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El deporte base

Hay temas que es mejor tratar en frío. Coger algo de distancia porque implican pasión y, por tanto, falta de ecuanimidad en el momento que intentan abordarse.

Y si hay temas ya de por si apasionados si los juntamos de dos en dos las alertas deben de atronar. Y eso es lo que pasa con el fútbol de base. Fútbol e hijos, fútbol y educación. Una mezcla que debería de resultar formativa pero que resulta explosiva.

Y resulta explosiva porque explosivo es el tratamiento que la sociedad hace de ambos temas, el tratamiento o la dejación podríamos plantear como alternativa.

Y se de lo que hablo porque recorrí con mi hijo campos y equipos, colegios y aficiones durante su etapa entre los seis y los catorce años. Se supone que los equipos deportivos de menores que patrocinan los colegios, los barrios, los pueblos, deben de servir para una educación complementaria en valores de los chavales. Para formarlos en el espíritu deportivo, en el espíritu colectivo que representa el equipo por encima de la individualidad del jugador, en el arte de saber perder y de saber ganar, en la limpieza de espíritu frente a la competición. Se supone, porque la realidad, la práctica, nos dice cuan diferente es esa ideal teoría de la cruda realidad.

Son muchos los ejemplos de chavales, de árbitros, de padres y, que casi no se dice, de madres. Son muchos los chavales que he visto maleados por padres y entrenadores que tampoco comprenden cual debería de ser el espíritu de esas competiciones, cuáles deberían de ser los valores predominantes en esas prácticas deportivas. Aunque tampoco es de extrañar viendo el patético ejemplo que les transmite el deporte profesional y su entorno.

Egoísmo, soberbia, narcisismo, mentiras, corruptelas, fingimientos, rencor… Esos son los valores que el deporte por antonomasia en este país, yo en realidad diría el espectáculo porque de deporte solo queda la parte física, transmite a los chavales que lo practican y, parece ser, que calan en la actitud de los padres.

Me decía un entrenador que mi hijo tuvo en un equipo de un barrio humilde de Madrid, un hombre bueno que con generosidad entregaba parte de su tiempo libre a entrenar a uno de los equipos de categorías inferiores, que su mayor problema no eran los chavales, eran los padres. Los padres que cuando sus hijos no jugaban se dedicaban a mostrar su insatisfacción y que, en algunos casos, llegaban al insulto. Pero más incluso que a los padres, me decía con su risa franca, temo a las madres, que crean en los niños un estado de insatisfacción que acaba derrumbando al equipo. Decía más, pero tampoco viene al caso.

Efectivamente, a cada familia que lleva a sus hijos a practicar el deporte de base, puedo hablar fundamentalmente de fútbol y de baloncesto, le corresponde una figura mundial en ciernes que todos deben de contemplar con arrobo. Todos consideran que su hijo es el futuro Maradona con el que recorrerán el mundo en avión privado y alojándose en los mejores hoteles. Y ¡ay del entrenador que no lo entienda así¡

“Todos consideran que su hijo es el futuro Maradona con el que recorrerán el mundo en avión privado y alojándose en los mejores hoteles. Y ¡ay del entrenador que no lo entienda así¡”

Porque el deporte es lo de menos. ¿Los valores? Los de cotización en el mercado de figuras. ¿El equipo? Un lastre que impide que la futura figura luzca todo su potencial ¿El entrenador? Un tarado que no lo pone todo lo que debe, o que no lo pone en su sitio, o que no tiene, directamente, ni idea de fútbol. ¿Los compañeros? Los pobres nunca llegaran a nada, a lo mejor fulanito o zutanito, que son muy amigos, apuntan maneras. ¿Y si el niño es portero? Entonces es peor. Solo puede quedar uno y todo vale.

Así que tampoco es raro que los padres, y muchos hijos, hagan de cada partido una reválida que no puede desperdiciarse porque el futuro hay que alcanzarlo cuanto antes. Y esto supone tensión y muchas veces una carga emocional que no todo el mundo sabe gestionar.

Desgraciadamente las federaciones tampoco es que se preocupen mucho por la situación y contribuyen, y no poco, a caldear la ya caliente caldera. ¿Cómo? Enviando árbitros que en muchas ocasiones no conocen o no saben aplicar las reglas, cosa que aparentemente también les sucede a los profesionales, o que se acobardan con un ambiente hostil, y que, sobre todo, no tiene la preparación pedagógica imprescindible para saber cómo manejar a los niños, que opinen lo que opinen los padres, las federaciones o los árbitros, no son profesionales.

Porque, ¡gracias a dios¡, los niños no son profesionales. Fingen como ellos porque es lo que ven en la tele que hacen sus ídolos. Algunos abroncan y desprecian a sus compañeros porque es lo que ven que hacen sus ídolos. Tiene la presión de ganar y ser los mejores de su equipo porque es lo que dicen los periódicos que leen sus padres y lo que sus padres esperan de ellos. Pero con todos los vicios despreciables que sus ídolos practican varias veces por semana en los televisores y que a diario son jaleados por la prensa del sector, los niños aun no son profesionales

Y muchos de ellos, la inmensa mayoría, no lo llegarán a ser nunca, pero si habrán perdido, les habrán hecho perder, una oportunidad única de aprender unos valores que en algún momento de su vida echaran en falta.

A todos los padres de los futuros Maradonas, a todas las madres, dejad que los niños lo sean todo el tiempo posible. Enseñadles a ser hombres de bien, el ejercicio de formar macarras debe de corresponder a otros ámbitos de su vida, aunque desgraciadamente no siempre sea así.

A beneficio de los huérfanos y los pobres de la sociedad

Hay días, desgraciadamente muchos, en que viendo lo que me rodea me pregunto hasta donde va a llegar  la miseria moral de la sociedad en la que convivo. Hasta donde podremos alargar esta decadencia muelle e insana, este retorcimiento culpable de los valores que nos traemos de un tiempo a esta parte y que me lleva, a pesar de mis esfuerzos, a aborrecer por igual a personas e instituciones, obras y dejaciones.

No puedo concebir con qué criterio esta sociedad, sus miembros, creen haber descubierto una suerte de fuente de la eterna juventud, pero solo para ellos, solo para aquellos que creen, posiblemente yo también tuve mis momentos, que los viejos ya nacen así y con la única misión de entorpecer, de fastidiar, de impedir la natural evolución de la juventud.

No he empezado estas palabras con el propósito de hacer una análisis de edades, ni siquiera con el de reivindicar papeles, pero permítaseme, aunque sea de forma ocasional, apuntar que todas las sociedades pujantes, fuertes y con futuro contrastado, han partido de equilibrar la fuerza de la juventud y la prudencia de la experiencia, renuncio aposta al término equívoco de sabiduría.

Pero hablemos, que es lo que realmente pretendía, de Justicia, no de justicia reglada y formal, no de justicia penal, civil o laboral, hablemos de justicia social, hablemos del delito de lesa humanidad que esta sociedad comete segundo a segundo de su existencia. Hablemos de acaparación, de avaricia desmedida y de abandono, de abandono cruel y culpable.

Porque abandono cruel y culpable, abandono miserable moral y éticamente es el que esta sociedad perpetra contra sus mayores a cada instante de cada día. Porque abandono lamentable por sus términos y su profundidad es el que sufren los mayores de esta sociedad, los discapacitados de este país, y me consta que de otros, cuando llegando a la edad en la que esperan que se les devuelva en forma de atención y cuidados que les son, no necesarios, imprescindibles se sienten abandonados, ninguneados, estafados, maltratados.

“abandono cruel y culpable, abandono miserable moral y éticamente es el que esta sociedad perpetra contra sus mayores a cada instante de cada día”

¿Cómo puede una sociedad permitirse, amparada en sus estructuras y criterios burocráticos, mirar para otro lado mientras algunos de sus miembros más débiles y necesitados malviven, malmueren, en condiciones infrahumanas? ¿Cómo puede permitir la soledad, la incapacidad, la discapacidad, la necesidad que personas sin recursos por edad, por formación, por vivencias sufren cada día y ampararse en un trámite burocrático, en un impreso, en una miserable y cochina mirada social para desentenderse del problema?

Pero si esta mirada sucia, inhumana, indecente, de la sociedad provoca en mí el desprecio más absoluto ese sentimiento se convierte en rabia y frustración cuando además me fijo en el agravio comparativo que ciertas informaciones, ciertas exhibiciones diría yo, ponen habitualmente ante mis ojos.

Es triste que la sociedad no sea capaz de demandar, de proveerse, de unos mecanismos que impidan el enriquecimiento abusivo de unos pocos frente a la necesidad de unos muchos. Es triste pensar, y más vivir, el abandono de nuestros mayores, de nuestros discapacitados de cualquier edad, de nuestros enfermos, de nuestros abandonados a su suerte. Y digo nuestros, en general, porque si nuestros fueron los beneficios de su trabajo, de su discurrir vital, de su inteligencia o torpeza, nuestras son ahora sus cuitas. De todos, de la sociedad.

Pero con ser triste, lamentable, indigno, me gustaría reflexionar sobre ciertas preguntas que acuden a mí cabeza cuando me cruzo, prácticamente a diario, con hechos que mi conciencia no consigue asimilar. Y para plantearlas y que sean comprensibles establezcamos una medida base, la pensión mínima de jubilación: 637,70 euros al mes. Si, insuficiente para vivir dignamente, miserable, pero es lo que hay y nos va a permitir poner en cifras nuestra reflexión moral.

¿Puede una sociedad sana, medianamente equilibrada y con valores, permitir que exista una lista, hablo de la lista Forbes, en la que el señor más rico de este país acumula un capital equivalente a 111.337.619,60 pensiones mínimas mensuales? ¿O sea la pensión anual de 7.952.687 personas viviendo en necesidad? ¿Posiblemente algunos de ellos con discapacidades que no pueden solventar por carencias económicas?

Claro que si en vez de coger solo a uno, tomamos los datos de los 50 más ricos del país podremos comprobar que acumulan 278.751.764,15 pensiones mínimas mensuales, o podrían pagar  una anualidad entera de miseria a 19.910.840 necesitados.

Aunque ¿qué podemos esperar de una sociedad que permanentemente saca en los papeles, y hace sus ídolos, a unos niños mimados que, por poner un ejemplo, exhiben periódicamente sus coches nuevos, uno más además de los que les regalan, con cuyo precio se pagarían 3.753 mensualidades de necesidad? O por ponerlo en otros parámetros, y hablando de uno concreto, ¿que por dar patadas, eso sí, muy eficazmente, a una pelotita gana cada minuto lo mismo que 146,5 personas necesitadas en un mes?

Posiblemente tampoco eso sea para escandalizarse si hay corporaciones, empresas, administradoras de, en realidad que comercian con, bienes de primera necesidad como la energía que mientras cortan el suministro, gas y electricidad necesarias para preparar los alimentos, para la higiene y  combatir el frío, a personas en estado de necesidad se permiten declarar, solo una de ellas, beneficios en 2013 por un importe de 8.395,41 pensiones mínimas mensuales con las que esas personas podrían alimentarse y, es posible que, hasta pagar los servicios que les hubieran prestado con unas tarifas más justas.

Y es que una sociedad que hace de la necesidad de los pobres el beneficio de los ricos es una sociedad, no injusta, no desequilibrada, miserable e indigna.

Por cierto, y que no se nos olvide, qué  podemos esperar de un Estado que emplea en su órgano recaudatorio principal, en su burocracia y su faceta coercitiva, 228,600 pensiones mínimas mensuales, insuficientes, patéticas. Es verdad, si además hablamos de las remuneraciones y prebendas de toooodos los cargos públicos, semipúblicos, de favor y beneficiados la cara se nos puede caer de vergüenza. Se nos debería de caer de vergüenza o podrida por el llanto de la impotencia y la pena por los miles y miles de conciudadanos que conviven su miseria, su necesidad, a nuestro alrededor.

Recuerdo, como no, aquella canción del grupo “Desde Santurce a Bilbao Blues Band” que hablaba de la fiesta que daba la marquesa en la que los invitados bebían, comían, vomitaban y flirteaban a beneficio de los huérfanos. Al día siguiente:

A las 10 de la mañana

los huérfanos trabajaban.

Y los pobres mendigaban.

Los invitados… RONCABAN

Pero todo ello era…

 

 

A beneficio de los huérfanos,

los huérfanos, los huérfanos

y de los pobres de la capital

 

Es posible que alguien confunda esto con un manifiesto comunista, revolucionario. No, no lo es. Y no lo es porque no creo que exista la igualdad absoluta ni creo en el absolutismo necesario para intentarla. Pero si creo que mientras se codeen la necesidad y el lujo, mientras convivan miseria y riqueza habría que intentar, habría que lograr un sistema que además de marcar la miseria mínima con la que puede castigarse a los ciudadanos también legislara la opulencia máxima con la que puede ofenderse a los necesitados. Salario mínimo frente a beneficio máximo. Eso sí sería Justicia Social, convivencia ciudadana, Ética humanitaria. A beneficio de los huérfanos y de los pobres de la sociedad.

En el cielo están preocupados

En el cielo están preocupados. No sabemos, porque el tiempo del cielo, como es del dominio público, es diferente al tiempo en los lugares mortales, pero la preocupación es evidente.

Movimientos inusuales e inusualmente acelerados en los despachos cercanos a la cúpula, corrillos que se hacen y se deshacen con los ceños fruncidos, gestos de perplejidad, que si en la tierra siempre resultan preocupantes en un entorno donde todo se sabe no son preocupantes, son apocalípticos.

Como empezaba diciendo, en el cielo están preocupados. Nadie entiende que pasa con San Jorge. Hay quién dice que el dragón, con su última llamarada, ha conseguido penetrar en su espíritu, hay quién habla de salidas a escondidas del cielo para reunirse con sabe dios, que debería de saberlo, quién, a sabe dios, que seguro que lo sabe, donde. Se murmura que algunas veces ha dejado rastro de elementos propios del Planeta Tierra a su vuelta.

En el cielo hay dimes y diretes, hay idas y venidas, hay preocupación por los trajines de San Jorge. Pero, y se me perdonará la irrespetuosidad, el problema es que en el cielo se lee poco, o, para ser más exactos, nada.

Porque si en el cielo se preocuparan de leer algo, o siquiera de sintonizar, que para ellos es gratis, cualquier canal de radio o televisión y oyeran las noticias, estarían, entonces sí, preocupados y con motivo.

Porque no puede ser casualidad. Seguro. No puede ser más que un plan astuta y arteramente concebido. Un plan arriesgado sin duda ya que la última vez que alguien en el cielo hizo un movimiento de este tipo acabó compartiendo espacio con el mismísimo Satanás.

San Jorge está preparando todo para pedir un cielo independiente. Estoy convencido. No puede ser casualidad que aquellas tierras en las que él es el patrón, protector y garante de sus destinos, estén enzarzados en proyectos de cariz rupturista.

Sí, es verdad que tanto Cataluña como el Reino Unido llevan siglos de historia dando la matraca con sus hechos diferenciales, y su pretensión de estar unidos a proyectos mayores aunque solo para lo que a ellos les parezca bien, pero, y como decía al principio de esta reflexión, el tiempo en el cielo discurre de otra manera, y lo que a nosotros pueden parecernos siglos a ellos no tengo ni idea de cuánto puede parecerles. Poco, seguro.

Y en la Tierra, también estamos preocupados. No hay más que observar, escuchar, alrededor y el tema es omnipresente. ¿Veis? Como en el cielo, omnipresente.

“Sí, es verdad que tanto Cataluña como el Reino Unido llevan siglos de historia dando la matraca con sus hechos diferenciales, y su pretensión de estar unidos a proyectos mayores aunque solo para lo que a ellos les parezca bien”

Cuanto más lo pienso más convencido estoy. Toda la culpa es de San Jorge, o del dragón si hacemos caso a las teorías conspiratorias. No en vano el dragón, hasta estos tiempos en que los animales son los buenos en todo, siempre ha sido una representación del mal, de la destrucción, del fuego que todo lo arrasa.

Pobre San Jorge, tal vez algún santo amigo debería de hablar con él y explicarle lo que es evidente para cualquier estudioso de los asuntos humanos. Esa manía de no leer que tienen en el cielo, de saberlo todo al mismo tiempo, tal vez los hace perder la perspectiva temporal. Alguien debería explicarle que desde que dios hizo ¡bum! y el universo, o los universos, empezaron a expandirse, la tendencia general es que todo vuelva al origen, a la unidad. Aquello del alfa y el omega.

Y sería conveniente, incluso necesario, que quién se decidiera a hablar con el bueno de San Jorge lo hiciera antes de que dios decida salir de su habitual ensimismamiento, porque entonces, posiblemente, ya no tenga solución.

En fin, que en el cielo están preocupados, de una forma, y en la tierra también, aunque sea de forma diferente. ¿Y yo? Pues también estoy preocupado, por ellos, fundamentalmente, por San Jorge, por Cataluña y por el Reino Unido,  claro que siempre puedo gritar eso de ¡Santiago y cierra España! Y es que al fin y al cabo siempre es un consuelo tener como patrono a un santo más preocupado de unir que de otras veleidades.

Los Roba gallinas y los “Otros”

No habíamos pensado nunca que los roba gallinas somos el pueblo incluida la clase media-media.

 

 Ciudadanos que producen riqueza, pagan los impuestos y reproducen nuevos ciudadanos. Sin embargo, sí por el devenir de la vida alguno pierden el sustento, se ven envueltos en procesos administrativos, judiciales, con la hacienda pública o simplemente manifestar una opinión contraria a la establecida por la autoridad. Al ciudadano normal se le obliga a pagar multas excesivas so pena de embargarles los bienes o entrar en prisión. El pueblo no entiende ni puede costear el entramado legal-judicial al que está sometido. Un ejemplo de estos ciudadanos son los castigados a penas de cárcel por gastarse parte del rédito de una tarjeta encontrada en la calle en comida para sus hijos, por el robo de una bicicleta o por delinquir para conseguir una dosis de droga. Todos ellos ya han sido excluidos del sistema y es el único camino que les brinda la sociedad para malvivir cada día.

Por otro lado están los “Otros”. Los que han confeccionado durante siglos un código legal lleno de recovecos a su imagen y conveniencia con el fin de utilizar la ley, las formalidades, las influencias y el dinero para alargar los procesos mediante recursos tras recursos, destrucciones de pruebas “ destrucción del ordenador a martillazos”, prescripción de delitos y suma y sigue. Todo lo expuesto y lo obviado permite a los “Otros” conseguir sentencias absolutorias o extraordinariamente benignas en relación a las fechorías cometidas.

Nadie que no sea peligroso para sus semejantes debería entrar en prisión. La cárcel no mejora a las personas. Debería de haber otros medios que sirvieran para rehabilitar y reintegrar a los delincuentes y marginados en la sociedad. Ahora bien, sí un señor roba a un particular o a una empresa está obligado a pagar la deuda con sus bienes. En caso de ser insolvente se le descuenta una cantidad de sus salarios futuros, o considera un indigente toda la vida.

Agradecería que alguien nos informara sobre lo siguiente. ¿En qué galaxia vivimos, en qué planeta? Cómo es posible que en una democracia europea supuestamente avanzada los políticos, financieros y otros delincuentes de altos vuelos condenados, no devuelvan hasta el último euro indebidamente apropiado y de algún modo paguen a la sociedad el daño causado. Ese dinero no reintegrado no es del Estado sino del pueblo que con su sudor ha pagado impuestos para tener una mejor sanidad, educación, pensiones y un futuro mejor.

Ciudadanos estas son las dos Españas, una crea riqueza con su trabajo y sus impuestos, mientras la “Otra” se sirve de los roba gallinas para vivir a costa del pueblo, saquear el país, enriquecerse y llevar el dinero a buen recaudo a paraísos fiscales.

Cuando los políticos nos comparan con otros países europeos siempre resaltan los aspectos que a ellos les interesan pero se olvidan de las desigualdades que nos alejan del progreso. Piensan que el pueblo no sabe lo que le conviene, pero ellos sí saben cuáles son sus conveniencias. Con este fin los “Otros” intentan crear un clima de miedo y crispación dividendo a España entre rojos, nacionalistas y españolistas.

“Ciudadanos estas son las dos Españas, una crea riqueza con su trabajo y sus impuestos, mientras la “Otra” se sirve de los roba gallinas para vivir a costa del pueblo, saquear el país, enriquecerse y llevar el dinero a buen recaudo a paraísos fiscales.”

Sin embargo, el discurso cala cada día menos en la población. Los ciudadanos quieren gobiernos democráticos que hagan funcionar el Estado de modo equitativo y a partir de esta premisa allá cada uno con sus preferencias. Estamos cansados de sentir vergüenza de la clase dirigente.  Cuando afirman que ta

o cual corrupto ya no pertenece a una sigla se olvidan que cuando votamos no elegimos a personas sino a los partidos y que son estas agrupaciones las que confeccionan la lista de los candidatos. Por tanto, las formaciones son la responsables de la corrupción perpetradas por sus miembros durante los mandatos.

Estos pueblos “ignorantes y manejables” saben y reconocen con resignación, la extracción continúa de la riqueza del Estado a favor de los “Otros” en la Historia de España y se asombran que ni la entrada en la Comunidad Europea haya sido capaz de revertir la situación.

Presuntamente todos con grandes proclamas intentaran crear un pacto para dar la apariencia de renovación de todo lo sucedido durante estos últimos cuenta años. Pero lo seguro es, “que todo cambiará para que siga igual”. Los poderes no van a consentir convertirse en roba gallinas trabajadores y pagadores de impuestos con los mismos deberes y derechos que el pueblo. Cada día cuando me despierto pienso en la grandeza de los pueblos del Estado español cuando a pesar del aumento de la desigualdad promovida por el expolio continuado de los “Otros” seguimos adelante.

© Carmen Garrido

La sombra de Felipe González

Permitidme que os enseñe un video

Felipe González y las puertas giratorias en 1982

Felipe González y las puertas giratorias en 1982

Publié par Spanish Revolution sur samedi 19 novembre 2016

Han pasado treinta y seis años,  y este señor sigue manejando los hilos dentro del Partido de la rosa, de esa rosa llena de espinas y que tanta sangre esta causando dentro de su seno. Sangre de militantes de base que ven frustradas sus expectativas al permitir que en este país gobierne la derecha, de ver como quien debía ser la referencia dentro del partido esta intoxicado por una droga que quien la prueba se convierte en un ser pérfido y egoísta.

No es de extrañar que este señor vea en Pablo Iglesias, en el de ahora y en el de antes, la imagen de lo que él fue en su día, de ahí ese rechazo, porque no querrá recordar que existen unos valores sociales que hacen que se avergüence en lo que se ha convertido.

Que casualidad que aquel que condenaba las puertas giratorias no se haya bajado de ellas desde que se convirtiese en expresidente del gobierno.

Pobre familia socialista, mis primos hermanos, con un patriarca convertido en uno más de esos que no hacen la vida nada fácil al obrero, en un hombre gordo de los manjares que muchos no alcanzamos ni siquiera a oler, y no me refiero sólo a la comida, sino a una forma de vida propia más de un burgués que de quien tiene que levantarse todos los días a las seis de la mañana para cobrar al final de mes un salario que ni siquiera llega a superar la quincena del siguiente, ni siquiera mileurista.

“Que casualidad que aquel que condenaba las puertas giratorias no se haya bajado de ellas desde que se convirtiese en expresidente del gobierno.”


Repelente persona que bien merece ser considerado más un socio-listo que  un socialista, ¿a santo de qué?… Una imagen acartonada, un busto que nos recuerda que venimos del mono aunque en su caso menos evolucionado… un ricachón, no por méritos propios sino por servirse de la política en su propio beneficio. ¿Cómo puede un homínido así atreverse a dar consejos dentro de su partido, manejando los hilos desde la sombra?, ¿cómo pueden ciertos socialistas venerar su persona y ponerla como ejemplo?, ¿ejemplo de caradura o de sin vergüenza?

Este es Felipe González, con más sombras que luces, quizá sólo una, pero entonces era un simple abogado laboralista con una chaqueta de ante desgastada, cuando no le daba vergüenza levantar el puño izquierdo  para honrar a todos los obreros del mundo mientras cantaba la internacional. ¡Arriba parias de la tierra, en pie famélica legión!, que contraste… el ahora y el ayer, socialistas y no un partido aburguesado que comulga con un sistema en el que la justicia social abunda por su ausencia, demonizando la lucha social, único camino que nos dejan, porque ni siquiera cumplen con el mandato representativo asumido de sus votantes, quizá porque el humo que vendieron se ha esfumado.

 

 

El término por la palabra

 

Disponía nuestra anterior ley de enjuiciamiento criminal (LECrim, en adelante) de varios términos para identificar a la parte sobre la que recaía el proceso, de tal forma que uno podía saber perfectamente en que estado se encontraba el asunto dependiendo de cómo lo llamasen.

Por supuesto, no todo el que sufría un procedimiento penal en sus carnes tenía que pasar por ser identificado por todos y cada uno. Así, uno podía ser acusado pero más tarde podía resultar absuelto, no llegando nunca a ser condenado ni reo, por ejemplo.

Teníamos, así, términos como detenido, imputado, acusado, condenado o reo. Todos determinaban la posición que ocupaba el justiciable en cada uno de los momentos procesales, si es que debía estar en alguno de ellos, claro.

Pero, llegó el momento de encausar -no sé ya si estará bien expresado- a determinados políticos,  pues de la investigación de hechos delictivos aparecían indicios de que tales personas podrían ser partícipes de aquel ilícito. Aquello «se les fue de las manos» a las fuerzas y cuerpos de seguridad y empezaron a brotar políticos en las causas como si de setas se tratase. De una simple investigación, aparecían tres más. De esas tres, quince más. Y así. Esto era y es un no parar.

Y claro, saltaban a los medios, porque aquellos presuntos eran políticos. Y cada vez eran más, y más conocidos. Y estaban de todos los colores, sexos, ideologías, orientación sexual, creencias y tamaños -en pleno respeto a nuestro adorado artículo 14 de la Constitución, en adelante CE-. Aquellos pedían y exigían respeto a su derecho a presunción de inocencia (artículo 24.2 de la misma Carta Magna), aún con sentencia condenatoria firme.

“Claro, ya se oía mucho aquello de «imputado» por los pasillos de las Cortes. Más que eso de «elegible», «candidato», «consejero», «diputado»… Y la palabra «imputado», aunque rimaba, era muy fea.”

Claro, ya se oía mucho aquello de «imputado» por los pasillos de las Cortes. Más que eso de «elegible», «candidato», «consejero», «diputado»… Y la palabra «imputado», aunque rimaba, era muy fea. Denostaba a los compañeros. Ya no se apreciaba todo aquello que habían hecho por el bien de la plebe de forma desinteresada.

Conforme aparecían imputados, se diluía el significado de «desinteresado». Es más, nos daba ya  al -ahora para ellos- populacho, la impresión de que era más un interés «más que interesado». Así no los podríamos creer. No los podríamos votar. ¡Perderían su puesto! ¿Y qué harán ahora? Todavía no se habían colocado todos en alguna energética o multinacional anteriormente favorecida de turno. ¿Quién iba a recibir a un «presunto criminal imputado»?

Al ser tantos, entre ellos amigos y otros dispuestos a perder esa amistad a cambio de una reducción de condena, de manera totalmente previsora -no como en otros asuntos menos importantes para el gobernado como cláusulas bancarias, energías renovables, tarifas eléctricas- decidieron «ajustar» los términos empleados a una realidad más actual.

Así, a través del preámbulo V de la Ley 13/2015, de 5 de octubre, de modificación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal para el fortalecimiento de las garantías procesales y la regulación de las medidas de investigación tecnológica (ahí es nada), se presentó la justificación del cambio de denominación. Desde 1882 se venían usando prácticamente los mismos términos, pero como digo, el común no pierde nada si se le tilda de «imputado». El gobernante sólo puede ser tratado de absuelto, inocente (o Infante de España, que en algunos honrosos casos ya es causa de) o, en cualquier caso, parte-inocente-que-puede-conocer-algún-detalle-que-ayude-al-esclarecimiento-de-los-hechos-y-que-«están-deseando-ir-a-declarar-ante-el-Juez-para-aclarar». Pero ese último término quedaba muy largo, así que pensaron en uno más corto pero que no hiciese mella en sus intachables conductas y reputación. «Investigado» queda bien, pensaron. Y así lo hicieron. Y en alarde de benevolencia y magnificencia le regalaron tal término a todos los justificiables, sin distinción -otra vez, en defensa del art. 14 de la Constitución Española-.

Explica el preámbulo de la citada norma que se cambia tal término para evitar connotaciones negativas -antes no debían ser tan negativas, apreciaron- y estigmatizadoras -debe ser que esta cualidad la aportó la aparición de las redes sociales, de ahí que ahora sí son estigmatizadoras y antes no-. Se aplica -investigado, se entiende- cuando son sólo «meros sospechosos», aquellos sobre los que no hay suficientes indicios para atribuirle formalmente la comisión de un delito.

«Encausado» será aquel a quien la autoridad judicial le imputa (imputado, pues) indicios razonados y suficientes de tener actividad y participación penalmente punible en la comisión de un hecho delictivo en concreto. En realidad lo que hacen nuestros tribunales es, una vez valoradas las pruebas practicadas y analizada una acusación fundada que solicita la continuación del procedimiento, decir si hay indicios suficientes o no que puedan hacer pensar que hay un delito y que la persona de la que hablan puede tener alguna responsabilidad penal, y si los hay, se le imputa/encausa. De otra forma se podría entender como que «imputa» quiere decir «sentencia», lo que sería en realidad aplicable el término  «condenado» y no «encausado», claro. Aquí también se usa el término de «imputado», «acusado» o «procesado», pues ya hay una acusación sobre unos hechos concretos, una determinación de la actuación sobre el que versa, se establece el grado de participación y si hay circunstancias eximentes, atenuantes o agravantes (así como petición de condena detallada para cada uno de los actos de los que se le considere responsable y, si lo hubiere, cuantía de responsabilidad civil). Es decir, que hay indicios más que suficientes y claros como para pensar que eres culpable.

Y esta reforma la propuso el partido que hoy sigue en lo alto de nuestras Cortes. Aún así no les ha parecido suficiente, o se han dado cuenta de que no anduvieron todo lo fino que hubiesen debido. Tal es su suerte que ahora llaman a Diego digo, y viceversa.

Y es que, aunque compartan acepciones, «término» y «palabra» no siempre son lo mismo, por más que, a través de una demagogia oculta tras un leve velo transparente de analogía, quiera uno hacer valer gato por liebre. De esta forma, cierto político que ahora está en todos los medios -póngase, en realidad, a cualquiera de los actuales- en su día dio su «palabra», aquella que siempre se cumple (5º y 6º significado en el DRAE), de que si a su nombre le acompañaba el «término» (8º significado en el DRAE) «imputado» dimitiría.

Y llegó el momento, en que haciendo uso de la nueva nomenclatura, en atención respetuosa a nuestras leyes, y sin que eso signifique resolución alguna, se procedió a la imputación de este señor. Y este caballero no dimite, ni dimitirá. Solicita paciencia al vulgo, pues demostrará que nada hizo y que es inocente. No se ha puesto en duda, por quienes le precisan cumplimiento, del resultado de su pleito. Sólo le instan a cumplir con su palabra, lo cuál no hace aunque ahora intente confundir con retóricos  (entiéndase a la tercera acepción de la palabra en el DRAE) términos.

Ahora lo defienden desde más arriba poniendo como ejemplo a otros -sus compañeros de pactos, que no de color- que «metieron la pata, pero no la mano», aludiendo a que es el mismo supuesto. Pero, por más que intenten confundir al pueblo y a sus «compadres», la palabra que dio no fue respecto de una condena, sino sobre un término que se ajustó a su gusto, dejándolo sólo para singular estado dentro del proceso penal.

Así que, en cumplimiento de sus funciones, cumpla con su palabra, o vuelvan a modificar el término; y si no, sinceramente y para todos los que se encuentren en esa misma situación, espero que el incumplimiento de su palabra sea el término de su carrera político-pública.

© David Breijo. Abogado.

En defensa de los valores

“Todos, todos me miran al pasar, menos lo  ciegos, es natural” y mi sensación actual es que estoy rodeado de ciegos, de los peores ciegos que  existen, los que no quieren ver.

Al parecer esta ceguera que se ha apoderado de la sociedad de unos años a esta parte, pero que aún debería de ser reversible, se desarrolla de una forma insidiosa, paulatina, casi voluntaria, de tal forma que el ciego lo acaba siendo por su propia determinación.

Empieza viendo solo la realidad que le rodea con un solo ojo, el que le marca su ideología, mientras cierra el otro cada vez con más fuerza hasta que, víctima de la misma inoperancia, del sistemático olvido de la función se desconecta definitivamente y  produce una ceguera parcial en el individuo que a partir de ese momento no tendrá más opción que seguir mirando sesgado.

Aunque esta pérdida pueda parecerle a algunos irrelevante e incluso conveniente a otros, la verdad es que realmente es irreparable porque ciertos valores solo son apreciables, solo son aceptables desde una perspectiva de visión dual. Esos valores dañados, olvidados, perdida la perspectiva son además los valores fundamentales que todo hombre de bien debería de defender por encima de sus propias y parciales convicciones: La Justicia, la Verdad, la Solidaridad, la Libertad y el Respeto.

Ninguno de estos valores es defendible si el individuo se empeña en mirar con un solo ojo y olvida que hay siempre, siempre, otra perspectiva de cualquier suceso o problema que es, como mínimo, tan válida como la suya.

La Libertad que hay que defender no es la propia, es la ajena. La solidaridad que hay que practicar no es con los que nos son afines, si no con los que nos son ajenos. La Justicia que hay que lograr no es la que dicta lo que yo creo si no la que preserva la inocencia en su máxima posibilidad. La Verdad que tenemos que buscar no es la que hace a unos mejores que a otros si no la que nos permita ser  a todos iguales. El respeto que tenemos que sentir, no el que practicamos, si no el que nos tiene que salir de dentro, el que nos permite escuchar las ideas de los demás, aunque sean contrarias a las nuestras, con la misma ecuanimidad y atención, o mayor según el grado de perfeccionamiento, con la que ellos deberán de escuchar las nuestras.

“El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.”

El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.

No puedo evitar cada vez que me asomo a las redes sociales sorprenderme de la bajeza que practican sectariamente personas que en la vida real, en el encuentro físico me parecen personas inteligentes y razonables.

Supongo que el anonimato, aunque sea nominal, del ordenador, el no estar físicamente sosteniendo lo dicho hace que muchas personas, insisto inteligentes, aparentemente ecuánimes, comprometidas con los valores, entren en una atroz carrera por decir la burrada más ocurrente, la patochada más soez e innecesaria, la barbaridad más insostenible, la irrespetuosidad más miope sobre los más diversos temas y personas, sin darse cuenta que lo mayores reos de sus disparates son ellos mismos y su credibilidad.

No dudo, en realidad estoy convencido, de que como los avaros de los cuentos su única satisfacción será frotarse las manos mientras recuentan los me gusta y los comentarios huecos y lisonjeros que responden a sus palabras.

Yo, que pretendo seguir siendo yo y para eso necesito que los demás sigan siendo los demás, todos, sin excepción, me declaro reo de mis palabras, sean escritas orales, firmadas o sin firma, porque mi único interés es la preservación y perfeccionamiento de los valores individuales fundamentales. Verdad, Justicia, Solidridad, Respeto  y como consecuencia Libertad.

Mujeres imprescindibles

 

Ocho de marzo… día internacional de la mujer… ¿Qué diferencia a la mujer respecto al hombre para que se la tenga que dedicar un día a nivel internacional?,

sólo se me ocurre una respuesta que engloba todas su virtudes sin resulta empalagoso: mujeres imprescindibles, como lo es el sol para que haya vida en nuestro pequeño planeta.

Pero, por este mismo razonamiento el hombre también sería imprescindible, ya que si ponemos, por ejemplo, la maternidad como forma crear vida, ésta no sería posible sin que el hombre pusiera de su parte, aunque nada se parece el hecho de copular con el de concebir a un hijo y tenerlo que aguantar durante nueve meses en seno materno, con lo bueno y lo menos bueno que ello supone; por lo tanto, si pusiéramos en un ranking una y otra función, la mujer nos adelantaría, como también lo hacen en otras muchas capacidades.

Sin irnos muy lejos del lugar donde habitualmente se concibe a los hijos, hay otra diferencias sustanciales que nos aleja de ellas como lo es el hecho de que mientras la sinapsis cerebral en los hombres tiene lugar en una parte del cerebro que fomenta actitudes como la actividad sexual, en el sentido más mecánico de la palabra, o  la agresividad, sin embargo, en el cerebro femenino destacaría las zonas destinadas a escuchar y a la empatía.

Otro ejemplo, sin querer resultar pesado, sería el alto nivel que tienen con respecto a los hombres en cuanto a la tolerancia al dolor, bastante más alto que el nuestro, lo que las ayuda a lidiar con la agonía de dar a luz o los dolores menstruales.

En fin, la lista de actitudes que nos diferencia a ambos sexos podría ser bastante más larga que lo previsto para este artículo, así lo afirman las investigaciones llevadas a cabo por la Doctora Louann Brizendine, profesora de neuropsiquiatría en la Universidad de California, plasmadas en su libro “El cerebro femenino” (RBA), en el que me ha apoyado para hacer las anteriores aseveraciones.

Sin embargo, el motivo por el que se encumbra a las mujeres en un día como hoy, no lo es tanto por nuestras diferencias físicas y psíquicas, sino por la subyugación y desigualdad de la que han sido objeto durante siglos con respecto a nosotros; abanderando con ello una lucha de carácter internacional para crear entre todos un legado histórico de estrategias, normas, programas y objetivos  para mejorar la condición de las mujeres en todo el mundo, promoviendo su participación en condiciones de igualdad con los hombres en el logro del desarrollo sostenible, la paz, la seguridad y el pleno respeto de los derechos humanos.

Se trata pues de un empoderamiento más que merecido de ellas y  conseguido por ellas, dentro de una sociedad que, por desgracia, en pleno Siglo XXI todavía sigue siendo machista en sus comportamientos, como lo es la desigualdad en el mercado laboral, dentro del cual los hombres siguen ocupando mayores puestos de dirección, aún no mereciéndolo o estando menos capacitados que ellas, o por percibir un menor salario que nosotros en un mismo puesto de trabajo.

“Se trata pues de un empoderamiento más que merecido de ellas y  conseguido por ellas, dentro de una sociedad que, por desgracia, en pleno Siglo XXI todavía sigue siendo machista en sus comportamientos”


Sí, hoy es un día dedicado a las mujeres corrientes que han luchado y siguen luchando por un mejor puesto en la sociedad, que no es otro que el que se merecen y tienen derecho, y tan simple como ser absolutamente iguales que los hombres. También estoy han pensando en aquellas pobres mujeres por su destino, pero seguro que valientes  en su vida que han perecido, objeto de violencia de genero por parte de sus parejas, de “medios hombres” que no saben que “mi mujer” no es sinónimo de posesión, ni de subyugación, ni de servilismo; sino de lucha en común por un proyecto de vida, así como de compartir, tolerar y de otras muchas acciones en común que se pueden y deben englobar en la palabra amor, empezando por el más absoluto respecto, elevado a un nivel casi sacro, a quien decidió un día compartir la vida con nosotros.

Dedicado a vosotras,  y especialmente a mi madre, que hoy cumple años.

 

 

 

 

 

reflexiones sobre la libertad de expresión

Empiezo a pensar, y después de leer a Fernando Savater parece que no soy el único, que además de ocultarnos sistemáticamente la verdad nos toman por tontos. Yo, por lo de pronto, me niego a ser adoctrinado ni por lo público ni por lo privado.

Sostener que un mensaje que es de primero de primaria, que un mensaje que se limita a hacer una descripción biológica de la diferenciación natural de los sexos, se puede considerar ofensivo, o que puede incitar a la violencia, es cuando menos preocupante.

No dudo, no tengo por qué, que el fondo de la campaña, o la intención, del ya famoso autobús, permítaseme felicitar a quién lo ideó porque nunca pudo sospechar que su mensaje, y el medio de difundirlo, iban a alcanzar la repercusión mediática que han conseguido, sea contrario a las tesis de ciertos colectivos, pero de ahí a hablar de incitación al odio media un abismo.

Parece ser que la moda y tendencia es cogérsela con papel de fumar cuando se analizan los mensajes de un lado del espectro político y considerar como ofensa y afrenta cualquier idea que tengan a bien propalar, mientras existe barra libre del otro lado. De tal forma que parece ser que la libertad de expresión solo es válida cuando se ejerce desde ciertas posiciones ideológicas y, al menos a mí, eso me parece absolutamente rechazable, y muy, muy, pero que muy preocupante.

Casi nadie, yo al menos apenas lo he oído, ha explicado que esta campaña del ya famoso autobús es una respuesta a otra campaña de signo contrario promovida en Vitoria, con los mismos colores, con grafía semejante, y con difusión en las paradas de autobús de esa ciudad, y de Gasteiz.

No es lo mismo a la hora de valorar lo sucedido el hecho de que el autobús sea una iniciativa única y gratuita a que sea una respuesta a otra iniciativa sobre el mismo tema que nadie ha contestado ni puesto en cuestión. O sea que sobre el mismo tema dos organizaciones se posicionan con el mismo tipo de mensaje pero contrapuestos y ¿uno incita a la violencia y otro es libertad de expresión? No suena bien, no me parece convincente.

Entre el mensaje de una  -“Hay niñas con pene y niños con vulva, así de sencillo”, de Vitoria Gasteiz- y el mensaje de la otra –“Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”, de Madrid- yo no veo más diferencia que la evidente de que el segundo mensaje es de primero de primaria y el primero tal vez sea de secundaria.  Porque si yo fuera un niño, cosa ya imposible, y leyera los mensajes, el del autobús lo entendería a la primera y sin dudas ni desconcierto, pero el de las vallas publicitarias de Vitoria-Gasteiz requeriría de las explicaciones de un adulto para las que a lo mejor no estaría preparado. Bueno, por ser más exactos, puede que el niño no esté preparado, o incluso que el que no esté preparado sea el adulto para darlas, y entonces vendrán el fomento del odio y la intolerancia. Claro que lo mismo me entraba el furor científico y me ponía a hacer una masiva prueba de campo bajando pantalones y ropas interiores a diestro y siniestro. El resultado de tal prueba de campo me llevaría a dos conclusiones, la primera, empírica, que no entiendo a qué se refiere el cartel porque lo comprobado visualmente no cuadra con el mensaje. Efectivamente, así de sencillo. La segunda, ¡ay pobre de mí! que una parte de la sociedad no comparta, ni comprenda, ni apruebe, mi entrega a la ciencia y pueda acabar metido en problemas y con alguna parte de mi cuerpo contusionada. La gente en ciertas cuestiones es muy suya.

Convencer debe de ser el objetivo y no vencer porque este no es un tema, por más que ciertas posiciones ideológicas lo pretendan, que se deba de confiar al adoctrinamiento, a la imposición, antes bien debe de ser objeto de formación para que permita un desarrollo natural y no conflictivo en la sociedad. Si es que lo que se pretende es integrar y no enfrentar que es lo que al final se está consiguiendo.

Acallar mediante la persecución, el insulto y el aplastamiento toda opinión contraria a cualquier idea propia es una forma de adoctrinamiento que solo puede conducir al odio y al silencio conspiratorio de esas posiciones. Yo por lo de pronto alzo mi voz contra ese sistema de totalitarismo ideológico lesivo para la sociedad y para su formación, y olvido, a propósito, y con rabia, el posicionarme personalmente sobre el tema de fondo porque lo de lo que se trata es de las formas, que aunque parece que no son importantes lo son cuando hablamos de convivencia. Por eso y porque en el ambiente actual posicionarme sería una forma patética y poco convincente de intentar justificar lo que pienso y me niego. Yo tengo derecho a pensar por mí mismo e incluso, en ciertas ocasiones, a discrepar de los que piensen parecido.

 

“Acallar mediante la persecución, el insulto y el aplastamiento toda opinión contraria a cualquier idea propia es una forma de adoctrinamiento que solo puede conducir al odio y al silencio conspiratorio de esas posiciones.”


Y ahora, para acabar de explicarnos a los ciudadanos que es lo correcto y que es lo incorrecto, leo con asombro que una empresa cervecera catalana y la ciudad de Valencia piensan sacar su propia campaña contra el autobús. Espero que sean prohibidas con el mismo rigor y la misma contundencia o simplemente los ciudadanos de a pié, los independientes, los librepensadores estaremos en el camino de perder de nuevo una batalla. Y no es una batalla menor la de defender la ecuanimidad y la auténtica libertad de expresión.

Y además, y por ende, empiezan a surgirme dudas. ¿Qué tiene que ver la cerveza con la transexualidad? ¿Mi posición en este artículo se debe a mi nula ingesta de la tan rubia y espumosa bebida? Un sin vivir, oiga, un auténtico sin vivir esto de no poder estar de acuerdo ni siquiera con las propias ideas. Ya lo decía Voltaire, que el ideal democrático es ser capaz de defender las ideas ajenas por encima de las propias convicciones. ¿Qué quien es Voltaire?, esa es otra.

“No sé por qué piensas Tú, soldado que te odio yo” escribía Nicolas Guillén, cantaba, si no recuerdo mal, Facundo Cabral, “Si yo soy tú y tú eres yo”. Esto si sería democracia, utopía democrática. Demasiado para algunos.

 

España, un país saqueado y humillado

No quiero vivir en esta España, no me gusta mi país ni quienes lo dirigen.

No me gusta quienes soportan… no con estoicismo, sino con resignación, tanto abuso de poder, tanta injusticia… No soporto la falta de dignidad de un pueblo desprovisto de sus derechos  y sin futuro.

Sólo veo a mi alrededor cadáveres, gente sin vida  mirando a quienes deciden en la guerra y en la paz, si debemos vivir o morir… porque estar muerto no significa sólo dejar de respirar para siempre, sino también vivir sin vida porque te la han arrebatado.

Veo un sufrimiento  social que me hace daño, que me transmite la desesperación de aquellos de mis congéneres, que a diferencia de los que viven sin vivir, lucharon y siguen luchando por un futuro mejor, intentando derribar la muralla que han construido aquellos herederos del franquismo que han sustituido el yugo y las flechas por una laridae con forma de buitre, igual que los que se cobijan bajo sus alas.

En esto se ha convertido España, en un país en el que la marca “Ñ” sólo se cotiza en el ámbito del turismo, cayendo en el ránking de la economía mundial del octavo al décimo cuarto puesto, eso sin contar una deuda exterior que tardaran en saldar varias generaciones futuras,  y eso si alguna vez lo consiguen.

Un país donde la corrupción política es una de sus principales señas de identidad. Donde la justicia es diferente dependiendo del apellido de quien está sentado en el banquillo y del color de su sangre. Siendo la de color azul sinónimo de exculpación o de trato de favor.

Un país en los que aquellos herederos de la dictadura, a los que me he referido antes, quieren echar más tierra sobre las cunetas que sirvieron de tumba a quienes lucharon por la libertad de un pueblo en un conflicto bélico entre hermanos, propiciado por el dictador, que quienes vencieron se encargaron de prolongar más de aquella comunicación radiofónica de 1 de abril del año 1939, que decía así:

“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.- El Generalísimo, Franco”.

Todo ello, porque quieren que dejamos en paz a los muertos con el objeto de que sus fosas comunes no sirva de escarnio contra quienes les encumbraron en la política por ser hijos, nietos o sobrinos de quienes con una camisa azul fusilaban en dichas cunetas o en los extramuros del cementerio a quienes pensaban de forma diferente a ellos, generando un clima de terror que duro cuarenta años, durante los cuales no hubo derechos y libertades, sólo la sumisión de un pueblo que cada día se parece más al actual. Se olvidan que para poder pasar página, primero habrá que leer lo que en ella se ha escrito, y pedir perdón, no tanto por las muertes que las hubieron en ambos lados,  sino por el trato recibido de los vencedores tras la guerra.


Tampoco puedo querer a un país, donde los nacionalistas se olvidan de una deuda histórica pasada, y donde el respeto democrático se traduce en guerras de banderas y de lenguas, generando fronteras en vez espacios libres para el dialogo y el debate político.

“quieren que dejamos en paz a los muertos con el objeto de que sus fosas comunes no sirva de escarnio contra quienes les encumbraron en la política por ser hijos, nietos o sobrinos de quienes con una camisa azul fusilaban en dichas cunetas o en los extramuros del cementerio a quienes pensaban de forma diferente”

No quiero pertenecer a un país en el que no hay generosidad con los más necesitados, con los expulsados u obligados a abandonar sus países de origen a cuenta de conflictos bélicos de los que  España es proveedor de armas.

Veo, como el caos cada día se apodera más de nuestras vidas… donde a los ancianos se quedan sin sus pensiones por las que cotizaron durante su larga vida laboral, los empleados sin trabajo, y los parados sin prestaciones…. Donde los jóvenes no pueden ver su futuro a través del humo de tantos de incendios provocados por los pirómanos de esta pseudo-democracia.

Finalmente cierro los ojos, y veo la deflagración de una bomba cuyo onda expansiva se convierte en un payaso asesino de una humanidad cada vez mas abandonada por los poderosos, donde los hombres y mujeres se han vuelto enemigos de ellos mismos por no cuidar de un planeta que se nos prestó para vivir en él y al que tratamos como un estercolero.

Me duelo este país, me duelen sus gentes… me duelen sus injusticias.

 

 

Donde dije digo, digo digo

Es difícil sustraerse  a los debates trampa permanentes que los políticos en general nos proponen para evitar que nos interesemos sobre lo que realmente es importante.

Son múltiples, variados y nos van vaciando poco a poco de energía y de capacidad de reivindicación sobre los temas fundamentales que como ciudadanos, ya no de pleno derecho, realmente deberían de centrar nuestra atención.

Pero si hay un debate baldío, un debate desesperante y lesivo para los ciudadanos es el del lenguaje, es la perversión continua y continuada de la palabra que muchos de nuestros políticos utilizan para evitar que pueda existir un canal fluido de comunicación. Gracias a esta artimaña, burda, intolerable y que ataca directamente al patrimonio fundamental de las personas, que es el lenguaje, el debate se acaba centrando en los términos a utilizar y no en el fondo a conseguir.

Leo con pasmo, casi entre sollozos rayanos entre la risa y la desesperación, que una “portavoza” parlamentaria ha recriminado a otro diputado la utilización del vocablo guardería, que ella, y puede que su grupo, considera inadecuado en vez del mucho más correcto, insisto, para ella, de escuela infantil.

Tan soberana estupidez, se me ocurren otros términos pero tal vez sean inadecuados, se produce porque cierto tipo de políticos necesitan significarse y como al parecer las ideas no son ni suficientes, ni suficientemente brillantes, hay que presentarlas de tal manera que parecen lo que no son, importantes, trascendentes. Esto es, como el presente no vale nada me gasto el dinero en envolverlo.

Seguramente esta señora, o señorita (que antiguo, no?), esta “portavoza”, de lenguaje afilado y réplica presta, no tiene tiempo, ni ocasión, ni interés, de leer el RAE, o simplemente, le importa un pito lo que diga la Real Academia de la Lengua si no coincide con lo que ella cree que debe de decir. Porque si se molestara en leerlo vería que una de las acepciones del RAE dice: “Lugar donde se cuida y atiende a los niños de corta edad”. No habla nada de guardar niños, que es lo que ella argumenta que significa confundiendo la semántica con el significado.

“Tan soberana estupidez, se me ocurren otros términos pero tal vez sean inadecuados, se produce porque cierto tipo de políticos necesitan significarse”

Claro que no es la única confusión, y por eso creo que no es una confusión inocente, también suelen confundir la palabra con la carga de la palabra, su uso con su mal uso y utilizan una regla pacata y destructiva para cambiar el lenguaje y llegar a un punto en el que decir algo simple se acaba convirtiendo en una tarea de titanes. Decir enano es ofensivo, hay que decir persona de talla baja. No, decir enano es decir señor de talla baja y la ofensa puede estar en el que lo dice o en el que lo escucha, pero jamás en la palabra misma.

Existen alrededor de veinte enfermedades diferentes que producen enanismo, término médico que no se si traducir, por no ofender, como “personismo de talla baja”, y cuando le llamo enano a alguien puede suceder que se lo llame a alguien que no lo es con el ánimo de ofenderlo, que se lo llame a alguien que lo es con ánimo de ofenderlo, que se lo llame a alguien que lo sea y que se ofenda, o que se lo llame a alguien que es y simplemente esté apuntando una característica física que ni pretendo que ofenda ni ofende. Si hay ofensa la carga se le da a la palabra, no la tiene esta por sí misma, y por tanto lo que tengo que cambiar es la educación del que ofende o del que se ofende, no sustituir la palabra por otra, o por otro circunloquio, que podrá acabar cargándose de igual manera.

Uno de los grandes logros del lenguaje es la economía, es la capacidad de resumir un concepto complejo en una palabra y lo que se pretende de unos años a esta parte es justo lo contrario en aras de un puritanismo conceptual absolutamente interesado, sustituir la definición por una descripción, pervertir las reglas básicas de la comunicación acusándolas de ser portadoras de sentimientos y orientaciones. No, las palabras solo son vehículos de comunicación, sin más carga que la que cada uno quiera darles, al escucharlas o al pronunciarlas.

Una persona de edad avanzada es un viejo, una persona de talla baja es un enano, una persona que comercia con el trabajo de los demás es un explotador, no, un empresario tampoco, aunque en ocasiones puedan coincidir las dos cosas, y una escuela infantil, donde se enseña y educa a los niños de corta edad es una guardería.

Se ponga usted como se ponga señora “portavoza”. Para algunos, ya sabemos, viejos, carcas, fachas, indignos de ser mirados como iguales por ustedes, confundidos y confusos, la palabra es un valor tan importante que no estamos dispuestos a callarnos ni debajo del agua cuando observamos la “invención” del nuevo lenguaje. Como al poeta, nos queda la palabra, y con ella sabemos lo que decimos, lo que queremos decir e, incluso, lo que quieren algunos que acabemos por decir.

¿Se acuerda alguien de la Justicia?

La convivencia en una sociedad está marcada por una serie de valores que los individuos que la componen deben de asumir y practicar. Hablamos mucho de libertad, hablamos mucho de tolerancia e incluso de igualdad, pero ¿se acuerda alguien de la justicia?

Si nos atenemos a títulos prebendas y frases rimbombantes  podríamos concluir que la justicia es la virtud colectiva de mayor presencia en las instituciones, la que mayor número de veces es mencionada por los políticos, por los ciudadanos, por la sociedad en general. Hasta existe un Ministerio de Justicia, así, con algunas mayúsculas.

Rara es la vez que no se escucha a los políticos hablar del imperio de la ley para aclarar a continuación que la justicia es la misma para todos.  Pero el día a día, la terca realidad cotidiana viene con obstinación a dejar algo más que dudas en nuestra puerta de la conciencia social. Sin duda este es el imperio de la ley que bordea, pero muy por fuera, el ansia de justicia de los ciudadanos. Eso sí, habitualmente de justicia para los demás.

Porque si algo queda claro, si uno se fija con cuidado, es que cuando hablamos de justicia, a veces hasta con mayúscula, nos estamos refiriendo a aquello que cada uno considera justo para el prójimo, así con minúscula, pero que en absoluto puede aceptar que le sea aplicable a él mismo.

Nos viene de largo. El país que inmortalizó la picaresca, que convirtió el patio de Monipodio en escuela para instituciones públicas, y privadas, solo podrá tener el privilegio de tener unas leyes, o una aplicación de la ley, que reflejen su propio carácter

Un país que grava con IRPF las pensiones, que discrimina a sus ciudadanos en función de la parte territorial en la que residan, que consiente que ciertas entidades privadas se enriquezcan a costa de la miseria de sus ciudadanos, que permite que el frío, el hambre o la educación de sus administrados sean objeto de dividendos, que permite la especulación con la vivienda de los que se quedan en la calle y que se les arruine de por vida, que institucionaliza e incluso permite que se abuse de leyes y normas recaudatorias, que hace de la presunción de inocencia un títere en manos de la presunción de veracidad de los funcionarios, ese país, puede que sea el imperio de la ley, pero sobre la justicia ni llega a sospechar que exista.

Es verdad, a que negarlo, que la Justicia es rea de la Verdad, y que a nivel humano la Verdad es un concepto inalcanzable. Qué duda cabe. Pero de ahí a promover y legislar para promover la injusticia va un trecho que en muchos casos ya se ha recorrido. Y por eso, precisamente por eso, el único acercamiento a la justicia que le cabe al ciudadano es que no se le considere culpable salvo que se pueda demostrar lo contrario.  Son la presunción de inocencia y la probatura de culpabilidad. Demostrar la inocencia es en muchos casos y tal como está montado el sistema, una imposibilidad, imposibilidad que favorece siempre al que detenta la administración. Leer “El Proceso” de Kafka puede resultar una suave introducción a esa realidad.

Yo no sé, puedo tener sospechas, incluso fundadas, si la Infanta es culpable o inocente, ni lo sé ni me importa con este planteamiento que ya de raíz es injusto. Porque la causa que se seguía era por un tema económico, no de nombre, no de cuna, no de institución o político. Estos condicionantes del personaje no pueden, no deberían de, afectar a la justicia, no deberían de afectar a su aplicación legal.

Pero los linchadores de rigor, los que solo están dispuestos a aceptar un resultado, ya se han lanzado a la calle, a la física y a la mediática, para, sin pruebas, sin otros argumentos que la sospecha, la suposición o el rechazo hacia la institución a la que pertenece, condenar a la persona por ser personaje. Eso no es Justicia, eso no es ni siquiera legal, pero da igual, por ser quien es o por pertenecer a lo que pertenece algunos ya la consideran culpable sin remisión. Triste sentido de la justicia. Nulo sentido de la legalidad. Volvamos entonces a ley de Lynch, a los tribunales populares o a las confesiones por tortura, y que dios nos pille confesados si a alguno de nuestros vecinos le parecemos culpables de algo, posiblemente nos encuentren emplumados, colgados de un árbol al amanecer o perezcamos en una hoguera en alguna plaza pública. Aunque ahora que lo pienso ya hemos vuelto, ya tenemos ajusticiados al amanecer, periodístico o mediático, sin juicio previo y sin acceso a la presunción de inocencia. Ya algunos pobres infelices mueren víctimas del acoso o de la violencia gratuita de aquellos que no soportan la libertad ajena.

“Pero los linchadores de rigor, los que solo están dispuestos a aceptar un resultado, ya se han lanzado a la calle, a la física y a la mediática, para, sin pruebas, sin otros argumentos que la sospecha, la suposición o el rechazo hacia la institución a la que pertenece, condenar a la persona por ser personaje.”

Aunque yo tampoco crea en mi fuero interno que la sentencia sea justa, sí considero que es legal. Nadie me ha podido demostrar, yo al menos no lo veo, la culpabilidad de la persona. Nadie ha aportado pruebas, nadie ha declarado su culpabilidad con contundencia y sin beneficio propio. Y en ese caso prima la presunción de inocencia, para mí y para cualquier persona o personaje.

Y para colmo, en medio de este batiburrillo que marca, como cada día en cada juzgado, como cada día en cada ciudad y pueblo del mundo mundial, la infranqueable distancia que media entre la legalidad y la Justicia, cierto juez directamente implicado en el caso se descuelga con unas declaraciones públicas en las que se dedica a verter a la opinión pública, a través de la publicada, sus sospechas, sus insinuaciones, sus particulares y personales apreciaciones de indicios no compartidos por los jueces que han visto el caso.

Bien, señor juez, bien. Seguramente habrá una gran parte de la opinión de la calle, y de la de los medios de comunicación, que lo considerarán un héroe popular. Espero que se conforme con eso, o que sea eso lo que sus palabras han buscado. Para mí un juez que hace una demostración tal de no creer en la presunción de inocencia me parece patético, no personalmente, no individualmente, si no como persona formada y encargada de administrar las leyes. Como persona que, posiblemente, acabe siendo Personaje.

En el cuento “Ley y Justicia”, del libro “Arnulfo Aprendiz”, Arnulfo le pregunta a su Maestro:

– Maestro, ¿Por qué existen más leyes que instantes tiene la vida de un hombre? Y ¿por qué casi todas, si no todas, son injustas?

Si a la injusticia palmaria de las leyes, y por propia iniciativa, le sumamos la negación contumaz e interesada del principio de presunción de inocencia acabaremos acostumbrándonos a que aparezcan cadáveres en el río o emparedados en las viviendas, y proliferarán los miserables que marquen la culpabilidad de los demás. Eso sí, entonces podremos ahorrar unos dineros en estructuras legales que permitan un mayor enriquecimiento de los de siempre, y el poder ilimitado y omnímodo que proporciona administrar la injusticia.

Normas de tráfico, el negocio irrenunciable.

Tal vez estas palabras sobran. Bastaría con decir: más de lo mismo, y estaría todo dicho. Todo dicho pero con casi todo por decir.

Más radares, más recaudación, más represión, más tirar para lo que interesa en detrimento de lo importante. Más formas de perseguir económicamente al conductor sin que importe si se mata o mata a alguien tres kilómetros más allá de que le hayan puesto una multa. Nada de prevención, nada de optimización. Nada de formación o de racionalización.

Es tan fácil como poner unos cuantos radares, disminuir de forma torticera la velocidad del tramo y cazar con unas fotos al incauto que pasaba por allí. Ya ni siquiera pararlo para obligarlo a identificarse y perder tiempo. Con un poco de suerte en el siguiente radar lo volveremos a cazar y ponerle otra multa. Eso sí, todo bien señalizado, todo bien orquestado para que parezca otra cosa.

Porque el peligro está en la velocidad. No, por mucho que algunos insistamos, el peligro no está en esos personajes conducidos al vértigo por unos vehículos que son incapaces de controlar, aferrados al volante con los nudillos blancos por la fuerza de la tensión con que lo cogen, volcados, casi tumbados, sobre él en un intento desesperado y desesperanzado de lograr ver algo más allá de los caballos que los preceden. El peligro, al parecer, no está en esos personajes incapaces de conocer cuál es la capacidad técnica del vehículo que conducen, ni de incorporarse a una vía armonizando su velocidad, ni de maniobrar con un mínimo de agilidad y dominio de los tiempos. El peligro no está en esos documentados conductores asustados por su propia impericia, incapaces de reaccionar, y a los que cualquier velocidad que supere la inadecuada suya es una temeridad de los demás. El peligro no está en esos conductores de tiovivo que ante la duda frenan en medio de una carretera o de un carril para incorporarse a otro porque no son capaces de sincronizarse con una marcha diferente o que conducen siempre por un carril central o izquierdo porque son incapaces de medir las velocidades y distancias para adelantar a otro vehículo ni siquiera en carreteras de carriles múltiples.

No, efectivamente, el peligro no está en la permisividad culpable y recaudatoria a la hora de conceder el permiso de conducir a personas con características físicas o mentales que los hacen incapaces. Es curioso que no todos sepamos jugar al fútbol, escribir poesía o saltar de un trampolín, pero al parecer toda la humanidad es capaz de desarrollar con suficiencia una actividad tan compleja y peligrosa como conducir un automóvil.

Siempre he oído decir que el transporte aéreo es mucho más seguro que por carretera. Y siempre he pensado lo mismo, si se le diera el título de piloto a las mismas personas a las que se les proporciona el carnet de conducir, y con el mismo rigor, hace tiempo que la población mundial habría disminuido, o la raza humana estaría extinta. Entre los que se mataran por impericia y a los que fueran matando en sus propios accidentes no quedaría más rastro de los hombres que el que dejaran las catástrofes producidas por todos esos pilotos, ahora conductores, incapaces.

Pero bueno, al fin y al cabo, más de lo mismo. Nada que recorte la capacidad sancionadora. De las medidas que en presente, y, sobre todo, en futuro serían necesarias. Por si acaso a alguien le pudieran interesar voy a enumerar las que a mí me perecerían realmente enfocadas a solucionar un problema grave:

  • Reparación por tramos, no por agujeros, no por centímetros cuadrados, del firme de las carreteras. Y en algunos casos nos solo del firme si no de esas bases estructurales que favorecen la creación de badenes y el cuarteamiento y deterioro de las capas asfálticas
  • Adecuación de las normas de velocidad a la verdadera limitación que debería de estar determinada por la capacidad del conductor, el tipo de vía y las características técnicas del vehículo: frenado, aceleración, relación del cambio y comportamiento en curva, en mojado, con viento. Yo tuve un SEAT Panda con el que me podía matar a partir de 60 Km/h y un FIAT Coupé con el que tenía mucha más seguridad a 180.
  • Endurecimiento de las pruebas para la obtención del permiso de conducir. Hacer un examen periódico durante los cinco primeros años para determinar la evolución de las capacidades, y establecer tipos de permisos en función de esa evolución.
  • Asociar los tipos de vehículos que puedan conducirse a las capacidades demostradas. Cuantos novatos, jóvenes o no jóvenes, vivirían aún si se limitaran los vehículos disponibles según las pericias constatables.
  • Endurecimiento de las pruebas de aptitud a partir de cierta edad y revisión del nivel de permiso.
  • Instalación en los vehículos, asociado al arranque, de un detector de sustancias inadecuadas para la conducción. Si usted no está en condiciones de conducir no lo voy a sancionar, simplemente no va a poder conducir. Y existe.
  • Un plan de formación integral de formación vial y ciudadana donde se enseñe a los niños, desde pequeños, normas, comportamientos, y fundamentos básicos de la circulación. A la vez que se podría evaluar al futuro conductor antes incluso de que pensara en serlo. Psicología, capacidades físicas, capacidades técnicas y espaciales.
  • Revisión de toda la señalización y eliminación de aquella que no tenga otro objeto que el de aumentar la recaudación o facilitar labores coercitivas.
  • Eliminar con regularidad y rigor obstáculos visuales que entorpecen la conducción en vías secundarias: carteles, señales, árboles…

Por supuesto estas medidas reducirían considerablemente la recaudación porque su fin no es sancionar, si no facilitar y salvar. Es comprensible que todo lo que se pueda captar con cámaras y se pueda imprimir en un papel es más sencillo, rentable y cómodo. Y al fin y al cabo cuando no podamos pagar más multas por que el dinero no nos llegue para vivir iremos más despacio, no habrá casi muertos, pero seremos los mismos incapaces, incívicos y reprimidos conductores que solo actuarán por el palo, sin entender ni asumir el  porqué de nuestros moratones, suponiendo que haya otro porqué diferente del dinero mismo.

¿Y este que escribe esto quien es para decir estas cosas? Un ciudadano que aprendió a conducir cuando tenía ocho años, que frecuentaba en verano los parques infantiles que la DGT montaba en los colegios y ayudaba a probar los karts. Un niño, entonces, hace ya tanto, que coleccionaba, y aún guarda, la colección de cromos de la DGT con las señales y las normas de circulación y que se los empapaba. Alguien que al cumplir los dieciocho años obtuvo su permiso de conducir sin necesidad de pisar una autoescuela porque ya llevaba años sabiendo conducir y conociendo las normas. Un apasionado de los coches que lleva más de dos millones de kilómetros recorridos, y solo ha tenido un accidente conduciendo. Accidente que asume que fue por su culpa y nada más que por su culpa.

Yo me pregunto muchas veces si estos sesudos de la represión, del palo y tente tieso, han conducido realmente alguna vez. Si alguna vez han prescindido del coche oficial con chófer y han vivido el día a día de las carreteras, ese que viven los comerciales, los camioneros, los conductores de autobús, todos los que tiene que desplazarse por carretera por mor de su trabajo. Esos que comprueban como hay dos sensaciones diferentes en la carretera: la de los días de diario y carretera abierta, plácida y relajada y la sensación crispada de peligro permanente que les invade, que nos invade, en periodos vacacionales, fines de semana o proximidades de ciudades.

“Yo me pregunto muchas veces si estos sesudos de la represión, del palo y tente tieso, han conducido realmente alguna vez. Si alguna vez han prescindido del coche oficial con chófer y han vivido el día a día de las carreteras”

Definitivamente, una vez más, sobran estas palabras. Lo peligroso no es la velocidad inadecuada, por exceso, por defecto, por aburrimiento que luego llamarán distracción, lo realmente peligroso, lo único, es el exceso de velocidad, signifique ese concepto de exceso de velocidad lo que signifique. Y la única forma de meter a los conductores, a los ciudadanos, en vereda es la coacción, la sanción, la persecución. Si es que somos como niños.

Volveremos a empezar (si nos dejan)

Nos hemos convertido en una sociedad mediocre. Acobardada, servil y mediocre.

 

Y no me estoy refiriendo a la sociedad española exclusivamente aunque sea la que tengo más presente, me estoy refiriendo a la sociedad occidental en general que está culminando un camino de varios siglos en los que, salvo hechos puntuales, se ha ido refugiando en un adocenamiento inducido por la cesión del individuo hacia las instituciones.

El individuo, armado de sus números (de cuenta, de identificación, de acceso a la sanidad, de matrícula laboral, de teléfono,…) se va diluyendo en medio de unas estructuras de poder inicialmente diseñadas para resolver los problemas comunes y que con el tiempo se han ido convirtiendo en voraces organismos fuera del control ciudadano en el mejor de los casos cuando no en causa directa de los mayores problemas del mismo.

Es inconcebible que convivamos con normas y leyes dictadas en nuestro favor (póngase el tono ironía activo) que todos sabemos puramente recaudatorias y coercitivas y no seamos capaces de obligar a sus promotores a retirarlas avergonzados de forma fulminante. No, no solo no las retiran y nos piden perdón, si no que con la cabeza alta y la soberbia de quién se considera por encima de sus administrados nos enumeran una lista infinita de pretendidas ventajas para nosotros.

Las leyes, las normas, ya no son un instrumento de defensa de la razón y la convivencia, ahora, aquí, para casi todos, las leyes y las normas son un instrumento administrativo para despojar al ciudadano indefenso ante la aplastante maquinaria de unos organismos administrativos centrados en la explotación inmisericorde del bolsillo privado. Más allá de la justicia o la razón, más allá de la equidad o idoneidad de la aplicación de las normas, la administración persigue al ciudadano hasta límites intolerables, moralmente reprobables, bordeando la ley hasta su aplicación fraudulenta e interesada.

Así que el ciudadano asiste entre el pasmo y su incapacidad de una reacción acorde a su indignación a su continuo despojo, a su permanente indefensión, al pisoteo sistemático de sus derechos individuales desde las diferentes administraciones -¿Por qué tener un expoliador si podemos tener varios y que se escuden unos en otros?- o desde grandes corporaciones protegidas por las leyes que les permiten actuar de forma lesiva e injusta sin otro derecho que el de la coacción de suspender un servicio básico ante cualquier posibilidad de resarcirse o rebelarse que el ciudadano de a pié pueda tomar.

Es intolerable la situación, el descaro, pero se toleran. Son intolerables las formas, los fondos y las explicaciones, pero se toleran y se mira hacia otro lado. Son intolerables los personajes que medran al amparo de estas normas, de estas leyes, y que añaden a la vejación de su aplicación la insultante, muchas veces, actitud personal de inquisidor, la altiva confrontación de quien se cree con una superioridad e impunidad que insulta, que veja, que condena a quien le paga aún antes, sin ni siquiera haberlo escuchado.

“Es intolerable la situación, el descaro, pero se toleran. Son intolerables las formas, los fondos y las explicaciones, pero se toleran y se mira hacia otro lado.”


Es un fraude de ley la presunción de veracidad que permite gravar y/o condenar a un ciudadano sin otra prueba que la denuncia de otro ciudadano al que se le concede tal privilegio por motivos de mayor facilidad condenatoria. Es un fraude de ley que reconocida la presunción de inocencia en la constitución el ciudadano tenga que demostrarla ante cualquier conflicto con la administración o funcionario o personal asimilado y no estos su culpabilidad. Baste su palabra

Es fraude de ley utilizar los plazos y recursos de la administración para dejar indefenso, sin capacidad de reacción al ciudadano, pero tanto la administración central, como las administraciones autonómicas, como los ayuntamientos lo hacen sistemáticamente sin que nadie parezca dispuesto a intervenir o capaz de ponerles coto.

Es fraude de ley, pero su aplicación es permanente, que las leyes y normas se utilicen con un fin diferente de aquel para el que fueron aprobadas.

Es fraude ciudadano que alguien pueda ser condenado por lo mismo que otro sea absuelto, baste cambiar de juez, de ayuntamiento o de comunidad autónoma.

Es fraude de ley que una ley no tenga otro objetivo que despojar a un ciudadano de una parte o la totalidad de los bienes sin pararse en su justa aplicación moral ni en las consecuencias económicas o laborales para el condenado.

Pero a todo esto asistimos y nos callamos. Todo esto lo sufrimos y los seguimos votando con unos criterios que solo pueden entender los forofos, los partidarios, los que están dispuestos a pasar por lo que sea para que no ganen los otros, tan descarados, tan sinvergüenzas, tan dañinos como estos o más, pero con una etiqueta diferente. Y es tal el hartazgo, la desinformación, que cuando queremos salirnos del follón creado solo vemos la opción de los mesías de la palabra hueca, del populismo sin soluciones, del mesianismo del ciudadano uniforme y plano tan contrario a la libertad y a las libertades.

Y es que en apenas dos siglos el habitante de los países occidentales en general ha sufrido una imparable mutación de ciudadano en contribuyente y de contribuyente en paganini. Tan imparable e indeseada mutación amenaza con no dejar las cosas así y convertir al paganini actual en un aborregado esclavo de un gran hermano, insospechado por su origen para Orwell en unos casos y exacto en otros, que ya claramente asoma las orejas.

Balad, balad hermanos, con las papeletas en las manos.
Elegid, elegid con esmero quién os quitará el dinero.
Bailad, bailad los triunfos de los que os van a despojar.
Y cuando estos acaben, después de cuatro años, volveremos, volveremos a empezar. (Si nos dejan).

Inútil y cobarde

Si se hiciese un concurso como el de Got Talent para presidentes del gobierno, seguro que el nuestro lograría un buen puesto, si por talento entendemos la aptitud para desarrollar una habilidad que, en su caso, sería la de cerrar el ojo izquierdo cuando miente, algo muy habitual en él y en los suyos.

Por lo demás, además de su cualidad de empollón, lo que le permitió sacar el número uno en las oposiciones de Registrador de la Propiedad, con ayuda, posiblemente, de las personas a las que entonces se arrimaba, como el Sr. Fraga o la familia del mismísimo Franco; nada más merece la pena resaltar de un ser tan simple.

Nadie me puede negar que estamos ante un ser anodino, ante alguien que no transmite absolutamente nada, sólo y como un papagayo, las consignas marcadas desde Europa, de ahí las palmaditas de algunos dirigentes como su mentora ante la Unión Europea, Angela Merkel, máxima defensora de la política de contención del gasto en los países más pobres, por lo tanto los más endeudados, que forman parte de ella.

El Presidente De Galicia Manuel Fraga Y El Vicepresidente Del Gobierno Mariano Rajoy Durante El Acto Galicia 2010

El Presidente De Galicia Manuel Fraga Y El Vicepresidente Del Gobierno Mariano Rajoy Durante El Acto Galicia 2010


Pero hay otra “cualidad” que también marca la personalidad de quien estamos hablado, y es la cobardía. Cobarde ante Europa, pero sobre todo cobarde ante Estados Unidos, al haber sido incapaz de condenar, como otros muchos dirigentes que fuera y dentro de Europa han hecho frente a la política de exclusión y confrontación de Donald Trump, contraria a los derechos humanos. Sin embargo Rajoy se esconde, como siempre ha hecho. Lo hizo cuando apareció su nombre en los papeles de Bárcenas, detrás de una televisión de plasma; y lo sigue haciendo cada vez que hay que dar la cara por algún tema importante.

María Rajoy en rueda de prensa tras saltar a la luz el caso Bárcenas

María Rajoy en rueda de prensa tras saltar a la luz el caso Bárcenas.

 “lo peor, de lo peor, no es que hayamos perdido parte de nuestra soberanía, sino que cada día que pasa estamos perdiendo nuestra dignidad como pueblo, como país”


Está meridianamente claro que nuestro país perdió parte de su soberanía cuando ingresamos en la Unión Europea, por ser otros los que marcan la política económica y social que debemos seguir, bajo pena de intervención y rescate, cuestión que del todo no debería ser descartada, teniendo en cuenta la alta deuda exterior que tenemos, aunque algunos quieran ver cierta mejoría económica que, para nada, esta repercutiendo en los ciudadanos de “a pie”, sino, a tal caso, en aquellos que a cuenta de esta estafa, llamada crisis, todavía han visto incrementadas aún  más su fortunas.

Pero lo peor, de lo peor, no es que hayamos perdido parte de nuestra soberanía, sino que cada día que pasa estamos perdiendo cada vez más nuestra dignidad como pueblo, como país, como nación, o narices queramos llamarlo, y todo gracias a este ser que, por su inutilidad y cobardía es imposible que brille con luz propia, de ahí que merezca el nombre dado por algunos, con cierta benevolencia, de Don Tancredo, y digo benevolencia porque la lengua de Cervantes es lo suficientemente rica para llamar a las cosas por su nombre: en este caso inútil y cobarde.

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