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Daños colaterales

universidad para todos
Hay gente convencida de que la basura de los demás limpia la propia. Hay gente que piensa que mal de muchos, refugio asegurado. Y hay quién cree que el fin justifica los medios. En realidad ni piensan, ni están convencidos, ni creen, pero de paso tienden a dejar toda la sociedad llena de su basura. Es lo que, de un tiempo a esta parte, los finos llaman daños colaterales.

Lo que pasa es que a veces alguien mide mal sus acciones y el objetivo principal al que están encaminadas, y los daños colaterales son tan importantes y cuantiosos que jamás pueden justificar el resultado obtenido.

No sé, la verdad es que tampoco me importa, de donde salió la idea de defenestrar políticamente a la Presidenta de la Comunidad de Madrid. Hay quién dice que de las filas de su propio partido, otros dicen que de las filas del PSOE. Enemigos no le faltan, con capacidad de maniobra suficiente, y con una falta de moral ciudadana con la que solo los políticos están equipados.

El método que, sea quien sea, ha elegido, no solo es de una endeblez preocupante, no solo mancha indiscriminadamente a integrantes de todas las formaciones, no, además defenestra de una forma irreparable la credibilidad de la universidad pública española.

He oído decir, con toda la pachorra del mundo, que efectivamente los daños colaterales son ahora mismo inevaluables pero que ha merecido la pena por conseguir que la señora Cifuentes haya sido puesta en cuestión. He oído decir, con descuelgue de mandíbula y ojos al límite de sus órbitas, que cargarse la credibilidad formativa de las instituciones más democráticas, en el terreno de la enseñanza, de este país merece la pena por derribar de un puesto político a una persona determinada.

 

“He oído decir (…)  que cargarse la credibilidad formativa de las instituciones más democráticas, en el terreno de la enseñanza, de este país merece la pena por derribar de un puesto político a una persona determinada.”

¿Qué título de cualquier universidad pública española se atreverá a exhibir un estudiante para reclamar méritos en el extranjero? ¿Quién resarcirá del daño ocasionado a tantas personas que de buena fe han cursado correctamente sus estudios?

Ya, ya sé que nadie. ¿A quién le importan las personas, los ciudadanos, aquellos de cuyo bienestar tienen confiada la tutela, cuando lo que está en juego es una cuota de poder? Y de paso si conseguimos un mayor empobrecimiento, si es que fuera posible empobrecerlo más, del sistema educativo español y achacárselo a quién convenga pues miel sobre hojuelas.

Es verdad que en este caso mi propia experiencia, mis propias vivencias, me hacen ser más reflexivo, más suspicaz, más incrédulo con todo lo sucedido. Es verdad que si a mí me pidieran una justificación de mis estudios, de mis logros, o de mi pertenencia a cualquier asociación, empresa o causa, tendría que recurrir a sus archivos para justificarlo. Incluso si me piden el contrato de la hipoteca que aún estoy pagando. A lo mejor es por eso, mentiras, incongruencias e inseguridades aparte, que yo a estas alturas no creo a nadie, ni siquiera a la universidad que, evidentemente, tiene un problema administrativo, problema que debería de haber sido el objetivo principal de todo lo sucedido para que yo creyera en la buena fe de quién inició toda esta historia.

Es posible que ni mis títulos, si los tuviera, ni los suyos, ni los de nadie, valgan ahora ni el papel en el que están escritos. Es posible que alguien se crea gratificado por lo conseguido. Pero lo que si tengo claro es que a día de hoy, si me piden que vaya a votar lo único que se me pueda ocurrir es la famosa frase de:” vota tú, que a mí  me da la risa”. Una risa boba, vacía, desesperanzada y triste. La única que me dejan estos personajillos públicos que piden mi voto para jugar a hacer un país cada vez peor, cada vez más desarmado de valores, de verdad y de derechos, en el que pueda sentirme ciudadano, corresponsable.

Felicidades a los premiados. Espero que en su premio lleven su propio descrédito igual que ellos han conseguido el de la universidad pública española. Y que les aproveche.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Una Europa con malas vibraciones

Justiciaeuropea
Anda la gente, la interesada en la política, con humores exaltados y división de opiniones. Ando yo preocupado por lo despistada que parece la grey. Despistada e incapaz de usar la inteligencia para deshacerse de esa visión ideológica que está contribuyendo a hacer de este mundo un lugar inhabitable, un ring en el que un tercio de la humanidad se despedaza contra otro tercio en base a intereses que no son los suyos, en tanto el tercio restante se divide en unos pocos que se frotan las manos viendo lo bien que lo están haciendo y el resto que se pregunta a que juegan los demás. Solo llevamos poco más de dos siglos de ideologías predominantes y ya la humanidad parece irremediablemente dividida.

Anda el catalanismo exaltado, y el españolismo deprimido. Andan ambos bastante despistados. Andan las ideologías alineadas al revés según el ámbito en el que se muevan. Porque al fin y al cabo las ideologías sirven, y a tal fin se aplican, más para poner de relieve las debilidades o errores de la ideología contraria que para representar a los ciudadanos.

Así que ni las de izquierdas, ni las de derechas, son tales, ya que tienen diferente opinión sobre un mismo tema si gobiernan o si están en la oposición. Y en ninguno de ambos casos, ni en cualquier otro hipotético, les importa un pimiento cuales son las  necesidades, las carencias o las aspiraciones que puedan tener los ciudadanos a los que dicen representar.

Andan los independentistas, no solo los catalanes, como en una nube sin reparar en que nadie les ha dado la razón. Su euforia obedece más a que la sentencia supone un revés para el gobierno español que porque suponga un respaldo a ninguna de sus reivindicaciones.

Es cierto que un tribunal regional alemán, tomando atribuciones superiores a las que al euro orden le confiere y erigiéndose en instancia superior al Tribunal Supremo español, ha resuelto conforme a la percepción alemana respecto a España. Claro que  quedaría por preguntarse si esos mismos jueces juzgarían igual esos hechos si hubieran tenido lugar en Alemania.

Lo cierto es que la resolución abre una vía peligrosísima para Europa en su conjunto ya que a partir de aquí cada estado en el que se refugie un presunto delincuente se considerará con derecho a prejuzgar el delito según sus propias normas y sensibilidades, que no son aquellas en las que se produjeron los hechos. Esto conculca todo el pacto de confianza mutua en el que se basan muchas de las normas internacionales entre los países miembros, pero como toda resolución judicial, si se ajusta a derecho, ahí está, y las consecuencias serán las que el tiempo diga y los movimientos anti europeos  sean capaces de manejar a su favor.

“Lo cierto es que la resolución abre una vía peligrosísima para Europa en su conjunto ya que a partir de aquí cada estado en el que se refugie un presunto delincuente se considerará con derecho a prejuzgar el delito”

Mucha gente en la izquierda, y en la extrema derecha se sienten felices por lo sucedido y alegan que esto abre el camino hacia una Europa más justa. Y es que solemos pensar que solo hay dos opciones sobre cualquier realidad, la actual y la que a cada uno nos gustaría. Desgraciadamente entre la realidad y la utopía, tal como cada uno la conciba, existen un sinfín de distopías, y esta resolución favorece más a la distopía de una Europa rota y llena de banderas y fronteras que a la Europa que la izquierda, o las extremas derechas de toda la Unión, nos quieren presentar y que no han sido capaces de hacer realidad ni gobernando.

Tengo claro de que Europa nos hablan, sobre todo la izquierda. Tengo muy clara mi utopía europea con los ciudadanos en primer término, una democracia real y donde la libertad, la igualdad y la justicia hayan logrado deshacerse de las ideologías. Y yo la firmaría, ahora mismo, pero también tengo claro de qué mundo habla el independentismo catalán y muchos de los que internacionalmente lo apoyan y eso sí que no lo quiero ni para mí ni para mis hijos. La vuelta a la Europa de principios del XX y a lo que llevó me parece absolutamente inaceptable.

De momento cierto juzgado regional alemán ha demostrado que la Europa que pretendemos ni existe, ni tiene visos de existir. Ha demostrado que desde un juzgado regional alemán se puede poner en cuestión todo el entramado diplomático que nos ha traído hasta aquí. No, la Europa que tenemos no es ideal, la que nos proponen los nacionalismos tampoco, y la que se atisba tras la sentencia, con un punto de soberbia inaceptable, es aún peor.

Al final, si nadie lo evita, habrá que converger con los anti sistema y aceptar que la única forma de construir desde donde estamos es primero tirar todo abajo. Pero da miedo.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Cuando el enchufe no es eléctrico

 

 

A mí, en principio, solo me escandaliza aquello que yo no haría, o aquello que yo considero que no haría, jamás. Y entre esas cosas no está la vía española, lo que yo llamo la vía española, aunque considero que en diferente medida existe en todas partes porque pertenece al paquete básico de defensa personal.

Cuando alguien se enfrenta a la indiferencia, a la necesidad, o a la indiferencia ante la necesidad, de las instituciones, organismos o empresas en una relación establecida, o que se desea establecer, solo queda una opción, buscar al conocido, o al conocido del conocido, que nos pueda facilitar la consecución de lo pretendido. O sea, y por no marear demasiado la perdiz, al enchufe.

¿Es lo correcto? Existen al menos dos respuestas, la del enchufado y la de los otros. El enchufado considerará que ha actuado igual que habrían actuado los demás si hubieran tenido oportunidad, lo cual es casi siempre cierto, y los demás considerarán que sin el enchufe el enchufado no habría tenido ninguna oportunidad respecto a ellos, lo cual no siempre es cierto. Comentario aparte merecerían los que excusan su propia incapacidad en el enchufe ajeno sin que siempre sea cierto el argumento, ni exhiban capacidad alguna conocida para lo pretendido.

Eleccion A Dedo

” Existen al menos dos respuestas, la del enchufado y la de los otros. El enchufado considerará que ha actuado igual que habrían actuado los demás si hubieran tenido oportunidad, lo cual es casi siempre cierto…”

Complejo mundo este del enchufe, y universal. No creo, y pido perdón anticipadamente a los que puedan considerarse puros, que alguien haya pasado por esta vida sin haber pedido nunca a nadie un favor personal en su nombre, o en nombre de algún allegado. No puedo creerme que nadie en situación de favorecer no haya hecho, pudiendo, algún favor a alguien que se lo haya pedido. Ah¡ se preguntará alguno, pero ¿hacer un favor es lo mismo? Claro, porque si nadie hiciera favores nadie los pediría. Elemental.

Yo, corrupto e inmoral, he pedido favores ante situaciones en las que no he encontrado otra salida. Yo, inmoral y corrupto, he hecho favores siempre que he podido. No soy consciente de haber perjudicado a nadie ni cuando los he hecho ni cuando los he recibido, pero eso no significa, si soy sincero, y procuro serlo conmigo mismo, que no haya podido haber alguien que se sintiera damnificado.

Pero no siempre hay que recurrir al enchufe directo, a veces basta con buscar, con ayuda o en solitario, los recovecos que se han establecido para poder bordear lo que debería ser normal.  Y a veces, también, el enchufe es conocer a la persona capaz de manejar los recovecos.

Hasta hace poco, yo aún lo he conocido, era habitual que los hijos de los empleados tuvieran preferencia a la hora de ser contratados en la empresa en la que había trabajado, o trabajaba, su padre. En algunos casos su abuelo. Se heredaban la propiedad y el trabajo. Y no funcionaba mal. Desde luego funcionaba mejor que ahora que los enchufados ya no son los familiares, si no los recomendados por otras organizaciones de carácter “laboral”.

Esto es, casi en esencia, lo que yo llamo la vía española, lo que popularmente se llama el enchufe.

Y esto, lo de las vías alternativas, los enchufes, el recoveco, ya llega a su esencia máxima cuando el funcionamiento general de una institución, u organismo, se degrada hasta que su faceta administrativa prima sobre su función primordial. La educación, la sanidad, los servicios sociales, el empleo, la justicia, sobre todo sin son públicas, son fáciles de señalar en este aspecto.

Y viene todo este comentario, aunque alguno ya lo habrá supuesto, al tema Cifuentes, aunque no lo he querido mencionar directamente porque no pretendo, bajo ningún concepto, hacer una reivindicación de la persona, ni del personaje. Así que olvidemos a quién ha inspirado este comentario y vamos a dar los hechos sin nombres.

“Lo de las vías alternativas, los enchufes, el recoveco, ya llega a su esencia máxima cuando el funcionamiento general de una institución, u organismo, se degrada hasta que su faceta administrativa prima sobre su función primordia”
  • Tiene un título de master sin haber acudido nunca a clase. Yo conozco un montón de casos
  • Se matriculó fuera de plazo. Conozco al menos dos.
  • Su acta es errónea. Un clamor, oiga. Miles y miles de borrones, raspaduras, rectificaciones, donde dice digo que diga diego, vacíos de memoria…
  • Ninguno de los responsables dice lo mismo que el resto. O sea, sálvese quien pueda y aquí no hay responsables. Imposible saber quién dice la verdad, ni siquiera si la dice alguien. Lo habitual cundo hay un problema.
  • No se encuentra la documentación. Qué raro. La mía tampoco la encuentran en otros ámbitos. Si me piden cualquier documento de más de dos meses de antigüedad tengo problemas. ¿Qué soy un desastre? Claro, pero ni soy el único ni eso supone que mienta.
  • Los profesores no recuerdan al alumno. Se de alguien a quién le convalidaron la presencia por trabajos, el profesor se jubiló, con la jubilación perdió la memoria y el alumno se quedó sin el dinero de la matrícula, con los trabajos presentados y sin el título. Desgraciadamente no encontró el enchufe necesario, pero lo intentó.

Haríamos bien, y en defensa propia, en poner el foco en el lamentable funcionamiento administrativo, e incluso docente, de ciertos ámbitos públicos en los que el medraje de los contratados, el bajo rendimiento de un buen número de funcionarios, desmotivados o desinteresados, y el afán desmedido de los usuarios en la búsqueda de logros ha llevado a un descrédito radicado en su mal funcionamiento a todos los niveles.

En esta caso la pieza a cobrar es política y por tanto está permitido tirar a lo que se mueva, aunque si hiciéramos el correspondiente diagrama lógico veríamos que el resultado es el que es,  y que aparte de las corruptelas universitarias al uso no parece que la señora Cifuentes haya tenido un trato preferente, que seguro que lo ha tenido, fijo, pero desde luego no en lo que se está presentando. Y seguro que no solo a ella, que si tiramos de la manta no habrá partido que pueda ponerse una medalla. Bueno, ni partido ni ciudadano.

Y, por favor, mañana, cuando vaya al banco y el cajero sea su primo, no se olvide hacer la cola de dos horas que le corresponde, lo otro, lo que hace habitualmente de dejarle las cosas en un sobre y marcharse y que esperen otros, lo que hace cuando con el coche se salta a un montón de otros conductores que esperan en fila para abandonar una carretera o incorporarse a otra, lo que hace cuando llama a su amigo médico para saltarse la lista de espera para esa prueba que necesita, es la vía española. El enchufe, vamos, y usted lo sabe.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Si yo tuviera veinticinco años

Siyotubiera25

 

Cuando se tiene cierta edad, y el término cierta siempre se refiere a pila de años, y se echa la vista atrás es cuando se puede apreciar la evolución de la personalidad, la maduración de ciertas ideas y un poso de conocimiento, lo de sabiduría me parece un exceso, que te permite intuir la diferencia entre tus actos presentes y los que llevarías a cabo si a día de hoy tuvieras, pongamos, veinticinco años, año arriba, año abajo.

Si en este momento tuviera veinticinco años yo sería, casi con total seguridad, votante de Podemos. Lo tengo claro. Hoy no. Ya estoy oyendo el discurso de los que no esperan a las razones ajenas, seguramente porque carecen de razones propias: “Es que con la edad la gente se va volviendo más carca”. Bueno, no dudo que ellos sí, yo no.

Con veinticinco años yo me consideraba anarquista, vehemente, convencido, sin fisuras. Con algunos más hoy me considero ácrata, vehemente, convencido, sin fisuras, y con mucho miedo de lo que el término significa para otros. Y ahí radica la diferencia. Con veinticinco años a mí me daba igual lo que pensaran otros que pensaba yo, a día de hoy a mí me preocupa mucho lo que piensan otros que dicen pensar lo mismo que pienso yo.

Con veinticinco años yo estaba al lado, o un paso por delante, de cualquiera que quisiera cambiar el mundo, sin importarme ni los medios, ni las formas, ni las consecuencias. Con veinticinco años tenía toda la vida por delante para equivocarme y corregir mis errores, de visualizar ante una vida tan larga como sería el mundo conmigo en él, no podía ser de otra manera, y por tanto valoraba la urgencia de cambiarlo para poder disfrutar de mi sueño. Con veinticinco años las tradiciones eran cosa de los viejos, la historia una materia de estudio y España una cosa de la que hablaba Franco y nos obligaba a la fuerza. A día de hoy tengo hijos y sé que tengo que trabajar, que aportar mi granito de arena para que el mundo vaya derivando hacia el mundo que yo sueño, o, como es el caso, para evitar que el mundo vaya ciegamente encaminado hacia las peores fantasías de la ciencia ficción de los años dorados del género: Un Mundo Feliz, Gran Hermano, La Fuga de Logan… A día de hoy sopeso las tradiciones, incluso aquellas que tienen  un carácter o fondo que no comparto, analizo y valoro la historia como parte de lo que soy y España es un trozo de mundo agradable, y con considerables ventajas sobre muchos otros, en el que vivo y con el que parcialmente me identifico.

Por eso con veinticinco años yo habría votado a Podemos, o habría sido jacobino si la época hubiera coincidido, sin importarme los medios, las formas, las consecuencias, convencido de que era el camino inmediato y feliz para un cambio que ordenara el mundo. Por eso hoy en día no puedo votar a Podemos, porque no tiene una ideología formal y que pueda reconocer y actúa como una amalgama de activistas donde cada uno cree que puede imponer a la sociedad sus credos, porque hace de la provocación una forma de actuación, porque, como todos los radicales, religiosos, anti religiosos, políticos o anti políticos, consideran que destruir todo lo existente es el camino para crear un mundo más justo y más feliz. Que todo lo pasado es pernicioso o en todo caso borrable.

 

 

“Por eso hoy en día no puedo votar a Podemos, porque no tiene una ideología formal y que pueda reconocer y actúa como una amalgama de activistas”

 

Porque con veinticinco años no hay nada por encima de los valores, pero con cierta edad uno ya ha visto lo que se hace con los valores, lo que la política acaba haciendo con los valores y como los dictadores se envuelven en la bandera de la libertad, y como los demagogos se camuflan como activistas sociales, y como los ávidos de poder usan las necesidades de la sociedad para su propio medraje, y entonces importan las formas, los medios, las consecuencias. Por eso yo con veinticinco años habría votado a Podemos, pero con cierta edad, con la que tengo ahora, solo comparto con ellos los valores pero no la política, o sea, las formas, los medios, las consecuencias.

 

“Porque con veinticinco años no hay nada por encima de los valores, pero con cierta edad uno ya ha visto lo que se hace con los valores, lo que la política acaba haciendo con los valores y como los dictadores se envuelven en la bandera de la libertad”




 

Permítaseme una reflexión de ser humano con una cierta edad, con un compromiso con la igualdad, la libertad y la fraternidad, una pregunta, o preguntas, que no tiene otro fin que el de invitar a que reflexionen conmigo

¿Podemos, que ironía, borrar de nuestra memoria como sociedad, como país, todo lo que nos ha llevado a ser quiénes y cómo somos? ¿Podemos, seguimos con la ironía, edificar una nueva sociedad sin memoria? ¿Podemos superar a la naturaleza que nos ha llevado a ser mamíferos sin olvidar que antes fuimos otras cosas? ¿Podemos, a estas alturas de la vida, consentir que alguien nos obligue a pensar como no pensamos? ¿A dejar de sentir lo que sentimos? ¿A que nos prohíban lo que no nos da la gana que sea prohibido porque ellos lo rechazan? ¿Realmente podemos? ¿Debemos?

Bueno, la soberbia también es una característica de los veinticinco años, año arriba, año abajo, edad en la que la experiencia es algo que dicen tener otros y la usan para evitar que los de veinticinco años, año arriba año abajo, puedan reclamar la razón que indudablemente creen tener.

Habrá quién leyendo esto piense “quien tuviera veinticinco años”. Yo no, primero porque es una quimera, segundo porque ya los tuve y estuvieron bien y tercero, y fundamental, porque ahora tengo, disfruto y paladeo, una cierta pila de años.

Claro que siendo sincero, totalmente sincero, si yo tuviera veinticinco años sería votante de Podemos, pero ahora, con cierta edad, con la pila de años que tengo, no me siento capaz de votar a Podemos, ni al PSOE, ni al PP, ni a Ciudadanos, IU, o cualquier marea o compromiso que me salga al paso, porque ya la experiencia me dice que ninguno de ellos garantiza el cien por cien lo que yo creo que necesita la sociedad. Porque creo que son organizaciones al servicio, o al servicio del ansia, del poder. Porque creo que la disciplina de voto, que feo verbo disciplinar, es inversamente proporcional a la libertad, porque las estructuras rígidas y monocordes que son los partidos son inversamente proporcionales a las ansias democráticas de la sociedad.

Tal vez si hubiera listas abiertas… Tal vez. O si yo tuviera veinticinco años.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Laico, que no laicista

Anticlericalismo

Desde una postura absolutamente laica, o aconfesional a gusto de cada uno, observo con un sentimiento entre la curiosidad y la frustración la progresiva implantación del laicismo, en realidad de un furibundo anti catolicismo, que pretende erradicar de la vida española cualquier atisbo de religión por la tremenda, sin importarles ni poco ni mucho el sentimiento popular o consideración alguna de cualquier tipo. Hay que imponerle al pueblo, con visos de populacho cerril e ignorante, la verdad por encima, si es necesario, de su propia voluntad. Claro que esto, en estricto sentido político, tiene un nombre muy feo, totalitarismo.

Un estado laico, o aconfesional a gusto de cada uno, es aquel que no favorece a ninguna religión sobre cualquier otra, no el que perjudica a una concreta con el fin, o no, de favorecer a otras. Y el matiz es tan importante en un país que puede ser legalmente laico, o aconfesional a gusto de cada uno, pero popular y tradicionalmente ligado a una determinada religión, que marca las diferencias que algunos quieren hacer insalvables. Por mucho que las leyes lo digan, que lo deben de decir para defender la libertad religiosa, el pueblo, ese populacho cerril e ignorante para algunos que pretenden hablar en su nombre, tiene unas creencias, unas tradiciones y unos usos y costumbres que nadie tiene derecho a erradicar en nombre de una idea personal, ni aunque esa idea personal se articule en partidos e ideologías, o tenga visos de conveniente.

Un estado aconfesional, o laico a gusto de cada uno, es el que respeta escrupulosamente las creencias de todos los que pertenecen a él y facilita su práctica o la ausencia de la misma si ese es su deseo. Lo otro, lo que algunos pretenden vendernos con esa etiqueta es un estado laicista con unos marcados tintes totalitaristas. Un estado en el que la religión es sustituida por una anti religión, o una religión de signo contrario, como es el laicismo.

 

“… Lo otro, lo que algunos pretenden vendernos con esa etiqueta es un estado laicista con unos marcados tintes totalitaristas.”

No voy a defender desde aquí a ninguna iglesia, a ninguna religión, primero porque seguramente ellas tienen mejores medios que yo para hacerlo, segundo porque en muchos casos son indefendibles y tercero, y principal, porque ni me da la gana ni me sale de dentro. Pero con el mismo rigor no voy a comprar una persecución con una etiqueta falsa, interesada y que pretende ser de verdad verdadera, de esa que no existe.

Dos veces al año, dos, los laicistas españoles inundan las redes sociales y aparecen en algunos medios de comunicación reclamando en nombre del pueblo ignorante, que como populacho cerril se opone en vez de agradecerlo, la abolición de unas prácticas de origen religioso, pero de desarrollo actualmente plástico y social, en aras de una libertad que solo es la que ellos consideran. Dos veces al año, dos, navidad y semana santa. No he visto la misma pasión liberadora cuando los eventos pertenecen a otros ámbitos culturales o religiosos.

Yo no le puedo explicar el amor al que no se ha enamorado. No le puedo explicar la pasión al que nunca se ha enfrentado a ella. No puedo explicar los sentimientos a quién no los siente. Puedo describirlos, con mayor o menor rigor, con mayor o menor acierto, con mayor o menor belleza, pero no puedo compartir ese algo más que se produce cuando uno siente en las entrañas.

Puedo describir una procesión, la belleza de la talla, la riqueza de los ornamentos, la emoción del ambiente que la rodea, la plasticidad de esa calle angosta o esa curva imposible, la sensación de la piel erizada cuando suena una saeta bien cantada, bien sentida, la armonía del movimiento de un paso bien portado, bien acompasado a la música, o al silencio, pero me es imposible despertar en aquellos que no lo sienten, esa sensación íntima de comunión, esa sensación interna en algún lugar de las vísceras, que producen los momentos especiales. Y sé que no puedo hacerlo porque también hubo tiempos en los que todo eso me producía indiferencia.

Tampoco puedo obligar a sentir esa alegría comunitaria que la navidad, la que yo recuerdo, no la actual ya descafeinada y entristecida desde las ideologías laicistas, creaba en el ambiente. El sonido de los villancicos, los mercadillos populares navideños, la iluminación festiva y adecuada al evento a celebrar, los regalos, las reuniones familiares, las vacaciones y la magia en el ambiente. No puedo obligar a nadie, ni siquiera explicárselo, a sentir todo eso, y menos cuando en muchas de nuestras ciudades ya se ha perdido. Cuando cada vez más españoles, los que lo añoran y pueden, se van a buscarlo en otros países que en su barbarie no han comprendido todavía su error y siguen celebrándolo sin complejos, o sea, todos los demás.

Vivimos inmersos, creo que interesadamente, en un pasado que nos aplasta, que nos condiciona, que se usa permanentemente como argumento para coartar e imponer. Vivimos más pendientes de lo que nos dicen que tenemos que pensar para ser correctos que de lo que realmente sentimos. Vivimos pendientes de lo que hacen los demás en vez de vivir pendientes de lo que nosotros, cada uno, cada cual, debemos de hacer. Vivimos de espaldas a nuestra historia, dispuestos a lamentarla en lo que los demás la ensalzan, enfrentados a nuestras tradiciones porque existen otras y las nuestras, siempre, son las malas. Vivimos deseando ser quienes no somos y pretendiendo que los demás sean como a nosotros nos gustaría. Vivimos una frustración permanente. Vivimos acomplejados y reos de nuestro propio descrédito, política, social y religiosamente.

“Vivimos deseando ser quienes no somos y pretendiendo que los demás sean como a nosotros nos gustaría. Vivimos una frustración permanente. Vivimos acomplejados y reos de nuestro propio descrédito, política, social y religiosamente”

A mí, como laico, o aconfesional según el gusto de cada uno, me parece plásticamente impecable, ambientalmente emocionante, y religiosamente indiferente, que los legionarios porten un cristo crucificado, preciosa talla, entre un público que lo disfruta, entre un público compuesto por personas que individualmente ellos sabrán lo que sienten, y que los prefiero a los que no sienten nada o sienten algo negativo. ¿Alguien en su sano juicio piensa que todos los cofrades, que todos los espectadores, que todos los músicos son practicantes fervorosos de una opción religiosa? Solo los miopes o aquellos cuya ceguera es interesada. Como los actores, el papel solo manda en lo que estás en el escenario, luego cada quién se queda con sus verdaderos sentimientos, con sus creencias interiores y resuelve sus contradicciones. Y como representación de una historia las procesiones son de una belleza inenarrable y tienen un poder de convocatoria y una capacidad de aforo que para sí quisiera cualquier otro espectáculo.

A mí, como laico, o aconfesional según el gusto de cada uno, no me molesta que la bandera de España esté a media asta porque así lo especifican los reglamentos militares que nadie ha cambiado todavía. ¿Por qué razón me iba a molestar? Tampoco me molestaría que lo estuviera el día de mañana para conmemorar la muerte de Mahoma o cualquier otra conmemoración luctuosa de cualquier otra creencia.

Yo, como aconfesional, o laico a gusto de cada uno, como librepensador y ácrata, declaro formalmente mi gusto por las procesiones, por los villancicos, los nacimientos, los dulces judíos de pascua, los desfiles de año nuevo chinos y cualquier otra manifestación que sea capaz de sacar al ser humano de su ensimismamiento individualista y egoísta

Agradezco a la iglesia, esa misma que con sus acciones me expulsó de su seno hace cincuenta años y a la que no perdono sus errores, que haya fomentado y preservado la belleza de la imaginería, la belleza de la arquitectura sagrada, la belleza de la escultura y de la pintura, el fomento de las artes y el mecenazgo de los artistas. Porque no solo de rencor, de odio o de enfrentamiento puede vivir el hombre, ni todas las verdades son iguales. Porque el mundo en el que vivimos sería en muchos sentidos peor sin ese arte que algunos, en nombre del pueblo, ese cerril e ignorante, pretenden erradicar, sin esas referencias éticas y morales que han conformado el pensamiento que ellos reclaman como si hubiera sido inventado por ellos y hubiera surgido de la nada, sin que hubieran contribuido a preservar, tantas como a destruir, el conocimiento y estudio de los antiguos eruditos y pensadores.

Yo, como parte del pueblo cerril e ignorante, como laico confeso, o aconfesional según el gusto de cada uno, como librepensador y ácrata, lo que si me declaro es anti laicista beligerante, triste y un poco aburrido. Para ignorantes, fanáticos intolerantes y difundidores de la verdad única, me conformo con los de siempre, al menos me dan algo a cambio.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Cuncta fessa

Cansados
Esta es la frase con la que Tácito, el historiador romano, resumía los hechos por los que la República romana había permitido a Octavio Augusto proclamar el Imperio con él a la cabeza. Esta es la frase con la que en muchos periodos de la historia se podría explicar cómo el populismo, las malas gestiones,  el liderazgo de los mediocres, la radicalización de las minorías, las excesivas presiones sobre la mayoría de la población que ve formarse una sociedad que no se corresponde con sus ideas, llevan a la renuncia voluntaria a los derechos por parte de las gentes y a otorgar el poder a formaciones políticas de tipo dictatorial. “Todos cansados”, todos hartos de que se nos convoque cada cuatro años para luego legislar y gobernar de espaldas a nuestras aspiraciones.

Todos cansados, hasta las narices, de minorías que imponen su criterio llevando hasta el ánimo popular una sensación de hastío y no pertenencia que les hace mirar con añoranza hacia sociedades más férreas, de criterios absolutistas. Porque una cosa es la evolución y otra la involución.

Todos cansados, desmoralizados y furiosos, viendo como en el tablero político se juegan partidas que a los que somos de a pie nos importan un ardite. Viendo como siempre hay excusas para recortar los derechos individuales, para abandonar a los débiles y a los necesitados, para aplastar a los que intentan denunciarlo, para marcar con mayor rigor la frontera entre potentados y necesitados, para enfrentar con cualquier excusa y evitar reivindicaciones que realmente sean necesarias.

Todos cansados, tristes, incrédulos, observando una pretendida oposición al poder que hace todo lo posible porque este se perpetúe. Que lejos de aportar posibles soluciones reivindica la creación de nuevos problemas. Que lejos de representar a la gente de la calle, sus cuitas, sus anhelos, sus aspiraciones, pretenden imponerle otros que ellos no desean.

Todos cansados, introspectivos, desesperanzados, observando entre la desidia, la ironía y el viejo germen de lo que nadie desea desear, como nos escamotean día a día la libertad, la justicia, la equidad, la fraternidad, el pasado, el presente y el futuro sin que encontremos los resortes para evitarlo. Los resortes para devolverles sus engaños, sus mentiras, sus palabras huecas o retorcidas y sumirlos en el pozo de la ignominia de donde nunca deberían de haber salido.

“Todos cansados, introspectivos, desesperanzados, observando entre la desidia, la ironía y el viejo germen de lo que nadie desea desear, como nos escamotean día a día la libertad, la justicia, la equidad, la fraternidad, el pasado, el presente y el futuro”


Cuncta fessa. Todo es cansancio. Todos cansados.

No hace falta un Tácito para entender lo que está pasando. No hace falta ser una gran analista para comprender como nos están llevando a unos contra otros, diviendiéndonos en facciones controlables, mediante ideologías, mediante banderas, mediante canciones, para que no podamos tener la fuerza imprescindible para plantarnos y decir basta. Basta¡, Baaastaaaa¡¡¡

Todos cansados, entregados. Entregados con fatalidad a lo que acontece. Entregados con ceguera a fanatismos alienantes. Entregados con furia unos contra otros. Entregados desde nuestra más incipiente educación a ser títeres incapaces de un pensamiento libre e independiente.

Fessa sum.  Fessi sumus.  Cuncta fessa. Hasta que alguien, dentro de no mucho, sea capaz de recoger todo ese cansancio, toda esa desazón y llevarla por un camino indeseable, indeseado, intolerable, pero libremente elegido por todos los abandonados, ignorados, resabiados, hartos, de este mundo.

Cuncta fessa, el que avisa no es traidor.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El raquitismo democrático

 

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Cuando en una sociedad, no sólo la española, la intolerancia y la radicalización se convierte en la tónica general de la actuación de los individuos que la integran, podemos afirmar que se trata de una sociedad poco evolucionada, democráticamente hablando; siendo la consecuencia de esa escasa evolución la propagación de un raquitismo mental y, finalmente político, del la que es responsable, en gran parte,s la clase política, al fomentar la imposición de ideas y la confrontación, en vez de los valores que deben regir la actuación humana.

A pesar de vivir en sociedades que se autodenominan democráticas, la realidad dista mucho para considerar que existe una auténtica democracia, porque lejos de respetar las reglas del juego de este sistema político, los intereses, a veces partidistas, y otras, económicos, desvirtúan o enrarecen el sistema, convirtiendo a los ciudadanos en peones de una mala partida de ajedrez, manejados por los que están en la retaguardia. De manera que, lejos ganar la partida en beneficio de todos, sólo lo es en beneficio de unos cuantos, representados por la figura que tratan de defender.

Algunos dirán que esto siempre ha sido así, que el pez gordo se come al pequeño y que los que pensamos que las cosas pueden ser distintas no somos más que unos locos ingenuos, eso cuando no se nos tilda con peores adjetivos, la mayoría de las veces peyorativos, sólo porque no nos acomodamos a las reglas que no responden a la esencia de todo gobierno que no es otra que la satisfacción de interés general.

La obesidad de los sistemas democráticos hace que el raquitismo mental y democrático se propague como una epidemia entre la sociedad, infundiendo en los individuos que la integran pautas de comportamiento que responden más bien a la imagen de una máquina programada para cumplir unos postulados, que a la libertad personal de actuar con arreglo a unos valores o principios superiores a aquellos que lo único que persiguen es seguir alimentado al de arriba a costa de la salud  el trabajo de los de abajo.

“La obesidad de los sistemas democráticos hace que el raquitismo mental y democrático se propague como una epidemia entre la sociedad…”


Aunque carezco de dotes de videncia, la evidencia demuestra que no vamos por buen camino, porque la obesidad, cada día más mórbida del sistema, está propiciando un montón de patologías que están transformando a la sociedad en un monstruo que devora a la persona. Necesitamos, por ello, una vacuna urgente contra este cáncer social y, como toda vacuna necesitamos de un agente que se asemeje al microorganismo causante de la enfermedad. Que se asemeje, no que sea igual.

Y, es que, mientras los ciudadanos respondamos a postulados políticos, el individuo cada vez será menos persona, debido a ese raquitismo mental que nos impide pensar por nosotros mismos. Por lo tanto, si el patógeno causante de la enfermedad de la sociedad en la que nos encontramos es la forma en que la que actúan nuestros políticos, la solución está en que seamos nosotros mismos quienes hagamos la política.

No se trata con ello de rebelarse contra el sistema, sino transformarlo poco a poco a base de una mayor implicación del ciudadano en aquellas cuestiones que nos afectan a todos y que hace que nuestra vida no sea tan buena como debería en proporción a la presión fiscal que soportamos; así como arbitrar los medios necesarios para que nuestra voz sea realmente oída. Claro que, esto exige mucha generosidad por parte de los ciudadanos, sino queremos que el raquitismo mental finalmente se transforme en un raquitismo democrático; generosidad que implica en primer lugar la aceptación de unas reglas de juego que permitan la supervivencia del sistema y, en segundo lugar, la búsqueda del consenso frente a la imposición de la mayoría, aceptando esta última en caso de desacuerdo, como no puede ser de otra forma, en una sociedad democrática.

Necesitamos, por tanto, de un humanismo político  y social que resalte las cualidades del ser humano, que luche por los intereses de las personas. Necesitamos, en definitiva, libre-pensadores y no loros de repetición de lo que dicen los políticos o determinados grupos de presión o de poder. Pero, sobre todo, lo que necesitamos son las ganas de cambiar las cosas y el convencimiento de que si nos lo proponemos podemos hacerlo.

Feliciano Morales

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

El equilibrio y la educación

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Tengo la permanente sensación de que el universo es un sistema caótico que busca el equilibrio de la inexistencia, se alcance esta por la máxima expansión o por la máxima contracción. Y esa misma convicción, ese mismo objetivo final, lo tengo para cada una de las cuestiones cotidianas con las que me enfrento. Aquello de que todo lo que es arriba es abajo, todo lo que es dentro es fuera, guía siempre mi forma de observar el mundo. Todo tiende al equilibrio, todo tiende a la placidez de la quietud, pero todo está sujeto a fuerzas exteriores que pueden alterar o retrasar ese equilibrio deseado.

No, aunque parezca otra cosa, no estoy hablando de física, ni de matemáticas, ni de cosmología, ni de ninguna otra ciencia que estudie el universo, no al menos a nivel universal, estoy hablando del día a día, o, por ser más exactos, del lustro a lustro. Estoy hablando de nuestra sociedad y su evolución en busca de unos derechos y una justicia que se ve alterada por su propia búsqueda.

Leía, con la preocupación lógica, las noticias que hablan de un repunte del machismo más soez y peligroso, el de las mujeres consentido por los hombres, entre nuestros adolescentes. Y leía, con el desasosiego habitual, las noticias sobre las últimas actuaciones del feminismo radical más intransigente, el que hace que la actitud de ciertas mujeres parezca contraria a la existencia, salvo la consentida, de los hombres. Aunque parezca otra cosa, para mí, las dos caras de un único problema.

Basta con observar con atención para darse cuenta de que lejos de acercarnos a la igualdad real entre hombres y mujeres esa igualdad da la impresión de estar cada vez más lejos. Una sociedad más interesada en la prisa de obtener resultados que en la permanencia de estos, más volcada en la represión que en la formación, más pendiente del linchamiento de los culpables que de la comprensión del problema que los permitió, no parece que pueda obtener un equilibrio real.

La proliferación de horrores sexuales mediáticos, su inopinado brote cual si de setas en tiempo húmedo se tratara, hace que en determinados momentos algunos nos podamos plantear cuantas vindicaciones espúreas se cuelan en la marea del horror y el linchamiento. Eso y la criminalización de los culpables más allá de su culpa. Me horroriza esa ferocidad insaciable que extiende el juicio sobre la persona a su obra buscando el exterminio absoluto de la persona y del personaje. ¿Cuántos de nuestros antiguos sabios y referentes soportarían esta criba inclemente? ¿Qué sería de nosotros si por cuestiones morales, éticas, por sus actos o tendencias, se hubiera destruido su obra?

 

“me horroriza esa ferocidad insaciable que extiende el juicio sobre la persona a su obra buscando el exterminio absoluto de la persona y del personaje. “


La igualdad plena de los hombres y las mujeres en todos los ámbitos es un objetivo incuestionable. Para algunos que hemos vivido en esta generación, una convicción sin matices. Pero por esa misma convicción ciertas actitudes me parecen intolerables, tan intolerables como intolerantes son.

Se suele asemejar la evolución social a un movimiento pendular. Es ciertamente una percepción bastante acertada y, siguiendo ese mismo concepto, el movimiento pendular tiende inevitablemente a la inmovilidad, es decir al equilibrio del objetivo conseguido. Pero para alcanzar ese equilibrio solo hay dos posibilidades, dejar que el rozamiento, la educación, la evolución, vayan frenando su movimiento o intentar aplicar una fuerza negativa que lo frene considerablemente. Qué duda cabe de que el método más rápido es el segundo. El más rápido y el más inseguro, como demuestra la experiencia que estamos viviendo. Se ha creado un ambiente hostil que pretende erradicar el machismo por la vía de la represión. Se ha considerado que toda acción encaminada a alcanzar un objetivo justo es justificables, aquello de que el fin justifica los medios. Se ha legislado con signo, la discriminación positiva, la violencia de género, sin atender a las garantías mínimas del proceso. Se ha justificado  el nacimiento de movimientos intolerantes siempre que fueran del signo adecuado, como si eso pudiera existir, el signo adecuado. Se ha puesto tanto énfasis y tan erróneo en el presente que el futuro nos ha pasado al lado aumentando la amplitud del movimiento pendular de signo contrario. Estábamos tan ocupados en reprimir el presente que nos hemos olvidado que la mejor aportación de los hombres, así en plural sin género, es preparar el futuro, y nosotros hemos contribuido a empeorarlo. Este progresismo victoriano, pacato, castrante y frustrante, nunca podrá ser la referencia para alcanzar un objetivo justo. Nunca podrá encabezar una reivindicación asumible. Nunca alcanzará a representar a aquellos que buscamos la estabilidad del péndulo. Fundamentalmente porque es más de lo mismo pero de signo contrario y eso no frena al péndulo, lo acelera, lo amplía.

No puedo, mientras escribo esto, olvidar un relato de Booth Tarkington que leí a principios de los setenta y que se titulaba “Las Veladas Feministas de la Atlántida”, donde analizaba en clave de fantasía el problema de la reivindicación llevada a extremos irracionales. Como no puedo evitar pensar que habría sido de obras como “Lolita” o “Muerte en Venecia”, o de sus autores, si en su época se hubiera llevado a cabo la dictadura moral que ciertos colectivos intentan en la actualidad ejercer sobre la sociedad en general.

Parece que nadie se da cuenta del daño que ciertas medidas y actitudes está causando en la sociedad. La ridiculez del llamado lenguaje inclusivo mueve en la sociedad general a la chanza y a lograr el objetivo contrario al que pretende fuera de los círculos comprometidos que lo promueven. La discriminación positiva mueve a la radicalización de aquellos que por convicción o por padecimiento directo no ven la parte positiva de ninguna discriminación. La aplicación sin fisuras, que conlleva a injusticias, por pocas que sean, de la legislación sobre violencia de género aboca a una contestación cada vez mayor a su aplicación sin que parezca que logra alcanzar sus objetivos.

La ley, por si misma, no alcanza nunca la justicia. La ley que se decanta a priori hacia un lado, ni lo pretende. La única herramienta que puede pretender el equilibrio, la igualdad sin fisuras y convencida, es la formación en valores, esa que hace que el individuo actúe por convicción y no por represión, pero eso lleva tiempo, esfuerzo, generosidad, compromiso. En este tema y en todos.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Los derechos, la lógica y la razón

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Uno de los grandes problemas de esta sociedad en la que estamos inmersos es la facilidad con la que se reclaman los derechos, y esa facilidad, esa permisividad en la reclamación de los derechos propios, suele llevar aparejada una falta de sensibilidad preocupante hacia los derechos ajenos. Y me preocupa, sobre todas las actitudes, esa reclamación áspera, violenta que se vale del insulto, cuando no de la agresión, para desacreditar al que pone en duda el derecho reclamado, o simplemente contrapone otro hecho que le sea más propicio como agravio justificante aunque nada tenga que ver con el derecho reclamado pero si sirva para desvirtuar la alegación del oponente

Pero lo peor es que esto no sucede solamente a nivel de individuos, si no que se han puesto en marcha colectivos militantes de derechos minoritarios cuyos usos, y abusos, parecen llevar aparejada más en su intención la erradicación de los derechos ajenos antes que la consecución y armonización de los derechos propios.

Las redes sociales son un ejemplo claro de cómo las ideologías de parte recurren a cualquier actitud, incluso las más miserables, para reivindicar “su derecho” sin reparar o sin importarles que existan otros derechos, en muchos casos de mayor rango, que quedan absolutamente rebasados.

Se podría abrir el debate sobre el rango de los derechos, pero me temo que el principal problema es que dado el cariz de los defensores de “sus derechos” y la capacidad de diálogo que habitualmente exhiben nada sería capaz de convencerlos de los derechos ajenos que pudieran contravenir su absoluta razón.

Y para no averiguar si fue antes el huevo o la gallina, los políticos hacen últimamente demostración palmaria de sectarismo, populismo y desvergüenza, reclamando, creando, anteponiendo derechos sin ningún rigor, posibilidad de defensa en cualquier tipo de foro que no les sea propio o viabilidad.

Por no hablar, que hay que hablar e indignarse, del permanente ataque al lenguaje que nos es común y cuya degradación por sus intereses y manejos me parece indecente. Indecente e interesado porque gracias a ellos, y a nosotros que les reímos la gracia, ya no nos va quedando ni la palabra.

Lo cierto es que desmontar todas estas falacias es sencillo. En realidad es sencillo desde la razón, que es lo que no están dispuestos a utilizar los consideran que la tienen. Basta con aplicar la lógica binaria a cualquier derecho que se quiera, o se considere con derecho a, ejercer. La lógica binaria, y los diagramas de flujo que son su representación gráfica, es una herramienta que utilizamos los programadores para llegar a un resultado partiendo de los datos. Solo admite las respuestas si y no a cada pregunta, y si en alguna puede haber lugar a matices es porque nos hemos saltado preguntas intermedias. Me permito adjuntar uno básico, no exhaustivo, y en el que la única licencia que me he permitido es considerar de mayor rango la legislación internacional que la local y lo he hecho solo por clarificar su lectura, ya que me hubiera bastado preguntar en un bucle numérico por legislación de rango correspondiente, sin especificar, y cerrar el bucle de legislaciones con una pregunta de si hay más rangos.

“Lo cierto es que desmontar todas estas falacias es sencillo. En realidad es sencillo desde la razón, que es lo que no están dispuestos a utilizar los consideran que la tienen. Basta con aplicar la lógica binaria a cualquier derecho que se quiera, o se considere con derecho a, ejercer.”

Haz clic aquí para ver diagrama de flujo

 

Como ya he dicho, para aquellos que consideran que el único uso posible de la razón es tenerla molestarse en comprobar lo que les es obvio no es una posibilidad.

Recuerdo con nostalgia aquel maravilloso programa de TVE que se llamaba el Monstruo de Sanchezstein y que obligaba a los niños a descomponer sus órdenes complejas en órdenes simples si querían alcanzar alguno de los regalos que el monstruo podía llegar a tener a su alcance. Pero enseñar a pensar a los niños, y que decir de los adultos, enseñarlos a razonar y enfrentarse a lo correcto, no es una de las prioridades de la enseñanza en esta sociedad. No lo es en los centros de enseñanza ni lo es en las familias. Es más fácil, más asequible, el abuso, la discriminación ¿positiva? y el insulto como medios para obligar a los demás a respetar el derecho de aquellos que siempre tienen razón y lo único que pretenden es educarnos a los demás. Eso o promover a las más mínima oportunidad una ley que convierta a los no conversos en delincuentes. Para que formar pudiendo prohibir, para que educar pudiendo adoctrinar.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Para gustos colores

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Dicen por ahí que nada es verdad ni es mentira, que todo depende del color del cristal con que se mira. Y debe de ser verdad, porque gente hay, desgraciadamente mucha, que es monocromática hasta el suicidio. O dicho de otro modo que solo mira en una dirección por lo que con frecuencia se ve atropellada por los que circulan en la dirección que no miran.

Tal vez al final todo sea que yo padezco de una desviación multicromática no habitual, o un defecto óptico que me obliga a mirar en todas las direcciones posibles e intentar por todos los medios, infructuosamente, que se me lleven por delante.

No sé si es la edad, la experiencia o simple debilidad mental, pero soy incapaz de asumir las consignas, los mensajes, las proclamas de los líderes de opinión que de forma sistemática y machacona llegan hasta mí por gentileza de los diferentes medios de comunicación.

Se me plantea un problema inicial, el de la veracidad. Desde que por razones educativas tuve que viajar cuatro veces al día en el metro, y dado que no existían los móviles, ni siquiera los walkman (para aquellos demasiado jóvenes, dura enfermedad, los casetes portátiles), no había mejor entretenimiento en los trayectos que escuchar las conversaciones ajenas, aprendí que todo el que cuenta algo lo cuenta porque lleva razón. Ergo en el metro solo viajan los que tienen razón o todo el mundo cree tener razón, o existen tantas razones como colores en los cristales con que lo miran.

Así que puestos en esta tesitura me pareció que era estadísticamente improbable la identidad viajero del metro = persona con razón, por lo que, y con una pizca de autoexamen, comprobé que las historias solo las cuenta el que cree, o necesita, o espera firmemente convencido, tener esa razón sin la que todo relato tendría el feo cariz de una confesión.

Pues, tal como decía, será por esto, o no, pero he comprobado que ciertas posturas me generan, desconfianza es un término excesivo, incredulidad no es la palabra, prevención. Eso es, las declaraciones de los líderes de opinión me producen prevención en casi todos los casos, y digo casi todos porque cuando lo que oigo es un mitin de lo que sufro es de bochorno, de vergüenza ajena.

” las declaraciones de los líderes de opinión me producen prevención en casi todos los casos, y digo casi todos porque cuando lo que oigo es un mitin de lo que sufro es de bochorno, de vergüenza ajena.”




Así que puestos a examinar mi razón, la del color que sea que parece ser variable, he llegado a la conclusión de que me cuesta creer a aquel que me ofrece todo lo que yo quiero, porque yo quiero tantas cosas que dudo que haya dinero para pagarlas y si no hace falta dinero, cosa que me parecería realmente apreciable, no tengo nada clara la sistemática que me proponen para pasar de esta forma inmoral de civilización a la nueva sin dejar un reguero de cadáveres por el camino o sin encontrarme a un mesías que me arruine aún más la vida. Claro que por otra parte tampoco me creo nada de aquellos mesías del apocalipsis que solo ven la paja en el ojo ajeno y jamás llegan a ver el ojo, sobre todo porque empiezo a dudar de si la paja estará en el ojo que ven o estará en el propio, o, incluso, en los dos.

Con desesperanza he comprobado que eliminados los anteriores nada me queda por decir de los demás, entre otras cosas porque no me quedan demás con los que poder estar de acuerdo.

Definitivamente, al fin lo he comprendido, mi color es el negro. Seguramente debido a una inexistencia de fotorrecepción, o de audiocomprensión.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Un barquito chiquitito, navegando la realidad catalana

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Hay una canción popular que habla de un barquito chiquitito que no podía, que no sabía navegar. Apenas dos estrofas más adelante aclara: “Si esta historia parece corta, volveremos, volveremos a empezar”. Es una canción sin fin, como la de los elefantes en la tela de la araña o el cuento de la buena pipa.

Pero parece que esto del sin fin, o el sinfín, que aunque no son sinónimos son sinérgicos a algunos fines, no es solo propio de los tornillos, las canciones o los cuentos, que no solo afecta a las máquinas de movimiento perenne, a la dimensión infinita del universo o al eterno fluir de la existencia y la inexistencia. No, parece que la política en su permanente disparate ha alcanzado también el concepto inabarcable de lo inacabable.

Es verdad que sería tentador, casi identitario, elegir el enredo elefantiásico en una tela de araña para hablar del problema catalán, que la suma de elefantes de la extrema derecha, de la extrema izquierda y del extremo populismo europeos y nacionales no parece que vaya a conseguir romper la tela legal española, ni europea, que el entramado de mentiras y verdades parciales sería digno de una araña ingeniero de estructuras imposibles e inalterables, pero he elegido el barquito chiquitito porque da una dimensión más real de lo que es Cataluña, a pesar de esa soberbia que la lleva, históricamente, a pretender ser lo que nunca ha sido, a pretenderlo incluso en tiempos en los que la tal pretensión choca con la tendencia general de un mundo que se está organizando en bloques. Aunque es posible, dado el carácter general de soberbia del que hacen gala, que lo hagan precisamente por eso, por llevar la contraria, o porque no han sido ellos los que lo han empezado.

“porque da una dimensión más real de lo que es Cataluña, a pesar de esa soberbia que la lleva, históricamente, a pretender ser lo que nunca ha sido, “


Me recuerda, esta última posibilidad, a una experiencia con mi hijo. Tendría tres o cuatro años cuando tomó por costumbre armar la marimorena si alguien de la familia cruzaba un semáforo antes de que él lo dijera. Ni la circulación de Madrid, ni los tiempos programados de los semáforos, ni la paciencia familiar, daban para andar con esas historias, por lo que el niño acababa volviendo a casa con una perra de no te menees, con algún cogotazo que otro y a rastras. Siempre, y en esto también encuentro un cierto paralelismo, te cruzabas con algún ciudadano biempensante y que no tenía que aguantar las tonterías del niño y te miraba con aire reprobatorio a ti y de cierta, distante, solidaridad, al niño. Estaba claro que no era el suyo, el niño me refiero, y que ni siquiera sabía de qué iba el tema, pero, como dice mi mujer, y yo ratifico, no hay nada más fácil que educar a los hijos de los demás. Ni nada más fácil que solidarizarse con las opiniones que nos son ajenas, en el tiempo, en el espacio y en la posición. Me gustaría ver a esos padres, políticos o periodistas bregando con el mismo problema en su propia casa.

Pero hablábamos de barcos, por más que les llamemos barquitos y los hagamos protagonistas de una canción sin fin. Porque lo que me ha llevado, a la hora de escoger un hilo discursivo, a elegir esta canción sobre las demás opciones han sido sobre todo dos razones, que hablaba de barcos, como el tema catalán, y ese final tan propio de este recurrente problema europeo en el que todo episodio se cierra con un volveremos, volveremos a empezar. Exacto, como el barquito chiquitito de la canción.

Porque reclamar las reglas democráticas cuando se están conculcando, es hablar de barcos. Porque contar los votos como interesa, y no como son, en busca de un respaldo mayoritario inexistente, es hablar de barcos. Porque hablar en nombre de un pueblo fragmentado arrogándose una unidad que no existe, es hablar de barcos. Porque imponer el criterio de la minoría obviando, despreciando, ninguneando a la mayoría, es hablar de barcos. Porque hablar de derechos internacionales sin tener el respaldo de ningún organismo internacional, es hablar de barcos. Porque intentar crear un orden legal partiendo de una ilegalidad, es hablar de barcos. Porque tildar de fascistas a los que no opinan como ellos mientras son respaldados por toda la extrema derecha europea, es hablar de barcos, en realidad de una flota entera. Porque reclamar  para uno lo que niega a los demás, es hablar de barcos. Porque intentar pasar una lista de agravios provocadas por la propia actuación, es hablar de barcos. Porque intentar imponer una historia inventada a un pueblo y pretender que los demás se la compren, es hablar de barcos, bueno, en realidad de barquitos, de barquitos chiquititos.

Lo único grande en todo este despropósito es el rencor acumulado, el frentismo entre las personas, el tiempo que habrá de transcurrir hasta que el sentimiento pueda normalizarse, la utilización de la buena voluntad de parte de un pueblo para cumplimentar satisfacciones, ambiciones personales, cuando no para tapar corruptelas familiares.

Sinceramente creo, y así lo quiero contar, que el 21 de diciembre a las 12 de la noche en Cataluña, en España, y en toda Europa solo se cantaba una canción, un estribillo: “Volveremos, volveremos a empezar”. Y allá para algún momento del año 2018, repetiremos.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Cuéntame un cuento

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A veces nos cuentan cuentos. A veces, si analizamos el cuento que nos han contado, nos damos cuenta de que no solo la moraleja es perversa, todo el cuento destila un tufillo venenoso que nos conduce a caminos contrarios a lo que su apariencia explica.

Es importante a día de hoy, viviendo en entornos cuyo respeto por la palabra raya en el insulto, conviviendo con personajes y medios más preocupados de vaciar las palabras de significado para acercarnos a su amorfo mundo, que de ilustrarnos, informarnos o defendernos, ser conscientes de que hay que plantarse y desentrañar los cuentos. Desmenuzar y rebatir esos cuentos adoctrinantes, partidistas y frentistas, que nos colocan con la esperanza de que finalmente caigamos en sus redes ideológicas.

Paseaba hoy por las calles de Madrid y recordaba cómo eran cuando yo era más joven, bastante más joven.  Aquellas calles en las que se podía jugar, en las que los coches eran aún pocos, que no escasos, y en las que cruzarse con una persona de otra raza era un acontecimiento. Y lo recordaba porque cruzarse con un oriental, un musulmán, un negro, o cualquier persona de etnia, ropaje o símbolo diferente a los habituales de nuestro país ya no llama la atención de nadie.

Recordé la palabra, el cuento, MULTICULTURALIDAD. Lo recordé y recordé que ese era un escenario loable, deseable, un objetivo a conseguir. Pero también recordé de forma inmediata las aberraciones, las que mí me parecían aberraciones, del bonito cuento de la multiculturalidad que tengo la impresión de que nos han colocado y que nada tiene que ver con ese concepto fraternal del término que a en principio parece querer describir.

Lo comprendí, lo visualicé claramente, al pasar por una terraza del bulevar de la calle Ibiza. Nos están engañando. Nos están utilizando. Nos están deformando. Un grupo de orientales, más de una familia si hacemos caso a la composición del grupo, se sentaba en la mesa de la terraza de uno de tantos bares, bebían cañas y comían tapas. Y lo hacían a apenas unos metros de un restaurante oriental que estaba en la acera de enfrente. Entonces lo entendí, esa era la multiculturalidad que deberíamos de perseguir, esa era la fraternidad que deberíamos tener en nuestro horizonte cultural. La multiculturalidad que suma, la que convive, la que no se ofende, la que no sirve de excusa para otros fines y posiciones ideológicas que no se confiesan, la cotidiana.

“Entonces lo entendí, esa era la multiculturalidad que deberíamos de perseguir, esa era la fraternidad que deberíamos tener en nuestro horizonte cultural. La multiculturalidad que suma, la que convive, la que no se ofende, la que no sirve de excusa para otros fines y posiciones ideológicas que no se confiesan, la cotidiana.”


Yo no entiendo la multiculturalidad del que se ofende por las tradiciones ajenas sin renunciar a las propias, no entiendo la multiculturalidad del que se pasea vestido de pantalón corto y deportivas y lleva a su esposa unos pasos más tras con burka, no entiendo la multiculturalidad del que forma guetos en los que solo pueden entrar sus afines y acusa de racismo a los demás, no entiendo la multiculturalidad como una forma permanente de sentirse agredido agrediendo a los otros.

Toda renuncia a lo propio como forma de desagravio a lo ajeno no me parece multiculturalidad, antes bien me parece una forma espúrea de erradicar una cultura favoreciendo a otra.

La palabra, que no el cuento, es ilustrativa. Multiculturalidad es una palabra compuesta de dos términos unidos, para todo el mundo es evidente pero conviene repasar por si acaso, multi, que significa múltiples, más de una en todo caso, y culturalidad, que proviene de cultura, conjunto de costumbres, creencias y conocimientos provenientes de un transcurso histórico. Y esas más de una cultura pueden relacionarse de tres formas: ignorándose, enfrentándose o conviviendo, que al final supone un intercambio y, finalmente, un mestizaje. De todo se ha dado en la historia y de todo ello ha habido ejemplos en nuestra tierra.

Pero cuando alguien nos contó el cuento de la multiculturalidad siempre pareció que hablábamos de convivencia, de tolerancia, de acogida y de respeto. Todo muy bonito, todo un cuento que se reveló en el momento mismo en que se quebró alguna de esas loables intenciones.

Porque cuando una cultura impone su criterio sobre otra, cuando una tradición es erradicada por ofensiva hacia otra, cuando una cultura no puede desarrollar sus tradiciones por imposición de otra, cuando una cultura es incapaz de abrirse a la convivencia tolerante hacia las demás, ya no hablamos de multiculturalidad, ya no hablamos de convivencia, ni de tolerancia, ni de acogida, ni de respeto. Hablamos de agravio, de imposición, de intolerancia y de abuso.

No quiero entrar en detalles, no quiero bajar a lo particular lo que no debe de dejar de ser general, no quiero ofender personalizando. No quiero y no hace falta que dé casos concretos porque cada uno ya tendrá los suyos en la cabeza después de leer mis palabras. No quiero señalar a nadie que no se haya ya señalado a sí  mismo con su actitud. No quiero poner mi marca en ninguna cultura que no se haya marcado por sí misma.

Porque el problema, el cuento, no está en los que creen que lo suyo es lo cierto, que lo suyo es lo que todos deberían de hacer, en los que, de buena fe, pretender extender su cultura a los demás, es lo natural, el cuento, el problema, la mentira, está entre los que pretenden utilizar lo ajeno para acabar con lo propio, los que consideran que cualquier mal foráneo es preferible a cualquier bien propio, los que instalados en un concepto moral superior, superior para ellos, claro, creen esconderse detrás de una actitud de comprensión que oculta una incomprensión feroz, cuando no odio, hacia otras posiciones.

Un cuento perverso mal contado que no persigue otra cosa que un final indeseable, el predomino de una posición hostil enmascarada en una solidaridad inexistente.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Juegos imposibles

ACTO UNITARIO INDEPENDENTISMO
Corre el rumor entre los bien pensados de que basta desear algo con determinación y persistencia para que el deseo se cumpla. No me consta. A lo largo de mi vida he deseado, a veces casi con desesperación, cosas que finalmente no fueron. Debe de hacer falta algo más en el entorno para la culminación del objetivo anhelado.

Pero parece ser que mi convicción, mi experiencia, no concuerdan con las de algunas personas, tomadas individual o colectivamente.

Y viene esta reflexión inicial a cuenta del nuevo mantra, nuevo desde la convocatoria de elecciones autonómicas en Cataluña el 21 de este mes de diciembre, que el espectro independentista de la política catalana ha puesto en marcha: “Veremos si el gobierno respeta el resultado de las elecciones”

Y claro, en este mensaje, como en casi todos los mensajes que se han movido en el entorno soberanista durante el proceso, tiene trampa, En realidad no es trampa como truco, si no la habitual utilización del doble lenguaje, del doble sentido de las palabras utilizadas expresando una idea que en realidad quiere poner sobre la mesa otro sentido diferente de la frase.

En el sentido literal lo expresado, es tan absurdo, tan evidente, que inevitablemente nos lleva a la convicción de que no era eso lo que pretendían transmitirnos. ¿Cómo va un gobierno, democrático, integrado en instituciones internacionales también democráticas, a no respetar los resultados de unas elecciones convocadas por él? ¿En qué cabeza cabe? Los votantes irán a las urnas según unas listas electorales públicas y publicadas, depositarán su voto, secreto o voceado, en unas mesas dispuestas y constituidas con tal fin y según sus gustos políticos personales y llegado el fin de jornada esos votos se recontarán, se sumarán, se restarán, se dividirán y se filtrarán, según la ley electoral vigente y darán como resultado la asignación de los escaños del parlamento catalán a los partidos que hayan sido, más o menos, elegidos por los votantes. Y todo este proceso se realizará con las cámaras de televisión, con los interventores de los partidos y con la supervisión de los organismos competentes. Y podrán ser cruzados, descruzados y desmenuzados, tantas veces como se quiera. ¿Cómo no van a respetar los resultados?

Entonces, ¿Qué quieren decir? ¿Qué pretenden insinuar? Una vez más se trata de ganar aunque se pierda, de forzar aunque no se tenga fuerza, de plantear un escenario irreal que pervierta la situación electoral aún antes de que las elecciones se  hayan llevado a cabo.

No, señores independentistas, lo que ustedes intentan empezar a contarnos antes de que empiece el cuento, no sucederá. Estas elecciones son para cubrir los escaños que los parlamentarios anteriores no supieron defender dentro de la legalidad en vigor.

No, señores independentistas, lo que ustedes intentan conseguir antes de que los designen para ello no será posible. La ley será la misma sean cuales sean los resultados de las elecciones y lo más a lo que pueden aspirar es a trabajar para cambiarla y que se acerque a lo que sus partidos propugnen.

No, señores independentistas, lo que ustedes pretenden dar por sentado nunca ha sido puesto en la intención de las elecciones. No son plebiscitarias, no son legislativas, no son un referéndum encubierto. Que no dudamos de que ustedes, en sus juegos de palabras, intenten contarle a los que quieran escucharles, los mismos que ya les escuchan, pocos, que en realidad ustedes están votando algo diferente a lo que están votando los demás, algo diferente al objeto  real de las elecciones convocadas. Y que, por supuesto, como siempre, la razón es la suya.

 

“No, señores independentistas, lo que ustedes intentan conseguir antes de que los designen para ello no será posible. La ley será la misma sean cuales sean los resultados de las elecciones”


Yo espero, por el bien de Cataluña, por el bien de España, por el bien de Europa, que el resultado no les permita empezar otra vez con la matraca del proceso, que no les permita esa vena mesiánica que tanto daño ha hecho al mundo a lo largo de la historia, que no les permita volver a poner en marcha la maquinaria del estado a la que tanto partido creen haberle sacado.

La leyes, incluido el famoso 155, seguirán siendo las mismas sean cuales sean los resultados de unas elecciones autonómicas, y los escaños conseguidos serán adjudicados y los parlamentarios tomarán posesión de su lugar, salvo los que antes tengan que pasar por la cárcel.

El agua clara y el chocolate espeso, dice el dicho. No me jueguen con las palabras porque cuando las vidas, las ilusiones, el bienestar, de las personas están en juego sus juegos malabares con los significados son dolosos, a la par que dolorosos.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Si yo fuera catalán

Votar Urna

#plazabiertacataluña

Son muchas las apuestas acerca de cómo quedará despejada la incógnita de las elecciones catalanas el próximo día 21 de diciembre, aunque, al parecer, las encuestas parecen dar la victoria a Ciudadanos de Arrimadas, según la encuesta del CIS, con el siguiente hipotético reparto de votos en relación con su mayor competidor, Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) de Oriol Junqueras.
Ciudadanos: 22,50 %
ERC: 20,8%

Sin embargo, en escaños la situación es de empate técnico dada la supremacía de los republicanos en las zonas rurales, lo que otorgaría a ERC 32 escaños, frente a los 31-32 de C´s.

Por lo tanto, del resultado del resto de fuerzas políticas y del pacto entre unos y otros, dependerá que la balanza se incline hacia el lado de los independentistas o de los constitucionalista, que quedaría según la  encuesta del CIS de la siguiente manera:

Junts per Catalunya, la lista de Puigdemont con miembros del Pdecat e independientes, quedará como la tercera fuerza más votada con el 16,9% de los votos y entre 25 y 26 escaños.

La CUP, por su parte, perderá un escaño y conseguirá 9 (con el 6,7% de los votos).

De esta manera, las tres listas independentistas sumarían entre 66 y 67 escaños, quedándose a uno o dos de la mayoría absoluta, lo que supone una perdida entre cinco y seis respecto a las últimas elecciones, de manera que el independentismo bajará hasta el 44,4% de los votos.

La situación no mejora para los independentistas, habida cuenta que el Partido Socialista de Cataluña (PSC) con Miguel Iceta a la cabeza subirá hasta el 16% de los votos, con 21 escaños, aunque el PP de Xaviar García Albiol bajaría a 7 escaños, con un 5,8% de los votos; lo mismo que Catalunya en Comú-Podem, con Xavier Domènech, que bajará hasta los 9 escaños, con el 8,6% de los votos.

Conforme a dicho pronóstico, los partidos constitucionalistas (C’s, PSC y PP) sumarían entre 59 y 60 escaños, mientras que en votos hay un empate técnico con los independentistas (44,3%), por lo que el futuro de Cataluña dependerá de un 25% de votantes indecisos.

Ante esta situación, aunque no soy catalán, por lo tanto sin derecho a voto en dichos comicios -aunque no descarto que en futuras convocatorias pudiese tenerlo debido a mi falta de apego a la tierra-, me he propuesto el reto de analizar a quién votaría si pudiese hacerlo, manteniéndome ajeno de cualquier sentimiento patriótico que, como he dejado entrever, me cuesta tener, al menos cuando supone el ejercicio de imposición de ideas, que no valores, o la imposición de medallas, además de las exclusión de los que no están dentro.

Por lo tanto, con la responsabilidad de que mi hipotético voto, como el de cualquiera, es muy importante para el futuro de Cataluña, intentaré invertirlo de la mejor forma posible. Pero, ¿cómo se invierte un voto de forma eficaz?. Para unos, quizá sea votar al menos malo, para otros votar provocando un voto nulo para que nadie se beneficie de él, también los hay que sin estar convencidos votan al contrario de quien no quieren que salga, como voto de castigo y, finalmente quienes votan en función de la ideología, aunque no se con certeza de qué ideologías se puede hablar hoy día, que no sea del culto al dinero o de un pseudocomunismo de formas y no de fondo, visto que la gente más joven cada vez se polariza más en los extremos, buscando en la radicalidad su confrontación contra el mundo que les rodea, como manifestación de su rebeldía intrínseca a los años. Aunque, tampoco nos podemos olvidar de los románticos, aquellos que peinando canas o próximo a hacerlo se posicionan en el mismo sitio porque lo han hecho siempre, en pro de una ideología que piensan puede representar con más o menos intensidad un determinado candidato. Finalmente, están los que no votan porque no creen en el sistema, porque se sienten desilusionados, engañados y estafados por una clase política corrupta e incapaz de gestionar lo público.

Así, sólo me cabe elegir entre cuáles de las opciones que he expuesto me encuentro. Tarea no del todo fácil porque en cada uno de los comicios que he participado  me he movido en todas ellas, encontrándome en el momento actual en el desengaño, en el hastío de quien siente que su voto no estará nunca bien invertido, habida cuenta de la existencia de una clase política entre cuyas cualidades, si es que cabe resaltar alguna, la que mejor desempeña es la de insulto y descalificación del contrario: resaltando lo malo de éste para vender como menos malo lo suyo, eso sí, con el engaño de la mentira a la que están acostumbrados. Pero, haciendo el esfuerzo que me he propuesto anteriormente, y partiendo de una hipotética redención de la clase política, lo cual es mucho suponer, obviamente me incluiría entre aquellos que votan por ideología…. Aunque tal vez debería decir por ideales.

Llegados a este punto en el que los ideales son los que pueden motivar mi voto, llego a la taulogía de pensar, como he dicho antes, que la única motivación de los partidos políticos, el único motor de sus acciones, no es más que la rentabilidad política, o lo que es lo mismo, mantenerse en el poder a cualquier precio, y por ende, en la poltrona, con la faltriquera bien llena. Pero, como estamos en las elecciones catalanas, y puesto que ya estamos metidos en harina en esto de hacer esfuerzos; para no estar entre ese hipotético 25% de indecisos, me toca elegir entre, vamos a llamarlo, ideología independentista y la constitucionalista, puesto que, lo que se decide realmente es un sí o un no a la independencia, lo cual dependerá de la composición del futuro Parlament.

Pues miren ustedes, siguiendo la dicotomía entre ideología e ideales, apuntada anteriormente, terminamos llegando al quid de la cuestión, aunque no la solución a mi alternativa e indecisión del voto. Para que me entiendan, no me encuentro cómodo y mucho menos convencido, ni entre los unos ni los otros, porque como el resto no tienen ni ideologías, ni ideales, ni metas, ni objetivos, y mucho menos unas ideas fundamentales o doctrina que caracterice o marquen su forma de pensar y de actuar; sobre todo entre los constitucionalistas.

“….no me encuentro cómodo y mucho menos convencido, ni entre los unos ni los otros, porque como el resto no tienen ni ideologías, ni ideales, ni metas, ni objetivos, y mucho menos unas ideas fundamentales o doctrina”


… Y, en cuanto a los otros, los independentistas, simple y llanamente, no me terminan de convencer, no sólo porque no informan de las consecuencias que una declaración unilateral de independencia ocasionaría para el territorio secesionista, pero sobre todo, porque hay algo que no puedo vencer como es la ausencia en mi de un sentimiento patriótico; sobre todo cuando éste, venga de donde venga, supone exclusión. Así que, saben que les digo, que vaya suerte que tengo de no ser catalán, aunque ésta no sea más que la felicidad de los pobres, porque pronto vendrán otros comicios que vuelvan a mover en mi los mismos pensamientos, y ya estoy cansado, porque me temo que siempre estaré, visto lo visto, entre ese porcentaje de indecisos a los que se nos echa la culpa de que la balanza se incline hacia un lado u otro, aunque el origen de esta culpa no está en nosotros, como si se tratase de una cualidad personal, no;  si no en ellos que lo que nos venden no hay por dónde cogerlo.

  

Feliciano Morales

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Erase una vez que ya no es

 

 

 

Erase una vez, que se era, una ciudad que como todas las ciudades importantes, y las no tanto, aprovechaba la llegada de la Navidad para engalanar sus calles con innumerables luces llenas de colorido y significado.

Las calles no solo se llenaban de luces, también se llenaban de mercadillos de objetos navideños, de música de villancicos y de viandantes que buscaban con el regocijo propio del tiempo los regalos solicitados en ilusionadas cartas o de viva voz. Y al aire de las calles los escaparates se llenaban de adornos y belenes compitiendo por atraer la atención de los que por allí pasaban. Y una vez al año, una única y mágica vez al año, los Reyes Magos concentraban a una cantidad imposible de personas de todas las edades que se hacinaban sin molestarse, con un inusual civismo, en un recorrido que parecía guardar parte de la magia de un año para otro. Los niños adelante, o subidos en las escaleras, o en cualquier sitio preferente que les permitiera ver el paso de la colorista caravana que se remataba con el paso de la carroza del Rey Baltasar que recogía los últimos y ya casi afónicos gritos de la multitud que se sentía obligada a recordar sus peticiones. Como si sus Majestades no las supieran ya sobradamente. Y así acontecía año tras año, y año tras año los habitantes de la ciudad esperaban con ilusión la llegada de esas fechas para sacar toda su alegría y sentido mágico.

Pero un día llegó a la alcaldía el más moderno, el más sabio, el más triste de los alcaldes de esa ciudad. Un señor lleno de soberbia y distancia y la dejó sin la ilusión, sin la alegría, sin la magia que la habían caracterizado. Como había que ahorrar, entre otras cosas para pagar su despacho palacio, eliminó la mayor parte de las luces. Las que no eliminó las sustituyó por otras frías y carentes de significado festivo, porque consumían menos y no ofendían a los que se ofendían. Los motivos navideños fueron sustituidos por adornos conceptuales o por guías de sofronización a base de palabras que nada tenían que ver con lo que se celebraba. Los colores chillones por paneles uniformes o, en el mejor de los casos, bicolores. Elegantísimos y sofisticados según algunos, tristes y fríos según los más. No contento con todo esto desplazó el recorrido de la cabalgata a un sitio también frío y en el que no se sabía si aquello que pasaba era el desfile de carnaval, el día del orgullo gay o la cabalgata de los Reyes Magos. Bueno ya tampoco importaba, porque muchos de los ciudadanos, de los mayores al menos, dejaron de asistir.

Finalmente el más moderno, el más sabio, el más triste de los alcaldes de la ciudad dejó el cargo para pasar sus irrenunciables atributos al ministerio de justicia del que, como primera medida, desalojó a la justicia por falta de liquidez. Pero el daño ya estaba hecho. Los ciudadanos cuando querían disfrutar de la Navidad como ellos la habían conocido se iban a París, o a Londres o a Nueva York, que no habían tenido la suerte de disfrutar del moderno y elegante alcalde al que los ciudadanos le importaban un pito. Así les iba, despilfarrando y ofendiendo a los que se ofendían.

Luego vinieron varios alcaldes más, todos más preocupados por imponer su criterio que por el sentimiento de la mayoría de los ciudadanos. Las luces no volvieron, disfrazaron a lo Reyes de muñecos de recortable, hicieron a los peatones andar todos en el mismo sentido, hicieron imposible, antipático, circular por las zonas que antaño eran el centro del espíritu navideño, y se miraron satisfechos por lo logrado. Incluso, hay quién dice, que el Greench, visto su poco predicamento en su patria, se trasladó a esta ciudad y se hizo concejal para poder sabotear el espiritu navideño, aunque esto tal vez solo sean cuentos

 

“Luego vinieron varios alcaldes más, todos más preocupados por imponer su criterio que por el sentimiento de la mayoría de los ciudadanos. Las luces no volvieron, disfrazaron a lo Reyes de muñecos de recortable, hicieron a los peatones andar todos en el mismo sentido”

En todo caso erase una ciudad  que ya no es, que ya no recuerda, que sufre de una triste navidad. Pongamos que hablo de Madrid.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

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