que aproveché bolígrafo en mano a tomar determinadas notas.

No tardó más de media hora en hacer una tarta de manzana, aprovechando el tiempo en el que ella ponía la mesa en ir buscar la cena que yo tenía preparada a mi casa. Tras hacer dos viajes de ida y vuelta entre domicilios, por fin nos dispusimos a cenar, elogiando ella durante el ágape mi buena mano con la cocina, lo cual agradecí enormemente como recompensa a mi trabajo, aunque para mi cocinar no supone ningún esfuerzo.

Empezando el delicioso postre que ella había hecho, que tampoco tardé mucho en valorar muy positivamente –les recuerdo que soy enormemente goloso-, se levantó de la mesa para encender la televisión, tras preguntarme si me importaba. La verdad es que no me gusta ver la tele mientras como, sobre todo cuando lo hago en compañía pues considero más interesante una conversación que el oír un ruido de fondo, pues salvo algún programa interesante, es para lo que uso este electrodoméstico, para meter ruido.

Pero, peor no podía ser la propuesta, habida cuenta que el canal seleccionado por ella lo tengo vetado en mi televisor,  por el chismorreo que llena las tardes entre semana y las noche del sábado. Creo que habrán adivinado a que cadena me refiero, así como el programa en cuestión cuya única diferencia entre ambas franjas horarias es la cursi expresión de “Deluxe” ulterior a su nombre diario, “Sálvame”, no sé si como petición de ayuda para quienes no soportamos este tipo de prensa más que amarilla, carente de todo tipo de ética; o porque quienes en él intervienen, algunos que se consideran periodistas, hunden en la miseria a personajes o personajillos que, aunque participan por su rentabilidad en él, deben ser salvados de la gran cantidad de mierda que arrojan sobre ellos, haciendo juicios de valor que quien ejerce el periodismo debería abstenerse de hacer, porque su única obligación es mostrar unos hechos dejando al espectador o lector, en su caso, que sea quien juzgue lo que se le expone.

“porque quienes en él intervienen, algunos que se consideran periodistas, hunden en la miseria a personajes o personajillos que, aunque participan por su rentabilidad en él, deben ser salvados de la gran cantidad de mierda que arrojan sobre ellos, haciendo juicios de valor que quien ejerce el periodismo debería abstenerse de hacer”


Ahora bien, si dichos “periodistas” de pacotilla deben ser criticados, peor son los que se atribuyen dicha profesión sin serlo, y no me refiero al título universitario que los habilita como tales, pues algunos no siéndolo, su conducta y profesionalidad, pero sobre todo su decencia, les hacen  más merecedores del mismo que a los que me he referido antes. Citar nombres sobra, porque todos, absolutamente todos los que participan en él como colaboradores, amén de la propia dirección, no pueden ser más pendencieros.

Sin embargo, hay una persona que, a la que a tales calificativos hay que añadirle otros como el de ignorante, en el sentido de carecer no sólo de conocimientos de cultura básica, sino de expresión verbal, exigencia mínima para alguien que pretende comunicar algo, pero sobre todo por la osadía y resentimiento con el que actúa, bautizada como la “princesa del pueblo”, cuando el calificativo que más le pegaría sería el de “princesa de las chonis”; además de esperpéntica y grosera, sobre todo cuando cuenta las cosas porque le “salen del…”, como ella misma dice.

Esta vez mi vecina coincidió conmigo, claro que no hablábamos de política, sino de determinados seres de la especie humana que han hecho de su vida y de la de los suyos un espectáculo -durante bastante tiempo de una menor-, sólo por venganza hacia el padre de ésta, primer amor de su vida por el que no fue correspondida, y que, aunque se lo pueda merecer no tiene sentido después de tanto tiempo, salvo que se haya convertido en una patología de su retorcida psicología. Creo que ya habrán adivinado a quien me refiero, ya que su nombre prefiero no pronunciar.

Aunque nuestro juicio negativo, el de mi vecina y el mío, sobre ella, pensamos que no podría empeorar, sin embargo, en este tercer o cuarto programa que estaba viendo por imposición, igual que los anteriores, aunque aquellos en alguna sobremesa en compañía de alguien con mucho interés en verlo; el colmo de los colmos o la falta de escrúpulos de esta mujer presa de la infamia del programa que la ha llevado al estrellato de la inmoralidad, predicable también respecto de sus fans y tele espectadores que sustentan este circo televisivo, creo que ha alcanzado su zenit al hacer un espectáculo de la enfermedad de la actual mujer de aquel, quien presa de una situación de enajenación mental, conforme relato de tan abominable princesa, intentó buscar en ella cierto cobijo a sus fantasmas psicológicos.

Queridos “belenistas” esta es vuestro ídolo, una fracasada del amor, porque ella es incapaz de querer a nadie más que a ella misma y de olvidar al torero, haciendo sangre de todo lo que rodea, incluso a su actual mujer enferma.

Ojala que su actual “el Miguel” no tenga que sufrir el precio de la fama y la perniciosa actitud de esta mujer.

Eso sí, prometo no volver a ver este programa, ni siquiera por dar satisfacción a aquellas amigas que, como mi vecina, me hicieron verlo en anteriores ocasiones cediendo al chantaje de su compañía; entre otras cosas porque no quiero volver a ser cómplice de la falta de escrúpulos de una cadena televisiva que siempre ha buscado el espectáculo en las flaquezas y desgracias del ser humano.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El diván de mi vecina. Mi querida España

Hace unos días al salir al balcón con el objeto de comprobar el tiempo que hacía para  salir a la calle con la ropa adecuada debido a la variabilidad de la climatología en este verano, encontré el de mi vecina engalanado con la bandera patria,

lo cual no me sorprendió debido a la eliminatoria del campeonato de fútbol que el pasado sábado nos regaló un 3-0 en el partido de nuestra selección frente a la italiana, lo que a muchos nos hizo revivir la época dorada de cuando resultamos campeones del mundo en aquel mundial de Sudáfrica de 2010; pero no tardó mucho en disiparse mi pensamiento, pues encontrándome absorto en tales cavilaciones me hizo volver a la realidad los buenos días de aquella con la diplomacia que la caracteriza esbozando esa sonrisa que siempre me ha parecido forzada.

Como es de buen nacidos ser agradecidos le agradecí su saludo, devolviéndoselo de la misma manera, acompañado de la obligada pregunta acerca de la bandera, eso sí, con cierta ironía por mi parte, ya que desconocía su afición por el fútbol: “Qué vecina, ¿animando a la selección?. Su respuesta, frunciendo el entrecejo fue de sorpresa: “¿Qué selección?”: “La española, ¿cuál va a ser?”, respondí yo.

Agitando ella levemente la cabeza a modo de desconcierto, siendo conscientes ambos que estábamos ante un diálogo de besugos, con el fin de dar por terminada tanta interlocución volvió a lanzarme una nueva pregunta: “¿a qué te estas refiriendo vecino?”. Entonces me di cuenta que mi vecina no era aficionada al fútbol, sino que, ni tan siquiera, había visto el partido al que me estaba refiriendo, con lo cual mi nueva pregunta fue directa: “entonces si no se debe al fútbol, ¿cuál es el motivo para que tengas engalanado tu balcón de tal manera?”. “Pues cuál va a ser”, respondió ella, añadiendo: “la unidad de España”.

 

¿cuál es el motivo para que tengas engalanado tu balcón de tal manera?”. “Pues cuál va a ser”, respondió ella, añadiendo: “la unidad de España”.

 

Todo mi gozo en un pozo. Lo que prometía ser una interesante conversación sobre fútbol quedó en lo de siempre, en una confrontación política, a todas luces tan cansina como siempre pues de todos es sabido que la sintonía entre mi vecina y yo acerca de este tema, como en muchos, no es muy  buena, por lo cual decidí evadirla. “Bueno vecina, me tengo que marchar”, añadiendo en tono socarrón: “me parece estupendo que defiendas tus ideales y que presumas de ser española”.

Pero ella, habiéndose percatado de mi guasa, me  hizo el ofrecimiento que yo menos deseaba en ese momento: “pasa vecino, y te tomas con café rápido”. “No vecina”, respondí añadiendo: “gracias, pero no tengo tiempo”. Pero como ella sabe de mis costumbres volvió a acorralarme como si se tratase de una partida de ajedrez en la que estaba a punto de hacer el “jaque mate”, respondiendo: “que más te da tomártelo en mi casa que en el bar de abajo”.

Me había vencido con su astucia de mujer. “Bueno, vecina, paso pero no me entretengo mucho”.

He de reconocer que mi vecina hace unos estupendos capuchinos, con esa espuma que se te queda en el labio superior, a mí también en el bigote; pero para evitar que pudiera atragantárseme fui decidido a no entrar al trapo de sus cuestionamientos. Pero, mi equivocación, intentando desviar la conversación sobre su ortodoxa convicción acerca de la unidad del país, fue volver hacer alusión al mencionado partido de fútbol ensalzando la victoria y el juego de España, pues eso sirvió para retomar la conversación que ella había pretendido iniciar en el balcón. Así que, haciéndome tomar asiento en el diván de siempre mientras ponía en la pequeña mesa situada a mi derecha, llena de cuadros de su familia, pero sobre todo de ella en varias poses y escenarios, además de una pequeña bandera roja y gualda, me espetó a bocajarro: “estoy de los catalanes hasta el… cogote”, contuve la respiración ante tal pausa, pensando que iba a decir otra parte del cuerpo menos pudorosa; así que pensando que su cabreo no era tan grande le argumenté que no todos los catalanes eran iguales, ni que tampoco  todos deseaban la independencia.

Ya la montaron en la época de Azaña, siempre son los rojos quienes la montan”. Cogí aire para intentar que mi respuesta fuese lo más civilizada posible: “¿no será que los rojos, como tú dices, son los que siempre han luchado por los derechos civiles y por la democracia en este país?”. Su repuesta fue una carcajada llena de bilis. “Sí, matando a la gente como en Paracueyos del Jarama”.

La cosa se ponía complicada, prometiendo ser muy reñida para tan temprana hora, por lo que volví a retomar mi propósito inicial de no iniciar una guerra dialéctica, así que, contesté: “vecina lo peor de la guerra civil no fue en si la propia contienda, pues en ambos bandos murieron, incluso, hermanos de sangre, sino la muertes y la represión posteriores a manos de los vencedores sobre los vencidos”. Pero, ante argumentos tan manidos y desagradables, me tomé el café prácticamente de un sorbo, apresurándose a levantarme para no dar lugar a más discusión que, por otra parte, no era la primera vez que teníamos; pero sobre todo, porque me di cuenta que el problema no era mi vecina realmente, sino que ella es reflejo de la sociedad española donde si no se hace sangre de las ideologías no somos nosotros mismos, donde la confrontación es la tónica habitual, donde la negociación se convierte en imposición. Hoy es Cataluña, mañana el País Vasco, y hasta el condado de Treviño.

Adiós vecina”, fue mi despedida. Un adiós con mucha tristeza y decepción, por ella, por mí, por todos, viniéndose a mi cabeza la letra de aquella canción de la inolvidable Cecilia, que fue censurada  y cambiada por otra: “mi querida España, esta España viva, esta España muerta”

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El diván de mi vecina. El anonimato del dolor

Cuando le conté a mi vecina el milagro que había experimentado en primera persona tras mi visita de la semana pasada a otra vecina, sentí que por primera vez estábamos compartiendo un mismo sentimiento sincero pues le vi alumbrar por su lagrimal una corriente de lágrimas que me hizo ver en ella su buen sentir hacia a mí, a pesar de nuestras “controversias” ideológicas. Pero tuvo que surgir, como siempre, lo imprevisto, para que, como era habitual entre los dos, explotase la batalla de periodicidad semana que solemos mantener.

Desgraciadamente, siempre tiene que surgir algún tema que por su trascendencia surja el debate social, puesto que, cuando algo se sale de lo normal, es lógico que todos nos preguntemos sus motivos, causas y efectos, independientemente de la unión ciudadana frente aquello que pueda perturbar nuestra zona de confort social, y por el sentimiento que nos une en relación a las inocentes víctimas que, como en nuestro caso, han perdido su vida o han resultado heridas en los últimos atentados yihadistas perpetrados en Barcelona y en Cambrils hace poco más de una semana.

Sí, éste, dolorosamente, ha si el motivo de la nueva confrontación entre mi vecina y yo,  haciendo que se desvirtuaran los efectos del milagro al que me he referido al principio, habiéndome devuelto a lo terrenal las inevitables flaquezas y/o pecados capitales del ser humano, entre ellos la soberbia de querer superar en razón a nuestro adversario con el carácter de verdad absoluta.

La chispa que hizo que surgiese el desencuentro fue la pitada al rey y a Rajoy en la asistencia a la manifestación del pasado sábado en Barcelona, en mi opinión merecida, independientemente del dolor o sufrimiento al que me he referido anteriormente, puesto que, actos multitudinarios de unión fraternal de los ciudadanos no pueden, ni deben, capitalizarse ni ideológica, ni políticamente. Nadie, salvo los propios ciudadanos deben ir a la cabeza de este tipo de manifestaciones. Nadie, absolutamente nadie, nos debe representar frente a un dolor que, aunque generalizado, es algo que pertenece a lo más interior de la persona, lo que suele denominarse como su fuero interno. Y esto también lo hago extensible a las autoridades catalanas que estuvieron presentes.

“actos multitudinarios de unión fraternal de los ciudadanos no pueden, ni deben, capitalizarse ni ideológica, ni políticamente”



Intolerable, absolutamente intolerable lo de los independentistas en Barcelona, que han convertido la manifestación por los atentados en un acto de político en pro de la separación de España”…. Se hizo el silencio, pues tal afirmación en cierto modo produjo en mi un cierto desasosiego debido a que la respuesta que asomaba en mi cabeza no quería que se convirtiese en una manifestación en contra de la unión frente al terrorismo, sea del carácter que sea. Así pues, intentando adornar algo que sólo era un embrión en la comunicación verbal, le conteste: “vecina, ¿sólo fueron los independentistas lo que silbaron al rey y al presidente del gobierno, o fue una manifestación del sentir minoritario ante un sistema que, como el nuestro, fabrica armas para gobiernos que financian al yihadismo?…. “Que barbaridad estas diciendo vecino”, sentenció ella.

Ahora se yo que pensar es de bárbaros, pero sobre todo el hecho que,  decir algo que es real sea calificado de barbaridad. ¿Por qué? y ¿para quién, es una barbaridad?. Al parecer más de los que me pensaba son iguales que mi vecina, pues no fue la única en recriminarme lo dicho; pero también siento que yo no estoy solo. Y si por decir que ya es hora que los políticos y el rey se mezclen entre los ciudadanos cuando se trata de una manifestación de dolor y repulsa hacia el terrorismo, cuyas connotaciones religiosas, en nuestro caso, no dejan de ser una tapadera de otros intereses más perversos de lucha por el poder, no siendo siervos de su Dios los terroristas -que escribo con mayúsculas por respeto a tal deidad-, sino del capitalismo por participar en un mercado de ventas de armas que otros, a pesar de darse con el puño en el pecho, fomentan.

A todo lo que dije mi vecina, por supuesto, hizo oídos sordos, como seguro lo harán muchos que leen estas palabras, pensando que sólo los radicales, perroflautas o no piensan como yo, pero no está mal porque por lo menos, como he dicho antes no estoy sólo en pensar que la “pitada” hacia el rey y Rajoy no lo fue por su oposición a la independencia de Cataluña, sino por la rentabilidad que sacan de tales actos. No obstante, antes de irse mi vecina me preguntó “¿dónde dejas la unidad por las víctimas?“. Mi respuesta en este caso fue inmediata: “en el corazón de cada uno de los que estaban en la manifestación de forma anónima y en los que sin asistir a ella por la razón que fuese, condenamos con toda energía este tipo de actos uniéndonos al dolor de los familiares y amigos de las víctimas y de los propios heridos“.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El diván de mi vecina. Los ojos del alma

Hoy he decido ser infiel a mi vecina de enfrente, pero que conste que no lo hago con acritud como decía aquel presidente del gobierno socialista que llevó al PSOE a la derecha, ni por falta de talante como dijo también su colega de las cejas arqueadas, no. Aún a pesar de que no coincidamos en nuestras opiniones en muchos temas de candente debate social, yo aprecio mucho a mi vecina, será porque soy masoquista y, como dije en otra ocasión,  me gusta meterme en todos los charcos, sin aprender aquello de que el “gato escaldado del agua caliente huye”. Pero sobre todo porque el roce lo hace todo, y que nadie lo coja por el sentido que no es.

 

Pues bien, mi “infidelidad” tiene su razón de ser -esperando no defraudar a mis lectores-, ya que que me he visto obligado por las circunstancias a sustituir el diván de aquella por el de otra vecina, en  este caso la del piso de abajo, porque quiero hacer partícipes a todo el mundo de algo asombroso, quizá milagroso, sino fuera porque lo ocurrido se debe a la pericia de un doctor y, por supuesto, al avance de la medicina, independientemente de que su mano haya sido dirigida o no por la providencia divina.

Sin entrar en detalles sobre la ciencia médica, porque aunque se me han contado alguno de ellos, seguro que metería la pata al trasmitirlo a ustedes, con lo cual es preferible ir al grano y contarle el fruto de la intervención del mencionado doctor en oftalmología que ha hecho que mi vecina (la de abajo) después de más de diez años de pérdida total de visión por un accidente la haya vuelto a recobrar, aunque tiene que utilizar  unas gafas de “culo de vaso” para hacer su vida diaria, esperando una segunda intervención para poder reducir sus dioptrías.

Creo que el hecho, de por si, es tan importante que merece la pena ser contado, pero, aún hay más, como es lo que salió de su boca cuando la fui a visitar tras enterarme en mis cotilleos con la de enfrente de tan milagroso acontecimiento. Lo que me ha llevado a hacer ciertos razonamientos, pero sobre todo a hacer una crítica del ser humano en su globalidad y, por supuesto, de mí mismo, porque poco difiero del resto en lo que a ciertos comportamiento se refiere, sobre todo al egocentrismo del que muchas personas adolecemos, creyéndonos la mayoría de las veces el centro del universo.

Mi nueva vecina, en estos lares, con un gozo y felicidad que no había visto nunca en perdona alguna–no es para menos-, pero sobre todo con una paz inmensa, agradecía al universo como totalidad de la existencia del ser y del estar, el milagro que la medicina había operado en su persona. Estaba exultante de felicidad por lo ocurrido, pero sobre todo, no porque había recobrado la vista en sus ojos, sino también en su alma.

Me contó que durante los años en que había estado sin visión, las turbulencias de su alma, le había llevado a ennegrecer su espíritu por una grave depresión motivada por la pérdida de visión, de la cual fue saliendo a medida que empezó a aprender nuevas cosas, como moverse en la oscuridad con la ayuda de su bastón que todavía conserva para no olvidar tan amargos momentos, a leer en braille y a ganarse la vida vendiendo el cupón en una esquina del viejo barrio en el que vivimos. Pero, sin darse cuenta, añadió, fue aprendiendo a sentir al mundo de otra manera, y como todo depende del color con el que se miren las cosas y, aunque el color con el que ella veía era negro, poco a poco empezó  a ver en su interior los colores de su nueva vida, agradeciendo estar viva del accidente que le robó su visión.

” fue aprendiendo a sentir al mundo de otra manera, y como todo depende del color con el que se miren las cosas y, aunque el color con el que ella veía era negro, poco a poco se empezó  a ver en su interior los colores de su nueva vida, agradeciendo estar viva del accidente que le robó su visión.”

Me dijo, como al palpar la cara de las personas que conocía antes de quedarse ciega, las empezó a ver y sentir de diferente manera, no sólo intentando mantener su imagen a través del tacto, sino que era capaz de ver en su interior, y en el silencio de la oscuridad, sentir sus tribulaciones y sus alegrías. Y, ahora, que la luz ha vuelto a sus ojos su agradecimiento al universo no se debe tanto a este hecho sino a que su visión era muy superior a la de antes, a pesar del grosor de las lentes de sus gafas; porque había aprendido a ver el mundo desde el interior y a las personas con el amor, la fraternidad la comprensión y la tolerancia que hacen que todo adquiera un nuevo significado.

Entonces, me di cuenta de mi desgracia, porque ahora el que estaba ciego era yo; mejor dicho, lo había estado siempre, pero no me había dado cuenta, porque lo que veían mis ojos era una ficción por mi creada, de sentir y vivir las cosas con arreglo a mi tamiz. Ojalá esta sensación fruto de la lección de vida  que me había dado mi vecina permanezca en mi durante el resto de mi vida. Ojalá que el mundo aprendiese a ver con lo ojos de mi vecina, porque todo funcionaria mejor y nos ayudaría a comprender a nuestros semejantes, incluso a mi intolerante vecina de enfrente, porque yo también lo soy, a veces. Pero sobre todo porque sus pensamientos, equivocados o no, son el fruto de su vida, de su experiencias o de su aprendizaje, y también de su soledad y de su edad madura.

Me despido de mi vecina de abajo después de abrazarla sintiendo su cuerpo y su alma, y darle un fuerte beso en la frente, en señal de agradecimiento por lo que me había enseñado sin darse cuenta, y me apresuro a subir las escaleras para no perder tiempo esperando al ascensor para a contarle a mi vecina, la de enfrente, la que todos ya conocéis: de que yo también había recobrado la vista.

 

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El diván de mi vecina. Ave María Purísima

Los contrastes de mi vecina cada vez me sorprenden más. De feminista recalcitrante de hace sólo una semana a católica beata. Y no es que me parezca mal o me moleste este último papel que ha asumido, porque, como no puede ser de otra manera cada uno es libre de pensar lo que le dé la realísima gana, aunque hay muchos y muchas que la tolerancia que piden para los demás no va con ellos. Éste es el caso de mi vecina.

Nunca he manifestado abiertamente mi sentido o creencias religiosas porque pienso que eso forma parte de mi intimidad, claro está, salvo a las personas más cercanas a mi y, discúlpenme si sigo manteniendo esta postura, creo que lo entenderán. Pero mi vecina no lo entiende, es más, con ella, con la que no suelo tener muchas reservas –no se si a partir de este momento seguiré con esta misma actitud-, porque ha llegado a tacharme de “rojo ateo”, simplemente porque le he manifestado que no entiendo esos contrastes que evidencian sus creencias, aparte, claro está, de las contradicciones que manifiestan. Ahora bien, si de lo que se trata es de tener una moral acomodaticia cogiendo lo que le parece de cada cosa, entonces no tengo más que decir.

La cuestión es que mi vecina que no suele pisar la iglesia salvo en ocasiones que así lo exijan por eso de que hay que mantener una compostura social o apariencia ante los demás, dígase, en entierros, bautizos, bodas y demás ceremonias en las que hay que cumplir con las personas más próximas; hace unos días que la vi entrar en la parroquia del barrio, motivo por el que mi lado femenino de curiosidad insaciable cuando no entiendo bien ciertos comportamientos, decidí seguirla y, medio a escondidas.

Penetré también en el templo, quedándome en los último bancos en actitud de recogimiento pero sin perderla ojo, mientras ella avanzó a las primeras filas, y tras santiguarse, se puso de rodillas tapándose la cara con las dos manos. Nunca he entendido porque hay que taparse la cara para entrar en trance con el más allá.

En dicha actitud permaneció un buen rato, o al menos eso me pareció a mi, porque el tiempo se me hizo un pelín largo, hasta que la final volviéndose a santiguar, se incorporó y dirigiéndose a una capilla que hay en un extremo, introdujo varias monedas en un portavelas moderno, en el que, en función de las monedas que iba metiendo se iban encendiendo las lucecitas de  las velas de plástico, alzando a continuación la vista a la imagen de un Cristo crucificado que siempre, desde niño, me había dado un poco de miedo por lo ténebre del lugar y por el sufrimiento que transmitía su cuerpo lleno de girones y sangre, y cuyos ojos medio entornados y con semblante rígido parecen obsérvate con una mezcla entre benevolencia y clemencia.

Tras haber hecho el trueque, me imagino, de yo te doy a cambio de que tú me des -interpretación que siempre he dado a este mercantilismo eclesiástico-, volvió de nuevo a santiguarse, por tercera vez, a la vez que abandonaba dicha capilla dirigiéndose a la salida.

Me apresuré a salir antes que ella para que no me pudiese ver, sentándome a continuación en uno de los bancos del parque próximo al templo por el que era obligatorio pasar, disimulando con el móvil en la mano, como si estuviese mandando un mensaje a alguien, con el objeto de hacerme el encontradizo con ella y averiguar su repentina actitud tan beata.

Así fue, mi vecina se percató de mi presencia y se dirigió al banco en el que fingía descansar aparentando de no enterarme de nada de lo que sucedía a mi alrededor, y tras el intercambio obligado de saludos, le manifesté que no me había percatado de su presencia en la zona, a lo que me respondió que no es que estuviera ya en el parque, sino que venía de la parroquia de hacer unas gestiones. “¿Gestiones?”, le pregunte, expresión que parecía corroborar esa forma mía de ver la oración llena de peticiones interminables a cambio de una cuantas monedas; manifestándole con cierta sorna, “hija parece que vienes de una gestoría en vez de una iglesia”. Broma que no aguantó y que le llevó a juzgarme de la manera que he indicado antes. “Vecina, no te pongas así”, añadí intentando apaciguar la situación.

Más calmada, tras unos segundos de silencio tenso, me respondió aunque con cierto desaire: “sí, gestiones”, las mismas que hacéis vosotros para jorobar a una institución como ésta que tanto bien hace a la sociedad. “¿Nosotros?” la interpelé con cierto asombro. “Si vosotros, los de la izquierda”, contestó.

Mi buen talante se iba transformando por momentos en un cabreo que me iba carcomiendo por dentro, por lo que mi respuesta obligada fue la de pedirle que no me metiese en el mismo saco que al resto de la humanidad a la que estaba condenando a las penas del infierno por no tener ni la misma conducta ni las mismas creencias que ella, volviéndola a interpelar con una nueva pregunta: “¿y que hacemos, según tú, para jorobar a la iglesia?”. Se quedó pensativa un breve momento, mascullando la respuesta: “intentar quitarle las ayudas, exenciones y beneficios fiscales que tiene”.

“¿y que hacemos, según tú, para jorobar a la iglesia?”. Se quedó pensativa un breve momento, mascullando la respuesta: “intentar quitarle las ayudas, exenciones y beneficios fiscales que tiene”.


Mi asombro iba in crescendo por el juicio al que estaba siendo sometido, como si fuese el único culpable anticlerical del mundo. “Yo no quito nada a nadie”, le dije, añadiendo: “de todas formas, Jesucristo dijo: dar a Dios lo que es de Dios, y al Cesar lo que es del Cesar, aunque entiendo que, como institución debe sobrevivir, pero para eso está la caridad”, concluí a la vez que me despedí de mi piadosa e intolerante vecina. “Adiós vecino”, me contestó con desairé mientras abandonaba el lugar, zanjando el tema con la única frase con la que quienes no tienen razones suelen terminar sus interpelaciones: “contigo no se puede hablar”.

Y allí me quedé, como un pollo al que le quitan el cuello después de haberlo desplumado, susurrando para no crispar más los ánimo: “Ave María Purísima”. Pero ella me contesto: “sin pecado concebida”.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El diván de mi vecina.- Conversión al feminismo

Llevaba unos días oyendo ruido en el descansillo de mi escalera, entradas y salidas de personas en la vivienda de enfrente, música, risas… taconazos, algún chillido que otro, vamos, lo propio de una noche de verano a 35º grados a la sombra… – Uy… esto sobraba… lo siento-. “¿Qué pasará en la casa de mi vecina?”, me pregunté.

La respuesta la tuve al día siguiente, cuando la vi salir  de la peluquería unisex de la esquina de nuestra calle con el pelo cortado y teñido al estilo  Audrey Tautou en el film “Amelie” (2001); mi vecina se había desmelenado.

Haciendo gala más que nunca de mi buena educación –yo lo llamo hipocresía-, me acerque a mi vecina, ávido de obtener información sobre su cambio de look con esa “sana curiosidad” que tenemos los hombres, “bueno días vecina”. “Buenos días vecino”, me respondió, y siendo consciente que, por mucho que intentase llenar el tiempo con cumplidos y otras flores, se me iba a notar me impaciencia por llegar al final; decidí atajar y formular de lleno la ansiada pregunta: “¿muchas fiestas vecina, y a ninguna me has invitado?”. Ella, también deseosa de cotillear, me respondió: “he conocido a un grupo de personas jóvenes super interesantes, universitarios la mayoría, estudiantes algunos, y otros profesores”… interrumpió de repente su relato, como un frenazo a alta velocidad, no sin la estrategia que me temo, se acababa de marcar para mantener viva mi “sana curiosidad”, y que la llevo a concluir: “pásate después de comer a tomar café por mi casa y te cuento, vecino”, “vale” dije yo seguido de un “hasta luego” que ella alejándose no respondió, seguro que con el objetivo que formaba parte también de la citada estrategia, de que me quedase mirando su nuevo estilo por la espalda.

Me apresuré a comer aquel día como si así  llegará el momento de tomar el café… pero, ¿cuál era esa momento?, ¿qué hora, minutos, segundos, corresponde con el momento de tomar café?… El caso es que, terminé de comer tempranamente, por lo que decidí hacer un poco de tiempo, el suficiente para recoger el desorden de mi comida, y llamar a la puerta de su casa. “Hola vecino, acabo de terminar de comer, ahora preparo café”. Me invitó a sentarme en el diván que siempre utilizamos para nuestras tertulias más relajadas y que ella siempre utiliza a mondo de trono, no tardando en llegar con el café expreso que acaba de preparar y que había dejado la estancia con ese aroma que marcan las buenas sobremesas. Así que, le volví a formular la misma pregunta que le había formulado por la mañana acerca de las fiestas nocturnas en su casa.

 “pero, ¿cuál era esa momento?, ¿qué hora, minutos, segundos, corresponde con el momento de tomar café?…”
esa gente me ha convencido: la lucha feminista por los derechos de la mujer es la consecuencia de la respuesta de la represión machista durante siglos”. Menuda perorata me acaba de soltar la vecinita.”

 



Marcando el límite de su terreno, se apresuró a responderme “no seas exagerado, no eras fiestas, eran tertulias de almas inquietas acompañadas de una buena música, y…”; otro frenazo. Mi sana curiosidad se estaba transformando en un deseo incontenible de iniciar un interrogatorio, por lo que formulé con cierto despotismo mi primera pregunta, rompiendo el silencio tras haber dejado en suspenso su relato: “Y… ¿qué?, continúa”. “Tranquilo, te voy a contar todo, pero a su tiempo”, respondió ella, añadiendo que dichas tertulias habían sido el colofón inesperado de su participación en unas jornadas universitarias sobre los “derechos inalienables de la mujer”, que había habían concluido a mediados del pasado mes.

Muy interesante”, asentí, alargando el movimiento de balanceo, hacía atrás y hacía adelante de mi cabeza, bastante más tiempo del que duraba mi apreciación, esperando medio atontado reiniciase por tercera vez el comienzo de su relato. Ella, en vez de percatarse de mi prolongado asentimiento, se quedó absorta con su mirada perdida en el infinito, interrumpiendo, saliendo ella misma de tal estado místico que empezaba a ser molesto por su silencio prolongado, de la siguiente forma, como cuando te tiran un cubo de agua fría encima sin esperarlo. “¿Sabes lo que te digo, vecino?”, “¿qué respondí?”, casi gritando…, “esa gente me ha convencido: la lucha feminista por los derechos de la mujer es la consecuencia de la respuesta de la represión machista durante siglos”. Menuda perorata me acaba de soltar la vecinita.

Ni le quito ni le pongo nada al breve pero contundente y vehemente discursillo de mi vecina, sólo critico lo inoportuno por el momento en que lo había formulado, sin haber hecho una breve introdución de los hechos y del entorno en que tuvieron lugar, y que me hubiese permitido tomar conciencia de lo que finalmente me iba a arrojar como el que lanza una daga; pero que, como yo, al haberse visto pillada por su propia impaciencia, no tan sana como la mía, por los derroteros posicionales que pretendía con su sobremesa. Hombre y Mujer, confrontación, luchas, status quo…

Un sofoco me estaba entrando… y ahora ella si se dió cuenta: “¿Te ocurre algo, vecino?”… “¿Te molesta algo de lo que he dicho” – segunda pillada de su estrategia marcada-, la provocación.

Lo siento, me estoy empezando a sentir mal, tal vez sea algo que he comido”. Una mentira porque el daño no me lo estaba haciendo lo que había comido sino lo que trataba de digerir: mi vecina se había pasado al otro lado. “¿feminista, siendo de derechas?“.,. Me apresuré a levantarme del diván, y con la mano puesta sobre mi estómago fingiendo me apresuré a coger la salida. “Te debo una, vecina”, me apresuré a decirle antes de cerrar la puerta…  evidentemente no con el sentido de compromiso sobre una futura sobremesa en mi casa, en respuesta a su falsa cortesía. ¿A qué se debe ese ataque?, ¿acaso yo era el culpable de toda la represión que había tenido y sigue teniendo la mujer?. 

Sólo quiero concluir para los mal pensados…,  y mal pensadas, que quién usa sus derechos buscando la confrontación, están faltando a uno de los más fundamentales y elementales de los derechos humanos que es aquel que declara que “todos somos libre e iguales”.

 

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El diván de mi vecina. La gente decente.

 He decido dar un tiempo de descanso a mi alma en busca de la paz, motivo por el cual debo abstenerme de entrar al trapo como mi vecina dándole cancha para su crítica política, puesto que, ante su incapacidad de ser un poco objetiva y no siempre inclinar la balanza hacia el lado derecho; he decido ponerme moreno y tomarme unas mañanas de asueto para ir a la  piscina municipal, así también, además del bronceado, muevo un poco mis músculos entumecidos por la vida tan sedentaria que me esclaviza; y he aquí, como resulta difícil que fuese de otra manera por ser la única piscina del barrio,  me encontré con mi vecina.

Me acerque a ella para saludarla, pensando en la mala suerte de coincidir ambos, tuve que forzar mi sonrisa para que no se me notara lo que realmente pasaba por mi cabeza y tras intercambiar dos o tres palabras interesándonos el uno por el otro, me apresuré a  buscar un sitió donde estar cómodo.

Esa mañana había madrugado con el fin de coger una tumbona en la que estar cómodo, pero mi vecina se había adelantado e igual que ella un montón de padres y madres de familia con el fin de reservar no sólo la mejor parcela dentro del recinto, sino también, un montón de tumbonas para que los miembros de su familia menos madrugadores tuviesen disponible una de ellas cuando decidieran bajar a darse el chapuzón que, más que mañanero, estaría en esa franja horaria en que los relojes pasan de “am” a “pm”, o lo que es lo mismo en el momento en que suele diferenciarse la mañana de la tarde. De manera que, todo mi gozo en un pozo por no encontrar ni una sola tumbona, mientras muchas estaban vacías con una sola toalla o una mochila encima, y que cansado a preguntar sobre su posible uso recibía  la misma respuesta: “esta reservada” o “esta cogida”.

Mi vecina se había percatado de mi búsqueda infructuosa de la tumbona perdida y, de la misma manera que suele invitarme a sentarme en el diván de su casa cuando quiere hablar conmigo o meter los perros en danza para estimular mi conversación, me ofreció una de las tumbonas que, como he dicho, había reservado para  algunas de sus amigas que todavía no habían llegado. Hubo un momento de dudé siendo consciente de que estar al lado de ella lo normal es surgiese lo que yo trataba de evitar.

Como no, el tema de la semana no podía ser otro que la comparecencia de Rajoy en la Audiencia Nacional para declarar en calidad de testigo sobre el caso Güertel, eso sí, reconduciéndo la culpa a los medios de comunicación y la izquierda del país, como promotores o causantes de la misma, al sacar a relucir los trapos sucios que, en todo caso,  según ella, deberían lavarse en casa, porque la judicialización de la política lo único que hace es crispar los ánimos de la “gente decente” y estimular la confrontación social.

El invite por su parte, como es normal, causo en mi la merecida contestación en defensa de lo que consideraba justo que, no es otra cosa que, quien la haga que lo pague, y que si alguien roba, lo suyo es que sea juzgado como lo que es, como un ladrón . Y como no quería dejar nada en el tintero le pregunté a quién quería referirse cuando habla de “gente decente”. “¿Quiénes vamos a ser?”, contesto ella, parecía que en imitación al interrogatorio del día anterior al presidente del gobierno que, como buen gallego, además de sus amnesias y desvergüenzas respondía con una pregunta. “Gente como tú y como yo, como todos los que estamos aquí”, concluyó, quedando tremendamente satisfecha.

“causo en mi la merecida contestación en defensa de lo que consideraba justo que, no es otra cosa que quien la haga, que lo pague, y que si alguien roba lo suyo es que sea juzgado como lo que es, como un ladrón”


Con la soberbia que nos caracteriza a casi todos los seres humanos, a unos más que otros, por supuesto, me pregunté si realmente yo estaba entre esa misma gente decente que había ocupado todas las tumbonas de la piscina para sus amigos y familiares que todavía no habían logrado desprenderse de las sábanas; y me di cuenta que sí, que era igual que todos ellos, me terminaba de acordar que mi coche lo había aparcado entre otros dos, ocupando todo un sitio que podría haber servido para que aparcase otro más. Ahora bien,  me considero más decente que quienes presumiendo de ello sólo ven la indecencia de los demás,  y mi vecina siempre la ve en los mismos. Precisamente, no en los que son de su color.

 

 

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El diván de mi vecina. Mi querido Blesa.

Mi vecina tiene un gran corazón, tan grande que creo que es una de las pocas personas que se han compadecido de la muerte de Miguel Blesa.

Llegaba de mi paseo diario y me la encontré en el ascensor, y tras el saludo de cortesía me informó del suicidio del exbanquero con todo el lujo de detalles, de manera que cuando logré ver la noticia en los informativos de las diferentes cadenas de televisión no me aportaron nada nuevo, aunque tampoco era mucho lo que se podía contar: un disparo en el pecho con el arma de caza en la finca de un amigo. La gran noticia del día, contada en el ascenso a nuestras viviendas en un ascensor que parece del siglo XIV que terminó con un lamento de compasión: “pobre hombre”, concluyó, invitándome a tomar una limonada en su casa.

Me pareció un acto de humanidad sentir la muerte de tan cuestionada persona, odiada por muchos tras su gestión al frente de Bankia, por las perdidas económicas ocasionadas a sus clientes por las preferentes, observación que verbalicé; pero lejos de encontrar la respuesta que esperaba, de que una cosa es la muerte de un ser humano y otra el juicio sobre su vida o parte de ella, su respuesta fue algo así como: “estarán satisfechos los que le han vilipendiado, acosado y maltratado”.

Intenté interiorizar sus palabras con el objeto de comprenderlas, acto que no tuvo el resultado pretendido. Comprendía que el juicio paralelo al que estaba teniendo lugar en los tribunales de justicia, cuando se hace en la plaza del pueblo puede ser muy cruel y poco objetivo; pero, también comprendía la indignación de aquellos que habían perdido los ahorros de toda una vida por una pésima gestión de la que no es él, el único responsable, de manera que intentando ponerme en la piel de éstos mi indignación fue en aumento, no sólo pensando en el finado sino en su predecesor Rodrigo Rato.

Un exministro de economía y hacienda durante el gobierno de Aznar y un inspector de hacienda que llegó a subdirector general de Estudios y Coordinación del mismo ministerio, por lo tanto dos personas duchas en materia económica, que hace que constituya un agravante de la gran estafa de la que han sido sus máximos responsables. Así pues, no lograba entender a mi vecina haciendo recaer la responsabilidad de su muerte a unos ciudadanos cuya indignación estaba más que justificada.

Como es habitual en mi, meterme en charcos cuando hablo con mi vecina, en vez de callarme para no expolearla, le dije que cada uno es responsable de sus actos y que ante tan deplorable gestión era entendible el juicio social, sobre todo de estas dos personas cuya arrogancia y soberbia ha sido su principal característica al ser interpelados por los medios y en sus comparecencias en las comisiones de investigación en el Congreso, aún sabiendo el mal que habían ocasionado de forma consciente. Efectivamente, mi vecina entró en trance, mientras sus ojos iban tiñéndose de un color rojo al igual que su cara, explosionando finalmente: “más tontos fueron los inversores que compraron las preferentes, pues deberían haber si conscientes con el riesgo que asumían”.

 

“más tontos fueron los inversores que compraron las preferentes, pues deberían haber si conscientes con el riesgo que asumían”.

 

¿Se podía ser más necio que mi vecina?, ¿cómo una persona con estudios  universitarios, como ella, podía hacer una reflexión tan estúpida y carente de fundamento?. Hacerle entender a partir de este momento de confrontación absoluta, que el problema fue vender una acciones como si se tratasen de renta fija cuando no lo eran, no me iba a conducir a buen puerto, máxime cuando ella es una fiel admiradora del mentor de ambos, Don Jose María Aznar, del PP y de su gestión económica que según sus palabras había salvado al país de estar a la altura de Grecia o Portugal. Como si fuéramos muy diferente.

El caso es que me quedé sin la limonada que me ofreció, que permaneció sin tocar en la jarra donde la trajo. Ni siquiera se la pedí, aunque tengo confianza para eso y mucho más, pensando que por el tiempo transcurrido debía estar caliente, tanto o más que ella y yo. Así que decidí dar por terminada tan apasionante conversación con la disculpa que tenía que ducharme y afrontar el día que me quedaba por delante.

Abandone su casa sin poder reprimir mi indignación, y tras pasar el umbral de mi puerta me dije a mi mismo ¿debó sentir la muerte de un ser humano causante de tanto daño?, ¿me estaré deshumanizando al sacar ahora sus trapos sucios y no sentir nada?. Pasando unos días, después de leer en las redes sociales tanto insulto y divertimento a consta de una persona muerta, encontré la resuesta a tales preguntas: “sí, soy humano y como tal condeno a quien se aprovechó de los más débiles”, así que no siento su muerte, aunque, tampoco comparto tanta mofa a su costa. Una cosa es un juicio serio y otra montar un circo mediático de todo esto.

 

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El diván de mi vecina

 

 

  • La que se avecina

Hoy ha vuelto mi vecina de sus vacaciones, apenas una semana ha estado fuera y la he echado de menos. Al final a todo aquel que se trata se le coge cariño y apego. Y más que morena yo la veo negra, no del color de piel, que también, cual lagarto que se ha puesto al sol durante horas y horas; sino, más bien, por lo que había visto.

El solárium que había utilizado para mudar su piel es la playa de Sitges, en Barcelona -para quienes no la ubiquen-, pero el motivo de la negritud era el proceso soberanista. “No te puedes imaginar lo revolucionada que esta la gente a cuenta del impresantable de Puigdemont”, me dijo nada mas preguntarle qué tal se lo había pasado.

Incrédulo acerca de la revolución que había presenciado, pues ya de todos es sabido que mi vecina es un poco histriónica, le pedí que precisará más lo que había visto para incitarla a utilizar el  adjetivo de “impresentable” atribuido al President. La respuesta fue, prácticamente la misma que su introducción: “estos independentistas se están pasando tres pueblos”, “quieren dividir España y hasta que no lo consigan no van a quedar agusto”.

De nada sirvió mi tesis acerca de la libertad de los pueblos y de su derecho a la autodeterminación. Bueno, sí… tuvieron bastante efecto mis palabras, porque si ya estaba un poco encendida, lo que acaba de decir provocó en ella una furia incontenible, de tal magnitud que su cara volvió a cambiar de color, del moreno de playa a un rojo intenso de una rabia de la que jamás había sido testigo en persona alguna. No exagero si digo que me llego a preocupar que tal estado le pudiese provocar un infarto, pues sus labios también se habían tornado de un color morado, y cuando me disponía a tranquilizarla espetó por su boca: “a ver si Cospedal cumple con su palabra y manda a las tropas a defender la indisoluble unidad de la Patria”.

Se había abierto la caja de Pandora, acompañada de  rayos y truenos incesantes que no paraban de salir de su boca y de sus ojos enramados por tanta ira, de manera que convencido que de nada iba a servir mi deseo de tranquilizarla, la deje continuar hasta que escupiera, perdón por la expresión, todo lo que llevaba dentro.

“Se había abierto la caja de Pandora, acompañada de rayos y truenos incesantes que no paraban de salir de su boca y de sus ojos enramados por tanta ira”

¿Pero, bueno, que es lo que has visto para que vengas así?, volví a preguntarla, pues todavía no acaba de entender los motivos de tanta indignación si tenemos en cuenta que el proceso de independencia de Catalunya lleva tiempo en el candelero, el suficiente para que cada cual a estas alturas se haya formado su opinión; siendo conocedor, además, de su postura “anti-todo” lo que pueda oler a izquierdas. Y, he aquí, la verdadera razón de su cabreo: ¿Te puedes creer que después de dejar allí mi dinero, me hablasen en Catalán y con cierto desprecio?. “Mujer, tampoco es para tanto, es su lengua oficial”, contesté.

Era consciente que, como siempre me pasa cuando hablo de política con mi vecina, que me acababa de meter en otro charco del que me iba a resultar difícil salir si quería continuar con mi papel de abogado del diablo, así que decidí plegarme y dejar que ella hablase, pues sea cual fuese mi postura, a favor o en contra, la de ella era otra distinta y, por lo tanto, respetable, aún a pesar de que sus argumentos no eran muy sólidos y con un evidente olor a la España “una”, “grande” y “libre” de épocas pasadas que yo no comparto. Pero, sobre todo, bajo la creencia de que si hay buena voluntad política por parte de todos pueden encontrarse posturas integradoras. Y, en algo si tenía razón de todo lo que dijo; y es que de nada sirve levantar muros, aunque no sólo por parte  de los independentistas, como ella afirmaba, excluyendo en el proceso la voz de los españoles que forman parte de su pretendida nación, sino también por parte de aquellos  españoles -incluyendo el gobierno estatal-, con insultos y amenazas veladas.

Llegados a este punto, en el que ella se encontraba más sosegada, me despedí con notable preocupación por mi parte, consciente de que la posturas integradoras en este país no son posibles;  concluyendo: “La que se avecina, vecina”.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El diván de mi vecina

¿Podemos o no podemos?

Me ha dicho mi vecina que si PODEMOS llegará a gobernar España, indudáblemente se produciría un caos donde  nos enfrentaríamos unos contra otros como en Venezuela. Vamos, poco más o menos que lo que sucedió durante la segunda República. Claro que, ¿quién osa llevar la contraria a mi vecina?, licenciada en Geografía e Historia.

Es tanta la tirria que tiene a Pablo Iglesias que cada vez que sale en la tele su casa huele a azufre. Tampoco es que le tenga mucha simpatía a Errejón, dice que por su apariencia le quedaría mejor dirigir un campamento de los Boy Scouts. Y si el que es sometido a análisis es Echeníque bordea el tema, ni para bien ni para mal opina de él, sólo alguna vez me dijo que no le entendía al hablar. Y, en cuanto a Irene Montero, es mejor ni mencionarla si no quiero ver salir por su boca sapos y culebras, es una feminista radical y una trepa que no dudaría ni un momento en llevarse por delante hasta al mismísimo Iglesias, afirmó.

Tanta equina me ha llevado a preguntarle hace unos días por los motivos, y tanta vehemencia en la respuesta parecía que estaba informada por la mismísima CIA ya que el CNI, como todo lo que huele a “made in Spain”, sería incapaz de obtener la información de la que ella dispone: “Pablo Iglesias esta puesto ahí por Maduro con el único fin de implantar un régimen estalinista, donde la revolución popular termine con el rey, los bancos y con la iglesia. Y lo peor de todo dividiendo al país cediendo al chantaje de los Catalanes y Vascos”.

“Tanta equina me ha llevado a preguntarle hace unos días por los motivos, y tanta vehemencia en la respuesta parecía que estaba informada por la mismísima CIA”


Mi cabeza se empezó a agitar de mala manera, viendo las calles inundada de protestas sociales, enfrentamientos con la policía, cocteles molotov, sirenas de ambulancias y de coches patrulla, antidisturbios, voces, quejidos, y mucha violencia. Hasta vi a las monjas perseguidas, las iglesias quemadas y el rey acompañado de su estirada mujer, la reina consorte, cogiendo un avión huyendo de España. Tuve que pasar la noche para tranquilizarme.

Claro, con la información que dispone mi vecina cualquiera se atrevía a llevarla la contraria, así que buscando argumentos en la forma de gobernar del Partido Popular con su enorme corrupción y la similitud que algunos han hecho de él con una organización criminal, aparte de su política económica neoliberal contraria a los intereses de la ciudadanía; su respuesta se convirtió en una sentencia: “El PP es un partido serio, así que no me digas bobadas. Los podemita son unos perroflautas”

Tengo que reconocer que mi vecina me tiene anonadado con tanta información, pero lejos de creerme a “píe juntillas” lo que ella me contaba, decidí preguntar a varios conocidos, economista ellos; y he aquí que fue peor que remedio que la enfermedad. Mientras unos me hablaban de un cataclismo económico con la derecha en el poder, otros auguraban lo contrario si fuese la izquierda de PODEMOS la que gobernase, ya que al PSOE lo metían en el mismo lote que al PP y C´s por su política económica en épocas pasadas. Así que, lo único que pude sacar de limpio de las explicaciones recibidas es que, dependiendo de donde viniese el viento la cosa cambiaba, de tal manera que la economía parecía una cosa más de la meteorología que de otros factores que los que hemos leído un poco a Adam Smith influyen en la macroeconomía. Dicho de otro manera, dependiendo de la ideología de quien efectuaba el análisis así era el resultado de éste.

Y, ¿ahora a quien creo yo, a mi vecina, a los economistas, al PP, a PODEMOS o al sursum corda?. Como siempre mi vecina metiéndome en líos, aunque últimamente estoy pensando que el que termina metiéndose en los charcos soy yo mismo; porque tratándose de política, y más de la política de este país, donde la democracia es un tongo, el jefe del estado un monigote muy caro y las instituciones llenas de paniaguados del PP y del PSOE, únicos que se han repartido la tarta durante cuarenta años, lo mejor es practicar la acracia, por lo menos hasta que este país madure políticamente.

Sólo a mi se me ocurre hablar de política con mi vecina.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El diván de mi vecina

El inicio                                                                                         

 

Jorge Luis Ballart – Diván para Vincent van Gogh

Mi vecina debe tener un curriculum impresionante, sabe de todo y cuando hablo con ella siempre sienta cátedra, así que he decido darle vacaciones si quiero que mi autoestima no termine por los suelos. Y, buscando sustituir el tiempo que dedicaba a tan ilustre persona me refugié en las redes sociales sociales con la intención de buscar aquí y allá información que reforzara mis conocimientos, lo que hizo que me encontrase con un montón de personas iguales a mi vecina o, aún peor, porque también estaban muy cabreados.

¿Seré un tonto en un mundo de sabios?, me pregunté. Y no encontrando respuesta decidí plegarme a mi mundo interior buscando, al menos, reforzar mi espíritu  con la paz necesaria para equilibrar tanto desasosiego  causado por mi ignorancia.

Pero, incapaz de administrar mis emociones por tanta frustración, decidí ponerme en manos de un terapeuta y buscando en las páginas amarillas on line, decidí llamar a uno que en su anuncio prometía solucionar una larga lista de patologías mentales y emocionales. Me citó a su consulta al día siguiente.

 

” no encontrando respuesta decidí plegarme a mi mundo interior buscando, al menos, reforzar mi espíritu  con la paz necesaria para equilibrar tanto desasosiego  causado por mi ignorancia.”

Acudí a su despacho que, paradójicamente, estaba en una calle denominada “los sabios”, y me encontré a un hombre trajeado con corbata de unos cincuenta y muchos años, muy estirado y con una voz tan solemne que parecía escucharse cada una de las palabras que salían por su boca. Dejándome hablar de mi vida transcurrió una hora y media, tiempo más que suficiente para desnudar mis más de cuarenta años. Creo que, menos mi nacimiento del cual no logro acordarme, le conté todo. Pagué noventa euros, el precio por la primera consulta en la que él nada más hizo que divagar  al inicio sobre lo divino y lo humano, así como sobre las carencias de la mayoría de los individuos para saber administrar sus emociones. Lo llamó falta algo así como inteligencia emocional.

Durante casi tres meses, dos veces por semana acudí a su consulta a sesenta euros cada una, más las botella de agua que me compraba en el quiosco de abajo de su despacho para lograr combatir la sequedad de boca que mis narrativas me dejaban a lo largo de una hora en la que no paraba de hablar, con la ansiedad de no dejarme nada en el tintero, ante lo cual él sólo respondía con palabras sueltas tales como “continúa”, “interesante”, “bien”, siempre mirándome por encima de sus gafas redondas; y en momentos de más generosidad con preguntas tales como ¿y que hiciste?, ¿por qué actuaste así?, ¿cómo te sentiste?…

Después de tanto tiempo y haciendo cuentas de lo que me había gastado en el tratamiento, empecé a preguntarme sobre la eficacia del mismo, y sobre si no me compensaba más desahogarme con un amigo o con el cura de mi parroquia, aunque este último lo descarté ante la vergüenza de no haber pisado la iglesia desde mi confirmación, pero también porque los santones nunca me han gustado. Claro que, mi amigo, el único en el que puedo confiar ya tiene bastante con solucionar los problemas de su familia de tres hijos en edad de pavo y una mujer doce años más joven que él. Así que, encontrándome al igual que al inicio  después de una terapia  de la que no he logrado adivinar en qué consiste, empecé a rebobinar.

Llamé a la puerta de mi vecina y como si no hubiese transcurrido el tiempo, empezamos a hablar; bueno, empezó y siguió hablando ella desde el púlpito que siempre lo había hecho. Sin embargo, la historia no se repitió pues algo en mi cabeza, como un clic o un replicar de dedos, hizo que me viese  en la consulta de mi caro terapeuta; pero invirtiendo los papeles, yo era el que escuchaba y ella la que hablaba.

Empecé a darme cuenta de sus carencias al adoptar un juicio crítico  ante unos razonamientos que, lejos de ser verdades absolutas no eran más que un castillo de naipes construido sobre generalidades y falsas ideologías propias de una moral acomodaticia y sobre una visión de la realidades tergiversadas por los medios y la influencia de las redes sociales.

Pero, sobre todo, de lo que me di cuenta es que yo era mi mejor terapeuta y que, podía ser tont pero no tanto como muchos que hablando de todo no saben de nada.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

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