Archivos de categoría para: Vida

El diván de mi vecina. Sálvame

De la vecina de enfrente no se puede prescindir por mucho que su carácter sea incompatible con el de uno, no sólo porque al enemigo hay que tenerlo cerca, incluso más cerca que a los propios amigos, conforme dijo Michael Corleone en la película “El Padrino II”, para de esta forma poder controlar sus movimientos y sorprenderle antes de que sea él quien nos sorprenda a nosotros con acciones que nos pueden perjudicar.

Aunque en este caso mi vecina no es un enemigo declarado o sin declarar, pero si un poquito peligrosa en cuento a sus prejuicios en contra de los que no pensamos como ella, más que todo porque su encasillamiento hacia las personas no responden a la realidad sino a la respuesta de su pequeño mundo mental e ideológico, donde la tolerancia no es su principal característica.

Además, la vecina de enfrente te puede sacar de vez en cuando de algún atolladero doméstico, como darte un poco de sal cuando se nos ha olvidado reponer la nuestra, dejarle una copia de las llaves para poder entrar en nuestro domicilio en el supuesto de olivarnos las nuestras en su interior o para que te recoja el correo cuando nos vamos de vacaciones, entre otros muchos supuestos. Éste fue el caso que ha dado pie a la historia que trato de contarles esta vez, en concreto el haberme quedado sin azúcar para un postre que estaba preparando para una cena doméstica con unos amigos.

Tal necesidad, me hizo apresurarme al domicilio de mi vecina con un vaso en la mano para que pudiera darme un poco de tan preciado elemento para los golosos como yo. Tras tocar el timbre no tardó mucho en abrirme la puerta, casi diría que estaba esperándome detrás ella, quizá porque su curiosidad al cerrar la mía, le hubiese llevado a echar un vistazo por la mirilla, aunque no puedo asegurarlo a diferencia de otras veces que había notado el ruido de la pequeña chapa que cubre esta óptica antirrobo y cotilla.

Como siempre, entre personas educadas los buenos días intercambiados de ambos fue seguido de la pregunta de ella, obvia tras percatarse del vaso que llevaba en mi mano como si estuviese pidiendo limosna: “¿que vecino, necesitas sal?”. “no vecina, necesito azúcar para endulzarme un poco la vida”, respondí; lo cual dio pie a que ella, dentro de su sarcasmo habitual añadiese: “¿Tan mal te van las cosas, vecino?.

Pude percatarme de su intención como siempre de estimular mi ego, motivo por el cual, dentro del autocontrol que estaba empezando a dominar tras la convivencia con mi vecina, la respondí con bastante sosiego en comparación a esas otras veces que consigue sacarme de mis casillas: “no vecina, las cosas me van estupendamente, sólo que tengo una cena con unos amigos esta noche, y me he quedado sin azúcar para el postre que estaba dispuesto a prepar”.

De repente, encontrándome sumido en este interrogatorio de tercer grado que suele ser costumbre en los encuentros con mi vecina, mi móvil empezó a sonar, comprobando en la pantalla que era la llamada de la pareja que había invitado a la cena, por lo que me vino el presentimiento que el compromiso no iba a poder hacerse realidad. Así fue, Nacho me llamaba para decirme que, inexplicablemente, Marta, su novia se encontraba indispuesta, motivo por el cual no podrían asistir a la cena, por lo que, tras pedirme mil y una disculpas, me pidió, asimismo,  pospusiésemos el encuentro para otro día en su casa.

Quitando importancia a la situación antes de colgar el teléfono, mi vecina con su vista de lince y oído de serpiente se percató del plantón que me acababan de dar por lo que no tardó en iniciar un nuevo interrogatorio: “qué ha pasado, vecino, ¿te han dado plantón?”, “así es”, respondí, “parece ser que una situación de fuerza mayor nos obliga a suspender la cena”, añadí.

Entonces qué plan tienes para esta noche”, me preguntó, de nuevo; “pues comerme lo que he guisado, yo solo, entre esta noche y mañana”. ¿Para qué se me ocurriría ser tan sincero, o más bien tonto?, pues conociendo las salidas de mi vecina más me hubiese valido decir cualquier otra cosa que me hubiese alejado de mi hogar, pero sobre todo del suyo. “¿Por qué no traes la cena aquí a mi casa y te acompaño?, yo pongo el vino y hago el postre”, me propuso. La verdad es que no me apetecía absolutamente nada, pero negarme a la propuesta hubiese resultado descortés por mi parte, así que acepté al no encontrar otra salida.

Me invitó a tomar asiento en el diván de siempre, que ya parece más mío que suyo, ofreciéndome un café mientras preparaba la parte de la cena a la que se había comprometido. Acepté el café con la condición de que ella también se tomase otro, “vale”, dijo ella, “pero, acompáñame a la cocina”, concluyó.

Sustituyendo el diván por un taburete de cocina, tuvimos una conversión intrascendental para lo que, habitualmente, suelen ser las conversaciones que tenemos, centrándonos tras hablar del tiempo en recetas de cocina, sobre todo de repostería y postres que es lo que peor se me da, por lo que aproveché bolígrafo en mano a tomar determinadas notas.

No tardó más de media hora en hacer una tarta de manzana, aprovechando el tiempo en el que ella ponía la mesa en ir buscar la cena que yo tenía preparada a mi casa. Tras hacer dos viajes de ida y vuelta entre domicilios, por fin nos dispusimos a cenar, elogiando ella durante el ágape mi buena mano con la cocina, lo cual agradecí enormemente como recompensa a mi trabajo, aunque para mi cocinar no supone ningún esfuerzo.

Empezando el delicioso postre que ella había hecho, que tampoco tardé mucho en valorar muy positivamente –les recuerdo que soy enormemente goloso-, se levantó de la mesa para encender la televisión, tras preguntarme si me importaba. La verdad es que no me gusta ver la tele mientras como, sobre todo cuando lo hago en compañía pues considero más interesante una conversación que el oír un ruido de fondo, pues salvo algún programa interesante, es para lo que uso este electrodoméstico, para meter ruido.

Pero, peor no podía ser la propuesta, habida cuenta que el canal seleccionado por ella lo tengo vetado en mi televisor,  por el chismorreo que llena las tardes entre semana y las noche del sábado. Creo que habrán adivinado a que cadena me refiero, así como el programa en cuestión cuya única diferencia entre ambas franjas horarias es la cursi expresión de “Deluxe” ulterior a su nombre diario, “Sálvame”, no sé si como petición de ayuda para quienes no soportamos este tipo de prensa más que amarilla, carente de todo tipo de ética; o porque quienes en él intervienen, algunos que se consideran periodistas, hunden en la miseria a personajes o personajillos que, aunque participan por su rentabilidad en él, deben ser salvados de la gran cantidad de mierda que arrojan sobre ellos, haciendo juicios de valor que quien ejerce el periodismo debería abstenerse de hacer, porque su única obligación es mostrar unos hechos dejando al espectador o lector, en su caso, que sea quien juzgue lo que se le expone.

“porque quienes en él intervienen, algunos que se consideran periodistas, hunden en la miseria a personajes o personajillos que, aunque participan por su rentabilidad en él, deben ser salvados de la gran cantidad de mierda que arrojan sobre ellos, haciendo juicios de valor que quien ejerce el periodismo debería abstenerse de hacer”


Ahora bien, si dichos “periodistas” de pacotilla deben ser criticados, peor son los que se atribuyen dicha profesión sin serlo, y no me refiero al título universitario que los habilita como tales, pues algunos no siéndolo, su conducta y profesionalidad, pero sobre todo su decencia, les hacen  más merecedores del mismo que a los que me he referido antes. Citar nombres sobra, porque todos, absolutamente todos los que participan en él como colaboradores, amén de la propia dirección, no pueden ser más pendencieros.

Sin embargo, hay una persona que, a la que a tales calificativos hay que añadirle otros como el de ignorante, en el sentido de carecer no sólo de conocimientos de cultura básica, sino de expresión verbal, exigencia mínima para alguien que pretende comunicar algo, pero sobre todo por la osadía y resentimiento con el que actúa, bautizada como la “princesa del pueblo”, cuando el calificativo que más le pegaría sería el de “princesa de las chonis”; además de esperpéntica y grosera, sobre todo cuando cuenta las cosas porque le “salen del…”, como ella misma dice.

Esta vez mi vecina coincidió conmigo, claro que no hablábamos de política, sino de determinados seres de la especie humana que han hecho de su vida y de la de los suyos un espectáculo -durante bastante tiempo de una menor-, sólo por venganza hacia el padre de ésta, primer amor de su vida por el que no fue correspondida, y que, aunque se lo pueda merecer no tiene sentido después de tanto tiempo, salvo que se haya convertido en una patología de su retorcida psicología. Creo que ya habrán adivinado a quien me refiero, ya que su nombre prefiero no pronunciar.

Aunque nuestro juicio negativo, el de mi vecina y el mío, sobre ella, pensamos que no podría empeorar, sin embargo, en este tercer o cuarto programa que estaba viendo por imposición, igual que los anteriores, aunque aquellos en alguna sobremesa en compañía de alguien con mucho interés en verlo; el colmo de los colmos o la falta de escrúpulos de esta mujer presa de la infamia del programa que la ha llevado al estrellato de la inmoralidad, predicable también respecto de sus fans y tele espectadores que sustentan este circo televisivo, creo que ha alcanzado su zenit al hacer un espectáculo de la enfermedad de la actual mujer de aquel, quien presa de una situación de enajenación mental, conforme relato de tan abominable princesa, intentó buscar en ella cierto cobijo a sus fantasmas psicológicos.

Queridos “belenistas” esta es vuestro ídolo, una fracasada del amor, porque ella es incapaz de querer a nadie más que a ella misma y de olvidar al torero, haciendo sangre de todo lo que rodea, incluso a su actual mujer enferma.

Ojala que su actual “el Miguel” no tenga que sufrir el precio de la fama y la perniciosa actitud de esta mujer.

Eso sí, prometo no volver a ver este programa, ni siquiera por dar satisfacción a aquellas amigas que, como mi vecina, me hicieron verlo en anteriores ocasiones cediendo al chantaje de su compañía; entre otras cosas porque no quiero volver a ser cómplice de la falta de escrúpulos de una cadena televisiva que siempre ha buscado el espectáculo en las flaquezas y desgracias del ser humano.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El ostracismo del jubilado

 Es como si fuese un destierro, y a ese exilio Plinio lo definió: “el consuelo alivia y no mata la tristeza; y su tristeza de desterrado es, sin duda, una de las fuentes que le atormente y dure hasta la muerte” 1.

Porque empieza con una rutina, al principio se sigue en contacto con antiguos compañeros y amigos, incluso va a visitarles a la empresa, puede que alguno le llame, pero poco a poco notas más el distanciamiento con excusas como “tengo mucho lío”, “perdona ahora no puedo, te llamaré”, compañeros con quien has compartido cerca de 20 años o más, angustias y fatigas durante largas horas de jornada laboral. Al cabo de poco tiempo se siente el vacío, no se reconoce a nadie y todo primer pensamiento del hombre, sea un leproso, o un prisionero, pecador o un inválido es: tener compañero en su desgracia2.

Buscará nuevos contactos en el entorno con personas en su misma situación, pero son amistades efímeras, dado que empiezan a desaparecer bien por aburrimiento o la edad, personas con quien cuesta compartir emociones al ser conversaciones superfluas en la mayoría de los casos. Estará henchido de dudas y ésta, con el tiempo, llegará a paralizar su capacidad de obrar.

Se acerca el ocaso poco a poco, porque en la mayoría de los casos, solo se irá a por el pan o alguna compra olvidada, y pasar largas tardes ante la Tv, cuidará a los nietos porque los hijos necesiten una escapatoria entre semana o fines de semanas y vacaciones escolares hasta que tengan edad de quedarse solos, luego es prácticamente el olvido por parte de los tuyos. Situación que también puede abarcar a parados de larga duración mayores de 55 años, agravada con enfermedades por su situación, depresión, ansiedad…, o compañeros despedidos o forzosamente prejubilados y conocidos por amigos comunes. Eso en la mayoría de los varones, porque las mujeres están más activas forzosamente, continuarán con las labores de siempre, la casa, la comida y cuidar al varón, que nunca las ha realizado.

“Se acerca el ocaso poco a poco, porque en la mayoría de los casos, solo se irá a por el pan o alguna compra olvidada, y pasar largas tardes ante la Tv, cuidará a los nietos porque los hijos necesiten una escapatoria entre semana o fines de semanas y vacaciones escolares”


Algunas personas pueden que tengan alguna actividad y se comuniquen por correo electrónico con antiguos compañeros, con las mismas reflexiones que se hacía en el trabajo, pero en este caso sin recibir nunca respuesta, es un diálogo en una sola dirección, hasta que alguien cansado te dice: “bórrame de tu lista de correos”, le pides disculpas por haberle importunado y su pronta respuesta es: “no me has importunado solo es que estoy harto de Politicastros y memócratas”, la edad te hace ser más templado y recapacitar, pensando que no dice por ti lo de “memócrata”, y pesar de ello, a algunos de los que quieren olvidarme echaré de menos.

1.- Gregorio Marañón, Tiberio “Historia de un resentimiento”, Editorial Espasa Calpe, 11ª Edición página 46.
2.- Erich Fromm, “El miedo a la libertad”, 8ª impresión: octubre de 2011, Paidós pp. 56,58.

José Enrique Centén Martín
Nacido en Tánger (Marruecos) en 1952, de abuelos andaluces emigrados a Marruecos en los años de hambruna del XIX. Madrileño de adopción desde 1961. Sólo bachiller elemental, desde los quince años trabajando. Perseguido, encarcelado y amnistiado en 1976, siempre junto a los más desfavorecidos, es lógico. Entré en la Universidad por mayores de 25 años en el 2010, he estudiado Historia en la UCM, incluso he escrito un ensayo“El Estado participativo”, jubilado parcial desde el 19 de marzo de 2012.

El diván de mi vecina. Mi querida España

Hace unos días al salir al balcón con el objeto de comprobar el tiempo que hacía para  salir a la calle con la ropa adecuada debido a la variabilidad de la climatología en este verano, encontré el de mi vecina engalanado con la bandera patria,

lo cual no me sorprendió debido a la eliminatoria del campeonato de fútbol que el pasado sábado nos regaló un 3-0 en el partido de nuestra selección frente a la italiana, lo que a muchos nos hizo revivir la época dorada de cuando resultamos campeones del mundo en aquel mundial de Sudáfrica de 2010; pero no tardó mucho en disiparse mi pensamiento, pues encontrándome absorto en tales cavilaciones me hizo volver a la realidad los buenos días de aquella con la diplomacia que la caracteriza esbozando esa sonrisa que siempre me ha parecido forzada.

Como es de buen nacidos ser agradecidos le agradecí su saludo, devolviéndoselo de la misma manera, acompañado de la obligada pregunta acerca de la bandera, eso sí, con cierta ironía por mi parte, ya que desconocía su afición por el fútbol: “Qué vecina, ¿animando a la selección?. Su respuesta, frunciendo el entrecejo fue de sorpresa: “¿Qué selección?”: “La española, ¿cuál va a ser?”, respondí yo.

Agitando ella levemente la cabeza a modo de desconcierto, siendo conscientes ambos que estábamos ante un diálogo de besugos, con el fin de dar por terminada tanta interlocución volvió a lanzarme una nueva pregunta: “¿a qué te estas refiriendo vecino?”. Entonces me di cuenta que mi vecina no era aficionada al fútbol, sino que, ni tan siquiera, había visto el partido al que me estaba refiriendo, con lo cual mi nueva pregunta fue directa: “entonces si no se debe al fútbol, ¿cuál es el motivo para que tengas engalanado tu balcón de tal manera?”. “Pues cuál va a ser”, respondió ella, añadiendo: “la unidad de España”.

 

¿cuál es el motivo para que tengas engalanado tu balcón de tal manera?”. “Pues cuál va a ser”, respondió ella, añadiendo: “la unidad de España”.

 

Todo mi gozo en un pozo. Lo que prometía ser una interesante conversación sobre fútbol quedó en lo de siempre, en una confrontación política, a todas luces tan cansina como siempre pues de todos es sabido que la sintonía entre mi vecina y yo acerca de este tema, como en muchos, no es muy  buena, por lo cual decidí evadirla. “Bueno vecina, me tengo que marchar”, añadiendo en tono socarrón: “me parece estupendo que defiendas tus ideales y que presumas de ser española”.

Pero ella, habiéndose percatado de mi guasa, me  hizo el ofrecimiento que yo menos deseaba en ese momento: “pasa vecino, y te tomas con café rápido”. “No vecina”, respondí añadiendo: “gracias, pero no tengo tiempo”. Pero como ella sabe de mis costumbres volvió a acorralarme como si se tratase de una partida de ajedrez en la que estaba a punto de hacer el “jaque mate”, respondiendo: “que más te da tomártelo en mi casa que en el bar de abajo”.

Me había vencido con su astucia de mujer. “Bueno, vecina, paso pero no me entretengo mucho”.

He de reconocer que mi vecina hace unos estupendos capuchinos, con esa espuma que se te queda en el labio superior, a mí también en el bigote; pero para evitar que pudiera atragantárseme fui decidido a no entrar al trapo de sus cuestionamientos. Pero, mi equivocación, intentando desviar la conversación sobre su ortodoxa convicción acerca de la unidad del país, fue volver hacer alusión al mencionado partido de fútbol ensalzando la victoria y el juego de España, pues eso sirvió para retomar la conversación que ella había pretendido iniciar en el balcón. Así que, haciéndome tomar asiento en el diván de siempre mientras ponía en la pequeña mesa situada a mi derecha, llena de cuadros de su familia, pero sobre todo de ella en varias poses y escenarios, además de una pequeña bandera roja y gualda, me espetó a bocajarro: “estoy de los catalanes hasta el… cogote”, contuve la respiración ante tal pausa, pensando que iba a decir otra parte del cuerpo menos pudorosa; así que pensando que su cabreo no era tan grande le argumenté que no todos los catalanes eran iguales, ni que tampoco  todos deseaban la independencia.

Ya la montaron en la época de Azaña, siempre son los rojos quienes la montan”. Cogí aire para intentar que mi respuesta fuese lo más civilizada posible: “¿no será que los rojos, como tú dices, son los que siempre han luchado por los derechos civiles y por la democracia en este país?”. Su repuesta fue una carcajada llena de bilis. “Sí, matando a la gente como en Paracueyos del Jarama”.

La cosa se ponía complicada, prometiendo ser muy reñida para tan temprana hora, por lo que volví a retomar mi propósito inicial de no iniciar una guerra dialéctica, así que, contesté: “vecina lo peor de la guerra civil no fue en si la propia contienda, pues en ambos bandos murieron, incluso, hermanos de sangre, sino la muertes y la represión posteriores a manos de los vencedores sobre los vencidos”. Pero, ante argumentos tan manidos y desagradables, me tomé el café prácticamente de un sorbo, apresurándose a levantarme para no dar lugar a más discusión que, por otra parte, no era la primera vez que teníamos; pero sobre todo, porque me di cuenta que el problema no era mi vecina realmente, sino que ella es reflejo de la sociedad española donde si no se hace sangre de las ideologías no somos nosotros mismos, donde la confrontación es la tónica habitual, donde la negociación se convierte en imposición. Hoy es Cataluña, mañana el País Vasco, y hasta el condado de Treviño.

Adiós vecina”, fue mi despedida. Un adiós con mucha tristeza y decepción, por ella, por mí, por todos, viniéndose a mi cabeza la letra de aquella canción de la inolvidable Cecilia, que fue censurada  y cambiada por otra: “mi querida España, esta España viva, esta España muerta”

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Las cicatrices del miedo

Según el diccionario de la RAE, el miedo es la “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”
 

Primigeniamente todas aquellas amenazas con que los fenómenos naturales intimidaban al hombre, estos lo relacionaban con la magia para asi tratar de justificar sus miedos y, para luchar contra esa naturaleza amenazante y mágica acudían a fuerzas protectoras que los protegiesen, ofreciendo sacrificios y ofrendas, y de esas prácticas nacieron los dioses y después las religiones, y se pasó del miedo al relámpago al miedo a los dioses y de ahí a la manipulación del intelecto propiciando la ignorancia cómo mecanismo de control de las masas. La historiadora Joanna Bourke autora  de “El miedo: una historia cultural” sostiene que: “el principal transmisor actual del miedo son los medios de comunicación de masas, pero en todo caso se precisa de la credulidad de la sociedad para que el pánico estalle”.

 El miedo cómo emoción primaria y básica. El miedo cómo mecanismo de supervivencia ante lo desconocido, cuando lo desconocido, lo aún por llegar, parece como si lo hubiéramos vivido mil veces, como si hubiera salido del sueño y tratara de romperte la vida. Ese Déjá Vu que nos pasea por situaciones que no deseamos, premoniciones que desasosiegan el intelecto y ante la que no tenemos, en el corto plazo alternativas. La incomodidad de tener que adaptarse a lo imprevisible, una incomodidad espiritual que no física y que te hace volver continuamente la cabeza en un intento de cazar esas sombras que te estremecen.

Nos hemos acostumbrado al terrorismo yihadista, a la violencia contra la mujer, a las políticas neoliberales y sus consecuencias: la emigración de los jóvenes, el umbral de la pobreza y la pobreza misma, a las pateras y sus muertos, al paro, al hambre, a los desastres del cambio climático, a los nacionalismos y los populismos, a la corrupción institucional y las otras, a las filias y las fobias. Nos hemos acostumbrado a tantos submundos que vivimos en ellos sin saberlo.

“Nos hemos acostumbrado al terrorismo yihadista, a la violencia contra la mujer, a las políticas neoliberales y sus consecuencias (…)”

Nos hemos acostumbrado al sufrimiento ajeno y no somos conscientes que ese hábito solo enmascara el miedo a que algunas de esas amenazas se ceben en nuestro entorno más próximo. Hemos creado automatismos que nos inmunizan y hacen que el miedo no nos atrape tras cada noticia, tras cada muerte o tras cada ruptura de la convivencia y cada vez somos más débiles ante lo imprevisto y cada vez más el rito doblega a la norma, a la ley y nos desnuda ante la bestia.


La bestia enfermedad, la bestia pobreza, la bestia guerra, la bestia muerte…,  la intolerancia, el desamor, el fanatismo, la soledad…, esculpiendo en la memoria su código perturbador y haciendo saltar las alertas cuando el miedo ya ha conseguido distorsionar la realidad y solo nos queda nuestra conciencia como disciplina contra la anarquía del subconsciente.

Como expone Joanna Bourke, es preciso la credulidad para que el pánico estalle. La credulidad definida cómo: “Facilidad que tiene una persona para creer lo que otros le cuentan” . Por eso aparentamos una vida normal, el trabajo, la familia, los pequeños placeres, la cotidianeidad, la rutina de una vida sosegada, con los sobresaltos propios de los tiempos que corren. Porque eso es lo que quieren que creamos, que estamos instalados en el mejor de los mundos posibles.

Pero también existe una vida paralela, una vida que sentimos amenazadas y entonces el miedo actúa como una emoción que nos ayuda a rebelarnos y sobrevivir hasta conseguir un equilibrio entre la amenaza y los recursos para vencerla. Esa percepción de inseguridad, esa angustia de la que no somos capaces de sustraernos y que nos dejan el ánimo surcado por cicatrices a través de las cuales navegó el miedo.

Sé atribuye a Paulo Coelho la siguiente frase: “Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar”.

 

Sergio López
Esteponero del 52 y observador de la actualidad. Blogista independiente. Ex de muchas cosas y de casi todas orgulloso. Enfermero militante y político en las barricadas, dos vocaciones al servicio del ciudadano.

La Pilar, el pan de una vida

El puesto de Pilar. Fuente: La Voz de Galicia. SANTI M. AMIL

Cada vez más el mundo crea nichos en los que los pretendidos expertos se refugian en cotos cerrados que excluyen del Olimpo de sus conocimientos a los vulgares mortales que contestan con un desinterés creciente hacia la disciplina elitizada. Ha sucedido con el arte, al que hemos visto pasar de entretenimiento popular  o correa de transmisión del conocimiento a técnica incomprensible solo accesible a expertos y diletantes. El problema es cuando estas disciplinas acaparadas, subvertidas y pervertidas por los expertos oficiales rozan, a nivel popular, la parodia, el sinsentido.

Pero como no solo de arte se entontece el hombre, el experimento de hacer de lo  popular un negocio elitista en su valoración y en su disfrute ha traspasado los ámbitos habituales y ha alcanzado al mundo de la gastronomía. Los cocineros mediáticos, los gurús de los  fogones, los expertos de técnicas irreproducibles, han creado su élite llena de estrellas y de nombre de ruedas, y otras guías afines, que convierten a la cocina tradicional, la de comer todos los días, en casa, en el campo o en una casa de comidas de las de toda la vida, en una especie de hermana menor de la que sus ínfulas y soberbias les llevan a practicar. Una nace del amor, del día a día, de la necesidad, de la capacidad de dar de comer a toda la familia a diario y aunque falte lo más básico, le comida. La otra sale de la abundancia, de la exhibición, del negocio y de la necesidad de competir. Dos vistas irreconciliables de una necesidad básica que algunos pretenden convertir en arte sublime.

Y a todo esto yo lo que quería decir es que ha muerto Pilar Moure, lo que así, por derechas, a casi nadie le dice nada. Si añado que era panadera puede que algunas personas ya caigan y que mis pacientes lectores sepan del porqué de la introducción. Pero si digo que ha muerto “La Pilar”, la del mercado de Orense, todos los que conocen ese mercado, prácticamente todos los habitantes de mi preciosa y casi desconocida ciudad, sabrán de quién hablo.

Ha muerto “La Pilar” y ninguna guía Michelin ni de ningún otro tipo o nombre, sabrá si quiera de que o de quién hablo. Ningún gran chef se hará eco de la noticia, ni la comentará, pero si lo habrán hecho cientos, miles de clientes suyos que difícilmente la olvidarán.

“Los cocineros mediáticos, los gurús de los  fogones, los expertos de técnicas irreproducibles, han creado su élite llena de estrellas y de nombre de ruedas, y otras guías afines, que convierten a la cocina tradiciona (…) en una especie de hermana menor de la que sus ínfulas y soberbias les llevan a practicar”. 



Pilar era el mercado y el mercado sería otro sin Pilar. Siempre sostuve que las partes del cuerpo de Pilar eran cabeza, tronco, extremidades y puesto. A cualquier hora del día el puesto de Pilar estaba abierto. A casi cualquier hora de la noche la luz del puesto de Pilar iluminaba la ubicación de su mercado y servía de faro a cualquier necesitado de un pan, una empanada, una bica o unas empanadillas. Todos recordamos anécdotas de Pilar, porque Pilar era en sí misma un personaje de anécdota continua. Excesiva en sus carnes y en sus expresiones. Excesiva en sus pasiones, sobre todo la de forofa del Barcelona y particularmente: “do meu Ronaldinho querido. Xa sei que e feo e zambiño, pero a min gústame moito”. Como no recordar a Pilar cuando se quebró una pierna y se sentaba en medio del puesto y mientras su hija vendía ella iba guardando el dinero de las ventas en el bolsillo de su mandil.

Como no voy a recordar a Pilar yo, particularmente, si cuando veía que mi viaje se alargaba y llegaba fuera de horario ella me guardaba la compra en su permanentemente abierto puesto para que no me apurara. “Ti non te preocupes, mentras esté aiquí a Pilar non tés problema ninhún. Si foras d’o Madrid xa non sei o que pasaría, pero a min os d’o Atleti caenme ben”. Gracias Pilar, porque han sido muchos años sin problemas, muchos años de charla a mi paso por mi ciudad en los que tu puesto era parada obligada. A cualquier hora del día. Casi a cualquier hora de la noche.

Se jubiló Pilar, le amputaron el puesto y le quitaron la vida. Hace muchos años ya que no necesitaba trabajar para vivir, ni siquiera para vivir bien, pero su puesto era para ella un órgano vital.

Murió “La Pilar”, no ha llegado a ver el mercado en fase de desmantelamiento y reforma. Tal vez haya sido para bien. Para bien suyo. Ojalá sea para bien, la reforma, y ese mercado, que personas como Pilar, como Pacita, como tantos otros, han convertido en un lugar amigable más allá de su cometido comercial, no vean traicionada su dedicación y tengan que volver a un establecimiento que no ha sido capaz de guardar el alma de los aún vivos, ni la memoria de los ya muertos.

Ha muerto Pilar. En el cielo hay pan, casi a cualquier hora.

 

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El diván de mi vecina. El anonimato del dolor

Cuando le conté a mi vecina el milagro que había experimentado en primera persona tras mi visita de la semana pasada a otra vecina, sentí que por primera vez estábamos compartiendo un mismo sentimiento sincero pues le vi alumbrar por su lagrimal una corriente de lágrimas que me hizo ver en ella su buen sentir hacia a mí, a pesar de nuestras “controversias” ideológicas. Pero tuvo que surgir, como siempre, lo imprevisto, para que, como era habitual entre los dos, explotase la batalla de periodicidad semana que solemos mantener.

Desgraciadamente, siempre tiene que surgir algún tema que por su trascendencia surja el debate social, puesto que, cuando algo se sale de lo normal, es lógico que todos nos preguntemos sus motivos, causas y efectos, independientemente de la unión ciudadana frente aquello que pueda perturbar nuestra zona de confort social, y por el sentimiento que nos une en relación a las inocentes víctimas que, como en nuestro caso, han perdido su vida o han resultado heridas en los últimos atentados yihadistas perpetrados en Barcelona y en Cambrils hace poco más de una semana.

Sí, éste, dolorosamente, ha si el motivo de la nueva confrontación entre mi vecina y yo,  haciendo que se desvirtuaran los efectos del milagro al que me he referido al principio, habiéndome devuelto a lo terrenal las inevitables flaquezas y/o pecados capitales del ser humano, entre ellos la soberbia de querer superar en razón a nuestro adversario con el carácter de verdad absoluta.

La chispa que hizo que surgiese el desencuentro fue la pitada al rey y a Rajoy en la asistencia a la manifestación del pasado sábado en Barcelona, en mi opinión merecida, independientemente del dolor o sufrimiento al que me he referido anteriormente, puesto que, actos multitudinarios de unión fraternal de los ciudadanos no pueden, ni deben, capitalizarse ni ideológica, ni políticamente. Nadie, salvo los propios ciudadanos deben ir a la cabeza de este tipo de manifestaciones. Nadie, absolutamente nadie, nos debe representar frente a un dolor que, aunque generalizado, es algo que pertenece a lo más interior de la persona, lo que suele denominarse como su fuero interno. Y esto también lo hago extensible a las autoridades catalanas que estuvieron presentes.

“actos multitudinarios de unión fraternal de los ciudadanos no pueden, ni deben, capitalizarse ni ideológica, ni políticamente”



Intolerable, absolutamente intolerable lo de los independentistas en Barcelona, que han convertido la manifestación por los atentados en un acto de político en pro de la separación de España”…. Se hizo el silencio, pues tal afirmación en cierto modo produjo en mi un cierto desasosiego debido a que la respuesta que asomaba en mi cabeza no quería que se convirtiese en una manifestación en contra de la unión frente al terrorismo, sea del carácter que sea. Así pues, intentando adornar algo que sólo era un embrión en la comunicación verbal, le conteste: “vecina, ¿sólo fueron los independentistas lo que silbaron al rey y al presidente del gobierno, o fue una manifestación del sentir minoritario ante un sistema que, como el nuestro, fabrica armas para gobiernos que financian al yihadismo?…. “Que barbaridad estas diciendo vecino”, sentenció ella.

Ahora se yo que pensar es de bárbaros, pero sobre todo el hecho que,  decir algo que es real sea calificado de barbaridad. ¿Por qué? y ¿para quién, es una barbaridad?. Al parecer más de los que me pensaba son iguales que mi vecina, pues no fue la única en recriminarme lo dicho; pero también siento que yo no estoy solo. Y si por decir que ya es hora que los políticos y el rey se mezclen entre los ciudadanos cuando se trata de una manifestación de dolor y repulsa hacia el terrorismo, cuyas connotaciones religiosas, en nuestro caso, no dejan de ser una tapadera de otros intereses más perversos de lucha por el poder, no siendo siervos de su Dios los terroristas -que escribo con mayúsculas por respeto a tal deidad-, sino del capitalismo por participar en un mercado de ventas de armas que otros, a pesar de darse con el puño en el pecho, fomentan.

A todo lo que dije mi vecina, por supuesto, hizo oídos sordos, como seguro lo harán muchos que leen estas palabras, pensando que sólo los radicales, perroflautas o no piensan como yo, pero no está mal porque por lo menos, como he dicho antes no estoy sólo en pensar que la “pitada” hacia el rey y Rajoy no lo fue por su oposición a la independencia de Cataluña, sino por la rentabilidad que sacan de tales actos. No obstante, antes de irse mi vecina me preguntó “¿dónde dejas la unidad por las víctimas?“. Mi respuesta en este caso fue inmediata: “en el corazón de cada uno de los que estaban en la manifestación de forma anónima y en los que sin asistir a ella por la razón que fuese, condenamos con toda energía este tipo de actos uniéndonos al dolor de los familiares y amigos de las víctimas y de los propios heridos“.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El despertar de Petra

 

Soterrada en los bajos fondos, un edificio de ladrillos rojos y desgastados de un viejo bulevar, allí yace ella, cubierta bajo el manto del eterno desencanto de la soledad, con sus neuronas agarrotadas de tanto cavilar.

Allí está, acurrucada en sus rugosos pliegues, vieja, seca ya de mundo, con su marchita mochila desvalijada, incapaz de soportar el peso de las penas del pasado.

Allí está, replegándose sobre ella otro despertar, antes tan sabios, ahora perdidos en un mar de ingenuidad infantil, de siluetas naif. Sin trascendencia, sin descendencia, sin huella que dejar, añorando caricias de amor en su deambular.

Pero ahora, a la vieja arrugada ya nadie la viene a acariciar, nadie la viene a llorar, nadie la viene a secar los surcos de sus ácidas lágrimas en soledad. No hay vacío más grande que tener y no poder dar.

Mientras el tiempo arranca sus entrañas, agotada de esperar, se desvela en ese miserable sueño que no la deja despegar.

Un día, por fin, cerró los ojos, y ese día despertó del olvido.

Amparo Perianes
Escribidora de las pasiones. Me gusta más el fondo que el envoltorio de las personas. Filóloga inglesa.

La Transferencia

Carta a un padre con alzheimer

Hola, papá:

Han sido días duros, han sido muchos días intentando hacerte la vida lo más cómoda posible sin saber si acierto o no en las decisiones que tomo. Y tú no te pronuncias. Te quejas, te dueles, mejoras o empeoras a tu propio ritmo sin que pueda saber, salvo pasado algún tiempo, en que te afecta lo que haya hecho.

Es el problema de no tener voluntad, papá, el problema de la incomunicación y el abandono de tu cuerpo. El problema es que los demás lo convertimos en una suerte de muñeco sobre el que hacemos transferencia de nosotros mismos, de nuestras cuitas, de nuestros miedos, de nuestras obsesiones, y, en el colmo, papá, a veces hasta de nuestros dolores y malestares.

Ha sido duro tomar ciertas decisiones sabiendo que te ibas a quejar, que ibas a mostrar malestar, miedo, oposición, sin poderte explicar los motivos por los que las creía conveniente, y aunque haya sido gratificante ver ciertas mejoras físicas la oposición, en algunos casos feroz, de mamá a que se haga nada que ella no considere aceptable, hace todo mucho más difícil.

Tengo claro que ella proyecta sobre ti sus miedos. Su rechazo a las residencias, su miedo a los médicos, su negativa a que nadie tome decisiones por ella, con ella, pero en esa lucha contra la vida y contra el tiempo te arrastra, espero que inconscientemente, a un déficit considerable en tu calidad de vida y, lo que es aún más triste, en la suya.

Si tu enfermedad nos machaca a todos el que un miembro de la familia se cierre sistemáticamente a la realidad de la situación y a cualquier tipo de medida que pueda mejorarla, hace que todo sea aún más duro, más áspero, mas sórdido.

Claro que llegados a este punto, llegados al punto en el que el diálogo es imposible, en que razonar es solo un verbo y anticiparse a los problemas una entelequia, tampoco puedo estar seguro de que algunas de mis decisiones, de mis convicciones, no sean también una transferencia de mi propia personalidad sobre tu situación.

Al final, papá, eres, te convertimos, en esa especie de guiñol que el marionetista de turno maneja con la convicción de darle vida temporal al muñeco, pero que no siempre lo consigue.

“Al final, papá, eres, te convertimos, en esa especie de guiñol que el marionetista de turno maneja con la convicción de darle vida temporal al muñeco, pero que no siempre lo consigue.”


Esta, la nuestra, es una enfermedad colectiva, te lo he dicho más veces papá, en la que tú eres el enfermo, pero los demás somos los pacientes. Pacientes de un deterioro de convivencia, de una desesperanza cansada y sin futuro en la que nos vamos sumiendo más a cada día que pasa.

En fin, papá, te pido perdón desde aquí, me pido perdón a mí incluso, si algo de lo que hago llega a perjudicarte. Me queda al menos el consuelo de hacerlo con la absoluta certeza de que no es lo más fácil y en la convicción de que para ti es lo mejor que soy capaz de proporcionarte. Un beso.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El diván de mi vecina. Los ojos del alma

Hoy he decido ser infiel a mi vecina de enfrente, pero que conste que no lo hago con acritud como decía aquel presidente del gobierno socialista que llevó al PSOE a la derecha, ni por falta de talante como dijo también su colega de las cejas arqueadas, no. Aún a pesar de que no coincidamos en nuestras opiniones en muchos temas de candente debate social, yo aprecio mucho a mi vecina, será porque soy masoquista y, como dije en otra ocasión,  me gusta meterme en todos los charcos, sin aprender aquello de que el “gato escaldado del agua caliente huye”. Pero sobre todo porque el roce lo hace todo, y que nadie lo coja por el sentido que no es.

 

Pues bien, mi “infidelidad” tiene su razón de ser -esperando no defraudar a mis lectores-, ya que que me he visto obligado por las circunstancias a sustituir el diván de aquella por el de otra vecina, en  este caso la del piso de abajo, porque quiero hacer partícipes a todo el mundo de algo asombroso, quizá milagroso, sino fuera porque lo ocurrido se debe a la pericia de un doctor y, por supuesto, al avance de la medicina, independientemente de que su mano haya sido dirigida o no por la providencia divina.

Sin entrar en detalles sobre la ciencia médica, porque aunque se me han contado alguno de ellos, seguro que metería la pata al trasmitirlo a ustedes, con lo cual es preferible ir al grano y contarle el fruto de la intervención del mencionado doctor en oftalmología que ha hecho que mi vecina (la de abajo) después de más de diez años de pérdida total de visión por un accidente la haya vuelto a recobrar, aunque tiene que utilizar  unas gafas de “culo de vaso” para hacer su vida diaria, esperando una segunda intervención para poder reducir sus dioptrías.

Creo que el hecho, de por si, es tan importante que merece la pena ser contado, pero, aún hay más, como es lo que salió de su boca cuando la fui a visitar tras enterarme en mis cotilleos con la de enfrente de tan milagroso acontecimiento. Lo que me ha llevado a hacer ciertos razonamientos, pero sobre todo a hacer una crítica del ser humano en su globalidad y, por supuesto, de mí mismo, porque poco difiero del resto en lo que a ciertos comportamiento se refiere, sobre todo al egocentrismo del que muchas personas adolecemos, creyéndonos la mayoría de las veces el centro del universo.

Mi nueva vecina, en estos lares, con un gozo y felicidad que no había visto nunca en perdona alguna–no es para menos-, pero sobre todo con una paz inmensa, agradecía al universo como totalidad de la existencia del ser y del estar, el milagro que la medicina había operado en su persona. Estaba exultante de felicidad por lo ocurrido, pero sobre todo, no porque había recobrado la vista en sus ojos, sino también en su alma.

Me contó que durante los años en que había estado sin visión, las turbulencias de su alma, le había llevado a ennegrecer su espíritu por una grave depresión motivada por la pérdida de visión, de la cual fue saliendo a medida que empezó a aprender nuevas cosas, como moverse en la oscuridad con la ayuda de su bastón que todavía conserva para no olvidar tan amargos momentos, a leer en braille y a ganarse la vida vendiendo el cupón en una esquina del viejo barrio en el que vivimos. Pero, sin darse cuenta, añadió, fue aprendiendo a sentir al mundo de otra manera, y como todo depende del color con el que se miren las cosas y, aunque el color con el que ella veía era negro, poco a poco empezó  a ver en su interior los colores de su nueva vida, agradeciendo estar viva del accidente que le robó su visión.

” fue aprendiendo a sentir al mundo de otra manera, y como todo depende del color con el que se miren las cosas y, aunque el color con el que ella veía era negro, poco a poco se empezó  a ver en su interior los colores de su nueva vida, agradeciendo estar viva del accidente que le robó su visión.”

Me dijo, como al palpar la cara de las personas que conocía antes de quedarse ciega, las empezó a ver y sentir de diferente manera, no sólo intentando mantener su imagen a través del tacto, sino que era capaz de ver en su interior, y en el silencio de la oscuridad, sentir sus tribulaciones y sus alegrías. Y, ahora, que la luz ha vuelto a sus ojos su agradecimiento al universo no se debe tanto a este hecho sino a que su visión era muy superior a la de antes, a pesar del grosor de las lentes de sus gafas; porque había aprendido a ver el mundo desde el interior y a las personas con el amor, la fraternidad la comprensión y la tolerancia que hacen que todo adquiera un nuevo significado.

Entonces, me di cuenta de mi desgracia, porque ahora el que estaba ciego era yo; mejor dicho, lo había estado siempre, pero no me había dado cuenta, porque lo que veían mis ojos era una ficción por mi creada, de sentir y vivir las cosas con arreglo a mi tamiz. Ojalá esta sensación fruto de la lección de vida  que me había dado mi vecina permanezca en mi durante el resto de mi vida. Ojalá que el mundo aprendiese a ver con lo ojos de mi vecina, porque todo funcionaria mejor y nos ayudaría a comprender a nuestros semejantes, incluso a mi intolerante vecina de enfrente, porque yo también lo soy, a veces. Pero sobre todo porque sus pensamientos, equivocados o no, son el fruto de su vida, de su experiencias o de su aprendizaje, y también de su soledad y de su edad madura.

Me despido de mi vecina de abajo después de abrazarla sintiendo su cuerpo y su alma, y darle un fuerte beso en la frente, en señal de agradecimiento por lo que me había enseñado sin darse cuenta, y me apresuro a subir las escaleras para no perder tiempo esperando al ascensor para a contarle a mi vecina, la de enfrente, la que todos ya conocéis: de que yo también había recobrado la vista.

 

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

INKapacitado para trabajar

INK: del Inglés Tinta.

 
Tres horas. Abro los ojos antes de la entrevista. Hoy no he recibido la visita de Morfeo, las ideas se arremolinan en mi mente tras repasar cada uno de los puntos que se van a tratar hoy y de todo lo que está en juego. Me auto animo con pensamientos positivos, mi futuro profesional puede cambiar hoy mismo, y no dejaré escapar la ocasión así como así. Trago con desgana un café preparado la noche anterior con las prisas que entran sin motivo y trato de ordenar mis ideas bajo el agua helada de la ducha. Me miro en el espejo y observo un rostro por el que parece que no han pasado los últimos años, un rostro que a pesar de ello muestra una confianza total en sí mismo. Observo casi inconscientemente, como cada día, los pequeños dibujos que cubren mi cuerpo antes de enfundarme con mi corbata y traje preferidos.

Dos horas. El tiempo parece no correr. Deambulo por las calles de una ciudad extraña, a pesar de que se ha convertido en mi hogar desde hace un pequeño puñado de años, una ciudad aún sumergida en el sueño y por la que apenas llegas a observar las escasas almas más madrugadoras. Caminas sin rumbo fijo, recordando los buenos y malos momentos que pasaste hasta llegar a donde estas y no puedes evitar sentirte feliz. Al fin lo has conseguido, todo te ha llevado hasta aquí.

Una hora. Tomas tu segundo café del día, esta vez con grandes pausas entre sorbo y sorbo, leyendo la frase moralizante de turno que aparece en el azucarillo, y eres tan inocente, tan inmaduro, como para creértela. Remueves incansablemente la cucharilla, mirando fijamente el líquido que se arremolina mientras tu mente empieza a despertar y vuelve al mundo real.

Apareces teletransportado a una pequeña sala con tres sillas aparte de en la que estás, notando como cada célula de tu cuerpo se concentra en permanecer allí, en procurar que el nerviosismo juegue en tu favor y que tu reciente cara afeitada deje de picar tan desagradablemente. Una voz grave y amable proveniente de mi espalda dice mi nombre y me saca del trance. Observo el cuerpo de un hombre, también trajeado de arriba abajo, no mucho más mayor que mi padre. Me indica que acceda a su despacho, increíblemente iluminado dada la temprana hora y me señala un pequeño sillón frente a una enorme mesa de madera.

Cero. Ahí estás, todo o nada. El hombre bonachón cierra la puerta tras de tí y con su amable voz te indica que te sientes mientras sostiene una hoja de papel donde alcanzas a ver una pequeña foto tuya de hace algún tiempo, enfundado en el mismo traje que llevabas contigo en ese momento. El hombre ocupó su lugar en el lado opuesto de la mesa y antes de sentarse extiende su enorme mano hacia tí. Con calma, le devuelves el saludo con un firme y amigable apretón de manos. Justo antes de separarnos, sus pequeños ojos recorren tu mano y se detienen sobre una pequeña nota musical dibujada años antes, reflejo de un amor por este arte. Su rostro cambió, su voz parecía cada vez más y más apagada mientras te habla de cifras, sin quitar ojo a la pequeña corchea negra.

De pronto, sin saber cómo, apareces teletransportado de nuevo a una ciudad extraña, a pesar de que se ha convertido en tu hogar desde hace un pequeño puñado de años, deambulando sin rumbo fijo.

Rafa Rodero
Técnico de Fotografía
Graduado en Historia del Arte
Cómic andante a tiempo completo
Instagram: @redsneakersphoto

El diván de mi vecina. Ave María Purísima

Los contrastes de mi vecina cada vez me sorprenden más. De feminista recalcitrante de hace sólo una semana a católica beata. Y no es que me parezca mal o me moleste este último papel que ha asumido, porque, como no puede ser de otra manera cada uno es libre de pensar lo que le dé la realísima gana, aunque hay muchos y muchas que la tolerancia que piden para los demás no va con ellos. Éste es el caso de mi vecina.

Nunca he manifestado abiertamente mi sentido o creencias religiosas porque pienso que eso forma parte de mi intimidad, claro está, salvo a las personas más cercanas a mi y, discúlpenme si sigo manteniendo esta postura, creo que lo entenderán. Pero mi vecina no lo entiende, es más, con ella, con la que no suelo tener muchas reservas –no se si a partir de este momento seguiré con esta misma actitud-, porque ha llegado a tacharme de “rojo ateo”, simplemente porque le he manifestado que no entiendo esos contrastes que evidencian sus creencias, aparte, claro está, de las contradicciones que manifiestan. Ahora bien, si de lo que se trata es de tener una moral acomodaticia cogiendo lo que le parece de cada cosa, entonces no tengo más que decir.

La cuestión es que mi vecina que no suele pisar la iglesia salvo en ocasiones que así lo exijan por eso de que hay que mantener una compostura social o apariencia ante los demás, dígase, en entierros, bautizos, bodas y demás ceremonias en las que hay que cumplir con las personas más próximas; hace unos días que la vi entrar en la parroquia del barrio, motivo por el que mi lado femenino de curiosidad insaciable cuando no entiendo bien ciertos comportamientos, decidí seguirla y, medio a escondidas.

Penetré también en el templo, quedándome en los último bancos en actitud de recogimiento pero sin perderla ojo, mientras ella avanzó a las primeras filas, y tras santiguarse, se puso de rodillas tapándose la cara con las dos manos. Nunca he entendido porque hay que taparse la cara para entrar en trance con el más allá.

En dicha actitud permaneció un buen rato, o al menos eso me pareció a mi, porque el tiempo se me hizo un pelín largo, hasta que la final volviéndose a santiguar, se incorporó y dirigiéndose a una capilla que hay en un extremo, introdujo varias monedas en un portavelas moderno, en el que, en función de las monedas que iba metiendo se iban encendiendo las lucecitas de  las velas de plástico, alzando a continuación la vista a la imagen de un Cristo crucificado que siempre, desde niño, me había dado un poco de miedo por lo ténebre del lugar y por el sufrimiento que transmitía su cuerpo lleno de girones y sangre, y cuyos ojos medio entornados y con semblante rígido parecen obsérvate con una mezcla entre benevolencia y clemencia.

Tras haber hecho el trueque, me imagino, de yo te doy a cambio de que tú me des -interpretación que siempre he dado a este mercantilismo eclesiástico-, volvió de nuevo a santiguarse, por tercera vez, a la vez que abandonaba dicha capilla dirigiéndose a la salida.

Me apresuré a salir antes que ella para que no me pudiese ver, sentándome a continuación en uno de los bancos del parque próximo al templo por el que era obligatorio pasar, disimulando con el móvil en la mano, como si estuviese mandando un mensaje a alguien, con el objeto de hacerme el encontradizo con ella y averiguar su repentina actitud tan beata.

Así fue, mi vecina se percató de mi presencia y se dirigió al banco en el que fingía descansar aparentando de no enterarme de nada de lo que sucedía a mi alrededor, y tras el intercambio obligado de saludos, le manifesté que no me había percatado de su presencia en la zona, a lo que me respondió que no es que estuviera ya en el parque, sino que venía de la parroquia de hacer unas gestiones. “¿Gestiones?”, le pregunte, expresión que parecía corroborar esa forma mía de ver la oración llena de peticiones interminables a cambio de una cuantas monedas; manifestándole con cierta sorna, “hija parece que vienes de una gestoría en vez de una iglesia”. Broma que no aguantó y que le llevó a juzgarme de la manera que he indicado antes. “Vecina, no te pongas así”, añadí intentando apaciguar la situación.

Más calmada, tras unos segundos de silencio tenso, me respondió aunque con cierto desaire: “sí, gestiones”, las mismas que hacéis vosotros para jorobar a una institución como ésta que tanto bien hace a la sociedad. “¿Nosotros?” la interpelé con cierto asombro. “Si vosotros, los de la izquierda”, contestó.

Mi buen talante se iba transformando por momentos en un cabreo que me iba carcomiendo por dentro, por lo que mi respuesta obligada fue la de pedirle que no me metiese en el mismo saco que al resto de la humanidad a la que estaba condenando a las penas del infierno por no tener ni la misma conducta ni las mismas creencias que ella, volviéndola a interpelar con una nueva pregunta: “¿y que hacemos, según tú, para jorobar a la iglesia?”. Se quedó pensativa un breve momento, mascullando la respuesta: “intentar quitarle las ayudas, exenciones y beneficios fiscales que tiene”.

“¿y que hacemos, según tú, para jorobar a la iglesia?”. Se quedó pensativa un breve momento, mascullando la respuesta: “intentar quitarle las ayudas, exenciones y beneficios fiscales que tiene”.


Mi asombro iba in crescendo por el juicio al que estaba siendo sometido, como si fuese el único culpable anticlerical del mundo. “Yo no quito nada a nadie”, le dije, añadiendo: “de todas formas, Jesucristo dijo: dar a Dios lo que es de Dios, y al Cesar lo que es del Cesar, aunque entiendo que, como institución debe sobrevivir, pero para eso está la caridad”, concluí a la vez que me despedí de mi piadosa e intolerante vecina. “Adiós vecino”, me contestó con desairé mientras abandonaba el lugar, zanjando el tema con la única frase con la que quienes no tienen razones suelen terminar sus interpelaciones: “contigo no se puede hablar”.

Y allí me quedé, como un pollo al que le quitan el cuello después de haberlo desplumado, susurrando para no crispar más los ánimo: “Ave María Purísima”. Pero ella me contesto: “sin pecado concebida”.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

De la Lógica y el sentido común (porque no todo lo que parece es)

Uno de los grandes debates que mantengo con mi mujer es sobre la unicidad de la lógica. Pero este debate parte de una falsedad patente. Lo que ella llama lógica es lo que popularmente se conoce como sentido común que no es más que un atajo en el que las certezas se sustituyen por evidencias.

Como experto en lógica informática, asignatura que enseñé durante muchos años, tengo muy claro que la lógica no solo no es única, si no que existen tantas lógicas como personas y posiblemente, aunque esta es una aseveración que precisaría un estudio exhaustivo, existen una lógica masculina y una lógica femenina que tienen un objetivo común pero que se estructuran de diferente forma.

Dirigí durante algunos años, bastantes, equipos de programadores cuya labor era el desarrollo y mantenimiento de programas a medida, allá cuando los lenguajes no eran estructurados y las bases de datos eran lo que nosotros programáramos. Una de las primeras cosas que aprendí es que ante ciertos problemas debes de escoger a una mujer o a un hombre y jamás indistintamente. Me explico, si necesito seguir la secuencia lógica de un problema para descubrir los pasos de un proceso, casi con toda seguridad, necesito a una mujer. No sé si es paciencia, intuición o capacidad mental pero los pasos que sigue una ordenación lógica les son más evidentes que a los hombres. Si lo que necesito es un proceso de depuración de una rutina para logra una mayor versatilidad o velocidad, me inclinaré por un hombre que pondrá en el empeño soluciones originales. No es un problema de capacidades, tanto unos como otras están sobradamente capacitados para resolver cualquier tipo de tarea, es una cuestión de eficacia. Tiempo y rendimiento.

Pero no nos desviemos del tema y pongamos un ejemplo. Cuando empezaba el curso siempre ponía un ejercicio que en la mayor parte de los casos duraba todo el año lectivo: diséñame un organigrama para calcular una raíz cuadrada. Puedo asegurar que ningún alumno completó con éxito total el ejercicio, porque aunque los más brillantes lograban resolver el problema principal ninguno dejaba de caer en los saltos que el sentido común dicta. Todos obviaban el principio del problema dando por sentadas ciertas convenciones que la lógica no permite.

Pongamos un ejemplo ilustrativo aunque en diferente ámbito. Los hombres, hablo de los seres humanos,  trabajamos con la legalidad que se basa en la evidencia, porque nos es inaccesible la justicia que solo puede trabajar con la inalcanzable verdad. ¿Y cuál es la diferencia entre la evidencia y la verdad? La veracidad, porque si intentamos un acercamiento a la veracidad necesitaremos hacer un juicio paralelo de cada uno de los testigos, de cada una de las pruebas, de cada circunstancia anterior y posterior al hecho juzgado. La legalidad es lenta, la justicia eterna.

Había un programa en los años 77 y 78 en TVE, esa que era de todos, que se llamaba “El Monstruo de Sanchezstein” en el que Luis Ricardo, el monstruo en cuestión, tenía que ser dirigido por los niños mediante instrucciones simples y precisas desde su lugar de reposo hasta la zona de regalos y coger uno. Sencillo, ¿no? No. Todos los niños tendían a dar instrucciones inmediatas que Luis Ricardo no entendía.

¿Y cuál es la diferencia entre la evidencia y la verdad? La veracidad, porque si intentamos un acercamiento a la veracidad necesitaremos hacer un juicio paralelo de cada uno de los testigos, de cada una de las pruebas, de cada circunstancia anterior y posterior al hecho juzgado. La legalidad es lenta, la justicia eterna.

.

  • Luis Ricardo, vete hasta donde está la muñeca y cógela. – Luis Ricardo emitía un ruido característico de incomprensión y no se movía- Luis Ricardo avanza veinte pasos- decía entonces la concursante, sin medir exactamente la longitud de la zancada que podía llevar al desastre de llevarse por delante el mostrador de premios y la consiguiente eliminación.

Luis Ricardo era especialmente picajoso en los ángulos de los giros, en las distancias y en los movimientos de cercanía.

  • Luís Ricardo gira a la derecha – Y Luís Ricardo se mareaba girando hacia la derecha como un trompo- Luís Ricardo gira un poco a la izquierda – Y Luís Ricardo se quedaba bloqueado decidiendo que era un poco.
  • Luís Ricardo coge el camión – ya cuando estaba cerca y no entendía que era eso de coger el camión y hacía su ruidito de no entiendo nada- Sube el brazo hasta que yo te diga, abre la mano, estira el brazo hasta tocar el regalo y cógelo. – bueno, eso sí era ejecutable siempre y cuando el regalo fuese de un tamaño razonable para una sola mano, porque si era grande podía suceder que al intentar cogerlo solo con una, lo tirase y el concursante se fuera a casa sin premio-

Muchos de mis alumnos lograron una secuencia lógica que resolvía la raíz cuadrada de cualquier número. Tampoco es muy difícil. Todos consiguieron lo evidente, pero ninguno logro la verdad. Muchos se olvidaban de preguntar cuál era número del que queríamos calcular la raíz cuadrada. Muchos se olvidaban de comunicar el resultado una vez obtenido. Muchos parecían ignorar que existen los números periódicos puros y no incluían una salida a un bucle infinito. Pero lo que no hizo nunca ninguno fue verificar sobre qué base numérica se trabajaba. Y el resultado puede ser diferente.

A veces algo tan elemental marca la diferencia entra la evidencia y la verdad. Entre la lógica y el sentido común.

El sentido común nos dice que siempre trabajamos en base decimal, la lógica lo pregunta. El sentido común nos dice que cuando se obtiene un resultado el objetivo está cumplido, la lógica nos obliga a comunicarlo e, incluso, a verificar que la comunicación se ha efectuado. El sentido común nos hace suponer que cuando nos cansemos de sacar decimales nos pararemos, la lógica nos pregunta si ya queremos pararnos o en cuantos decimales, con que precisión, queremos obtener el cálculo. El sentido común nos dice que no se empieza a calcular hasta que no hay número sobre el que calcular, la lógica nos obliga a preguntarlo o empieza a trabajar sobre el 0.

La lógica trabaja sobre el sí y el no, sin matices que únicamente son consecuencia de una concatenación de preguntas y respuestas. El sentido común es la presunción del matiz preferido como respuesta única. La Lógica obliga a la presunción de inocencia, el sentido común invita a la presunción de culpabilidad. Y no es pequeño el matiz.

Por eso cuando discuto con mi mujer y ella me dice que algo es lógico y que solo existe una lógica yo sé que ya no existe ninguna posible discusión, es de sentido común.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Del paso de la niñez a la ausencia de ésta

«De la falta de educación durante este gran golpe que es la pérdida de la inocencia, así como de la falta de educación del resto del tiempo que vivimos, es de donde se derivan todos los demás males de la humanidad, tanto en general como en particular».

 

No corresponde a ningún momento determinado de la vida. Qué va. Tampoco surge tras ninguna vivencia traumática de la niñez, aunque sí que puede fomentarlo. La pérdida de la inocencia es más bien pareja a la adquisición de conocimientos, a la absorción de una mejor o peor educación. Dependiendo de los incontables factores que varían las formas de educación, así será como varíe la formación de la personalidad de cada individuo. Y, aunque hay algo que está tan claro como el agua cristalina, seguimos obviándolo y esperando resultados diferentes aplicando siempre el mismo método. Me refiero a que todos somos diferentes y, consecuentemente, precisamos una forma de educación particular. No nos volvamos locos, es tan simple como permitir a esa nueva personalidad floreciente ser ella misma. Es la única forma de saber lo que necesita para desarrollar todo su potencial. No se abalancen contra mí todavía, solo digo que la educación es lo más importante para una persona, para cualquier persona. Solo hay que fijarse en el mundo, en la humanidad y en su historia. Solo hay que fijarse en el porqué de las cosas y cuestionárselo. Sobre todo, dudar. Dudar de todo cuando se ve, se oye, se toca, se huele y se saborea. ¿Por qué? Porque no tenemos otra fórmula para avanzar. No, si no está basada en la duda, en la observación, en la empatía y otra vez en la duda. Dudar no tiene que consumirnos, sino que tiene que ser la base de toda reflexión constante junto a la búsqueda del porqué, y a poder ser, no de un solo porqué.

De la falta de educación durante este gran golpe que es la pérdida de la inocencia, así como de la falta de educación del resto del tiempo que vivimos, es de donde se derivan todos los demás males de la humanidad, tanto en general como en particular.

Cómo se puede explicar de otra forma que no sea por falta de educación el racismo, el machismo, la homofobia y todas las demás absurdas fobias, la indiferencia hacia el sufrimiento del prójimo, el fascismo, el nacionalismo, la falta de interés por el arte y la creatividad, la falta de sensibilidad hacia los demás seres vivos, la autodestrucción como especie, la destrucción de nuestro hogar la Tierra, la creencia en otro dios que no sea la empatía y la miseria en la que se encuentra la moral, apenas ya existente, en presencia de la nueva religión: el dinero.

Es tan abrumadora la indiferencia hacia todo esto de la mayoría de las personas que conozco que muchas veces tengo la sensación de estar viviendo en mi propio Show de Truman.

Y es que tampoco hay mucho que hacer con aquellos que son ciegos, sordos, mudos e insensibles a la falta de educación y conciencia, que lo son por voluntad propia…

¿Hay alguien ahí?

Diego Carrera Martín
Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

El diván de mi vecina.- Conversión al feminismo

Llevaba unos días oyendo ruido en el descansillo de mi escalera, entradas y salidas de personas en la vivienda de enfrente, música, risas… taconazos, algún chillido que otro, vamos, lo propio de una noche de verano a 35º grados a la sombra… – Uy… esto sobraba… lo siento-. “¿Qué pasará en la casa de mi vecina?”, me pregunté.

La respuesta la tuve al día siguiente, cuando la vi salir  de la peluquería unisex de la esquina de nuestra calle con el pelo cortado y teñido al estilo  Audrey Tautou en el film “Amelie” (2001); mi vecina se había desmelenado.

Haciendo gala más que nunca de mi buena educación –yo lo llamo hipocresía-, me acerque a mi vecina, ávido de obtener información sobre su cambio de look con esa “sana curiosidad” que tenemos los hombres, “bueno días vecina”. “Buenos días vecino”, me respondió, y siendo consciente que, por mucho que intentase llenar el tiempo con cumplidos y otras flores, se me iba a notar me impaciencia por llegar al final; decidí atajar y formular de lleno la ansiada pregunta: “¿muchas fiestas vecina, y a ninguna me has invitado?”. Ella, también deseosa de cotillear, me respondió: “he conocido a un grupo de personas jóvenes super interesantes, universitarios la mayoría, estudiantes algunos, y otros profesores”… interrumpió de repente su relato, como un frenazo a alta velocidad, no sin la estrategia que me temo, se acababa de marcar para mantener viva mi “sana curiosidad”, y que la llevo a concluir: “pásate después de comer a tomar café por mi casa y te cuento, vecino”, “vale” dije yo seguido de un “hasta luego” que ella alejándose no respondió, seguro que con el objetivo que formaba parte también de la citada estrategia, de que me quedase mirando su nuevo estilo por la espalda.

Me apresuré a comer aquel día como si así  llegará el momento de tomar el café… pero, ¿cuál era esa momento?, ¿qué hora, minutos, segundos, corresponde con el momento de tomar café?… El caso es que, terminé de comer tempranamente, por lo que decidí hacer un poco de tiempo, el suficiente para recoger el desorden de mi comida, y llamar a la puerta de su casa. “Hola vecino, acabo de terminar de comer, ahora preparo café”. Me invitó a sentarme en el diván que siempre utilizamos para nuestras tertulias más relajadas y que ella siempre utiliza a mondo de trono, no tardando en llegar con el café expreso que acaba de preparar y que había dejado la estancia con ese aroma que marcan las buenas sobremesas. Así que, le volví a formular la misma pregunta que le había formulado por la mañana acerca de las fiestas nocturnas en su casa.

 “pero, ¿cuál era esa momento?, ¿qué hora, minutos, segundos, corresponde con el momento de tomar café?…”
esa gente me ha convencido: la lucha feminista por los derechos de la mujer es la consecuencia de la respuesta de la represión machista durante siglos”. Menuda perorata me acaba de soltar la vecinita.”

 



Marcando el límite de su terreno, se apresuró a responderme “no seas exagerado, no eras fiestas, eran tertulias de almas inquietas acompañadas de una buena música, y…”; otro frenazo. Mi sana curiosidad se estaba transformando en un deseo incontenible de iniciar un interrogatorio, por lo que formulé con cierto despotismo mi primera pregunta, rompiendo el silencio tras haber dejado en suspenso su relato: “Y… ¿qué?, continúa”. “Tranquilo, te voy a contar todo, pero a su tiempo”, respondió ella, añadiendo que dichas tertulias habían sido el colofón inesperado de su participación en unas jornadas universitarias sobre los “derechos inalienables de la mujer”, que había habían concluido a mediados del pasado mes.

Muy interesante”, asentí, alargando el movimiento de balanceo, hacía atrás y hacía adelante de mi cabeza, bastante más tiempo del que duraba mi apreciación, esperando medio atontado reiniciase por tercera vez el comienzo de su relato. Ella, en vez de percatarse de mi prolongado asentimiento, se quedó absorta con su mirada perdida en el infinito, interrumpiendo, saliendo ella misma de tal estado místico que empezaba a ser molesto por su silencio prolongado, de la siguiente forma, como cuando te tiran un cubo de agua fría encima sin esperarlo. “¿Sabes lo que te digo, vecino?”, “¿qué respondí?”, casi gritando…, “esa gente me ha convencido: la lucha feminista por los derechos de la mujer es la consecuencia de la respuesta de la represión machista durante siglos”. Menuda perorata me acaba de soltar la vecinita.

Ni le quito ni le pongo nada al breve pero contundente y vehemente discursillo de mi vecina, sólo critico lo inoportuno por el momento en que lo había formulado, sin haber hecho una breve introdución de los hechos y del entorno en que tuvieron lugar, y que me hubiese permitido tomar conciencia de lo que finalmente me iba a arrojar como el que lanza una daga; pero que, como yo, al haberse visto pillada por su propia impaciencia, no tan sana como la mía, por los derroteros posicionales que pretendía con su sobremesa. Hombre y Mujer, confrontación, luchas, status quo…

Un sofoco me estaba entrando… y ahora ella si se dió cuenta: “¿Te ocurre algo, vecino?”… “¿Te molesta algo de lo que he dicho” – segunda pillada de su estrategia marcada-, la provocación.

Lo siento, me estoy empezando a sentir mal, tal vez sea algo que he comido”. Una mentira porque el daño no me lo estaba haciendo lo que había comido sino lo que trataba de digerir: mi vecina se había pasado al otro lado. “¿feminista, siendo de derechas?“.,. Me apresuré a levantarme del diván, y con la mano puesta sobre mi estómago fingiendo me apresuré a coger la salida. “Te debo una, vecina”, me apresuré a decirle antes de cerrar la puerta…  evidentemente no con el sentido de compromiso sobre una futura sobremesa en mi casa, en respuesta a su falsa cortesía. ¿A qué se debe ese ataque?, ¿acaso yo era el culpable de toda la represión que había tenido y sigue teniendo la mujer?. 

Sólo quiero concluir para los mal pensados…,  y mal pensadas, que quién usa sus derechos buscando la confrontación, están faltando a uno de los más fundamentales y elementales de los derechos humanos que es aquel que declara que “todos somos libre e iguales”.

 

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El diván de mi vecina. La gente decente.

 He decido dar un tiempo de descanso a mi alma en busca de la paz, motivo por el cual debo abstenerme de entrar al trapo como mi vecina dándole cancha para su crítica política, puesto que, ante su incapacidad de ser un poco objetiva y no siempre inclinar la balanza hacia el lado derecho; he decido ponerme moreno y tomarme unas mañanas de asueto para ir a la  piscina municipal, así también, además del bronceado, muevo un poco mis músculos entumecidos por la vida tan sedentaria que me esclaviza; y he aquí, como resulta difícil que fuese de otra manera por ser la única piscina del barrio,  me encontré con mi vecina.

Me acerque a ella para saludarla, pensando en la mala suerte de coincidir ambos, tuve que forzar mi sonrisa para que no se me notara lo que realmente pasaba por mi cabeza y tras intercambiar dos o tres palabras interesándonos el uno por el otro, me apresuré a  buscar un sitió donde estar cómodo.

Esa mañana había madrugado con el fin de coger una tumbona en la que estar cómodo, pero mi vecina se había adelantado e igual que ella un montón de padres y madres de familia con el fin de reservar no sólo la mejor parcela dentro del recinto, sino también, un montón de tumbonas para que los miembros de su familia menos madrugadores tuviesen disponible una de ellas cuando decidieran bajar a darse el chapuzón que, más que mañanero, estaría en esa franja horaria en que los relojes pasan de “am” a “pm”, o lo que es lo mismo en el momento en que suele diferenciarse la mañana de la tarde. De manera que, todo mi gozo en un pozo por no encontrar ni una sola tumbona, mientras muchas estaban vacías con una sola toalla o una mochila encima, y que cansado a preguntar sobre su posible uso recibía  la misma respuesta: “esta reservada” o “esta cogida”.

Mi vecina se había percatado de mi búsqueda infructuosa de la tumbona perdida y, de la misma manera que suele invitarme a sentarme en el diván de su casa cuando quiere hablar conmigo o meter los perros en danza para estimular mi conversación, me ofreció una de las tumbonas que, como he dicho, había reservado para  algunas de sus amigas que todavía no habían llegado. Hubo un momento de dudé siendo consciente de que estar al lado de ella lo normal es surgiese lo que yo trataba de evitar.

Como no, el tema de la semana no podía ser otro que la comparecencia de Rajoy en la Audiencia Nacional para declarar en calidad de testigo sobre el caso Güertel, eso sí, reconduciéndo la culpa a los medios de comunicación y la izquierda del país, como promotores o causantes de la misma, al sacar a relucir los trapos sucios que, en todo caso,  según ella, deberían lavarse en casa, porque la judicialización de la política lo único que hace es crispar los ánimos de la “gente decente” y estimular la confrontación social.

El invite por su parte, como es normal, causo en mi la merecida contestación en defensa de lo que consideraba justo que, no es otra cosa que, quien la haga que lo pague, y que si alguien roba, lo suyo es que sea juzgado como lo que es, como un ladrón . Y como no quería dejar nada en el tintero le pregunté a quién quería referirse cuando habla de “gente decente”. “¿Quiénes vamos a ser?”, contesto ella, parecía que en imitación al interrogatorio del día anterior al presidente del gobierno que, como buen gallego, además de sus amnesias y desvergüenzas respondía con una pregunta. “Gente como tú y como yo, como todos los que estamos aquí”, concluyó, quedando tremendamente satisfecha.

“causo en mi la merecida contestación en defensa de lo que consideraba justo que, no es otra cosa que quien la haga, que lo pague, y que si alguien roba lo suyo es que sea juzgado como lo que es, como un ladrón”


Con la soberbia que nos caracteriza a casi todos los seres humanos, a unos más que otros, por supuesto, me pregunté si realmente yo estaba entre esa misma gente decente que había ocupado todas las tumbonas de la piscina para sus amigos y familiares que todavía no habían logrado desprenderse de las sábanas; y me di cuenta que sí, que era igual que todos ellos, me terminaba de acordar que mi coche lo había aparcado entre otros dos, ocupando todo un sitio que podría haber servido para que aparcase otro más. Ahora bien,  me considero más decente que quienes presumiendo de ello sólo ven la indecencia de los demás,  y mi vecina siempre la ve en los mismos. Precisamente, no en los que son de su color.

 

 

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Buscar en Archivo

Buscar por Fecha
Buscar por Categoría
Buscar con Google

Galería de Fotos

Acceder | Designed by Gabfire themes