Archivos de categoría para: Vida

Buenas tardes, papá, hasta mañana

Hola papá, cuanto tiempo. No te escribo más porque el tiempo es para mí escaso y para ti, en tu percepción, no pasa. Así que me relajo y le doy vueltas a lo que quiero decirte al tiempo que me pongo a resguardo de los que critican que te escribo demasiado, que te utilizo para sentirme mejor,  lo cual es en el fondo cierto aunque no como ellos pretenden decirlo.

Efectivamente papá, cuando te escribo me siento mejor, pero no más bueno, si no más limpio, más tranquilo, más dispuesto a seguir en las batallas cotidianas que no pertenecen a ninguna guerra. Cada vez que acabo de escribirte me siento liberado, aunque sea parcialmente, o subjetivamente, o anímicamente, de todo lo que ha quedado atrás y eso me da fuerzas para pensar en acometer ese futuro incierto, imprevisible en contenido, que nos aguarda.

Claro que para escribirte tengo que aislarme de todo lo que en el mundo general acontece y que a ti te importa un ardite. ¿Qué voy a contarte del gobierno? ¿Y de la oposición? ¿Qué te importa a ti si los recortes en políticas sociales hacen cada día más complicado atender de una forma digna a los que, como tú, vivís en otro mundo ajeno a estas preocupaciones?

¿Y qué te importa a ti el mundo irreal que se desarrolla más allá de los límites de tu sillón, de tu silla de ruedas? ¿Qué te importa a ti del mundo que para los demás es real más allá de esa paloma que se cruza en tu camino y a la que le gritas para que se aparte? Nada, no te importa nada. Te importa que te importunen para lavarte. A veces te importa que te obliguen a comer cuando no quieres. Te importa que te muevan sin reparar en que es lo que tú quieres, aunque en realidad es posible que ya no quieras nada. Que tu voluntad no vaya más allá de resistirte cuando intentan moverte o abrir la boca y tragar cuando te dan la comida.

Vivimos en mundos tan separados que yo no te puedo explicar por qué hacemos las cosas y a ti no te interesa lo más mínimo, ni puedes, entender lo que te explicamos.

Lo peor es que ahora, ya demasiado tarde, echamos  de menos aquellas historias, que nos parecían soporíferas, de tu pasado. Ahora nos damos cuenta, demasiado tarde, de aquellos momentos de repaso compulsivo a tus recuerdos que tenían que habernos puesto en alerta sobre lo que en tu interior se estaba desencadenando. De aquella necesidad vehemente de contarlo todo, continuamente, sin respiro y sin reparo.

Demasiado tarde. Ya no acuden a ti ni siquiera los recuerdos lejanos. Y si acudieran daría lo mismo porque tampoco acude a ti el lenguaje.

En fin, papá, otra carta. Otra serie de palabras, de reflexiones, que en realidad me hago a mí mismo y para sentirme mejor, más relajado.

En realidad esta carta la empecé pensando en comunicarte que ya eres bisabuelo, desde hace más de veinte días. Nora ha llegado a nuestras vidas y empieza a distinguir las formas y a mostrar su carácter. Pero, desgraciadamente, nunca llegarás a reconocerla. Nunca  sabrás que tienes una biznieta, y ella no recordará que conoció a su bisabuelo. Los extremos que en esta ocasión, y en contra del dicho, ni se tocan ni se encuentran.

“En realidad esta carta la empecé pensando en comunicarte que ya eres bisabuelo, desde hace más de veinte días. Nora ha llegado a nuestras vidas y empieza a distinguir las formas y a mostrar su carácter.”


¿Qué a quién se parece? Ya sabes, hay opiniones, aunque yo no puedo evitar cuando la veo en su cochecito con su muñeco de trapo el recordarte a ti con tu mono de juguete. La verdad es que a veces nuestra mente tiene un poso de crueldad  que aunque sea involuntaria se siente como culpable. Pero no puedo evitarlo, me recuerda.

En fin, papá, como bien decía antes, otra carta. Otro monologo cuyo principal destinatario no llegará jamás a leerlo.

Buenas tardes, papá, hasta mañana, esté ubicado donde esté en el tiempo ese mañana.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El viento en los sauces

Sauces. Parque del Retiro (Madrid).

Cuando se habla de cambio climático parece que nos suena a algo ajeno, impertérrito y extraño, algo que no nos afecta y de lo que es mejor no creerse nada. No va con nosotros o no existe. Pasamos tan de puntillas por la vida, tan ociosamente, que es imposible conocer la realidad que nos rodea, máxime si ésta tiene que ver con factores de temperatura, cambio atmosférico, o vanos discursos políticos en esta dirección que a las tres de la tarde lo único que provocan es sueño.

 

Pero sí, el cambio climático es un hecho. Podemos comprobar en este agitado verano cómo se suceden las olas de calor, cómo diluvia después durante días bajando la temperatura veinte grados, convirtiendo el estío es una tómbola en la que predecir el futuro del tiempo se convierte en oficio de adivinos. Lo peor de todo es que nos cuentan que tenemos que acostumbrarnos, pues va a ser la tónica general que se va a establecer en este perdido mundo.

Con cuarenta y dos grados en Madrid, la aventura de salir a la calle se convierte en odisea, la odisea de llegar hasta el Retiro en epopeya, y la epopeya de conseguir un banco a la sombra en leyenda. Una vez superadas estas trabas de la administración solar y bien caída la tarde, puede que hasta sople el viento; es cálido y se filtra entre las ramas de los sauces llorones agitándolos con fuerza y personificándolos de tal manera que parecen escaparse de las novelas de Tolkien. Sus hojas y sus ramas producen música, una alegre sinfonía al atardecer que hace mucho más llevadero el asfixiante calor que sufrimos por el día. Los colores rojizos y anaranjados que el ocaso trae consigo, golpean con fuerza en las copas y en el tronco componiendo un lienzo impresionista del que Monet hubiera sacado buen partido.

 

“Con cuarenta y dos grados en Madrid, la aventura de salir a la calle se convierte en odisea, la odisea de llegar hasta el Retiro en epopeya, y la epopeya de conseguir un banco a la sombra en leyenda.”


Las temperaturas aumentan, el clima cambia y las estaciones ya no son como antaño, todo es adaptación, buenas intenciones y mejores palabras. Nuestra madre es la Naturaleza y nuestro patrimonio es el paisaje y normalmente lo olvidamos. Mientras tanto, seguiremos pasando cada vez más calor en verano. Además se prolongará hasta noviembre o diciembre coincidiendo con la Navidad, veremos la nieve en fotografías antiguas y le contaremos a nuestros hijos lo que era esquiar, patinar, o lanzarse cuesta abajo en trineo. Conoceremos el desierto de cerca, tanto que creeremos que España es parte del Sahara. Olvidaremos flores, árboles y fauna, y lo peor de todo es que nos seguirá importando un bledo.

Abraham Domínguez
Soñador de nacimiento y buscador por vocación. Profesor universitario, ensayista y artista plástico por definición, mi tarea educativa y mi obra artística buscan el romanticismo perdido de otro tiempo, donde la creatividad y el ingenio dominaban el mundo.

Paisajes del alma

A lo largo de mi vida, el paisaje se ha convertido en una parte más de mí, como puedan ser un brazo, un ojo o una pierna, y se ha anclado con tanta fuerza en mi retina que no entiendo la vida sin poder asomarme a una ventana y contemplar la naturaleza en estado puro. 

Para mí el paisaje es una forma de vida. No comprendo cómo puede haber gente en este mundo que deteste el campo y sus formas de vida, cómo puede haber personas que jamás se han detenido ante un atardecer sin emocionarse, o cómo la visión de un acantilado junto al mar, o de un bosque de pinos en alta montaña, no hayan podido crear un sentimiento de espiritualidad y hasta de eternidad en un canto místico  ante la inmensidad de lo que nos rodea.

Es cierto que juego con ventaja, pues al haberme criado en mis primeros años en un minúsculo pueblo de Castilla, es imposible que no haya formado parte de los trigales en verano, de los campos de amapolas en primavera o del hielo y la nieve inundando los montes cercanos en otoño e invierno. ¿Quién no se siente libre de este modo?

Ya a la edad de cinco años, recuerdo que mi diversión favorita en el colegio donde dábamos clase los doce alumnos de todas las edades y cursos del pueblo, era mirar por la ventana indiscreta del aula, bajo la atenta mirada de Doña María Ángeles que además de ser mi madre era también la maestra, con lo que aquello suponía, regañina incluida si la distracción se prolongaba más de treinta segundos. Pero para un niño pueden más las distracciones mundanas que las docentes.

En los tiempos de recreo y de ocio, detrás de la escuela, podía contemplarse la inmensidad de un horizonte que no tenía fin, y donde los cantos de las perdices en primavera animaban y alimentaban esa visión romántica del paisaje que a día de hoy sigo teniendo. Y es que el paisaje nos habla sin que nos demos cuenta y nos enseña a ver el mundo y sus cambios, a comprender que todo es mutable y que todo pasa y tiene su tiempo y hasta su final. Contemplando los inmensos rebaños de ovejas con los corderos nuevos, comprendías la vida y la muerte; vida con su nacimiento y muerte cuando eran vendidos para las carnicerías. Pero es que hasta las hojas de los álamos tenían una duración y acababan muriendo, eso sí, siempre de una manera más poética y hasta esperanzadora, pues sabías que lo que se llevaba el otoño la primavera volvería a traerlo. Con las cosechas de cereal y con la llegada en los años ochenta de las vacas frisonas, también conocidas como vacas lecheras, entendías que hasta de los elementos del paisaje se obtenía un beneficio económico y que todo en la naturaleza tiene un objetivo claro y muy diferente al de las grandes ciudades.

“Y es que el paisaje nos habla sin que nos demos cuenta y nos enseña a ver el mundo y sus cambios, a comprender que todo es mutable y que todo pasa y tiene su tiempo y hasta su final.”


El paisaje cambia, pero siempre es el mismo en esencia. Cuando busco una respuesta en mi vida, la solución la encuentro lejos de mi despacho, de la urbe madrileña y del asfalto. Una montaña, un bosque o la ribera de un río pueden ser los mejores maestros  del mundo; no son necesarios ni divanes, ni psicólogos, ni consejeros, el paisaje en sí es la solución; y te das cuenta de que la felicidad se encuentra en lo más sencillo, y que no hay que recorrer miles de kilómetros para ser feliz. En muchas ocasiones basta con subir a un lugar elevado, abrir bien los ojos y dejarte inundar por lo que ves, fundirte con el entorno e intentar descubrir lo que nuestros ancestros en la prehistoria solían hacer, buscando la magia y la belleza en un entorno que nos habla pero que sólo pocos son capaces de escuchar.

Abraham Domínguez
Soñador de nacimiento y buscador por vocación. Profesor universitario, ensayista y artista plástico por definición, mi tarea educativa y mi obra artística buscan el romanticismo perdido de otro tiempo, donde la creatividad y el ingenio dominaban el mundo.

Un día desalmado

Me engaño. Creo que nada me preocupa, pero es solamente otro sucio juego de mi mente. Siempre hay preocupaciones, por pequeñas que sean. Está el que me preocupe de la diferencia de intereses. Sobre todo, la diferencia de sentimientos. La diferencia de sentimientos quita el sueño.

 

Sí. Esa es una de las razones, seguro. Los sentimientos son de otro mundo, no se pueden intentar comprender. No merece la pena gastar energía en ello. Y otra vez me estoy intentando autoengañar para poder dormir tranquilo. Puta conciencia. Que me diga lo que tengo que hacer de una vez. Me aburre. Me río de las preocupaciones de los demás porque me parecen absurdas. Como si las mías tuvieran algún tipo de superioridad. Qué imbécil.

Despierto. Desayuno. Me ducho. Me visto. Voy al trabajo. Doy una cara que no tengo, trabajo tratando con personas. Teniendo que tratar bien a personas que dudo que alguna vez hayan hecho algo para merecerlo. Y seguro que cada vez serán peores. Creo que el paso del tiempo nos hace peores. Es preocupante. Así que bueno, un día más de trabajo, lleno de falsas sonrisas, falsos agradecimientos, falsos halagos. Falso todo. Igual de falso que el dinero por lo que cambio mi tiempo. Trabajo, lo llaman. Una farsa para mantenerte entretenido, para que creas que estás sirviendo para algo, que estás produciendo algo. Para impedirte pensar, al menos durante un rato a lo largo del día. Para que consigas algo que creas que tiene valor. El dinero no tiene valor. Imagina la mierda que quieren que compres con él…

Llego a casa, con el alma empapada en mierda de los demás. En mierda que la gente se guarda para repartir por doquier. Mierda que ojalá se quitara con una ducha.

la puerta. Me quito los zapatos. Me quito la sucia ropa. Me quiero quitar el cerebro. Pero no puedo, así que lo pongo a funcionar. Intento purgarlo de esa mierda que la ducha no quita. No toda, al menos. Voy hacia el frigorífico, lo abro y saco una cerveza. Me siento en el sofá. Levanto los cojines, pero no está la calma por ahí. Hoy no. Quizá mañana.

“Llego a casa, con el alma empapada en mierda de los demás. En mierda que la gente se guarda para repartir por doquier. Mierda que ojalá se quitara con una ducha.”

Abro la cerveza y doy un largo trago. El primero siempre es el mejor. Cojo el mando y enciendo la televisión. No han pasado cinco minutos y ya la he apagado. Sí, a mí también me engañaron para que comprara una. Soy un imbécil integral, igual que los demás. Nada especial, ya lo tenía asumido. Por eso me compré un ordenador. Con él creí que podría elegir lo que quisiera ver, y así es. Puedo elegir lo que quiero ver en una gama más amplia de lo que la televisión me puede ofrecer, pero es más de lo mismo. Una imbecilidad integral. También tengo un móvil, que hace lo mismo que el ordenador, pero me lo puedo meter en el bolsillo. En fin, me río. Qué le voy a hacer. Soy otra oveja más. Sigo pensando en qué puedo ver, leer, escuchar, para limpiar un poquito mi alma después de otra robótica jornada de trabajo cara al público. Música clásica. La música clásica y la cerveza siempre son una buena combinación. Creo que la calma está llamando a la puerta. Pero no, era una falsa alarma. La música clásica empieza a dejar de llenarme. Voy a por otra cerveza a la que doy otro largo trago y busco un poco de rock. Esa que me removía algo por dentro cuando todavía era joven y decía que no tenía esperanza ninguna, aunque todavía sintiera que algo podría salir bien. Estaba vacía. Siempre lo había estado. Otra cerveza. Comenzaba a sentir algo de sueño. Ese sueño que me engaña para que me vaya a la cama y después me sacude cuando ya estoy dentro para que siga pensando. Así que decido resistirme. Busco algún primer capítulo de alguna serie de las que me recomiendan. Los primeros tienen que ser buenos, no puede ser de otra manera, si los productores de la serie no quieren comerse los mocos. Lo veo con otra cerveza en la mano. Otra más. Nada, otro capítulo más que quiere decirle algo al mundo, algo esperanzador que no me convence. Termino la cerveza y me voy a la ducha. Hoy decido no escuchar música mientras me ducho. Intento ducharme despacio. Primero me jabono el cuerpo. Después la cabeza, intentando masajearme a la vez que me jabono el pelo. Intento despejar la mente. Respirar despacio. Un leve momento de paz atraviesa mi cerebro y me sorprende. No estoy acostumbrado, así que pierdo la concentración. Acabo de una vez de aclararme y salgo de la ducha para secarme, me gusta sentir la diferencia de temperatura que hay detrás de la mampara. Me tomo mi tiempo para secarme. Secarse las piernas con esta cantidad de pelo es aburrido, no acabas nunca. Me pongo ropa interior holgada, cómoda, para dormir a gusto. Pero antes voy al frigorífico a por otra cerveza y algo de comer. Como y bebo mientras leo algo, algo de alguien que he leído muchas veces. A veces creo que le comprendo. Otras muchas no. Pero me engancha. Es algo de lo que nunca te cansas. Leer algo te transporta, te eleva. Te hace dejar de sentir el suelo, la suciedad del alma, la miseria que te escupen los demás.

Me meto en la cama, quedándome con las ganas de volver a leer eso que ya he leído cientos de veces. Pero de alguna forma, me alegra saber que mañana volverá a estar ahí encima, esperándome en la estantería. Lo abriré, me recibirá con su seductor olor, con su sepulcral silencio y con esa fuerza única que hace que pueda soportar que el mundo vuelva a ensuciarme el alma mañana.

Despierto. Tras lo que parecen veintitrés millones de vueltas en la cama. Esperando el momento de volver a encontrarme con mi viejo amigo que espera en la estantería.

El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco.

Diego Carrera
Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

El día del orgullo

 

Un año más estamos inmersos en la celebración del “Día del Orgullo Gay”, que a mí, personalmente, me epata. No, no empiecen ya a fusilarme, no me epata la fiesta, ni la celebración, lo que me epata como humilde artesano de la palabra es el nombre. ¿Puede llamarse algo de una forma más inadecuada?, no, es muy difícil.

Partamos de que a mí la sexualidad, en cualquiera de sus múltiples facetas, me parece un hecho natural, como me parece que la heterosexualidad es el hecho normal, de norma, dentro de la sexualidad reproductiva que  ha sido la dominante durante toda la historia de la humanidad. La necesidad imperiosa de reproducirse para perpetuarse era una fuerza que imponía unos criterios, unos roles, que pasados a la vida cotidiana marcaban unos papeles que naturalmente, de naturales, se acogían y aceptaban. Que esos roles se enquistaran en la sociedad y dieran lugar a conceptos morales que fueron transformándose en conductas sociales que etiquetaban como antisociales o condenables las tendencias que chocaban con ese fin reproductivo, ha sido una consecuencia indeseable de ciertas instituciones que se erigieron en garantes únicos de la verdad y la perpetuación de la raza, estableciendo unas normas rígidas e indeseables en este momento de la historia.

Pero a día de hoy la sexualidad, cada vez más y en consonancia con una sociedad decadente, ha tomado un sesgo en el que el fin fundamental ya no es la reproducción, si no el placer. Y en esa visión lúdica del sexo, en esa búsqueda del placer y la satisfacción, todos los caminos son transitables. Cada uno, cada individuo, debe de merecer el respeto absoluto de la sociedad con la que convive. Cada hombre o mujer, en su intimidad personal, tiene derecho a explorar su plenitud sexual sin sentirse amenazado o menoscabado en sus derechos.

Pero igual que se reclaman los derechos que todos, al menos todos los que queremos una sociedad libre, debemos de apoyar hay que comprometerse a ser consecuentes con las obligaciones que todo derecho acarrea. Una persona que se escandaliza viendo besarse a dos personas del mismo sexo no tiene por qué ser necesariamente homófoba o cualquier otra lindeza semejante. Puede ser, existen, que a esa persona le molesten, por su formación, por sus convicciones, las expresiones públicas de afecto. Puede sucederle, incluso, por educación, a alguien que sea homosexual. No olvidemos, que lo olvidamos, que no hace aún cincuenta años que por besarse en público se multaba a las parejas. Doy fe personal de ello.

Si en vez de insultar, calificar o descalificar, como se quiera, al incomodado, simplemente lo evitamos restringiendo nuestra efusividad pública, que no nuestra sexualidad, acomodando nuestra libertad a la ajena habremos conseguido dos objetivos en uno: dejar sin argumentos a alguien que ya no los tenía y evitar, en el mejor de los casos, la radicalización de una persona que se siente menoscabada en su libertad, sin meternos en si ese sentimiento es válido o no.

Pero, desgraciadamente, esa no es la tendencia. La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas, más impermeables, más odiosas e irreconciliables. Y eso no lleva a sitio alguno, al menos no a ningún sitio confortable y tolerante.

“La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas”

Decir amén a cualquier proposición o iniciativa que emane de algunos colectivos es la única posición aceptada en ciertos entornos sociales. Su dogmatismo y falta de rigor crítico llegan a hacer incómoda su defensa. Tanto que llegas a plantearte, cuando alguien coincide con ellos, si lo hace por convicción, por estética social o en defensa propia. Niegan a los demás la libertad que exigen para sí mismos, niegan a los demás el respeto que consideran merecer ellos, niegan a la sociedad la tolerancia de la que denuncian adolecer.

Pero me he desviado. No es de sexualidad de lo que yo pretendía hablar, no. Yo pretendía hacer un análisis del nombre de una nueva fiesta. De la inadecuada denominación de unos actos lúdicos que la sociedad acoge y cuyo tema y fin es participar a la sociedad la necesidad de normalización de la homosexualidad. De hacer visible, tal vez de una forma excesiva, la reivindicación social de un colectivo natural. Yo pretendía hacer una crítica léxica partiendo de que nadie es perfecto, estamos de acuerdo, pero que de ahí a rayar la imperfección hay un trecho.

Pero vayamos por partes, como el destripador:

  1. Día. Empieza por llamarse día cuando dura una semana, y esta es, al fin y al cabo, la menor de las incongruencias que la incongruencia oficial, la mediocridad institucional o la grandilocuencia del grupo o ente nominante, ha podido cometer.
  2. Nada que objetar al uso de esta apocope de la conjunción y el artículo. Perfectamente usado
  3. ¿Orgullo? Dice el DRAE: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Hombre, yo puedo estar satisfecho, puedo estar encantado, de tener una cierta característica natural, que, si lo es, natural digo, viene implícita en mis genes, en mi equipación básica humana y no supone, por consiguiente, ningún logro personal del que enorgullecerme. Sentirse orgulloso de lo que uno es, alto, bajo, gordo, listo, homosexual o rubio, y no de lo que uno logra es una falla moral de un calibre considerable. Quizás en vez de orgullo deberíamos llamarle exaltación, me parecería mucho más adecuado porque lo que pretendemos es poner en valor, hacer visible, reivindicar.
  4. Gay…, ¿gay? G, a, y, gay… (intercálese aquí un chasqueado de lengua, como si paladeáramos). Gay. Del inglés: “Dicho de una persona, especialmente de un hombre: homosexual”. No me llena, se me queda corto, restrictivo, marcando fronteras en vez de quitarlas, casi frentista si lo cogemos en el conjunto del nombre.

No, definitivamente no me gusta el nombre. Es más, me resulta inadecuado. Porque, vamos a ver, ¿se pretende reivindicar una libertad general o solo la de unos cuantos? ¿No hay más colectivos sexuales discriminados o, incluso ilegalizados? Si, los hay. No olvidemos a los que quieren practicar la poligamia, a las que quieren practicar la poliandria. ¿Por qué ellos no pueden? ¿Por qué nadie se preocupa de su libertad? No es diferente de la libertad para practicar otras opciones sexuales y sin embargo la ley los persigue.

Puestos a reivindicar, y es a lo que estamos puestos, yo establecería la “Fiesta de exaltación por la libertad sexual” y entonces estaríamos todos metidos, incluso los de las sexualidades inconfesables, los de las fantasías perversas, los Grey y compañía, que haberlos haylos.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La sabiduría del cuerpo

Eugene Gendlin

El pasado 1 de mayo fallecía una de las figuras más importantes dentro del campo de la psicoterapia de las últimas décadas. Filósofo de formación Eugene Gendlin compaginó esta rama junto con la psicoterapia, aunándolas en un todo armónico y coherente, y realizando importantes aportaciones en ambos campos.

Gendlin se inició y formó en la psicología, en los años 50,  con el famoso psicoterapeuta Carl Rogers, uno de los padres de la llamada psicología humanista. Según esta orientación psicológica los seres humanos tenemos una tendencia innata al desarrollo y a la autorrealización. En la terapia, la actitud del terapeuta debe ofrecer un espacio de empatía y aceptación sin juicio de todo lo que el cliente vaya reconociendo en su psique. Esto permitirá que el cliente acceda a esa tendencia natural despertando así todo su potencial para superar sus problemas y adaptarse mejor a las circunstancias de su vida.

El enfoque de Eugene Gendlin se enmarca dentro de esta psicología humanista, realizando aportaciones de gran valor que veremos muy brevemente en este artículo.

Durante 15 años Gendlin y sus colaboradores estuvieron estudiando miles de transcripciones de sesiones de psicoterapia, de enfoques muy variados, para tratar de encontrar cuál era la clave para que una persona consiga cambiar y evolucionar durante este proceso. Llegaron a la conclusión de que la respuesta no estaba en el enfoque teórico que seguía el terapeuta sino en lo que hacía el cliente. Me explico, las personas que conseguían cambiar hacían todas mención a ciertas sensaciones corporales difusas, poco claras, que sentían en sus cuerpos en relación a los problemas psicológicos que trataban de solucionar. Los clientes que accedían a estas sensaciones corporales cambiaban y quienes no lo hacían no cambiaban.

Este tipo especial de sensaciones corporales (difícil de definir) se convirtió en la clave de su enfoque terapéutico. No se trata sensaciones tipo dolor, frío, tensión,… tampoco se trata de emociones como ira, tristeza, nerviosismo,… que también notamos en el cuerpo.

Por ejemplo, muchas veces al conocer a alguien por primera vez tenemos intuiciones sobre esa persona, nos parece que lo conocemos desde hace tiempo o, por el contrario, nos produce un rechazo visceral sin saber por qué. Este tipo de información lo notamos en nuestros cuerpos a través de sensaciones sutiles a las que podemos acceder. O bien una persona puede sentir tristeza por algún motivo pero ¿cómo vive su cuerpo esa tristeza, cómo experimenta específicamente esa tristeza?. A este tipo de sensaciones Gendlin lo llamó sensación sentida, una percepción corporal de la globalidad de una situación tal como la vive nuestro cuerpo. En palabras de su autor “Una sensación sentida es cuerpo y mente antes de que se separen”. El acceso a esta sensación sentida nos permite disponer de una gran cantidad de información no racional sobre cómo experimentamos la vida específicamente. Prestando atención a ello podemos conseguir, a través de diferentes métodos, que nuestra experiencia sobre cualquier aspecto pueda cambiar de manera natural de una manera más enriquecedora para nosotros.

A finales de los años 70 Eugene Gendlin publicó un pequeño manual sobre cómo acceder a la sensación sentida y permitir que evolucione. El libro, que se convirtió en un best seller, se llama “Focusing. Proceso y técnica del enfoque corporal”. Con este libro pretendió que su descubrimiento tuviera un fácil acceso para cualquier persona, y no mantenerlo accesible sólo al mundo académico. Focusing es el nombre que dio al proceso por el cual podemos trabajar con la sensación sentida para evolucionar a nivel personal.

El gran descubrimiento de este autor fue señalarnos que en nuestros cuerpos hay una gran cantidad de información sobre cómo vivimos nuestras experiencias y que contiene una gran sabiduría sobre la manera en que podemos evolucionar. Además nos indicó que cualquier cambio que pretendamos a nivel psicológico debe anteponer el acceso a esta sensación sentida a cualquier racionalización que podamos hacer sobre nosotros mismos.

“El gran descubrimiento de este autor fue señalarnos que en nuestros cuerpos hay una gran cantidad de información sobre cómo vivimos nuestras experiencias y que contiene una gran sabiduría sobre la manera en que podemos evolucionar.”

portada libro

Para conocer más sobre este proceso podemos consultar el excelente libro “El Focusing en psicoterapia. Manual del método experiencial”, dirigido principalmente a profesionales. También la página Web del Focusing Institute, que él mismo creó, www.focusing.org, con numerosos artículos en castellano.

Sirvan estas líneas como pequeño homenaje a este importante autor, una más de las muchas personalidades de nuestro mundo que buscan enriquecer nuestras vidas y que son escasamente reconocidas fuera de sus círculos de influencia, a pesar de su indudable valor.

 

Raúl Martínez
Psicólogo y profesor de Taichi

Una riqueza inapreciable (2ª parte)

melífera

Capellita, dotada de la energía y curiosidad de su antepasada, quedó impactada al encontrarse con un mundo tan sorprendente y multicolor, el cual se abría paso ante la dulce ingenuidad de su mirada, le pareció increíblemente hermoso y perfecto. Disfrutó junto a sus compañeras de un hábitat tapizado de verde, entretejido de arbustos, de plantas y flores brillantes, provisto de una infinita variedad de colores.

Las siguientes lecciones no resultaron menos fascinantes. Las veteranas abejas forrajeadoras les mostraron cómo recolectar el polen de diferentes especies a través de variados métodos. Por otra parte, saber distinguir y hacer uso de la calidad del néctar o del sabor del polen resultaba primordial para volver a visitar o no el tipo de flores en cuestión. Utilizando las antenas para localizarlas (son los órganos del olfato) aprendieron a polinizar las plantas de algunos alimentos. Se aplicaron en identificar los diseños ultravioletas, los aromas florales y también los campos electromagnéticos.

Aquella noche apenas logró conciliar el sueño, los inmensos deseos de iniciar otra excursión le hacían anhelar con impaciencia el nuevo crepúsculo del amanecer.

Recogiendo agua para diluir la miel

Las dificultades de los primeros días se fueron superando y dieron lugar a otros retos de mayor envergadura. En sucesivas clases adquirieron la destreza de convertir el néctar en miel (hidrólisis de la sacarosa), a recoger el agua de las fuentes o riachuelos, a filtrarla y limpiarla microscópicamente a través de la válvula contenida en el estómago, utilizarla para diluir la miel, mezclarla con el polen, disolver azúcares granulados endurecidos e incluso enfriar la colmena cuando las temperaturas alcanzasen cotas demasiado elevadas.

La formación se completó con total éxito. Había transcurrido el tiempo necesario y las abejas jóvenes se vieron abocadas a elegir una especialidad, la que habrían de desempeñar desde ese momento en adelante. Capellita, colmó las expectativas de sus compañeras al resultar ser digna sucesora de su tatarabuela. Había heredado aquellas cualidades que la convertirían en una experta y magnífica exploradora. En las semanas siguientes realizó multitud de expediciones, aumentando la experiencia y la seguridad, de la pericia de su gestión dependía en buena medida la supervivencia de la comunidad.

En compañía de sus avezadas profesoras, en un principio ejercieron de apoyo y seguimiento, comenzó a inspeccionar el territorio y los campos con el fin de especializarse en un arte. Adquirió igualmente el imprescindible dominio de la orientación. Tenían tres formas distintas de guiarse, por medio del sol, de la polarización de los rayos de luz y del campo magnético de la tierra. Entre los principales objetivos se encontraban, descubrir a cuanta distancia se hallaban los bosques, el lugar exacto de las plantas indispensables para la comunidad y regresar a su habitáculo sin extraviarse. Posteriormente procedían a comunicar a sus compañeras el lugar de origen donde se hallaban los néctares más selectos. La transmisión de estos datos vitales lo ejercían las abejas exploradoras a través de una danza (La Danza de las Abejas). Cuando la distancia era menor de 50 kilómetros la danza dibujaba círculos, en caso de superar esa cifra utilizaban el abdomen para danzar formando ochos.

En una de aquellas salidas el afán de aventura la llevó a hacer un recorrido distinto, algo más alejado. En el trayecto se detuvo en varias ocasiones atraída por el suave murmullo del discurrir de un arroyuelo y un sinfín de fragancias, cuyas plantas adornaban las orillas. Volaba despreocupada, feliz, examinando y comprobando la calidad de las especies aquí y allá. Atravesaba una zona de claros cuando algo llamó poderosamente su atención, una extraña mancha amarilla-anaranjada se extendía de manera inquietante sobre el verde y silvestre suelo. Se acercó intrigada y cuando consiguió distinguir el origen de la mancha retrocedió horrorizada.

 

Con gran estupor contempló a miles de abejas muertas. No pertenecían a su comunidad. ¿Qué les habría ocurrido? ¿Dónde estaría su colmena?. No recordaba haber visto a ningún depredador cerca, ¿quizá le había pasado inadvertida alguna presencia por estar distraída y absorta en su tarea? Un quejido casi imperceptible la invitó a acercarse mucho más. El descubrimiento la dejó perpleja. Allí, aprisionada entre los cuerpos exánimes de sus compañeras luchaba por liberarse una abeja. Parecía un milagro, había sobrevivido a aquel desastre. Capellita se apresuró a socorrerla y con su ayuda la infeliz abejita logró desasirse. Le contó que pertenecía a una colmena propiedad de agricultores y apicultores industriales, utilizaban unas sustancias nocivas (plaguicidas tóxicos) que hicieron enfermar a muchas de sus congéneres. Aquellas sustancias debilitaron el enjambre y contaminaron la miel. Cada vez tenían que recorrer distancias más largas en busca del néctar adecuado, lo que las llevó a padecer un inmenso estrés que también las enfermó. Para colmo de su desgracia, un parásito (varroa) diezmó considerablemente la colmena. Y todo ello protagonizado por la mano de los hombres.

Un tremendo ruido las sobresaltó y al mismo tiempo empezaron a percibir un olor desconocido que las obligó a estornudar. Se inquietaron bastante aunque se mostraron resueltas a descubrir el misterio. Desde una distancia prudencial vieron aparecer a unos hombres con grandes máquinas, el ruido se fue incrementando llegando a hacerse insoportable. Llevaban fumigadoras y con ellas esparcían un líquido tóxico sobre las plantas. Entonces se dieron cuenta de que aquel pesticida fue el causante de la intoxicación y la posterior muerte de las abejas que yacían amontonadas sobre la tupida vegetación.

Capellita se alarmó, todavía más si cabe, voló sin detenerse hasta la colmena acompañada de la superviviente. Llegaron sin resuello. Tuvieron que tomar aliento para poder comunicar a las demás la desgracia acaecida y el espantoso descubrimiento que acababan de hacer. Las ancianas se miraban asustadas, nunca habían escuchado nada igual y decidieron comprobarlo por sí mismas viajando al lugar. Al llegar no pudieron acercarse demasiado porque el ambiente estaba impregnado de un intenso olor que les impedía respirar. Preocupadas, entristecidas y lamentando la trágica suerte que habían corrido las otras abejas regresaron a la colmena. Decididas a solucionar tan grave problema convocaron de inmediato una asamblea general.

Las más longevas no se explicaban cómo era posible un hecho tan trágico. Explicaron a las más jóvenes que ellas llevaban poblando el Planeta desde hace más de 50 millones de años. Habían sobrevivido a toda clase de cataclismos sin la ayuda del ser humano. Tantos millones de años siendo el eje fundamental para el mantenimiento y el equilibrio de la biodiversidad. Las abejas mielleras formaban grandes familias, (super-Apoidea) y amaban las flores. En cambio el Homo Sapiens poblaba la tierra desde hacía solo 250.000 años.

 

“Las más longevas no se explicaban cómo era posible un hecho tan trágico. Explicaron a las más jóvenes que ellas llevaban poblando el Planeta desde hace más de 50 millones de años.”

Avioneta fumigando plantación

Ahora otra especie, la humana, destruía ese equilibrio biodiverso tan imprescindible en la conservación del Planeta. Los humanos no parecían demasiado inteligentes, no respetaban a la naturaleza, no entendían el frágil equilibrio de los ecosistemas y no eran conscientes de que su propia supervivencia dependía en gran parte de ellas, las expertas y grandes polinizadoras de la mayoría de los alimentos. ¿Qué harían cuando fueran conscientes? ¿Sería demasiado tarde para las siguientes generaciones?

Las abejitas jóvenes prestaban mucha atención a las mayores y querían saber más. ¿Qué ocurriría sin ellas? Algo terrible, siguieron explicando con pesar. Se perderían la gran mayoría de los cultivos. Capellita afligida les preguntó, ¿quién polinizaría el romero, el tomillo, las zarzamoras o los arándanos?. Se hizo un sepulcral silencio, una tristeza profunda las embargó. De repente se encontraban en una encrucijada y debían tomar una drástica decisión. Tendrían que marcharse de allí si querían salvar sus vidas y a sus futuras generaciones, abandonar el lugar que las había visto nacer, alejarse a tierras más altas, a zonas asilvestradas, con menos calidad que los bosques cercanos pero con la certeza de que, en lugares agrestes y elevados, el hombre no podría llegar tan fácilmente con el veneno que las mataba. Acongojadas y silenciosas abandonaron la ‘Colmena Las Mielleras’ e iniciaron el éxodo que las llevaría a un lugar más prístino y sano. Capellita se preguntaba por cuánto tiempo.

Fin

1) La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria ha expresado su preocupación a ciertos plaguicidas neonicotinoides, ya que podrían afectar también al desarrollo nervioso de los seres humanos.
2) Markus Imhoof, es el director de la película documental titulada “More than Honey” – Mucho más que miel-.
3) El etólogo Karl v. Frisch es investigador apícola. Cuando le concedieron el premio Nobel, dijo lo siguiente: Las abejas son como una fuente mágica inagotable.

Cuando descubro abejas libando el néctar de las flores en nuestro jardín me siento fascinada y conmovida por estas incansables trabajadoras, que tanto nos dan y tan poco reciben, siempre pienso: ¿Cuánta distancia habrá tenido que recorrer para llegar hasta aquí? Y les deseo un feliz regreso a su colmena.

Montserrat Prieto
Solo soy alguien que nunca dejará de soñar con un mundo mejor. Que hace del aprendizaje una constante de su vida. Amante y defensora de la salud medioambiental, de los Derechos Humanos y de la Justicia. Escritora de cuentos y relatos

Una riqueza inapreciable (1ª parte)

abeja recolectora

Corrían tiempos complicados en la vida de la ‘Colmena ’, situada en los límites de una vasta hacienda a la que llamaban ‘Hierbabuena’.

Aquellos días, sin embargo, estaban siendo especialmente mágicos ya que en sintonía con la recién estrenada primavera, en una explosión de colores y fragancias, sus laboriosas e infatigables habitantes celebraban con expectación la inminente llegada de un aluvión de nacimientos. Suponía un extraordinario acontecimiento en la comunidad, indudablemente.

Unos meses antes…

A finales de verano y principios de otoño se habían llevado a cabo las habituales reformas dentro de la Colmena, dejándola en unas condiciones de aséptica seguridad.

abejas pecoreadoras

No resultaba en absoluto una tarea fácil, más bien se trataba de una compleja hazaña y llevarla a cabo exigía que cada obrera tuviera asignado un determinado cometido. Con ese propósito las abejas pecoreadoras recorrieron los bosques cercanos en busca del elixir que formaba parte esencial de su habitáculo. Tan apreciado y excepcional remedio no era otro que el Propóleo, para encontrarlo tuvieron que desplazarse cerca de 12 kilómetros, hallándolo en los cogollos y en las yemas de diversas especies de árboles, tales como encinas, pinos, álamos, castaños o avellanos, entre otros.

Delicadas y pacientes, pues el proceso podría dilatarse entre 30 y 60 minutos dependiendo de la temperatura del ambiente, procedieron a recolectar aquella sustancia resinosa. El trabajo se hacía excesivamente duro, necesitaban ayudarse de la segregación producida en sus mandíbulas (gracias al ácido 10-hidroxi-2- decenoico que contienen), para ablandar el propóleo. Una vez logrado lo trituraron y lo almacenaron, con el apoyo de una de sus patas delanteras, en el cestillo que tienen en la parte posterior del mismo lado, repitiendo la operación con el otro lado. Si alguna se cansaba debido a la larga distancia recorrida o por haber completado la carga siempre encontraría una compañera dispuesta a sustituirla.

Alegres y ufanas con su mercancía regresaron a la Colmena dirigiéndose al lugar donde debía utilizarse. Sus compañeras las obreras propolizadoras acudieron prestas, colaborando en la descarga y procediendo a amasarla con cera y con secreciones propias. Después se afanaron en cerrar todas las aberturas o grietas con el fin de evitar que pudiera penetrar el aire o el frío del cercano invierno. Revisaron concienzudamente cualquier cavidad o resquicio dejando perfectamente barnizados y sellados los paneles, además, la entrada principal (piquera) fue reducida considerablemente. Una vez bien aislada y consolidada en su interior aumentaba la resistencia, quedando protegida contra parásitos o epidemias gracias a la acción fungicida y bactericida del propóleo que actúa como un antibiótico natural. Fueron capaces de realizar tan laborioso e increíble trabajo durante horas interminables hasta haberlo concluido.

De esa forma a quien pretendiera hacer uso del pillaje se le quitarían las ganas y si, a pesar de todas las precauciones, algún temerario se aventuraba a traspasar el umbral, no le permitirían ir más allá. La intrusión encendería la voz de alarma y ante el riesgo de amenaza acudirían todas en tropel defendiendo a su comunidad y éste no tardaría en quedar fuera de combate.

No en vano se enfrentaban constantemente a una variedad de depredadores que las acechaban, desde los abejarucos, alcaudones o vencejos hasta el ave de presa pernis, al que le encantan las larvas y no duda en atacar los nidos, sin olvidar al tejón de la miel o a las avispas que son como lobos para las abejas.

El ciclo siguió su curso, de los huevos salieron las larvas que pasaron por varias mudas y finalmente se convirtieron en pupas. Durante aquellos meses las incansables obreras nutrieron a las larvas con las proteínas del polen recolectado, mezclado previamente con agua.

nacimiento abejas

Y ¡Por fin! Había llegado el momento de asistir a aquel maravilloso espectáculo. Nacieron primero los machos y a continuación las hembras (haplodiploidia). El alborozo se expandió por la Colmena al llenarse de renovada vida. Las viejas habitantes dieron la bienvenida a las recién llegadas y al quedar vacías las celdas las abejas nodrizas repitieron la esterilización barnizándolas con el propóleo, dispuestas a recibir los nuevos huevos de la reina.

De entre todas nació una tierna abejita descendiente directa de la bondadosa, alegre e inolvidable abeja Maya. Tenía los mismos pelos (setas) de un tono intenso, suave, plumoso y muy ramificado. Unos candorosos y grandes ojos compuestos ocupaban gran parte de su cabeza y en medio se distinguían con claridad los ocelos en perfecto desarrollo, lo cual la capacitaba para poder determinar la intensidad de la luz. En el abdomen los segmentos estaban bien modificados terminando en un fino y largo aguijón. También las patas iban provistas de los cestos (escopas) para transportar el polen. La llamaron Capellita porque les recordaba a una luminosa estrella de un color amarillo brillante cuyo nombre es Capella, a la que contemplaban entre admiradas y extasiadas desde su Colmena en las noches despejadas.

“De entre todas nació una tierna abejita descendiente directa de la bondadosa, alegre e inolvidable abeja Maya. Tenía los mismos pelos (setas) de un tono intenso, suave, plumoso y muy ramificado.”

 

Pasó el tiempo y todas crecieron al unísono. Recibieron las primeras lecciones de vida con alguna clase de anatomía. Descubrieron que los peines existentes en sus patas delanteras servían para limpiar las antenas, que a través de éstas podían percibir los movimientos del aire y ello les permitía escuchar sonidos de baja frecuencia, la función de una lengua compuesta por varias partes (proboscis) para poder libar el néctar y que sus piezas bucales estaban diseñadas para chupar y masticar. Esta asignatura fundamental fue superada, ahora había llegado ya el momento de comenzar a batir las alas y salir de la Colmena a inspeccionar el mundo exterior.

Continuará…

Montserrat Prieto
Solo soy alguien que nunca dejará de soñar con un mundo mejor. Que hace del aprendizaje una constante de su vida. Amante y defensora de la salud medioambiental, de los Derechos Humanos y de la Justicia. Escritora de cuentos y relatos

Recuerda

Recuerda, en la pronunciación de la r se contenía toda la rabia del mensaje. Recuerda, parecía más un gesto, una acción intimidatoria, que una simple palabra. Inténtalo, parecía pasar de la agresión a la súplica, de la desesperación a la desesperanza. Pero el recuerdo no acudía, perdido en nebulosas de ensoñaciones, en personajes cuya ausencia suplantaba la presencia de los que tenía al lado, seguía aferrado a la irrealidad que irradiaba hacia la realidad ajena, hacia la necesidad cotidiana, que él ya no sentía, de aferrarse a la realidad compartida. Recuerda, la r ya vibraba mucho menos, apenas, haciéndose eco de la lejanía insuperable que hacía que la palabra no fuera más que un sonido, un deseo inasequible de cercanía y reconocimiento.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Del gusano a la mariposa: Historia de un capullo (I)

El siglo XX empezaba a desgranar los años correspondientes a la década de los sesenta cuando una generación, la mía, que venía de una post postguerra nacional y una postguerra mundial, empezaba a sentir en su piel la adolescencia..

Eran años un tanto oscurantistas en un mundo que se sentía viejo, raído, incapaz de saber que le había pasado y mucho menos capaz de asomarse a un futuro que el régimen, en España, pintaba en colorines con los planes de desarrollo, pero que la población solo desarrollaba, a nivel de la calle, en tipos que podemos recordar gracias a películas geniales como “El Verdugo”, “Historias de la Radio”, “El Cochecito”, “Plácido” o “Bienvenido Mister Marshall”. La vida cotidiana, según la versión oficial, se componía de tipos pueblerinos de folclorismo rancio, toreros, paletos de ciudad, señoritos de medio pelo y señores de alta alcurnia, con algunas pinceladas de burguesía emergente.

Vivíamos en un mundo de prohibiciones por nuestro bien, todo estaba prohibido, hasta jugar. No se podía jugar al balón, montar en bicicleta o pisar el césped en los parques. No se podía poner música, salvo clásica o saetas, en tiempos de Semana Santa. No se podía besar en público salvo en las estaciones o aeropuertos, donde la oficialidad se mostraba más permisiva con las efusiones propias de las bienvenidas o despedidas. Como siempre la picaresca funcionaba y había dos colectivos de población, los taxistas y los novios, que conocían la dedillo los horarios de trenes y camionetas, porque entonces los autobuses que iban a los pueblos y otras ciudades se llamaban camionetas o por el nombre de la compañía: el Auto Res, el Castromil, los Alsina…

Los taxistas lo hacían con el sentido profesional de acarrear pasajeros que necesitasen de sus servicios, pero los novios no tenían otro fin que el de participar y extender el contacto de sus cuerpos y bocas por varias llegadas o partidas que hiciesen tolerables sus apenas pecaminosos achuchamientos. Por aquellos tiempos la española cuando besaba, era que besaba de verdad. Un beso pasaba por una declaración formal de buenas intenciones futuras, o sea matrimonio, y presentes, o sea noviazgo, aunque muchas veces esas intenciones no pasaran del primer alivio.

Pues eso, que eran tiempos oscuros, tiempos de miedos, de pecados, de tenebrosos ejercicios espirituales y de adhesiones inquebrantables a un régimen que entendía que si la adhesión era quebrantable también podía ser quebrantable cualquier otro derecho del individuo, o el individuo mismo. Tiempos de censuras, de secuestros de prensa y de obreros y estudiantes que volaban, o al menos eso se comentaba porque siempre que la policía disparaba al aire mataba a alguno. Cosas veredes amigo Sancho.

Decir que éramos infelices sería de una inexactitud culpable. Los niños, los adolescentes, los jóvenes, siempre encuentran la manera de ser felices, característica que pierden con el paso de los años. Éramos felices a nuestra manera, éramos felices a pesar y sobre la prohibición general y castrante que pesaba sobre una sociedad aún en estado de choque tras su desafortunada experiencia. Éramos felices corriendo delante de los “grises” y comparando marcas. Éramos felices descubriendo el sexo bajo el pretexto de encontrar el amor. Éramos felices porque esa era nuestra vocación y nuestra determinación.

Y aquellos niños que empezaban a cambiar la voz dentro de una crisálida que la sociedad oficial y los poderes dominantes se negaban, no ya a permitir que rompiera, si no ni tan siquiera a reconocer que existiera, empezaron a tomar consciencia del mundo en el que vivían, empezaron a percibir que fuera de la crisálida el color invadía las calles, las carnes visibles invadían las playas y la música hacía vibrar el aire con compases de libertad y de cambio. Y al tiempo, y aún dentro del capullo, empezamos a buscarnos unos a otros y a reconocernos.

Sí, aquellos niños, aquellos rapaces, educados en la represión, en el miedo, en la abstinencia de las carnes todas, en la unidad de destino en lo universal, empezamos, como en el mito de la caverna, a sospechar, a atisbar que había otro mundo posible fuera del capullo en el que la sociedad se debatía entre el gusano que fue y la mariposa que pretendía ser.

Todo cambiaba a nuestro alrededor y en el mismo NoDo asistíamos a los actos oficiales de los capitostes correspondientes, lo que fue, y la eclosión de extranjeras en bañadores cada vez más exiguos y en, válgame diós, bikini, que querían representar esa libertad añorada y deseable. Y la música, y la llegada de los primeros hippies y sus mensajes de amor libre, de libertad individual, de igualdad entre sexos, de pacifismo y de tolerancia.

Sí, es posible que aquel movimiento tampoco fuera exactamente perfecto, que adoleciera de clasismo y de fuerza para asentarse definitivamente y hacer que sus flores, sus psicodelias y sus colores se constituyeran como una opción a la agobiante infinitud de matices de gris oscuro que representaban al poder del momento.

Es verdad que vivíamos en el permanente sobresalto de una guerra atómica, en el límite intangible de la condena eterna, en el vértigo irrenunciable de crear una sociedad nueva, distinta, de logar que al romper el capullo la luz no viniera solo del exterior, si no que de ese interior umbrío y claustral surgiera una nueva luz, una luz de esperanza y de necesidad de felicidad.

“Es verdad que vivíamos en el permanente sobresalto de una guerra atómica, en el límite intangible de la condena eterna, en el vértigo irrenunciable de crear una sociedad nueva, distinta”

Brotaron los cantautores que cantaban a los poetas, que eran ellos mismos poetas, que nos marcaban hitos, objetivos, esperanzas, que nos advertían de tropiezos y fracasos, que nos marcaban caminos que reclamar para los nuevos pasos. Nos contaron que Jesucristo era el primer hippie y que no habíamos entendido nada de su mensaje. Nos acunaron con el rock’ roll y la canción protesta. Y escuchamos en nuestro interior un mandato nuevo: pensad por vosotros mismos, pero pensad para bien. Pensad al margen de lo que os digan y buscad los caminos en los que podamos transitar todos unidos.

Y muchos, los de esa generación, los de algunas generaciones anteriores, los de algunas generaciones posteriores, creímos entender el mensaje, creímos en el mensaje, y al romper el capullo nos lanzamos sin complejos a crear una sociedad nueva. Claro, había de todo. Desde los que querían preservar todo lo existente a los que querían destruir cualquier vestigio de lo que hubiera sido. Desde los que amenazaban con la destrucción a los que destruían sin siquiera amenazar. Y entonces, formaron bloques. Entonces levantaron muros ideológicos y físicos y nos explicaron que solo al amparo de esos muros estaba la verdad y la libertad, siempre la suya, por supuesto.

Muchos se refugiaron en los muros intentando encontrar alivio a la inseguridad que un mundo en libertad les producía. Otros nos enfrentamos al pastoreo, al pensamiento y las verdades colectivas y elegimos el camino en solitario, pero todos, unos, otros y aún los de más allá, contribuimos a recoger un mundo dividido entre hombre y mujeres, entre comunistas y capitalistas, entre buenos y malos, entre normales y anormales, y abrir la posibilidad a un mundo de matices, a un mundo donde la tolerancia no era un pecado sino una necesidad de convivencia, donde la fraternidad podía desarrollarse sin fronteras, ni físicas, ni morales, ni sexuales.

Pero, a día de hoy, mirando alrededor, ¿qué queda de aquellas mariposas? ¿Qué capullo intenta eclosionar? ¿Hacia dónde nos están llevando?.

Continuará…

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Vivir sin vivir en ti

Hola papá. Hace tiempo que no te escribo, hace tiempo que el tiempo, para ti y para mí, transcurre pero no pasa.

Hace ya meses que vivimos una permanente espera, una espera que se debate entre la rutina de que no pasa nada y el permanente sobresalto de que pueda pasar algo, porque, desgraciadamente, cualquier evolución que pueda acontecer será para peor.

Le preguntaba el otro día al neurólogo si esos chispazos de lucidez que aparentas suponen que eres consciente de tu situación. La respuesta supuso un doble sentimiento, el de resignación y el de alivio.

No, papá, ya nuca podrás saber por los mecanismos comunes de leer lo que escribo que es lo que te cuento. Ya no queda en ti ni siquiera un breve atisbo que te permita asomarte a este mundo tal vez paralelo, tal vez tangencial, pero sin espacio común con el que tú habitas.

Si, papá, es sin duda triste saber que lo único que podemos aportarte es el cariño, el cuidado, la atención que podemos prestarte sin esperar otro agradecimiento, que tampoco necesitamos, sin conseguir otro logro que hacer que te sientas un poco mejor día a día en tu solitaria excursión de lo que te sentirías si no los tuvieras. Pero en compensación tenemos el alivio de saber que no hay ninguna posibilidad de que seas consciente ni por un segundo del estado en que tu enfermedad te está sumiendo. De saber que esas chispas de consciencia, de aparente consciencia, que nosotros detectamos no son más que conexiones neuronales casuales sin ningún trasfondo de verdadera lucidez.

Hace poco hablaba en la radio de tu problema, porque si yo sé algo de tu enfermedad, papá, no es más que lo que aprendo al estar contigo, al luchar con tu situación y las circunstancias que la rodean, las personas, las instituciones. Sobre todo las instituciones papá, enredadas en una burocracia que lastra cualquier posibilidad de funcionamiento. Confinadas en una burocracia que las hace llegar siempre tarde, casi siempre mal y  a veces nunca. Como esas ayudas que llegan cuando el solicitante ya ha muerto, cosa que sucede más de lo que sería conveniente. Iba a poner deseable, papá, pero lo deseable es una administración con la determinación de ir por delante de las necesidades de sus administrados y no siempre por detrás.

“Sobre todo las instituciones papá, enredadas en una burocracia que lastra cualquier posibilidad de funcionamiento. Confinadas en una burocracia que las hace llegar siempre tarde, casi siempre mal y  a veces nunca.”

Y en esas estamos, papá, entre la desidia de lo inalterable y el temor a la novedad. Un sin vivir, papá, o, en tu caso, un vivir sin saber que vives. Un vivir sin vivir en ti.

NOTA DE REDACCIÓN

Este artículo esta basado en la vida cotidiana de un enfermo de alzheimer, Tanto el autor como la redacción de este magazine desean que estos artículos puedan servir de consuelo y ayuda a quienes padecen esta enfermedad así como a las familias que la sufren igualmente.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Mujeres, hombre y viceversa

¿Por qué a las mujeres siempre se les pide un plus en relación a los hombres?.

Madres perfectas, esposas ejemplares entregadas a los deseos de sus maridos, unas perfectas amas de casa después de una dura jornada de trabajo fuera de sus hogares. Pero sus jornadas no son de ocho horas, sino de catorce o quizá más, eso sin tener en cuenta las noches de desvelo si algún miembro de la familia tiene la desgracia de caer enfermo, y cuando no, porque los problemas cotidianos se agolpan en su cabeza, buscando una solución que aveces no existe, y que de existir, sin contar con nadie, intentan buscar en su papel de heroína que puede con todo lo que le echen, Todo por un amor incomensurable para con los suyos. Personas que luchan con uñas y dientes, y que se enfrenta a los peligros con valentía intentando superarlos

Sin embargo, echo en falta ese reconocimiento social, hasta incluso familiar, de ver en ellas lo que realmente son: unas supermujeres que cargan con un peso muy superior al de los hombres, flaqueando su autoestima ante la falta de una palabras de agradecimiento y cariño; todo ello porque socialmente no están haciendo otra cosas que lo que les corresponde por tradicción, educación y porque un día un dios en el paraíso terrenal les  puso el dedo encima para ser madres y soportar los dolores del parto.

Sí, supermujeres que trabajan en casa y fuera de ella, que cuidan de sus mayores y de sus hijos, que tienen dispuestas las zapatillas de su marido en su sillón preferido para un “merecido” descanso, ni siquiera parecido al que ella necesita, preparando las comiditas que le hacia su madre antes de salir del hogar en el que nacieron, aveces con reproches porque le falta algún que otro condimento para igualarla. Sustituyen a la madre por una esposa, salvo, claro está en las relaciones sexuales, en las que muchas veces fingir el orgasmo es necesario para que todo encaje.

Pero,  llega el día en que es imposible disimular. Aparecen los trastornos, con enfermedades depresivas, con una distimia que le impide desempeñar con normalidad su vida o sentirse bien, padeciendo a la larga episodios de depresión grave

 Sí, son las mujeres seres muy valientes pero no invencibles. como cualquier ser humano tienen sus límites, y necesitan sobreponerse, descansar, darse sus caprichos y, sobre todo ser reconocidas en su grandeza, y a partir de ahí asumir tareas que nadie ha dicho que les pertenezcan por su naturaleza, salvo la de dar a luz; sobre todo en aquellas que por sus diferencias físicas son más propias de los hombre, sin olvidarnos del resto.

 

Si seguimos con el encaje de la mujer en la sociedad actual, debemos señalar, igualmente, que éstas están hoy subrepresentadas en relación con el sexo contrario. Y esto en casi todos los aspectos de las sociedades europeas.”


Pero, si seguimos con el encaje de la mujer en la sociedad actual, debemos señalar, igualmente, que éstas están hoy subrepresentadas en relación con el sexo contrario. Y esto en casi todos los aspectos de las sociedades europeas. La propia sociedad está permanentemente reforzando y moldeando estereotipos y, sobre todo, prejuicios. La cuestión está detectarlos, porque sabemos muy bien cuales son, aunque a muchos hombres no les interesa porque aceptarlos seria perder privilegios, siendo mejor tenerlos soterrados, invisibles; no siendo que, cuando lleguemos a casa no estén las zapatillas en su sitio ni la comida preferida en su plato

La solución, entre otras, está en la formación y alfabetización mediática, que nos haga ver que las mujeres son iguales a los hombres en cuanto a derechos y obligaciones, y en el cumplimiento de los deberes domésticos… y si no te das cuenta de ello, quizá es que todavía tienes los genes del hombre de cromañon, y no mereces una mujer a tu lado.

Dedicado a ti Toñi

Feliciano Morales Martín
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El sufrimiento de la desesperación

Dejadme sufrir en paz..

Las personas que deciden terminar con su vida no son diferente al resto. No existe un perfil del suicida. Los espirituales, esos que viven en comunión con Dios dicen que el suicida es un Espíritu cobarde e ignorante que huye a los compromisos adquiridos en la Espiritualidad, como medio de rescate de su propio pasado; destruyendo un cuerpo que no le pertenece, ya que es una obra de Dios. Que simple razonamiento,

¿Es un valiente o un cobarde el que decide quitarse la vida?. El suicida ni es un loco ni un valiente ni un cobarde. Sin embargo, constituye un problema de salud pública, ya que cada año un millón de personas en el mundo se suicida; es decir, cada 40 segundos muere un individuo por su propia mano.  El suicidio ocurre en un individuo normal que está enfrentando una situación difícil, complicada, dolorosa; el suicida es una persona que sufre, y tanto es su sufrimiento que prefiere no vivir para no sufrir. Sus notas más notables son el sufrimiento y la desesperanza”.

Una fuerte desesperanza, que no depresión, porque la depresión, no es condición para que se dé el suicidio, es la desesperanza, cuando ya no espera nada de nada ni de nadie…, es un desamparo aprendido que no puede cambiar su entorno, porque hace las misma cosas, de la misma manera, y sigue frustrándose, sigue fracasando en la forma en que enfrenta su vida.

No hace más de un año un amigo mío, extremadamente religioso, decidió quitarse la vida. ¿Por qué tomo esta decisión?, ¿por qué un hombre temeroso de Dios y amante de la vida decidió poner fin a todo?. La desesperanza ante una grave enfermedad con dolores insoportables parece que fue la causa.

Quizás alguno de nosotros haya sentido algo parecido a esto, o puede que no nos imaginemos qué pasa por la cabeza de quien se plantea la posibilidad de quitarse la vida. Probablemente la mayoría no entendamos nunca cómo puede llegar alguien a suicidarse. Es por ello que queremos acercaros  una realidad muy dura para muchas personas en el mundo y para sus familiares y amigos. Porque aunque a veces parezca que el dolor, el vacío o el derrumbamiento de nuestro mundo vaya a ser permanente, no lo es. Puede ser algo temporal.

¿Te has preguntado alguna vez, qué diferencia a un valiente de un cobarde? A primera vista, parece que son dos personas muy distintas, ¿verdad?

Pues si lo piensas no hay tanta diferencia…

¿Cuándo fue la última vez que fuiste valiente? ¿Qué sucedió? ¿Cómo te sentiste? ¿Qué hiciste? ¿Cúal fue el resultado?

¿Cuándo fue la última vez que fuiste cobarde? ¿Qué sucedió? ¿Cómo te sentiste? ¿Qué hiciste? ¿Cúal fue el resultado?

La diferencia no es muy grande. Los dos quieren hacer lo que toca en vistas a conseguir sus objetivos. Los dos sienten el miedo, cuando tienen que actuar su corazón se acelera y les sudan las manos. Se les encoge el estómago. Les tiembla el pulso y su voz se quiebra. Las piernas flaquean.

Nada más lejos que querer hacer desde este razonamiento una apología del suicidio, ni mucho menos, sino simplemente acercarnos a quienes han perdido las ganas de vivir y, si cabe, de una manera simbólica tenderles mi mano, y contarles mi experiencia.

Hace tiempo, casi cuatro años me detectaron una artrosis degenerativa en la zona lumbar de mi espalda, lo que llevó a los médicos a intervenirme quirúrgicamente llevando a cabo una artrodesis. Para que todos  nos enteremos, una fijación con tornillos de  varias vértebras. Después del tiempo transcurrido no sólo las cosas no han mejorado, sino  que los dolores han ido cada vez más en aumento haciéndose. Dicen que se trata de dolores neuropáticos, un trastorno neurológico en el que las personas experimentan dolor crónico intenso debido a un nervio dañado. Los nervios conectan la médula espinal con el cuerpo y ayudan al cerebro a comunicarse con la piel, los músculos y los órganos internos.

Dolores que me han llevado más de una vez a tirar la toalla, ante este sufrimiento incontrolable, a no ser mediante una medicación salvaje a base de corticoides y estupefacientes derivados de la morfina, horas y horas de cama, y un largo peregrinaje por hospitales, buscando una solución que quizá o exista. Medicación que anula todos sus sentidos,hasta convertirte en ocasiones en un trozo de carme deambulante capaz de autolesionarse por el mero hecho de llamar la atención en una necesidad acuciante de sentir el apoyo de quienes te rodean, intentando reforzar una autoestima que no existe, y como muestra al exterior de nuestro sufrimiento. Conductas parasuicidas.

“Dolores que me han llevado más de una vez a tirar la toalla, ante este sufrimiento incontrolable, a no ser mediante una medicación salvaje a base de corticoides y estupefacientes derivados de la morfina, horas y horas de cama, y un largo peregrinaje por hospitales, buscando una solución que quizá o exista”

¿Se puede pedir tanto estoicismo a estas personas?, ¿se puede atentar más contra su propia dignidad llamándolas cobardes?. Aquí no hay valientes ni cobardes, y mucho menos falta de generosidad con los tuyos, a tal caso molestia, perturbación en su vivir diario. Sólo hay una realidad: el sufrimiento que, aunque en compañía de nuestros seres queridos y amigos, sólo lo sufrimos nosotros, empeorando nuestra calidad de vida.

Hoy por hoy amo la vida, a mi esposa, a mi familia, pero tengo francamente, el miedo de algún día no poderlo soportar. Pero, por favor, no me juzgues, no tienes derecho a hacerlo. Al menos dejadme ser libre.

No tengo falta de pudor por contar esto, sino la necesidad de tocar la mano a los que me conocéis.

Pero, prefiero no decir mi nombre al menos así te ahorro el motivo de juzgarme en nombre de no se qué deidades, ética o moral.

 

El mejor puerto de España

Hay frases, dichos, verdades inalterables, que se instalan en la sociedad y cuando intentas discutirlas te enfrentas al descrédito de los creyentes y al anatema de discutidor de axiomas. Y si en algún campo proliferan estas verdades inalterables, indiscutibles y falsas es en el campo de la gastronomía, donde ser experto de bolsillo (cuanto más caro indiscutiblemente mejor) es un valor en alza.

Pero no pretendía yo meterme una vez más con los pobres expertos de bolsillo, que con pagar lo que pagan, y por lo que lo pagan, ya tiene bastante, sino que mi intención al empezar a juntar letras es mostrar mi hartazgo con respecto a una de estas inalterables e insufribles frases con la que me enfrento cada vez que pretendo hablar sobre pescado.

Dicen y no paran: “Madrid es el mejor puerto de España para comer pescado”. Que dolor¡¡¡, que poco dominio del lenguaje, de la verdad, de los mercados nacionales y de cómo ver cuando un pescado es bueno, esto es fresco y, como se dice ahora, salvaje, aunque con este término yo siempre me imagino a Angel Cristo con una silla y un látigo encerrado en una jaula con unas lubinas feroces, o lo que sea que merece el calificativo de salvaje.

Vaya por delante que todos sabemos que Madrid no es un puerto, como que no tiene playa (vaya, vaya). Así que si traducimos la frasecita debería de quedar algo así, que es lo que defienden los recitadores, cómo : “En Madrid se come el mejor pescado de España”. Que dolor¡¡¡, que poco dominio de la verdad, de los mercados nacionales y de cómo comprobar la calidad del pescado. Bastaría un paseo por los distintos mercados de Madrid y un mínimo de conocimiento para comprobar que no hay forma de sostener esta afirmación y para aseverar que solo en muy contados establecimientos y a precios poco populares encontramos el pescado del que pretendidamente hablamos. Esto es con el ojo abultado y brillante, la escama transparente y la agalla roja, sangrante. Mejor no hablar de los que parece que han muerto con depresión.

Así que revisando la frasecita una vez más debería de decir: “En Madrid los que pueden pagarlo comen el mejor pescado de España”. Que dolor¡¡¡, que poco dominio de la verdad y de los mercados nacionales. Un buen paseo por los mercados de las ciudades y pueblos que tienen flota pesquera propia, sobre todo si es de bajura, bastaría para comprobar como el pescado que exhiben es de apenas hace un rato y en algunos casos hasta se mueve. Ese pescado casi vivo, de costa, que dada la configuración de la costa española no abunda. Nuestra plataforma atlántica es casi inexistente, el Mediterráneo es un mar esquilmado y del Cantábrico y sus problemas con los pescadores franceses y sus técnicas sobreexplotación mejor que hablen los pescadores españoles.

O sea que si le damos otra vueltecita podríamos llegar a una nueva versión de la frase en cuestión: “En Madrid el que puede pagarlo y sabe buscarlo puede comer el mejor pescado de España”. Que dolor¡¡¡, que poco dominio de la verdad. Esto seguramente es cierto si hablamos de la pesca de altura, de esa pesca realizada en caladeros lejanos y que es tratada en el mismo momento de ser pescada para su posterior traslado a las lonjas que la comercializan. En este tipo de pescado la frescura es un valor de conservación y su distribución es igual para todos los mercados nacionales, pero si hablamos de la pesca de bajura, sea pez o marisco, de esa que hace un pescador en su barca costeando, o poco más, y que varía según la zona costera y la temporada, de esa que degustamos en los bares de la población de donde ha salido la barca, y no en todos, de esa que nuestra memoria guarda como una experiencia rayana en lo místico, esa no se separa de la costa para su consumo idóneo más que unos pocos kilómetros, porque ni admite conservación ni hay la cantidad suficiente para que pueda comercializarse con la ventaja económica mínima bastante para las grandes tramas de distribución.

Ya no es Madrid. Es cualquier ciudad. Yo no voy a Valencia a comprar langostino de Sanlúcar, ni a Sevilla a comprar gamba de Garrucha, ni a La Coruña a pedir langostino de Vinaroz o salmonete. Y no es un problema económico o de capacidad indagativa o negociadora. No. Es un problema de lógica. Basta con seguir la cadena productiva y ver quien tiene la oportunidad de comer el mejor pescado. Sigamos la cadena:

El pescador. Es el primero que tiene el pescado en sus manos y tiene la oportunidad de seleccionar aquel que mejor le acomode, y en el momento.

“Ya no es Madrid. Es cualquier ciudad. Yo no voy a Valencia a comprar langostino de Sanlúcar, ni a Sevilla a comprar gamba de Garrucha, ni a La Coruña a pedir langostino de Vinaroz o salmonete.”

El negocio local. Que en muchos casos tiene acuerdos con los pescadores y compra antes de lonja lo mejor del día. Cuando no dispone de barco propio o familiar.

El lugareño o visitante o residente que puede comparar en la lonja o en el mercado local el pescado que ha entrado en el día

Los negocios de restauración de prestigio de cualquier lugar, que compran en lonja y tienen acuerdos puntuales para suministro.

Las pescaderías de alta calidad de cualquier lugar que eligen las primeras pagando un precio mayor por un producto mejor

Los habitantes de grandes ciudades que tiene acceso a una comercialización más inmediata

El resto de personas.


Simplemente es una secuencia lógica de la cadena de comercialización, y una conclusión basada en la observación y el placer de ponerla en práctica.

Así que finalmente, y por rematar, la frase de marras debería de quedar, termino arriba, aseveración abajo, de la forma siguiente: “En Madrid, si se sabe buscar y se puede pagar, es posible encontrar el mejor pescado de España que no se haya consumido en su lugar de origen”. Si, ya se, y en Barcelona, y en Sevilla y en Valencia y en …

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Soy adicto a mi pareja y no sé qué hacer


Priorizar a la pareja sobre todas las cosas y personas; idealizarla de forma excesiva y poca objetividad son algunas de las caracteristicas que comparten las personas que padecen de dependencia emocional.

La dependencia emocional es un estado psicológico que manifiestan determinadas personas a la hora de enfrentar sus relaciones afectivas.

En su libro, La superación de la dependencia emocional, Jorge Castelló Blasco habla de que el dependiente presenta una frustración o una insatisfacción en su área afectiva que compensa centrándose en sus relaciones de pareja. “El mundo del amor se convierte en lo más relevante para el dependiente emocional, que vive sus relaciones de una manera tremendamente intensa y que siente que lo único que realmente importa es el otro, sin poder concebir su existencia sin  alguien a su lado”.

Una de las más claras explicaciones del amor obsesivo se lee en el libro Confundir el amor con obsesión, de John D. Moore, profesor de Ciencias de la Salud Pública en la American University, quien divide estas relaciones en cuatro fases: la primera es la atracción, donde la persona dependiente se puede empezar a calificar como adicta a la otra y que es anterior al coqueteo. La segunda es la preocupación, vista como un punto de inflexión en la relación, ya que por lo general se produce después de que se formaliza la relación. Aquí comienza el miedo hacia el abandono. La tercera fase es llamada obsesiva y se caracteriza por una pérdida total del control por parte de la persona, como resultado de una ansiedad extrema. Por último está la fase destructiva y representa la ruptura de la relación. Se considera la más peligrosa de las cuatro fases, porque la persona cae en una profunda depresión, debido al colapso de la relación. Fin del círculo.

“Es cierto a a todos nos gustaría tener una pareja ideal, personas a quien querer, etc… Pero una cosa es “necesitar” y otra muy diferente es “desear”. Cuando necesitas no funciona, porque si uno no se ama a sí mismo, tampoco podrá amar a los demás de una manera madura y sana.”

Estos son los principales síntomas de quienes padecen una dependencia emocional de sus parejas.

  1. Prioridad de la pareja sobre cualquier otra cosa.El dependiente emocional pone su relación por encima de cualquier ámbito, su vida en función de la del compañero, y deja de lado la rutina que mantenía antes de conocerlo, separándose incluso de la propia familia y de los amigos. y todo por voluntad propia. Recordemos que para los dependientes emocionales su pareja es todo su mundo. Con este aislamiento también viene la pérdida de las habilidades sociales, también de manera gradual.
  2. El dependiente emocional se percata de que sus allegados intentan aconsejarle de que su situación psicológica ante la relación no es la más adecuada, pero éste insiste en defender su relación. Aunque los familiares ven de cerca que el sufrimiento causado por esa relación patológica no cesa, el dependiente suele enfrentarse a ellos y defenderá la situación, llegando a reclamar a su allegados un trato especial hacia la otra persona.
  3. El afectado puede llegar al punto de abandonar sus propias responsabilidades laborales a fin de tener el tiempo necesario para complacer las necesidades del cónyuge. El menoscabo familiar, laboral, social y psicológico del dependiente emocional puede alcanzar límites preocupantes.
  4. Deseo de acceso constante. Necesidad de estar en contacto permanente y excesivo con la persona amada, de hacerlo todo juntos. Se niegan los espacios individuales y no se fomenta la individualidad del otro ni la propia.
  5. Idealización.Se refiere a la acción de sobredimensionar las cualidades y aptitudes de la pareja sin un ápice de objetividad o racionalidad. En un grado más alto, está la distorsión, es decir, magnificar y trastocar todo lo relacionado con los méritos y capacidades de la persona amada hasta hacer de él algo parecido a un Dios.
  6. Sumisión. La consecuencia lógica de priorizar e idealizar a la pareja se traduce en una subordinación en el trato hacia ella. Se ponen por delante sus prioridades y necesidades a las propias.
  7. Pánico ante el abandono. En este caso, no se aplica la frase “más vale solo que mal acompañado”. Sin importar lo tóxica que pueda llegar a ser la relación, lo desestabilizante y enfermiza, el dependiente emocional es incapaz de pensar en romper con su pareja.
  8. Síndrome de abstinencia tras la ruptura. El golpe psicológico cuando esto sucede es tan devastador que el dependiente sufre de ansiedad, de falta de concentración y en una tristeza demoledora. Prevalece el deseo de retomar la relación a toda costa y de contactar con la otra persona a como dé lugar para no tener esas sensaciones negativas.
  9. Baja autoestima. La norma es que los dependientes sueles ser personas que no se tienen demasiada estima spbre  sí mismos, por lo que tratan de suplir esa falta de autoestima con el amor de la pareja.
  10. Miedo a la soledad. La soledad les provoca incomodidad, malestar e incluso ansiedad, y la idea más o menos intensa de que no son importantes para nadie, de que nadie les quiere y están abandonados.
  11. Necesidad de agradar. Hay una necesidad extrema de tener la aprobación de los demás, en general, y de la pareja en particular. Los demás los describen como buenas personas que intentan favorecer siempre y que se desviven por ayudar. Su valor depende del que les avala la pareja, no del que se dan ellos mism

Es cierto a a todos nos gustaría tener una pareja ideal, personas a quien querer, etc… Pero una cosa es “necesitar” y otra muy diferente es “desear”. Cuando necesitas no funciona, porque si uno no se ama a sí mismo, tampoco podrá amar a los demás de una manera madura y sana.

Uno debe aprender a disfrutar de la vida sin pareja. Hay infinidad de cosas que hacer. Desarrolla tus habilidades, labra tu futuro, dedica tiempo a tus aficiones, haz amistades con gente buena, retoma el contacto con tu familia, viaja, mira a tu alrededor para disfrutar de las pequeñas cosas, y sobre todo cuídate y ámate como te mereces.

https://www.youtube.com/watch?v=WfTHKP_SaH4

Olga Sánchez Rodrigo
Busco la verdad para contársela al mundo. No creo en la neutralidad del periodista, casi siempre es de quien le paga. Por el contrario, SÍ CREO y APOYO al periodismo ciudadano, el hecho por gente de la calle, gente que cuenta lo que le pasa.

Buscar en Archivo

Buscar por Fecha
Buscar por Categoría
Buscar con Google

Galería de Fotos

120x600 ad code [Inner pages]
Acceder | Designed by Gabfire themes