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Los derechos, la lógica y la razón

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Uno de los grandes problemas de esta sociedad en la que estamos inmersos es la facilidad con la que se reclaman los derechos, y esa facilidad, esa permisividad en la reclamación de los derechos propios, suele llevar aparejada una falta de sensibilidad preocupante hacia los derechos ajenos. Y me preocupa, sobre todas las actitudes, esa reclamación áspera, violenta que se vale del insulto, cuando no de la agresión, para desacreditar al que pone en duda el derecho reclamado, o simplemente contrapone otro hecho que le sea más propicio como agravio justificante aunque nada tenga que ver con el derecho reclamado pero si sirva para desvirtuar la alegación del oponente

Pero lo peor es que esto no sucede solamente a nivel de individuos, si no que se han puesto en marcha colectivos militantes de derechos minoritarios cuyos usos, y abusos, parecen llevar aparejada más en su intención la erradicación de los derechos ajenos antes que la consecución y armonización de los derechos propios.

Las redes sociales son un ejemplo claro de cómo las ideologías de parte recurren a cualquier actitud, incluso las más miserables, para reivindicar “su derecho” sin reparar o sin importarles que existan otros derechos, en muchos casos de mayor rango, que quedan absolutamente rebasados.

Se podría abrir el debate sobre el rango de los derechos, pero me temo que el principal problema es que dado el cariz de los defensores de “sus derechos” y la capacidad de diálogo que habitualmente exhiben nada sería capaz de convencerlos de los derechos ajenos que pudieran contravenir su absoluta razón.

Y para no averiguar si fue antes el huevo o la gallina, los políticos hacen últimamente demostración palmaria de sectarismo, populismo y desvergüenza, reclamando, creando, anteponiendo derechos sin ningún rigor, posibilidad de defensa en cualquier tipo de foro que no les sea propio o viabilidad.

Por no hablar, que hay que hablar e indignarse, del permanente ataque al lenguaje que nos es común y cuya degradación por sus intereses y manejos me parece indecente. Indecente e interesado porque gracias a ellos, y a nosotros que les reímos la gracia, ya no nos va quedando ni la palabra.

Lo cierto es que desmontar todas estas falacias es sencillo. En realidad es sencillo desde la razón, que es lo que no están dispuestos a utilizar los consideran que la tienen. Basta con aplicar la lógica binaria a cualquier derecho que se quiera, o se considere con derecho a, ejercer. La lógica binaria, y los diagramas de flujo que son su representación gráfica, es una herramienta que utilizamos los programadores para llegar a un resultado partiendo de los datos. Solo admite las respuestas si y no a cada pregunta, y si en alguna puede haber lugar a matices es porque nos hemos saltado preguntas intermedias. Me permito adjuntar uno básico, no exhaustivo, y en el que la única licencia que me he permitido es considerar de mayor rango la legislación internacional que la local y lo he hecho solo por clarificar su lectura, ya que me hubiera bastado preguntar en un bucle numérico por legislación de rango correspondiente, sin especificar, y cerrar el bucle de legislaciones con una pregunta de si hay más rangos.

“Lo cierto es que desmontar todas estas falacias es sencillo. En realidad es sencillo desde la razón, que es lo que no están dispuestos a utilizar los consideran que la tienen. Basta con aplicar la lógica binaria a cualquier derecho que se quiera, o se considere con derecho a, ejercer.”

Haz clic aquí para ver diagrama de flujo

 

Como ya he dicho, para aquellos que consideran que el único uso posible de la razón es tenerla molestarse en comprobar lo que les es obvio no es una posibilidad.

Recuerdo con nostalgia aquel maravilloso programa de TVE que se llamaba el Monstruo de Sanchezstein y que obligaba a los niños a descomponer sus órdenes complejas en órdenes simples si querían alcanzar alguno de los regalos que el monstruo podía llegar a tener a su alcance. Pero enseñar a pensar a los niños, y que decir de los adultos, enseñarlos a razonar y enfrentarse a lo correcto, no es una de las prioridades de la enseñanza en esta sociedad. No lo es en los centros de enseñanza ni lo es en las familias. Es más fácil, más asequible, el abuso, la discriminación ¿positiva? y el insulto como medios para obligar a los demás a respetar el derecho de aquellos que siempre tienen razón y lo único que pretenden es educarnos a los demás. Eso o promover a las más mínima oportunidad una ley que convierta a los no conversos en delincuentes. Para que formar pudiendo prohibir, para que educar pudiendo adoctrinar.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Para gustos colores

 Mentiraspoliticas

 

Dicen por ahí que nada es verdad ni es mentira, que todo depende del color del cristal con que se mira. Y debe de ser verdad, porque gente hay, desgraciadamente mucha, que es monocromática hasta el suicidio. O dicho de otro modo que solo mira en una dirección por lo que con frecuencia se ve atropellada por los que circulan en la dirección que no miran.

Tal vez al final todo sea que yo padezco de una desviación multicromática no habitual, o un defecto óptico que me obliga a mirar en todas las direcciones posibles e intentar por todos los medios, infructuosamente, que se me lleven por delante.

No sé si es la edad, la experiencia o simple debilidad mental, pero soy incapaz de asumir las consignas, los mensajes, las proclamas de los líderes de opinión que de forma sistemática y machacona llegan hasta mí por gentileza de los diferentes medios de comunicación.

Se me plantea un problema inicial, el de la veracidad. Desde que por razones educativas tuve que viajar cuatro veces al día en el metro, y dado que no existían los móviles, ni siquiera los walkman (para aquellos demasiado jóvenes, dura enfermedad, los casetes portátiles), no había mejor entretenimiento en los trayectos que escuchar las conversaciones ajenas, aprendí que todo el que cuenta algo lo cuenta porque lleva razón. Ergo en el metro solo viajan los que tienen razón o todo el mundo cree tener razón, o existen tantas razones como colores en los cristales con que lo miran.

Así que puestos en esta tesitura me pareció que era estadísticamente improbable la identidad viajero del metro = persona con razón, por lo que, y con una pizca de autoexamen, comprobé que las historias solo las cuenta el que cree, o necesita, o espera firmemente convencido, tener esa razón sin la que todo relato tendría el feo cariz de una confesión.

Pues, tal como decía, será por esto, o no, pero he comprobado que ciertas posturas me generan, desconfianza es un término excesivo, incredulidad no es la palabra, prevención. Eso es, las declaraciones de los líderes de opinión me producen prevención en casi todos los casos, y digo casi todos porque cuando lo que oigo es un mitin de lo que sufro es de bochorno, de vergüenza ajena.

” las declaraciones de los líderes de opinión me producen prevención en casi todos los casos, y digo casi todos porque cuando lo que oigo es un mitin de lo que sufro es de bochorno, de vergüenza ajena.”




Así que puestos a examinar mi razón, la del color que sea que parece ser variable, he llegado a la conclusión de que me cuesta creer a aquel que me ofrece todo lo que yo quiero, porque yo quiero tantas cosas que dudo que haya dinero para pagarlas y si no hace falta dinero, cosa que me parecería realmente apreciable, no tengo nada clara la sistemática que me proponen para pasar de esta forma inmoral de civilización a la nueva sin dejar un reguero de cadáveres por el camino o sin encontrarme a un mesías que me arruine aún más la vida. Claro que por otra parte tampoco me creo nada de aquellos mesías del apocalipsis que solo ven la paja en el ojo ajeno y jamás llegan a ver el ojo, sobre todo porque empiezo a dudar de si la paja estará en el ojo que ven o estará en el propio, o, incluso, en los dos.

Con desesperanza he comprobado que eliminados los anteriores nada me queda por decir de los demás, entre otras cosas porque no me quedan demás con los que poder estar de acuerdo.

Definitivamente, al fin lo he comprendido, mi color es el negro. Seguramente debido a una inexistencia de fotorrecepción, o de audiocomprensión.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Un barquito chiquitito, navegando la realidad catalana

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Hay una canción popular que habla de un barquito chiquitito que no podía, que no sabía navegar. Apenas dos estrofas más adelante aclara: “Si esta historia parece corta, volveremos, volveremos a empezar”. Es una canción sin fin, como la de los elefantes en la tela de la araña o el cuento de la buena pipa.

Pero parece que esto del sin fin, o el sinfín, que aunque no son sinónimos son sinérgicos a algunos fines, no es solo propio de los tornillos, las canciones o los cuentos, que no solo afecta a las máquinas de movimiento perenne, a la dimensión infinita del universo o al eterno fluir de la existencia y la inexistencia. No, parece que la política en su permanente disparate ha alcanzado también el concepto inabarcable de lo inacabable.

Es verdad que sería tentador, casi identitario, elegir el enredo elefantiásico en una tela de araña para hablar del problema catalán, que la suma de elefantes de la extrema derecha, de la extrema izquierda y del extremo populismo europeos y nacionales no parece que vaya a conseguir romper la tela legal española, ni europea, que el entramado de mentiras y verdades parciales sería digno de una araña ingeniero de estructuras imposibles e inalterables, pero he elegido el barquito chiquitito porque da una dimensión más real de lo que es Cataluña, a pesar de esa soberbia que la lleva, históricamente, a pretender ser lo que nunca ha sido, a pretenderlo incluso en tiempos en los que la tal pretensión choca con la tendencia general de un mundo que se está organizando en bloques. Aunque es posible, dado el carácter general de soberbia del que hacen gala, que lo hagan precisamente por eso, por llevar la contraria, o porque no han sido ellos los que lo han empezado.

“porque da una dimensión más real de lo que es Cataluña, a pesar de esa soberbia que la lleva, históricamente, a pretender ser lo que nunca ha sido, “


Me recuerda, esta última posibilidad, a una experiencia con mi hijo. Tendría tres o cuatro años cuando tomó por costumbre armar la marimorena si alguien de la familia cruzaba un semáforo antes de que él lo dijera. Ni la circulación de Madrid, ni los tiempos programados de los semáforos, ni la paciencia familiar, daban para andar con esas historias, por lo que el niño acababa volviendo a casa con una perra de no te menees, con algún cogotazo que otro y a rastras. Siempre, y en esto también encuentro un cierto paralelismo, te cruzabas con algún ciudadano biempensante y que no tenía que aguantar las tonterías del niño y te miraba con aire reprobatorio a ti y de cierta, distante, solidaridad, al niño. Estaba claro que no era el suyo, el niño me refiero, y que ni siquiera sabía de qué iba el tema, pero, como dice mi mujer, y yo ratifico, no hay nada más fácil que educar a los hijos de los demás. Ni nada más fácil que solidarizarse con las opiniones que nos son ajenas, en el tiempo, en el espacio y en la posición. Me gustaría ver a esos padres, políticos o periodistas bregando con el mismo problema en su propia casa.

Pero hablábamos de barcos, por más que les llamemos barquitos y los hagamos protagonistas de una canción sin fin. Porque lo que me ha llevado, a la hora de escoger un hilo discursivo, a elegir esta canción sobre las demás opciones han sido sobre todo dos razones, que hablaba de barcos, como el tema catalán, y ese final tan propio de este recurrente problema europeo en el que todo episodio se cierra con un volveremos, volveremos a empezar. Exacto, como el barquito chiquitito de la canción.

Porque reclamar las reglas democráticas cuando se están conculcando, es hablar de barcos. Porque contar los votos como interesa, y no como son, en busca de un respaldo mayoritario inexistente, es hablar de barcos. Porque hablar en nombre de un pueblo fragmentado arrogándose una unidad que no existe, es hablar de barcos. Porque imponer el criterio de la minoría obviando, despreciando, ninguneando a la mayoría, es hablar de barcos. Porque hablar de derechos internacionales sin tener el respaldo de ningún organismo internacional, es hablar de barcos. Porque intentar crear un orden legal partiendo de una ilegalidad, es hablar de barcos. Porque tildar de fascistas a los que no opinan como ellos mientras son respaldados por toda la extrema derecha europea, es hablar de barcos, en realidad de una flota entera. Porque reclamar  para uno lo que niega a los demás, es hablar de barcos. Porque intentar pasar una lista de agravios provocadas por la propia actuación, es hablar de barcos. Porque intentar imponer una historia inventada a un pueblo y pretender que los demás se la compren, es hablar de barcos, bueno, en realidad de barquitos, de barquitos chiquititos.

Lo único grande en todo este despropósito es el rencor acumulado, el frentismo entre las personas, el tiempo que habrá de transcurrir hasta que el sentimiento pueda normalizarse, la utilización de la buena voluntad de parte de un pueblo para cumplimentar satisfacciones, ambiciones personales, cuando no para tapar corruptelas familiares.

Sinceramente creo, y así lo quiero contar, que el 21 de diciembre a las 12 de la noche en Cataluña, en España, y en toda Europa solo se cantaba una canción, un estribillo: “Volveremos, volveremos a empezar”. Y allá para algún momento del año 2018, repetiremos.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Cuéntame un cuento

Confrontacioncultural
A veces nos cuentan cuentos. A veces, si analizamos el cuento que nos han contado, nos damos cuenta de que no solo la moraleja es perversa, todo el cuento destila un tufillo venenoso que nos conduce a caminos contrarios a lo que su apariencia explica.

Es importante a día de hoy, viviendo en entornos cuyo respeto por la palabra raya en el insulto, conviviendo con personajes y medios más preocupados de vaciar las palabras de significado para acercarnos a su amorfo mundo, que de ilustrarnos, informarnos o defendernos, ser conscientes de que hay que plantarse y desentrañar los cuentos. Desmenuzar y rebatir esos cuentos adoctrinantes, partidistas y frentistas, que nos colocan con la esperanza de que finalmente caigamos en sus redes ideológicas.

Paseaba hoy por las calles de Madrid y recordaba cómo eran cuando yo era más joven, bastante más joven.  Aquellas calles en las que se podía jugar, en las que los coches eran aún pocos, que no escasos, y en las que cruzarse con una persona de otra raza era un acontecimiento. Y lo recordaba porque cruzarse con un oriental, un musulmán, un negro, o cualquier persona de etnia, ropaje o símbolo diferente a los habituales de nuestro país ya no llama la atención de nadie.

Recordé la palabra, el cuento, MULTICULTURALIDAD. Lo recordé y recordé que ese era un escenario loable, deseable, un objetivo a conseguir. Pero también recordé de forma inmediata las aberraciones, las que mí me parecían aberraciones, del bonito cuento de la multiculturalidad que tengo la impresión de que nos han colocado y que nada tiene que ver con ese concepto fraternal del término que a en principio parece querer describir.

Lo comprendí, lo visualicé claramente, al pasar por una terraza del bulevar de la calle Ibiza. Nos están engañando. Nos están utilizando. Nos están deformando. Un grupo de orientales, más de una familia si hacemos caso a la composición del grupo, se sentaba en la mesa de la terraza de uno de tantos bares, bebían cañas y comían tapas. Y lo hacían a apenas unos metros de un restaurante oriental que estaba en la acera de enfrente. Entonces lo entendí, esa era la multiculturalidad que deberíamos de perseguir, esa era la fraternidad que deberíamos tener en nuestro horizonte cultural. La multiculturalidad que suma, la que convive, la que no se ofende, la que no sirve de excusa para otros fines y posiciones ideológicas que no se confiesan, la cotidiana.

“Entonces lo entendí, esa era la multiculturalidad que deberíamos de perseguir, esa era la fraternidad que deberíamos tener en nuestro horizonte cultural. La multiculturalidad que suma, la que convive, la que no se ofende, la que no sirve de excusa para otros fines y posiciones ideológicas que no se confiesan, la cotidiana.”


Yo no entiendo la multiculturalidad del que se ofende por las tradiciones ajenas sin renunciar a las propias, no entiendo la multiculturalidad del que se pasea vestido de pantalón corto y deportivas y lleva a su esposa unos pasos más tras con burka, no entiendo la multiculturalidad del que forma guetos en los que solo pueden entrar sus afines y acusa de racismo a los demás, no entiendo la multiculturalidad como una forma permanente de sentirse agredido agrediendo a los otros.

Toda renuncia a lo propio como forma de desagravio a lo ajeno no me parece multiculturalidad, antes bien me parece una forma espúrea de erradicar una cultura favoreciendo a otra.

La palabra, que no el cuento, es ilustrativa. Multiculturalidad es una palabra compuesta de dos términos unidos, para todo el mundo es evidente pero conviene repasar por si acaso, multi, que significa múltiples, más de una en todo caso, y culturalidad, que proviene de cultura, conjunto de costumbres, creencias y conocimientos provenientes de un transcurso histórico. Y esas más de una cultura pueden relacionarse de tres formas: ignorándose, enfrentándose o conviviendo, que al final supone un intercambio y, finalmente, un mestizaje. De todo se ha dado en la historia y de todo ello ha habido ejemplos en nuestra tierra.

Pero cuando alguien nos contó el cuento de la multiculturalidad siempre pareció que hablábamos de convivencia, de tolerancia, de acogida y de respeto. Todo muy bonito, todo un cuento que se reveló en el momento mismo en que se quebró alguna de esas loables intenciones.

Porque cuando una cultura impone su criterio sobre otra, cuando una tradición es erradicada por ofensiva hacia otra, cuando una cultura no puede desarrollar sus tradiciones por imposición de otra, cuando una cultura es incapaz de abrirse a la convivencia tolerante hacia las demás, ya no hablamos de multiculturalidad, ya no hablamos de convivencia, ni de tolerancia, ni de acogida, ni de respeto. Hablamos de agravio, de imposición, de intolerancia y de abuso.

No quiero entrar en detalles, no quiero bajar a lo particular lo que no debe de dejar de ser general, no quiero ofender personalizando. No quiero y no hace falta que dé casos concretos porque cada uno ya tendrá los suyos en la cabeza después de leer mis palabras. No quiero señalar a nadie que no se haya ya señalado a sí  mismo con su actitud. No quiero poner mi marca en ninguna cultura que no se haya marcado por sí misma.

Porque el problema, el cuento, no está en los que creen que lo suyo es lo cierto, que lo suyo es lo que todos deberían de hacer, en los que, de buena fe, pretender extender su cultura a los demás, es lo natural, el cuento, el problema, la mentira, está entre los que pretenden utilizar lo ajeno para acabar con lo propio, los que consideran que cualquier mal foráneo es preferible a cualquier bien propio, los que instalados en un concepto moral superior, superior para ellos, claro, creen esconderse detrás de una actitud de comprensión que oculta una incomprensión feroz, cuando no odio, hacia otras posiciones.

Un cuento perverso mal contado que no persigue otra cosa que un final indeseable, el predomino de una posición hostil enmascarada en una solidaridad inexistente.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Juegos imposibles

ACTO UNITARIO INDEPENDENTISMO
Corre el rumor entre los bien pensados de que basta desear algo con determinación y persistencia para que el deseo se cumpla. No me consta. A lo largo de mi vida he deseado, a veces casi con desesperación, cosas que finalmente no fueron. Debe de hacer falta algo más en el entorno para la culminación del objetivo anhelado.

Pero parece ser que mi convicción, mi experiencia, no concuerdan con las de algunas personas, tomadas individual o colectivamente.

Y viene esta reflexión inicial a cuenta del nuevo mantra, nuevo desde la convocatoria de elecciones autonómicas en Cataluña el 21 de este mes de diciembre, que el espectro independentista de la política catalana ha puesto en marcha: “Veremos si el gobierno respeta el resultado de las elecciones”

Y claro, en este mensaje, como en casi todos los mensajes que se han movido en el entorno soberanista durante el proceso, tiene trampa, En realidad no es trampa como truco, si no la habitual utilización del doble lenguaje, del doble sentido de las palabras utilizadas expresando una idea que en realidad quiere poner sobre la mesa otro sentido diferente de la frase.

En el sentido literal lo expresado, es tan absurdo, tan evidente, que inevitablemente nos lleva a la convicción de que no era eso lo que pretendían transmitirnos. ¿Cómo va un gobierno, democrático, integrado en instituciones internacionales también democráticas, a no respetar los resultados de unas elecciones convocadas por él? ¿En qué cabeza cabe? Los votantes irán a las urnas según unas listas electorales públicas y publicadas, depositarán su voto, secreto o voceado, en unas mesas dispuestas y constituidas con tal fin y según sus gustos políticos personales y llegado el fin de jornada esos votos se recontarán, se sumarán, se restarán, se dividirán y se filtrarán, según la ley electoral vigente y darán como resultado la asignación de los escaños del parlamento catalán a los partidos que hayan sido, más o menos, elegidos por los votantes. Y todo este proceso se realizará con las cámaras de televisión, con los interventores de los partidos y con la supervisión de los organismos competentes. Y podrán ser cruzados, descruzados y desmenuzados, tantas veces como se quiera. ¿Cómo no van a respetar los resultados?

Entonces, ¿Qué quieren decir? ¿Qué pretenden insinuar? Una vez más se trata de ganar aunque se pierda, de forzar aunque no se tenga fuerza, de plantear un escenario irreal que pervierta la situación electoral aún antes de que las elecciones se  hayan llevado a cabo.

No, señores independentistas, lo que ustedes intentan empezar a contarnos antes de que empiece el cuento, no sucederá. Estas elecciones son para cubrir los escaños que los parlamentarios anteriores no supieron defender dentro de la legalidad en vigor.

No, señores independentistas, lo que ustedes intentan conseguir antes de que los designen para ello no será posible. La ley será la misma sean cuales sean los resultados de las elecciones y lo más a lo que pueden aspirar es a trabajar para cambiarla y que se acerque a lo que sus partidos propugnen.

No, señores independentistas, lo que ustedes pretenden dar por sentado nunca ha sido puesto en la intención de las elecciones. No son plebiscitarias, no son legislativas, no son un referéndum encubierto. Que no dudamos de que ustedes, en sus juegos de palabras, intenten contarle a los que quieran escucharles, los mismos que ya les escuchan, pocos, que en realidad ustedes están votando algo diferente a lo que están votando los demás, algo diferente al objeto  real de las elecciones convocadas. Y que, por supuesto, como siempre, la razón es la suya.

 

“No, señores independentistas, lo que ustedes intentan conseguir antes de que los designen para ello no será posible. La ley será la misma sean cuales sean los resultados de las elecciones”


Yo espero, por el bien de Cataluña, por el bien de España, por el bien de Europa, que el resultado no les permita empezar otra vez con la matraca del proceso, que no les permita esa vena mesiánica que tanto daño ha hecho al mundo a lo largo de la historia, que no les permita volver a poner en marcha la maquinaria del estado a la que tanto partido creen haberle sacado.

La leyes, incluido el famoso 155, seguirán siendo las mismas sean cuales sean los resultados de unas elecciones autonómicas, y los escaños conseguidos serán adjudicados y los parlamentarios tomarán posesión de su lugar, salvo los que antes tengan que pasar por la cárcel.

El agua clara y el chocolate espeso, dice el dicho. No me jueguen con las palabras porque cuando las vidas, las ilusiones, el bienestar, de las personas están en juego sus juegos malabares con los significados son dolosos, a la par que dolorosos.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Si yo fuera catalán

Votar Urna

#plazabiertacataluña

Son muchas las apuestas acerca de cómo quedará despejada la incógnita de las elecciones catalanas el próximo día 21 de diciembre, aunque, al parecer, las encuestas parecen dar la victoria a Ciudadanos de Arrimadas, según la encuesta del CIS, con el siguiente hipotético reparto de votos en relación con su mayor competidor, Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) de Oriol Junqueras.
Ciudadanos: 22,50 %
ERC: 20,8%

Sin embargo, en escaños la situación es de empate técnico dada la supremacía de los republicanos en las zonas rurales, lo que otorgaría a ERC 32 escaños, frente a los 31-32 de C´s.

Por lo tanto, del resultado del resto de fuerzas políticas y del pacto entre unos y otros, dependerá que la balanza se incline hacia el lado de los independentistas o de los constitucionalista, que quedaría según la  encuesta del CIS de la siguiente manera:

Junts per Catalunya, la lista de Puigdemont con miembros del Pdecat e independientes, quedará como la tercera fuerza más votada con el 16,9% de los votos y entre 25 y 26 escaños.

La CUP, por su parte, perderá un escaño y conseguirá 9 (con el 6,7% de los votos).

De esta manera, las tres listas independentistas sumarían entre 66 y 67 escaños, quedándose a uno o dos de la mayoría absoluta, lo que supone una perdida entre cinco y seis respecto a las últimas elecciones, de manera que el independentismo bajará hasta el 44,4% de los votos.

La situación no mejora para los independentistas, habida cuenta que el Partido Socialista de Cataluña (PSC) con Miguel Iceta a la cabeza subirá hasta el 16% de los votos, con 21 escaños, aunque el PP de Xaviar García Albiol bajaría a 7 escaños, con un 5,8% de los votos; lo mismo que Catalunya en Comú-Podem, con Xavier Domènech, que bajará hasta los 9 escaños, con el 8,6% de los votos.

Conforme a dicho pronóstico, los partidos constitucionalistas (C’s, PSC y PP) sumarían entre 59 y 60 escaños, mientras que en votos hay un empate técnico con los independentistas (44,3%), por lo que el futuro de Cataluña dependerá de un 25% de votantes indecisos.

Ante esta situación, aunque no soy catalán, por lo tanto sin derecho a voto en dichos comicios -aunque no descarto que en futuras convocatorias pudiese tenerlo debido a mi falta de apego a la tierra-, me he propuesto el reto de analizar a quién votaría si pudiese hacerlo, manteniéndome ajeno de cualquier sentimiento patriótico que, como he dejado entrever, me cuesta tener, al menos cuando supone el ejercicio de imposición de ideas, que no valores, o la imposición de medallas, además de las exclusión de los que no están dentro.

Por lo tanto, con la responsabilidad de que mi hipotético voto, como el de cualquiera, es muy importante para el futuro de Cataluña, intentaré invertirlo de la mejor forma posible. Pero, ¿cómo se invierte un voto de forma eficaz?. Para unos, quizá sea votar al menos malo, para otros votar provocando un voto nulo para que nadie se beneficie de él, también los hay que sin estar convencidos votan al contrario de quien no quieren que salga, como voto de castigo y, finalmente quienes votan en función de la ideología, aunque no se con certeza de qué ideologías se puede hablar hoy día, que no sea del culto al dinero o de un pseudocomunismo de formas y no de fondo, visto que la gente más joven cada vez se polariza más en los extremos, buscando en la radicalidad su confrontación contra el mundo que les rodea, como manifestación de su rebeldía intrínseca a los años. Aunque, tampoco nos podemos olvidar de los románticos, aquellos que peinando canas o próximo a hacerlo se posicionan en el mismo sitio porque lo han hecho siempre, en pro de una ideología que piensan puede representar con más o menos intensidad un determinado candidato. Finalmente, están los que no votan porque no creen en el sistema, porque se sienten desilusionados, engañados y estafados por una clase política corrupta e incapaz de gestionar lo público.

Así, sólo me cabe elegir entre cuáles de las opciones que he expuesto me encuentro. Tarea no del todo fácil porque en cada uno de los comicios que he participado  me he movido en todas ellas, encontrándome en el momento actual en el desengaño, en el hastío de quien siente que su voto no estará nunca bien invertido, habida cuenta de la existencia de una clase política entre cuyas cualidades, si es que cabe resaltar alguna, la que mejor desempeña es la de insulto y descalificación del contrario: resaltando lo malo de éste para vender como menos malo lo suyo, eso sí, con el engaño de la mentira a la que están acostumbrados. Pero, haciendo el esfuerzo que me he propuesto anteriormente, y partiendo de una hipotética redención de la clase política, lo cual es mucho suponer, obviamente me incluiría entre aquellos que votan por ideología…. Aunque tal vez debería decir por ideales.

Llegados a este punto en el que los ideales son los que pueden motivar mi voto, llego a la taulogía de pensar, como he dicho antes, que la única motivación de los partidos políticos, el único motor de sus acciones, no es más que la rentabilidad política, o lo que es lo mismo, mantenerse en el poder a cualquier precio, y por ende, en la poltrona, con la faltriquera bien llena. Pero, como estamos en las elecciones catalanas, y puesto que ya estamos metidos en harina en esto de hacer esfuerzos; para no estar entre ese hipotético 25% de indecisos, me toca elegir entre, vamos a llamarlo, ideología independentista y la constitucionalista, puesto que, lo que se decide realmente es un sí o un no a la independencia, lo cual dependerá de la composición del futuro Parlament.

Pues miren ustedes, siguiendo la dicotomía entre ideología e ideales, apuntada anteriormente, terminamos llegando al quid de la cuestión, aunque no la solución a mi alternativa e indecisión del voto. Para que me entiendan, no me encuentro cómodo y mucho menos convencido, ni entre los unos ni los otros, porque como el resto no tienen ni ideologías, ni ideales, ni metas, ni objetivos, y mucho menos unas ideas fundamentales o doctrina que caracterice o marquen su forma de pensar y de actuar; sobre todo entre los constitucionalistas.

“….no me encuentro cómodo y mucho menos convencido, ni entre los unos ni los otros, porque como el resto no tienen ni ideologías, ni ideales, ni metas, ni objetivos, y mucho menos unas ideas fundamentales o doctrina”


… Y, en cuanto a los otros, los independentistas, simple y llanamente, no me terminan de convencer, no sólo porque no informan de las consecuencias que una declaración unilateral de independencia ocasionaría para el territorio secesionista, pero sobre todo, porque hay algo que no puedo vencer como es la ausencia en mi de un sentimiento patriótico; sobre todo cuando éste, venga de donde venga, supone exclusión. Así que, saben que les digo, que vaya suerte que tengo de no ser catalán, aunque ésta no sea más que la felicidad de los pobres, porque pronto vendrán otros comicios que vuelvan a mover en mi los mismos pensamientos, y ya estoy cansado, porque me temo que siempre estaré, visto lo visto, entre ese porcentaje de indecisos a los que se nos echa la culpa de que la balanza se incline hacia un lado u otro, aunque el origen de esta culpa no está en nosotros, como si se tratase de una cualidad personal, no;  si no en ellos que lo que nos venden no hay por dónde cogerlo.

  

Feliciano Morales

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Erase una vez que ya no es

 

 

 

Erase una vez, que se era, una ciudad que como todas las ciudades importantes, y las no tanto, aprovechaba la llegada de la Navidad para engalanar sus calles con innumerables luces llenas de colorido y significado.

Las calles no solo se llenaban de luces, también se llenaban de mercadillos de objetos navideños, de música de villancicos y de viandantes que buscaban con el regocijo propio del tiempo los regalos solicitados en ilusionadas cartas o de viva voz. Y al aire de las calles los escaparates se llenaban de adornos y belenes compitiendo por atraer la atención de los que por allí pasaban. Y una vez al año, una única y mágica vez al año, los Reyes Magos concentraban a una cantidad imposible de personas de todas las edades que se hacinaban sin molestarse, con un inusual civismo, en un recorrido que parecía guardar parte de la magia de un año para otro. Los niños adelante, o subidos en las escaleras, o en cualquier sitio preferente que les permitiera ver el paso de la colorista caravana que se remataba con el paso de la carroza del Rey Baltasar que recogía los últimos y ya casi afónicos gritos de la multitud que se sentía obligada a recordar sus peticiones. Como si sus Majestades no las supieran ya sobradamente. Y así acontecía año tras año, y año tras año los habitantes de la ciudad esperaban con ilusión la llegada de esas fechas para sacar toda su alegría y sentido mágico.

Pero un día llegó a la alcaldía el más moderno, el más sabio, el más triste de los alcaldes de esa ciudad. Un señor lleno de soberbia y distancia y la dejó sin la ilusión, sin la alegría, sin la magia que la habían caracterizado. Como había que ahorrar, entre otras cosas para pagar su despacho palacio, eliminó la mayor parte de las luces. Las que no eliminó las sustituyó por otras frías y carentes de significado festivo, porque consumían menos y no ofendían a los que se ofendían. Los motivos navideños fueron sustituidos por adornos conceptuales o por guías de sofronización a base de palabras que nada tenían que ver con lo que se celebraba. Los colores chillones por paneles uniformes o, en el mejor de los casos, bicolores. Elegantísimos y sofisticados según algunos, tristes y fríos según los más. No contento con todo esto desplazó el recorrido de la cabalgata a un sitio también frío y en el que no se sabía si aquello que pasaba era el desfile de carnaval, el día del orgullo gay o la cabalgata de los Reyes Magos. Bueno ya tampoco importaba, porque muchos de los ciudadanos, de los mayores al menos, dejaron de asistir.

Finalmente el más moderno, el más sabio, el más triste de los alcaldes de la ciudad dejó el cargo para pasar sus irrenunciables atributos al ministerio de justicia del que, como primera medida, desalojó a la justicia por falta de liquidez. Pero el daño ya estaba hecho. Los ciudadanos cuando querían disfrutar de la Navidad como ellos la habían conocido se iban a París, o a Londres o a Nueva York, que no habían tenido la suerte de disfrutar del moderno y elegante alcalde al que los ciudadanos le importaban un pito. Así les iba, despilfarrando y ofendiendo a los que se ofendían.

Luego vinieron varios alcaldes más, todos más preocupados por imponer su criterio que por el sentimiento de la mayoría de los ciudadanos. Las luces no volvieron, disfrazaron a lo Reyes de muñecos de recortable, hicieron a los peatones andar todos en el mismo sentido, hicieron imposible, antipático, circular por las zonas que antaño eran el centro del espíritu navideño, y se miraron satisfechos por lo logrado. Incluso, hay quién dice, que el Greench, visto su poco predicamento en su patria, se trasladó a esta ciudad y se hizo concejal para poder sabotear el espiritu navideño, aunque esto tal vez solo sean cuentos

 

“Luego vinieron varios alcaldes más, todos más preocupados por imponer su criterio que por el sentimiento de la mayoría de los ciudadanos. Las luces no volvieron, disfrazaron a lo Reyes de muñecos de recortable, hicieron a los peatones andar todos en el mismo sentido”

En todo caso erase una ciudad  que ya no es, que ya no recuerda, que sufre de una triste navidad. Pongamos que hablo de Madrid.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Todos contra todos

 

La integración en las sociedades que sufren de discriminación, sea racial, cultural, sexual, religiosa o de cualquier otro tipo, no se consigue a golpe de ley, ni a golpe de censura, ni a golpe de discriminación positiva. Solo una labor pedagógica de años, la convivencia diaria y el conocimiento del otro pueden llevar a que esa tolerancia necesaria pueda producirse y no imponerse.

Somos muy dados en esta sociedad marchita, adocenada, decadente, a que aquellos que tienen voz, aquellos a los que se les ha otorgado la voz para que hablen por nosotros, en una clara dejación de sus funciones, confundan su voz con la voz de aquellos a los que representan y, lo que es peor, secuestren la voz de sus representados en una labor de sórdida censura cuando estos dicen, o lo intentan, aquello que a los excelsos representantes de sí mismos les parece inconveniente.

Posiblemente una de las abominaciones más flagrantes de un tiempo a esta parte es todo aquello que engloba, que supone, que se guarece bajo la mediocridad de la expresión “políticamente correcto”, porque cuando algo es políticamente correcto es que es solo parcialmente cierto, tendiendo el porcentaje de certeza de la expresión a cero.

No se le puede pedir a una sociedad que viva en un retroceso permanente de sus usos y costumbres, o que olvide lo vivido durante generaciones, solo para que aquellos que llegan se sientan más cómodos y además que calle y otorgue. No se puede acusar permanentemente a un colectivo mayoritario de intolerante o fascista porque no permita de buen grado la imposición de hábitos que chocan y agreden a los suyos propios, consecuencia de siglos de evolución y cultura. No se puede acallar a la gente que en la calle percibe una realidad, indeseada por políticos y comunicadores, llamándoles racistas, xenófobos o fachas, aunque en determinados casos lo sean, porque aquellos que son insultados por su percepción de lo que les rodea no van a cambiar esa percepción siendo vilipendiados, etiquetados, despreciados, antes bien se convertirán en unos irreductibles propagadores de su idea, en unos enemigos acérrimos y beligerantes de lo que rechazan.

“No se puede acusar permanentemente a un colectivo mayoritario de intolerante o fascista porque no permita de buen grado la imposición de hábitos que chocan y agreden a los suyos propios, consecuencia de siglos de evolución y cultura”


Porque una cosa es lo hablado y otra cosa es lo vivido. Porque una cosa es hablar desde un barrio acomodado sin problemas de convivencia y otra es ver como tu barrio de toda la vida, tu barrio modesto y tradicional, se va convirtiendo en un gueto en el que tú eres el extraño, en el que puedes llegar a ser mal mirado por hacer tu vida de siempre. Porque una cosa es tener un empleo bien remunerado y solvente y otra cosa es ver que los nichos de trabajo no especializado te son inaccesibles por ser nativo. Y además no puedes decirlo, es políticamente incorrecto. Los que tenemos un buen trabajo, los que vivimos fuera de las zonas marginales, te vamos a llamar racista, facha, xenófobo y vamos a usar todos los medios a nuestro alcance, políticos, de difusión, legales, para hacerte comprender a ti y a los a los demás equivocados lo impropio de su conducta.

 Solo habremos conseguido fomentar el odio de los estigmatizados y, eso sí, vernos con un halo de santo apostolado, civil, laico, progresista, políticamente correcto.

Pues nada, nada, santos varones del mundo cultural, del mundo político, del mundo social, de las élites, a seguir así, a seguir vaciando nuestra equívoca conciencia sobre las espaldas de los que no tienen derecho ni siquiera a su propia conciencia. A seguir pontificando desde nuestra atalaya diciendo que no hay barro al pie de nuestra casa mientras la gente se va hundiendo en él. Mantengamos nuestros privilegios y fustiguemos, hostiguemos, insultemos y despreciemos a todo aquel que remueva la placidez de nuestra buena conciencia.

Sigamos permitiendo los guetos, los vivenciales, los educativos, los laborales, incluso los de protección social, y seguiremos teniendo marginalidad, violencia, terrorismo y, sobre todo, sobre todo, una sociedad intolerante de todos contra todos. Sigamos negando la realidad por políticamente incorrecta y seguiremos teniendo una  suerte de capas sociales, étnicas y culturales absolutamente impermeables unas con otras.

Y después nos sorprendemos de París, de Londres, de Barcelona…

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Una propuesta salomónica

 

Reflexionando, que como todo el mundo debería de saber es gerundio y por tanto, abundando un poco más en el conocimiento del castellano, tiene la capacidad de resumir, sobre el tema catalán, sobre las distintas posturas, que inicialmente parecen irreconciliables, se me ha ocurrido, y esto es participio y aprovecho para participarlo, una posible solución que a fuerza de no contentar a nadie dejaría a todos insatisfechos, pero en la que todos serían reos de las posiciones demandadas.

Respeta el derecho a decidir de todos y cada uno, incluye los límites legales de la decisión, permite votar la opción preferida de cada ciudadano y contempla la opción de que se tenga en cuenta lo votado.

Únicamente quedaría por valorar, que manera de esquivar el verbo decidir, si el resultado obtenido sería vinculante o no. Sospecho que ninguna de las partes estaría plenamente satisfecha con mi propuesta, lo que la hace aún más atractiva, e ilustrativa.

Yo convocaría un referéndum sobre la cuestión catalana con las siguientes características:

  1. Se votaría en toda España
  2. En Cataluña constaría de dos preguntas y en el resto de España solo de una.
  3. Solo sería vinculante el resultado de la segunda pregunta si también lo es el de la primera.

Hasta aquí yo creo que nadie puede ponerle un solo pero a mi propuesta, aunque lo de nadie posiblemente esté un poco exagerado. Casi nadie, al menos nadie de los que han pedido diálogo, derecho a decidir, democracia o derecho a votar. Todos respetados.

Y ahora viene lo verdaderamente complicado, como siempre. Porque lo verdaderamente complicado en toda cuestión no es responder, si no acertar con la pregunta. Y yo propondría las siguientes preguntas:

  1. Para todos los españoles: ¿Consideran ustedes legítimo, y por tanto están dispuestos a aceptar, el deseo de independencia de algunas partes del territorio español, siempre que así lo expresen por mayoría suficiente?
  2. Solo para los catalanes: ¿Desea usted la independencia de su circunscripción electoral respecto a España aceptando los términos que se especifican en esta convocatoria?

El resultado de la primera pregunta condicionaría la aceptación de la segunda ya que es potestad de todos los españoles cambiar la ley y aceptar ese cambio, pero si dijeran que sí, al día siguiente de la votación todos los pueblos que hubieran elegido su independencia, lo serían. Ya luego si se organizan en nación, estado, territorio independiente o pueblo estado, sería su problema y el de los que lo hubieran decidido. Porque tampoco nadie puede, puestos a ejercer el derecho a decidir, que ese derecho haya que ejercerlo por territorios completos. Ellos mismos lo plantean, cada uno tiene derecho a decidir dentro de su comunidad y a que el resto de territorio más amplio tenga que respetar esa decisión.

“puestos a ejercer el derecho a decidir, que ese derecho haya que ejercerlo por territorios completos. Ellos mismos lo plantean, cada uno tiene derecho a decidir dentro de su comunidad y a que el resto de territorio más amplio tenga que respetar esa decisión.”


Es posible que entonces el territorio a independizarse fuera algo así como Gerona y la parte norte de Barcelona. Tal vez algo de Lérida, y algún pueblo suelto aquí y allá que ya vería como bandearse. Al fin y al cabo lo más  problemático de tomar decisiones es enfrentarse a las consecuencias.

Ya lo de los términos y consecuencias sería cuestión de ser serios y rigurosos. Aranceles a los productos de las zonas independientes. Exclusión automática de los foros internacionales. Pérdida de libre circulación. Pérdida de moneda única.. Tampoco yo sé exactamente. Así, a volapié, que se dice. Seguramente me faltan muchas y, hasta puede que, me sobre alguna.

Estoy seguro de que algunos pueblos no ratificarían ese deseo de independencia. Otros muchos sí, aunque les pareciera una independencia inviable.

En fin, ahí dejo mi propuesta. Insisto, estoy convencido de que no va a dejar contento a nadie porque intenta respetar las convicciones de todos. Salomón me lo hubiera firmado, seguro.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El veintidós de diciembre

A veces tengo la impresión, sobre todo a la hora de hablar de ciertos temas, que la gente no dice lo que piensa, o muchas más veces aún, que la gente no piensa lo que dice. Hay varias posibilidades intermedias, matices que se llaman, que van del blanco roto al gris muy oscuro, en una sinfonía de tonos que solo la mente femenina es capaz de describir.

El 21 de diciembre, bien evitado el 28, es fecha señalada de urnas, solamente en Cataluña, telediarios y tertulias interpretativas de los resultados que los distintos partidos participantes en esas elecciones hayan obtenido. Jornada de reflexiones, augurios y reconstrucciones de futuro. Como todas las jornadas de comicios, vamos. Nada nuevo ni que nos pueda sorprender.

Pero siendo claro en sus resultados, también quiero serlo en mis predicciones.

Mucha, pero mucha, gente vive una suerte de angustia preguntándose qué va a suceder si el bloque independentista vuelve a sacar más escaños, más votos o ambas cosas. Qué va a suceder si el escenario parlamentario catalán reproduce, aunque sea con diferentes proporciones en los partidos la configuración de bloque que existe actualmente.

“Qué va a suceder si el escenario parlamentario catalán reproduce, aunque sea con diferentes proporciones en los partidos la configuración de bloque que existe actualmente.”

Creo, estoy absolutamente convencido, de que hay mucha gente empeñada en comentar este posible escenario como un problema de difícil resolución. Y no es cierto, ni siquiera en el más que probable caso de que tengan razón.


Hay, dada la perversión del sistema electoral catalán, del sistema electoral español, que las zonas rurales impongan su voto sobre las metropolitanas. Su voto, que no sus votos, y logren configurar un parlamento con una mayoría independentista en sus escaños votado por una minoría de ciudadanos. Puede suceder, muy posiblemente suceda. ¿Y qué?

Puede suceder, incluso, que metidos en esta vorágine de verdades del barquero, no el sentido de incuestionables, si no el de verdades que se lleva la más mínima corriente, los independentistas ganen en votos y en escaños. La pregunta sigue siendo la misma, ¿y qué?

Y me hago esta pregunta desde la consciencia antes de que las votaciones pasen a reflejarse en papeletas introducidas en urnas controlables, por ciudadanos controlables y con metodología homologable. Me la hago porque veo el desconcierto, el rumor, el pesimismo, creo que en muchos casos interesado, con el que en muchos círculos se analiza este posible escenario. Sin rigor, sin reflexionar, sin analizar correctamente el día después del veintiuna de diciembre.

El veintidós de diciembre, digan lo que digan las urnas, la ley será la misma que el veinte de diciembre. Nada habrá cambiado salvo la representación de los partidos en un parlamento que tendrá que ponerse a trabajar en la forma de llevar adelante sus programas respetando una ley que estará tan vigente como dos días antes. E igual de vigente e igual de coercitiva si las acciones lo demandan.

¿Para que valen entonces estas elecciones? Para restablecer el marco legal quebrantado desde posturas interesadas y retomar todos los caminos que a partir de entonces se puedan retomar.

Hay varios caminos que la democracia permite a la hora de reivindicar cuestiones, pero todos parten del respeto a la legalidad vigente. Nadie puede condenar las ideas ajenas, nadie puede cambiar de un plumazo, con unos cuantos papeles depositados en unas urnas, los sentimientos con los que las personas los introducen, las esperanzas, las ilusiones, ni los rencores, ni las cuitas. Nadie puede cambiarlos, borrarlos, y nadie debe de ignorarlos.

 

“¿Para que valen entonces estas elecciones? Para restablecer el marco legal quebrantado desde posturas interesadas y retomar todos los caminos que a partir de entonces se puedan retomar.”

 

Hay varios caminos que la democracia permite a la hora de reivindicar cuestiones, pero todos parten del respeto a la legalidad vigente. Nadie puede condenar las ideas ajenas, nadie puede cambiar de un plumazo, con unos cuantos papeles depositados en unas urnas, los sentimientos con los que las personas los introducen, las esperanzas, las ilusiones, ni los rencores, ni las cuitas. Nadie puede cambiarlos, borrarlos, y nadie debe de ignorarlos.


Así que lo que si debe de suceder el veintidós de diciembre en Cataluña, es que el gobierno de España y el parlamento democráticamente elegido por los catalanes empiece a pensar en donde sentarse, de que hablar y con qué instrumentos recuperar  una situación política que han manejado con sus propios intereses y no con el de los ciudadnos que los votaron, tanto a unos como a otros.

Encontrar, como siempre ha sido su obligación, los puntos de confluencia, los intereses comunes, las convivencias compartibles. Existen y debería de ser más fuertes que la que nos enfrentan. Solo desde la comprensión, solo desde la generosidad, solo desde el sentido común por ambas partes podrán desmontarse las mentiras, los discursos interesados, las exaltaciones de lo propio y diatribas a lo ajenos cultivadas durante años por ambas partes y mantenidas por sectores interesados en la ruptura y el enfrentamiento.

El veintiuno de diciembre toca votar, y el veintidós empezara construir con materiales nuevos, con cordura. Y allá la conciencia de los que tendrán obligación de hacerlo. La historia se lo demandará, o, si persisten en sus errores, los ciudadanos o la ley de forma má

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Indiferencia contra locura

            La tarde de verano va cayendo en mi tranquilo y pequeño pueblo. Viendo al sol despedirse por hoy, me acerco al frigorífico y como algo ligero para que la cena posterior no se me antoje demasiado copiosa. Después salgo al florido patio de mi casa para disfrutar de un apacible momento de lectura, mientras noto cómo la temperatura del día va dejando paso a la de la noche. Es de las sensaciones más agradables que he tenido.

Sin darme cuenta, la noche se me echa encima en cuestión de minutos. Apago mi libro electrónico y me dispongo a cenar. Me apetece algo fresco, por ejemplo, una ensalada. Y algo dulce para después, como dos o tres onzas de chocolate negro. Me ducho con calma antes de acomodarme en la cama para ver una película en mi ordenador portátil. Cuando acaba, con el fin de relajarme un poco más, leo un capítulo o dos más del libro y, cuando termino, pruebo suerte con el sueño. Caigo rendido en pocos minutos.

Despierto, ya es fin de semana y no tengo la necesidad de madrugar, así que anoche puse el despertador para las 10 de esta mañana. Tras dar varias vueltas en la cama, vacilando con la idea de dar otras cuantas más o levantarme, me decido por levantarme movido por el deseo de desayunar. Bizcochos remojados en leche y algo de embutido recién cortado, para combinar dulce y salado.

De fondo, escucho que en la tele del salón están dando noticias de última hora:

«Una furgoneta ha arrollado a decenas de personas en La Rambla de Barcelona. Por el momento, hay una decena de víctimas mortales y más de 80 heridos, de los cuales 15 se encuentran en estado grave…» 

Acabo mi desayuno maldiciendo mentalmente el estado del mundo actual, repasando lo que yo creo que son derechos humanos fundamentales, asqueado por la falta de educación, conciencia, empatía, coherencia y transparencia de la sociedad, por nombrar algunas de sus carencias más evidentes. Me doy por vencido con esta sociedad y con este mundo una vez más, convencido de que es imposible que se dé una toma de conciencia global en algún momento de la historia de la humanidad. Pensando en las reacciones típicas de una apabullante mayoría de opiniones que hacen a mi alma desplomarse hasta mis pies: «Esto pasa por dejar entrar a inmigrantes», «Yo no soy racista, pero me gusta ser ordenado y que cada uno se quede en su país» … En fin, recojo los restos de mi desayuno y pienso en escribir algo sobre la tristeza que me provoca el estado de la humanidad a estas alturas del cuento.

Pensando en las reacciones típicas de una apabullante mayoría de opiniones que hacen a mi alma desplomarse hasta mis pies: «Esto pasa por dejar entrar a inmigrantes», «Yo no soy racista, pero me gusta ser ordenado y que cada uno se quede en su país» …

Cojo mi móvil y contesto afirmativamente a un mensaje para jugar un partido de fútbol sala esta tarde con un grupo de colegas, y pongo a mi mente en piloto automático sin dar mucho crédito a nada de lo que pasa en este planeta, con el fin de no volverme loco.

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Todos somos Barcelona. Una casilla más en una partida macabra.

Ha vuelto a correr la sangre. Ha vuelto a dilapidarse el único patrimonio no recuperable que el hombre posee. Ha vuelto a triunfar la irreversible muerte. Ayer Barcelona, antes París, Niza, Berlín, Londres, Estocolmo, Madrid, El Mediterraneo, Israel, Palestina, Egipto, La India o cualquier país que la muerte reclame en este infame juego en el que la mayoría, casi todos los que mueren, somos peones.

Inmersos en el dolor de la muerte masiva e inesperada, de la muerte sin sentido ni finalidad aparente, las lágrimas que anegan nuestros ojos nublan también nuestro entendimiento el tiempo suficiente para llorar breve pero generosamente a los que se han ido, para odiar breve pero intensamente a los que han matado y a todo lo que representan, para rememorar breve pero intensamente todos los acontecimientos anteriores del mismo cariz. Y olvidarnos en un espacio de tiempo breve e insuficiente de que habrá más muertes, más lazos negros, editoriales grandilocuentes, diseños de anagramas que poner en las redes sociales y en las solapas. Más todos somos y casi nada de todos pensamos y construimos.

Alguien se dará cuenta de que meto en un mismo saco muertos que nada tiene que ver con Barcelona, pero solo existe una muerte, una por persona, una única consecuencia, un único hecho irreversible, no importa la causa, el lugar o las circunstancias. Alguien pensará que de todas formas hoy toca hablar de Barcelona, sin reflexionar en que Barcelona es solo una casilla más en un juego feroz, despiadado, que lleva dándose durante siglos y en el que siempre mueren los peones, esas piezas prescindibles y más numerosas cuya desaparición no determina el resultado de la partida

“Alguien se dará cuenta de que meto en un mismo saco muertos que nada tiene que ver con Barcelona, pero solo existe una muerte, una por persona, una única consecuencia, un único hecho irreversible, no importa la causa, el lugar o las circunstancias”


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Unas veces se sacrifican por el poder que el rey y la reina representan, otras por la fe que los alfiles defienden, o por los ideales que los caballos hacen suyos, o por el poder territorial y económico que las torres detentan. En realidad da lo mismo. Acabada una partida las piezas se recolocan, el tablero se limpia de sangre, de escombros, de cadáveres y se comienza una nueva. La estrategia determinará porque pieza habrán de sacrificarse los peones, los mismos, pero diferentes, otros pero del mismo pueblo, de la misma aldea, con la misma cantidad de sangre, con el mismo cruel destino.

Y mientras los peones lloran a los peones, mientras las piezas mayores se deshacen en condolencias, pésames y grandilocuencias, todos nos olvidamos de los jugadores. Todos olvidamos que hay manos que nos mueven, mentes que evalúan el valor de la pérdida de nuestras vidas en un fin último de ganar la partida. Todos olvidamos que somos esclavos de un juego del que ni siquiera conocemos las reglas. Que da lo mismo ser un peón víctima, un peón inmigrante o, con toda mi repulsa equiparo y digo, un peón terrorista. A unos les pagan las torres, a otros nos lavan el cerebro los alfiles, otros entregamos nuestra vida a los caballos y todos defendemos a la reina y al rey porque ellos marcan la victoria.

Pero hoy lloramos Barcelona. Hoy lloramos sin consuelo y por dos días de luto oficial la irreparable muerte que ayer alcanzó a trece ciudadanos y el dolor que otros cien sufren sin que sepan con claridad por qué motivo. Hoy, mañana y hasta que los medios de comunicación consideren que ya no es noticia, lloramos con las familias de las víctimas. Ayer con las víctimas del IRA, de ETA, de Sudáfrica, de Pinochet o de Videla, anteayer con las de Franco, las de Stalin, las de Hitler o las de Pol Pot. Hace apenas unos minutos, históricamente hablando, llorábamos las de otras ciudades, las vidas de los refugiados de barbaridades bélicas, religiosas, económicas o políticas que huyen para preservar sus vidas, vidas de peones, vidas prescindibles, reemplazables, estadísticamente enumerables pero de valor insignificante.

“Pero hoy lloramos Barcelona. Hoy lloramos sin consuelo y por dos días de luto oficial la irreparable muerte que ayer alcanzó a trece ciudadanos y el dolor que otros cien sufren sin que sepan con claridad por qué motivo”


Ayer todos fuimos París, Londres, Madrid… Mañana…, mañana me gustaría un mundo en el que todos fuéramos personas y no hubiera jugadores. Pero hoy, hoy todos somos Barcelona.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El día del orgullo

 

Un año más estamos inmersos en la celebración del “Día del Orgullo Gay”, que a mí, personalmente, me epata. No, no empiecen ya a fusilarme, no me epata la fiesta, ni la celebración, lo que me epata como humilde artesano de la palabra es el nombre. ¿Puede llamarse algo de una forma más inadecuada?, no, es muy difícil.

Partamos de que a mí la sexualidad, en cualquiera de sus múltiples facetas, me parece un hecho natural, como me parece que la heterosexualidad es el hecho normal, de norma, dentro de la sexualidad reproductiva que  ha sido la dominante durante toda la historia de la humanidad. La necesidad imperiosa de reproducirse para perpetuarse era una fuerza que imponía unos criterios, unos roles, que pasados a la vida cotidiana marcaban unos papeles que naturalmente, de naturales, se acogían y aceptaban. Que esos roles se enquistaran en la sociedad y dieran lugar a conceptos morales que fueron transformándose en conductas sociales que etiquetaban como antisociales o condenables las tendencias que chocaban con ese fin reproductivo, ha sido una consecuencia indeseable de ciertas instituciones que se erigieron en garantes únicos de la verdad y la perpetuación de la raza, estableciendo unas normas rígidas e indeseables en este momento de la historia.

Pero a día de hoy la sexualidad, cada vez más y en consonancia con una sociedad decadente, ha tomado un sesgo en el que el fin fundamental ya no es la reproducción, si no el placer. Y en esa visión lúdica del sexo, en esa búsqueda del placer y la satisfacción, todos los caminos son transitables. Cada uno, cada individuo, debe de merecer el respeto absoluto de la sociedad con la que convive. Cada hombre o mujer, en su intimidad personal, tiene derecho a explorar su plenitud sexual sin sentirse amenazado o menoscabado en sus derechos.

Pero igual que se reclaman los derechos que todos, al menos todos los que queremos una sociedad libre, debemos de apoyar hay que comprometerse a ser consecuentes con las obligaciones que todo derecho acarrea. Una persona que se escandaliza viendo besarse a dos personas del mismo sexo no tiene por qué ser necesariamente homófoba o cualquier otra lindeza semejante. Puede ser, existen, que a esa persona le molesten, por su formación, por sus convicciones, las expresiones públicas de afecto. Puede sucederle, incluso, por educación, a alguien que sea homosexual. No olvidemos, que lo olvidamos, que no hace aún cincuenta años que por besarse en público se multaba a las parejas. Doy fe personal de ello.

Si en vez de insultar, calificar o descalificar, como se quiera, al incomodado, simplemente lo evitamos restringiendo nuestra efusividad pública, que no nuestra sexualidad, acomodando nuestra libertad a la ajena habremos conseguido dos objetivos en uno: dejar sin argumentos a alguien que ya no los tenía y evitar, en el mejor de los casos, la radicalización de una persona que se siente menoscabada en su libertad, sin meternos en si ese sentimiento es válido o no.

Pero, desgraciadamente, esa no es la tendencia. La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas, más impermeables, más odiosas e irreconciliables. Y eso no lleva a sitio alguno, al menos no a ningún sitio confortable y tolerante.

“La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas”

Decir amén a cualquier proposición o iniciativa que emane de algunos colectivos es la única posición aceptada en ciertos entornos sociales. Su dogmatismo y falta de rigor crítico llegan a hacer incómoda su defensa. Tanto que llegas a plantearte, cuando alguien coincide con ellos, si lo hace por convicción, por estética social o en defensa propia. Niegan a los demás la libertad que exigen para sí mismos, niegan a los demás el respeto que consideran merecer ellos, niegan a la sociedad la tolerancia de la que denuncian adolecer.

Pero me he desviado. No es de sexualidad de lo que yo pretendía hablar, no. Yo pretendía hacer un análisis del nombre de una nueva fiesta. De la inadecuada denominación de unos actos lúdicos que la sociedad acoge y cuyo tema y fin es participar a la sociedad la necesidad de normalización de la homosexualidad. De hacer visible, tal vez de una forma excesiva, la reivindicación social de un colectivo natural. Yo pretendía hacer una crítica léxica partiendo de que nadie es perfecto, estamos de acuerdo, pero que de ahí a rayar la imperfección hay un trecho.

Pero vayamos por partes, como el destripador:

  1. Día. Empieza por llamarse día cuando dura una semana, y esta es, al fin y al cabo, la menor de las incongruencias que la incongruencia oficial, la mediocridad institucional o la grandilocuencia del grupo o ente nominante, ha podido cometer.
  2. Nada que objetar al uso de esta apocope de la conjunción y el artículo. Perfectamente usado
  3. ¿Orgullo? Dice el DRAE: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Hombre, yo puedo estar satisfecho, puedo estar encantado, de tener una cierta característica natural, que, si lo es, natural digo, viene implícita en mis genes, en mi equipación básica humana y no supone, por consiguiente, ningún logro personal del que enorgullecerme. Sentirse orgulloso de lo que uno es, alto, bajo, gordo, listo, homosexual o rubio, y no de lo que uno logra es una falla moral de un calibre considerable. Quizás en vez de orgullo deberíamos llamarle exaltación, me parecería mucho más adecuado porque lo que pretendemos es poner en valor, hacer visible, reivindicar.
  4. Gay…, ¿gay? G, a, y, gay… (intercálese aquí un chasqueado de lengua, como si paladeáramos). Gay. Del inglés: “Dicho de una persona, especialmente de un hombre: homosexual”. No me llena, se me queda corto, restrictivo, marcando fronteras en vez de quitarlas, casi frentista si lo cogemos en el conjunto del nombre.

No, definitivamente no me gusta el nombre. Es más, me resulta inadecuado. Porque, vamos a ver, ¿se pretende reivindicar una libertad general o solo la de unos cuantos? ¿No hay más colectivos sexuales discriminados o, incluso ilegalizados? Si, los hay. No olvidemos a los que quieren practicar la poligamia, a las que quieren practicar la poliandria. ¿Por qué ellos no pueden? ¿Por qué nadie se preocupa de su libertad? No es diferente de la libertad para practicar otras opciones sexuales y sin embargo la ley los persigue.

Puestos a reivindicar, y es a lo que estamos puestos, yo establecería la “Fiesta de exaltación por la libertad sexual” y entonces estaríamos todos metidos, incluso los de las sexualidades inconfesables, los de las fantasías perversas, los Grey y compañía, que haberlos haylos.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Un alivio

Día a día voy estando hasta los mismísimos de la sociedad que se supone que estamos construyendo. Día a día ciertas actitudes me cargan y descomponen porque no puedo entender la ceguera, la debilidad, la decadencia, el puritanismo, el olor de santidad eclesiástico ni el olor de santidad laico que ciertas personas emanan por cada uno de los poros de su piel.

Estoy hasta los mismísimos, estoy harto y encorajinado, de todas las personas que a mí alrededor me dicen lo que es correcto y lo que es incorrecto. No soporto a las minorías con vocación de mayorías o, directamente, con ínfulas totalitarias. Estoy hasta los mismísimos de que un tiempo a esta parte el papel de fumar de cogérsela ha pasado de fino a básicamente inaprensible según los temas y los personajes con los que topes.

No soporto el linchamiento que desde ciertas posiciones ideológicas se perpetra cuando alguien, en perfecto uso de su libertad y de su patosidad, comete el execrable crimen de decir algo. Estoy harto, furioso, rabioso, de comprobar cómo se legisla la moral de derechas y como se legisla la moral de izquierdas. Estoy absolutamente asqueado de que me digan que tengo que pensar, que puedo decir o como me tengo que sentar. De que me impongan como correcta una moral que no es la mía y además lo hagan desde una posición de superioridad ética que solo se reconocen ellos mismos. Que se vayan a escardar.

Estos nuevos inquisidores de lo correcto y de la salvación del alma inexistente no me resultan distintos de aquellos otros del alma eterna. Ni menos peligrosos. Sí, es verdad ya no usan el potro o el péndulo, ahora usan el Facebook o el Twiter. Pues váyanse ustedes al país de las moñigas. Ustedes y los otros. Ustedes, los otros y los de más allá por no quedarme corto.

Váyanse a su país de falsa libertad, de pensamiento único y pasaporte para la corrección y si es posible no vuelvan. Yo tengo derecho a pensar, incluso equivocadamente, lo que me dé la realísima gana. Yo tengo tanto derecho como cualquiera a errar y corregir lo errado, o a persistir en ello si ese es mi deseo y mi convencimiento. Basta con que lo que yo piense, lo que yo haga, no interfiera en la libertad del ajeno. Ni yo en su libertad, ni él en la mía.

“Váyanse a su país de falsa libertad, de pensamiento único y pasaporte para la corrección y si es posible no vuelvan. Yo tengo derecho a pensar, incluso equivocadamente”


¿Pero quien coño se han creído que son esos acarreadores de cadenas del odio de todo signo? ¿En qué mierda de sociedad vivimos en la que la ley puede ser impunemente burlada por minorías por el simple hecho de serlo, en la que impera la ley del más débil? ¿Pero qué tipo de discursito ético pretenden soltarme los que no reconocen más verdad que la suya ni más forma de defenderla que la imposición radical? ¿Pero en que nos hemos convertido?

Desprecio con todo mi desprecio a todos los que se declaren anti algo por su incapacidad para ser pro nada. Desprecio con gesto de asco y desplante a todos los que creen estar en posesión de una verdad absoluta porque serán incapaces de alcanzar ni siquiera una verdad relativa. Desprecio con absoluta falta de caridad a todos aquellos que se permiten etiquetar a los demás, que se permiten juzgar sin ser jueces, testificar sin ser testigos y condenar sin ser jurados. Desprecio, hasta la náusea y más allá, a todos los que promueven la perversión del lenguaje para valerse de la imposibilidad de comunicarse para sus fines, la confusión, el adoctrinamiento, el mensaje vacío.

Desprecio a los débiles que prefieren mirar para otro lado, y a los que solo miran para encontrar lo malo. Desprecio a los que quieren imponer lo suyo en una suerte de santa, eclesial o laica, cruzada. Desprecio a los que son incapaces de educar, de razonar, de convencer y solo saben condenar, descalificar, prohibir. A los políticos en general, a los ideólogos en particular y a los que piensan con los titulares de los periódicos o con la última entrada de las redes sociales personalmente.

Exijo el mismo respeto que estoy dispuesto a dar, la misma libertad que estoy dispuesto a conceder, la misma igualdad que necesito y siento. Y en estos mismos valores, en estos mismos compromisos se encuentra encerrado el ideal de sociedad que busco, pretendo y por la que peleo. No me valen las discriminaciones, sean positivas o negativas, no me valen los orgullos que enfrentan por muy naturales que sean, no me valen las dictaduras de minorías sean étnicas, económicas, religiosas, sexuales o en razón a la edad, que basan su poder en su pretendida debilidad. Libertad para todos, igualdad para todos, ley para todos y respeto. Sobre todo, respeto.

Ea!, que a gusto me he quedado.

 

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La indignante dignidad

Libertad sin perjuicio

Si algo no se perdona en nuestro común país, hoy por hoy incluidos los catalanes, es que alguien haya tenido éxito en cualquier faceta de la vida. Si esa faceta es la de los negocios el agravio hay muchas gentes que lo consideran personal.

Recordemos esa coletilla tan popular en bares y corrillos. “Es que ni trabajando, ni con un negocio “honrao” nadie se hace rico”. Y punto pelota. Ya hemos convertido a cualquiera que pueda sobresalir en un más que probable delincuente. Luego aplicamos esa frase tan nuestra, esa que se dice con gestito y tono de si yo te contara lo que se, “cuando el rio suena agua lleva” y a ver quién es el guapo que argumenta. Ya está todo dicho y el linchamiento está en marcha.

A mí, y lo he dicho repetidamente, la desigualdad social llevada a los extremos en los que se mueve hoy en día me parece inmoral, innoble e inadmisible. No se pueden consentir ciertos niveles de enriquecimiento en una sociedad llena de pobres de necesidad y pobres de solemnidad. No se puede consentir que haya acumulación, acaparación, mientras exista ausencia. No se puede tolerar que haya una regulación del mínimo de pobreza y no haya una regulación del máximo de riqueza.

He puesto muchas veces el ejemplo del poblado primitivo. No concibo que en una tribu, sí, de esas tan atrasadas, cierto individuo tenga varias cabañas, la mayoría cerradas, y haya otros componentes de la tribu que tengan que dormir a la intemperie porque no pueden pagar su compra o, concepto perverso, su alquiler. Cuando todos tengan cabaña alguno la tendrá de mayor tamaño. Seguro que tampoco en esa tribu nadie tirará alimento mientras el de al lado se muere de hambre.

Y es que hemos hecho, hemos consentido, una sociedad perversa. Una sociedad en las que algunos tienen derecho a acaparar a costa de la necesidad de los otros, derecho a enriquecerse a costa del empobrecimiento ajeno, sin límites. Y en esta expresión se contiene lo realmente inadmisible, sin límites.

Es lícito, como no, es obligado, luchar por una mayor igualdad social, por una mayor equiparación en las oportunidades, por una sociedad más justa e igualitaria. Es imprescindible llegar al punto en el que todo individuo por el hecho de nacer dentro de una comunidad tenga asegurada la equidad con respecto a los demás miembros de la misma.

Pero hecha esta reflexión, puesta negro sobre blanco la tremenda injusticia que la legalidad actual supone, lo que no se puede es condenar a un individuo por lograr el mayor partido de unas circunstancias, de unas leyes, que él no ha promovido.

Lo que no puedo es personalizar en alguien que ha sabido moverse mejor que yo mi propio fracaso y el fracaso de mis esfuerzos para que la sociedad sea distinta.

Yo, y hablo ahora personalmente, considero inmoral sin paliativos la acumulación de riqueza que el señor Amancio Ortega ha conseguido, pero no por ello voy a considerarlo a él como una especie de apestado, no voy a considerarlo a él como un inmoral, no voy a considerarme por ello justificado para promover campañas de descrédito o, directamente, de linchamiento social. No voy a volcar sobre su persona, a hacer personal, la consideración que me merece una norma.

“considero inmoral sin paliativos la acumulación de riqueza que el señor Amancio Ortega ha conseguido, pero no por ello voy a considerarlo a él como una especie de apestado, no voy a considerarlo a él como un inmoral, no voy a considerarme por ello justificado para promover campañas de descrédito o, directamente, de linchamiento social”

Campañas de descrédito

No voy a dedicarme, porque se lo merece por rico, a difundir sin ningún tipo de verificación las campañas de descrédito de sus empresas, ni las personales. No voy a considerarlo directamente responsable de la legislación laboral de los países en los que pudiera interesarle contratar a sus proveedores. ¿Que podría evitarlo? Claro, y el noventa por ciento de otros muchos de los que no hablamos porque a pesar de hacer lo mismo no han conseguido los mismos éxitos financieros.

Pero lo que ya me parece aberrante, lo que me parece indigno y sectario, es el rechazo que ciertas personas, que se dicen en posesión de un mayor criterio moral, que hacen apropiación de una mayor dignidad social, de la que nadie les ha hecho depositarios, hacen de una donación por el simple y sencillo hecho de que tiene nombre y cara, y aprovechan, además, esa circunstancia para promover un ataque personal contra alguien que, en sentido estricto, está haciendo más por la redistribución de la riqueza que todos los políticos del mundo juntos, incluidos, y señalados, los del signo al que pertenecen los que se sienten ofendidos.

Estoy seguro de que muchos de esos grandilocuentes, y dignos, ofendidos por la donación, verían con mejores ojos, yo diría con mirada más clara, que la donación se hiciera a algunas de esas ONGs que se gastan más en oficinas y todo terrenos que en ayudas efectivas, en esas inefectivas organizaciones que se montan más para prurito moral propio que para beneficio ajeno.

A mí me parece de agradecer cualquier actuación que permita una mejora en las condiciones de vida, o de salud, de cualquier persona, y si la donación del señor Ortega contribuye a salvar, alargar o mejorar la vida de una sola persona, me sentiría, si fuera él, satisfecho.

Y es que yo no creo que la dignidad, ese concepto que tan alegremente manejan, esa virtud que tan pagados de sí mismos reclaman, valga un solo muerto, un solo día de dolor, un solo minuto de retraso en un diagnóstico.

Volviendo a nuestra ancestral y atrasada aldea, yo no concebiría que, en el hipotético caso de que alguien acaparara cabañas y otros carecieran de ellas, se rechazara por dignidad el que alguien con más de una cabaña le cediera una otro que no tuviera ¿Dónde estaría la dignidad? ¿En sufrir a la intemperie las inclemencias? ¿En persistir en la desigualdad para mayor escarnio del acaparador? ¿En denunciar la situación sin permitir acercamientos a la solución salvo que se hagan como los dignos consideren que tienen que hacerse?

Y es que yo no creo en la dignidad de los muertos, en la dignidad del sufrimiento, en los que se auto proclaman héroes de la virtud. Eso sí, consideraría muy digno por su parte que llegado el momento y las circunstancias, dios no lo quiera, renuncien al beneficio de esas máquinas que ellos consideran indignas, aunque creo que no. O sea, que no me creo que renuncien a la cabaña que les toque.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

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