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Si yo fuera catalán

Votar Urna

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Son muchas las apuestas acerca de cómo quedará despejada la incógnita de las elecciones catalanas el próximo día 21 de diciembre, aunque, al parecer, las encuestas parecen dar la victoria a Ciudadanos de Arrimadas, según la encuesta del CIS, con el siguiente hipotético reparto de votos en relación con su mayor competidor, Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) de Oriol Junqueras.
Ciudadanos: 22,50 %
ERC: 20,8%

Sin embargo, en escaños la situación es de empate técnico dada la supremacía de los republicanos en las zonas rurales, lo que otorgaría a ERC 32 escaños, frente a los 31-32 de C´s.

Por lo tanto, del resultado del resto de fuerzas políticas y del pacto entre unos y otros, dependerá que la balanza se incline hacia el lado de los independentistas o de los constitucionalista, que quedaría según la  encuesta del CIS de la siguiente manera:

Junts per Catalunya, la lista de Puigdemont con miembros del Pdecat e independientes, quedará como la tercera fuerza más votada con el 16,9% de los votos y entre 25 y 26 escaños.

La CUP, por su parte, perderá un escaño y conseguirá 9 (con el 6,7% de los votos).

De esta manera, las tres listas independentistas sumarían entre 66 y 67 escaños, quedándose a uno o dos de la mayoría absoluta, lo que supone una perdida entre cinco y seis respecto a las últimas elecciones, de manera que el independentismo bajará hasta el 44,4% de los votos.

La situación no mejora para los independentistas, habida cuenta que el Partido Socialista de Cataluña (PSC) con Miguel Iceta a la cabeza subirá hasta el 16% de los votos, con 21 escaños, aunque el PP de Xaviar García Albiol bajaría a 7 escaños, con un 5,8% de los votos; lo mismo que Catalunya en Comú-Podem, con Xavier Domènech, que bajará hasta los 9 escaños, con el 8,6% de los votos.

Conforme a dicho pronóstico, los partidos constitucionalistas (C’s, PSC y PP) sumarían entre 59 y 60 escaños, mientras que en votos hay un empate técnico con los independentistas (44,3%), por lo que el futuro de Cataluña dependerá de un 25% de votantes indecisos.

Ante esta situación, aunque no soy catalán, por lo tanto sin derecho a voto en dichos comicios -aunque no descarto que en futuras convocatorias pudiese tenerlo debido a mi falta de apego a la tierra-, me he propuesto el reto de analizar a quién votaría si pudiese hacerlo, manteniéndome ajeno de cualquier sentimiento patriótico que, como he dejado entrever, me cuesta tener, al menos cuando supone el ejercicio de imposición de ideas, que no valores, o la imposición de medallas, además de las exclusión de los que no están dentro.

Por lo tanto, con la responsabilidad de que mi hipotético voto, como el de cualquiera, es muy importante para el futuro de Cataluña, intentaré invertirlo de la mejor forma posible. Pero, ¿cómo se invierte un voto de forma eficaz?. Para unos, quizá sea votar al menos malo, para otros votar provocando un voto nulo para que nadie se beneficie de él, también los hay que sin estar convencidos votan al contrario de quien no quieren que salga, como voto de castigo y, finalmente quienes votan en función de la ideología, aunque no se con certeza de qué ideologías se puede hablar hoy día, que no sea del culto al dinero o de un pseudocomunismo de formas y no de fondo, visto que la gente más joven cada vez se polariza más en los extremos, buscando en la radicalidad su confrontación contra el mundo que les rodea, como manifestación de su rebeldía intrínseca a los años. Aunque, tampoco nos podemos olvidar de los románticos, aquellos que peinando canas o próximo a hacerlo se posicionan en el mismo sitio porque lo han hecho siempre, en pro de una ideología que piensan puede representar con más o menos intensidad un determinado candidato. Finalmente, están los que no votan porque no creen en el sistema, porque se sienten desilusionados, engañados y estafados por una clase política corrupta e incapaz de gestionar lo público.

Así, sólo me cabe elegir entre cuáles de las opciones que he expuesto me encuentro. Tarea no del todo fácil porque en cada uno de los comicios que he participado  me he movido en todas ellas, encontrándome en el momento actual en el desengaño, en el hastío de quien siente que su voto no estará nunca bien invertido, habida cuenta de la existencia de una clase política entre cuyas cualidades, si es que cabe resaltar alguna, la que mejor desempeña es la de insulto y descalificación del contrario: resaltando lo malo de éste para vender como menos malo lo suyo, eso sí, con el engaño de la mentira a la que están acostumbrados. Pero, haciendo el esfuerzo que me he propuesto anteriormente, y partiendo de una hipotética redención de la clase política, lo cual es mucho suponer, obviamente me incluiría entre aquellos que votan por ideología…. Aunque tal vez debería decir por ideales.

Llegados a este punto en el que los ideales son los que pueden motivar mi voto, llego a la taulogía de pensar, como he dicho antes, que la única motivación de los partidos políticos, el único motor de sus acciones, no es más que la rentabilidad política, o lo que es lo mismo, mantenerse en el poder a cualquier precio, y por ende, en la poltrona, con la faltriquera bien llena. Pero, como estamos en las elecciones catalanas, y puesto que ya estamos metidos en harina en esto de hacer esfuerzos; para no estar entre ese hipotético 25% de indecisos, me toca elegir entre, vamos a llamarlo, ideología independentista y la constitucionalista, puesto que, lo que se decide realmente es un sí o un no a la independencia, lo cual dependerá de la composición del futuro Parlament.

Pues miren ustedes, siguiendo la dicotomía entre ideología e ideales, apuntada anteriormente, terminamos llegando al quid de la cuestión, aunque no la solución a mi alternativa e indecisión del voto. Para que me entiendan, no me encuentro cómodo y mucho menos convencido, ni entre los unos ni los otros, porque como el resto no tienen ni ideologías, ni ideales, ni metas, ni objetivos, y mucho menos unas ideas fundamentales o doctrina que caracterice o marquen su forma de pensar y de actuar; sobre todo entre los constitucionalistas.

“….no me encuentro cómodo y mucho menos convencido, ni entre los unos ni los otros, porque como el resto no tienen ni ideologías, ni ideales, ni metas, ni objetivos, y mucho menos unas ideas fundamentales o doctrina”


… Y, en cuanto a los otros, los independentistas, simple y llanamente, no me terminan de convencer, no sólo porque no informan de las consecuencias que una declaración unilateral de independencia ocasionaría para el territorio secesionista, pero sobre todo, porque hay algo que no puedo vencer como es la ausencia en mi de un sentimiento patriótico; sobre todo cuando éste, venga de donde venga, supone exclusión. Así que, saben que les digo, que vaya suerte que tengo de no ser catalán, aunque ésta no sea más que la felicidad de los pobres, porque pronto vendrán otros comicios que vuelvan a mover en mi los mismos pensamientos, y ya estoy cansado, porque me temo que siempre estaré, visto lo visto, entre ese porcentaje de indecisos a los que se nos echa la culpa de que la balanza se incline hacia un lado u otro, aunque el origen de esta culpa no está en nosotros, como si se tratase de una cualidad personal, no;  si no en ellos que lo que nos venden no hay por dónde cogerlo.

  

Feliciano Morales

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Erase una vez que ya no es

 

 

 

Erase una vez, que se era, una ciudad que como todas las ciudades importantes, y las no tanto, aprovechaba la llegada de la Navidad para engalanar sus calles con innumerables luces llenas de colorido y significado.

Las calles no solo se llenaban de luces, también se llenaban de mercadillos de objetos navideños, de música de villancicos y de viandantes que buscaban con el regocijo propio del tiempo los regalos solicitados en ilusionadas cartas o de viva voz. Y al aire de las calles los escaparates se llenaban de adornos y belenes compitiendo por atraer la atención de los que por allí pasaban. Y una vez al año, una única y mágica vez al año, los Reyes Magos concentraban a una cantidad imposible de personas de todas las edades que se hacinaban sin molestarse, con un inusual civismo, en un recorrido que parecía guardar parte de la magia de un año para otro. Los niños adelante, o subidos en las escaleras, o en cualquier sitio preferente que les permitiera ver el paso de la colorista caravana que se remataba con el paso de la carroza del Rey Baltasar que recogía los últimos y ya casi afónicos gritos de la multitud que se sentía obligada a recordar sus peticiones. Como si sus Majestades no las supieran ya sobradamente. Y así acontecía año tras año, y año tras año los habitantes de la ciudad esperaban con ilusión la llegada de esas fechas para sacar toda su alegría y sentido mágico.

Pero un día llegó a la alcaldía el más moderno, el más sabio, el más triste de los alcaldes de esa ciudad. Un señor lleno de soberbia y distancia y la dejó sin la ilusión, sin la alegría, sin la magia que la habían caracterizado. Como había que ahorrar, entre otras cosas para pagar su despacho palacio, eliminó la mayor parte de las luces. Las que no eliminó las sustituyó por otras frías y carentes de significado festivo, porque consumían menos y no ofendían a los que se ofendían. Los motivos navideños fueron sustituidos por adornos conceptuales o por guías de sofronización a base de palabras que nada tenían que ver con lo que se celebraba. Los colores chillones por paneles uniformes o, en el mejor de los casos, bicolores. Elegantísimos y sofisticados según algunos, tristes y fríos según los más. No contento con todo esto desplazó el recorrido de la cabalgata a un sitio también frío y en el que no se sabía si aquello que pasaba era el desfile de carnaval, el día del orgullo gay o la cabalgata de los Reyes Magos. Bueno ya tampoco importaba, porque muchos de los ciudadanos, de los mayores al menos, dejaron de asistir.

Finalmente el más moderno, el más sabio, el más triste de los alcaldes de la ciudad dejó el cargo para pasar sus irrenunciables atributos al ministerio de justicia del que, como primera medida, desalojó a la justicia por falta de liquidez. Pero el daño ya estaba hecho. Los ciudadanos cuando querían disfrutar de la Navidad como ellos la habían conocido se iban a París, o a Londres o a Nueva York, que no habían tenido la suerte de disfrutar del moderno y elegante alcalde al que los ciudadanos le importaban un pito. Así les iba, despilfarrando y ofendiendo a los que se ofendían.

Luego vinieron varios alcaldes más, todos más preocupados por imponer su criterio que por el sentimiento de la mayoría de los ciudadanos. Las luces no volvieron, disfrazaron a lo Reyes de muñecos de recortable, hicieron a los peatones andar todos en el mismo sentido, hicieron imposible, antipático, circular por las zonas que antaño eran el centro del espíritu navideño, y se miraron satisfechos por lo logrado. Incluso, hay quién dice, que el Greench, visto su poco predicamento en su patria, se trasladó a esta ciudad y se hizo concejal para poder sabotear el espiritu navideño, aunque esto tal vez solo sean cuentos

 

“Luego vinieron varios alcaldes más, todos más preocupados por imponer su criterio que por el sentimiento de la mayoría de los ciudadanos. Las luces no volvieron, disfrazaron a lo Reyes de muñecos de recortable, hicieron a los peatones andar todos en el mismo sentido”

En todo caso erase una ciudad  que ya no es, que ya no recuerda, que sufre de una triste navidad. Pongamos que hablo de Madrid.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Todos contra todos

 

La integración en las sociedades que sufren de discriminación, sea racial, cultural, sexual, religiosa o de cualquier otro tipo, no se consigue a golpe de ley, ni a golpe de censura, ni a golpe de discriminación positiva. Solo una labor pedagógica de años, la convivencia diaria y el conocimiento del otro pueden llevar a que esa tolerancia necesaria pueda producirse y no imponerse.

Somos muy dados en esta sociedad marchita, adocenada, decadente, a que aquellos que tienen voz, aquellos a los que se les ha otorgado la voz para que hablen por nosotros, en una clara dejación de sus funciones, confundan su voz con la voz de aquellos a los que representan y, lo que es peor, secuestren la voz de sus representados en una labor de sórdida censura cuando estos dicen, o lo intentan, aquello que a los excelsos representantes de sí mismos les parece inconveniente.

Posiblemente una de las abominaciones más flagrantes de un tiempo a esta parte es todo aquello que engloba, que supone, que se guarece bajo la mediocridad de la expresión “políticamente correcto”, porque cuando algo es políticamente correcto es que es solo parcialmente cierto, tendiendo el porcentaje de certeza de la expresión a cero.

No se le puede pedir a una sociedad que viva en un retroceso permanente de sus usos y costumbres, o que olvide lo vivido durante generaciones, solo para que aquellos que llegan se sientan más cómodos y además que calle y otorgue. No se puede acusar permanentemente a un colectivo mayoritario de intolerante o fascista porque no permita de buen grado la imposición de hábitos que chocan y agreden a los suyos propios, consecuencia de siglos de evolución y cultura. No se puede acallar a la gente que en la calle percibe una realidad, indeseada por políticos y comunicadores, llamándoles racistas, xenófobos o fachas, aunque en determinados casos lo sean, porque aquellos que son insultados por su percepción de lo que les rodea no van a cambiar esa percepción siendo vilipendiados, etiquetados, despreciados, antes bien se convertirán en unos irreductibles propagadores de su idea, en unos enemigos acérrimos y beligerantes de lo que rechazan.

“No se puede acusar permanentemente a un colectivo mayoritario de intolerante o fascista porque no permita de buen grado la imposición de hábitos que chocan y agreden a los suyos propios, consecuencia de siglos de evolución y cultura”


Porque una cosa es lo hablado y otra cosa es lo vivido. Porque una cosa es hablar desde un barrio acomodado sin problemas de convivencia y otra es ver como tu barrio de toda la vida, tu barrio modesto y tradicional, se va convirtiendo en un gueto en el que tú eres el extraño, en el que puedes llegar a ser mal mirado por hacer tu vida de siempre. Porque una cosa es tener un empleo bien remunerado y solvente y otra cosa es ver que los nichos de trabajo no especializado te son inaccesibles por ser nativo. Y además no puedes decirlo, es políticamente incorrecto. Los que tenemos un buen trabajo, los que vivimos fuera de las zonas marginales, te vamos a llamar racista, facha, xenófobo y vamos a usar todos los medios a nuestro alcance, políticos, de difusión, legales, para hacerte comprender a ti y a los a los demás equivocados lo impropio de su conducta.

 Solo habremos conseguido fomentar el odio de los estigmatizados y, eso sí, vernos con un halo de santo apostolado, civil, laico, progresista, políticamente correcto.

Pues nada, nada, santos varones del mundo cultural, del mundo político, del mundo social, de las élites, a seguir así, a seguir vaciando nuestra equívoca conciencia sobre las espaldas de los que no tienen derecho ni siquiera a su propia conciencia. A seguir pontificando desde nuestra atalaya diciendo que no hay barro al pie de nuestra casa mientras la gente se va hundiendo en él. Mantengamos nuestros privilegios y fustiguemos, hostiguemos, insultemos y despreciemos a todo aquel que remueva la placidez de nuestra buena conciencia.

Sigamos permitiendo los guetos, los vivenciales, los educativos, los laborales, incluso los de protección social, y seguiremos teniendo marginalidad, violencia, terrorismo y, sobre todo, sobre todo, una sociedad intolerante de todos contra todos. Sigamos negando la realidad por políticamente incorrecta y seguiremos teniendo una  suerte de capas sociales, étnicas y culturales absolutamente impermeables unas con otras.

Y después nos sorprendemos de París, de Londres, de Barcelona…

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Una propuesta salomónica

 

Reflexionando, que como todo el mundo debería de saber es gerundio y por tanto, abundando un poco más en el conocimiento del castellano, tiene la capacidad de resumir, sobre el tema catalán, sobre las distintas posturas, que inicialmente parecen irreconciliables, se me ha ocurrido, y esto es participio y aprovecho para participarlo, una posible solución que a fuerza de no contentar a nadie dejaría a todos insatisfechos, pero en la que todos serían reos de las posiciones demandadas.

Respeta el derecho a decidir de todos y cada uno, incluye los límites legales de la decisión, permite votar la opción preferida de cada ciudadano y contempla la opción de que se tenga en cuenta lo votado.

Únicamente quedaría por valorar, que manera de esquivar el verbo decidir, si el resultado obtenido sería vinculante o no. Sospecho que ninguna de las partes estaría plenamente satisfecha con mi propuesta, lo que la hace aún más atractiva, e ilustrativa.

Yo convocaría un referéndum sobre la cuestión catalana con las siguientes características:

  1. Se votaría en toda España
  2. En Cataluña constaría de dos preguntas y en el resto de España solo de una.
  3. Solo sería vinculante el resultado de la segunda pregunta si también lo es el de la primera.

Hasta aquí yo creo que nadie puede ponerle un solo pero a mi propuesta, aunque lo de nadie posiblemente esté un poco exagerado. Casi nadie, al menos nadie de los que han pedido diálogo, derecho a decidir, democracia o derecho a votar. Todos respetados.

Y ahora viene lo verdaderamente complicado, como siempre. Porque lo verdaderamente complicado en toda cuestión no es responder, si no acertar con la pregunta. Y yo propondría las siguientes preguntas:

  1. Para todos los españoles: ¿Consideran ustedes legítimo, y por tanto están dispuestos a aceptar, el deseo de independencia de algunas partes del territorio español, siempre que así lo expresen por mayoría suficiente?
  2. Solo para los catalanes: ¿Desea usted la independencia de su circunscripción electoral respecto a España aceptando los términos que se especifican en esta convocatoria?

El resultado de la primera pregunta condicionaría la aceptación de la segunda ya que es potestad de todos los españoles cambiar la ley y aceptar ese cambio, pero si dijeran que sí, al día siguiente de la votación todos los pueblos que hubieran elegido su independencia, lo serían. Ya luego si se organizan en nación, estado, territorio independiente o pueblo estado, sería su problema y el de los que lo hubieran decidido. Porque tampoco nadie puede, puestos a ejercer el derecho a decidir, que ese derecho haya que ejercerlo por territorios completos. Ellos mismos lo plantean, cada uno tiene derecho a decidir dentro de su comunidad y a que el resto de territorio más amplio tenga que respetar esa decisión.

“puestos a ejercer el derecho a decidir, que ese derecho haya que ejercerlo por territorios completos. Ellos mismos lo plantean, cada uno tiene derecho a decidir dentro de su comunidad y a que el resto de territorio más amplio tenga que respetar esa decisión.”


Es posible que entonces el territorio a independizarse fuera algo así como Gerona y la parte norte de Barcelona. Tal vez algo de Lérida, y algún pueblo suelto aquí y allá que ya vería como bandearse. Al fin y al cabo lo más  problemático de tomar decisiones es enfrentarse a las consecuencias.

Ya lo de los términos y consecuencias sería cuestión de ser serios y rigurosos. Aranceles a los productos de las zonas independientes. Exclusión automática de los foros internacionales. Pérdida de libre circulación. Pérdida de moneda única.. Tampoco yo sé exactamente. Así, a volapié, que se dice. Seguramente me faltan muchas y, hasta puede que, me sobre alguna.

Estoy seguro de que algunos pueblos no ratificarían ese deseo de independencia. Otros muchos sí, aunque les pareciera una independencia inviable.

En fin, ahí dejo mi propuesta. Insisto, estoy convencido de que no va a dejar contento a nadie porque intenta respetar las convicciones de todos. Salomón me lo hubiera firmado, seguro.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El veintidós de diciembre

A veces tengo la impresión, sobre todo a la hora de hablar de ciertos temas, que la gente no dice lo que piensa, o muchas más veces aún, que la gente no piensa lo que dice. Hay varias posibilidades intermedias, matices que se llaman, que van del blanco roto al gris muy oscuro, en una sinfonía de tonos que solo la mente femenina es capaz de describir.

El 21 de diciembre, bien evitado el 28, es fecha señalada de urnas, solamente en Cataluña, telediarios y tertulias interpretativas de los resultados que los distintos partidos participantes en esas elecciones hayan obtenido. Jornada de reflexiones, augurios y reconstrucciones de futuro. Como todas las jornadas de comicios, vamos. Nada nuevo ni que nos pueda sorprender.

Pero siendo claro en sus resultados, también quiero serlo en mis predicciones.

Mucha, pero mucha, gente vive una suerte de angustia preguntándose qué va a suceder si el bloque independentista vuelve a sacar más escaños, más votos o ambas cosas. Qué va a suceder si el escenario parlamentario catalán reproduce, aunque sea con diferentes proporciones en los partidos la configuración de bloque que existe actualmente.

“Qué va a suceder si el escenario parlamentario catalán reproduce, aunque sea con diferentes proporciones en los partidos la configuración de bloque que existe actualmente.”

Creo, estoy absolutamente convencido, de que hay mucha gente empeñada en comentar este posible escenario como un problema de difícil resolución. Y no es cierto, ni siquiera en el más que probable caso de que tengan razón.


Hay, dada la perversión del sistema electoral catalán, del sistema electoral español, que las zonas rurales impongan su voto sobre las metropolitanas. Su voto, que no sus votos, y logren configurar un parlamento con una mayoría independentista en sus escaños votado por una minoría de ciudadanos. Puede suceder, muy posiblemente suceda. ¿Y qué?

Puede suceder, incluso, que metidos en esta vorágine de verdades del barquero, no el sentido de incuestionables, si no el de verdades que se lleva la más mínima corriente, los independentistas ganen en votos y en escaños. La pregunta sigue siendo la misma, ¿y qué?

Y me hago esta pregunta desde la consciencia antes de que las votaciones pasen a reflejarse en papeletas introducidas en urnas controlables, por ciudadanos controlables y con metodología homologable. Me la hago porque veo el desconcierto, el rumor, el pesimismo, creo que en muchos casos interesado, con el que en muchos círculos se analiza este posible escenario. Sin rigor, sin reflexionar, sin analizar correctamente el día después del veintiuna de diciembre.

El veintidós de diciembre, digan lo que digan las urnas, la ley será la misma que el veinte de diciembre. Nada habrá cambiado salvo la representación de los partidos en un parlamento que tendrá que ponerse a trabajar en la forma de llevar adelante sus programas respetando una ley que estará tan vigente como dos días antes. E igual de vigente e igual de coercitiva si las acciones lo demandan.

¿Para que valen entonces estas elecciones? Para restablecer el marco legal quebrantado desde posturas interesadas y retomar todos los caminos que a partir de entonces se puedan retomar.

Hay varios caminos que la democracia permite a la hora de reivindicar cuestiones, pero todos parten del respeto a la legalidad vigente. Nadie puede condenar las ideas ajenas, nadie puede cambiar de un plumazo, con unos cuantos papeles depositados en unas urnas, los sentimientos con los que las personas los introducen, las esperanzas, las ilusiones, ni los rencores, ni las cuitas. Nadie puede cambiarlos, borrarlos, y nadie debe de ignorarlos.

 

“¿Para que valen entonces estas elecciones? Para restablecer el marco legal quebrantado desde posturas interesadas y retomar todos los caminos que a partir de entonces se puedan retomar.”

 

Hay varios caminos que la democracia permite a la hora de reivindicar cuestiones, pero todos parten del respeto a la legalidad vigente. Nadie puede condenar las ideas ajenas, nadie puede cambiar de un plumazo, con unos cuantos papeles depositados en unas urnas, los sentimientos con los que las personas los introducen, las esperanzas, las ilusiones, ni los rencores, ni las cuitas. Nadie puede cambiarlos, borrarlos, y nadie debe de ignorarlos.


Así que lo que si debe de suceder el veintidós de diciembre en Cataluña, es que el gobierno de España y el parlamento democráticamente elegido por los catalanes empiece a pensar en donde sentarse, de que hablar y con qué instrumentos recuperar  una situación política que han manejado con sus propios intereses y no con el de los ciudadnos que los votaron, tanto a unos como a otros.

Encontrar, como siempre ha sido su obligación, los puntos de confluencia, los intereses comunes, las convivencias compartibles. Existen y debería de ser más fuertes que la que nos enfrentan. Solo desde la comprensión, solo desde la generosidad, solo desde el sentido común por ambas partes podrán desmontarse las mentiras, los discursos interesados, las exaltaciones de lo propio y diatribas a lo ajenos cultivadas durante años por ambas partes y mantenidas por sectores interesados en la ruptura y el enfrentamiento.

El veintiuno de diciembre toca votar, y el veintidós empezara construir con materiales nuevos, con cordura. Y allá la conciencia de los que tendrán obligación de hacerlo. La historia se lo demandará, o, si persisten en sus errores, los ciudadanos o la ley de forma má

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Indiferencia contra locura

            La tarde de verano va cayendo en mi tranquilo y pequeño pueblo. Viendo al sol despedirse por hoy, me acerco al frigorífico y como algo ligero para que la cena posterior no se me antoje demasiado copiosa. Después salgo al florido patio de mi casa para disfrutar de un apacible momento de lectura, mientras noto cómo la temperatura del día va dejando paso a la de la noche. Es de las sensaciones más agradables que he tenido.

Sin darme cuenta, la noche se me echa encima en cuestión de minutos. Apago mi libro electrónico y me dispongo a cenar. Me apetece algo fresco, por ejemplo, una ensalada. Y algo dulce para después, como dos o tres onzas de chocolate negro. Me ducho con calma antes de acomodarme en la cama para ver una película en mi ordenador portátil. Cuando acaba, con el fin de relajarme un poco más, leo un capítulo o dos más del libro y, cuando termino, pruebo suerte con el sueño. Caigo rendido en pocos minutos.

Despierto, ya es fin de semana y no tengo la necesidad de madrugar, así que anoche puse el despertador para las 10 de esta mañana. Tras dar varias vueltas en la cama, vacilando con la idea de dar otras cuantas más o levantarme, me decido por levantarme movido por el deseo de desayunar. Bizcochos remojados en leche y algo de embutido recién cortado, para combinar dulce y salado.

De fondo, escucho que en la tele del salón están dando noticias de última hora:

«Una furgoneta ha arrollado a decenas de personas en La Rambla de Barcelona. Por el momento, hay una decena de víctimas mortales y más de 80 heridos, de los cuales 15 se encuentran en estado grave…» 

Acabo mi desayuno maldiciendo mentalmente el estado del mundo actual, repasando lo que yo creo que son derechos humanos fundamentales, asqueado por la falta de educación, conciencia, empatía, coherencia y transparencia de la sociedad, por nombrar algunas de sus carencias más evidentes. Me doy por vencido con esta sociedad y con este mundo una vez más, convencido de que es imposible que se dé una toma de conciencia global en algún momento de la historia de la humanidad. Pensando en las reacciones típicas de una apabullante mayoría de opiniones que hacen a mi alma desplomarse hasta mis pies: «Esto pasa por dejar entrar a inmigrantes», «Yo no soy racista, pero me gusta ser ordenado y que cada uno se quede en su país» … En fin, recojo los restos de mi desayuno y pienso en escribir algo sobre la tristeza que me provoca el estado de la humanidad a estas alturas del cuento.

Pensando en las reacciones típicas de una apabullante mayoría de opiniones que hacen a mi alma desplomarse hasta mis pies: «Esto pasa por dejar entrar a inmigrantes», «Yo no soy racista, pero me gusta ser ordenado y que cada uno se quede en su país» …

Cojo mi móvil y contesto afirmativamente a un mensaje para jugar un partido de fútbol sala esta tarde con un grupo de colegas, y pongo a mi mente en piloto automático sin dar mucho crédito a nada de lo que pasa en este planeta, con el fin de no volverme loco.

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Todos somos Barcelona. Una casilla más en una partida macabra.

Ha vuelto a correr la sangre. Ha vuelto a dilapidarse el único patrimonio no recuperable que el hombre posee. Ha vuelto a triunfar la irreversible muerte. Ayer Barcelona, antes París, Niza, Berlín, Londres, Estocolmo, Madrid, El Mediterraneo, Israel, Palestina, Egipto, La India o cualquier país que la muerte reclame en este infame juego en el que la mayoría, casi todos los que mueren, somos peones.

Inmersos en el dolor de la muerte masiva e inesperada, de la muerte sin sentido ni finalidad aparente, las lágrimas que anegan nuestros ojos nublan también nuestro entendimiento el tiempo suficiente para llorar breve pero generosamente a los que se han ido, para odiar breve pero intensamente a los que han matado y a todo lo que representan, para rememorar breve pero intensamente todos los acontecimientos anteriores del mismo cariz. Y olvidarnos en un espacio de tiempo breve e insuficiente de que habrá más muertes, más lazos negros, editoriales grandilocuentes, diseños de anagramas que poner en las redes sociales y en las solapas. Más todos somos y casi nada de todos pensamos y construimos.

Alguien se dará cuenta de que meto en un mismo saco muertos que nada tiene que ver con Barcelona, pero solo existe una muerte, una por persona, una única consecuencia, un único hecho irreversible, no importa la causa, el lugar o las circunstancias. Alguien pensará que de todas formas hoy toca hablar de Barcelona, sin reflexionar en que Barcelona es solo una casilla más en un juego feroz, despiadado, que lleva dándose durante siglos y en el que siempre mueren los peones, esas piezas prescindibles y más numerosas cuya desaparición no determina el resultado de la partida

“Alguien se dará cuenta de que meto en un mismo saco muertos que nada tiene que ver con Barcelona, pero solo existe una muerte, una por persona, una única consecuencia, un único hecho irreversible, no importa la causa, el lugar o las circunstancias”


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Unas veces se sacrifican por el poder que el rey y la reina representan, otras por la fe que los alfiles defienden, o por los ideales que los caballos hacen suyos, o por el poder territorial y económico que las torres detentan. En realidad da lo mismo. Acabada una partida las piezas se recolocan, el tablero se limpia de sangre, de escombros, de cadáveres y se comienza una nueva. La estrategia determinará porque pieza habrán de sacrificarse los peones, los mismos, pero diferentes, otros pero del mismo pueblo, de la misma aldea, con la misma cantidad de sangre, con el mismo cruel destino.

Y mientras los peones lloran a los peones, mientras las piezas mayores se deshacen en condolencias, pésames y grandilocuencias, todos nos olvidamos de los jugadores. Todos olvidamos que hay manos que nos mueven, mentes que evalúan el valor de la pérdida de nuestras vidas en un fin último de ganar la partida. Todos olvidamos que somos esclavos de un juego del que ni siquiera conocemos las reglas. Que da lo mismo ser un peón víctima, un peón inmigrante o, con toda mi repulsa equiparo y digo, un peón terrorista. A unos les pagan las torres, a otros nos lavan el cerebro los alfiles, otros entregamos nuestra vida a los caballos y todos defendemos a la reina y al rey porque ellos marcan la victoria.

Pero hoy lloramos Barcelona. Hoy lloramos sin consuelo y por dos días de luto oficial la irreparable muerte que ayer alcanzó a trece ciudadanos y el dolor que otros cien sufren sin que sepan con claridad por qué motivo. Hoy, mañana y hasta que los medios de comunicación consideren que ya no es noticia, lloramos con las familias de las víctimas. Ayer con las víctimas del IRA, de ETA, de Sudáfrica, de Pinochet o de Videla, anteayer con las de Franco, las de Stalin, las de Hitler o las de Pol Pot. Hace apenas unos minutos, históricamente hablando, llorábamos las de otras ciudades, las vidas de los refugiados de barbaridades bélicas, religiosas, económicas o políticas que huyen para preservar sus vidas, vidas de peones, vidas prescindibles, reemplazables, estadísticamente enumerables pero de valor insignificante.

“Pero hoy lloramos Barcelona. Hoy lloramos sin consuelo y por dos días de luto oficial la irreparable muerte que ayer alcanzó a trece ciudadanos y el dolor que otros cien sufren sin que sepan con claridad por qué motivo”


Ayer todos fuimos París, Londres, Madrid… Mañana…, mañana me gustaría un mundo en el que todos fuéramos personas y no hubiera jugadores. Pero hoy, hoy todos somos Barcelona.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El día del orgullo

 

Un año más estamos inmersos en la celebración del “Día del Orgullo Gay”, que a mí, personalmente, me epata. No, no empiecen ya a fusilarme, no me epata la fiesta, ni la celebración, lo que me epata como humilde artesano de la palabra es el nombre. ¿Puede llamarse algo de una forma más inadecuada?, no, es muy difícil.

Partamos de que a mí la sexualidad, en cualquiera de sus múltiples facetas, me parece un hecho natural, como me parece que la heterosexualidad es el hecho normal, de norma, dentro de la sexualidad reproductiva que  ha sido la dominante durante toda la historia de la humanidad. La necesidad imperiosa de reproducirse para perpetuarse era una fuerza que imponía unos criterios, unos roles, que pasados a la vida cotidiana marcaban unos papeles que naturalmente, de naturales, se acogían y aceptaban. Que esos roles se enquistaran en la sociedad y dieran lugar a conceptos morales que fueron transformándose en conductas sociales que etiquetaban como antisociales o condenables las tendencias que chocaban con ese fin reproductivo, ha sido una consecuencia indeseable de ciertas instituciones que se erigieron en garantes únicos de la verdad y la perpetuación de la raza, estableciendo unas normas rígidas e indeseables en este momento de la historia.

Pero a día de hoy la sexualidad, cada vez más y en consonancia con una sociedad decadente, ha tomado un sesgo en el que el fin fundamental ya no es la reproducción, si no el placer. Y en esa visión lúdica del sexo, en esa búsqueda del placer y la satisfacción, todos los caminos son transitables. Cada uno, cada individuo, debe de merecer el respeto absoluto de la sociedad con la que convive. Cada hombre o mujer, en su intimidad personal, tiene derecho a explorar su plenitud sexual sin sentirse amenazado o menoscabado en sus derechos.

Pero igual que se reclaman los derechos que todos, al menos todos los que queremos una sociedad libre, debemos de apoyar hay que comprometerse a ser consecuentes con las obligaciones que todo derecho acarrea. Una persona que se escandaliza viendo besarse a dos personas del mismo sexo no tiene por qué ser necesariamente homófoba o cualquier otra lindeza semejante. Puede ser, existen, que a esa persona le molesten, por su formación, por sus convicciones, las expresiones públicas de afecto. Puede sucederle, incluso, por educación, a alguien que sea homosexual. No olvidemos, que lo olvidamos, que no hace aún cincuenta años que por besarse en público se multaba a las parejas. Doy fe personal de ello.

Si en vez de insultar, calificar o descalificar, como se quiera, al incomodado, simplemente lo evitamos restringiendo nuestra efusividad pública, que no nuestra sexualidad, acomodando nuestra libertad a la ajena habremos conseguido dos objetivos en uno: dejar sin argumentos a alguien que ya no los tenía y evitar, en el mejor de los casos, la radicalización de una persona que se siente menoscabada en su libertad, sin meternos en si ese sentimiento es válido o no.

Pero, desgraciadamente, esa no es la tendencia. La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas, más impermeables, más odiosas e irreconciliables. Y eso no lleva a sitio alguno, al menos no a ningún sitio confortable y tolerante.

“La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas”

Decir amén a cualquier proposición o iniciativa que emane de algunos colectivos es la única posición aceptada en ciertos entornos sociales. Su dogmatismo y falta de rigor crítico llegan a hacer incómoda su defensa. Tanto que llegas a plantearte, cuando alguien coincide con ellos, si lo hace por convicción, por estética social o en defensa propia. Niegan a los demás la libertad que exigen para sí mismos, niegan a los demás el respeto que consideran merecer ellos, niegan a la sociedad la tolerancia de la que denuncian adolecer.

Pero me he desviado. No es de sexualidad de lo que yo pretendía hablar, no. Yo pretendía hacer un análisis del nombre de una nueva fiesta. De la inadecuada denominación de unos actos lúdicos que la sociedad acoge y cuyo tema y fin es participar a la sociedad la necesidad de normalización de la homosexualidad. De hacer visible, tal vez de una forma excesiva, la reivindicación social de un colectivo natural. Yo pretendía hacer una crítica léxica partiendo de que nadie es perfecto, estamos de acuerdo, pero que de ahí a rayar la imperfección hay un trecho.

Pero vayamos por partes, como el destripador:

  1. Día. Empieza por llamarse día cuando dura una semana, y esta es, al fin y al cabo, la menor de las incongruencias que la incongruencia oficial, la mediocridad institucional o la grandilocuencia del grupo o ente nominante, ha podido cometer.
  2. Nada que objetar al uso de esta apocope de la conjunción y el artículo. Perfectamente usado
  3. ¿Orgullo? Dice el DRAE: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Hombre, yo puedo estar satisfecho, puedo estar encantado, de tener una cierta característica natural, que, si lo es, natural digo, viene implícita en mis genes, en mi equipación básica humana y no supone, por consiguiente, ningún logro personal del que enorgullecerme. Sentirse orgulloso de lo que uno es, alto, bajo, gordo, listo, homosexual o rubio, y no de lo que uno logra es una falla moral de un calibre considerable. Quizás en vez de orgullo deberíamos llamarle exaltación, me parecería mucho más adecuado porque lo que pretendemos es poner en valor, hacer visible, reivindicar.
  4. Gay…, ¿gay? G, a, y, gay… (intercálese aquí un chasqueado de lengua, como si paladeáramos). Gay. Del inglés: “Dicho de una persona, especialmente de un hombre: homosexual”. No me llena, se me queda corto, restrictivo, marcando fronteras en vez de quitarlas, casi frentista si lo cogemos en el conjunto del nombre.

No, definitivamente no me gusta el nombre. Es más, me resulta inadecuado. Porque, vamos a ver, ¿se pretende reivindicar una libertad general o solo la de unos cuantos? ¿No hay más colectivos sexuales discriminados o, incluso ilegalizados? Si, los hay. No olvidemos a los que quieren practicar la poligamia, a las que quieren practicar la poliandria. ¿Por qué ellos no pueden? ¿Por qué nadie se preocupa de su libertad? No es diferente de la libertad para practicar otras opciones sexuales y sin embargo la ley los persigue.

Puestos a reivindicar, y es a lo que estamos puestos, yo establecería la “Fiesta de exaltación por la libertad sexual” y entonces estaríamos todos metidos, incluso los de las sexualidades inconfesables, los de las fantasías perversas, los Grey y compañía, que haberlos haylos.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Un alivio

Día a día voy estando hasta los mismísimos de la sociedad que se supone que estamos construyendo. Día a día ciertas actitudes me cargan y descomponen porque no puedo entender la ceguera, la debilidad, la decadencia, el puritanismo, el olor de santidad eclesiástico ni el olor de santidad laico que ciertas personas emanan por cada uno de los poros de su piel.

Estoy hasta los mismísimos, estoy harto y encorajinado, de todas las personas que a mí alrededor me dicen lo que es correcto y lo que es incorrecto. No soporto a las minorías con vocación de mayorías o, directamente, con ínfulas totalitarias. Estoy hasta los mismísimos de que un tiempo a esta parte el papel de fumar de cogérsela ha pasado de fino a básicamente inaprensible según los temas y los personajes con los que topes.

No soporto el linchamiento que desde ciertas posiciones ideológicas se perpetra cuando alguien, en perfecto uso de su libertad y de su patosidad, comete el execrable crimen de decir algo. Estoy harto, furioso, rabioso, de comprobar cómo se legisla la moral de derechas y como se legisla la moral de izquierdas. Estoy absolutamente asqueado de que me digan que tengo que pensar, que puedo decir o como me tengo que sentar. De que me impongan como correcta una moral que no es la mía y además lo hagan desde una posición de superioridad ética que solo se reconocen ellos mismos. Que se vayan a escardar.

Estos nuevos inquisidores de lo correcto y de la salvación del alma inexistente no me resultan distintos de aquellos otros del alma eterna. Ni menos peligrosos. Sí, es verdad ya no usan el potro o el péndulo, ahora usan el Facebook o el Twiter. Pues váyanse ustedes al país de las moñigas. Ustedes y los otros. Ustedes, los otros y los de más allá por no quedarme corto.

Váyanse a su país de falsa libertad, de pensamiento único y pasaporte para la corrección y si es posible no vuelvan. Yo tengo derecho a pensar, incluso equivocadamente, lo que me dé la realísima gana. Yo tengo tanto derecho como cualquiera a errar y corregir lo errado, o a persistir en ello si ese es mi deseo y mi convencimiento. Basta con que lo que yo piense, lo que yo haga, no interfiera en la libertad del ajeno. Ni yo en su libertad, ni él en la mía.

“Váyanse a su país de falsa libertad, de pensamiento único y pasaporte para la corrección y si es posible no vuelvan. Yo tengo derecho a pensar, incluso equivocadamente”


¿Pero quien coño se han creído que son esos acarreadores de cadenas del odio de todo signo? ¿En qué mierda de sociedad vivimos en la que la ley puede ser impunemente burlada por minorías por el simple hecho de serlo, en la que impera la ley del más débil? ¿Pero qué tipo de discursito ético pretenden soltarme los que no reconocen más verdad que la suya ni más forma de defenderla que la imposición radical? ¿Pero en que nos hemos convertido?

Desprecio con todo mi desprecio a todos los que se declaren anti algo por su incapacidad para ser pro nada. Desprecio con gesto de asco y desplante a todos los que creen estar en posesión de una verdad absoluta porque serán incapaces de alcanzar ni siquiera una verdad relativa. Desprecio con absoluta falta de caridad a todos aquellos que se permiten etiquetar a los demás, que se permiten juzgar sin ser jueces, testificar sin ser testigos y condenar sin ser jurados. Desprecio, hasta la náusea y más allá, a todos los que promueven la perversión del lenguaje para valerse de la imposibilidad de comunicarse para sus fines, la confusión, el adoctrinamiento, el mensaje vacío.

Desprecio a los débiles que prefieren mirar para otro lado, y a los que solo miran para encontrar lo malo. Desprecio a los que quieren imponer lo suyo en una suerte de santa, eclesial o laica, cruzada. Desprecio a los que son incapaces de educar, de razonar, de convencer y solo saben condenar, descalificar, prohibir. A los políticos en general, a los ideólogos en particular y a los que piensan con los titulares de los periódicos o con la última entrada de las redes sociales personalmente.

Exijo el mismo respeto que estoy dispuesto a dar, la misma libertad que estoy dispuesto a conceder, la misma igualdad que necesito y siento. Y en estos mismos valores, en estos mismos compromisos se encuentra encerrado el ideal de sociedad que busco, pretendo y por la que peleo. No me valen las discriminaciones, sean positivas o negativas, no me valen los orgullos que enfrentan por muy naturales que sean, no me valen las dictaduras de minorías sean étnicas, económicas, religiosas, sexuales o en razón a la edad, que basan su poder en su pretendida debilidad. Libertad para todos, igualdad para todos, ley para todos y respeto. Sobre todo, respeto.

Ea!, que a gusto me he quedado.

 

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La indignante dignidad

Libertad sin perjuicio

Si algo no se perdona en nuestro común país, hoy por hoy incluidos los catalanes, es que alguien haya tenido éxito en cualquier faceta de la vida. Si esa faceta es la de los negocios el agravio hay muchas gentes que lo consideran personal.

Recordemos esa coletilla tan popular en bares y corrillos. “Es que ni trabajando, ni con un negocio “honrao” nadie se hace rico”. Y punto pelota. Ya hemos convertido a cualquiera que pueda sobresalir en un más que probable delincuente. Luego aplicamos esa frase tan nuestra, esa que se dice con gestito y tono de si yo te contara lo que se, “cuando el rio suena agua lleva” y a ver quién es el guapo que argumenta. Ya está todo dicho y el linchamiento está en marcha.

A mí, y lo he dicho repetidamente, la desigualdad social llevada a los extremos en los que se mueve hoy en día me parece inmoral, innoble e inadmisible. No se pueden consentir ciertos niveles de enriquecimiento en una sociedad llena de pobres de necesidad y pobres de solemnidad. No se puede consentir que haya acumulación, acaparación, mientras exista ausencia. No se puede tolerar que haya una regulación del mínimo de pobreza y no haya una regulación del máximo de riqueza.

He puesto muchas veces el ejemplo del poblado primitivo. No concibo que en una tribu, sí, de esas tan atrasadas, cierto individuo tenga varias cabañas, la mayoría cerradas, y haya otros componentes de la tribu que tengan que dormir a la intemperie porque no pueden pagar su compra o, concepto perverso, su alquiler. Cuando todos tengan cabaña alguno la tendrá de mayor tamaño. Seguro que tampoco en esa tribu nadie tirará alimento mientras el de al lado se muere de hambre.

Y es que hemos hecho, hemos consentido, una sociedad perversa. Una sociedad en las que algunos tienen derecho a acaparar a costa de la necesidad de los otros, derecho a enriquecerse a costa del empobrecimiento ajeno, sin límites. Y en esta expresión se contiene lo realmente inadmisible, sin límites.

Es lícito, como no, es obligado, luchar por una mayor igualdad social, por una mayor equiparación en las oportunidades, por una sociedad más justa e igualitaria. Es imprescindible llegar al punto en el que todo individuo por el hecho de nacer dentro de una comunidad tenga asegurada la equidad con respecto a los demás miembros de la misma.

Pero hecha esta reflexión, puesta negro sobre blanco la tremenda injusticia que la legalidad actual supone, lo que no se puede es condenar a un individuo por lograr el mayor partido de unas circunstancias, de unas leyes, que él no ha promovido.

Lo que no puedo es personalizar en alguien que ha sabido moverse mejor que yo mi propio fracaso y el fracaso de mis esfuerzos para que la sociedad sea distinta.

Yo, y hablo ahora personalmente, considero inmoral sin paliativos la acumulación de riqueza que el señor Amancio Ortega ha conseguido, pero no por ello voy a considerarlo a él como una especie de apestado, no voy a considerarlo a él como un inmoral, no voy a considerarme por ello justificado para promover campañas de descrédito o, directamente, de linchamiento social. No voy a volcar sobre su persona, a hacer personal, la consideración que me merece una norma.

“considero inmoral sin paliativos la acumulación de riqueza que el señor Amancio Ortega ha conseguido, pero no por ello voy a considerarlo a él como una especie de apestado, no voy a considerarlo a él como un inmoral, no voy a considerarme por ello justificado para promover campañas de descrédito o, directamente, de linchamiento social”

Campañas de descrédito

No voy a dedicarme, porque se lo merece por rico, a difundir sin ningún tipo de verificación las campañas de descrédito de sus empresas, ni las personales. No voy a considerarlo directamente responsable de la legislación laboral de los países en los que pudiera interesarle contratar a sus proveedores. ¿Que podría evitarlo? Claro, y el noventa por ciento de otros muchos de los que no hablamos porque a pesar de hacer lo mismo no han conseguido los mismos éxitos financieros.

Pero lo que ya me parece aberrante, lo que me parece indigno y sectario, es el rechazo que ciertas personas, que se dicen en posesión de un mayor criterio moral, que hacen apropiación de una mayor dignidad social, de la que nadie les ha hecho depositarios, hacen de una donación por el simple y sencillo hecho de que tiene nombre y cara, y aprovechan, además, esa circunstancia para promover un ataque personal contra alguien que, en sentido estricto, está haciendo más por la redistribución de la riqueza que todos los políticos del mundo juntos, incluidos, y señalados, los del signo al que pertenecen los que se sienten ofendidos.

Estoy seguro de que muchos de esos grandilocuentes, y dignos, ofendidos por la donación, verían con mejores ojos, yo diría con mirada más clara, que la donación se hiciera a algunas de esas ONGs que se gastan más en oficinas y todo terrenos que en ayudas efectivas, en esas inefectivas organizaciones que se montan más para prurito moral propio que para beneficio ajeno.

A mí me parece de agradecer cualquier actuación que permita una mejora en las condiciones de vida, o de salud, de cualquier persona, y si la donación del señor Ortega contribuye a salvar, alargar o mejorar la vida de una sola persona, me sentiría, si fuera él, satisfecho.

Y es que yo no creo que la dignidad, ese concepto que tan alegremente manejan, esa virtud que tan pagados de sí mismos reclaman, valga un solo muerto, un solo día de dolor, un solo minuto de retraso en un diagnóstico.

Volviendo a nuestra ancestral y atrasada aldea, yo no concebiría que, en el hipotético caso de que alguien acaparara cabañas y otros carecieran de ellas, se rechazara por dignidad el que alguien con más de una cabaña le cediera una otro que no tuviera ¿Dónde estaría la dignidad? ¿En sufrir a la intemperie las inclemencias? ¿En persistir en la desigualdad para mayor escarnio del acaparador? ¿En denunciar la situación sin permitir acercamientos a la solución salvo que se hagan como los dignos consideren que tienen que hacerse?

Y es que yo no creo en la dignidad de los muertos, en la dignidad del sufrimiento, en los que se auto proclaman héroes de la virtud. Eso sí, consideraría muy digno por su parte que llegado el momento y las circunstancias, dios no lo quiera, renuncien al beneficio de esas máquinas que ellos consideran indignas, aunque creo que no. O sea, que no me creo que renuncien a la cabaña que les toque.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La hora del cambio

Cuando a pesar de dar vueltas a las cosas, lo único que obtienes es un mareo de campeonato, eso si contar el hastío de quien valorando todas las opciones siempre llega a la misma conclusión;

salvo el desahogo que, cuando compartiendo las ideas, supone el denunciar a aquel de quien se espera un comportamiento diferente. Pero he ahí el quid de la cuestión, la confianza en que las cosas pueden ser diferentes, y quien te ha decepcionado una y otra vez puede cambiar.

Cuenta ingenuidad, un deseo de cambio que nunca se producirá, ni siquiera cuando a las ranas le salgan pelo, porque para que el mundo cambie algo grande tiene que pasar, así como el deseo colectivo de que ese cambio es necesario.

Tras grandes revoluciones han surgido cambios en el mundo, no cabe la menor duda, ahí tenemos la Revolución Francesa o la Revolución Industrial, entre otras, aunque ninguna de ellas fue repentina; décadas antes ya se estuvo formando el germen social y económico que dará paso a la gran revolución.

Resulta, pues, imprescindible el deseo colectivo para que el cambio se produzca, y la valentía de alguien que encienda la mecha que provoque un punto de inflexión en que la vuelta atrás no es una opción admisible. Sin embargo, en España, no existe ni lo uno ni lo otro, eso sí, indignación a raudales. Pero, sólo cuando la indignación se transforma en lucha es la única salida válida, sin quejas, sin perder el Norte; en vez de una indignación pusilánime.

Sobran quejas, sobran actitudes que lo único que buscan es la confrontación entre los mismos ciudadanos, aquellos que son las únicas víctimas de una gestión política de un partido que se acerca más a una organización criminal que continuamente nos está saqueando, no sólo nuestro dinero, sino también nuestros derechos.

“Resulta, pues, imprescindible el deseo colectivo para el cambio se produzca, y la valentía de alguien que encienda la mecha que provoque un punto de inflexión en que la vuelta atrás no es una opción admisible.”

Despierta Ya

Algunos dicen que el germen del cambio ya se ha inoculado dentro de nuestro país, consecuencia del revulsivo que supuso el 15M tras el saqueo de derechos por una crisis de la que solamente son responsables los bancos, fundamentalmente las Cajas de Ahorro, y quienes han obstentado el poder. Prueba fundamental de esta afirmación es el hecho de que la hegemonía de los partidos que siempre han gobernado ha desaparecido, con un resultado en las últimas elecciones generales que han dado lugar un parlamento multicolor, debido a la aparición en escena de nuevos partidos.

Ahora bien, el germen no es suficiente. Es necesario una madurez política y, sobre todo democrática, de la que España y sus ciudadanos mayoritariamente carecen, puesto que seguimos anclados a un pasado aún sin resolver, y a un presente donde muchos todavía temen ese cambio por la política del miedo que quienes gobiernan y han gobernado ponen en práctica para conservar sus privilegios, vigilando a los otros, cuando los que tienen que ser sometidos a un control férreo son ellos por la inmundicia que hay en sus filas.

Pero esto es España, ¿de qué nos sorprendemos…?. Habrá que esperar a que a las ranas de salgan pelo.

Feliciano Morales

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Del gusano a la mariposa: Historia de un capullo (I)

El siglo XX empezaba a desgranar los años correspondientes a la década de los sesenta cuando una generación, la mía, que venía de una post postguerra nacional y una postguerra mundial, empezaba a sentir en su piel la adolescencia..

Eran años un tanto oscurantistas en un mundo que se sentía viejo, raído, incapaz de saber que le había pasado y mucho menos capaz de asomarse a un futuro que el régimen, en España, pintaba en colorines con los planes de desarrollo, pero que la población solo desarrollaba, a nivel de la calle, en tipos que podemos recordar gracias a películas geniales como “El Verdugo”, “Historias de la Radio”, “El Cochecito”, “Plácido” o “Bienvenido Mister Marshall”. La vida cotidiana, según la versión oficial, se componía de tipos pueblerinos de folclorismo rancio, toreros, paletos de ciudad, señoritos de medio pelo y señores de alta alcurnia, con algunas pinceladas de burguesía emergente.

Vivíamos en un mundo de prohibiciones por nuestro bien, todo estaba prohibido, hasta jugar. No se podía jugar al balón, montar en bicicleta o pisar el césped en los parques. No se podía poner música, salvo clásica o saetas, en tiempos de Semana Santa. No se podía besar en público salvo en las estaciones o aeropuertos, donde la oficialidad se mostraba más permisiva con las efusiones propias de las bienvenidas o despedidas. Como siempre la picaresca funcionaba y había dos colectivos de población, los taxistas y los novios, que conocían la dedillo los horarios de trenes y camionetas, porque entonces los autobuses que iban a los pueblos y otras ciudades se llamaban camionetas o por el nombre de la compañía: el Auto Res, el Castromil, los Alsina…

Los taxistas lo hacían con el sentido profesional de acarrear pasajeros que necesitasen de sus servicios, pero los novios no tenían otro fin que el de participar y extender el contacto de sus cuerpos y bocas por varias llegadas o partidas que hiciesen tolerables sus apenas pecaminosos achuchamientos. Por aquellos tiempos la española cuando besaba, era que besaba de verdad. Un beso pasaba por una declaración formal de buenas intenciones futuras, o sea matrimonio, y presentes, o sea noviazgo, aunque muchas veces esas intenciones no pasaran del primer alivio.

Pues eso, que eran tiempos oscuros, tiempos de miedos, de pecados, de tenebrosos ejercicios espirituales y de adhesiones inquebrantables a un régimen que entendía que si la adhesión era quebrantable también podía ser quebrantable cualquier otro derecho del individuo, o el individuo mismo. Tiempos de censuras, de secuestros de prensa y de obreros y estudiantes que volaban, o al menos eso se comentaba porque siempre que la policía disparaba al aire mataba a alguno. Cosas veredes amigo Sancho.

Decir que éramos infelices sería de una inexactitud culpable. Los niños, los adolescentes, los jóvenes, siempre encuentran la manera de ser felices, característica que pierden con el paso de los años. Éramos felices a nuestra manera, éramos felices a pesar y sobre la prohibición general y castrante que pesaba sobre una sociedad aún en estado de choque tras su desafortunada experiencia. Éramos felices corriendo delante de los “grises” y comparando marcas. Éramos felices descubriendo el sexo bajo el pretexto de encontrar el amor. Éramos felices porque esa era nuestra vocación y nuestra determinación.

Y aquellos niños que empezaban a cambiar la voz dentro de una crisálida que la sociedad oficial y los poderes dominantes se negaban, no ya a permitir que rompiera, si no ni tan siquiera a reconocer que existiera, empezaron a tomar consciencia del mundo en el que vivían, empezaron a percibir que fuera de la crisálida el color invadía las calles, las carnes visibles invadían las playas y la música hacía vibrar el aire con compases de libertad y de cambio. Y al tiempo, y aún dentro del capullo, empezamos a buscarnos unos a otros y a reconocernos.

Sí, aquellos niños, aquellos rapaces, educados en la represión, en el miedo, en la abstinencia de las carnes todas, en la unidad de destino en lo universal, empezamos, como en el mito de la caverna, a sospechar, a atisbar que había otro mundo posible fuera del capullo en el que la sociedad se debatía entre el gusano que fue y la mariposa que pretendía ser.

Todo cambiaba a nuestro alrededor y en el mismo NoDo asistíamos a los actos oficiales de los capitostes correspondientes, lo que fue, y la eclosión de extranjeras en bañadores cada vez más exiguos y en, válgame diós, bikini, que querían representar esa libertad añorada y deseable. Y la música, y la llegada de los primeros hippies y sus mensajes de amor libre, de libertad individual, de igualdad entre sexos, de pacifismo y de tolerancia.

Sí, es posible que aquel movimiento tampoco fuera exactamente perfecto, que adoleciera de clasismo y de fuerza para asentarse definitivamente y hacer que sus flores, sus psicodelias y sus colores se constituyeran como una opción a la agobiante infinitud de matices de gris oscuro que representaban al poder del momento.

Es verdad que vivíamos en el permanente sobresalto de una guerra atómica, en el límite intangible de la condena eterna, en el vértigo irrenunciable de crear una sociedad nueva, distinta, de logar que al romper el capullo la luz no viniera solo del exterior, si no que de ese interior umbrío y claustral surgiera una nueva luz, una luz de esperanza y de necesidad de felicidad.

“Es verdad que vivíamos en el permanente sobresalto de una guerra atómica, en el límite intangible de la condena eterna, en el vértigo irrenunciable de crear una sociedad nueva, distinta”

Brotaron los cantautores que cantaban a los poetas, que eran ellos mismos poetas, que nos marcaban hitos, objetivos, esperanzas, que nos advertían de tropiezos y fracasos, que nos marcaban caminos que reclamar para los nuevos pasos. Nos contaron que Jesucristo era el primer hippie y que no habíamos entendido nada de su mensaje. Nos acunaron con el rock’ roll y la canción protesta. Y escuchamos en nuestro interior un mandato nuevo: pensad por vosotros mismos, pero pensad para bien. Pensad al margen de lo que os digan y buscad los caminos en los que podamos transitar todos unidos.

Y muchos, los de esa generación, los de algunas generaciones anteriores, los de algunas generaciones posteriores, creímos entender el mensaje, creímos en el mensaje, y al romper el capullo nos lanzamos sin complejos a crear una sociedad nueva. Claro, había de todo. Desde los que querían preservar todo lo existente a los que querían destruir cualquier vestigio de lo que hubiera sido. Desde los que amenazaban con la destrucción a los que destruían sin siquiera amenazar. Y entonces, formaron bloques. Entonces levantaron muros ideológicos y físicos y nos explicaron que solo al amparo de esos muros estaba la verdad y la libertad, siempre la suya, por supuesto.

Muchos se refugiaron en los muros intentando encontrar alivio a la inseguridad que un mundo en libertad les producía. Otros nos enfrentamos al pastoreo, al pensamiento y las verdades colectivas y elegimos el camino en solitario, pero todos, unos, otros y aún los de más allá, contribuimos a recoger un mundo dividido entre hombre y mujeres, entre comunistas y capitalistas, entre buenos y malos, entre normales y anormales, y abrir la posibilidad a un mundo de matices, a un mundo donde la tolerancia no era un pecado sino una necesidad de convivencia, donde la fraternidad podía desarrollarse sin fronteras, ni físicas, ni morales, ni sexuales.

Pero, a día de hoy, mirando alrededor, ¿qué queda de aquellas mariposas? ¿Qué capullo intenta eclosionar? ¿Hacia dónde nos están llevando?.

Continuará…

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Una historia en tópicos

Cuando las barbas de tu vecino veas cortar pon las tuyas a remojar, dice el refrán tradicional. Esta es una historia, una reflexión, que se puede escribir acumulando tópico tras tópico.

El anuncio de Hollande sobre su presentación por el partido de Macrón y su anuncio de que da por muerto al partido socialista francés no hace más que derivar, una vez más, las miradas de los españoles hacia el duelo fratricida de los socialistas.

Porque, y siguiendo los tópicos, no hay más que ver las redes sociales para comprender que la escisión del PSOE y su más que posible refundación no es más que la crónica de una muerte anunciada. Anunciada  y parece que buscada con ahínco. El grado de frentismo, de intransigencia, de odio fraternal que destilan muchos de los mensajes utilizados en esta campaña no desmerecen de los dedicados al PP o a cualquier otro rival, tratado como enemigo irreconciliable, en campañas no internas.

Así que inevitablemente, y una vez finalizadas la primarias, más bien primitivas, una parte del socialismo español será un personaje en busca de autor, o, más bien, una ideología en busca de siglas, y de partido.

No sé si eso sucederá inmediatamente o asistiremos a un periodo de cierre de agravios en falso, pero se haga cuando se haga lo que sí está claro es que los avales presentados representan una escisión clara entre dos grupos que siempre han convivido con dificultad bajo una mismas siglas: el socialismo puro, más del gusto de los militantes, y la social democracia que anhelan los votantes como alternativa a una derecha que se mantiene por la desconfianza que Pedro Sánchez generó en su momento y seguirá generando en el futuro.

No sé si como el socialismo francés el socialismo español está muerto. Desde luego desprende un tufillo sospechoso y sus lecturas vitales son bastante inconstantes.

“No sé si como el socialismo francés el socialismo español está muerto. Desde luego desprende un tufillo sospechoso y sus lecturas vitales son bastante inconstantes.”


No sé si la sociedad española podría resistir la oposición de unas siglas vacías que perpetúen en el gobierno una opción que hace tiempo que solo vive por la muerte ajena, que se hace día a día en su propia inmundicia y cuya única acreditación es haber hecho una gestión positiva, aunque no idónea, en tiempos de crisis. El país necesita otra cosa. El país necesita ilusión, necesita soluciones a su desigualdad económica y social. Necesita con urgencia reformas que vuelvan a acercar a los ciudadanos, si es que siguen existiendo,  el control sobre la gestión que los políticos hacen con sus votos y a sus espaldas.

No sé, y dudo que nadie lo sepa, si España puede soportar la travesía del desierto que puede suponer una oposición realizada por un partido sin votantes, si gana el señor Pedro Sánchez, o la realizada por un partido sin militantes, si gana la señora Díaz. Si, ya sé, parece una falta de respeto que no hable de la opción de Patxi López, la opción de los moderados, la opción más serena y técnica de las tres, pero yo solo soy alguien que analiza lo que ve, y lo que veo es que el señor López no solo tiene pocas posibilidades de ganar, no tiene ninguna de reconciliar las dos posturas que se han jurado odio eterno, y que incluso lo consideran un traidor.

No hay mucho que rascar. La suerte está echada. A buen entendedor pocas palabras bastan. O, lo que es peor, a perro flaco todo son pulgas, y el PSOE, hoy, y peor mañana, está más flaco que el galgo corredor de nuestro Ingenioso Hidalgo. Que dios reparta suerte.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Por un plato de lentejas

Estamos tan inmersos en nuestras miserias, tan preocupados de solucionar lo que no se puede solucionar sin establecer previamente unas bases sólidas, son tantas las zanahorias que día a día nos hacen perseguir, que prácticamente nos olvidamos de que hay una cantidad ingente de problemas que nos están colando sin que nos percatemos y que cuando vengamos a darnos cuenta no habrá vuelta atrás porque ya no existirán ni las personas ni las condiciones mínimas para recuperarlos.

Alguien, un cerebro importante, sin duda, nos ha condenado al fracaso permanente de las ideologías. En algún momento de la historia los hombres han dejado de perseguir los ideales que ponían en común las aspiraciones humanas de progreso y perfección y nos los sustituyó por ideologías que promueven el permanente enfrentamiento, que buscan la insalvable diferencia y el sometimiento inevitablemente rebelado por el sometido y que impiden hacer un frente común en búsqueda de la auténtica libertad.

Nos han dividido en cojos de izquierdas y cojos de derechas, en tuertos capitalistas y tuertos socialistas, en lisiados mentales incapaces de encontrar un equilibrio que nos permita avanzar en los objetivos que realmente nos son propios: un mundo libre, igualitario y fraternal. Un mundo en el que el individuo sea el valor referencial, cosa que nunca será para una izquierda  que habla de pueblo privándolo de identidad individual , ni para una derecha que habla de globalización y liberalismo feroz en el que el individuo es aplastado por las máquinas de acaparar riqueza y poder.

“Nos han dividido en cojos de izquierdas y cojos de derechas, en tuertos capitalistas y tuertos socialistas, en lisiados mentales incapaces de encontrar un equilibrio que nos permita avanzar en los objetivos que realmente nos son propios: un mundo libre, igualitario y fraternal”

Yo anhelo un mundo sencillo. Un mundo de artesanos, de profesionales, de pequeñas y cercanas industrias que permitan una mayor calidad de vida. Anhelo un mundo en el que los ciudadanos tengan nombre y se reconozcan su capacidad y la posibilidad de transmitir sus conocimientos a las siguientes generaciones sin que los costes de tal trasmisión se hagan imposibles.

Anhelo un mundo en el que los gremios puedan convivir con otro tipo de organizaciones laborales. Un mundo en el que ser maestro o patrón no signifique ser sospechoso. Un mundo en el que coordinar, dirigir, no sea una prebenda si no una responsabilidad. Un mundo en el que el mérito suponga un reconocimiento y no la envidia de los mediocres. Un mundo en el que el talento no sea objeto de comercio, sí no un recurso de todos.

Pero ese mundo no es alcanzable mediante las ideologías. Esa Acracia triunfante que yo sueño solo puede partir de la formación, de la educación y de la generosidad. Y ninguna de estas tres características son objeto, en su valor real y total, de las ideologías, que lo que buscan es la preponderancia, el enfrentamiento que una vez resuelto dará lugar a un nuevo enfrentamiento para que el vencido reivindique su derecho a la victoria. Y así hasta el final.

Miremos a la sociedad. Una sociedad triste, egoísta, dominada por las minorías capaces de imponer sus criterios morales a las mayorías y sojuzgarlas bajo el pretexto de su debilidad. Una sociedad pacata, mísera y sometida moralmente por leyes que le impiden desarrollarse individualmente, incapaz de pensar o de rebelarse, mediocre por formación y vocación. Una sociedad que bajo banderas equívocas y equivocadoras impiden al individuo expresarse libremente. Una sociedad abocada al pensamiento único. Una sociedad reprimida hasta en el pensamiento por grupos que detentan su verdad única y aceptable. Una sociedad cobarde hasta la ignorancia. Una sociedad que desde su soberbia elitista y cutre impone sus vara de medir a la historia y al pensamiento. Una sociedad cuya única capacidad reconocible es el linchamiento del que se sale de su norma, el uso de los avances tecnológicos para la imposición por descalificación, el aplastamiento sin juicio previo ni reflexión sobre su comportamiento.

Pero aquí seguimos, distinguiéndonos entre rojos de mierda y fachas irrecuperables. Riéndole las gracias a los matones de nuestro lado. Mirando al infinito cuando los que destrozan, matan o roban son de los “nuestros”. Inmersos es una esquizofrenia que no nos deja ni ser.

En fin. ¿Y todo esto a que mierda viene? Algo me habrá sentado mal, seguro. Tal vez un plato de lentejas. De esas lentejas humildes y sabrosas que un tal Jordi Cruz, chef, se permitió nombrar con gesto de desprecio en un programa de TVE. Si ese mismo Jordi Cruz que hace poco se ha comprado un palacete e invoca el derecho de formación, gratuita, denigrando el sistema gremial que tanta falta nos hace.

Pues eso, por un plato de lentejas, por un atisbo de libertad esclavizada, la sociedad, esta sociedad, se entrega y se siente compensada. ¡Vágame el señor cuanta miseria!

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El deporte base

Hay temas que es mejor tratar en frío. Coger algo de distancia porque implican pasión y, por tanto, falta de ecuanimidad en el momento que intentan abordarse.

Y si hay temas ya de por si apasionados si los juntamos de dos en dos las alertas deben de atronar. Y eso es lo que pasa con el fútbol de base. Fútbol e hijos, fútbol y educación. Una mezcla que debería de resultar formativa pero que resulta explosiva.

Y resulta explosiva porque explosivo es el tratamiento que la sociedad hace de ambos temas, el tratamiento o la dejación podríamos plantear como alternativa.

Y se de lo que hablo porque recorrí con mi hijo campos y equipos, colegios y aficiones durante su etapa entre los seis y los catorce años. Se supone que los equipos deportivos de menores que patrocinan los colegios, los barrios, los pueblos, deben de servir para una educación complementaria en valores de los chavales. Para formarlos en el espíritu deportivo, en el espíritu colectivo que representa el equipo por encima de la individualidad del jugador, en el arte de saber perder y de saber ganar, en la limpieza de espíritu frente a la competición. Se supone, porque la realidad, la práctica, nos dice cuan diferente es esa ideal teoría de la cruda realidad.

Son muchos los ejemplos de chavales, de árbitros, de padres y, que casi no se dice, de madres. Son muchos los chavales que he visto maleados por padres y entrenadores que tampoco comprenden cual debería de ser el espíritu de esas competiciones, cuáles deberían de ser los valores predominantes en esas prácticas deportivas. Aunque tampoco es de extrañar viendo el patético ejemplo que les transmite el deporte profesional y su entorno.

Egoísmo, soberbia, narcisismo, mentiras, corruptelas, fingimientos, rencor… Esos son los valores que el deporte por antonomasia en este país, yo en realidad diría el espectáculo porque de deporte solo queda la parte física, transmite a los chavales que lo practican y, parece ser, que calan en la actitud de los padres.

Me decía un entrenador que mi hijo tuvo en un equipo de un barrio humilde de Madrid, un hombre bueno que con generosidad entregaba parte de su tiempo libre a entrenar a uno de los equipos de categorías inferiores, que su mayor problema no eran los chavales, eran los padres. Los padres que cuando sus hijos no jugaban se dedicaban a mostrar su insatisfacción y que, en algunos casos, llegaban al insulto. Pero más incluso que a los padres, me decía con su risa franca, temo a las madres, que crean en los niños un estado de insatisfacción que acaba derrumbando al equipo. Decía más, pero tampoco viene al caso.

Efectivamente, a cada familia que lleva a sus hijos a practicar el deporte de base, puedo hablar fundamentalmente de fútbol y de baloncesto, le corresponde una figura mundial en ciernes que todos deben de contemplar con arrobo. Todos consideran que su hijo es el futuro Maradona con el que recorrerán el mundo en avión privado y alojándose en los mejores hoteles. Y ¡ay del entrenador que no lo entienda así¡

“Todos consideran que su hijo es el futuro Maradona con el que recorrerán el mundo en avión privado y alojándose en los mejores hoteles. Y ¡ay del entrenador que no lo entienda así¡”

Porque el deporte es lo de menos. ¿Los valores? Los de cotización en el mercado de figuras. ¿El equipo? Un lastre que impide que la futura figura luzca todo su potencial ¿El entrenador? Un tarado que no lo pone todo lo que debe, o que no lo pone en su sitio, o que no tiene, directamente, ni idea de fútbol. ¿Los compañeros? Los pobres nunca llegaran a nada, a lo mejor fulanito o zutanito, que son muy amigos, apuntan maneras. ¿Y si el niño es portero? Entonces es peor. Solo puede quedar uno y todo vale.

Así que tampoco es raro que los padres, y muchos hijos, hagan de cada partido una reválida que no puede desperdiciarse porque el futuro hay que alcanzarlo cuanto antes. Y esto supone tensión y muchas veces una carga emocional que no todo el mundo sabe gestionar.

Desgraciadamente las federaciones tampoco es que se preocupen mucho por la situación y contribuyen, y no poco, a caldear la ya caliente caldera. ¿Cómo? Enviando árbitros que en muchas ocasiones no conocen o no saben aplicar las reglas, cosa que aparentemente también les sucede a los profesionales, o que se acobardan con un ambiente hostil, y que, sobre todo, no tiene la preparación pedagógica imprescindible para saber cómo manejar a los niños, que opinen lo que opinen los padres, las federaciones o los árbitros, no son profesionales.

Porque, ¡gracias a dios¡, los niños no son profesionales. Fingen como ellos porque es lo que ven en la tele que hacen sus ídolos. Algunos abroncan y desprecian a sus compañeros porque es lo que ven que hacen sus ídolos. Tiene la presión de ganar y ser los mejores de su equipo porque es lo que dicen los periódicos que leen sus padres y lo que sus padres esperan de ellos. Pero con todos los vicios despreciables que sus ídolos practican varias veces por semana en los televisores y que a diario son jaleados por la prensa del sector, los niños aun no son profesionales

Y muchos de ellos, la inmensa mayoría, no lo llegarán a ser nunca, pero si habrán perdido, les habrán hecho perder, una oportunidad única de aprender unos valores que en algún momento de su vida echaran en falta.

A todos los padres de los futuros Maradonas, a todas las madres, dejad que los niños lo sean todo el tiempo posible. Enseñadles a ser hombres de bien, el ejercicio de formar macarras debe de corresponder a otros ámbitos de su vida, aunque desgraciadamente no siempre sea así.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

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