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El día del orgullo

 

Un año más estamos inmersos en la celebración del “Día del Orgullo Gay”, que a mí, personalmente, me epata. No, no empiecen ya a fusilarme, no me epata la fiesta, ni la celebración, lo que me epata como humilde artesano de la palabra es el nombre. ¿Puede llamarse algo de una forma más inadecuada?, no, es muy difícil.

Partamos de que a mí la sexualidad, en cualquiera de sus múltiples facetas, me parece un hecho natural, como me parece que la heterosexualidad es el hecho normal, de norma, dentro de la sexualidad reproductiva que  ha sido la dominante durante toda la historia de la humanidad. La necesidad imperiosa de reproducirse para perpetuarse era una fuerza que imponía unos criterios, unos roles, que pasados a la vida cotidiana marcaban unos papeles que naturalmente, de naturales, se acogían y aceptaban. Que esos roles se enquistaran en la sociedad y dieran lugar a conceptos morales que fueron transformándose en conductas sociales que etiquetaban como antisociales o condenables las tendencias que chocaban con ese fin reproductivo, ha sido una consecuencia indeseable de ciertas instituciones que se erigieron en garantes únicos de la verdad y la perpetuación de la raza, estableciendo unas normas rígidas e indeseables en este momento de la historia.

Pero a día de hoy la sexualidad, cada vez más y en consonancia con una sociedad decadente, ha tomado un sesgo en el que el fin fundamental ya no es la reproducción, si no el placer. Y en esa visión lúdica del sexo, en esa búsqueda del placer y la satisfacción, todos los caminos son transitables. Cada uno, cada individuo, debe de merecer el respeto absoluto de la sociedad con la que convive. Cada hombre o mujer, en su intimidad personal, tiene derecho a explorar su plenitud sexual sin sentirse amenazado o menoscabado en sus derechos.

Pero igual que se reclaman los derechos que todos, al menos todos los que queremos una sociedad libre, debemos de apoyar hay que comprometerse a ser consecuentes con las obligaciones que todo derecho acarrea. Una persona que se escandaliza viendo besarse a dos personas del mismo sexo no tiene por qué ser necesariamente homófoba o cualquier otra lindeza semejante. Puede ser, existen, que a esa persona le molesten, por su formación, por sus convicciones, las expresiones públicas de afecto. Puede sucederle, incluso, por educación, a alguien que sea homosexual. No olvidemos, que lo olvidamos, que no hace aún cincuenta años que por besarse en público se multaba a las parejas. Doy fe personal de ello.

Si en vez de insultar, calificar o descalificar, como se quiera, al incomodado, simplemente lo evitamos restringiendo nuestra efusividad pública, que no nuestra sexualidad, acomodando nuestra libertad a la ajena habremos conseguido dos objetivos en uno: dejar sin argumentos a alguien que ya no los tenía y evitar, en el mejor de los casos, la radicalización de una persona que se siente menoscabada en su libertad, sin meternos en si ese sentimiento es válido o no.

Pero, desgraciadamente, esa no es la tendencia. La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas, más impermeables, más odiosas e irreconciliables. Y eso no lleva a sitio alguno, al menos no a ningún sitio confortable y tolerante.

“La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas”

Decir amén a cualquier proposición o iniciativa que emane de algunos colectivos es la única posición aceptada en ciertos entornos sociales. Su dogmatismo y falta de rigor crítico llegan a hacer incómoda su defensa. Tanto que llegas a plantearte, cuando alguien coincide con ellos, si lo hace por convicción, por estética social o en defensa propia. Niegan a los demás la libertad que exigen para sí mismos, niegan a los demás el respeto que consideran merecer ellos, niegan a la sociedad la tolerancia de la que denuncian adolecer.

Pero me he desviado. No es de sexualidad de lo que yo pretendía hablar, no. Yo pretendía hacer un análisis del nombre de una nueva fiesta. De la inadecuada denominación de unos actos lúdicos que la sociedad acoge y cuyo tema y fin es participar a la sociedad la necesidad de normalización de la homosexualidad. De hacer visible, tal vez de una forma excesiva, la reivindicación social de un colectivo natural. Yo pretendía hacer una crítica léxica partiendo de que nadie es perfecto, estamos de acuerdo, pero que de ahí a rayar la imperfección hay un trecho.

Pero vayamos por partes, como el destripador:

  1. Día. Empieza por llamarse día cuando dura una semana, y esta es, al fin y al cabo, la menor de las incongruencias que la incongruencia oficial, la mediocridad institucional o la grandilocuencia del grupo o ente nominante, ha podido cometer.
  2. Nada que objetar al uso de esta apocope de la conjunción y el artículo. Perfectamente usado
  3. ¿Orgullo? Dice el DRAE: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Hombre, yo puedo estar satisfecho, puedo estar encantado, de tener una cierta característica natural, que, si lo es, natural digo, viene implícita en mis genes, en mi equipación básica humana y no supone, por consiguiente, ningún logro personal del que enorgullecerme. Sentirse orgulloso de lo que uno es, alto, bajo, gordo, listo, homosexual o rubio, y no de lo que uno logra es una falla moral de un calibre considerable. Quizás en vez de orgullo deberíamos llamarle exaltación, me parecería mucho más adecuado porque lo que pretendemos es poner en valor, hacer visible, reivindicar.
  4. Gay…, ¿gay? G, a, y, gay… (intercálese aquí un chasqueado de lengua, como si paladeáramos). Gay. Del inglés: “Dicho de una persona, especialmente de un hombre: homosexual”. No me llena, se me queda corto, restrictivo, marcando fronteras en vez de quitarlas, casi frentista si lo cogemos en el conjunto del nombre.

No, definitivamente no me gusta el nombre. Es más, me resulta inadecuado. Porque, vamos a ver, ¿se pretende reivindicar una libertad general o solo la de unos cuantos? ¿No hay más colectivos sexuales discriminados o, incluso ilegalizados? Si, los hay. No olvidemos a los que quieren practicar la poligamia, a las que quieren practicar la poliandria. ¿Por qué ellos no pueden? ¿Por qué nadie se preocupa de su libertad? No es diferente de la libertad para practicar otras opciones sexuales y sin embargo la ley los persigue.

Puestos a reivindicar, y es a lo que estamos puestos, yo establecería la “Fiesta de exaltación por la libertad sexual” y entonces estaríamos todos metidos, incluso los de las sexualidades inconfesables, los de las fantasías perversas, los Grey y compañía, que haberlos haylos.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Un alivio

Día a día voy estando hasta los mismísimos de la sociedad que se supone que estamos construyendo. Día a día ciertas actitudes me cargan y descomponen porque no puedo entender la ceguera, la debilidad, la decadencia, el puritanismo, el olor de santidad eclesiástico ni el olor de santidad laico que ciertas personas emanan por cada uno de los poros de su piel.

Estoy hasta los mismísimos, estoy harto y encorajinado, de todas las personas que a mí alrededor me dicen lo que es correcto y lo que es incorrecto. No soporto a las minorías con vocación de mayorías o, directamente, con ínfulas totalitarias. Estoy hasta los mismísimos de que un tiempo a esta parte el papel de fumar de cogérsela ha pasado de fino a básicamente inaprensible según los temas y los personajes con los que topes.

No soporto el linchamiento que desde ciertas posiciones ideológicas se perpetra cuando alguien, en perfecto uso de su libertad y de su patosidad, comete el execrable crimen de decir algo. Estoy harto, furioso, rabioso, de comprobar cómo se legisla la moral de derechas y como se legisla la moral de izquierdas. Estoy absolutamente asqueado de que me digan que tengo que pensar, que puedo decir o como me tengo que sentar. De que me impongan como correcta una moral que no es la mía y además lo hagan desde una posición de superioridad ética que solo se reconocen ellos mismos. Que se vayan a escardar.

Estos nuevos inquisidores de lo correcto y de la salvación del alma inexistente no me resultan distintos de aquellos otros del alma eterna. Ni menos peligrosos. Sí, es verdad ya no usan el potro o el péndulo, ahora usan el Facebook o el Twiter. Pues váyanse ustedes al país de las moñigas. Ustedes y los otros. Ustedes, los otros y los de más allá por no quedarme corto.

Váyanse a su país de falsa libertad, de pensamiento único y pasaporte para la corrección y si es posible no vuelvan. Yo tengo derecho a pensar, incluso equivocadamente, lo que me dé la realísima gana. Yo tengo tanto derecho como cualquiera a errar y corregir lo errado, o a persistir en ello si ese es mi deseo y mi convencimiento. Basta con que lo que yo piense, lo que yo haga, no interfiera en la libertad del ajeno. Ni yo en su libertad, ni él en la mía.

“Váyanse a su país de falsa libertad, de pensamiento único y pasaporte para la corrección y si es posible no vuelvan. Yo tengo derecho a pensar, incluso equivocadamente”


¿Pero quien coño se han creído que son esos acarreadores de cadenas del odio de todo signo? ¿En qué mierda de sociedad vivimos en la que la ley puede ser impunemente burlada por minorías por el simple hecho de serlo, en la que impera la ley del más débil? ¿Pero qué tipo de discursito ético pretenden soltarme los que no reconocen más verdad que la suya ni más forma de defenderla que la imposición radical? ¿Pero en que nos hemos convertido?

Desprecio con todo mi desprecio a todos los que se declaren anti algo por su incapacidad para ser pro nada. Desprecio con gesto de asco y desplante a todos los que creen estar en posesión de una verdad absoluta porque serán incapaces de alcanzar ni siquiera una verdad relativa. Desprecio con absoluta falta de caridad a todos aquellos que se permiten etiquetar a los demás, que se permiten juzgar sin ser jueces, testificar sin ser testigos y condenar sin ser jurados. Desprecio, hasta la náusea y más allá, a todos los que promueven la perversión del lenguaje para valerse de la imposibilidad de comunicarse para sus fines, la confusión, el adoctrinamiento, el mensaje vacío.

Desprecio a los débiles que prefieren mirar para otro lado, y a los que solo miran para encontrar lo malo. Desprecio a los que quieren imponer lo suyo en una suerte de santa, eclesial o laica, cruzada. Desprecio a los que son incapaces de educar, de razonar, de convencer y solo saben condenar, descalificar, prohibir. A los políticos en general, a los ideólogos en particular y a los que piensan con los titulares de los periódicos o con la última entrada de las redes sociales personalmente.

Exijo el mismo respeto que estoy dispuesto a dar, la misma libertad que estoy dispuesto a conceder, la misma igualdad que necesito y siento. Y en estos mismos valores, en estos mismos compromisos se encuentra encerrado el ideal de sociedad que busco, pretendo y por la que peleo. No me valen las discriminaciones, sean positivas o negativas, no me valen los orgullos que enfrentan por muy naturales que sean, no me valen las dictaduras de minorías sean étnicas, económicas, religiosas, sexuales o en razón a la edad, que basan su poder en su pretendida debilidad. Libertad para todos, igualdad para todos, ley para todos y respeto. Sobre todo, respeto.

Ea!, que a gusto me he quedado.

 

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La indignante dignidad

Libertad sin perjuicio

Si algo no se perdona en nuestro común país, hoy por hoy incluidos los catalanes, es que alguien haya tenido éxito en cualquier faceta de la vida. Si esa faceta es la de los negocios el agravio hay muchas gentes que lo consideran personal.

Recordemos esa coletilla tan popular en bares y corrillos. “Es que ni trabajando, ni con un negocio “honrao” nadie se hace rico”. Y punto pelota. Ya hemos convertido a cualquiera que pueda sobresalir en un más que probable delincuente. Luego aplicamos esa frase tan nuestra, esa que se dice con gestito y tono de si yo te contara lo que se, “cuando el rio suena agua lleva” y a ver quién es el guapo que argumenta. Ya está todo dicho y el linchamiento está en marcha.

A mí, y lo he dicho repetidamente, la desigualdad social llevada a los extremos en los que se mueve hoy en día me parece inmoral, innoble e inadmisible. No se pueden consentir ciertos niveles de enriquecimiento en una sociedad llena de pobres de necesidad y pobres de solemnidad. No se puede consentir que haya acumulación, acaparación, mientras exista ausencia. No se puede tolerar que haya una regulación del mínimo de pobreza y no haya una regulación del máximo de riqueza.

He puesto muchas veces el ejemplo del poblado primitivo. No concibo que en una tribu, sí, de esas tan atrasadas, cierto individuo tenga varias cabañas, la mayoría cerradas, y haya otros componentes de la tribu que tengan que dormir a la intemperie porque no pueden pagar su compra o, concepto perverso, su alquiler. Cuando todos tengan cabaña alguno la tendrá de mayor tamaño. Seguro que tampoco en esa tribu nadie tirará alimento mientras el de al lado se muere de hambre.

Y es que hemos hecho, hemos consentido, una sociedad perversa. Una sociedad en las que algunos tienen derecho a acaparar a costa de la necesidad de los otros, derecho a enriquecerse a costa del empobrecimiento ajeno, sin límites. Y en esta expresión se contiene lo realmente inadmisible, sin límites.

Es lícito, como no, es obligado, luchar por una mayor igualdad social, por una mayor equiparación en las oportunidades, por una sociedad más justa e igualitaria. Es imprescindible llegar al punto en el que todo individuo por el hecho de nacer dentro de una comunidad tenga asegurada la equidad con respecto a los demás miembros de la misma.

Pero hecha esta reflexión, puesta negro sobre blanco la tremenda injusticia que la legalidad actual supone, lo que no se puede es condenar a un individuo por lograr el mayor partido de unas circunstancias, de unas leyes, que él no ha promovido.

Lo que no puedo es personalizar en alguien que ha sabido moverse mejor que yo mi propio fracaso y el fracaso de mis esfuerzos para que la sociedad sea distinta.

Yo, y hablo ahora personalmente, considero inmoral sin paliativos la acumulación de riqueza que el señor Amancio Ortega ha conseguido, pero no por ello voy a considerarlo a él como una especie de apestado, no voy a considerarlo a él como un inmoral, no voy a considerarme por ello justificado para promover campañas de descrédito o, directamente, de linchamiento social. No voy a volcar sobre su persona, a hacer personal, la consideración que me merece una norma.

“considero inmoral sin paliativos la acumulación de riqueza que el señor Amancio Ortega ha conseguido, pero no por ello voy a considerarlo a él como una especie de apestado, no voy a considerarlo a él como un inmoral, no voy a considerarme por ello justificado para promover campañas de descrédito o, directamente, de linchamiento social”

Campañas de descrédito

No voy a dedicarme, porque se lo merece por rico, a difundir sin ningún tipo de verificación las campañas de descrédito de sus empresas, ni las personales. No voy a considerarlo directamente responsable de la legislación laboral de los países en los que pudiera interesarle contratar a sus proveedores. ¿Que podría evitarlo? Claro, y el noventa por ciento de otros muchos de los que no hablamos porque a pesar de hacer lo mismo no han conseguido los mismos éxitos financieros.

Pero lo que ya me parece aberrante, lo que me parece indigno y sectario, es el rechazo que ciertas personas, que se dicen en posesión de un mayor criterio moral, que hacen apropiación de una mayor dignidad social, de la que nadie les ha hecho depositarios, hacen de una donación por el simple y sencillo hecho de que tiene nombre y cara, y aprovechan, además, esa circunstancia para promover un ataque personal contra alguien que, en sentido estricto, está haciendo más por la redistribución de la riqueza que todos los políticos del mundo juntos, incluidos, y señalados, los del signo al que pertenecen los que se sienten ofendidos.

Estoy seguro de que muchos de esos grandilocuentes, y dignos, ofendidos por la donación, verían con mejores ojos, yo diría con mirada más clara, que la donación se hiciera a algunas de esas ONGs que se gastan más en oficinas y todo terrenos que en ayudas efectivas, en esas inefectivas organizaciones que se montan más para prurito moral propio que para beneficio ajeno.

A mí me parece de agradecer cualquier actuación que permita una mejora en las condiciones de vida, o de salud, de cualquier persona, y si la donación del señor Ortega contribuye a salvar, alargar o mejorar la vida de una sola persona, me sentiría, si fuera él, satisfecho.

Y es que yo no creo que la dignidad, ese concepto que tan alegremente manejan, esa virtud que tan pagados de sí mismos reclaman, valga un solo muerto, un solo día de dolor, un solo minuto de retraso en un diagnóstico.

Volviendo a nuestra ancestral y atrasada aldea, yo no concebiría que, en el hipotético caso de que alguien acaparara cabañas y otros carecieran de ellas, se rechazara por dignidad el que alguien con más de una cabaña le cediera una otro que no tuviera ¿Dónde estaría la dignidad? ¿En sufrir a la intemperie las inclemencias? ¿En persistir en la desigualdad para mayor escarnio del acaparador? ¿En denunciar la situación sin permitir acercamientos a la solución salvo que se hagan como los dignos consideren que tienen que hacerse?

Y es que yo no creo en la dignidad de los muertos, en la dignidad del sufrimiento, en los que se auto proclaman héroes de la virtud. Eso sí, consideraría muy digno por su parte que llegado el momento y las circunstancias, dios no lo quiera, renuncien al beneficio de esas máquinas que ellos consideran indignas, aunque creo que no. O sea, que no me creo que renuncien a la cabaña que les toque.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La hora del cambio

Cuando a pesar de dar vueltas a las cosas, lo único que obtienes es un mareo de campeonato, eso si contar el hastío de quien valorando todas las opciones siempre llega a la misma conclusión;

salvo el desahogo que, cuando compartiendo las ideas, supone el denunciar a aquel de quien se espera un comportamiento diferente. Pero he ahí el quid de la cuestión, la confianza en que las cosas pueden ser diferentes, y quien te ha decepcionado una y otra vez puede cambiar.

Cuenta ingenuidad, un deseo de cambio que nunca se producirá, ni siquiera cuando a las ranas le salgan pelo, porque para que el mundo cambie algo grande tiene que pasar, así como el deseo colectivo de que ese cambio es necesario.

Tras grandes revoluciones han surgido cambios en el mundo, no cabe la menor duda, ahí tenemos la Revolución Francesa o la Revolución Industrial, entre otras, aunque ninguna de ellas fue repentina; décadas antes ya se estuvo formando el germen social y económico que dará paso a la gran revolución.

Resulta, pues, imprescindible el deseo colectivo para que el cambio se produzca, y la valentía de alguien que encienda la mecha que provoque un punto de inflexión en que la vuelta atrás no es una opción admisible. Sin embargo, en España, no existe ni lo uno ni lo otro, eso sí, indignación a raudales. Pero, sólo cuando la indignación se transforma en lucha es la única salida válida, sin quejas, sin perder el Norte; en vez de una indignación pusilánime.

Sobran quejas, sobran actitudes que lo único que buscan es la confrontación entre los mismos ciudadanos, aquellos que son las únicas víctimas de una gestión política de un partido que se acerca más a una organización criminal que continuamente nos está saqueando, no sólo nuestro dinero, sino también nuestros derechos.

“Resulta, pues, imprescindible el deseo colectivo para el cambio se produzca, y la valentía de alguien que encienda la mecha que provoque un punto de inflexión en que la vuelta atrás no es una opción admisible.”

Despierta Ya

Algunos dicen que el germen del cambio ya se ha inoculado dentro de nuestro país, consecuencia del revulsivo que supuso el 15M tras el saqueo de derechos por una crisis de la que solamente son responsables los bancos, fundamentalmente las Cajas de Ahorro, y quienes han obstentado el poder. Prueba fundamental de esta afirmación es el hecho de que la hegemonía de los partidos que siempre han gobernado ha desaparecido, con un resultado en las últimas elecciones generales que han dado lugar un parlamento multicolor, debido a la aparición en escena de nuevos partidos.

Ahora bien, el germen no es suficiente. Es necesario una madurez política y, sobre todo democrática, de la que España y sus ciudadanos mayoritariamente carecen, puesto que seguimos anclados a un pasado aún sin resolver, y a un presente donde muchos todavía temen ese cambio por la política del miedo que quienes gobiernan y han gobernado ponen en práctica para conservar sus privilegios, vigilando a los otros, cuando los que tienen que ser sometidos a un control férreo son ellos por la inmundicia que hay en sus filas.

Pero esto es España, ¿de qué nos sorprendemos…?. Habrá que esperar a que a las ranas de salgan pelo.

Feliciano Morales Martín
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Del gusano a la mariposa: Historia de un capullo (I)

El siglo XX empezaba a desgranar los años correspondientes a la década de los sesenta cuando una generación, la mía, que venía de una post postguerra nacional y una postguerra mundial, empezaba a sentir en su piel la adolescencia..

Eran años un tanto oscurantistas en un mundo que se sentía viejo, raído, incapaz de saber que le había pasado y mucho menos capaz de asomarse a un futuro que el régimen, en España, pintaba en colorines con los planes de desarrollo, pero que la población solo desarrollaba, a nivel de la calle, en tipos que podemos recordar gracias a películas geniales como “El Verdugo”, “Historias de la Radio”, “El Cochecito”, “Plácido” o “Bienvenido Mister Marshall”. La vida cotidiana, según la versión oficial, se componía de tipos pueblerinos de folclorismo rancio, toreros, paletos de ciudad, señoritos de medio pelo y señores de alta alcurnia, con algunas pinceladas de burguesía emergente.

Vivíamos en un mundo de prohibiciones por nuestro bien, todo estaba prohibido, hasta jugar. No se podía jugar al balón, montar en bicicleta o pisar el césped en los parques. No se podía poner música, salvo clásica o saetas, en tiempos de Semana Santa. No se podía besar en público salvo en las estaciones o aeropuertos, donde la oficialidad se mostraba más permisiva con las efusiones propias de las bienvenidas o despedidas. Como siempre la picaresca funcionaba y había dos colectivos de población, los taxistas y los novios, que conocían la dedillo los horarios de trenes y camionetas, porque entonces los autobuses que iban a los pueblos y otras ciudades se llamaban camionetas o por el nombre de la compañía: el Auto Res, el Castromil, los Alsina…

Los taxistas lo hacían con el sentido profesional de acarrear pasajeros que necesitasen de sus servicios, pero los novios no tenían otro fin que el de participar y extender el contacto de sus cuerpos y bocas por varias llegadas o partidas que hiciesen tolerables sus apenas pecaminosos achuchamientos. Por aquellos tiempos la española cuando besaba, era que besaba de verdad. Un beso pasaba por una declaración formal de buenas intenciones futuras, o sea matrimonio, y presentes, o sea noviazgo, aunque muchas veces esas intenciones no pasaran del primer alivio.

Pues eso, que eran tiempos oscuros, tiempos de miedos, de pecados, de tenebrosos ejercicios espirituales y de adhesiones inquebrantables a un régimen que entendía que si la adhesión era quebrantable también podía ser quebrantable cualquier otro derecho del individuo, o el individuo mismo. Tiempos de censuras, de secuestros de prensa y de obreros y estudiantes que volaban, o al menos eso se comentaba porque siempre que la policía disparaba al aire mataba a alguno. Cosas veredes amigo Sancho.

Decir que éramos infelices sería de una inexactitud culpable. Los niños, los adolescentes, los jóvenes, siempre encuentran la manera de ser felices, característica que pierden con el paso de los años. Éramos felices a nuestra manera, éramos felices a pesar y sobre la prohibición general y castrante que pesaba sobre una sociedad aún en estado de choque tras su desafortunada experiencia. Éramos felices corriendo delante de los “grises” y comparando marcas. Éramos felices descubriendo el sexo bajo el pretexto de encontrar el amor. Éramos felices porque esa era nuestra vocación y nuestra determinación.

Y aquellos niños que empezaban a cambiar la voz dentro de una crisálida que la sociedad oficial y los poderes dominantes se negaban, no ya a permitir que rompiera, si no ni tan siquiera a reconocer que existiera, empezaron a tomar consciencia del mundo en el que vivían, empezaron a percibir que fuera de la crisálida el color invadía las calles, las carnes visibles invadían las playas y la música hacía vibrar el aire con compases de libertad y de cambio. Y al tiempo, y aún dentro del capullo, empezamos a buscarnos unos a otros y a reconocernos.

Sí, aquellos niños, aquellos rapaces, educados en la represión, en el miedo, en la abstinencia de las carnes todas, en la unidad de destino en lo universal, empezamos, como en el mito de la caverna, a sospechar, a atisbar que había otro mundo posible fuera del capullo en el que la sociedad se debatía entre el gusano que fue y la mariposa que pretendía ser.

Todo cambiaba a nuestro alrededor y en el mismo NoDo asistíamos a los actos oficiales de los capitostes correspondientes, lo que fue, y la eclosión de extranjeras en bañadores cada vez más exiguos y en, válgame diós, bikini, que querían representar esa libertad añorada y deseable. Y la música, y la llegada de los primeros hippies y sus mensajes de amor libre, de libertad individual, de igualdad entre sexos, de pacifismo y de tolerancia.

Sí, es posible que aquel movimiento tampoco fuera exactamente perfecto, que adoleciera de clasismo y de fuerza para asentarse definitivamente y hacer que sus flores, sus psicodelias y sus colores se constituyeran como una opción a la agobiante infinitud de matices de gris oscuro que representaban al poder del momento.

Es verdad que vivíamos en el permanente sobresalto de una guerra atómica, en el límite intangible de la condena eterna, en el vértigo irrenunciable de crear una sociedad nueva, distinta, de logar que al romper el capullo la luz no viniera solo del exterior, si no que de ese interior umbrío y claustral surgiera una nueva luz, una luz de esperanza y de necesidad de felicidad.

“Es verdad que vivíamos en el permanente sobresalto de una guerra atómica, en el límite intangible de la condena eterna, en el vértigo irrenunciable de crear una sociedad nueva, distinta”

Brotaron los cantautores que cantaban a los poetas, que eran ellos mismos poetas, que nos marcaban hitos, objetivos, esperanzas, que nos advertían de tropiezos y fracasos, que nos marcaban caminos que reclamar para los nuevos pasos. Nos contaron que Jesucristo era el primer hippie y que no habíamos entendido nada de su mensaje. Nos acunaron con el rock’ roll y la canción protesta. Y escuchamos en nuestro interior un mandato nuevo: pensad por vosotros mismos, pero pensad para bien. Pensad al margen de lo que os digan y buscad los caminos en los que podamos transitar todos unidos.

Y muchos, los de esa generación, los de algunas generaciones anteriores, los de algunas generaciones posteriores, creímos entender el mensaje, creímos en el mensaje, y al romper el capullo nos lanzamos sin complejos a crear una sociedad nueva. Claro, había de todo. Desde los que querían preservar todo lo existente a los que querían destruir cualquier vestigio de lo que hubiera sido. Desde los que amenazaban con la destrucción a los que destruían sin siquiera amenazar. Y entonces, formaron bloques. Entonces levantaron muros ideológicos y físicos y nos explicaron que solo al amparo de esos muros estaba la verdad y la libertad, siempre la suya, por supuesto.

Muchos se refugiaron en los muros intentando encontrar alivio a la inseguridad que un mundo en libertad les producía. Otros nos enfrentamos al pastoreo, al pensamiento y las verdades colectivas y elegimos el camino en solitario, pero todos, unos, otros y aún los de más allá, contribuimos a recoger un mundo dividido entre hombre y mujeres, entre comunistas y capitalistas, entre buenos y malos, entre normales y anormales, y abrir la posibilidad a un mundo de matices, a un mundo donde la tolerancia no era un pecado sino una necesidad de convivencia, donde la fraternidad podía desarrollarse sin fronteras, ni físicas, ni morales, ni sexuales.

Pero, a día de hoy, mirando alrededor, ¿qué queda de aquellas mariposas? ¿Qué capullo intenta eclosionar? ¿Hacia dónde nos están llevando?.

Continuará…

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Una historia en tópicos

Cuando las barbas de tu vecino veas cortar pon las tuyas a remojar, dice el refrán tradicional. Esta es una historia, una reflexión, que se puede escribir acumulando tópico tras tópico.

El anuncio de Hollande sobre su presentación por el partido de Macrón y su anuncio de que da por muerto al partido socialista francés no hace más que derivar, una vez más, las miradas de los españoles hacia el duelo fratricida de los socialistas.

Porque, y siguiendo los tópicos, no hay más que ver las redes sociales para comprender que la escisión del PSOE y su más que posible refundación no es más que la crónica de una muerte anunciada. Anunciada  y parece que buscada con ahínco. El grado de frentismo, de intransigencia, de odio fraternal que destilan muchos de los mensajes utilizados en esta campaña no desmerecen de los dedicados al PP o a cualquier otro rival, tratado como enemigo irreconciliable, en campañas no internas.

Así que inevitablemente, y una vez finalizadas la primarias, más bien primitivas, una parte del socialismo español será un personaje en busca de autor, o, más bien, una ideología en busca de siglas, y de partido.

No sé si eso sucederá inmediatamente o asistiremos a un periodo de cierre de agravios en falso, pero se haga cuando se haga lo que sí está claro es que los avales presentados representan una escisión clara entre dos grupos que siempre han convivido con dificultad bajo una mismas siglas: el socialismo puro, más del gusto de los militantes, y la social democracia que anhelan los votantes como alternativa a una derecha que se mantiene por la desconfianza que Pedro Sánchez generó en su momento y seguirá generando en el futuro.

No sé si como el socialismo francés el socialismo español está muerto. Desde luego desprende un tufillo sospechoso y sus lecturas vitales son bastante inconstantes.

“No sé si como el socialismo francés el socialismo español está muerto. Desde luego desprende un tufillo sospechoso y sus lecturas vitales son bastante inconstantes.”


No sé si la sociedad española podría resistir la oposición de unas siglas vacías que perpetúen en el gobierno una opción que hace tiempo que solo vive por la muerte ajena, que se hace día a día en su propia inmundicia y cuya única acreditación es haber hecho una gestión positiva, aunque no idónea, en tiempos de crisis. El país necesita otra cosa. El país necesita ilusión, necesita soluciones a su desigualdad económica y social. Necesita con urgencia reformas que vuelvan a acercar a los ciudadanos, si es que siguen existiendo,  el control sobre la gestión que los políticos hacen con sus votos y a sus espaldas.

No sé, y dudo que nadie lo sepa, si España puede soportar la travesía del desierto que puede suponer una oposición realizada por un partido sin votantes, si gana el señor Pedro Sánchez, o la realizada por un partido sin militantes, si gana la señora Díaz. Si, ya sé, parece una falta de respeto que no hable de la opción de Patxi López, la opción de los moderados, la opción más serena y técnica de las tres, pero yo solo soy alguien que analiza lo que ve, y lo que veo es que el señor López no solo tiene pocas posibilidades de ganar, no tiene ninguna de reconciliar las dos posturas que se han jurado odio eterno, y que incluso lo consideran un traidor.

No hay mucho que rascar. La suerte está echada. A buen entendedor pocas palabras bastan. O, lo que es peor, a perro flaco todo son pulgas, y el PSOE, hoy, y peor mañana, está más flaco que el galgo corredor de nuestro Ingenioso Hidalgo. Que dios reparta suerte.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Por un plato de lentejas

Estamos tan inmersos en nuestras miserias, tan preocupados de solucionar lo que no se puede solucionar sin establecer previamente unas bases sólidas, son tantas las zanahorias que día a día nos hacen perseguir, que prácticamente nos olvidamos de que hay una cantidad ingente de problemas que nos están colando sin que nos percatemos y que cuando vengamos a darnos cuenta no habrá vuelta atrás porque ya no existirán ni las personas ni las condiciones mínimas para recuperarlos.

Alguien, un cerebro importante, sin duda, nos ha condenado al fracaso permanente de las ideologías. En algún momento de la historia los hombres han dejado de perseguir los ideales que ponían en común las aspiraciones humanas de progreso y perfección y nos los sustituyó por ideologías que promueven el permanente enfrentamiento, que buscan la insalvable diferencia y el sometimiento inevitablemente rebelado por el sometido y que impiden hacer un frente común en búsqueda de la auténtica libertad.

Nos han dividido en cojos de izquierdas y cojos de derechas, en tuertos capitalistas y tuertos socialistas, en lisiados mentales incapaces de encontrar un equilibrio que nos permita avanzar en los objetivos que realmente nos son propios: un mundo libre, igualitario y fraternal. Un mundo en el que el individuo sea el valor referencial, cosa que nunca será para una izquierda  que habla de pueblo privándolo de identidad individual , ni para una derecha que habla de globalización y liberalismo feroz en el que el individuo es aplastado por las máquinas de acaparar riqueza y poder.

“Nos han dividido en cojos de izquierdas y cojos de derechas, en tuertos capitalistas y tuertos socialistas, en lisiados mentales incapaces de encontrar un equilibrio que nos permita avanzar en los objetivos que realmente nos son propios: un mundo libre, igualitario y fraternal”

Yo anhelo un mundo sencillo. Un mundo de artesanos, de profesionales, de pequeñas y cercanas industrias que permitan una mayor calidad de vida. Anhelo un mundo en el que los ciudadanos tengan nombre y se reconozcan su capacidad y la posibilidad de transmitir sus conocimientos a las siguientes generaciones sin que los costes de tal trasmisión se hagan imposibles.

Anhelo un mundo en el que los gremios puedan convivir con otro tipo de organizaciones laborales. Un mundo en el que ser maestro o patrón no signifique ser sospechoso. Un mundo en el que coordinar, dirigir, no sea una prebenda si no una responsabilidad. Un mundo en el que el mérito suponga un reconocimiento y no la envidia de los mediocres. Un mundo en el que el talento no sea objeto de comercio, sí no un recurso de todos.

Pero ese mundo no es alcanzable mediante las ideologías. Esa Acracia triunfante que yo sueño solo puede partir de la formación, de la educación y de la generosidad. Y ninguna de estas tres características son objeto, en su valor real y total, de las ideologías, que lo que buscan es la preponderancia, el enfrentamiento que una vez resuelto dará lugar a un nuevo enfrentamiento para que el vencido reivindique su derecho a la victoria. Y así hasta el final.

Miremos a la sociedad. Una sociedad triste, egoísta, dominada por las minorías capaces de imponer sus criterios morales a las mayorías y sojuzgarlas bajo el pretexto de su debilidad. Una sociedad pacata, mísera y sometida moralmente por leyes que le impiden desarrollarse individualmente, incapaz de pensar o de rebelarse, mediocre por formación y vocación. Una sociedad que bajo banderas equívocas y equivocadoras impiden al individuo expresarse libremente. Una sociedad abocada al pensamiento único. Una sociedad reprimida hasta en el pensamiento por grupos que detentan su verdad única y aceptable. Una sociedad cobarde hasta la ignorancia. Una sociedad que desde su soberbia elitista y cutre impone sus vara de medir a la historia y al pensamiento. Una sociedad cuya única capacidad reconocible es el linchamiento del que se sale de su norma, el uso de los avances tecnológicos para la imposición por descalificación, el aplastamiento sin juicio previo ni reflexión sobre su comportamiento.

Pero aquí seguimos, distinguiéndonos entre rojos de mierda y fachas irrecuperables. Riéndole las gracias a los matones de nuestro lado. Mirando al infinito cuando los que destrozan, matan o roban son de los “nuestros”. Inmersos es una esquizofrenia que no nos deja ni ser.

En fin. ¿Y todo esto a que mierda viene? Algo me habrá sentado mal, seguro. Tal vez un plato de lentejas. De esas lentejas humildes y sabrosas que un tal Jordi Cruz, chef, se permitió nombrar con gesto de desprecio en un programa de TVE. Si ese mismo Jordi Cruz que hace poco se ha comprado un palacete e invoca el derecho de formación, gratuita, denigrando el sistema gremial que tanta falta nos hace.

Pues eso, por un plato de lentejas, por un atisbo de libertad esclavizada, la sociedad, esta sociedad, se entrega y se siente compensada. ¡Vágame el señor cuanta miseria!

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El deporte base

Hay temas que es mejor tratar en frío. Coger algo de distancia porque implican pasión y, por tanto, falta de ecuanimidad en el momento que intentan abordarse.

Y si hay temas ya de por si apasionados si los juntamos de dos en dos las alertas deben de atronar. Y eso es lo que pasa con el fútbol de base. Fútbol e hijos, fútbol y educación. Una mezcla que debería de resultar formativa pero que resulta explosiva.

Y resulta explosiva porque explosivo es el tratamiento que la sociedad hace de ambos temas, el tratamiento o la dejación podríamos plantear como alternativa.

Y se de lo que hablo porque recorrí con mi hijo campos y equipos, colegios y aficiones durante su etapa entre los seis y los catorce años. Se supone que los equipos deportivos de menores que patrocinan los colegios, los barrios, los pueblos, deben de servir para una educación complementaria en valores de los chavales. Para formarlos en el espíritu deportivo, en el espíritu colectivo que representa el equipo por encima de la individualidad del jugador, en el arte de saber perder y de saber ganar, en la limpieza de espíritu frente a la competición. Se supone, porque la realidad, la práctica, nos dice cuan diferente es esa ideal teoría de la cruda realidad.

Son muchos los ejemplos de chavales, de árbitros, de padres y, que casi no se dice, de madres. Son muchos los chavales que he visto maleados por padres y entrenadores que tampoco comprenden cual debería de ser el espíritu de esas competiciones, cuáles deberían de ser los valores predominantes en esas prácticas deportivas. Aunque tampoco es de extrañar viendo el patético ejemplo que les transmite el deporte profesional y su entorno.

Egoísmo, soberbia, narcisismo, mentiras, corruptelas, fingimientos, rencor… Esos son los valores que el deporte por antonomasia en este país, yo en realidad diría el espectáculo porque de deporte solo queda la parte física, transmite a los chavales que lo practican y, parece ser, que calan en la actitud de los padres.

Me decía un entrenador que mi hijo tuvo en un equipo de un barrio humilde de Madrid, un hombre bueno que con generosidad entregaba parte de su tiempo libre a entrenar a uno de los equipos de categorías inferiores, que su mayor problema no eran los chavales, eran los padres. Los padres que cuando sus hijos no jugaban se dedicaban a mostrar su insatisfacción y que, en algunos casos, llegaban al insulto. Pero más incluso que a los padres, me decía con su risa franca, temo a las madres, que crean en los niños un estado de insatisfacción que acaba derrumbando al equipo. Decía más, pero tampoco viene al caso.

Efectivamente, a cada familia que lleva a sus hijos a practicar el deporte de base, puedo hablar fundamentalmente de fútbol y de baloncesto, le corresponde una figura mundial en ciernes que todos deben de contemplar con arrobo. Todos consideran que su hijo es el futuro Maradona con el que recorrerán el mundo en avión privado y alojándose en los mejores hoteles. Y ¡ay del entrenador que no lo entienda así¡

“Todos consideran que su hijo es el futuro Maradona con el que recorrerán el mundo en avión privado y alojándose en los mejores hoteles. Y ¡ay del entrenador que no lo entienda así¡”

Porque el deporte es lo de menos. ¿Los valores? Los de cotización en el mercado de figuras. ¿El equipo? Un lastre que impide que la futura figura luzca todo su potencial ¿El entrenador? Un tarado que no lo pone todo lo que debe, o que no lo pone en su sitio, o que no tiene, directamente, ni idea de fútbol. ¿Los compañeros? Los pobres nunca llegaran a nada, a lo mejor fulanito o zutanito, que son muy amigos, apuntan maneras. ¿Y si el niño es portero? Entonces es peor. Solo puede quedar uno y todo vale.

Así que tampoco es raro que los padres, y muchos hijos, hagan de cada partido una reválida que no puede desperdiciarse porque el futuro hay que alcanzarlo cuanto antes. Y esto supone tensión y muchas veces una carga emocional que no todo el mundo sabe gestionar.

Desgraciadamente las federaciones tampoco es que se preocupen mucho por la situación y contribuyen, y no poco, a caldear la ya caliente caldera. ¿Cómo? Enviando árbitros que en muchas ocasiones no conocen o no saben aplicar las reglas, cosa que aparentemente también les sucede a los profesionales, o que se acobardan con un ambiente hostil, y que, sobre todo, no tiene la preparación pedagógica imprescindible para saber cómo manejar a los niños, que opinen lo que opinen los padres, las federaciones o los árbitros, no son profesionales.

Porque, ¡gracias a dios¡, los niños no son profesionales. Fingen como ellos porque es lo que ven en la tele que hacen sus ídolos. Algunos abroncan y desprecian a sus compañeros porque es lo que ven que hacen sus ídolos. Tiene la presión de ganar y ser los mejores de su equipo porque es lo que dicen los periódicos que leen sus padres y lo que sus padres esperan de ellos. Pero con todos los vicios despreciables que sus ídolos practican varias veces por semana en los televisores y que a diario son jaleados por la prensa del sector, los niños aun no son profesionales

Y muchos de ellos, la inmensa mayoría, no lo llegarán a ser nunca, pero si habrán perdido, les habrán hecho perder, una oportunidad única de aprender unos valores que en algún momento de su vida echaran en falta.

A todos los padres de los futuros Maradonas, a todas las madres, dejad que los niños lo sean todo el tiempo posible. Enseñadles a ser hombres de bien, el ejercicio de formar macarras debe de corresponder a otros ámbitos de su vida, aunque desgraciadamente no siempre sea así.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

A beneficio de los huérfanos y los pobres de la sociedad

Hay días, desgraciadamente muchos, en que viendo lo que me rodea me pregunto hasta donde va a llegar  la miseria moral de la sociedad en la que convivo. Hasta donde podremos alargar esta decadencia muelle e insana, este retorcimiento culpable de los valores que nos traemos de un tiempo a esta parte y que me lleva, a pesar de mis esfuerzos, a aborrecer por igual a personas e instituciones, obras y dejaciones.

No puedo concebir con qué criterio esta sociedad, sus miembros, creen haber descubierto una suerte de fuente de la eterna juventud, pero solo para ellos, solo para aquellos que creen, posiblemente yo también tuve mis momentos, que los viejos ya nacen así y con la única misión de entorpecer, de fastidiar, de impedir la natural evolución de la juventud.

No he empezado estas palabras con el propósito de hacer una análisis de edades, ni siquiera con el de reivindicar papeles, pero permítaseme, aunque sea de forma ocasional, apuntar que todas las sociedades pujantes, fuertes y con futuro contrastado, han partido de equilibrar la fuerza de la juventud y la prudencia de la experiencia, renuncio aposta al término equívoco de sabiduría.

Pero hablemos, que es lo que realmente pretendía, de Justicia, no de justicia reglada y formal, no de justicia penal, civil o laboral, hablemos de justicia social, hablemos del delito de lesa humanidad que esta sociedad comete segundo a segundo de su existencia. Hablemos de acaparación, de avaricia desmedida y de abandono, de abandono cruel y culpable.

Porque abandono cruel y culpable, abandono miserable moral y éticamente es el que esta sociedad perpetra contra sus mayores a cada instante de cada día. Porque abandono lamentable por sus términos y su profundidad es el que sufren los mayores de esta sociedad, los discapacitados de este país, y me consta que de otros, cuando llegando a la edad en la que esperan que se les devuelva en forma de atención y cuidados que les son, no necesarios, imprescindibles se sienten abandonados, ninguneados, estafados, maltratados.

“abandono cruel y culpable, abandono miserable moral y éticamente es el que esta sociedad perpetra contra sus mayores a cada instante de cada día”

¿Cómo puede una sociedad permitirse, amparada en sus estructuras y criterios burocráticos, mirar para otro lado mientras algunos de sus miembros más débiles y necesitados malviven, malmueren, en condiciones infrahumanas? ¿Cómo puede permitir la soledad, la incapacidad, la discapacidad, la necesidad que personas sin recursos por edad, por formación, por vivencias sufren cada día y ampararse en un trámite burocrático, en un impreso, en una miserable y cochina mirada social para desentenderse del problema?

Pero si esta mirada sucia, inhumana, indecente, de la sociedad provoca en mí el desprecio más absoluto ese sentimiento se convierte en rabia y frustración cuando además me fijo en el agravio comparativo que ciertas informaciones, ciertas exhibiciones diría yo, ponen habitualmente ante mis ojos.

Es triste que la sociedad no sea capaz de demandar, de proveerse, de unos mecanismos que impidan el enriquecimiento abusivo de unos pocos frente a la necesidad de unos muchos. Es triste pensar, y más vivir, el abandono de nuestros mayores, de nuestros discapacitados de cualquier edad, de nuestros enfermos, de nuestros abandonados a su suerte. Y digo nuestros, en general, porque si nuestros fueron los beneficios de su trabajo, de su discurrir vital, de su inteligencia o torpeza, nuestras son ahora sus cuitas. De todos, de la sociedad.

Pero con ser triste, lamentable, indigno, me gustaría reflexionar sobre ciertas preguntas que acuden a mí cabeza cuando me cruzo, prácticamente a diario, con hechos que mi conciencia no consigue asimilar. Y para plantearlas y que sean comprensibles establezcamos una medida base, la pensión mínima de jubilación: 637,70 euros al mes. Si, insuficiente para vivir dignamente, miserable, pero es lo que hay y nos va a permitir poner en cifras nuestra reflexión moral.

¿Puede una sociedad sana, medianamente equilibrada y con valores, permitir que exista una lista, hablo de la lista Forbes, en la que el señor más rico de este país acumula un capital equivalente a 111.337.619,60 pensiones mínimas mensuales? ¿O sea la pensión anual de 7.952.687 personas viviendo en necesidad? ¿Posiblemente algunos de ellos con discapacidades que no pueden solventar por carencias económicas?

Claro que si en vez de coger solo a uno, tomamos los datos de los 50 más ricos del país podremos comprobar que acumulan 278.751.764,15 pensiones mínimas mensuales, o podrían pagar  una anualidad entera de miseria a 19.910.840 necesitados.

Aunque ¿qué podemos esperar de una sociedad que permanentemente saca en los papeles, y hace sus ídolos, a unos niños mimados que, por poner un ejemplo, exhiben periódicamente sus coches nuevos, uno más además de los que les regalan, con cuyo precio se pagarían 3.753 mensualidades de necesidad? O por ponerlo en otros parámetros, y hablando de uno concreto, ¿que por dar patadas, eso sí, muy eficazmente, a una pelotita gana cada minuto lo mismo que 146,5 personas necesitadas en un mes?

Posiblemente tampoco eso sea para escandalizarse si hay corporaciones, empresas, administradoras de, en realidad que comercian con, bienes de primera necesidad como la energía que mientras cortan el suministro, gas y electricidad necesarias para preparar los alimentos, para la higiene y  combatir el frío, a personas en estado de necesidad se permiten declarar, solo una de ellas, beneficios en 2013 por un importe de 8.395,41 pensiones mínimas mensuales con las que esas personas podrían alimentarse y, es posible que, hasta pagar los servicios que les hubieran prestado con unas tarifas más justas.

Y es que una sociedad que hace de la necesidad de los pobres el beneficio de los ricos es una sociedad, no injusta, no desequilibrada, miserable e indigna.

Por cierto, y que no se nos olvide, qué  podemos esperar de un Estado que emplea en su órgano recaudatorio principal, en su burocracia y su faceta coercitiva, 228,600 pensiones mínimas mensuales, insuficientes, patéticas. Es verdad, si además hablamos de las remuneraciones y prebendas de toooodos los cargos públicos, semipúblicos, de favor y beneficiados la cara se nos puede caer de vergüenza. Se nos debería de caer de vergüenza o podrida por el llanto de la impotencia y la pena por los miles y miles de conciudadanos que conviven su miseria, su necesidad, a nuestro alrededor.

Recuerdo, como no, aquella canción del grupo “Desde Santurce a Bilbao Blues Band” que hablaba de la fiesta que daba la marquesa en la que los invitados bebían, comían, vomitaban y flirteaban a beneficio de los huérfanos. Al día siguiente:

A las 10 de la mañana

los huérfanos trabajaban.

Y los pobres mendigaban.

Los invitados… RONCABAN

Pero todo ello era…

 

 

A beneficio de los huérfanos,

los huérfanos, los huérfanos

y de los pobres de la capital

 

Es posible que alguien confunda esto con un manifiesto comunista, revolucionario. No, no lo es. Y no lo es porque no creo que exista la igualdad absoluta ni creo en el absolutismo necesario para intentarla. Pero si creo que mientras se codeen la necesidad y el lujo, mientras convivan miseria y riqueza habría que intentar, habría que lograr un sistema que además de marcar la miseria mínima con la que puede castigarse a los ciudadanos también legislara la opulencia máxima con la que puede ofenderse a los necesitados. Salario mínimo frente a beneficio máximo. Eso sí sería Justicia Social, convivencia ciudadana, Ética humanitaria. A beneficio de los huérfanos y de los pobres de la sociedad.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

En el cielo están preocupados

En el cielo están preocupados. No sabemos, porque el tiempo del cielo, como es del dominio público, es diferente al tiempo en los lugares mortales, pero la preocupación es evidente.

Movimientos inusuales e inusualmente acelerados en los despachos cercanos a la cúpula, corrillos que se hacen y se deshacen con los ceños fruncidos, gestos de perplejidad, que si en la tierra siempre resultan preocupantes en un entorno donde todo se sabe no son preocupantes, son apocalípticos.

Como empezaba diciendo, en el cielo están preocupados. Nadie entiende que pasa con San Jorge. Hay quién dice que el dragón, con su última llamarada, ha conseguido penetrar en su espíritu, hay quién habla de salidas a escondidas del cielo para reunirse con sabe dios, que debería de saberlo, quién, a sabe dios, que seguro que lo sabe, donde. Se murmura que algunas veces ha dejado rastro de elementos propios del Planeta Tierra a su vuelta.

En el cielo hay dimes y diretes, hay idas y venidas, hay preocupación por los trajines de San Jorge. Pero, y se me perdonará la irrespetuosidad, el problema es que en el cielo se lee poco, o, para ser más exactos, nada.

Porque si en el cielo se preocuparan de leer algo, o siquiera de sintonizar, que para ellos es gratis, cualquier canal de radio o televisión y oyeran las noticias, estarían, entonces sí, preocupados y con motivo.

Porque no puede ser casualidad. Seguro. No puede ser más que un plan astuta y arteramente concebido. Un plan arriesgado sin duda ya que la última vez que alguien en el cielo hizo un movimiento de este tipo acabó compartiendo espacio con el mismísimo Satanás.

San Jorge está preparando todo para pedir un cielo independiente. Estoy convencido. No puede ser casualidad que aquellas tierras en las que él es el patrón, protector y garante de sus destinos, estén enzarzados en proyectos de cariz rupturista.

Sí, es verdad que tanto Cataluña como el Reino Unido llevan siglos de historia dando la matraca con sus hechos diferenciales, y su pretensión de estar unidos a proyectos mayores aunque solo para lo que a ellos les parezca bien, pero, y como decía al principio de esta reflexión, el tiempo en el cielo discurre de otra manera, y lo que a nosotros pueden parecernos siglos a ellos no tengo ni idea de cuánto puede parecerles. Poco, seguro.

Y en la Tierra, también estamos preocupados. No hay más que observar, escuchar, alrededor y el tema es omnipresente. ¿Veis? Como en el cielo, omnipresente.

“Sí, es verdad que tanto Cataluña como el Reino Unido llevan siglos de historia dando la matraca con sus hechos diferenciales, y su pretensión de estar unidos a proyectos mayores aunque solo para lo que a ellos les parezca bien”

Cuanto más lo pienso más convencido estoy. Toda la culpa es de San Jorge, o del dragón si hacemos caso a las teorías conspiratorias. No en vano el dragón, hasta estos tiempos en que los animales son los buenos en todo, siempre ha sido una representación del mal, de la destrucción, del fuego que todo lo arrasa.

Pobre San Jorge, tal vez algún santo amigo debería de hablar con él y explicarle lo que es evidente para cualquier estudioso de los asuntos humanos. Esa manía de no leer que tienen en el cielo, de saberlo todo al mismo tiempo, tal vez los hace perder la perspectiva temporal. Alguien debería explicarle que desde que dios hizo ¡bum! y el universo, o los universos, empezaron a expandirse, la tendencia general es que todo vuelva al origen, a la unidad. Aquello del alfa y el omega.

Y sería conveniente, incluso necesario, que quién se decidiera a hablar con el bueno de San Jorge lo hiciera antes de que dios decida salir de su habitual ensimismamiento, porque entonces, posiblemente, ya no tenga solución.

En fin, que en el cielo están preocupados, de una forma, y en la tierra también, aunque sea de forma diferente. ¿Y yo? Pues también estoy preocupado, por ellos, fundamentalmente, por San Jorge, por Cataluña y por el Reino Unido,  claro que siempre puedo gritar eso de ¡Santiago y cierra España! Y es que al fin y al cabo siempre es un consuelo tener como patrono a un santo más preocupado de unir que de otras veleidades.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Los Roba gallinas y los “Otros”

No habíamos pensado nunca que los roba gallinas somos el pueblo incluida la clase media-media.

 

 Ciudadanos que producen riqueza, pagan los impuestos y reproducen nuevos ciudadanos. Sin embargo, sí por el devenir de la vida alguno pierden el sustento, se ven envueltos en procesos administrativos, judiciales, con la hacienda pública o simplemente manifestar una opinión contraria a la establecida por la autoridad. Al ciudadano normal se le obliga a pagar multas excesivas so pena de embargarles los bienes o entrar en prisión. El pueblo no entiende ni puede costear el entramado legal-judicial al que está sometido. Un ejemplo de estos ciudadanos son los castigados a penas de cárcel por gastarse parte del rédito de una tarjeta encontrada en la calle en comida para sus hijos, por el robo de una bicicleta o por delinquir para conseguir una dosis de droga. Todos ellos ya han sido excluidos del sistema y es el único camino que les brinda la sociedad para malvivir cada día.

Por otro lado están los “Otros”. Los que han confeccionado durante siglos un código legal lleno de recovecos a su imagen y conveniencia con el fin de utilizar la ley, las formalidades, las influencias y el dinero para alargar los procesos mediante recursos tras recursos, destrucciones de pruebas “ destrucción del ordenador a martillazos”, prescripción de delitos y suma y sigue. Todo lo expuesto y lo obviado permite a los “Otros” conseguir sentencias absolutorias o extraordinariamente benignas en relación a las fechorías cometidas.

Nadie que no sea peligroso para sus semejantes debería entrar en prisión. La cárcel no mejora a las personas. Debería de haber otros medios que sirvieran para rehabilitar y reintegrar a los delincuentes y marginados en la sociedad. Ahora bien, sí un señor roba a un particular o a una empresa está obligado a pagar la deuda con sus bienes. En caso de ser insolvente se le descuenta una cantidad de sus salarios futuros, o considera un indigente toda la vida.

Agradecería que alguien nos informara sobre lo siguiente. ¿En qué galaxia vivimos, en qué planeta? Cómo es posible que en una democracia europea supuestamente avanzada los políticos, financieros y otros delincuentes de altos vuelos condenados, no devuelvan hasta el último euro indebidamente apropiado y de algún modo paguen a la sociedad el daño causado. Ese dinero no reintegrado no es del Estado sino del pueblo que con su sudor ha pagado impuestos para tener una mejor sanidad, educación, pensiones y un futuro mejor.

Ciudadanos estas son las dos Españas, una crea riqueza con su trabajo y sus impuestos, mientras la “Otra” se sirve de los roba gallinas para vivir a costa del pueblo, saquear el país, enriquecerse y llevar el dinero a buen recaudo a paraísos fiscales.

Cuando los políticos nos comparan con otros países europeos siempre resaltan los aspectos que a ellos les interesan pero se olvidan de las desigualdades que nos alejan del progreso. Piensan que el pueblo no sabe lo que le conviene, pero ellos sí saben cuáles son sus conveniencias. Con este fin los “Otros” intentan crear un clima de miedo y crispación dividendo a España entre rojos, nacionalistas y españolistas.

“Ciudadanos estas son las dos Españas, una crea riqueza con su trabajo y sus impuestos, mientras la “Otra” se sirve de los roba gallinas para vivir a costa del pueblo, saquear el país, enriquecerse y llevar el dinero a buen recaudo a paraísos fiscales.”

Sin embargo, el discurso cala cada día menos en la población. Los ciudadanos quieren gobiernos democráticos que hagan funcionar el Estado de modo equitativo y a partir de esta premisa allá cada uno con sus preferencias. Estamos cansados de sentir vergüenza de la clase dirigente.  Cuando afirman que ta

o cual corrupto ya no pertenece a una sigla se olvidan que cuando votamos no elegimos a personas sino a los partidos y que son estas agrupaciones las que confeccionan la lista de los candidatos. Por tanto, las formaciones son la responsables de la corrupción perpetradas por sus miembros durante los mandatos.

Estos pueblos “ignorantes y manejables” saben y reconocen con resignación, la extracción continúa de la riqueza del Estado a favor de los “Otros” en la Historia de España y se asombran que ni la entrada en la Comunidad Europea haya sido capaz de revertir la situación.

Presuntamente todos con grandes proclamas intentaran crear un pacto para dar la apariencia de renovación de todo lo sucedido durante estos últimos cuenta años. Pero lo seguro es, “que todo cambiará para que siga igual”. Los poderes no van a consentir convertirse en roba gallinas trabajadores y pagadores de impuestos con los mismos deberes y derechos que el pueblo. Cada día cuando me despierto pienso en la grandeza de los pueblos del Estado español cuando a pesar del aumento de la desigualdad promovida por el expolio continuado de los “Otros” seguimos adelante.

© Carmen Garrido

La sombra de Felipe González

Permitidme que os enseñe un video

Felipe González y las puertas giratorias en 1982

Felipe González y las puertas giratorias en 1982

Publié par Spanish Revolution sur samedi 19 novembre 2016

Han pasado treinta y seis años,  y este señor sigue manejando los hilos dentro del Partido de la rosa, de esa rosa llena de espinas y que tanta sangre esta causando dentro de su seno. Sangre de militantes de base que ven frustradas sus expectativas al permitir que en este país gobierne la derecha, de ver como quien debía ser la referencia dentro del partido esta intoxicado por una droga que quien la prueba se convierte en un ser pérfido y egoísta.

No es de extrañar que este señor vea en Pablo Iglesias, en el de ahora y en el de antes, la imagen de lo que él fue en su día, de ahí ese rechazo, porque no querrá recordar que existen unos valores sociales que hacen que se avergüence en lo que se ha convertido.

Que casualidad que aquel que condenaba las puertas giratorias no se haya bajado de ellas desde que se convirtiese en expresidente del gobierno.

Pobre familia socialista, mis primos hermanos, con un patriarca convertido en uno más de esos que no hacen la vida nada fácil al obrero, en un hombre gordo de los manjares que muchos no alcanzamos ni siquiera a oler, y no me refiero sólo a la comida, sino a una forma de vida propia más de un burgués que de quien tiene que levantarse todos los días a las seis de la mañana para cobrar al final de mes un salario que ni siquiera llega a superar la quincena del siguiente, ni siquiera mileurista.

“Que casualidad que aquel que condenaba las puertas giratorias no se haya bajado de ellas desde que se convirtiese en expresidente del gobierno.”


Repelente persona que bien merece ser considerado más un socio-listo que  un socialista, ¿a santo de qué?… Una imagen acartonada, un busto que nos recuerda que venimos del mono aunque en su caso menos evolucionado… un ricachón, no por méritos propios sino por servirse de la política en su propio beneficio. ¿Cómo puede un homínido así atreverse a dar consejos dentro de su partido, manejando los hilos desde la sombra?, ¿cómo pueden ciertos socialistas venerar su persona y ponerla como ejemplo?, ¿ejemplo de caradura o de sin vergüenza?

Este es Felipe González, con más sombras que luces, quizá sólo una, pero entonces era un simple abogado laboralista con una chaqueta de ante desgastada, cuando no le daba vergüenza levantar el puño izquierdo  para honrar a todos los obreros del mundo mientras cantaba la internacional. ¡Arriba parias de la tierra, en pie famélica legión!, que contraste… el ahora y el ayer, socialistas y no un partido aburguesado que comulga con un sistema en el que la justicia social abunda por su ausencia, demonizando la lucha social, único camino que nos dejan, porque ni siquiera cumplen con el mandato representativo asumido de sus votantes, quizá porque el humo que vendieron se ha esfumado.

 

 

Olga Sánchez Rodrigo
Busco la verdad para contársela al mundo. No creo en la neutralidad del periodista, casi siempre es de quien le paga. Por el contrario, SÍ CREO y APOYO al periodismo ciudadano, el hecho por gente de la calle, gente que cuenta lo que le pasa.

El término por la palabra

 

Disponía nuestra anterior ley de enjuiciamiento criminal (LECrim, en adelante) de varios términos para identificar a la parte sobre la que recaía el proceso, de tal forma que uno podía saber perfectamente en que estado se encontraba el asunto dependiendo de cómo lo llamasen.

Por supuesto, no todo el que sufría un procedimiento penal en sus carnes tenía que pasar por ser identificado por todos y cada uno. Así, uno podía ser acusado pero más tarde podía resultar absuelto, no llegando nunca a ser condenado ni reo, por ejemplo.

Teníamos, así, términos como detenido, imputado, acusado, condenado o reo. Todos determinaban la posición que ocupaba el justiciable en cada uno de los momentos procesales, si es que debía estar en alguno de ellos, claro.

Pero, llegó el momento de encausar -no sé ya si estará bien expresado- a determinados políticos,  pues de la investigación de hechos delictivos aparecían indicios de que tales personas podrían ser partícipes de aquel ilícito. Aquello «se les fue de las manos» a las fuerzas y cuerpos de seguridad y empezaron a brotar políticos en las causas como si de setas se tratase. De una simple investigación, aparecían tres más. De esas tres, quince más. Y así. Esto era y es un no parar.

Y claro, saltaban a los medios, porque aquellos presuntos eran políticos. Y cada vez eran más, y más conocidos. Y estaban de todos los colores, sexos, ideologías, orientación sexual, creencias y tamaños -en pleno respeto a nuestro adorado artículo 14 de la Constitución, en adelante CE-. Aquellos pedían y exigían respeto a su derecho a presunción de inocencia (artículo 24.2 de la misma Carta Magna), aún con sentencia condenatoria firme.

“Claro, ya se oía mucho aquello de «imputado» por los pasillos de las Cortes. Más que eso de «elegible», «candidato», «consejero», «diputado»… Y la palabra «imputado», aunque rimaba, era muy fea.”

Claro, ya se oía mucho aquello de «imputado» por los pasillos de las Cortes. Más que eso de «elegible», «candidato», «consejero», «diputado»… Y la palabra «imputado», aunque rimaba, era muy fea. Denostaba a los compañeros. Ya no se apreciaba todo aquello que habían hecho por el bien de la plebe de forma desinteresada.

Conforme aparecían imputados, se diluía el significado de «desinteresado». Es más, nos daba ya  al -ahora para ellos- populacho, la impresión de que era más un interés «más que interesado». Así no los podríamos creer. No los podríamos votar. ¡Perderían su puesto! ¿Y qué harán ahora? Todavía no se habían colocado todos en alguna energética o multinacional anteriormente favorecida de turno. ¿Quién iba a recibir a un «presunto criminal imputado»?

Al ser tantos, entre ellos amigos y otros dispuestos a perder esa amistad a cambio de una reducción de condena, de manera totalmente previsora -no como en otros asuntos menos importantes para el gobernado como cláusulas bancarias, energías renovables, tarifas eléctricas- decidieron «ajustar» los términos empleados a una realidad más actual.

Así, a través del preámbulo V de la Ley 13/2015, de 5 de octubre, de modificación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal para el fortalecimiento de las garantías procesales y la regulación de las medidas de investigación tecnológica (ahí es nada), se presentó la justificación del cambio de denominación. Desde 1882 se venían usando prácticamente los mismos términos, pero como digo, el común no pierde nada si se le tilda de «imputado». El gobernante sólo puede ser tratado de absuelto, inocente (o Infante de España, que en algunos honrosos casos ya es causa de) o, en cualquier caso, parte-inocente-que-puede-conocer-algún-detalle-que-ayude-al-esclarecimiento-de-los-hechos-y-que-«están-deseando-ir-a-declarar-ante-el-Juez-para-aclarar». Pero ese último término quedaba muy largo, así que pensaron en uno más corto pero que no hiciese mella en sus intachables conductas y reputación. «Investigado» queda bien, pensaron. Y así lo hicieron. Y en alarde de benevolencia y magnificencia le regalaron tal término a todos los justificiables, sin distinción -otra vez, en defensa del art. 14 de la Constitución Española-.

Explica el preámbulo de la citada norma que se cambia tal término para evitar connotaciones negativas -antes no debían ser tan negativas, apreciaron- y estigmatizadoras -debe ser que esta cualidad la aportó la aparición de las redes sociales, de ahí que ahora sí son estigmatizadoras y antes no-. Se aplica -investigado, se entiende- cuando son sólo «meros sospechosos», aquellos sobre los que no hay suficientes indicios para atribuirle formalmente la comisión de un delito.

«Encausado» será aquel a quien la autoridad judicial le imputa (imputado, pues) indicios razonados y suficientes de tener actividad y participación penalmente punible en la comisión de un hecho delictivo en concreto. En realidad lo que hacen nuestros tribunales es, una vez valoradas las pruebas practicadas y analizada una acusación fundada que solicita la continuación del procedimiento, decir si hay indicios suficientes o no que puedan hacer pensar que hay un delito y que la persona de la que hablan puede tener alguna responsabilidad penal, y si los hay, se le imputa/encausa. De otra forma se podría entender como que «imputa» quiere decir «sentencia», lo que sería en realidad aplicable el término  «condenado» y no «encausado», claro. Aquí también se usa el término de «imputado», «acusado» o «procesado», pues ya hay una acusación sobre unos hechos concretos, una determinación de la actuación sobre el que versa, se establece el grado de participación y si hay circunstancias eximentes, atenuantes o agravantes (así como petición de condena detallada para cada uno de los actos de los que se le considere responsable y, si lo hubiere, cuantía de responsabilidad civil). Es decir, que hay indicios más que suficientes y claros como para pensar que eres culpable.

Y esta reforma la propuso el partido que hoy sigue en lo alto de nuestras Cortes. Aún así no les ha parecido suficiente, o se han dado cuenta de que no anduvieron todo lo fino que hubiesen debido. Tal es su suerte que ahora llaman a Diego digo, y viceversa.

Y es que, aunque compartan acepciones, «término» y «palabra» no siempre son lo mismo, por más que, a través de una demagogia oculta tras un leve velo transparente de analogía, quiera uno hacer valer gato por liebre. De esta forma, cierto político que ahora está en todos los medios -póngase, en realidad, a cualquiera de los actuales- en su día dio su «palabra», aquella que siempre se cumple (5º y 6º significado en el DRAE), de que si a su nombre le acompañaba el «término» (8º significado en el DRAE) «imputado» dimitiría.

Y llegó el momento, en que haciendo uso de la nueva nomenclatura, en atención respetuosa a nuestras leyes, y sin que eso signifique resolución alguna, se procedió a la imputación de este señor. Y este caballero no dimite, ni dimitirá. Solicita paciencia al vulgo, pues demostrará que nada hizo y que es inocente. No se ha puesto en duda, por quienes le precisan cumplimiento, del resultado de su pleito. Sólo le instan a cumplir con su palabra, lo cuál no hace aunque ahora intente confundir con retóricos  (entiéndase a la tercera acepción de la palabra en el DRAE) términos.

Ahora lo defienden desde más arriba poniendo como ejemplo a otros -sus compañeros de pactos, que no de color- que «metieron la pata, pero no la mano», aludiendo a que es el mismo supuesto. Pero, por más que intenten confundir al pueblo y a sus «compadres», la palabra que dio no fue respecto de una condena, sino sobre un término que se ajustó a su gusto, dejándolo sólo para singular estado dentro del proceso penal.

Así que, en cumplimiento de sus funciones, cumpla con su palabra, o vuelvan a modificar el término; y si no, sinceramente y para todos los que se encuentren en esa misma situación, espero que el incumplimiento de su palabra sea el término de su carrera político-pública.

© David Breijo. Abogado.

En defensa de los valores

“Todos, todos me miran al pasar, menos lo  ciegos, es natural” y mi sensación actual es que estoy rodeado de ciegos, de los peores ciegos que  existen, los que no quieren ver.

Al parecer esta ceguera que se ha apoderado de la sociedad de unos años a esta parte, pero que aún debería de ser reversible, se desarrolla de una forma insidiosa, paulatina, casi voluntaria, de tal forma que el ciego lo acaba siendo por su propia determinación.

Empieza viendo solo la realidad que le rodea con un solo ojo, el que le marca su ideología, mientras cierra el otro cada vez con más fuerza hasta que, víctima de la misma inoperancia, del sistemático olvido de la función se desconecta definitivamente y  produce una ceguera parcial en el individuo que a partir de ese momento no tendrá más opción que seguir mirando sesgado.

Aunque esta pérdida pueda parecerle a algunos irrelevante e incluso conveniente a otros, la verdad es que realmente es irreparable porque ciertos valores solo son apreciables, solo son aceptables desde una perspectiva de visión dual. Esos valores dañados, olvidados, perdida la perspectiva son además los valores fundamentales que todo hombre de bien debería de defender por encima de sus propias y parciales convicciones: La Justicia, la Verdad, la Solidaridad, la Libertad y el Respeto.

Ninguno de estos valores es defendible si el individuo se empeña en mirar con un solo ojo y olvida que hay siempre, siempre, otra perspectiva de cualquier suceso o problema que es, como mínimo, tan válida como la suya.

La Libertad que hay que defender no es la propia, es la ajena. La solidaridad que hay que practicar no es con los que nos son afines, si no con los que nos son ajenos. La Justicia que hay que lograr no es la que dicta lo que yo creo si no la que preserva la inocencia en su máxima posibilidad. La Verdad que tenemos que buscar no es la que hace a unos mejores que a otros si no la que nos permita ser  a todos iguales. El respeto que tenemos que sentir, no el que practicamos, si no el que nos tiene que salir de dentro, el que nos permite escuchar las ideas de los demás, aunque sean contrarias a las nuestras, con la misma ecuanimidad y atención, o mayor según el grado de perfeccionamiento, con la que ellos deberán de escuchar las nuestras.

“El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.”

El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.

No puedo evitar cada vez que me asomo a las redes sociales sorprenderme de la bajeza que practican sectariamente personas que en la vida real, en el encuentro físico me parecen personas inteligentes y razonables.

Supongo que el anonimato, aunque sea nominal, del ordenador, el no estar físicamente sosteniendo lo dicho hace que muchas personas, insisto inteligentes, aparentemente ecuánimes, comprometidas con los valores, entren en una atroz carrera por decir la burrada más ocurrente, la patochada más soez e innecesaria, la barbaridad más insostenible, la irrespetuosidad más miope sobre los más diversos temas y personas, sin darse cuenta que lo mayores reos de sus disparates son ellos mismos y su credibilidad.

No dudo, en realidad estoy convencido, de que como los avaros de los cuentos su única satisfacción será frotarse las manos mientras recuentan los me gusta y los comentarios huecos y lisonjeros que responden a sus palabras.

Yo, que pretendo seguir siendo yo y para eso necesito que los demás sigan siendo los demás, todos, sin excepción, me declaro reo de mis palabras, sean escritas orales, firmadas o sin firma, porque mi único interés es la preservación y perfeccionamiento de los valores individuales fundamentales. Verdad, Justicia, Solidridad, Respeto  y como consecuencia Libertad.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Mujeres imprescindibles

 

Ocho de marzo… día internacional de la mujer… ¿Qué diferencia a la mujer respecto al hombre para que se la tenga que dedicar un día a nivel internacional?,

sólo se me ocurre una respuesta que engloba todas su virtudes sin resulta empalagoso: mujeres imprescindibles, como lo es el sol para que haya vida en nuestro pequeño planeta.

Pero, por este mismo razonamiento el hombre también sería imprescindible, ya que si ponemos, por ejemplo, la maternidad como forma crear vida, ésta no sería posible sin que el hombre pusiera de su parte, aunque nada se parece el hecho de copular con el de concebir a un hijo y tenerlo que aguantar durante nueve meses en seno materno, con lo bueno y lo menos bueno que ello supone; por lo tanto, si pusiéramos en un ranking una y otra función, la mujer nos adelantaría, como también lo hacen en otras muchas capacidades.

Sin irnos muy lejos del lugar donde habitualmente se concibe a los hijos, hay otra diferencias sustanciales que nos aleja de ellas como lo es el hecho de que mientras la sinapsis cerebral en los hombres tiene lugar en una parte del cerebro que fomenta actitudes como la actividad sexual, en el sentido más mecánico de la palabra, o  la agresividad, sin embargo, en el cerebro femenino destacaría las zonas destinadas a escuchar y a la empatía.

Otro ejemplo, sin querer resultar pesado, sería el alto nivel que tienen con respecto a los hombres en cuanto a la tolerancia al dolor, bastante más alto que el nuestro, lo que las ayuda a lidiar con la agonía de dar a luz o los dolores menstruales.

En fin, la lista de actitudes que nos diferencia a ambos sexos podría ser bastante más larga que lo previsto para este artículo, así lo afirman las investigaciones llevadas a cabo por la Doctora Louann Brizendine, profesora de neuropsiquiatría en la Universidad de California, plasmadas en su libro “El cerebro femenino” (RBA), en el que me ha apoyado para hacer las anteriores aseveraciones.

Sin embargo, el motivo por el que se encumbra a las mujeres en un día como hoy, no lo es tanto por nuestras diferencias físicas y psíquicas, sino por la subyugación y desigualdad de la que han sido objeto durante siglos con respecto a nosotros; abanderando con ello una lucha de carácter internacional para crear entre todos un legado histórico de estrategias, normas, programas y objetivos  para mejorar la condición de las mujeres en todo el mundo, promoviendo su participación en condiciones de igualdad con los hombres en el logro del desarrollo sostenible, la paz, la seguridad y el pleno respeto de los derechos humanos.

Se trata pues de un empoderamiento más que merecido de ellas y  conseguido por ellas, dentro de una sociedad que, por desgracia, en pleno Siglo XXI todavía sigue siendo machista en sus comportamientos, como lo es la desigualdad en el mercado laboral, dentro del cual los hombres siguen ocupando mayores puestos de dirección, aún no mereciéndolo o estando menos capacitados que ellas, o por percibir un menor salario que nosotros en un mismo puesto de trabajo.

“Se trata pues de un empoderamiento más que merecido de ellas y  conseguido por ellas, dentro de una sociedad que, por desgracia, en pleno Siglo XXI todavía sigue siendo machista en sus comportamientos”


Sí, hoy es un día dedicado a las mujeres corrientes que han luchado y siguen luchando por un mejor puesto en la sociedad, que no es otro que el que se merecen y tienen derecho, y tan simple como ser absolutamente iguales que los hombres. También estoy han pensando en aquellas pobres mujeres por su destino, pero seguro que valientes  en su vida que han perecido, objeto de violencia de genero por parte de sus parejas, de “medios hombres” que no saben que “mi mujer” no es sinónimo de posesión, ni de subyugación, ni de servilismo; sino de lucha en común por un proyecto de vida, así como de compartir, tolerar y de otras muchas acciones en común que se pueden y deben englobar en la palabra amor, empezando por el más absoluto respecto, elevado a un nivel casi sacro, a quien decidió un día compartir la vida con nosotros.

Dedicado a vosotras,  y especialmente a mi madre, que hoy cumple años.

 

 

 

 

 

Feliciano Morales Martín
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

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